sábado, 8 de noviembre de 2025

LA NOCHE ETERNA

Rafael Martínez Liriano


 

—¿Hasta cuándo estaremos andando sin rumbo? —preguntó Ferreti.

—Hasta que el jefe diga lo contrario —respondió Barone secamente—. ¿Te molesta?

—No me molesta, es solo que… no sé… toda esta lluvia y la ciudad tan muerta en algunos lados y tan viva en otros. 

—¿Te volviste espiritual ahora?

—No es eso, simplemente es como si algo rondara en el ambiente, como si la ciudad supiera algo que sus habitantes no pueden identificar.

—Si te refieres a la chica, no te preocupes. No creo que su padre sea tan tonto, verás como ella estará en casa antes del amanecer. 

  Ferreti se mantuvo en silencio por un rato mientras las calles se sucedían en una secuencia infinita. Ferreti estaba preocupado, estaban cruzando una de las pocas líneas sagradas para la mafia, incluso si tenían éxito. Esto sentaría un muy mal precedente.

—Detente en esa gasolinera, debemos cargar combustible y comprar algo de comer —Barone señaló un gran letrero de neón de color violeta, comida y gas las veinticuatro horas. 

—El tanque está a la mitad —informó Ferreti—. Además, según tú, esto se resolverá pronto.

—Que esto se resuelva rápido no depende de mí, lo sabes bien. ¿Estás bien? —preguntó Barone—; desde hace rato te noto extraño, como si estuvieras molesto. Primero estabas con esa pose poética sobre la ciudad y sus sentimientos, y ahora pareciera que estás inquieto.

—No estoy inquieto, solo quiero que esto termine lo más pronto posible. —Ferreti sí estaba inquieto pero no podía demostrarlo, cualquier muestra de duda podía terminar muy mal para él.

—Pues a mí me parece que estás nervioso, y más vale que estés concentrado en esto… no tengo que recordarte lo que pasará si fallamos.

—¡Estoy bien!, ¿Crees que soy un novato al que puedes amenazar con darme unas palmadas? Al parecer has olvidado quién soy y de lo que soy capaz.

—El que parece haberlo olvidado eres tú, pero ya está bien de tonterías, ve a comprar algo de comer mientras yo pongo gasolina y miro si todo está bien con el paquete.

—No tardo —dijo Ferreti poniendo punto final a la discusión.

 Cuando regresó de la tienda, Ferreti traía dos sándwiches y tres refrescos. 

—¿Qué es eso? —preguntó Barone.

—Me pediste que trajera algo de comer —respondió Ferreti haciéndose el tonto.

—Veo dos sándwiches y tres refrescos. ¿Es que acaso tienes tanta sed? Porque yo no.

—Es para ella —dijo Ferreti en voz baja.

—A eso me refiero cuando digo que estás extraño.

—Solo es un jugo, la chica no ha comido nada desde las tres de la tarde más o menos.

—¿Y qué vas a hacer, le vas a dar a tomar el jugo acá en medio de la gente?

—Podemos dárselo en cualquier lugar apartado, solo será un momento.

—Sabes mejor que yo cuales son las órdenes: mantenernos conduciendo por la ciudad hasta nuevo aviso, solo podemos parar a cargar combustible como ahora. 

—Lo sé —concedió Ferreti que arrojó el vaso de jugo sobrante a basura y después subió al auto sin ocultar su descontento con los argumentos de Barone.

 

Las horas pasaban mientras el auto continuaba con su periplo infinito por las calles de una ciudad cada vez más solitaria, una ciudad que, como un animal gigantesco ignora las tragedias que se gestan en su interior.

Ferreti y Barone deambulaban en silencio. No se habían dirigido la palabra desde la discusión en la gasolinera. A Barone le preocupaba el comportamiento de Ferreti, sabía lo delicada que era la misión encomendada y temía que su compañero ya no tuviera el temple necesario para realizar el trabajo.

—Ferrand debió llamar hace rato —dijo Ferreti mirando su reloj—. Son las 3:09 am.

—Tienes razón, de seguro que el tonto de Almeida se hace el duro.

—¿Crees que se haga el duro aún tratándose de su hija? 

—Con estos jefes mafiosos uno nunca sabe —respondió Barone—. Ellos tienen sus prioridades y no siempre la familia está entre ellas. 

—¿Cómo que no? Si la familia no es una prioridad para ti, ¿entonces qué lo es? 

—Es una pregunta que me es indiferente en este momento, yo, a diferencia de Almeida, no tengo que elegir entre mi imperio mafioso y la vida de mi hija. —Barone respondía con cinismo a una pregunta que le parecía sin sentido.

La conversación fue interrumpida por la melodía genérica del teléfono. 

—Si… —dijo Barone; Ferreti lo miraba en silencio—. Entendido.

Barone cerró la llamada y continuó manejando. 

—¿Era Ferrand al teléfono?

—Si…

—¿¡Qué te dijo, carajo!? —Ferreri estaba fuera de sí, presa de la incertidumbre.

—Almeida no aceptó: le dijo a Ferrand que haga lo que quiera con la chica. Que él sabe cómo hacer más.

—¿Que…? —Ferreti no daba crédito a las palabras de su compañero.

—El hijo de puta de Almeida está usando a su hija como una pieza de ajedrez, puso a Ferrand en una posición comprometida: al negarse a negociar, Ferrand no tendrá otra opción que matar a la chica, ya que si no lo hace quedará como alguien débil ante todos. Pero si la mata entonces le dará a Almeida la excusa para iniciar la guerra en venganza por su hija. Todos apoyarán a un padre que ha perdido a su hija en manos de un desalmado.

—¿Qué haremos con la chica? —preguntó Ferreti con miedo.

—Matarla y desaparecer el cadáver, ¿qué más?

—Estas loco, no podemos hacer eso con esa niña.

—Sí podemos, esas son las órdenes, y no están sujetas a discusión. —Barone tomó un camino que los llevaría fuera de ciudad.

—Vamos al campo de maíz. —Ferreti reconocía la ruta, la habían recorrido muchas veces cuando tenían "basura" de la que deshacerse.

Ferreti se sintió invadido por el desasosiego, su corazón latía con fuerza y sudaba a chorros. Algo dentro suyo le decía que matar aquella chica era llegar demasiado lejos, incluso para un asesino como él. Pero ¿qué hacer? ¿Matar a su compañero para salvarla? Después irse lejos con la chica y esperar que Ferrand los halle y la mate de todos modos, esa pobre chica había tenido la mala suerte de nacer en medio de una familia mafiosa, y ahora debía pagar el precio de ese nacimiento. Era duro de aceptar pero la realidad era esa y no iba a cambiar. Pero… ¿debía ser el final? ¿No había manera de romper aquél veredicto de muerte? 

 

El auto se detuvo en lo profundo de un inmenso mar de maíz a las 3:35 pm, en un claro expresamente creado para enterrar a los elementos no deseados. 

—Vamos —dijo Barone mientras bajaba del auto.

Ferreti lo siguió con el arma oculta aún sin saber que hacer para detener lo que iba a suceder.

—Quiero decirte algo… —dijo Ferreti dubitativo. 

—Dime —respondió Barone, pero el sonido de tres disparos a quemarropa le hicieron callar a Ferreti mientras miraba como la chica de quince años dejaba de ser una persona con toda una vida por delante para ser solo un bulto emanante de sangre y culpas ajenas.

