sábado, 29 de agosto de 2026

SIN FRENO

Finn Audenaert

 

Incluso el detector de humo se había dado por vencido. Marc se despertó sobresaltado por el repentino silencio. Desde hacía cuatro días, un pitido persistente resonaba por toda la casa, señal de que había que cambiarle la batería a aquel maldito aparato. El detector estaba instalado a una altura imposible en el hueco de la escalera, junto a la puerta de su dormitorio, que daba directamente a los peldaños, pero justo fuera de su alcance. Eso era lo que pasaba cuando contratabas profesionales para instalar algo: siempre elegían el lugar más lógico… lógico mientras el aparato funcionara. Marc tenía una escalera de mano, por supuesto, pero no tenía ganas de usarla. Además, sufría un poco de vértigo, aunque solo en sus mejores días se atrevía a admitirlo. En cualquier caso, ¿para qué seguir invirtiendo tiempo y energía en una casa que ya no sentía como su hogar?

Era un sonido maligno y estridente. Cada minuto desgarraba el silencio como un chacal. Sin embargo, se había acostumbrado. Ahora reinaba un silencio absoluto. Inquieto, Marc se incorporó en la cama. Las cosas terminaban tan inesperadamente como empezaban. Eso no le gustaba. Marc era más bien un hombre de planes.

Había sido Karen. Al fin y al cabo, ¿qué no era culpa de ella? Aquella loca había encontrado la manera de acabar con el pitido. En realidad, debería estar contento. Pero no quería a su mujer cerca de su dormitorio. Oh, Dios. Ahora ya no conseguiría volver a dormirse. Uno aprendía a convivir con un pitido –también decían eso del tinnitus, pensó– y, al cabo de un tiempo, dormía a pesar del ruido. Era como los trenes que pasaban cerca –la casa donde se había criado– o las campanas que sonaban a horas imposibles de la madrugada, como la residencia estudiantil que había compartido con otros cuatro. Uno se acostumbra, filtra el sonido hasta dejar de oírlo. Con Karen no ocurría lo mismo: a ella no había manera de filtrarla. ¿Estaría en casa esa noche? Tenía que estar. De lo contrario, ¿cómo habría desactivado el detector de humo?

No eran horas para complicados ejercicios mentales. Marc echó un vistazo al radiodespertador. Las 4:44, sin duda la hora más estúpida de la noche. ¡Gracias, Jay-Z! Aquel rapero entrado en años tenía un álbum que se llamaba así. Las 4:44 era el momento exacto en que el tipo se despertaba entre sus costosas sábanas Gucci y se sentía culpable por haber engañado a su mujer. Menuda explicación de mierda; hoy en día cualquier excusa servía para colgarle un título a un álbum. Y su Beyoncé no era mucho mejor. Había exprimido toda aquella miseria hasta sacarle un montón de canciones lacrimógenas. Marc soltó una risita involuntaria y pulsó algunos botones del radiodespertador, simplemente para oír algún sonido. Sonaron unos compases de música clásica. Puaj, ¡confesiones! Al final, ese Jay-Z no era más que un pequeño burgués que quería llegar dignamente a la vejez. Hablaba de sus «sentimientos», de «hacer las paces» y cosas así. Marc jamás confesaría a Karen sus infidelidades. Él no participaba de esas modernidades de moda. A los cuarenta y siete años uno ya no cambia, qué va. Después de escucharlo dos veces, había tirado a la basura aquel ridículo disco de arrepentimiento. Desde entonces escuchaba música por streaming, solo por llevar la contraria.

Karen era como Beyoncé, pensó mientras intentaba en vano aliviarse la picazón del cuero cabelludo. Era menos hermosa, por supuesto –quién no–, pero tenía unos… talentos igual de grandes. Cuando se conocieron, Karen había sido la chica más bonita del pueblo. Claro que era un pueblo, ni siquiera llegaba a municipio. Marc, en cambio, era muy consciente de que había tenido que valerse de su labia y sus artimañas. Y las había perfeccionado a lo largo de los años. Bah, Beyoncé, la idiota benefactora. A ella la habían engañado, a Karen también. Nadie estaba a salvo; eso reconfortaba a Marc.

—¿Por qué engañarías a tu mujer teniendo al lado a una preciosidad como Karen? —le había preguntado muchos años atrás Jerry, su compañero de copas.

Estaba claro: por entonces Jerry todavía era virgen o, al menos, virgen en materia de relaciones, como decían entre sus amigos. ¿Por qué los hombres engañaban a las mujeres? ¿Y viceversa? Desde luego, no tenía nada que ver con que tu pareja fuera hermosa o fea. Ah, sí, Jerry. Ahora estaba de vacaciones en Tailandia. Marc prefería no conocer los detalles.

Bostezó, salió trabajosamente de la cama, arrastró los pies hasta la puerta y descorrió el pestillo. Comenzaba la larga expedición hacia la planta baja. La luz del hueco de la escalera no funcionaba. Tampoco era ninguna sorpresa. Bajó en la oscuridad la interminable sucesión de escalones.

Cuando Karen y Marc compraron la casa, él se había lanzado a reformarla con un entusiasmo ilimitado. No le había importado que la vivienda fuera demasiado grande para un hombre que solo disparaba balas de fogueo. En aquellos tiempos se habría reído a carcajadas ante un detector de humo rebelde o un par de lámparas estropeadas. ¡Ni siquiera eran verdaderas reparaciones! Eso había sido antes de que Karen destrozara su Mercedes AMG GT Black Series y el airbag le hiciera polvo la cabeza; solamente la cabeza, por desgracia.

—Imposible —habían afirmado en Mercedes—. En un accidente así, eso sencillamente no puede ocurrir. Precisamente el airbag está para protegerte.

La aseguradora de Marc no había tardado en ceder ante el fabricante del automóvil. Así que nada de indemnización por la cabeza destrozada de su mujer. No es que a Marc le importara. Tampoco se trataba de eso.

Entretanto había llegado a la planta baja. Tenía un poco dormido el pie izquierdo. Por lo menos algo de su miserable cuerpo conseguía dormir. Él todavía estaba bastante cansado por el tango horizontal que había bailado con Marieke anteayer, durante una agradable pausa para almorzar. Y aunque lograba dormir pese al pitido persistente, sin duda aquel ruido afectaba la calidad de su descanso nocturno. Entró renqueando en la cocina y abrió el refrigerador. La luz del interior parpadeó. Todo en aquella casa estaba dejando de funcionar. Suspiró resignado y sacó un frasco de mermelada de ciruela. No se atrevió a encender los focos de la cocina. Abrió a tientas un armario bajo y sacó una hogaza de pan. Ah, sí, un cuchillo. Volvió a bostezar. Sospechaba que Karen estaba en la sala, en el sofá. Podía olerla, a la loca de Karen con su estúpida cabeza. Cerró con cuidado la puerta entre la cocina y la sala, y solo entonces encendió los focos –¡eh, esos todavía funcionaban!– y sacó de un cajón un cuchillo procurando no hacer ruido. Mecánicamente untó una rebanada de pan y se la comió de pie junto a la encimera. El pantalón del pijama se le había deslizado hasta dejarle medio trasero al aire. Mientras Karen engordaba, él estaba a dieta para mantener intactas sus posibilidades con las mujeres.

Excepto esa noche. Marc no había llegado al cuarto bocado cuando se abrió la puerta. Mierda.

—¡Manipulaste los frenos, hijo de puta! —espetó ella sin preámbulos—. Admítelo, Marc.

La voz aguda de la loca de Karen era algo a lo que uno nunca se acostumbraba. Salió de la sala y avanzó hacia él con paso decidido. Mierda, debería haber sabido que no convenía encender los focos –la puerta de la cocina tenía un pequeño panel de vidrio–, pero el hambre lo había vuelto imprudente. Marc tragó con dificultad y la miró con los ojos muy abiertos. Durante los últimos meses Karen había llamado muchas veces a la policía. ¡Marc había manipulado los frenos del automóvil! ¡Marc había puesto sustancias venenosas en su sopa! ¡Marc había untado jabón en el umbral de la puerta de entrada! En resumen, Marc quería matarla. Innumerables veces los representantes de la ley habían llamado a su puerta. Hasta que también los policías comprendieron que aquella mujer estaba loca.

—¡Di algo, asesino! —chilló ella.

Marc negó con la cabeza y retrocedió un paso. El cabello de Karen estaba grasiento y pegajoso, observó con desagrado. Su camisón tenía manchas amarillas. Por lo menos podía cuidarse un poco. Al fin y al cabo, seguía siendo su mujer. ¿Qué pensaría la gente del pueblo de él, que soportaba resignadamente convivir con semejante esperpento?

