miércoles, 12 de noviembre de 2025

MUERTE EN LA HORNADA

Víctor Lowenstein


Ahora que soy un adulto sin miedo de admitir que me estoy haciendo viejo, cuesta menos recordar los hechos de la juventud; en la hornada, en el pueblo en el que nací para quedarme en él pese a todo.

Ingeniero Gálvez es un pueblo pequeño de La Pampa. La hornada, una antigua fábrica de ladrillos en las afueras, de la que sólo queda en pie un contra piso de cemento de unos cien metros cuadrados surcado por rieles oxidados que servían para el transporte de carros con arcilla. En el centro todavía están las fosas donde se asentaba el horno de cocción; tendrán medio metro de profundidad y con los años fueron cubriéndose por colchones de hojarasca que el viento arrastra los días de invierno. Los perros salvajes se echaban a dormir allí, protegidos del frío.

De pibes, íbamos a jugar por esos rumbos. Trepábamos la explanada y caminábamos por sobre los rieles viajando rutas imaginarias. Al llegar a las fosas nos acercábamos con algún temor; asomábamos nuestras cabecitas sobre los bordes circulares vislumbrando a menudo sobre el montón de hojas secas, uno o varios de esos perros que retozaban y que al vernos, gruñían mostrando los dientes amarillentos.

La chiquillada era grande. Estaban Julito, el hijo del lechero; Froilán, flaquísimo, pupilo del colegio Salesiano. Los mellizos Demetrio y Francisquito; el gordo Vega, Luppi… y falta nombrar a Pablo, el mayor de todos, si no en edad, en tamaño. Era hijo del dispensario. Un italiano grandote y bruto que vivía alcoholizado y descargaba sus broncas propinando a su hijo muy feas palizas. De su madre nada se sabía. A Pablo nunca lo llamaron Pablito: porque era duro y enojoso, y ya se había hecho un hombre antes que los demás. A los golpes se había hecho hombre.

Pablo no era muy amigo de nadie pero era quien dirigía los juegos y decidía el lugar de cada uno de nosotros en los partidos de fútbol. A los once años de edad, era ya casi tan grande como su padre e igual de irritable, por lo que nos parecía natural obedecerlo. No era muy de hacer bromas o reírse; él siempre andaba odiando. A los perros, jurando que los mataría uno por uno, al igual que mataría a su madre, si llegaba a encontrarla viva. O a su propio padre, cuando tuviera la ocasión. Fue en una de aquellas tardecitas de fútbol en el potrero, cuando algo de nuestra niñez se perdió para siempre. No sé cómo explicarlo pues tal vez me ocurrió solamente a mí; creo que desde aquella vez no volví a ser el mismo.

Francisquito estaba en un arco, yo en el contrario. Luppi de delantero. Creo que Julito y Demetrio iban de volantes; o uno de volante y otro en mi equipo. El gordo Vega marcaba el área de Francisco y Froilán el lado nuestro, junto a otro pibe del barrio cuyo nombre ya no recuerdo. No sé qué vino a hacer Pablo ese día, porque el partido ya estaba empezado, pero me acuerdo de que se metió en medio de la cancha y se largó a gritar.

—¡Hagan goles! —Gritaba, y alardeaba su superioridad como goleador. Al pasar a mi lado le vi los ojos enrojecidos y me llegaba su aliento a alcohol y tabaco. No era la primera vez que imitaba a su padre distrayendo algo de su despensa; pero me daba miedo verlo así.

Le temblaba la boca; apretaba los puños, siempre listo a camorrear a cualquiera. Seguimos jugando mientras él iba de un lado a otro de la cancha, desorientado, gritando y buscando roña, pero todos lo evitaban.