—Sé que tenías dudas con este asunto, así que te evite cualquier problema de indecisión. 

—¡¿Qué hiciste?! 

—Hice lo que nos ordenaron hacer.

—Ella no merecía esto —Ferreti cayó de rodillas fulminado por la visión del cadáver en el maletero del auto.

—No merecía esto, me dices, claro que no merecía esto pero las otras personas que hemos matado antes, tampoco lo merecían y eso no te detuvo. ¿Que tenía esta chica de especial, que merecía vivir más que los demás?

—Tu no entiendes —gesticuló Ferreti.

—Quien no entiende eres tú, ¿crees que por salvar a esta muchacha te ibas a redimir de todos tus pecados anteriores, que todas las personas que has matado de pronto cobrarán vida y regresarán con sus seres queridos? Entiende que hace mucho tiempo hiciste una elección, una de la que no hay marcha atrás. 

Ferreti descargó su pistola encima de Barone, disparó todas las balas, excepto una que guardó para sí. Ferreti puso el caño aún caliente en su boca dispuesto a terminar aquella noche que parecía eterna.

—No vas a escapar de mí tan fácilmente, tu cuerpo y alma son míos por la eternidad. 

Ferreti lanzó un grito de espanto al ver a su compañero de pie con una sonrisa descompuesta. 

Su grito se ahogó en un mar de oscuridad, en medio de una noche eterna.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 

EL AMOR IMPOSIBLE DE DIEGO MALASPINA

Chelo Torres

Desde la cubierta contemplaba el mar con ojos nostálgicos. Era el soldado de una batalla en la que las trincheras no protegían; por grandes que fuesen sus esfuerzos nunca iba a lograr su objetivo. 

Diego Malaspina era un marino que sufría una fuerte necesidad de surcar los mares y visitar tierras desconocidas, hasta que un día su barco naufragó. Despertó sobre las arenas blancas de una isla sin humanos, un paraje en el que solo unos cuantos animales lo miraban asustados desde sus escondrijos, pero Diego no les temía, poseía un espíritu guerrero. 

Estuvo buscando durante días los restos del barco, más no encontró ni rastro, tampoco de otros marineros, ni de cadáver alguno. Nada. No entendía cómo había llegado hasta la isla sin ser acompañado por algún otro objeto o persona. 

Al cabo de unos días decidió cesar la búsqueda, era hora de construir una cabaña por si azotaba alguna tormenta, ya que tampoco había encontrado cuevas ni refugios.

Cuando tuvo terminada la cabaña, recogió hojas para poder dormir más blando, estaba en su labor cuando se acercó a un acantilado, creyó que estaba soñando y se pellizcó fuerte, el dolor le confirmó que no se encontraba en estado onírico pero aquello no era creíble, las sirenas no existían, su mente le estaba jugando una mala pasada. Volvió a observar. Aquella criatura de cabellos cobrizos era muy hermosa, su piel pálida y tersa, y la cola emitía destellos al saltar sobre el agua. Diego no podía dejar de mirarla. De súbito, la sirena se percató de que Diego la observaba con la boca abierta, dio un salto y desapareció en el mar.

—¡Noooo! —gritó el marino—. ¡Por favor no te vayas!  

El silencio y la ausencia fueron su respuesta pero él no desistió, se sentó al borde del acantilado a esperar una nueva aparición de la sirena, de cualquier modo, no tenía prisa en realizar otras tareas. Su espera fue recompensada, una nueva aparición tuvo lugar, esta vez el encuentro se dio a voluntad de la sirena. Ella se sentía cómoda con la distancia, no había caminos que bajasen hasta el agua, no se formaba una cala de arena desde la que los humanos pudiesen acceder de forma fácil al agua. Solo una roca a plomo y una gran altura. Diego se conformaba con las condiciones; poder verla era su recompensa. Ella lo miró con timidez y él sintió que el corazón se le salía del pecho. Era tan hermosa. Intentó comunicarse con ella pero su expresión le indicó que no le entendía. La sirena cantó una bella melodía que embaucó al marino. Diego había escuchado leyendas en las que se relataban desapariciones de marinos, incluso de barcos enteros tras oír la canción de una sirena, pero él nunca las creyó, pensaba que eran puras patrañas, historias para asustar a los navegantes, más ahora no podía apartar su mirada y atención de aquella figura. Ya no le importaba que fuese su perdición, que incluso le costase la vida. Era lo único que le quedaba en aquel solitario paraje.


El viento empezó a soplar y el mar se volvió bravo, la sirena se quedó escuchando con cara de preocupación y desapareció. Esta vez Diego no intentó retenerla, sabía que algún asunto había reclamado su atención. Sintió frío y pensó que debía volver a un lugar más resguardado. Quizá se acercase una gran tormenta. No conocía el clima de la isla, ni cuan agresivas podían ser allí las borrascas. Retrocedió hasta la cabaña y se cobijó allí. En breve los truenos y relámpagos cubrieron la bóveda celeste. Diego no tenía miedo a las tormentas, de hecho había navegado muchas veces bajo ellas. 


Sus días transcurrieron igual, cuando el clima era tranquilo y soleado se desplazaba al acantilado y allí encontraba a la sirena, que le embelesaba con sus gritos y sus canciones; más al llegar la tormenta, la isla parecía una fiesta de demonios, se escondía en la cabaña esperando que los huracanes no se lo llevasen con ellos.


Aquel día, Diego se encontraba en el acantilado, esperando a que la sirena apareciese con uno de sus acrobáticos saltos, cuando una carabela asomó en el horizonte. Por un momento sintió euforia, por fin alguien venía a rescatarle, volvería a su casa, a ver a su familia y amigos, a comer platos elaborados, pero por otro lado, le invadió una profunda tristeza, ya no vería más a la sirena, aquel ser que le había robado el corazón. Tan siquiera podría contar su historia pues nadie le creería, incluso se burlarían de él si les explicaba que se había enamorado de una sirena. Para todos sus conocidos las sirenas no existían, luego pensarían que desvariaba. Si volvía a casa su corazón quedaría destrozado, la echaría de menos por el resto de sus días, pero si se quedaba, acabaría enloqueciendo sin nadie con quien hablar. La sirena seguía con sus gritos y canciones pero sin comunicarse. Nunca podrían tener una relación de pareja normal, ella no podía caminar ni él pasar muchas horas en el agua. No podrían tener hijos, ni un hogar en común. Tampoco podía despedirse, ella ya no se arriesgaría a salir y que la vieran desde el barco, más cuando subiera de nuevo a la superficie él ya no estaría.

Los del barco llegaron en un pequeño bote a la playa donde Diego había despertado; el barco se había desviado de su rumbo por casualidad, debido a unas corrientes, y no regresarían más, así que su decisión debía ser rápida, un “ahora o nunca”. Diego pensó que aquel amor era imposible, que no podía renunciar a toda su vida por aquella mirada de fuego y un cuerpo de efectos dorados. Y también era posible que no apareciera nunca más. Así que, cuando los marinos estuvieron preparados subió al bote, sin volver la vista atrás.

