domingo, 13 de septiembre de 2026

EL POZO

João Ventura

 

Me llamo Jack y soy un sintecho. Era una noche de otoño y se estaba bien debajo del viaducto que pasa sobre la vía férrea abandonada. Es donde solemos pasar la noche, yo y mis compinches Tom y Steve.

En la fogata asábamos un conejo que Tom había atrapado con una trampa, y comíamos salchichas que un amigo de Steve, que trabajaba en una carnicería, le había conseguido. Steve le daba pedacitos de salchicha al perro mestizo del que nunca se separaba, y al que había llamado Sleepy, un nombre totalmente desubicado para el cachorro tan inquieto que estaba ahí. Era nuestra alarma contra intrusos.

Tom le dio otra vuelta al conejo en el asador improvisado.

Sleepy levantó las orejas, gruñó y dio dos ladridos cortitos.

—Tenemos visitas —murmuró Steve.

Los tres miramos en la dirección en la que miraba el perro. Se acercaba un hombre, caminando despacio. Me fijé que el bate de béisbol estaba en el suelo, al alcance de mi mano.

Cuando entró en el círculo de luz de la fogata, el desconocido se detuvo, mostró una botella que traía en la mano y preguntó:

—¿Les molesta si me sumo?

Cuando uno vive así aprende a evaluar rápido la situación. Con una mirada al recién llegado, no hubo nada que despertara sospechas. Nos miramos y fue Tom quien respondió.

—A una botella nunca se le niega la entrada. ¡Bienvenido!

—Soy Jack, este es Tom y aquel es Steve. Y el perro es Sleepy.

—Pueden llamarme Roamer.

—Búscate un asiento y arrímate a la fogata, Roamer.

En el terreno alrededor abundaban los objetos más variados, porque la gente de la ciudad tiraba desde el viaducto cosas que ya no necesitaba. El recién llegado acercó un cajón a la fogata y se sentó.

Me pasó la botella. Saqué el corcho y tomé un trago.

—Buen whisky, Roamer.

—Ayudé a un agricultor a cargar la camioneta para llevar los productos al mercado y me pagó con una comida caliente y esta botella. Y me dejó dormir en el granero, al resguardo de la lluvia.

La botella siguió circulando. Terminamos las salchichas, Tom comprobó que el conejo ya estaba listo, lo puso en un plato abollado y con la navaja lo cortó en varios pedazos. El plato fue pasando de mano en mano hasta que solo quedaron unos huesitos limpios, a los que Sleepy no les hizo asco.

Tom usó la vieja cafetera de esmalte para hacer café, que tomamos todos, humeante, mientras la botella de whisky seguía girando.

Para hacer charla, pregunté:

—¿Vienes de fuera del estado, Roamer?

El recién llegado se quedó unos segundos en silencio.

—No les voy a decir de qué ciudad vengo, me gustaría que su nombre fuera borrado de la faz de la Tierra. Pero les voy a contar por qué ando en la ruta.

Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa de franela a cuadros, puso uno en la boca, lo encendió con un palito en llamas, aspiró largo y pasó el paquete.

—Vivía en una comunidad de agricultores, temerosa de Dios. Nos ganábamos el pan con el sudor de nuestra frente, pero no nos quejábamos. Desde que recuerdo, solo hubo dos situaciones con algo de tensión: cuando quisieron hacer pasar un oleoducto por nuestras tierras y cuando descubrieron que había litio y querían abrir una mina. Las dos veces las decisiones se llevaron al ayuntamiento y, en voto secreto, fueron rechazadas por unanimidad.

«Todos los domingos íbamos a la iglesia, y cuando nuestro pastor, ya mayor, se jubiló, fue reemplazado por uno más joven, dinámico, que organizaba cosas para que la gente participara.

«Un día, en el sermón dominical, lanzó una idea que enseguida ganó apoyo en la congregación: construir un pozo en el que cualquier miembro pudiera decir sus pecados y así limpiar su alma. Todos aplaudieron la iniciativa, con muchos aleluyas de por medio, y en las dos semanas siguientes trabajamos con entusiasmo para cavarlo. Pasó a ser conocido como el Pozo de los Pecados.

«La vida siguió tranquila, apenas ensombrecida, tres semanas después, por la reaparición en el ayuntamiento de la propuesta del oleoducto. No se sabe quién la presentó, porque las propuestas se meten en una caja y no necesitan firma. Pero el día de la votación, cuando todos esperábamos otro rechazo, la construcción fue aprobada por cerca de dos tercios de los votos. Y al ser voto secreto, nunca supimos quién había votado a favor. Empezaron a surgir sospechas dentro de la comunidad. El pastor intentó calmar los ánimos diciendo que era la voluntad de Dios, pero el ambiente en el servicio dominical ya no era de alegría.

«La situación se volvió explosiva cuando se supo que había una nueva propuesta para autorizar la mina de litio. La víspera de la votación ya había algunos exaltados limpiando viejas escopetas, con amenazas veladas a los miembros del consejo municipal.

«Pero al día siguiente, temprano, la ciudad fue invadida por el FBI. Los agentes fueron a la casa del pastor, lo vimos salir esposado y subir a un vehículo. Revisaron la casa y también el edificio del ayuntamiento. Fueron al Pozo de los Pecados, montaron un pequeño torno y bajaron a un agente, que subió poco después con algo en las manos que no pudimos identificar porque habían acordonado la zona. Ordenaron suspender la votación y, al mediodía, el jefe reunió a toda la comunidad en el salón principal para explicarnos lo ocurrido.

«Nuestro “simpático” pastor era en realidad un estafador, ya buscado por la justicia por fraude, falsificación de identidad, chantaje, desvío de fondos, tráfico de divisas y una larga lista de delitos. Como dijo el jefe de los federales: “Por encargo de un conglomerado petrolero y de una empresa minera –cuyas instalaciones están siendo registradas en este momento– se hizo pasar por pastor y se infiltró en su comunidad para lograr que se aprobaran el oleoducto y la mina. Los convenció de construir el pozo e instaló un sistema de grabación en el fondo. Con lo que la gente confesaba, chantajeó a varios miembros del consejo municipal, que terminaron aprobando el oleoducto. Las grabaciones quedan bajo secreto judicial y solo podrán divulgarse por orden de un juez. Por ahora, la decisión queda anulada por haberse obtenido de forma fraudulenta.

«Fue como un terremoto que sacudió la ciudad. No destruyó casas, pero explotó dentro de las personas. Todos empezaron a mirar a los vecinos con desconfianza y, al mismo tiempo, a sentir vergüenza por haber sido engañados. En poco tiempo el ambiente se volvió irrespirable para mí. Dejé de creer en los demás, en la iglesia, en todo. Agarré la mochila, metí algunas cosas y me fui a la ruta.

Roamer se quedó callado y se hizo un silencio. Solo se escuchaba el crepitar de la fogata, y no sé cuál de nosotros soltó lo que todos pensábamos.

—Qué mierda…

La botella estaba vacía. Steve tiró otra tabla al fuego, ató una cuerda al collar de Sleepy y la otra punta a su muñeca, y se envolvió en la manta para dormir. Tom y yo hicimos lo mismo. Roamer se acostó junto a la fogata, con la cabeza apoyada en la mochila.

A la mañana siguiente, cuando despertamos, nuestro visitante ya se había ido. Sobre una piedra, al lado del fuego, había un papel escrito a lápiz:

—Gracias por la hospitalidad y hasta cualquier día. Firmado: Roamer.

Y encima del papel, el paquete con cinco o seis cigarrillos.

—Buen tipo este Roamer —comentó Tom.


João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

 

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