Liana Zilber Vivekananda
¿Conoció la casa de
la calle Estrela, aquí en B...? Circulan algunos rumores... Bueno, voy a
contarle la historia. Como se está mudando aquí, conviene que la conozca antes
de buscar un hogar. Me enteré por medio de un amigo que se marchó de la ciudad
y atendió a la muchacha. También por el diario que ella dejó y que terminó
llegando al periódico donde trabajo.
Aquella no era la casa más nueva,
ni la más hermosa, ni la mejor conservada o moderna. Pero era, sin duda, la más
inteligente. Lo que más cautivó a Tatiana fue su alegría contagiosa. Apenas
entró, la luz amarillenta de las ventanas llenó las habitaciones con la
frescura y la brisa primaverales. Junto con la brisa, dos mariposas de un azul
fosforescente acudieron a darle la bienvenida. Ella lo consideró un buen
augurio.
Recorrió las habitaciones y estaban
organizadas de la mejor manera posible. Los dormitorios parecían haber llegado
a un acuerdo entre ellos: ningún ruido pasaba de uno a otro. La sala, sin ser
grande, parecía capaz de albergar todas las estanterías de libros que fueran
necesarias. El jardín era encantador. Flores multicolores se extendían junto a
la casa, había un pequeño sector de césped, un manzano y, debajo de él, un
antiguo banco de madera. En un rincón del jardín se alzaba un farol de hierro
que por la noche debía de producir un efecto interesante.
—¡Trato hecho! —le dijo
entusiasmada al agente inmobiliario.
—¿No quiere ver las otras casas?
Todavía tenemos una lista que podemos recorrer, déjeme ver...
—No, no se preocupe, me quedo con
esta. Cumple perfectamente con mis expectativas. ¿Cuándo firmamos el contrato?
—Bueno —titubeó el agente—, esta
casa nos llegó hace apenas dos días. Tendré que verificarlo en la inmobiliaria.
—¿Y los antiguos habitantes?
Tatiana habría podido jurar que en
aquel momento la casa le sonrió. Miró las ventanas, la puerta, las paredes
amarillentas. ¿Una sonrisa?...
—Bueno, señorita, no sabemos nada
de los antiguos habitantes. Recibimos una carta de un lejano país de Europa
Oriental con las llaves, un poder, las condiciones, una cuenta en el
extranjero. Puede parecer extraño, pero...
—No hay problema, me quedo con la
casa de todos modos. ¿Cuántos años tiene?
—Pues bien, ese es otro detalle que
desconozco. Ni siquiera sé cuánto tiempo lleva deshabitada.
Días después llegó con sus
pertenencias a aquella ciudad. La casa sonriente la esperaba. Se sintió menos
sola; aquella no era una mudanza fácil para la joven. Abandonaba toda una
historia, era como comenzar de nuevo. En medio del desorden de ropa, muebles,
papeles y libros, no conseguía encontrar las sábanas. Una suave brisa susurró
desde la ventana trasera. Parecía hacer frío. Tatiana fue hasta la ventana para
cerrarla, pero justo junto a la pared estaba la caja de las sábanas.
Reconfortada, fue a la cocina para
ver qué podía preparar. El sol descendía por el horizonte; había sido un día
largo. El antiguo propietario había dejado la cocina, el refrigerador, todos
los utensilios y la vajilla porque, según le habían contado, se había marchado
a otro país. ¿Adónde habría ido? Una vez más se sorprendió al encontrar sobre
la cocina una tetera reluciente y nueva, llena de agua fresca, y a su lado un
paquetito de té. Aunque sorprendida, aquello le agradó. Pensó que quizá lo
hubiera dejado el personal de la inmobiliaria. Un ramo de flores silvestres
perfumaba la habitación desde un jarrón con agua colocado sobre la mesa.
Pensó para sus adentros que
«inteligente» había sido la palabra que se le ocurrió al visitar aquella casa
por primera vez. ¿Cómo podía ser inteligente una casa? Lo cierto era que todo
en ella parecía funcionar mejor de lo esperado.
Subió al dormitorio que había
elegido y allí preparó su cama. Un suave perfume flotaba en el aire. El
dormitorio daba a la parte trasera, al agradable jardincito. El silencio era
casi absoluto. A lo lejos se oía una cigarra. Durmió maravillosamente y despertó
con los rayos del sol entrando a través de la cortina diáfana, como si
proyectaran una película de diminutas partículas que giraban en el aire.