Chelo Torres vive en Beniarbeig, Comunidad Valenciana, España. Trabajó en el Instituto de Pedreguer (Alicante) impartiendo inglés a adolescentes de 12 a 14 años. Vive en una urbanización tranquila, con unas vistas estupendas, tanto al mar como a la montaña. Sus aficiones favoritas son: la literatura, preferentemente fantástica, la música, la fotografía y, desde hace algunos meses, navegar por Internet. Se considera una géminis de cabeza a los pies. A los 14 empezó a escribir poesía y cuentos, actividad que abandonó a medida que los estudios se complicaron. Hace unos cuatro años retomó la escritura, con inexperiencia pero con muchas ganas. Gracias a un taller de literatura fantástica impartido por León Arsenal aterrizó en ese mundo, prolongando la actividad del taller en un grupo de trabajo llamado Alicantefantastica. Poco después llegó al Taller7 y más tarde al Taller 9.


 

CAMPAMENTO NOCTURNO

Carmina Shapiro

 

Dos horas después de arribados, el campamento ya había sido montado. Ele miraba a su alrededor meditativa. Todo el contingente había desplegado sus bolsas de dormir dejando un prudente espacio entre persona y persona para que el agua pudiera correr. Pudiera correr cuando cayera, claro. Y si efectivamente caía, claro. Hacía meses que no llovía. A ella le había tocado un puesto arriba de la lomada. Jora y Gé estaban abajo, cerca de las biocisternas subterráneas. Y Lambo estaba de guardia volante en el sector inclinado de los canales para asistir, con la larga experiencia que tenía, ante cualquier imprevisto. Ceuro, el hijo de Jora, estaba a alguna distancia de Lambo, nervioso pero animado para aprender del otro.

La cosa había empezado de a poco. Primero extendiéndose el período entre lluvia y lluvia, entre tormenta y tormenta. Luego, muy progresivamente, la humedad de ambiente había ido bajando y bajando. El caudaloso río de la zona también había bajado notoriamente su nivel. Por un tiempo las actividades comerciales fluviales se detuvieron, a la espera de que subiera el río. Esto pasaba cada tanto, sólo era cuestión de esperar, ya iba a subir. Siempre subía. Cuando la necesidad de los intercambios se hizo sentir y se comprendió que el río más que subir fluctuaba hacia la baja de su nivel, se comenzaron a implementar otros medios acuáticos para seguir comerciando. Esta fue la llamada de atención más sentida, se prendieron las alarmas de las y los políticos, investigadores y ambientalistas. Se comenzaron los diálogos con países vecinos para evaluar la situación en la región, incluso de países más lejanos se acercaron para estudiar lo que estaba ocurriendo. Primero se tomaron medidas de emergencia, camiones con tanques hidrantes abastecieron a las regiones que pasaban necesidad y se crearon protocolos de prioridades y buenos usos del agua. Pero la parca empezó a merodear el lugar, no había agua para suplir a todos los necesitados, e incluso si hubiera sido suficiente, no existía la infraestructura para dar abasto. Cuando un poco después finalmente se entendió que el problema era bastante más complejo y a largo plazo de lo que se había pensado, comenzaron los diseños de propuestas y las inversiones en investigación, para implementar los sistemas más complejos que permitieran sostener la vida silvestre y cuidar la poca humedad que todavía no se había evaporado. Las pérdidas fueron dolorosas.

Todas las explicaciones que se habían dado parecían insuficientes, ¿qué clase de fenómeno climático había convertido a una zona históricamente fértil y tediosamente húmeda en una pasa de uva de las más grandes que se hayan visto jamás? En efecto, las explicaciones mono-causales eran insuficientes. Se había utilizado el principio de los invernaderos para construir refugios protegidos para plantas y cultivos. Se buscaba que las instalaciones fueran lo más herméticas que la técnica permitía, de modo que el agua se evaporara lo menos posible. Se aplicaron las investigaciones más cuidadosas a generar vidrios especiales para poder crear grandes esferas en las que pudieran prosperar microclimas específicos y así preservar la vida animal. Lo mismo se hizo en relación al agua de mar: se buscaron todo tipo de estrategias y mecanismos para decantar la sal y otros minerales que podrían afectar la salud humana. Primero se prepararon muchísimos litros de agua potable y los espíritus se alegraron, era un alivio saber que era posible hacerlo y que las probabilidades de morir de sed eran mucho menores de lo esperado. Pero los sistemas en los que de hecho se guardaba el agua no estaban preparados para enfrentar una humedad ambiental de menos del 5% y el agua empezó a evaporarse imperceptiblemente, implacablemente, impotentemente. En tres días el volumen se había reducido a la mitad y el pánico, la preocupación y la indignación se apoderaron de los ánimos. Entonces se empezaron a investigar los métodos para guardar el agua potabilizada. En el curso de esos desarrollos, los y las investigadores se dieron cuenta de que se estaban invirtiendo recursos en quitar minerales del agua que sí ayudaban a algunas plantas y animales, minerales que luego eran adicionados en la producción de fertilizantes o suplementos dietarios. Así que se comenzó a estudiar y considerar las necesidades nutricionales desde un punto de vista más general, incluso intentando comprender qué dinámicas digestivas les permitían a esas plantas y animales procesar sustancias que al ser humano hacían tanto daño. Algunas de esas dinámicas pudieron ser replicadas para aprovechar mejor el agua de mar, pero en general se aceptó que una de las mejores maneras de conservar la humedad era en el interior de las plantas y de a poco el aspecto de las ciudades fue cambiando notoriamente. Todas las superficies que acumulaban calor -pavimentos, cementos, incluso edificios de vidrio- fueron cubiertas con plantas o con algunas de las nuevas tecnologías refractarias. Siempre que se pudo, se buscó evitar espacios de aire entre casas y edificaciones, ya que resultaban en mayor resecamiento y pérdida de humedad. Siguiendo esta lógica, se abandonaron y demolieron algunos edificios poco efectivos, se construyeron muros y techos que permitían aglomerar todas las construcciones de una manzana entera, y se redistribuyeron los espacios entre los diferentes grupos familiares. En las zonas donde era posible también se asentaron las mencionadas esferas de vidrio inteligente, generando otro tipo de agrupamientos humanos. Verdaderamente la cara de las ciudades cambió de manera considerable. Hasta el sonido de las ciudades se había transformado de manera radical. Si un año antes a esas mismas personas les hubieran dicho que el lugar donde vivían se iba a convertir en esto y que su vida iba a cambiar tanto, hubieran dicho que era una fantasía, imaginaciones futuristas, interesantes sí, pero imaginaciones al fin y al cabo, que tardarían años y años en tocar la realidad. ¡Ah, quién pudiera asir el devenir y estar seguro de cualquier cosa!

Los y las climatólogos habían estado elaborando los pronósticos con colaboración internacional, estudiando cuidadosamente las probabilidades de lluvia. Por fin habían subido hasta 50% y en los últimos días habían comenzado una escala ascendente, lenta pero sin pausa. El volumen del movimiento troposférico hacía pensar que caerían cerca de 200 mililitros en lo que durara la tormenta. Cuando tuvieron más certezas que dudas, pasaron el comunicado a los gobiernos e instituciones correspondientes, y todo se puso en marcha para recibir la lluvia con pasión y pavura. La locación había sido elegida hacía tiempo y se había mantenido desocupada en caso de que pudiera llegar a presentarse una alerta meteorológica. No sucedió pero siempre era mejor estar listos que desaprovechar una lluvia.

