martes, 15 de septiembre de 2026

ENTROPÍA

Liana Zilber Vivekananda

 

¿Conoció la casa de la calle Estrela, aquí en B...? Circulan algunos rumores... Bueno, voy a contarle la historia. Como se está mudando aquí, conviene que la conozca antes de buscar un hogar. Me enteré por medio de un amigo que se marchó de la ciudad y atendió a la muchacha. También por el diario que ella dejó y que terminó llegando al periódico donde trabajo.

Aquella no era la casa más nueva, ni la más hermosa, ni la mejor conservada o moderna. Pero era, sin duda, la más inteligente. Lo que más cautivó a Tatiana fue su alegría contagiosa. Apenas entró, la luz amarillenta de las ventanas llenó las habitaciones con la frescura y la brisa primaverales. Junto con la brisa, dos mariposas de un azul fosforescente acudieron a darle la bienvenida. Ella lo consideró un buen augurio.

Recorrió las habitaciones y estaban organizadas de la mejor manera posible. Los dormitorios parecían haber llegado a un acuerdo entre ellos: ningún ruido pasaba de uno a otro. La sala, sin ser grande, parecía capaz de albergar todas las estanterías de libros que fueran necesarias. El jardín era encantador. Flores multicolores se extendían junto a la casa, había un pequeño sector de césped, un manzano y, debajo de él, un antiguo banco de madera. En un rincón del jardín se alzaba un farol de hierro que por la noche debía de producir un efecto interesante.

—¡Trato hecho! —le dijo entusiasmada al agente inmobiliario.

—¿No quiere ver las otras casas? Todavía tenemos una lista que podemos recorrer, déjeme ver...

—No, no se preocupe, me quedo con esta. Cumple perfectamente con mis expectativas. ¿Cuándo firmamos el contrato?

—Bueno —titubeó el agente—, esta casa nos llegó hace apenas dos días. Tendré que verificarlo en la inmobiliaria.

—¿Y los antiguos habitantes?

Tatiana habría podido jurar que en aquel momento la casa le sonrió. Miró las ventanas, la puerta, las paredes amarillentas. ¿Una sonrisa?...

—Bueno, señorita, no sabemos nada de los antiguos habitantes. Recibimos una carta de un lejano país de Europa Oriental con las llaves, un poder, las condiciones, una cuenta en el extranjero. Puede parecer extraño, pero...

—No hay problema, me quedo con la casa de todos modos. ¿Cuántos años tiene?

—Pues bien, ese es otro detalle que desconozco. Ni siquiera sé cuánto tiempo lleva deshabitada.

Días después llegó con sus pertenencias a aquella ciudad. La casa sonriente la esperaba. Se sintió menos sola; aquella no era una mudanza fácil para la joven. Abandonaba toda una historia, era como comenzar de nuevo. En medio del desorden de ropa, muebles, papeles y libros, no conseguía encontrar las sábanas. Una suave brisa susurró desde la ventana trasera. Parecía hacer frío. Tatiana fue hasta la ventana para cerrarla, pero justo junto a la pared estaba la caja de las sábanas.

Reconfortada, fue a la cocina para ver qué podía preparar. El sol descendía por el horizonte; había sido un día largo. El antiguo propietario había dejado la cocina, el refrigerador, todos los utensilios y la vajilla porque, según le habían contado, se había marchado a otro país. ¿Adónde habría ido? Una vez más se sorprendió al encontrar sobre la cocina una tetera reluciente y nueva, llena de agua fresca, y a su lado un paquetito de té. Aunque sorprendida, aquello le agradó. Pensó que quizá lo hubiera dejado el personal de la inmobiliaria. Un ramo de flores silvestres perfumaba la habitación desde un jarrón con agua colocado sobre la mesa.

Pensó para sus adentros que «inteligente» había sido la palabra que se le ocurrió al visitar aquella casa por primera vez. ¿Cómo podía ser inteligente una casa? Lo cierto era que todo en ella parecía funcionar mejor de lo esperado.

Subió al dormitorio que había elegido y allí preparó su cama. Un suave perfume flotaba en el aire. El dormitorio daba a la parte trasera, al agradable jardincito. El silencio era casi absoluto. A lo lejos se oía una cigarra. Durmió maravillosamente y despertó con los rayos del sol entrando a través de la cortina diáfana, como si proyectaran una película de diminutas partículas que giraban en el aire.