Decidió entonces que aquel día no
iría a trabajar. La mudanza y la necesidad de ordenar todo le parecían excusas
suficientes para dejarlo para el día siguiente. La verdad era que se sentía
bien, muy bien, entre aquellas paredes risueñas. Y quería volver a escribir un
diario.
Llegó el día siguiente y nuevamente
decidió postergar su regreso al trabajo. Hizo compras en el mercado, encontró
algunas cosas en la despensa, lo cual le resultó extraño, pero no se detuvo a
pensarlo. Tenemos tendencia a no querer comprender aquello que nos agrada, por
extraño que parezca.
Poco a poco, la casa fue
adquiriendo el aspecto de un hogar acogedor. Muy acogedor, en realidad. A
Tatiana le sorprendía que sus muebles, tan desparejados, parecieran armonizar
de aquel modo. Las cortinas que había dejado el antiguo propietario ondeaban con
la brisa.
Cada vez más, Tatiana prefería
quedarse en casa. Salía rápidamente para realizar las compras básicas –alimentos,
algún utensilio– y regresaba enseguida. En la redacción del periódico para el
que trabajaba pedía enviar sus trabajos por vía electrónica, evitando acudir
allí en la medida de lo posible. También continuaba escribiendo las páginas de
su diario, en las que describía las maravillas de la casa.
Poco a poco, Tatiana fue
integrándose de tal manera con la casa que ya no le extrañaba encontrar el té
preparado al regresar. Era algo parecido a una simbiosis. Pan casero, frutas y,
muchas veces, flores en el jarrón. La casa parecía estar siempre limpia y
ventilada; el jardín tenía el césped cortado y las flores exhalaban frescura.
La casa parecía tener vida propia.
Al despertar una mañana de sábado,
Tatiana no vio la luz del sol ni sus reflejos de arcoíris. Sintiendo que algo
no estaba bien, se levantó y descubrió que las contraventanas –¿había
contraventanas en la casa?– estaban herméticamente cerradas. Sin embargo, no
recordaba que la casa tuviera contraventanas. ¡Y mucho menos haberlas cerrado!
Estaba bastante oscuro. Buscó el
interruptor, pero no había electricidad. Tatiana se levantó y fue al baño a
lavarse la cara. No había agua caliente, solo fría. Se vistió entonces y salió
a desayunar en una cafetería. Después trató de averiguar qué ocurría con el
suministro eléctrico. Pero la compañía de electricidad no supo darle ninguna
información. Al parecer, el problema se limitaba a su casa.
Se dirigió entonces a la
inmobiliaria que le había alquilado la casa. Estacionó el automóvil justo
frente a la entrada. El agente que conocía no estaba. Una joven de cabello
teñido de rubio platino la atendió de mala gana. Tatiana pidió hablar con el
gerente. Los sábados no iba. Ya con cierta impaciencia, alcanzó a ver de reojo
a un hombre con gafas que pasaba por el corredor.
—¡Por favor! —lo llamó.
—¿Sí? —El hombre parecía
sorprendido.
—La casa que les alquilé está sin
electricidad. El señor João, que gestionó el alquiler, no está, y tampoco el
gerente.
—Bueno, ¿cómo puedo ayudarla?
—Al parecer se trata de algún
problema con la instalación eléctrica. No hay ningún corte de electricidad en
la zona.
—Lo siento, señorita. Hoy es
sábado, estoy solo. Le aconsejo que llame a un electricista y después descuente
la factura del alquiler.
Tatiana se marchó bastante
indignada. Después de dar muchas vueltas encontró a un electricista,
aparentemente el único que trabajaba aquel día. Era una ciudad del interior. De
mala gana, el hombre tomó lentamente su caja de herramientas y la siguió hasta
el automóvil.
—Ah, ¿otra vez esa casa? —dijo el
hombre.
—¿Cómo?
—Bueno, ya he venido por lo menos
tres veces a revisar la instalación. Es difícil comprender esos circuitos, no
se sabe qué mente perturbada los diseñó. El propietario anterior se quejaba de
que las luces se encendían en mitad de la noche.
—¿De verdad?
—Y después se apagaban y ya no
conseguía volver a encenderlas.
—¿Y hace cuánto tiempo fue eso?
Quiero decir, ¿cuándo fue la última vez que estuvo aquí?
—Mmmmm... Si mal no recuerdo, creo
que durante el invierno. Sí, ahora estamos en septiembre...