Desde el accidente de automóvil, Karen dormía en el sofá, lo más lejos posible de él. A Marc no le molestaba. Podía mantenerse bien alejada. El cuchillo de carnicero sobre la mesita de la sala le gustaba bastante menos.

—Es para protegerme de los ladrones y, sobre todo, de ti, hijo de puta —le había dicho ella más de una vez.

Que el detector de humo fallara y emitiera cada pocas semanas aquel desagradable pitido de advertencia no le preocupaba, le había espetado en cierta ocasión. Era mejor permanecer despierta por las noches que acabar con el cuello cortado por su propio cuchillo de carnicero. Estaba como una cabra. Con aquella mujer no se podía razonar.

Por otra parte, siguiendo esa lógica, Karen no podía tener nada que ver con la desaparición del pitido. Marc sintió que comenzaba a dolerle la cabeza. Se masajeó ostentosamente las sienes.

A la débil luz de la farola de la calle vio brillar el cuchillo de carnicero sobre la mesita de la sala. Tenía que elegir entre un hambre feroz y conservar el pellejo. Su estómago gruñendo ganó aquella batalla. Se arriesgó a dar otro bocado y masculló algo, con una miga de pan pegada a la comisura. Sonó más o menos como:

—Mañana temprano. Tengo que trabajar.

Era demasiado pedir siquiera imaginar que Karen pudiera responder a una observación tan práctica. Le clavó un dedo en el pecho.

—¡Mi marido, el aseeeesino!

En materia de variedad, su esposa no era precisamente una especialista. Marc le hizo una mueca. Pretendía ser una sonrisa. Alrededor de las 5:02 de la madrugada era mucho pedirles a sus músculos faciales.

Sería mejor volver a buscar la tranquilidad del dormitorio, decidió Marc. Aquella noche simplemente había tenido mala suerte. Su media naranja se había quedado en casa. Karen entraba y salía cuando se le antojaba. De día o de noche, le daba igual. A menudo vagaba por el barrio con un montón de fotocopias bajo el brazo. Llevaban una fotografía de Marc –naturalmente, había elegido una en la que parecía particularmente desaliñado– seguida de un montón de acusaciones. Marc conocía demasiado bien aquellas hojas. A veces Karen las deslizaba de noche por debajo de la puerta de su dormitorio. Brrr. Llevaba un tiempo pensando en colocar un segundo pestillo en la puerta de arriba. Pero nunca pasaba de pensarlo: carecía de energía para ese tipo de cosas.

Guardó el pan en el armario con cierta reticencia. Su estómago protestó.

—Mañana hablaremos, cariño.

—¡Voy a buscar mi cuchillo de carnicero! —gritó ella.

Por suerte, nunca lo había hecho. El cuchillo siempre había permanecido inmóvil sobre la mesita. Pero Marc sospechaba que algún día sería diferente.

Asintió.

—Intenta dormir un poco.

Mientras subía la escalera, intentó recordar qué había salido mal con los frenos del automóvil en aquella época. Efectivamente, no habían funcionado, pero en el momento equivocado. Había salido a hacer una prueba después de dedicar una de sus creativas sesiones en la intimidad del garaje a trabajar en el coche –nadie había acusado jamás a Marc de ser demasiado inteligente; los comentarios de sus boletines escolares repetían invariablemente «primero piensa y después actúa, pequeño Marc»– y en un cruce cercano a su casa había estado a punto de chocar contra un camión. Los frenos habían funcionado perfectamente en su propósito de no funcionar. El susto había sido tan grande que decidió reajustarlos un poco. Tampoco convenía que todo resultara demasiado evidente.

Dos horas más tarde Karen, aquella Karen de la que estaba tan harto, la Beyoncé venida a menos, la… bah, qué más daba, su Karen, había salido a hacer unas compras. Y se había estrellado de lleno contra un árbol. La investigación del accidente no había encontrado nada fuera de lo normal. El airbag había funcionado perfectamente –en eso Marc discrepaba de la opinión del experto– y los frenos también. Karen, sencillamente, no había pensado en frenar.

Sí, el airbag. Se había olvidado de hacer algo con él. Aunque tampoco habría sabido cómo manipularlo sin que nadie se diera cuenta, comprendió después. Y ahora estaba atrapado con una versión todavía más irritante de su esposa.

Quizá fuera por el somnífero que mezclaba diariamente con la leche chocolatada de Karen, pensó Marc a mitad de la escalera, justo cuando el detector de humo reanudó inesperadamente su estrépito, implacable pero extraordinariamente bienvenido, cuatro metros por encima de su cabeza.

PIIP.

Quizá Karen hubiera comenzado a adormecerse mientras conducía. Normalmente toleraba perfectamente aquella dosis. Se la daba para que sus quejas resultaran un poco más soportables. ¡Dios, cómo echaba de menos los tiempos casi despreocupados anteriores al accidente! Si hubiera sabido que iba a empeorarlo todo de aquella manera…

Marc cerró con llave la puerta del dormitorio y se tendió en la cama.

PIIP.

Las listas de espera de los hospitales psiquiátricos eran largas. Solo se podía internar a un paciente cuando representaba un peligro inmediato para sí mismo o para los demás. Hoy en día, un vulgar cuchillo de carnicero sobre una mesita ya no bastaba. ¿En qué clase de país vivimos?, se preguntó Marc mientras golpeaba impotente el colchón con el puño. ¿Cómo era posible que los enfermos no terminaran en el lugar que les correspondía?

¡Clang, clang, clang!

Abajo se desató un ruido infernal. Marc conocía demasiado bien aquel sonido. Karen revolvía frenéticamente con sus garras el cajón de los cubiertos. Sacaba todos los cuchillos, los ordenaba desde el menos peligroso hasta el más peligroso y luego hacía lo mismo con los tenedores e incluso con las cucharas. Después volvía a meterlo todo en el cajón haciendo el mayor ruido posible. A veces también lo dejaba todo sobre la encimera, como un gigantesco dedo medio levantado. Aquella mujer estaba completamente loca.

El PIIP del detector de humo sonó tranquilizador y por un instante ahogó el estrépito de abajo. Los pensamientos de Marc se desviaron hacia la nueva vecina de enfrente. Metió una mano en el pantalón del pijama. Tendría unos veinticinco años y estaba realmente buena. Se llamaba Bailey. No es que su nombre importara. En cualquier caso, él sentía un interés sincero por ella. Por desgracia, era difícil seducir mujeres teniendo a una loca pisándote constantemente los talones.

Ya no podía preparar sopa. Karen solo comía fuera de casa. Quizá debería volver a intentarlo con el umbral enjabonado. Hoy en día el jabón líquido era tan transparente que apenas se veía. Alguna vez tendría que funcionar. Aunque solo consiguiera mandarla cuatro meses al hospital. Sí, todavía podía reunir fuerzas para aquella pequeña tarea.

Con ese plan en mente, Marc se quedó plácidamente dormido.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

LA NIÑA DEL REFUGIO

Aleksandra Filipović

 

Ayer mataron a Kennedy. Han transcurrido diecinueve años, pero aquel día de 1944 continúa persiguiéndome. A veces no logro conciliar el sueño hasta el amanecer. Entonces saco del armario junto a la cama un ejemplar amarillento de Politika y contemplo largamente la fotografía de la niña que me sonríe desde la portada.

Afuera aúlla la košava. Desde la ventana de la buhardilla que alquilo vigilo las oscuras aguas del Danubio. Ondulan como el tiempo. Esta noche me atreveré por primera vez a escribir algunas líneas sobre lo sucedido aquel día. Comenzaré anotando la fecha de hoy en la parte superior de la hoja. Después dejaré todo en manos del pulso tembloroso de la memoria.

Escrito el 23 de noviembre de 1963, en Belgrado.

Durante la Pascua de 1944, el mundo se derrumbó. En los rincones del refugio, situado en el centro de Belgrado, titilaban las llamas de las velas. Los rostros que aparecían bajo los rayos de luz rojiza parecían sus propios reflejos en un espejo espectralmente deformado. La gente respiraba con dificultad y contemplaba la nada con ojos vidriosos. Aferraban desesperadamente a sus hijos, como si pudieran ocultarlos de la muerte que se aproximaba con sus propios cuerpos. Los aviones, las Fortalezas Volantes, habían rugido durante todo el día y convertido en ruinas las calles y las plazas. El refugio temblaba, todo retumbaba a nuestro alrededor y fragmentos de piedra se desprendían del techo y caían sobre nosotros. Sin embargo, nuestro refugio aún resistía. No por mucho tiempo, lo sabía.