Decidió entonces que aquel día no iría a trabajar. La mudanza y la necesidad de ordenar todo le parecían excusas suficientes para dejarlo para el día siguiente. La verdad era que se sentía bien, muy bien, entre aquellas paredes risueñas. Y quería volver a escribir un diario.

Llegó el día siguiente y nuevamente decidió postergar su regreso al trabajo. Hizo compras en el mercado, encontró algunas cosas en la despensa, lo cual le resultó extraño, pero no se detuvo a pensarlo. Tenemos tendencia a no querer comprender aquello que nos agrada, por extraño que parezca.

Poco a poco, la casa fue adquiriendo el aspecto de un hogar acogedor. Muy acogedor, en realidad. A Tatiana le sorprendía que sus muebles, tan desparejados, parecieran armonizar de aquel modo. Las cortinas que había dejado el antiguo propietario ondeaban con la brisa.

Cada vez más, Tatiana prefería quedarse en casa. Salía rápidamente para realizar las compras básicas –alimentos, algún utensilio– y regresaba enseguida. En la redacción del periódico para el que trabajaba pedía enviar sus trabajos por vía electrónica, evitando acudir allí en la medida de lo posible. También continuaba escribiendo las páginas de su diario, en las que describía las maravillas de la casa.

Poco a poco, Tatiana fue integrándose de tal manera con la casa que ya no le extrañaba encontrar el té preparado al regresar. Era algo parecido a una simbiosis. Pan casero, frutas y, muchas veces, flores en el jarrón. La casa parecía estar siempre limpia y ventilada; el jardín tenía el césped cortado y las flores exhalaban frescura. La casa parecía tener vida propia.

Al despertar una mañana de sábado, Tatiana no vio la luz del sol ni sus reflejos de arcoíris. Sintiendo que algo no estaba bien, se levantó y descubrió que las contraventanas –¿había contraventanas en la casa?– estaban herméticamente cerradas. Sin embargo, no recordaba que la casa tuviera contraventanas. ¡Y mucho menos haberlas cerrado!

Estaba bastante oscuro. Buscó el interruptor, pero no había electricidad. Tatiana se levantó y fue al baño a lavarse la cara. No había agua caliente, solo fría. Se vistió entonces y salió a desayunar en una cafetería. Después trató de averiguar qué ocurría con el suministro eléctrico. Pero la compañía de electricidad no supo darle ninguna información. Al parecer, el problema se limitaba a su casa.

Se dirigió entonces a la inmobiliaria que le había alquilado la casa. Estacionó el automóvil justo frente a la entrada. El agente que conocía no estaba. Una joven de cabello teñido de rubio platino la atendió de mala gana. Tatiana pidió hablar con el gerente. Los sábados no iba. Ya con cierta impaciencia, alcanzó a ver de reojo a un hombre con gafas que pasaba por el corredor.

—¡Por favor! —lo llamó.

—¿Sí? —El hombre parecía sorprendido.

—La casa que les alquilé está sin electricidad. El señor João, que gestionó el alquiler, no está, y tampoco el gerente.

—Bueno, ¿cómo puedo ayudarla?

—Al parecer se trata de algún problema con la instalación eléctrica. No hay ningún corte de electricidad en la zona.

—Lo siento, señorita. Hoy es sábado, estoy solo. Le aconsejo que llame a un electricista y después descuente la factura del alquiler.

Tatiana se marchó bastante indignada. Después de dar muchas vueltas encontró a un electricista, aparentemente el único que trabajaba aquel día. Era una ciudad del interior. De mala gana, el hombre tomó lentamente su caja de herramientas y la siguió hasta el automóvil.

—Ah, ¿otra vez esa casa? —dijo el hombre.

—¿Cómo?

—Bueno, ya he venido por lo menos tres veces a revisar la instalación. Es difícil comprender esos circuitos, no se sabe qué mente perturbada los diseñó. El propietario anterior se quejaba de que las luces se encendían en mitad de la noche.

—¿De verdad?

—Y después se apagaban y ya no conseguía volver a encenderlas.

—¿Y hace cuánto tiempo fue eso? Quiero decir, ¿cuándo fue la última vez que estuvo aquí?

—Mmmmm... Si mal no recuerdo, creo que durante el invierno. Sí, ahora estamos en septiembre...

—¿Y cómo era él? ¿Por qué se marchó?

—Demasiadas preguntas, señorita. Solo soy electricista. Veamos qué problemas tiene.

—Parece que estamos sin electricidad.