De todos los perros que andaban vagabundeando por el pueblo, Reviro, un terrier marrón de ojitos grandes era el más querido. Le decíamos así porque siempre giraba como buscándose la cola. Era de meterse en la cancha en medio de los partidos de fútbol, y lo esquivábamos diciendo: “fuera de acá Revirito; quédese en el banco de suplentes por hoy”. El pobrecito eligió un mal día para estar con nosotros. En cuanto Pablo lo vio, empezó a los gritos. Estaba furioso. Levantó del suelo un ladrillo de los que usábamos para marcar el travesaño de la cancha y se lo tiró con toda su fuerza. La piedra dio de lleno en el costado del animal abriéndole una herida sangrante. Revirito aulló de dolor y se alejó de nosotros a rastras, asustado.

La chiquillada enloqueció. Yo estaba duro primero; petrificado; pero se nota que los chicos ardían de rabia. El gordo Vega cruzó corriendo el medio campo y no sé cómo hizo, pero se le tiró encima a Pablo y lo derribó. Los demás; Luppi, Demetrio, Julito, hasta Froilán, se sumaron a repartir golpes y patadas sobre Pablo. Cuando miré a Reviro, a un costado y como muerto, creo que recién ahí reaccioné. Me lancé sobre Pablo y, apartando a los demás, le empecé a dar en la cara con los puños cerrados. Me enceguecí; no pensé jamás que alguien de mi baja estatura pudiera darle una paliza al muchacho más fuerte del pueblo. Pero ahí estaba yo; un puñetazo atrás de otro. En un momento en el que vi la cara de Pablo casi retrocedo. Estaba pálido, le temblaban más que nunca los labios y tenía los ojos hundidos y una mejilla sangrante a causa de uno de mis zurdazos. Los chicos tuvieron que apartarme. De a poco nos abrimos en círculo alrededor de él.

Vimos al niño grande que en realidad era. Gemía como niño; se acariciaba la mejilla con la mano curtida de peón de almacén. Pero era un chiquilín que lloraba por la golpiza recibida. Nos quedamos callados. Creo que entendimos, recién ahí, que Pablo era un pibe como cualquiera de nosotros. Tal vez pareciera un hombre por fuera; pero ya no era invencible. No imaginaba sin embargo, que algún día iba a ser no sólo vencido sino ultimado y por sus enemigos más vengativos.

Siempre se dice que la niñez dura una eternidad; que después de los treinta, empezamos en verdad a envejecer. Pueden ser frases hechas, pero nunca sentí tan de cerca esa segunda verdad como cuando volví a encontrar a Pablo cerca del pueblo, unos veinte años más tarde.

Uno por ahí todavía se siente joven, y no ve el paso del tiempo en su propia cara. Noté los años transcurridos en la suya, al toparme con él. Era el mismo grandote; los ojos desorbitados, las mejillas rosadas, el cabello revuelto. Pero sus facciones eran más duras. Era el rostro de un hombre con mucho pasado. Me reconoció con una sonrisa, afirmando que yo no había cambiado casi nada y me invitó a pasear en su camioneta. Subí, y me miré los ojos en el espejo retrovisor. Mi ceño fruncido delataba una madurez resignada, forzosa, que ningún halago podría disimular. Al parecer, Pablo no recordaba nada de aquella paliza legendaria de los años de infancia. Mi presencia lo animó a largarse a hablar. Mientras enfilaba para el lado de la hornada, y a los gritos según su vieja costumbre, me fue contando cómo su padre había muerto mucho tiempo atrás dejándole la despensa “que fundí de bruto, nomás” para terminar tomando el empleo de camionero para una fábrica de losa industrial. El vehículo no le pertenecía, pero lo usaba a su antojo.