—¿Y cómo era él? ¿Por qué se
marchó?
—Demasiadas preguntas, señorita.
Solo soy electricista. Veamos qué problemas tiene.
—Parece que estamos sin
electricidad.
El hombre accionó el interruptor.
Las luces se encendieron como si nada estuviera mal. Sonriendo, el electricista
la miró con expresión burlona.
—¿Solo eso? Parece que ya está
resuelto...
—Bueno, ya que está aquí, ¿podría
ayudarme a abrir estas contraventanas? Parecen atascadas.
Refunfuñando que aquello no formaba
parte de su trabajo, el electricista trató de forzar las contraventanas desde
dentro y también desde fuera.
—Parece que no voy a poder
arreglarlas, señorita. ¿Cómo pudo cerrarlas con tanta fuerza?
—Puede parecer extraño, pero jamás
cerré las contraventanas. Para ser exacta, ni siquiera había reparado en que la
casa tuviera contraventanas.
Una vez más, el hombre la miró con
expresión entre perpleja y burlona.
—Bueno, hoy es sábado, no
encontrará a nadie que pueda ayudarla. Le aconsejo esperar hasta el lunes.
Mientras tanto... basta con encender las luces.
Indignada, Tatiana le pagó y volvió
a entrar. Fue al teléfono para intentar pedir ayuda a alguien, pero no había
línea.
—¡Pero qué demonios! Bueno, no
importa. El lunes intentaré hablar con el señor João.
El día transcurrió tranquilamente y
Tatiana aprovechó para ponerse al día con el trabajo. Leyó algunos libros, hizo
sus anotaciones y se acostó bastante temprano. Al día siguiente, las
contraventanas seguían cerradas. Probó las luces; funcionaban. En la cocina, el
agua de la tetera ya hervía. Sin detenerse a analizarlo, vertió el agua en la
cafetera y se sentó ante la mesa, que ya estaba puesta, para desayunar. Después
decidió salir al jardín por la puerta de la cocina. La puerta estaba cerrada
con llave, pero la llave no estaba.
Algo irritaba a Tatiana, aunque no
sabía precisar qué. Pequeñas cosas. Todo parecía haber marchado muy bien hasta
entonces, pero aquellos pequeños incidentes comenzaban a molestarla. El
dormitorio oscuro, las luces, objetos que desaparecían y reaparecían. Ahora,
las llaves. Un malestar indefinido comenzó a invadirla.
Decidió salir a pasear. Por la
tarde fue al cine. Al regresar encontró todas las luces encendidas. Algo
inquieta, miró a través de los cristales para comprobar si percibía algún
movimiento extraño, pero nada se movía en el interior de la casa. Abrió la puerta.
En la sala, la radio tocaba una melodía de los años cuarenta, un blues.
Mientras los movimientos de la casa
habían sido agradables, Tatiana no había reparado en sus excentricidades. Sin
embargo, la casa funcionaba a su antojo y ahora había comenzado a adoptar
algunos comportamientos irritantes.
Después de cenar, intentó encender
el televisor y no funcionó. En algunas habitaciones las luces se encendían. En
otras, no. Fue a su dormitorio, donde la luz de la luna bañaba el suelo con un
resplandor feérico y fosforescente. A través de los cristales contempló una
noche cristalina, salpicada de estrellas.
De pronto, un escalofrío le
recorrió la espalda. Fue hasta la ventana y abrió fácilmente los cristales.
Miró hacia fuera y no encontró rastro alguno de las contraventanas. Solo la
suave cortina flotaba al capricho de la brisa. ¿La engañaba su percepción? Pero
no: el electricista había intentado abrir las contraventanas. Ahora,
sencillamente, no existían.
Fue hasta el teléfono. Seguía mudo.
Decidió leer algunos capítulos más de su libro y después se acostó para no
pensar.
El lunes buscó al agente
inmobiliario, pero le informaron que ya no trabajaba en la inmobiliaria. Según
le dijeron, João había viajado muy lejos y no regresaría. Al parecer, la
empresa no estaba demasiado bien organizada, porque no conseguían localizar el
expediente de la casa. Prometieron darle una respuesta más tarde.
Durante la semana, la acumulación
de trabajo no dejó a Tatiana tiempo para ocuparse de los problemas que había
encontrado en la casa. Sin embargo, allí todo había vuelto a la normalidad y
funcionaba maravillosamente. Como al principio, Tatiana volvía a sentirse
tentada a permanecer en la casa el mayor tiempo posible.