El hombre accionó el interruptor. Las luces se encendieron como si nada estuviera mal. Sonriendo, el electricista la miró con expresión burlona.

—¿Solo eso? Parece que ya está resuelto...

—Bueno, ya que está aquí, ¿podría ayudarme a abrir estas contraventanas? Parecen atascadas.

Refunfuñando que aquello no formaba parte de su trabajo, el electricista trató de forzar las contraventanas desde dentro y también desde fuera.

—Parece que no voy a poder arreglarlas, señorita. ¿Cómo pudo cerrarlas con tanta fuerza?

—Puede parecer extraño, pero jamás cerré las contraventanas. Para ser exacta, ni siquiera había reparado en que la casa tuviera contraventanas.

Una vez más, el hombre la miró con expresión entre perpleja y burlona.

—Bueno, hoy es sábado, no encontrará a nadie que pueda ayudarla. Le aconsejo esperar hasta el lunes. Mientras tanto... basta con encender las luces.

Indignada, Tatiana le pagó y volvió a entrar. Fue al teléfono para intentar pedir ayuda a alguien, pero no había línea.

—¡Pero qué demonios! Bueno, no importa. El lunes intentaré hablar con el señor João.

El día transcurrió tranquilamente y Tatiana aprovechó para ponerse al día con el trabajo. Leyó algunos libros, hizo sus anotaciones y se acostó bastante temprano. Al día siguiente, las contraventanas seguían cerradas. Probó las luces; funcionaban. En la cocina, el agua de la tetera ya hervía. Sin detenerse a analizarlo, vertió el agua en la cafetera y se sentó ante la mesa, que ya estaba puesta, para desayunar. Después decidió salir al jardín por la puerta de la cocina. La puerta estaba cerrada con llave, pero la llave no estaba.

Algo irritaba a Tatiana, aunque no sabía precisar qué. Pequeñas cosas. Todo parecía haber marchado muy bien hasta entonces, pero aquellos pequeños incidentes comenzaban a molestarla. El dormitorio oscuro, las luces, objetos que desaparecían y reaparecían. Ahora, las llaves. Un malestar indefinido comenzó a invadirla.

Decidió salir a pasear. Por la tarde fue al cine. Al regresar encontró todas las luces encendidas. Algo inquieta, miró a través de los cristales para comprobar si percibía algún movimiento extraño, pero nada se movía en el interior de la casa. Abrió la puerta. En la sala, la radio tocaba una melodía de los años cuarenta, un blues.

Mientras los movimientos de la casa habían sido agradables, Tatiana no había reparado en sus excentricidades. Sin embargo, la casa funcionaba a su antojo y ahora había comenzado a adoptar algunos comportamientos irritantes.

Después de cenar, intentó encender el televisor y no funcionó. En algunas habitaciones las luces se encendían. En otras, no. Fue a su dormitorio, donde la luz de la luna bañaba el suelo con un resplandor feérico y fosforescente. A través de los cristales contempló una noche cristalina, salpicada de estrellas.

De pronto, un escalofrío le recorrió la espalda. Fue hasta la ventana y abrió fácilmente los cristales. Miró hacia fuera y no encontró rastro alguno de las contraventanas. Solo la suave cortina flotaba al capricho de la brisa. ¿La engañaba su percepción? Pero no: el electricista había intentado abrir las contraventanas. Ahora, sencillamente, no existían.

Fue hasta el teléfono. Seguía mudo. Decidió leer algunos capítulos más de su libro y después se acostó para no pensar.

El lunes buscó al agente inmobiliario, pero le informaron que ya no trabajaba en la inmobiliaria. Según le dijeron, João había viajado muy lejos y no regresaría. Al parecer, la empresa no estaba demasiado bien organizada, porque no conseguían localizar el expediente de la casa. Prometieron darle una respuesta más tarde.

Durante la semana, la acumulación de trabajo no dejó a Tatiana tiempo para ocuparse de los problemas que había encontrado en la casa. Sin embargo, allí todo había vuelto a la normalidad y funcionaba maravillosamente. Como al principio, Tatiana volvía a sentirse tentada a permanecer en la casa el mayor tiempo posible.

Y llegó nuevamente el sábado. Amaneció; Tatiana comprobó que ya eran las ocho. Lo supo por el radio despertador. Habían aparecido otra vez las misteriosas contraventanas que impedían por completo la entrada de la luz.

—La pesadilla ha vuelto —pensó Tatiana—. Parece que esta casa elige los fines de semana para volverse loca, precisamente cuando no hay nadie disponible para reparar sus locuras. La casa es inteligente, pero está un poco loca.