Pero en ese momento llevábamos un rato sin oír nada. Me había acurrucado en un rincón apartado del recinto. La llama de una vela crepitaba. No había muchas personas cerca de mí. La humedad reptaba por las paredes y el aire olía a tumba recién abierta. Desde algún lugar del techo, el agua goteaba sobre el suelo de piedra. Me envolví en el abrigo. Temblaba. Presentía que se acercaba el momento en que me convertiría en polvo. Polvo que los vientos enloquecidos dispersarían en el abismo.

De pronto, algo me tocó el hombro. Me volví y vi a una niña. No podía tener más de cuatro o cinco años. Llevaba un vestido claro con flores rojas que me parecieron manchas de sangre. Sus ojos castaños sonreían.

—¿Dónde están tus padres, pequeña? —le pregunté.

—No lo sé —susurró.

Le faltaban los dos incisivos superiores.

—Ven, vamos a encontrarlos.

Mientras me ponía de pie, la niña señaló la multitud de barriles de madera que había detrás de mí. La oscuridad se extendía sobre ellos.

—Allí —murmuró.

Acerqué la vela y empecé a apartar los barriles pequeños y vacíos. Estaba convencido de que detrás descubriría la mano aplastada de una mujer, con el índice extendido como si acusara a alguien. O que vería la rodilla desnuda de un hombre, asomada e inmóvil bajo unos pantalones desgarrados y ensangrentados.

Un murmullo se propagó por el refugio. Sentía que las miradas interrogantes de la gente me quemaban la espalda. La niña seguía atentamente cada uno de mis movimientos. Parecía dar saltitos de impaciencia. Poco después apareció una abertura detrás del montón de barriles. Como unas fauces abiertas, se reveló la entrada de un túnel, lo bastante amplia para que pasara una persona. Aparté todo y una oscuridad ancestral brotó de su interior.

Miré hacia la niña, pero ya no estaba. En el lugar donde había permanecido solo quedaba un periódico arrugado. Me lo guardé en el bolsillo. En tiempos de guerra, el papel era un verdadero tesoro. Me introduje en el túnel. Olía a podredumbre. Como garras nudosas, las raíces de los árboles atravesaban la piedra y la tierra del techo. Entonces, a través del aire condensado por la acumulación del tiempo, me acarició una brisa apenas perceptible.

—Gente... Gente... aquí hay un túnel —balbuceé—. Hay una salida cerca... ¡Rápido, podremos escapar!

Regresé trastabillando hasta el centro del refugio. Daba saltitos y agitaba los brazos.

Todavía hoy me llegan, intactas, las últimas miradas de las personas del refugio. Compasivas y, a la vez, llenas de repugnancia. Personas que después apartaron la vista de aquel loco, o cuando menos bufón, que les suplicaba que lo siguieran por un túnel que podía derrumbarse en cualquier momento. Se apartaron del insensato que pretendía conducirlos a través de oscuros laberintos, donde vagarían como topos hasta que los abandonaran las fuerzas y, uno tras otro, se convirtieran en alimento de ratas y espectros.

Nadie se movió. Busqué a la niña con la mirada. No la vi. Entonces los aviones volvieron a rugir. Una bomba cayó cerca. El techo empezó a derrumbarse. Enloquecido, me precipité dentro del túnel. Dejé a mis espaldas los alaridos y el llanto. Se volvieron cada vez más débiles. Las piedras sepultaron la entrada y ya no pude regresar. No pude salvar a nadie. Todas aquellas personas, todos aquellos niños, muertos, aplastados. Lancé un grito y caí de rodillas. Estalló otra bomba. Todo se estremeció. Me levanté y corrí hacia la oscuridad. No sé en qué dirección. No sé cuánto tiempo vagué por las tinieblas; tropezaba y la boca se me llenaba de barro. Los oídos me retumbaban. La tierra se desmoronaba cada vez que una bomba explotaba en las cercanías.

Mi única guía eran las paredes. Tocaba las piedras viscosas y continuaba avanzando. Estaba convencido de que moriría en aquella oscuridad eterna. Entonces el túnel dejó de descender y comenzó a ascender por una pendiente suave. Me pareció que habían transcurrido años cuando por fin se ensanchó y la luz del día me azotó las pupilas. En ese momento oí un pájaro. Un grito atrapado en la garganta. Nunca antes ni después escuché un canto semejante. Salí del pozo arrastrándome de rodillas.

Ante mí reverdecían los prados primaverales. El aire olía a jazmín. Siempre había sabido que la muerte huele a jazmín. El periódico que había recogido en el refugio se cayó del bolsillo de mi abrigo. Me desplomé y el agotamiento me sumió en el sueño.

Cuando desperté, tenía las hojas apretadas entre las manos. Politika, decía en la portada. Un titular extraño ocupaba toda la página en letras enormes: «Niña muere en su casa por una bomba de la OTAN». Debajo, desde una fotografía, me sonreía la niña que poco antes me había mostrado el túnel en el refugio.

En la parte superior de la página estaba impresa la fecha: abril de 1999.

Aleksandra Filipović (1983) es una escritora serbia galardonada cuyas obras conectan generaciones. Su trabajo se caracteriza por historias intensas e imaginativas, con mundos originales y personajes memorables. Sus libros gozan de igual popularidad entre niños, jóvenes y adultos. Es autora de las novelas infantiles y juveniles. Entre los títulos publicados merecen citarse: O krilima i čudima, Serafina Krin i Srce sveta, Serafina Krin i poslednji grifon, Veštica Noćka u potrazi za zvezdama, Orion Zvezdić i Izvor snova. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas, adaptadas para la radio y publicadas en importantes revistas literarias y antologías. 

 

DE COMPRAS

Hernán Bortondello

 

Cecilia se asustó. No había escuchado ningún sonido, pero algo la instó a levantar la cabeza mientras analizaba las cuentas corrientes de sus clientas. Probablemente, y antes que otros motivos, fue el fuerte contraste lo que la intimidó. Del otro lado del angosto mostrador, plantado en el medio de la coqueta boutique, la observaba un muchacho demasiado fuera de contexto, con la mirada inexpresiva y poderosa de los que tienen un indio adentro. Su aspecto era tan arquetípico, tan consecuente, que no tuvo dudas. Era un ladrón. Para colmo es la hora de la siesta, se lamentó Cecilia, nerviosa. No hay un alma en la calle a quien pueda pedirle ayuda.

—Que tal, doña —saludó el muchacho con cierto respeto y un evidente tono de desafío.

—¿En qué te puedo servir? —contestó demasiado apurada, olvidando el necesario buenas tardes.

—Ahí, en la vidriera, vi esa ropa de mujer... ¿Me puede mostrar? —dijo con ansiedad.

—¿Qué tipo de ropa de mujer? —Las piernas de Cecilia temblaban y comenzaba a ponerse histérica.

—Esa ropa de mujer... —señaló Mencho con un huidizo gesto de la mano.

—¡Ah!, te referís a la lencería. ¡Dios mío, necesito orinar!, exclamó la voz interior; el temor siempre desencadenaba en ella esa necesidad fisiológica.

—Sí, a eso. ¿Puedo ver que tiene? —preguntó él, fingiendo seguridad.

—Bueno. ¿Qué querés que te muestre? Conjuntos de bombacha y corpiño, bodies, corsés con portaligas, medias, las bombachas pueden ser tipo tanguita, vedetina o colaless. —La invadió una sensación de triunfo pues adivinaba que nombrar en voz alta estas prendas íntimas avergonzaría a su joven adversario.

Sin embargo, se equivocó. Pasada la incomodidad inicial, su interlocutor, sin contestarle, dio unos pasos hacia el sector donde se exhibían camisones. Con un gesto inconsciente, como para ayudarse en la observación, tironeó hacia atrás una gorra de béisbol que parecía no quitarse a menudo. Al hacerlo, algunos mechones de cabello castaño cayeron desordenados sobre su frente. La visera hacia atrás y con el escudo de Boca, pensó Cecilia. ¡Son todos iguales!

Después de unos minutos de atención, durante los cuales la vendedora no dejó de vigilarlo, el joven se volvió hacia ella.

—¿Me puede mostrar ese rojo? —dijo indicando con la mirada un babydoll de raso que opacaba las ingenuas ropas de noche entre las que colgaba.

