João Ventura
Me llamo Jack y soy un sintecho. Era una noche de otoño y se estaba bien
debajo del viaducto que pasa sobre la vía férrea abandonada. Es donde solemos
pasar la noche, yo y mis compinches Tom y Steve.
En la fogata asábamos un conejo que Tom había atrapado
con una trampa, y comíamos salchichas que un amigo de Steve, que trabajaba en
una carnicería, le había conseguido. Steve le daba pedacitos de salchicha al
perro mestizo del que nunca se separaba, y al que había llamado Sleepy, un
nombre totalmente desubicado para el cachorro tan inquieto que estaba ahí. Era
nuestra alarma contra intrusos.
Tom le dio otra vuelta al conejo en el asador
improvisado.
Sleepy levantó las orejas, gruñó y dio dos ladridos
cortitos.
—Tenemos visitas —murmuró Steve.
Los tres miramos en la dirección en la que miraba el
perro. Se acercaba un hombre, caminando despacio. Me fijé que el bate de
béisbol estaba en el suelo, al alcance de mi mano.
Cuando entró en el círculo de luz de la fogata, el
desconocido se detuvo, mostró una botella que traía en la mano y preguntó:
—¿Les molesta si me sumo?
Cuando uno vive así aprende a evaluar rápido la
situación. Con una mirada al recién llegado, no hubo nada que despertara
sospechas. Nos miramos y fue Tom quien respondió.
—A una botella nunca se le niega la entrada. ¡Bienvenido!
—Soy Jack, este es Tom y aquel es Steve. Y el perro es
Sleepy.
—Pueden llamarme Roamer.
—Búscate un asiento y arrímate a la fogata, Roamer.
En el terreno alrededor abundaban los objetos más
variados, porque la gente de la ciudad tiraba desde el viaducto cosas que ya no
necesitaba. El recién llegado acercó un cajón a la fogata y se sentó.
Me pasó la botella. Saqué el corcho y tomé un trago.
—Buen whisky, Roamer.
—Ayudé a un agricultor a cargar la camioneta para llevar
los productos al mercado y me pagó con una comida caliente y esta botella. Y me
dejó dormir en el granero, al resguardo de la lluvia.
La botella siguió circulando. Terminamos las salchichas,
Tom comprobó que el conejo ya estaba listo, lo puso en un plato abollado y con
la navaja lo cortó en varios pedazos. El plato fue pasando de mano en mano
hasta que solo quedaron unos huesitos limpios, a los que Sleepy no les hizo
asco.
Tom usó la vieja cafetera de esmalte para hacer café, que
tomamos todos, humeante, mientras la botella de whisky seguía girando.
Para hacer charla, pregunté:
—¿Vienes de fuera del estado, Roamer?
El recién llegado se quedó unos segundos en silencio.
—No les voy a decir de qué ciudad vengo, me gustaría que
su nombre fuera borrado de la faz de la Tierra. Pero les voy a contar por qué
ando en la ruta.
Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa
de franela a cuadros, puso uno en la boca, lo encendió con un palito en llamas,
aspiró largo y pasó el paquete.
—Vivía en una comunidad de agricultores, temerosa de
Dios. Nos ganábamos el pan con el sudor de nuestra frente, pero no nos
quejábamos. Desde que recuerdo, solo hubo dos situaciones con algo de tensión:
cuando quisieron hacer pasar un oleoducto por nuestras tierras y cuando
descubrieron que había litio y querían abrir una mina. Las dos veces las
decisiones se llevaron al ayuntamiento y, en voto secreto, fueron rechazadas
por unanimidad.
«Todos los domingos íbamos a la iglesia, y cuando nuestro
pastor, ya mayor, se jubiló, fue reemplazado por uno más joven, dinámico, que
organizaba cosas para que la gente participara.