El juicio de Tatiana tampoco estaba en perfectas condiciones, puesto que aquellos extraños acontecimientos no la asustaban. Podría decirse, sin embargo, que la irritaban, porque la casa la había acostumbrado a toda una serie de comodidades y atenciones. Y, como una niña mimada, se rebelaba cuando perdía sus privilegios.

Una vez más, las luces no se encendían. Solo había agua fría. Esta vez, sin embargo, las ventanas de la sala también estaban selladas por enormes contraventanas. Ya algo asustada, la joven descubrió que todas las ventanas se encontraban exactamente en las mismas condiciones. Quien pasara por la acera solo vería una simpática casa con cristales muy limpios, cerrados, y unas cortinas ligeras y primaverales.

El teléfono permanecía nuevamente mudo. Tatiana se vistió en la oscuridad y se dispuso a salir. Pero, además de la puerta de la cocina, todas las puertas estaban cerradas y no había llaves. Esta vez apareció el pánico. Tatiana gritó, pero su grito produjo un sonido sordo, como amortiguado. En realidad, no se oía ningún sonido; el silencio era absoluto y aterrador. Pensó en quitar las bisagras de la puerta y, con la mano temblorosa, buscó el destornillador en el cajón.

Corrió hacia la puerta, pero comprobó con verdadero terror que no tenía bisagras ni rendijas. Estaba completamente sellada. De pronto encajaron en su mente varias piezas de un rompecabezas: el agente inmobiliario había desaparecido, la inmobiliaria no tenía el expediente de la casa, se desconocía quiénes habían sido sus antiguos habitantes, nadie sabía precisar cuándo había sido construida. El electricista había mencionado lo extraño de sus circuitos eléctricos y el comportamiento errático de las luces. La acogedora simpatía de la casa, que parecía haber querido seducirla, ahora se convertía en una trampa.

Una tenue luz azulada apareció al final del corredor. Era aterradora, pero Tatiana la siguió. La luz formaba un halo de un diámetro considerable. En el centro había una oscuridad absoluta, donde toda la luz, todo sonido, parecían ser absorbidos. ¿Un agujero negro? ¿En el corredor de la casa? Un sudor frío se apoderó de ella; todo su cuerpo temblaba. Lentamente sintió que aquella oscuridad la succionaba hacia su interior. Todo lo que se había negado a ver apareció ante ella en fugaces destellos. Mientras era arrastrada, pensó en lo fácil que era rendirse ante la comodidad, aceptar lo inverosímil cuando resultaba favorable y tentador. Ahora todo aquello le cobraba un precio. ¿Qué vendría después?

Una tarde de otoño, algunos meses más tarde, una joven pareja era conducida hasta aquella casita tan simpática. El agente inmobiliario explicaba que las llaves le habían llegado por correo desde un país lejano, junto con un poder, y que los pagos debían depositarse en una cuenta extranjera. ¿Los habitantes anteriores? Qué extraño, recordaba a una joven que había llegado de otra ciudad. Sus alquileres estaban pagados. La inmobiliaria solo había recibido un correo electrónico explicando que, por un motivo de fuerza mayor, tendría que mudarse. Cuando fue a revisar la casa, la encontró vacía y limpia, con la claridad penetrando por las ventanas que, de alguna manera, le parecían risueñas.

Como yo era nuevo en la ciudad, nada sabía acerca del pasado de la casa. Pero usted me conoce. Por coincidencia, entré a trabajar en el mismo periódico que Tatiana. Tuve que investigar aquella desaparición; a nadie parecía importarle. La gente habla de espíritus malignos, de fantasmas, pero yo nunca había oído hablar de una casa capaz de actuar por sí misma de ese modo.

Liana Zilber Vivekananda nació en São Paulo, Brasil, y vive actualmente en Curitiba. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro y de la Academia de Letras José de Alencar. Ha participado en numerosas colecciones, principalmente de cuentos fantásticos. Entre sus libros en solitario destacan Um dia sem Calendário, Mistérios de Curitiba, Neblina y Na solidão da noite. Se licenció en Arquitectura y Filosofía. Estudió en la Escuela Panamericana de Arte de São Paulo y Curitiba, y realizó tres cursos de posgrado: filosofía clínica, psicología cognitivo-conductual y neurociencia. Evidentemente es ecléctica. Le encanta leer y la literatura es su pasión.

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