¡Mirá vos! Tiene buen gusto y todo, reconoció Cecilia al tiempo que con manos ágiles desplegaba el sensual atuendo ante los ojos del Mencho, quién descender la mágica tela, flotando, extendiéndose lánguidamente sobre la superficie de cristal del mostrador. Cecilia, con disimulo, levantó la vista de la prenda y examinó ahora más de cerca la expresión del aparente cliente. Parecía absorto, con la cabeza gacha, quizás imaginando como luciría su novia con el regalo. Apenas le podía ver los ojos, parpadeando perplejos bajo el despeinado flequillo. No dejó de prestar atención a sus manos, cerradas en puño a los costados del babydoll, como conteniéndose para no tocarlo.

La verdad es que no es feo el mocoso. Tiene pinta de peligroso, pero no es feo, apreció Cacilia, tratando de evadir la situación.

Él, sin mirarla siquiera, dijo con voz apagada:

—Lo llevo nomás. —Divertido, pensó que con apoyar el caño frío de su Colt en el cuello de aquella tía, ésta le daría lo que pidiera. Todo lo que él le pidiera.

Cecilia por su parte, apretó los dientes, diciéndose que ahora venía lo peor, y rogó rápidamente a Dios que al menos no le hiciera daño. Con un amén, aspiró profundamente y se animó a decir:

—El precio es… diecinueve mil quinientos... ¿Lo pagás al contado? —Y se sintió muy idiota haciendo la pregunta. ¡Cómo si este tipo de gente tuviera tarjeta de crédito! ¡Cómo si con esa facha le hubieran abierto una cuenta corriente!

Otra vez la implacable mirada de indio, algo adormilada, se clavó en los ojos de la mujer. Ella apenas si pudo mantenerse de pie cuando se le aflojaron las rodillas y sintió que sus ganas de orinar ya eran insoportables.

Varios billetes de mil, hechos un bollo, se apretaban en el bolsillo delantero derecho del jean del Mencho, y ninguno había sido ganado trabajando. Pagar... le sonaba raro. Pagar… Y mientras la palabra, casi desconocida, bailaba en su mente, hurgó en la gastada lona azul y extrajo unos billetes extremadamente arrugados. Luego, ceremonioso, extendió rígidamente el brazo ofreciendo el pago y una mano se movió automáticamente para recibirlo.

Encasquetándose nuevamente la gorra volvió a esconder el flequillo castaño. Guardó la compra en una bolsa plástica de supermercado, atándola luego a un pasa cinto del pantalón. Encaró a la vendedora con una sonrisa satisfecha y la saludó.

—¡Chau, doña! —dijo abandonando el local alegra y con paso rápido. ¡Ja! Le pagué un regalo a la Lucía, reflexionó, orgulloso, sintiéndose extraño.

Cecilia, sentada en el inodoro y temblándole todo el cuerpo, encendió un cigarrillo.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

viernes, 28 de agosto de 2026

LA BODA DE LOS LOBOS

Jenny Kangasvuo

 

Querida niña, siéntate y escucha mi historia. No, ¡no tengas miedo! Siéntate aquí, a mi lado… ¡Siéntate! No tiembles así, solo quiero que me escuches… Querida, qué cabello tan hermoso tienes. Aunque te cueste creerlo, no hace tanto tiempo yo también fui joven y hermosa como tú. Tu cabello es dorado y el mío era castaño oscuro, pero, de todos modos, todas las jovencitas son bonitas. Mi piel era tersa y mis ojos eran azules, como todavía lo son. ¡Mírame a los ojos! ¡Mira! ¿No son azules? Sí, claro que sí. No intentes escapar, querida.

El día de mi boda, la primavera olía a hierba y a leche, como ocurre en esos raros días de la estación. Yo llevaba un vestido de lino blanco y terciopelo verde, y cualquier poeta habría podido componer un soneto sobre mi belleza. Mi familia no dejaba de elogiarme, y el novio y yo resplandecíamos con cada cumplido. ¡No hagas ese gesto, pequeña, no seas malvada! Yo era bella. Tú también envejecerás y te volverás desagradable, querida, y entonces alguna jovencita se burlará de ti. A tu edad, yo también me burlaba de los viejos, y el destino me castigó por eso.

Pero volvamos a la boda. Como hija única de una familia opulenta, yo era una niña mimada y consentida. Mi padre había concertado mi matrimonio con el hijo mayor de una familia burguesa. La alianza uniría para siempre a nuestras familias y acrecentaría todavía más sus fortunas. También para mí era un acuerdo conveniente: el novio tenía algunos años menos que yo y me resultaría fácil manejarlo. No lo amaba, por supuesto, pero me parecía lo bastante atractivo como para compartir la cama con él.

Aunque el matrimonio había sido acordado por nuestros padres, la boda me pertenecía por entero. Mi madre y yo habíamos planeado hasta el último detalle. Ocupaba una silla de honor frente a la gran mesa del banquete. Aquel era mi día y, después de un poco de vino, los dulces besos de mi novio y la tierna carne de ternera, me sentía el centro de ese pequeño mundo. Todos me miraban: mi padre, mi suegro –con un destello de lujuria en los ojos–, mi novio. Salvo mi madre, henchida de orgullo, las mujeres me observaban con envidia, y yo no disimulaba cuánto lo disfrutaba. Éramos cerca de cien personas, pero las dos familias, ahora unidas, compartían una misma mesa.

Sucedió cuando mi padre propuso el primer brindis en honor de los novios.

Se produjo un altercado en la puerta principal, que habían dejado abierta para que los invitados entraran y salieran. Desde mi sitio podía verla con claridad: uno de nuestros criados discutía a gritos con una mendiga y una criatura mugrienta. Deseé que se librara pronto de ellos. El pelo de la mujer estaba tan enmarañado que parecía cubierto de moho; la criatura vestía harapos y estaba tan sucia que no pude saber si era un niño o una niña.

Mi padre se distrajo al verlos, pero prosiguió con el brindis. Los mendigos se marcharon y la boda volvió a ser perfecta.

Después le llegó el turno a mi suegro. A mitad de su discurso, los mendigos entraron en el salón por una puerta lateral. Se mostraron humildes y permanecieron en silencio hasta que concluyó el brindis. Mi suegro no les prestó atención, pero advertí que mi padre los miraba con furia. Cuando terminó el discurso, la mendiga pidió limosna y prometió bendecirnos si le dábamos a ella y a la criatura un poco de pan y carne. La sola idea de recibir la bendición de aquel ser me hizo estremecer. Mi padre lo advirtió y ordenó a los criados que los expulsaran.

—¡Cómo te atreves a pedir la comida destinada a los invitados de la boda! ¡No necesitamos tus bendiciones, mendiga!

La mendiga y la criatura parecieron asustarse y huyeron. ¿Cómo podían ser tan repugnantes? Decidí que nunca daría limosna a gente sucia y desagradable; solo a quienes fueran capaces de mantenerse limpios y aseados.

Por un momento volvieron la paz y la alegría. Me serví unos dulces y bebí algo de vino mientras continuaban los brindis. Mi belleza, mi prudencia y mis buenos modales recibieron tantos elogios galantes que acabé por cansarme de ellos.

Cuando sentí la primera punzada, pensé simplemente que había comido demasiado. Un instante después, el dolor empeoró y pensé que me habían envenenado. Entonces me atravesó la agonía más espantosa que hubiera conocido. He dado a luz, querida, como quizá lo hagas tú algún día. Parir es muy doloroso, pero aquella vez sentí como si cada músculo y cada órgano de mi cuerpo estuvieran naciendo de nuevo.

Me tambaleé e intenté aferrarme a la mano de mi padre, pero vi que él también se estremecía. Mi novio sufría convulsiones espantosas y su madre estaba doblada por el dolor. La agonía apenas me permitía ver, pero todo cuanto alcanzaba a distinguir parecía vibrar al compás de mi tormento. Los miembros de ambas familias se sacudían entre terribles espasmos. El hermano menor de mi novio intentaba aferrarse a la mano de mi madre; mi tía se había desplomado en el suelo y su cuerpo se arqueaba con cada convulsión; mi abuela política se golpeaba la cabeza contra la pared. Nadie acudió en nuestra ayuda. Los invitados escaparon en desbandada y los criados huyeron.

Me zumbaban los oídos, pero aun así distinguí con claridad una voz infantil:

—¡Ahora saltan y tiemblan!

La criatura y la mendiga estaban en medio del salón. Yo seguía sin saber si se trataba de un niño o de una niña, pero parecía tranquila y divertida. Nos contempló un rato y después echó a correr. Lo último que vi fueron sus sucios pies descalzos.

Las convulsiones empeoraron. Oí que algo se rasgaba y comprendí que era mi vestido de novia. Cerré los ojos y gemí. Intenté tocarme el cuerpo, pero las manos ya no me obedecían. A mi alrededor resonaban gritos cuyas voces no podía reconocer. Mi cuerpo se estremeció y deseé morir.