Cada integrante del contingente tenía a cargo un área de alrededor de tres metros cuadrados. La instalación del campamento se hacía cuando las probabilidades de precipitaciones pasaban el 70%, y se preparaban para quedarse hasta una semana allí a la espera de las condiciones óptimas. Ele ya había acomodado sus cosas en los pies de su bolsa de dormir impermeable. No les permitían llevar mucho, tenían que estar ligeros y con las manos libres. Nada de celulares, libros, revistas, ni juegos. El tiempo de espera debía pasarse con las y los compañeros, conversando, haciendo algún ejercicio tranquilo, repasando las acciones que tenían que realizar o bien en solitario. Tampoco podían alejarse del área asignada porque no había tantas personas disponibles. Toda la población estaba involucrada en este plan, era menester hacerse con la mayor cantidad de agua posible, en las casas nucleadas, en los campos, donde se pudiera. Este sitio estaba dedicado a nutrir las biocisternas de apoyo a los cultivos alimenticios.

Ele se había demorado en terminar de ubicarse y preparar todo. Se quedaba pensando y observando a sus compañeros y compañeras, sin darse cuenta de que se había detenido. Se sentía un aire ritual, expectante, entre emocionado y temeroso. Ceuro y Gé la saludaron de lejos. Ele salió de su ensimismamiento y les devolvió el saludo con una sonrisa. Pero su mirada se desvió a un punto detrás de ellos dos. Un poco más allá se estaban cavando unos embudos en las entradas de las biocisternas; el trabajo de canalización estaba comenzando. Ceuro y Gé se habían acercado hasta ella y, parados a su lado, miraban en la misma dirección. Luego Ceuro giró en redondo mirando el sitio en toda su extensión.

—No me imaginé que fuera a ser tan grande —dijo.

—Sigue el contorno geográfico de la lomada, el campamento mide exactamente lo que mide la lomada. ¿No parece tan grande desde la ciudad, cierto? —le contó Gé.

—Cierto.

—Eli, no te pusiste la máscara solar. ¿Estuviste así desde que salimos? ¿Dónde la metiste? —dijo Gé.

Ele la miró un momento como no entiendo lo que le decía—. ¡Ah, la máscara! —reaccionó tras un instante. Miró hacia abajo buscando, para darse cuenta de que la tenía agarrada con su mano derecha —. Acá está —dijo entre risas haciendo una mueca. No se suponía que estuvieran al aire libre sin ella. La arrugó entre sus dedos hasta que quedó finita como una coronita, se la puso en la cabeza y la extendió hasta el cuello del uniforme. Apenas colocada se sentía un poco incómoda, pero apenas se ponía a la temperatura del cuerpo, una se olvidaba que la llevaba puesta. Tres de los lugares más húmedos del cuerpo quedaban debidamente protegidos: tenía incorporadas unas pequeñas antiparras para los ojos, el espacio de la nariz funcionaba como un filtro y el sector de la boca se estiraba para poder hablar y se podía abrir para comer. Se hacían a medida para que funcionaran bien. Era una tela casi transparente, con un leve tono blanquecino, especialmente fabricada para filtrar los rayos UV y retener la humedad de la piel, pero sin sofocar los poros. Utilizada junto con el uniforme, reducía considerablemente los requerimientos de ingesta de agua. Ele nunca había entendido cómo lograban que estas telas inteligentes refrescaran la piel evitando las transpiraciones. ¿O era reutilizando las transpiraciones y exhalaciones? Ceuro le había explicado el funcionamiento una vez que lo había estudiado en la escuela, pero era una tecnología nanomolecular compleja. Algo de una reacción con los rayos UV era lo único que había sacado en limpio.

La miró de refilón a Gé. Sus cálidos ojos marrones brillaban con la emoción del momento.

—Estás contenta, ¿eh?

—Mmm… La verdad que la idea de ver llover me tiene las emociones a flor de piel… No creí que me iba a ilusionar tanto… —respondió Gé con voz vibrante—. El único problema es que así como me entusiasmo, me entristezco pensando en cómo estamos viviendo y que también puede salir todo mal… ¿Y si la lluvia fuera ácida?

—Ya sabemos qué hacer si es ácida, fue contemplado cuando armaron los procedimientos, pebeta. No te olvides del lema de nuestros tiempos: no anticipes la angustia ante tragedias que todavía no ocurrieron. —Trató de animarla Ele, y riendo ante la paradójica ironía agregó—: ¡Más vale angustiate con las que ya están aquí!

Ceuro y Gé se rieron también.

—¡Por suerte, no son todo angustias las que están aquí! —dijo Ceuro pasándole un brazo sobre los hombros a Ele y el otro a Gé, estrechándolas contra él.

—Bueno, bueno —lo apuró Gé, clavándole el codo en las costillas para que la soltara, algo dolida por el fuerte apretón—. Tenemos que volver a nuestros puestos, che.

Andiamo —aceptó Ceuro.

— ¿Nos vemos para comer? —preguntó Ele.

— ¡Sí!

— Sí.

Ya se alejaban loma abajo, cuando Gé se paró y miró para atrás dubitativa.

—¿Sabés? Me parece que… —su voz se disolvió en su respiración.

Ele la miró a los ojos y sostuvo la mirada. La expresión de Gé cambió.

—Después te digo —habló mientras se volvía a caminar con Ceuro.

—Ya sé —dijo Ele con una casi sonrisa dibujada en la comisura de sus labios, y la voz le salió tan suave que estuvo segura de que Gé no la había escuchado. Pero las palabras habían sido firmes. Y Gé las había escuchado, casi sonriendo en la comisura de sus labios también.

 

No tardó mucho en hacerse de noche. Se había establecido la costumbre de evitar las horas de mayor temperatura para no hacer un gasto de líquidos evitable, claro está, a menos que fuera una emergencia. Durante esas horas era mandatario realizar las actividades bajo techo y puertas adentro. Así que el contingente había iniciado el traslado y montaje pasadas las cinco de la tarde.

Cerca de las ocho, cuando ya todos habían podido instalarse, resueltas las dificultades que habían surgido, el guardia volante del sector de Ele les pidió a todos los que estaban en la parte alta de la lomada que se reunieran.

—Bueno equipo, llegó el momento que tanto hemos deseado. Tenemos la suerte de vivir esta experiencia bien de cerca. Disfrútenla, pero no se olviden de lo que tienen que hacer. Nuestra parte es fundamental para que todo marche bien allá abajo. Ejerciten su atención, no se pierdan un solo detalle de esta vivencia, en especial los más jóvenes, que pocas lluvias han visto en sus vidas, y hace rato que no se viene una tormenta como la que pronostican… —dijo Marton, perdiéndose en sus imaginaciones—. En fin, registren todo en sus memorias porque si todo sale bien, ¡este va a ser un día para la historia! Bueno, lo cierto es que si sale mal, también será para la historia… En cualquier caso, sabemos que algunas cosas no van a salir como las planeamos, para eso nos organizamos en equipos, y nosotros desde acá arriba vamos a poder ver todo el proceso. Acuérdense que esto lo hacemos entre todos. Apóyense y confíen los unos en los otros, y todo va a andar bien. Desesperen en solitario y nos vamos todos al tacho… Una última cosa antes de comer. Dejen sus picos y palas pegados a las cabeceras de sus bolsas de dormir. Tienen que estar a mano para cualquier apuro. El pico pónganlo abajo y la pala arriba así evitamos accidentes… Ahora sí, ¡disfruten de la comida!