«Un día, en el sermón dominical, lanzó una idea que
enseguida ganó apoyo en la congregación: construir un pozo en el que cualquier
miembro pudiera decir sus pecados y así limpiar su alma. Todos aplaudieron la
iniciativa, con muchos aleluyas de por medio, y en las dos semanas siguientes
trabajamos con entusiasmo para cavarlo. Pasó a ser conocido como el Pozo de los
Pecados.
«La vida siguió tranquila, apenas ensombrecida, tres
semanas después, por la reaparición en el ayuntamiento de la propuesta del
oleoducto. No se sabe quién la presentó, porque las propuestas se meten en una
caja y no necesitan firma. Pero el día de la votación, cuando todos esperábamos
otro rechazo, la construcción fue aprobada por cerca de dos tercios de los
votos. Y al ser voto secreto, nunca supimos quién había votado a favor.
Empezaron a surgir sospechas dentro de la comunidad. El pastor intentó calmar
los ánimos diciendo que era la voluntad de Dios, pero el ambiente en el
servicio dominical ya no era de alegría.
«La situación se volvió explosiva cuando se supo que
había una nueva propuesta para autorizar la mina de litio. La víspera de la
votación ya había algunos exaltados limpiando viejas escopetas, con amenazas
veladas a los miembros del consejo municipal.
«Pero al día siguiente, temprano, la ciudad fue invadida
por el FBI. Los agentes fueron a la casa del pastor, lo vimos salir esposado y
subir a un vehículo. Revisaron la casa y también el edificio del ayuntamiento.
Fueron al Pozo de los Pecados, montaron un pequeño torno y bajaron a un agente,
que subió poco después con algo en las manos que no pudimos identificar porque
habían acordonado la zona. Ordenaron suspender la votación y, al mediodía, el
jefe reunió a toda la comunidad en el salón principal para explicarnos lo
ocurrido.
«Nuestro “simpático” pastor era en realidad un estafador,
ya buscado por la justicia por fraude, falsificación de identidad, chantaje,
desvío de fondos, tráfico de divisas y una larga lista de delitos. Como dijo el
jefe de los federales: “Por encargo de un conglomerado petrolero y de una
empresa minera –cuyas instalaciones están siendo registradas en este momento–
se hizo pasar por pastor y se infiltró en su comunidad para lograr que se
aprobaran el oleoducto y la mina. Los convenció de construir el pozo e instaló
un sistema de grabación en el fondo. Con lo que la gente confesaba, chantajeó a
varios miembros del consejo municipal, que terminaron aprobando el oleoducto.
Las grabaciones quedan bajo secreto judicial y solo podrán divulgarse por orden
de un juez. Por ahora, la decisión queda anulada por haberse obtenido de forma
fraudulenta.
«Fue como un terremoto que sacudió la ciudad. No destruyó
casas, pero explotó dentro de las personas. Todos empezaron a mirar a los
vecinos con desconfianza y, al mismo tiempo, a sentir vergüenza por haber sido
engañados. En poco tiempo el ambiente se volvió irrespirable para mí. Dejé de
creer en los demás, en la iglesia, en todo. Agarré la mochila, metí algunas
cosas y me fui a la ruta.
Roamer se quedó callado y se hizo un silencio. Solo se
escuchaba el crepitar de la fogata, y no sé cuál de nosotros soltó lo que todos
pensábamos.
—Qué mierda…
La botella estaba vacía. Steve tiró otra tabla al fuego,
ató una cuerda al collar de Sleepy y la otra punta a su muñeca, y se envolvió
en la manta para dormir. Tom y yo hicimos lo mismo. Roamer se acostó junto a la
fogata, con la cabeza apoyada en la mochila.
A la mañana siguiente, cuando despertamos, nuestro
visitante ya se había ido. Sobre una piedra, al lado del fuego, había un papel
escrito a lápiz:
—Gracias por la hospitalidad y hasta cualquier día.
Firmado: Roamer.
Y encima del papel, el paquete con cinco o seis
cigarrillos.
—Buen tipo este Roamer —comentó Tom.

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