De pronto, el dolor desapareció.

Pero no era solo el alivio de que el dolor hubiera cesado. Me sentía firme y satisfecha. Intenté levantarme, pero quedé enredada en los jirones del vestido de novia. Me sacudí y los mordí hasta liberarme. Me puse de pie y, por un instante, todo pareció normal. El salón estaba en silencio.

Reinaba un extraño equilibrio.

Entonces volví a oír la voz infantil:

—¡Ahora se han convertido en lobos!

La criatura estaba de pie en medio del salón y nos miraba sin miedo.

Miré a mi alrededor y vi a mi novio librarse de los jirones de lo que había sido su traje de bodas. Lo reconocí de inmediato por el olor. Me acerqué y él se agazapó ante mí, con las orejas y la cola gachas. Me lamió el hocico y se lo permití. Mi padre se aproximó y me miró a los ojos; yo bajé la cabeza. Mi novio también le lamió el hocico, pero yo no lo hice.

Pronto todos se reunieron a nuestro alrededor, olfateando y dejándose olfatear. Por un momento pareció que mi padre y mi suegro iban a luchar, pero mi padre sostuvo la mirada hasta que el otro bajó la cabeza y cedió.

Yo estaba alerta, aunque confundida. Me abrumó el vértigo de tantos olores, pero pude reconocer cada uno: el de un bebé aún no destetado, el perfume del agua de rosas, los densos aromas de la carne asada y el pastel de zanahoria.

—¡Fuera, lobos! ¡Salgan, salgan! —gritó la mendiga al entrar en el salón. Su hedor nos horrorizó a todos. Nos expulsó a golpes de rama—. Dentro de siete años podrán pedir pan y carne. Si alguien se los da, volverán a ser humanos.

Atravesamos el pueblo a la carrera, rumbo al bosque, que olía a pino, presas y seguridad. Nadie podía detenernos.

Éramos diez lobos solitarios y desorganizados que avanzaban juntos. Nos dejábamos guiar por cualquier olor tentador: las heces frescas de un ciervo, el esqueleto putrefacto de algún ternero extraviado. Parecíamos una camada de cachorros torpes, sueltos por primera vez en el bosque. Y, en cierto modo, eso éramos: cachorros inexpertos e imprudentes.

No teníamos padres ni parientes que nos enseñaran a jugar, a cazar y a convivir sin despedazarnos. Por supuesto que hubo peleas. Todos aceptábamos la autoridad de mi padre, pero mi tío luchó con mi suegro hasta imponerse sobre él en la jerarquía.

Mi madre y mi suegra se gruñían, y yo también les gruñía. Era más fuerte que mi madre, pero ¿quién lucha contra aquella que lo amamantó?

Durante un tiempo, cada uno anduvo por su lado. No sé cuánto duró: la mente de un lobo no mide el tiempo con precisión. La bruja que nos había maldecido sabía que no podríamos contar los siete años que había fijado y que probablemente ninguno de nosotros volvería a ser humano.

Pero yo lo soy, querida, y pronto sabrás qué tragedias tuve que afrontar para conseguirlo. Veo que mi historia te ha fascinado. ¡Qué bien!

El bosque no era extenso y la mayoría de los lobos que vagaban por la región acababan muertos a pedradas. Las aldeas estaban muy cerca unas de otras y numerosos caminos atravesaban la espesura. Cualquier lobo verdadero habría advertido la intensidad del olor humano, pero nosotros habíamos convivido con él y no nos resultaba extraño.

No sabíamos qué significaba ser lobos y disponíamos de muy poco tiempo para descubrirlo. No había otros que pudieran guiarnos… y, de haberlos habido, nos habrían evitado. Algunos quizá habríamos conseguido incorporarnos a una manada en los peldaños inferiores, pero, debido a mi padre, eso habría sido imposible.

Nuestra primera cacería en grupo fue accidental. Mi novio, mi madre y yo jugábamos a perseguirnos la cola cuando un conejo salió de entre unos arbustos. Ya habíamos percibido su olor, pero no le prestábamos atención. Lo rodeamos y, de pronto, el juego se volvió serio. Yo corrí hacia un lado y mi novio hacia el otro; cuando el conejo dio un salto brusco, mi madre lo atrapó.

Por un momento nos quedamos atónitos. ¡Qué sencillo había sido! Los conejos no son presas fáciles: son rápidos e imprevisibles, al menos para cazadores inexpertos como nosotros. Lo devoramos en paz y en silencio. Fue nuestra primera comida compartida.

Nuestra manada fue tomando forma poco a poco alrededor de los hábitos de caza. Mi padre era el jefe, pero mi madre ocupaba una posición equivalente. Demostró ser una cazadora extraordinaria; cuando ella nos guiaba, todo resultaba fácil. Conseguíamos más comida de la necesaria y por primera vez pudimos compartirla. Incluso mi abuela comía bien, aunque no participaba de las expediciones. Cazamos ciervos y hasta alces, pese a que uno de ellos pateó a mi tío y le quebró una costilla.

Durante el verano comimos presas gordas, dormimos al sol, jugamos y nos acariciamos unos a otros. A veces aullábamos. La comunión que experimentábamos al hacerlo era más intensa que cualquier cosa que hubiera sentido como humana o que sentiría después.

Los veranos eran maravillosos, pero ninguno como aquel primero. Todo estaba lleno de aromas nuevos y frescos, y la caza nos daba alimento y placer.

El primer invierno, en cambio, fue penoso. Aunque habíamos cazado juntos todo el verano, aún éramos torpes, y ahora la necesidad nos volvía desesperados. Es más fácil abatir ciervos gordos en las praderas que perseguir animales escuálidos sobre la nieve.

Mi abuela murió aquel invierno. Me entristeció, pero el invierno nunca es benévolo con los viejos. Aceptamos su muerte y esperamos la primavera.

En primavera, mi madre entró en celo. No lo habíamos previsto y ella se comportaba como una loba joven en su primer celo. No sabía qué hacer ni cómo imponerse ante los machos y, aunque mi padre era su pareja, casi todos los del grupo acabaron montándola. Años después, eso habría sido imposible: mi madre no lo habría permitido y los demás la respetaban demasiado. Pero el olor de aquel primer celo era demasiado nuevo y delicioso para que pudieran resistirse.

Quizá tenía que ocurrir de ese modo. Mi madre quedó preñada y parió siete cachorros de distintos padres. Podíamos reconocer por el olor la ascendencia de cada uno y, gracias a ellos, acabamos por convertirnos en una verdadera manada. Los cachorros eran nuestro tesoro, nuestra razón de vivir. Nos dieron alegría y amor. Todos queríamos jugar con ellos o regurgitar alimento en sus bocas, aunque después pasáramos hambre.

Cavamos una gran madriguera cerca de un río. Los cachorros crecieron y, aunque algunos no sobrevivieron, cuando llegó el invierno ya éramos un grupo de caza muy eficiente. Los jóvenes acabaron siendo mejores cazadores que nosotros, que habíamos aprendido demasiado tarde.

Durante los años siguientes vivimos felices y en paz. Por supuesto, había peleas. Algunos cachorros fuertes se enfrentaban con los demás y se marchaban. Varios de ellos formaron otra manada y se delimitaron los territorios. Después de algunas riñas, la convivencia resultó sencilla: la otra manada no invadía nuestros dominios y nosotros respetábamos los suyos.

Un otoño, mi madre quebró una delgada capa de hielo, cayó al agua y se ahogó. Al principio, su muerte provocó cierta confusión, pero pronto se estableció una nueva jerarquía. Mi padre envejecía y el hermano menor de mi novio lo desafió. Mi padre apartó la mirada y no le gruñó. Yo no tuve que luchar con nadie: después de mi madre, siempre había ocupado el lugar más alto entre las hembras.

He llamado «mi novio» al macho con quien me casé aquella lejana mañana de primavera, pero su hermano menor se convirtió en mi verdadera pareja. Mi novio era tímido y sumiso, y nunca intentó ascender en la jerarquía. Su hermano era más vigoroso y el macho más sabio de la manada. Era natural que se convirtiera en el líder.

Era justo, cuidaba de los cachorros y de los ancianos, no disfrutaba de las peleas y era muy tierno. También juguetón y divertido. Yo amaba la vida a su lado y, cuando llegó mi primer celo, estaba más que dispuesta a aparearme con él. Aquellas semanas fueron intensas: me montaba varias veces, incluso en un mismo día. No necesitaba mantener alejados a los otros machos; mis hermanos menores eran demasiado jóvenes y los mayores, demasiado viejos.