Me preguntó que fue de mi vida, y de la de los “muchachitos del pueblo” como llamó a los niños que fuimos una vez. Suspiré y con un poco de nostalgia le relaté lo que sabía. Los hermanos Carranza, Demetrio y Francisquito, se habían ido a Bahía Blanca y administraban un hotel familiar. De Luppi no sabía nada. Julito había fallecido de neumonía dos años atrás, “ah, pobre”, dijo Pablo al enterarse. Froilán se hizo sacerdote y trabajaba en una diócesis salteña, y Vega se recibió de ingeniero y vivía en Comodoro Rivadavia. ¿Y vos? Fue su inevitable pregunta que me arrancó otro suspiro pero de tristeza, que sonó como un bufido. Comenté, a las apuradas, que era redactor del periódico local, “El matutino”, y colaboraba con otras publicaciones. No le mencioné mis sueños resignados de ser escritor, ni que componía versos en mis ratos libres.

—¿Te casaste?

—No.

—Yo tampoco.

—¿Hijos?

—¡Nooo! Ni loco.

—Así que sos periodista —dijo equívocamente y sin convicción, estacionando la camioneta a pocos metros de la vieja hornada. Nos bajamos y él, inmediatamente, trepó sobre la plataforma—. ¿Te acordás? —dijo, haciendo señas para que subiera. Mis recuerdos estaban demasiado frescos todavía como para contestarle nada; como jamás quise contradecir a Pablo, y olvidando que ya no éramos unos niños, subí a su lado. Mis cansadas piernas me ayudaron a recordar nuestra común adultez, notoria en los hombros caídos de Pablo; en las facciones angulosas de su cara, con sus ojos saltones atormentados por una mirada siempre inquieta. Distraídamente se puso a caminar por encima de un oxidadísimo riel. Lo seguí, mirando cómo sacaba la petaquita del bolsillo y la vaciaba de a largos tragos. No, si ya venía entonado, es fácil darse cuenta cuándo un hombre está pasado de rosca.

La trayectoria que estábamos siguiendo, como cuando niños, no llevaba a ningún lado. La imagen de un camino sin salidas me resultó tan familiar como asfixiante.

—¿Te acordás? —dijo Pablo señalando las fosas.

—No te acerques, puede haber perros adentro —advertí.

—¡Bah! —Arrojó la petaca vacía dentro de una de las fosas, desde donde brotó un aullido lastimero—. ¿Qué, tenés miedo? —Me miró con sus ojos encendidos de alcohol y de una rabia extraña—; siempre fuiste un petiso cobarde, un cagón. Como aquella vez —agregó al tiempo que se agachaba a recoger piedritas saltadas del pavimento—. ¡Cagón, reverendísimo cagón! ¡Si no fuera por los otros chicos ni te me habrías podido acercar!

Se me revelaba, sin pedirlo ni quererlo, el rencor antiguo de un niño grande, incapaz de madurar los treinta y pico de abriles mal vividos que cargaba; hablando de “los otros chicos”, como si estuvieran en alguna otra parte que no fuera el pasado irreversible al que aludía y que yo buscaba olvidar en la medida de mi propia infelicidad presente. Pablo seguía hablando; me enfrentaba. pero más que temerle a él me asustaba y repugnaba su insensatez, su enfermiza fijación por el tiempo perdido e irrecuperable de la infancia. Estaba tan pegado a esos recuerdos tontos como yo a querer desmemoriarme de ellos. Pero Pablo insistía; me hacia frente…

—¿Por qué no me pegás ahora, si sos guapo? Ahora no están los chicos para que te defiendan…

Pablo tenía toda la razón. Estábamos solos en medio de la nada; con algún que otro perro de testigo y con la noche cayéndonos encima.

Su aliento etílico me rozaba la cara. Esos ojos furiosos. Sí; sentí miedo. Y lástima. Por él; por mí. Dije: “no te pego porque sos más fuerte. Y porque es estúpido hacer cosas de chicos. Los chiquilines se agarran a las trompadas; los hombres, no”.

—Lo que pasa es que tenés miedo.

—Lo que pasa es que pasaron veinte años de una chiquilinada y tus rencores resultan ridículos.

Pablo insistía con su cantinela maniática.

—Lo que pasa es…

—¡Entones pegame vos a mí! —Se me escapó a gritos—. Dale. Demostrá lo que somos; dos perfectos perdedores. Sin mujer y sin hijos. Sin estudios ni amigos. Dos perdedores infelices y aburridos.