Y cerró con un aplauso con voceríos de alegría. En otros sectores del campamento, otros grupos se hicieron eco de los vítores y el aire se cargó de una vívida energía. Ele se acercó a su puesto, sacó de los pies de la bolsa de dormir su pico y pala y los acomodó como había pedido Marton. Después agarró lo que sería su cena esa noche y le gritó a Ulár si quería comer con ella.

—¡Ahí voy! —le respondió Ulár, apurando sus movimientos para alistarse. Pronto se acercó y bajaron juntos a donde estaban los otros.

Encontraron al grupo sentado alrededor de un suave sol de noche. No acostumbraban usar linternas porque el cielo nocturno solía ser muy estrellado, sin grandes impedimentos visuales, pero esa noche era necesaria un poco de ayuda. Esa noche vieron más nubes que en las anteriores y sus corazones tremolaron de expectativa. Compartieron bocadillos, intercambiaron impresiones de las bienvenidas que habían dado los guardias volantes, conversaron sin rumbo fijo, rieron con rimas picarescas y chistes ingeniosos, observaron todo a su alrededor con cuidado y finalmente cerraron con un pequeño brindis a base de un cocktail miorelajante y renovador de manzanilla, potasio y magnesio. Así descansarían bien y estarían preparados para los esfuerzos que se avecinaban. Las bebidas alcohólicas no estaban prohibidas, pero para fabricar la mayoría de ellas se necesitaba agua potable, y luego causaban deshidrataciones leves –pero evitables– y mayor necesidad de ingesta de líquidos. Por lo que paulatinamente se había ido abandonando el consumo de alcohol mientras no mejoraran las circunstancias.

Ele dio las buenas noches y se fue a su puesto. Quería estar un rato sola, tranquila antes de dormir, tenía ganas de mirar el cielo e imaginar las profundidades del espacio interestelar. Una vez arriba, masticó una pastilla dental mientras se metía en su bolsa de dormir. Ele conocía la vida como había sido antes, había crecido en una cuenca pluvial donde el agua estaba por doquier. Y también había sido testigo de las crisis y de todo lo que había tenido que ser alterado para poder sobrevivir. Ése había sido uno de los grandes cambios cotidianos… El tradicional dentífrico requería bastante agua para su fabricación y uso, además de que el líquido de enjuague terminaba también en el agua, modificando las composiciones moleculares. Había sido necesario diseñar un producto que limpiara la boca efectivamente pero que pudiera ser tragado sin riesgos para la salud. Con las pastillas dentales, se recomendaba el uso complementario de un cepillo de dientes, pero no era requisito para que surtieran efecto. Sólo había que darles un tiempo para actuar antes de dejar que el reflejo de deglución se activara.

Sintiendo la atmósfera a su alrededor y divagando por viajes espaciales, se fue adormeciendo. Se despertó con un brazo enfriado y dormido porque le había quedado atrás de la cabeza. Se giró sobre su izquierda y quedó con la bajada de la loma frente a sí. Vio que unas pocas y tenues lucecitas todavía brillaban dispersas entre los diferentes sectores. Apenas algunas figuras oscuras se movían entre quienes dormían. Todas las noches habría algunos encargados de vigilar los informes meteorológicos y despertar al contingente si fuere necesario. Se sintió muy contenta de estar allí y se volvió a dormir plácidamente.

 

Todavía era noche cerrada cuando la despertó el toque sutil de una mano que palpaba el suelo. La mano encontró el pie que le había quedado fuera de la bolsa de dormir. No se asustó, ya sabía quién era. De algún modo, había estado esperando aquello. En seguida la mano subió por la pierna como si estuviera haciendo un estudio de anatomía: sí, ahí estaba la pantorrilla, entonces el resto del cuerpo estaría en esa dirección. Alguien dio una sancada sigilosa por encima de Ele y se escabulló al interior de su bolsa de dormir. A pesar de que Ele entraba dos veces en el ancho de la bolsa, el otro cuerpo se ubicó cerca de ella. Sin abrir los ojos, Ele sonrió ante la idea de que Gé se había acostado a su lado.

—¿Sabés? Me parece que... —empezó a susurrarle muy bajito cerca de su oído, repitiendo las mismas palabras que había empezado a decirle por la tarde. Ele podía sentir la tibieza de su aliento como una caricia. Gé se acercó todavía más —. Me parece que me enamoré de vos...

Sin cambiar de posición, Ele tanteó hacia atrás con la mano libre hasta encontrar la cadera de Gé. La atrajo hacia sí, haciendo que Gé le abarcara la espalda. Le tomó la mano, se la besó como si lo ilógico fuera imaginarse separadas, y se la guardó en el pecho como si el mundo hubiera recobrado su orden. Ya sé, pensó, antes de dormirse otra vez.

 

El amanecer ya no traía el canto de los pajaritos, que solamente podían vivir en las bioburbujas de vidrio. Pero el brillo del sol seguía siendo el mismo.

Gé se despertó para encontrar a Ele recostada de espalda con los ojos abiertos como platos. Miraba el cielo entre embobada y maravillada.

—Hola, pebeta —articuló medio aletargada.

Ele le indicó con la cabeza que mirara hacia arriba.

—¿Hace cuánto no vemos tantas nubes…?

Gé siguió su pregunta hacia el cielo. La visión era impresionante. La luz del sol se reflejaba en las nubes creando mil matices para las conocidas tonalidades del amanecer. El cielo tenía tal textura que casi podría haberlo tocado…

Cuando volvió a percibir el momento, miró a su lado para encontrarse con que Ele la miraba divertida. Seguramente había estado así un buen rato.

—Pero qué hacés… —dijo a la vez que le devolvía una sonrisa. Se miraron. Ele se acercó, le acarició los labios con los suyos y se volvió a alejar. El día había empezado bien.

Ambas notaron que alrededor empezaban a producirse movimientos de despertares. Gé habló en tono bajo y rápido.

—Mejor me vuelvo a mi puesto antes de que alguien se dé cuenta de que no estaba… —Giró boca abajo, apoyó codos y rodillas, inspeccionó en derredor de un vistazo, le dedicó a Ele una mirada cómplice y se fue ágil como un gato montés hasta su propia bolsa de dormir.

Ele se sentó. Se sacó la máscara, la espolvoreó cuidadosamente con el talco limpiador, y la dejó reposar. Sacó del estuche de higiene una pastilla dental y la microfibra imbuida de activos en seco para limpiarse la cara. Una vez aireadas cara y máscara, se la volvió a colocar. Olía limpia y fresquita. Hizo una inhalación grande y suspiró. La lluvia se intuía cercana. Se intuía cercana pero no podían saber cuándo ni con certeza si de hecho llegaría. Ahora empezaba la verdadera vigilia. Ahora empezaban los verdaderos nervios. Hoy iba a ser un día largo... Miró las caras de sus compañeros. Cruzó miradas con Ulár y Marton que ya se habían levantado e intercambiaban algunas palabras. Entendió que presentían lo mismo. Hoy la espera iba a ser tensa. Hoy iba a ser un día largo. Sí, hoy iba a ser un día muy largo.