En verano parí una camada de cachorros hermosos y fragantes. Los lamí con cuidado, corté con los dientes sus cordones umbilicales y devoré la placenta. Cuando se prendieron de mis pezones y gimieron de hambre, me sentí plenamente satisfecha. No recordaba mi vida humana, porque no había motivos para pensar en el pasado ni en el futuro. Amaba a mis cachorros y a mi compañero; éramos buenos líderes, capaces de proporcionar comida y seguridad a la manada, y eso bastaba.

Mis cachorros crecieron fuertes y sanos, y nuestra manada se volvió muy numerosa. Una de mis hijas se marchó al alcanzar la madurez. No intentó conquistar un puesto más alto –era demasiado sabia–, pero también demasiado fuerte y obstinada para permanecer con nosotros. Se unió a un lobo solitario y así surgió una tercera manada en el bosque. El territorio era limitado y sus fronteras cambiaban sin cesar, de modo que cada grupo disponía de menos espacio. El bosque era demasiado pequeño para tres manadas; las presas escaseaban incluso en verano. Y, cuando llegó el invierno, ocurrió lo inevitable.

Aquel invierno fue más duro que los anteriores. Los ciervos habían sido cazados o se habían alejado. Volvimos a subsistir gracias a pequeñas correrías, como no hacíamos desde el primer verano. Debíamos cazar a diario para llenar el estómago. Ya no había jornadas ociosas en una madriguera cálida, junto al cadáver de un alce capaz de alimentarnos durante días. Nuestra numerosa manada se moría de hambre.

En pleno invierno, cuando ya no parecíamos conocer otra cosa que el hambre, decidí que aquello debía terminar. El bosque estaba rodeado de aldeas y, aunque el hedor de los humanos resultaba aterrador, morir de hambre lo era mucho más. Siete de nosotros entramos de noche en la aldea. Procuramos movernos con el mayor sigilo posible, pero siete lobos no pueden pasar inadvertidos. Percibimos el rastro de otros lobos y también el de mi hija. Comprendí que la aldea se había convertido en la última fuente de alimento para todas las manadas del bosque.

Un perro nos ladró. Mi hermano se abalanzó sobre él y le quebró el espinazo. Despedía un olor extraño, semejante al de un lobo; si hubiera sido una hembra en celo, mi hermano la habría montado antes de matarla. Ahora era comida.

Entramos en el cobertizo más cercano al bosque. Allí guardaban ovejas y matamos tantas como pudimos. Fue sencillo, y pronto el cobertizo se llenó del delicioso olor de la sangre y la carne. Despedazamos un cordero y lo devoramos para recobrar fuerzas; después empezamos a arrastrar los cadáveres hasta la madriguera.

Aquella noche comimos bien. Todos llenamos el estómago encogido y todavía quedó alimento. Podríamos descansar y limitarnos a perseguir topos durante algún tiempo. Sin embargo, el descanso no fue placentero. Estábamos exhaustos, el invierno continuaba y sabíamos que el hambre no tardaría en regresar.

Pero muchos de nosotros jamás volverían a sentir hambre. Apenas dos días después de nuestra incursión, los aldeanos atacaron la madriguera. No recuerdo con claridad lo sucedido; el terror y la pena lo envuelven todo en sombras. Recuerdo el hedor espantoso de la sangre de lobo, los gemidos de dolor de mis hijos, el estampido de los arcabuces y los gritos de los hombres. Yo compartía el liderazgo de la manada, pero no pude hacer nada. Intentamos defendernos y proteger a los demás, pero los hombres nos aniquilaron. Vi morir a los miembros de mi familia uno tras otro.

Todavía me pregunto por qué no morí aquel día. Quizá sobreviví para poder contarlo. Me has escuchado con mucha atención, queridísima niña, pero esta historia no tiene un final feliz.

Me refugié en una vieja madriguera de zorro, que ensanché cavando, y volví a alimentarme de ratones. Recorrí el bosque, pero no hallé rastros de otros lobos vivos. El olor de nuestras marcas territoriales se desvanecía. Durante un tiempo volví a señalar los límites con mi orina, hasta que comprendí que no tenía sentido: ya no quedaba nadie que pudiera olerlos.

En un espléndido día de primavera me encontré con una niña que recogía hierbas.

El día era tan hermoso como el de mi boda, aunque entonces no lo recordé.

La niña se quedó mirándome, pero no parecía demasiado asustada. Llevaba una cesta colmada de hierbas de toda clase y estaba comiendo. Nos observamos durante un rato. Luego cortó una rebanada de pan de centeno, la ensartó con el cuchillo y me la ofreció.

—Vamos, pobre loba hambrienta. Come un poco de pan; hay suficiente para las dos.

Vacilé y avancé unos pasos, pero no me atreví a acercarme más.

—Ah, tú comes carne. Quizá no te guste el pan. También te daré un poco de carne.

La niña cortó un trozo de cerdo salado, lo ensartó con el cuchillo y me lo tendió.

El olor de la grasa de cerdo era embriagador. Me acerqué con cautela, arrebaté la carne y el pan y huí.

Me comí el pan y la carne. El cerdo tenía un sabor extraño, demasiado salado y ahumado; no era tan sabroso como la carne fresca después de una cacería. Pero, tras subsistir a base de escuálidos ratones de campo, me pareció delicioso.

Entonces me invadió una agonía terrible. Me revolqué, gemí y jadeé; parecía que el dolor duraría para siempre. Recordé vagamente haberlo sentido antes, pero el tormento me impedía pensar. Mi columna se estiró, la cola se replegó, el cráneo cambió de forma y el pelaje se hundió en la piel.

Al cabo de un rato quedé entumecida y temblorosa. Ya no podía distinguir bien los olores; estaba casi ciega y sorda. La hierba me pinchaba y me irritaba la piel. Me abracé para conservar el calor y entonces comprendí: ¡era humana otra vez!

Me puse de pie, pero la postura me resultó extraña. Era tan alta que me mareaba. Ya no había rastros olorosos que pudiera seguir. El bosque, mi hogar, había dejado de serme familiar.

Regresé a mi madriguera, pero no pude deslizarme dentro. Sabía que ya no era una loba, aunque ignoraba en qué me había convertido.

Robé huevos de los nidos, pero los ratones de campo eran demasiado rápidos para mí. Y, aunque hubiera atrapado alguno, ¿cómo habría podido comérmelo? Ya no tenía dientes adecuados ni un estómago resistente.

La primera noche fue terrible. Lloré por mi compañero, por mi manada y por mis cachorros, y también por la vida de loba que me habían arrebatado con tanta crueldad.

La venganza de la mendiga había sido ingeniosa. Me había concedido una vida plena y feliz para después arrebatármela. Nunca volvería a sentirme dichosa. No sabía si agradecerle los años que había vivido como loba o maldecirla por los que había perdido como mujer.

Al cabo de unos días tuve que ir a la aldea. Estaba desnuda y no sabía hablar, pero la misma gente que había exterminado a mi manada me brindó cuidados. Me dieron comida y ropa y, después de un tiempo, lana y agujas. Yo no sabía tejer; como hija de un hombre rico, nunca había necesitado aprender. Sin embargo, aprendí pronto. Era silenciosa y los aldeanos me dejaban en paz. Tejía a cambio de comida, y eso me bastaba. El movimiento incesante de las agujas me ayudaba a no pensar que había perdido cuanto amaba.

El castigo definitivo para mi antiguo orgullo llegó cuando vi la piel de mi hija extendida en el suelo de la casa del alcalde. Caí de rodillas sobre ella y lloré. No tenía a quién culpar por su muerte, ni siquiera a mí misma. Estábamos hambrientos y, sin comida, todos habríamos muerto. Había sido decisión mía atacar las ovejas de la aldea, pero, en pleno invierno, no había sido una decisión equivocada.

Ahora ya conoces casi toda mi historia; no queda mucho más. He vivido en la aldea como una solterona y se la he contado a cualquiera dispuesto a escucharme, incluso a quienes no querían hacerlo, como tú, querida. No, no niegues con la cabeza. Sé que no quieres estar sentada a mi lado ni escucharme. Pero eres tan hermosa cuando sonríes, querida… Por favor, sonríe un poco más para mí.

Jenny Kangasvuo nació en 1975 y vive en Oulu, la capital del norte de Finlandia. Cuando publicó su primera novela, Sudenveri, obtuvo el premio al mejor libro de fantasía de 2012. En sus relatos se centra en la encarnación, la sexualidad, la metamorfosis y las tradiciones e historias locales. También tiene un pasado oscuro como académica y un doctorado en antropología cultural. En 2023 publicó la novela Hiukset takussa que describe una relación poliamorosa ambientada en Oulu.