Y llegó nuevamente el sábado.
Amaneció; Tatiana comprobó que ya eran las ocho. Lo supo por el radio
despertador. Habían aparecido otra vez las misteriosas contraventanas que
impedían por completo la entrada de la luz.
—La pesadilla ha vuelto —pensó
Tatiana—. Parece que esta casa elige los fines de semana para volverse loca,
precisamente cuando no hay nadie disponible para reparar sus locuras. La casa
es inteligente, pero está un poco loca.
El juicio de Tatiana tampoco estaba
en perfectas condiciones, puesto que aquellos extraños acontecimientos no la
asustaban. Podría decirse, sin embargo, que la irritaban, porque la casa la
había acostumbrado a toda una serie de comodidades y atenciones. Y, como una
niña mimada, se rebelaba cuando perdía sus privilegios.
Una vez más, las luces no se
encendían. Solo había agua fría. Esta vez, sin embargo, las ventanas de la sala
también estaban selladas por enormes contraventanas. Ya algo asustada, la joven
descubrió que todas las ventanas se encontraban exactamente en las mismas
condiciones. Quien pasara por la acera solo vería una simpática casa con
cristales muy limpios, cerrados, y unas cortinas ligeras y primaverales.
El teléfono permanecía nuevamente
mudo. Tatiana se vistió en la oscuridad y se dispuso a salir. Pero, además de
la puerta de la cocina, todas las puertas estaban cerradas y no había llaves.
Esta vez apareció el pánico. Tatiana gritó, pero su grito produjo un sonido
sordo, como amortiguado. En realidad, no se oía ningún sonido; el silencio era
absoluto y aterrador. Pensó en quitar las bisagras de la puerta y, con la mano
temblorosa, buscó el destornillador en el cajón.
Corrió hacia la puerta, pero
comprobó con verdadero terror que no tenía bisagras ni rendijas. Estaba
completamente sellada. De pronto encajaron en su mente varias piezas de un
rompecabezas: el agente inmobiliario había desaparecido, la inmobiliaria no tenía
el expediente de la casa, se desconocía quiénes habían sido sus antiguos
habitantes, nadie sabía precisar cuándo había sido construida. El electricista
había mencionado lo extraño de sus circuitos eléctricos y el comportamiento
errático de las luces. La acogedora simpatía de la casa, que parecía haber
querido seducirla, ahora se convertía en una trampa.
Una tenue luz azulada apareció al
final del corredor. Era aterradora, pero Tatiana la siguió. La luz formaba un
halo de un diámetro considerable. En el centro había una oscuridad absoluta,
donde toda la luz, todo sonido, parecían ser absorbidos. ¿Un agujero negro? ¿En
el corredor de la casa? Un sudor frío se apoderó de ella; todo su cuerpo
temblaba. Lentamente sintió que aquella oscuridad la succionaba hacia su
interior. Todo lo que se había negado a ver apareció ante ella en fugaces
destellos. Mientras era arrastrada, pensó en lo fácil que era rendirse ante la
comodidad, aceptar lo inverosímil cuando resultaba favorable y tentador. Ahora
todo aquello le cobraba un precio. ¿Qué vendría después?
Una tarde de otoño, algunos meses
más tarde, una joven pareja era conducida hasta aquella casita tan simpática.
El agente inmobiliario explicaba que las llaves le habían llegado por correo
desde un país lejano, junto con un poder, y que los pagos debían depositarse en
una cuenta extranjera. ¿Los habitantes anteriores? Qué extraño, recordaba a una
joven que había llegado de otra ciudad. Sus alquileres estaban pagados. La
inmobiliaria solo había recibido un correo electrónico explicando que, por un
motivo de fuerza mayor, tendría que mudarse. Cuando fue a revisar la casa, la
encontró vacía y limpia, con la claridad penetrando por las ventanas que, de
alguna manera, le parecían risueñas.
Como yo era nuevo en la ciudad,
nada sabía acerca del pasado de la casa. Pero usted me conoce. Por
coincidencia, entré a trabajar en el mismo periódico que Tatiana. Tuve que
investigar aquella desaparición; a nadie parecía importarle. La gente habla de
espíritus malignos, de fantasmas, pero yo nunca había oído hablar de una casa
capaz de actuar por sí misma de ese modo.
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