Carmina Shapiro nació y vive en la ciudad de Rosario, Santa Fe, Argentina. Estudió Filosofía y dedica parte de su trabajo a la escritura académica. Después de varios años, volver a la escritura creativa y sin fines predeterminados es un bálsamo y un aliciente. En 2019 recibió una mención destacada en la segunda edición del Concurso de Relatos Filosóficos del Club de Escritura Fuentetaja con su relato “Ocupaciones inmundas”.

 

 

RESERVADOS DE BAR

Oscar De Los Ríos

 El bar oscila entre blanco y negro, sensación acentuada por el piso en damero. Sin embargo, no se parece a una postal antigua, su corte arquitectónico es más bien futurista.

Sentado a una mesa, cercana a la puerta de entrada, paseo la vista por el interior del local. Muchas mesas, pocas ocupadas, llenan el gran salón. En un principio mi atención en ellas descansa del trajín del día. Muy pronto pierdo el interés, nada inquietante sucede en este sector.

El día de hoy ha sido agobiante, rutinario…  y ya dudo que mejore. Giro lentamente la cabeza y descubro un espectáculo más atractivo, alineados unos tras otros se extienden, ocultos a las miradas indiscretas, los reservados. En ellos se desenvuelve normalmente el mundo de la intriga y de la trampa. Muchos cuernos han terminado de coronarse sobre los cojines, aterciopelados y acariciantes, de los cómplices sillones. Ocultos a la vista de los transeúntes por pesadas cortinas negras, y a los parroquianos del bar por finos biombos de bambú, en forma de paralelogramo con su borde superior cayendo de mayor a menor hacia las cortinas.

Rápidamente decido cambiar de lugar para observar con mayor comodidad el nuevo panorama. Mi accionar lo realizo en forma más lenta, a fin de no levantar sospechas. La gente tras los biombos es muy susceptible a todo movimiento que atente contra su intimidad. Me levanto despacio y me encamino hacia el baño de hombres, el recorrido realizado me permite observar cuidadosamente el interior de estos privados: dos de ellos, únicamente, están ocupados. Al regresar, me cambio de sitio a una mesa ubicada a escasos tres metros del reservado donde una pareja, ambos ya maduros, parecen discutir.

A pesar del cambio de lugar no es mucho lo que puedo observar, tampoco puedo escuchar algo de lo que hablan. Estas supuestas dificultades hacen aún más curiosa la situación.

El corte oblicuo de los biombos me permite atisbar una melena rubia y unos ojos azules, acuosos por su color y por las lágrimas que vierten. A su lado una mata rala de cabellos desteñidos, con profundas entradas, delatan la presencia de un hombre que aparenta ser mayor que la mujer. Un diálogo de cine mudo es lo único que me es permitido entrever. La mujer calla todo el tiempo, lo cual le permite un mayor lenguaje gestual: sus ojos se mueven inquietos, por la inclinación de la cabeza imagino que esta descansa en la mano izquierda y en los labios se esboza un reproche amargo. De pronto se vuelve hacia las cortinas negras, pareciendo distante y distraída. El hombre, por su parte, se aferra a un monólogo tratando de ser convincente mediante enérgicos cabeceos. Ella, saliendo de su ausencia, vuelve la faz consternada e, inclinando la cabeza, niega con vehemencia. No sé si ha dejado de llorar, ahora su rostro permanece oculto por la esterilla del biombo.

De pronto, el aire se carga de una energía tan densa que casi se puede palpar, y la situación cambia. Ella, levantando la cabeza, pronuncia algunas palabras duras, contundentes como un cros a la mandíbula. No sé cuáles son, pero su efecto es demoledor. El hombre deja caer su frente abatida y, un segundo después, la levanta tan alto que me deja ver sus ojos suplicantes.

Ella, levantándose con presteza, recoge el abrigo y trata de alejarse del lugar. Solo una mirada de asco dirige al hombre, que permanece sentado.

Con una reacción tardía él trata de detenerla, de abrazarla; ella se resiste, lo empuja, lo insulta... lo abofetea.

El insiste en contenerla. Ahora los parroquianos del bar comienzan a señalarlos; la mayoría se ríe de la escena, que sacude sus tristes vidas aburridas. Es una actitud lamentable, ajena al drama por mí presenciado. Deberían comenzar por preocuparse de sus problemas y tratar de no molestar; ser más discretos.

De repente todo cambia. En la mano de Ella aparece un arma. La situación grotesca se vuelve dramática. Ya nadie ríe, el miedo asoma a esos rostros alterados, algunos de los cuales han quedado a mitad de camino entre la risa y el terror. El tiempo parece romperse en ese instante...  fracturarse, repartiéndose de forma diferente a cada uno de los presentes.

El silencio, instaurado como único tirano de la presentida tragedia, es derrocado por el estampido violento del arma y el hombre cae como una marioneta a la que han cortado los hilos, sobre el duro piso de cerámicos, ahora rojos.

Con paso lento, mientras los demás corren hacia el hombre abatido, pues la mujer, ha arrojado el arma lejos de su alcance, abandono el bar.

A partir de hoy me encerraré por un mes en mi casa. No hablaré con nadie, no prenderé la radio ni la televisión, tampoco usaré el celular ni interactuaré en las redes sociales. No quiero recibir ninguna noticia que me rebele quiénes eran, ni por qué discutían. Los prefiero así: lejanos, extraños... 


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

EL HOMBRECITO DE LA HORCA

Víctor Lowenstein

 

Noté que algo empezaba a andar muy mal en cuanto me remangué los pantalones para cruzar el río. El siseo de unos juncos meciéndose en la brusquedad de un golpe de viento –y a esa hora del crepúsculo es suficiente una brisa para poner tensos los sentidos– trajo a mi nariz un aroma vegetal y animal a la vez. Algo entre almizcle y ámbar gris, con una fuerte pregnancia como de ruda medicinal. La sudoración de mi piel mezclada con las fragancias forestales me impresionaba vivamente; pero eso no explicaba la enervante aprensión al mirar mis brazos, de una palidez inconcebible. Mis manos lechosas, y por efecto del resplandor de una prematura luna, hallar en mis extremidades una similitud inquietante con el blanco de los brotes del cañaveral que me circundaba.

La visión del matorral próximo a la orilla me provocó angustiosas asociaciones de ideas. Las cañas se alzaban desde la tierra cual lanzas erectas acabadas en oblicuas puntas que señalaban al firmamento.

Lo más molesto, sin embargo, no era esta miríada de pensamientos sino la conciencia de saber que estas, mis aprensiones, eran producto de mi carácter supersticioso, de suponer inverosímil toda igual aprensión, y no obstante hallar imposible el librarme de este escarnecimiento en la parte física, como si en lugar de pensamientos o sensaciones fuesen las mías reacciones inevitables como tics nerviosos, inclusive independientes de toda visión, de cualquier pensamiento nefasto.

Luego de dados los primeros pasos, a contracorriente y con el fresco de las aguas en mis pantorrillas, volví a pensar en eso. Debía reflexionar, me sentía en la obligación de hacerlo.