 

N.Y.N.J.A.

Kenji Albani

 

Donde los sueños se convierten en pesadillas, se repetía Kappa.

Jamás habría apostado a que aquel lugar, tierra de nadie entre los estados de Nueva York y Nueva Jersey, pudiera convertirse en un territorio de dolor y muerte.

Kappa avanzaba entre los escombros y los restos de una de las tantas ciudades destruidas después de la Última Guerra Mundial. En el Refugio todos decían que la Última terminaría convirtiéndose en la Penúltima, y así sucesivamente.

El hombre, la criatura más imperfecta creada por Dios, era buena gente; lástima que sintiera la imperiosa necesidad de masacrarse con otros hombres.

Kappa trató de vaciar su mente de pensamientos.

Es una misión en solitario —y, si no quería conocer el plomo enemigo—: Debo tener cuidado.

Caminaba sobre el asfalto agrietado. Cada pocos metros aparecía un montón de escombros; luego, los restos de una masacre...

Kappa estaba a punto de dar un paso más cuando, en el instante mismo en que levantó el pie derecho, una vocecita en su cabeza le sugirió que se detuviera.

Se detuvo.

Miró hacia la derecha, hacia lo alto, y vio a un francotirador enemigo.

Yo sé que él no sabe, pensó Kappa.

Frunció el ceño bajo la cinta kamikaze, se agachó y descargó un puñetazo contra el suelo.

Una sacudida sísmica se propagó por la superficie, permitiéndole impulsarse con un salto de saltamontes.

El francotirador, claro que lo vio, y abrió fuego con el Barrettunov MK82.

Demasiado tarde.

Kappa aterrizó sobre el techo del edificio donde estaba su adversario, imprimiendo suficiente fuerza como para atravesarlo.

Polvo.

Gritos.

Un gemido.

El enemigo le apuntó con el MK82, aunque la longitud del arma le impedía maniobrar cuando Kappa ya estaba encima de él.

Lo atacó y lo empujó hacia la ventana.

El hombre intentó resistir.

Ese intento puso en aprietos a Kappa. Las cuchillas montadas en sus antebrazos chirriaban contra el metal del Barrettunov, y entonces el soldado enemigo le hizo una zancadilla.

Otra vez el chirrido del metal contra el metal.

Kappa estuvo a punto de precipitarse al vacío.

Gracias a la agilidad adquirida con las artes marciales recuperó el equilibrio y dio un último empujón a su adversario.

Con la espalda apoyada sobre el pretil de la ventana, el hombre lanzó un grito.

Se oyó el ruido de huesos quebrándose.

Un solo hueso.

La columna vertebral.

Kappa lo había doblado en dos de una manera antinatural y, al reconocer la agonía de aquel hombre, sonrió.

Se agachó y, sin darle tiempo siquiera a arrojarse al suelo para implorar piedad, le sujetó los tobillos y los levantó.

El soldado enemigo lanzó un alarido mientras caía, que terminó con un SPLAT.

Kappa se sintió clemente.

Generoso.

En lugar de condenarlo a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas a vapor, lo maté.

Kappa reanudó su camino.

Debo continuar la misión.

Nueva York, Nueva Jersey, América... N.Y.N.J.A.

Donde los sueños se convierten en pesadillas.

Kappa todavía tenía otra pesadilla.

Y, si seguía siendo tan hábil durante mucho tiempo, viviría hasta los treinta años —la máxima esperanza de vida— acompañado por muchas otras noches de insomnio pobladas de pesadillas hechas de gritos que terminaban en SPLAT.

Kenji Albani: nació en Varese el 13 de noviembre de 1990 (su nombre es japonés, pero es italiano). Finalista del concurso de la editorial Giulio Perrone en 2008, desde entonces ha publicado alrededor de veinte relatos cortos en revistas literarias locales y plataformas en línea. También ha publicado alrededor de quince artículos sobre diversos temas (desde deportes hasta cultura, incluyendo paleontología) en sitios web y revistas especializadas. Actualmente estudia en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Insubria en Varese, y en septiembre se graduó como guionista de cómics en la Escuela de Cómics de Milán. También en septiembre, publicó Il serpente che si morde la coda (La serpiente que se muerde la cola), una serie de Imperium publicada por Delos Digital.

 

ENFRENTAR EL MUNDO CON UNA VAINA

Joaquim Bispo

 

En su habitación del gineceo del palacio, Penélope medita sobre su impotencia ante las despreciables insistencias de los pretendientes. Abajo, en el gran salón, se dan un festín con las fragantes carnes de las reses de sus dominios, profiriendo estruendosos y groseros gritos de júbilo, sin respeto por la casa que los acoge ni por su anfitriona. La repulsión física que siente por aquellos brutos no es menor que la ira que le provoca el saqueo al que someten su patrimonio. Si tuviera una espada, otro sería el festín y otras las carnes sacrificadas, pero Penélope no dispone más que de una vaina.

Ulises partió hace muchos años, alzando gloriosamente su espada fulgurante. Al frente de sus guerreros, la espada de Ulises prometía la victoria junto a las murallas de Troya. Él y sus compañeros hundirían las espadas de Marte en los cuerpos de muchos adversarios valerosos. Atrás quedaron las esposas, las madres, con la ambigua defensa de sus vainas de Venus. ¿Cómo enfrentar el mundo con una vaina?

Diez años duró la guerra de Troya. ¿Fueron batallas constantes o apenas un tedioso asedio, como susurraban los rumores? ¿En qué actividades habrían empleado los combatientes aquellos diez años? Conociendo a los hombres y sus valores, Penélope cree que pasaron los interminables días del sitio exhibiendo y comparando sus espadas. Y acariciándolas para realzar su brillo. Mucha vanidad depositan los hombres en sus espadas. Confían en su rigidez, se enorgullecen de su brillo, se reconocen en ellas como símbolo excelso del esplendor de su virilidad.

Transcurridos aquellos diez años, saqueada Troya, todos los combatientes regresaron a sus hogares, con mayor o menor fortuna, pero Ulises no. ¿Andará saqueando ciudades, devastando campos enemigos, apoderándose de rebaños de gordos terneros? ¿O, objeto de la ira de los dioses, habrá sido desviado de su ruta hacia playas remotas, escollos destructores? ¿Cómo puede saberlo Penélope? Un viajero naufragado en las costas de Ítaca le dice que vio a Ulises en Creta, recibido con honores de héroe; otro, que oyó hablar de las desventuras marítimas del navegante Ulises.

Penélope espera. ¿Qué puede hacer una esposa que ama a su marido sino esperar? Siente nostalgia. Siente soledad. Acurrucada en el lecho que compartió con Ulises, se compadece de su vaina, también abandonada allí, triste y llorosa, como una niña perdida y hambrienta. Con cuidados maternales, la colma de caricias para que consiga dormirse.

Han pasado ya diecisiete años y Ulises continúa ausente. El padre de Penélope insiste en que es demasiado tiempo de espera; que debe volver a casarse. El mundo conspira contra las mujeres. Todos dictaminan que debe haber una espada en aquella casa. El hijo de Ulises empuña, naturalmente, una espada, pero solo tiene diecisiete años. Es demasiado joven para defender un patrimonio como el de su padre.

Penélope todavía es bastante joven y hermosa y despierta claramente el interés de numerosos pretendientes de la isla y de fuera de ella, todos nobles y valerosos, como exige la nobleza de la excelente dama cortejada. Sin embargo, a Penélope le parece que el interés de los pretendientes es aún mayor por la inmensa riqueza que representa el patrimonio de Ulises. A todos les niega su lecho y sus dominios, pero ellos no se marchan. Amparados por el dictamen favorable a las espadas del padre de Penélope, se quedan, se instalan, comen y beben a costa de los bienes de Ulises, hasta que ella elija a uno.

Son muchos, se empeñan en exhibir la evidencia de sus espadas; no se los puede combatir sino con astucia. Penélope es la esposa de un hombre conocido como «Ulises, el de los mil ardides». También ella medita estratagemas para ganar tiempo.

Los dioses deciden ayudar a Penélope, a pedido de Atenea y a través de ella. Casta como es, admira y quiere recompensar la fidelidad conyugal de Penélope. Una idea es inspirada a la mortal.

Declara que elegirá pretendiente después de terminar el sudario funerario para el padre de Ulises, ya entrado en años. Tal vez entretanto llegue Ulises. Pero pasan los meses y Ulises no regresa. Penélope deshace por la noche la trama tejida durante el día.