Me dio la espalda violentamente y escuché su risa desencajada. Empezó a arrojar las piedritas que tenía en la mano a cada una de las fosas, riendo con atolondrada porfía; repitiendo el sonsonete como un cántico infantil.

—Tiene miedo, tiene miedo…

Los perros comenzaron a emerger de las fosas. Bostezando, gruñendo. A Pablo parecía divertirle muchísimo interrumpir el sueño de esas bestias, tanto como le gustaba gritarles, y herirlas. Seguía tirando piedras y doblándose de risa. Era un espectáculo grotesco. Irritado, me desencaminé hasta el borde de la plataforma. Era absurdo permanecer allí, con ese pobre canalla que fue Pablo.

—¿Qué? ¿Te vas? —me gritó—. ¿Cómo vas a volver?

—Caminando, imbécil —contesté en un alarido.

Ojalá me hubiese perseguido para trompearme. Habría sido lo mejor. Se quedó ahí rumiando su cantinela, hiriendo a los perros, que daban vueltas a su alrededor, molestos. Salté la explanada. Recuerdo una luna llena y silenciosa en el lejano firmamento. La oscuridad cerrada y el frío como mordeduras sobre la piel. Mis deseos de escapar corriendo.

Absorto en su mundo infantil, Pablo llegó a gritarme algo y rio una última vez al oír el aullido de dolor de uno de los perros, al que acababa de dar en el blanco con otra de sus municiones de piedra. Me di vuelta justo en el momento en que la jauría se arrojaba sobre él. Me cubrí los oídos para no escuchar su grito entre los ladridos. Y escapé, corriendo.

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

martes, 11 de noviembre de 2025

DONDE BRILLA LA LUZ MALA

Laura Irene Ludueña

 

 

Pasar las vacaciones en la casa de mis abuelos en el campo me encantaba. El abuelo Domingo era un maestro contando historias, y nosotros adorábamos esas noches tibias en que se sentaba en su sillón de totora, con la lámpara a querosén proyectando sombras en la pared. Tenía una voz grave, pausada, una mirada profunda que parecía ver más allá de lo que decía, y una postura encorvada que le daba un aire de sabio antiguo.

Recuerdo que solía decirnos que uno puede no creer en las cosas del otro mundo, pero que igual conviene tenerles respeto. Que no hay que burlarse de lo que cuenta la gente de campo, ni de las islas, ni de los que aseguran haber visto fuegos flotando entre los pajonales al anochecer. Hablaba de almas en pena, de caballos que no pisaban ciertas partes del monte y, sobre todo, de la luz mala.

—¿Qué es la luz mala, abuelo?

—Es un fuego que camina por los campos como si buscara algo —decía—. Quizás una deuda o una tumba sin nombre. El que la ve no tiene que mirarla fijo, tampoco debe acercarse, ni hablar, ni pensar en cosas feas.

Mis primos Julio y Marito se burlaban de mi hermana y de mí porque, como porteñas que éramos –solo veníamos al campo por unas semanas durante las vacaciones–, teníamos terror de encontrarnos con un espectáculo de esa naturaleza durante nuestra estadía. Pero ellos, nacidos y criados entre vacas y alambrados, decían que esas cosas eran puro cuento. Hasta que lo vivimos en carne propia.

Fue hace más de treinta años, pero lo tengo grabado como si fuera ayer. Era un fin de semana largo del mes de marzo, y habíamos ido a pasar unos días a la casa de los abuelos. Una tarde acompañamos al abuelo a un campo vecino a llevar unas herramientas que le habían prestado. Como don Ezio tenía problemas con unas terneras, el abuelo se demoró explicándole cómo había curado a las suyas. Mientras tanto, nosotras jugábamos en el patio de la casa. La cuestión es que se hizo de noche y todavía estábamos ahí.