Yo sufría miedos tontos, o que juzgaba como tontos, y deseaba dilucidar la causa. La luna brillaba en las alturas; la espesa noche vegetal reinaba a mi alrededor. Verdes juncos y exóticas madreselvas. Totoras, sauces, intrépidas hiedras. Un panal de abejas pendiendo hinchado de la rama de un arce se me antojó de pronto ominoso. Un nido abandonado que en la copa de un árbol fenecía me transmitió mudamente su agonía.

Todas estas señales de desasosiego se disparaban en mí desde remotas simas interiores, oscuridades de otra gran selva o bosque insondable en el territorio de mi alma torturada...

Pero ¿qué debía temer yo, en la simple noche del bosque? Raro era que se hubiese hecho de noche tan repentinamente, pasando apenas el meridiano del atardecer, y es que acaso vadeando el río y habiendo traspuesto la mitad de su curso ya todo estaba a oscuras y no había estrellas en el firmamento, donde la luna se cubría con nubes que se me antojaron también ominosas.

Una de mis zapatillas cayó al agua resbalando de mi mano y sentí otra vez ¡ay!, ese pulso ya horrendo de malos augurios. Cada maldito susurro entre las hojas, por nimio que fuese se me hacía señal de posibles desgracias.

El panal de abejas, vuelto a ver, tenía forma de testículos de hombre. No obstante la idea, por demás idiota me estremeció. Era ridículo, pero realmente tenía esa forma curvada y caída. Me avergoncé de mis asociaciones de ideas; pero al girar el cuello (llegaba a la otra orilla pues me había detenido súbitamente no sé por qué causa y miraba de reojo el panal de abejas) volvía a ver ese testículo, aquella glándula rugosa del color de la piel humana que hacía crujir la rama del árbol de la cual pendía. Parecía sostenida con perversa gracia, a la espera de desmembrarse y caer por el peso de la maldita colmena.

Procuré calmarme. Solo era yo, con mis miedos, en el bosque. Nada con forma humana iba a aparecer detrás de los matorrales. Ni siquiera los malditos cáñamos con sus brozas agitándose en el viento como extremidades de una multitud energúmena me impresionaba mucho más allá de mis sabidos terrores nocturnos. Ningún fantasma alteraría la inquietud natural de la noche y de sus sombras y sus criaturas. No confiaba, empero, estar libre de merodeadores, de asaltantes o de algún aparecido. ¡Ni siquiera de un fantasma del bosque! La moderna ciencia no nos salvaguarda de lo que aún no explican sus dictámenes. Por ello y por mi propia intuición atravesaba con cautela el último tramo del río. Desde allí se divisaban los granados; con sus frutos rojos y globosos colgando bajo ramas solitarias. Pervivían de emociones primarias. ¡No! Era mi alma la que se dejaba engatusar y era yo quien fantaseaba en la desangelada noche sin sueños. Pero ¿no era la granada una fruta prohibida? ¿No era la que había tentado a Perséfone en el Hades griego? Por unos momentos el negro cielo me pareció terroso como el techo de un mundo subterráneo; me dejé ahogar por fantasías del tártaro; la horripilante presunción de un infierno sobre esta tierra. Pero lo que el destino dispone los seres humanos lo deben padecer. Y lo que el destino tenía para mí dispuesto era una aciaga noche de desasosiegos. Imposible mensurar lo extenso de todo mi recorrido; lo interminable de aquellas horas en las que transité el espeso bosque nocturno camino a mi hogar. Las sentidas inquietudes de la noche; sus vulgares rumores me detuvieron en más de una ocasión, con una perplejidad refleja en los momentos en que me apoyaba en la corteza de un árbol para descubrirme luego, de rodillas sobre la hierba, que contemplaba el firmamento con embeleso, a la espera de lo que me tuviera reservada la providencia. Nadie en este universo es capaz de afirmar que la naturaleza de lo predecible rige todos los ámbitos y todos los tiempos; solo un necio se creería con el derecho a declarar que aquella noche, aquella vil y desconocida noche no pudo ser la última de las noches para mí; que pude sucumbir ante enemigos fabulosos o desfallecer exánime bajo la voluntad de mis propios demonios, o de mi propio Dios. En cualquier caso, sobrevivir a la negrura de mi pesadilla merece la sinceridad de un acto de contrición. ¿Será ese el milagro? Pero como en cualquier jornada en la que anochece, mi cuerpo reclamaba descanso y mi alma luchaba contra el sueño para sostenerlo. Mi cerebro ya no era capaz de pensar como horas atrás, en la mañana (¡tan lejana!) en tanto que mis párpados realizaban su función con evidente lentitud, un claro síntoma de fatiga. Al subir por la hondonada de tierra firme esperaba una vaga disipación de temores estigios a las puertas mismas de la ciudad, de la vida mundana; nada deseaba yo más que una cama limpia bajo un techo.

Con las zapatillas en una mano y el cuerpo goteando agua de río fui dejando atrás tierras silvestres para reingresar en la ciudad.

 

Las calles estaban desiertas a esa hora; no sé cuál era, alguna entre la noche y la madrugada creciente. Las luces encendidas aún iluminaban malamente una larga avenida transida por el mayor de los silencios; esa luz mortecina anidó en mi alma con la premura de un ave rapaz, bajo cuyas alas negras se dejaba entrever la misma lobreguez que llenaba cada espacio dado a mis ojos.

Caminé descalza sobre el asfalto sintiendo en las piernas la humedad de mis pantalones empapados. Aspiré fuertemente el aire nocturno que todavía olía a juncos y tierra mojada. Bajé los párpados y me concentré. Solo oía el zumbido de una luz de neón, por encima de mi cabeza. Dentro, las dudas esculpían formas abigarradas de verde luz ancestral. ¿Qué supervivencias, qué figuras humanas o qué clase de criaturas seducían remotos parajes de mi psiquis profunda evocando aquellos tubérculos de piel humana, aquellas aberraciones de carne vegetal? ¿Quién me aseguraba la verdad; quién me la negaba? O a un mejor decir, ¿acaso había un quién? Estaba en todo el derecho de pensar en la absoluta ausencia de un Dios o cualquier forma de sapiencia fuera de mi propio ser consciente, sacudido por las atroces pertinencias del miedo hacia todo y en todas sus formas posibles.

Y al llegar a casa la televisión estaba encendida. Lo noté al entrar al living precedida por el gran silencio de la noche. Al ingresar oí claramente la estática del aparato y los sonidos propios de alguna película entremezclados con voces. Allí, en el sofá vi a Rómulo, el amigo con quien vivo. Debo aclarar que Rómulo es un hombre que suele cambiar de apariencia con bastante asiduidad. Junto a él estaba un sujeto a quien yo no conocía; un corpulento y calvo anciano que conversaba con mi amigo en idioma alemán. Sin inquietarse por mi llegada apenas me dirigieron una mirada y siguieron comentando el film que estaban viendo; un viejo western con Charles Bronson haciendo de indio. Me sorprendió sobremanera descubrir a Rómulo dialogando fluidamente en alemán. Desconocía que mi amigo hablase algo más que un pobre castellano.