Penélope ya no sabe qué temer más: la funesta muerte de su esposo en remotas batallas o la seducción de hechiceras, ninfas y diosas envidiosas. ¿En quién estará clavando Ulises su espada: en los cuerpos de enemigos crueles y despreciables o en carnes más delicadas y propicias? Las costas de los mares inquietos están llenas de tentaciones y peligros.

Tejer, urdir una tela, manejar miríadas de hilos, unir unos, separar otros, ayuda a Penélope a meditar, a adquirir una visión más amplia de la complejidad de los desafíos que enfrenta. Agudiza su intuición, le revela otros patrones, otros tejidos. Evalúa posibilidades donde antes solo encontraba obstáculos. Atenea no la abandona.

Delibera con su hijo y con Mentor, el fiel amigo a quien Ulises dejó al cuidado de sus dominios. Los envía a pedir ayuda a los valerosos héroes y compañeros de Ulises en Troya, que regresaron hace mucho, pero también ellos solo vislumbran la solución matrimonial con uno de los pretendientes. La lógica de la espada prevalece.

Su padre y sus hermanos presionan a Penélope para que acepte a Eurímaco, el pretendiente que le ha ofrecido los regalos más valiosos. También a ella le parece el menos malo de quienes la cortejan. Nunca Antínoo, el rudo y agresivo líder de la arrogante turba de pretendientes. Disimuladamente, va evaluando los modales corteses de Eurímaco, su porte noble, la elegancia de su gladio, mucho más admirable que las despreciables dagas o las traicioneras cimitarras de la mayoría. Pero le pesa la imposición de elegir. No es una opción digna de una reina. Sobre todo sin tener la certeza de la muerte de Ulises.

Si los pretendientes fueran dos o tres, fácilmente podría crear algunas intrigas, avivar los celos y librarse de todos, pero con ciento ocho...

Terrible dilema. Es como si Hera, protectora de las mujeres casadas, intrigada por la extrema fidelidad de Penélope, bloqueara otras ayudas de los dioses, proponiéndose observar cómo conseguirá una mortal salir del aprieto en que se encuentra. Tal vez la mortal encuentre soluciones para problemas tan complejos como los que a veces ella misma enfrenta: las constantes infidelidades de Zeus.

La situación es muy difícil, un problema sin solución visible. Solo los aedos vislumbraron y cantaron una. Supuestamente, gracias a una ayuda a Ulises decidida por los dioses. Homero cantará un regreso tumultuoso y devastador de Ulises. Con la ayuda de Atenea, llegará a Ítaca disfrazado de mendigo, entrará en su palacio ocupado y, con la ayuda de su hijo y de un porquerizo, se revelará ante algunos sirvientes que permanecieron fieles y obtendrá su apoyo. Entonces urdirá un plan terrible que ejecutará implacablemente hasta dar muerte a todos los pretendientes. Sin perdonar a ninguno. E incluso a algunas sirvientas que se entregaron a ellos, por haber convertido en burdel la casa de su señora.

¿Qué Ulises implacable es este? ¿Cuán brutal y sanguinario se ha vuelto un hombre que, después de matar a los principales y más odiosos pretendientes, continúa la masacre incluso después de que le imploran perdón y se ofrecen a reparar todos los daños causados en su casa? ¿Y matar a simples sirvientas? ¿Cómo desapareció su legendaria sensatez? ¿En qué se ha convertido Ulises? Nadie lo reconoce. A la mayoría solo consigue convencerla mostrando una antigua cicatriz en la pierna. ¿Es realmente Ulises quien regresa? ¿O un aventurero que convivió con él y fue su confidente?

Otros aedos cantarán versiones libidinosas de los amores adúlteros de Penélope. Una llegará al extremo de afirmar que fue cediendo sucesivamente a los más de cien pretendientes. Muy adulterada tendría que estar la memoria para admitir que algo así pudiera concebirse de una princesa de Esparta, ciudad por excelencia de las mujeres virtuosas.

En una nueva deliberación, Penélope, su hijo y Mentor reconsideran las distintas posibilidades. Difícilmente conseguirán librarse de los pretendientes por los medios tradicionales. Ellos poseen la abrumadora ventaja de la fuerza, tanto de manera inmediata como en futuras represalias. Hay que recurrir a la creatividad, a la astucia, a la fuerza del espíritu. Penélope habla de maniobras de humillación y de su posible poder disuasorio. Es un arma poderosa, pero puede provocar reacciones de enorme brutalidad como represalia.

Mentor sugiere alternativas violentas. Podría ordenar a las criadas que envenenaran su comida, pero los padres y otros familiares no lo comprenderían y acudirían a vengarlos. Podría proponer juegos eliminatorios —carreras de carros, tiro con arco— hasta que quedara un vencedor. Podrían ser torneos tan viriles y violentos que los pretendientes fueran eliminándose físicamente entre sí. Pero siempre quedaría alguno, tal vez uno a quien Penélope no querría ver ni pintado de oro, tal vez el odioso Antínoo...

No; renunciar al poder de elección está fuera de discusión. Bastante había sido ya que ella misma fuera el premio en la carrera de carros que ganó Ulises. Para subrayar que la elección matrimonial también había sido suya, Penélope aceptó seguir a Ulises hasta Ítaca en lugar de permanecer en Esparta, como le rogaba su padre. Dejar que decidiera el azar supondría retroceder en el control del proceso, y eso era inaceptable.

Hace años que los pretendientes están allí. Más o menos convincentes, cada uno intenta ser el príncipe que logre cautivarla. Poco a poco se ha acostumbrado a la adulación implícita. Cada uno de aquellos jóvenes ansía alzar gloriosamente su espada en su lecho. Con una sola decisión, ella podría dar sentido a su vaina. Pero no es la compañía de un joven lo que Penélope echa de menos. Ulises nunca abandona sus pensamientos.

Han pasado otros tres años. Pronto se cumplirán veinte desde que Ulises alzó su poderosa espada en la proa de la negra nave que se dirigía a Troya, encabezando la flotilla de otras once. Una esclava ha desenmascarado la estratagema de deshacer por la noche la trama tejida durante el día. Penélope se ve presionada para elegir a uno de los pretendientes, de las muchas decenas que diariamente se convierten en comensales de las mesas del gran salón. ¿Qué hacer? Aplazar la elección resulta cada vez más difícil. Atenea le susurra soluciones.

Penélope teje, maneja los hilos con destreza, medita, imagina que puede atar uno de ellos a un pretendiente y dirigirlo. Otro hilo a otro pretendiente. Un hilo para cada uno. Es una urdimbre ambiciosa, una red amplia, global. Cada hilo cumple una función particular y, juntos, completan el tejido. A este le corresponde asegurar el resguardo, la protección, el recato: el suyo, como mujer casada, o viuda, o simplemente mujer. A través de la urdimbre puede gobernar su propio destino.

La caída de Troya ha desarticulado el equilibrio de la región. Hordas de desarraigados acechan y saquean las costas mediterráneas. Penélope toma conciencia de la fuerza que, unida, representa aquel centenar de guardianes. Una guardia de élite constituye la protección mínima, pero suficiente, que la librará de las depredaciones de los invasores. Lo que consumen en su mesa es un precio insignificante comparado con la protección que ofrecen. Es necesario que el espíritu que llevó hasta allí a cada uno de los pretendientes se consolide en una hermandad protectora.

Si antes, por cortesía, no hostilizaba a los pretendientes, cada vez los trata con mayor afecto, pese a los excesos protagonizados por algunos. Alienta y, no pocas veces, acepta honrar con su presencia los juegos de entrenamiento bélico y los banquetes posteriores. Evita que, cansados de esperar, desistan, enviándoles mensajes personalizados, sugiriéndoles días más propicios e insinuando que tal vez esté próximo el premio que aguardan. Haciendo que cada uno se sienta especial, envuelve a cada pretendiente en un acuerdo tácito de protección. Detrás del velo que brota de su telar, va consiguiendo tejer una red cohesionada y protectora, para ella y para Ítaca.

Una red que quizá le permita esperar a Ulises indefinidamente.

Joaquim Bispo nació en 1948 en Portugal, es licenciado en Historia del Arte y está jubilado como técnico de la televisión pública. Comenzó a escribir ficción en 2007, participó en talleres literarios en línea y ha colaborado en más de ochenta antologías fruto de concursos literarios a ambos lados del Atlántico. Publica mensualmente en su blog personal, http://vislumbresdamusa.blogspot.pt/, cuyo enlace comparte con miles de direcciones de correo electrónico. Últimamente, también publica en nueve periódicos regionales portugueses.

 

EL CUERPO