Pasé junto a ellos y con la misma indiferencia me encerré en el baño. Me senté al borde de la bañera deslumbrada por la agradable lumbre artificial que se reflejaba sobre los grandes azulejos blancos. Me gustaba ese baño. Todo era tan blanco ahí; tan silencioso durante las madrugadas que invitaba a quedarse simplemente mirando esos azulejos, sin pensar en nada. Empezaba a sentir ese cansancio en la espalda que sobreviene después de una larga caminata, de una transición desde la noche. Abrí los grifos, deseosa por darme una ducha tibia. Quité las ropas de mi cuerpo casi con asco sintiendo que despegaba de él cosas húmedas y sucias como algas u hojas podridas. Desnuda bajo la caricia del agua y entre brillos acuosos de azulejos blancos, tarareando una melodía aprendida en la niñez quedé mirando la blancura frente a mis ojos, obnubilada en mis sentidos por un deseo de dormir aparejada en la larga noche insomne atravesada a pie y nervios en las pasadas horas, que al momento se me hacían una sola pesadilla, soñada en un único instante terrible acabado de pasar y tras el cual, como entre nubes y bajo la poderosa iluminación eléctrica del baño, era exactamente como un mal sueño ya soñado que reclamaba otra vuelta a las sábanas, el urgente reparo de otro descanso, en una cama suave y bajo la protectora oscuridad.

Recuerdo haber palpado con los dedos las superficies blancas, resbalosas de agua en medio de la luminosidad que lastimaba mi vista fatigada y añorar de alguna manera la oscuridad del bosque; el mosaico tenue de claroscuros que bajaban por las enramadas invitando a las criaturas que lo habitan a pernoctar en sus muchas moradas. Dentro de los troncos huecos... en madrigueras bajo las colinas...

Cabeceó sobre los azulejos húmedos. Se estaba quedando dormida. Su brazo inseguro se estiró en busca de una toalla y oyó las voces, afuera. Ese maldito alemán hablaba a gritos descaradamente. La cerveza estaba haciéndoles efecto.

Zwei Seelen wohnen...

Ambos reían juntamente y ¿la engañaban sus oídos o también estaban entonando a coro una ramplona versión de Horst Wessel Lied a toda voz?

El estúpido de Rómulo no se detenía hasta beberse la última gota de cerveza. Solía ser generoso con los invitados y servía cada copa que veía vacía. No hablaba mucho ahora; se limitaba a responder: Ia, ia, tras lo cual se hizo un corto silencio. Luego rumores, bisbiseos y por lo bajo unas risas que no presagiaban nada agradable; el alemán vociferó algo que no pudo entender pero intercaló en la frase su nombre y tembló. Se reconoció a sí misma en aquel baño como si despertase de un sueño de siglos en el que inevitablemente volvía a ser la víctima. Ya era tarde para muchas cosas. Llena de horror se despabiló por completo y solo pensó en la toalla, en cubrirse para escapar de esos dos seres brutales cuyos pasos se aproximaban ya a la puerta del baño con evidentes intenciones de abusar de ella. In meiner Brust ! Ia ! a Jewish... ¡aj!

Estaba semidesnuda y se miró antes de animarse a salir. Esos pequeños pies descalzos no podían ser los suyos pero caminaban paso a paso desde el baño hacia el dormitorio. Las voces de Rómulo y el alemán intercambiaban risas allá en el living, donde la oprobiosa campanada del reloj de pared tañía el aire justo al caer las... doce de la noche. La doceava nota del bronce rompió lejana en el imperio de la medianoche. Allí afuera todo debía ser un paisaje de soledades dolientes hasta la lágrima. Se detuvo en mitad del pasillo. Tiritando... mojada... los oyó poniéndose de pie y cambiando palabras ininteligibles por sobre la estática del televisor y el sonido del viento, afuera; creyó entender que el alemán le pedía otra botella a Rómulo, quien con tanta bebida encima y pasadas las doce debía ser ya un vampiro o algo más monstruoso aún... los gritos del otro se lo confirmaron. La sobresaltaron sus voces cada vez más altas y el insulto desgargantado por un ataque histérico, seguido o respondido por una murmuración gutural. Y un silencio tremebundo... ICH WEISS NICHT!!!!! ARRRGGGHHH!!!!! Shhhhhh......

Corrí hacia el cuarto; temiendo que, quizás, me hubiesen visto por un instante al pasar a través del dintel de la puerta que proyectaba su sombra hasta la cocina; un relumbre de ojos rojos me siguió como un rayo. Fue inútil apresurarme hasta la cama y cubrirme debajo de las sábanas como niña asustada, como si no supiera lo que ocurriría y la forma en que los había seducido con la visión de mi cuerpo desnudo envuelto en la toalla húmeda...

Y en ese momento, un horror mayor se apoderó de mi mente y las interrogaciones más agudas estremecieron mi interior. Quien era yo, por ejemplo, era la pregunta que pugnaba por no hacerme mientras esos dos brutos se aproximaban a mi cuarto... y ya no recordaba quién era Rómulo; me esforzaba por ordenar las ideas que giraban a mi alrededor, pero tampoco estaba claro para mí quién realizaba este esfuerzo, arropada entre sábanas húmedas o quizá aún en el baño, apoyando mis manos temblorosas en los azulejos fríos.

Razonaba estas cosas, padeciendo esos horrores en mi carne; mi ser se estremecía por entero en la visión de ideas lúgubres y se descomponía en retortijones sin abandonar aquel estado de alucinada lucidez que surgía con cada espasmo de dolor, acerca de la vinculación intrínseca entre pensamientos y carne, renunciado el origen, sabiendo que bajo la misma piel y en toda la extensión de mi cuerpo éste mismo era quien pensaba, sufría y visionaba todo derramamiento de sangre; alarido agónico, desgarro visceral y multitud de tormentos pero ¿más allá de mí? En las afueras, en el bosque, una musiquilla delirante vuelve a sonar. Es el runrún de un golpe de viento entre las hojas, quebrantamientos cortos y ásperos de ramillas de arbustos violentadas por brisas nocturnas. No se escuchan los pasos de quien ande por ahí, los pies suelen hundirse en la broza húmeda sin hacer el menor ruido. Pero quien camina, como lo hacen el viento y los reptiles describiendo precisas rutas a través de enmarañadas cuestas, oye la voz del misterio en todas sus formas. La voz de los espíritus de la naturaleza entona himnos engañosos; el croar de la rana se funde con el último graznido del pájaro muerto.

Todo vuelve a ser reboño y descomposición. Lejos, bajo la tierra mora, lo que acabará por llegar a la superficie. No puede sentirse sino hasta que alcanza un cielo de humus. Pero el instante llega, fatal y lóbrego, cuando La Parca viene a reclamar lo que le pertenece desde siempre. El roer del gusano y el ladrido del cánido la conocen ya; solo la desoyen aquellos que caminan sin el temor a Dios palpitando en sus corazones; los paseantes nocturnos. Aquella noche ella retornó al bosque; la sangre manaba por entre sus piernas y reía como loca. Llorando una tristeza extraña por lo que había olvidado. Sin rencor hacia nadie. No le dolían los magullones; no le mortificaban las culpas; no gruñía de rabia. Atinó a responder el llamado de la noche. La voz de Pan entonando una sinfonía profana en las aflautadas gargantas del cañaveral cercano a la orilla de un río; y en las murmuraciones de éste, eran las arias de un rapsoda en la hora del duelo. El hombrecito de la horca, pálido niño, arrojó una soga desde la copa del árbol de mandrágoras donde vivía, para que ella pudiera subir a jugar con él. Y ella, sonriéndole, la anudó a su cuello... 


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N