Emprendimos el regreso en el carro tirado por un caballo llamado Maravilla, cosa que nos encantaba. El abuelo tenía un auto viejo en el que solía movilizarse, pero cuando estábamos las porteñitas, como solía llamarnos, nos llevaba en el carro porque sabía que era nuestro medio de transporte preferido. Al principio todo iba bien. El aire estaba quieto, cargado del olor dulce de la tierra húmeda, y las estrellas titilaban como si nos saludaran desde arriba. Pero de golpe, Maravilla se frenó en seco. Empezó a resoplar y a sacudir la cabeza. Fue entonces que la vimos. Flotando sobre el pasto, a unos metros, había una luz. Pero no era cualquier luz. No venía de una linterna, ni de un auto, ni de una casa. Era una bola de fuego, rojiza, pulsante, como un corazón enfermo suspendido en el aire. Se movía despacio, pero no oscilaba con el viento ni proyectaba sombra. Y lo peor, tampoco hacía ruido.

El abuelo nos hizo señas para que no habláramos. ¡Cómo íbamos a hacerlo si estábamos muertas de miedo! Recuerdo que el campo parecía haberse vuelto mudo. No cantaban los grillos, ni las ranas, ni se escuchaba el crujido de ninguna rama. Era un silencio que asustaba. Miré a mi hermana y me di cuenta de que se sentía igual que yo. De pronto, algo me apretó el pecho, sentí que el aire se había vuelto pesado y me empujaba. Maravilla retrocedía de a poco, como si el instinto le dijera lo que nosotras aún no queríamos aceptar.

El abuelo intentó hacerlo dar la vuelta, pero Maravilla no se movía. Nosotras tampoco. Parecía que algo invisible nos sujetaba. Pero el abuelo Domingo, conocedor de estas situaciones, nos miraba con ternura para tranquilizarnos. Mientras tanto, la luz flotaba hacia nosotros, lenta, como si no tuviera ningún apuro. En ese momento, me acordé de las palabras que el abuelo nos había dicho una vez: “Cuando aparece la luz mala hay que pensar en algo bueno y, si se puede, rezar alguna oración.”

Yo no era de rezar mucho, pero cuando miré a mi hermana me di cuenta de que lo estaba haciendo. Así que dije todas las oraciones que me acordaba: el Padrenuestro, el Ave María, la del Ángel de la Guarda… hasta la bendición que mi mamá nos decía cuando nos íbamos a dormir.

De pronto, el aire se liberó. Maravilla relinchó fuerte y salió al galope. El abuelo no dijo nada, pero tenía una sonrisa en los labios. Mi hermana y yo ni siquiera nos atrevimos a mirar atrás para ver qué había sido aquello.

Al llegar a la casa, me bajé temblando. Mi hermana no podía hablar del susto, pero yo enseguida conté lo que nos había pasado a la abuela, a mi mamá, a Marito y Julio, que habían ido a cenar. Nadie creyó del todo lo que conté. Mis primos se reían, mientras mi hermana seguía muda. Me dijeron que seguramente había sido algún gas del suelo, una luciérnaga gigante o una alucinación. Pero los abuelos y mamá me miraron de una forma que no olvido. Como quien ya sabe lo que uno no se anima a nombrar.

Cuando volvimos a Buenos Aires se lo conté a mis amigas de la escuela, que sí me creyeron. Recuerdo que me miraban asombradas mientras yo engalanaba el relato con algunos agregados fantásticos que lo enriquecían. Sin embargo, cada vez que volví al campo de los abuelos, me negué a salir de noche. Y aún hoy no lo hago.

Por ahí dicen que, cada tanto, en las madrugadas de calor, cuando el aire se espesa y la humedad se vuelve rara, alguien ha visto una luz allá lejos, entre los pastizales. Dicen que no alumbra, que no calienta, que solo flota. Y que cuando aparece, es mejor no preguntar. Porque hay cosas en el campo que no son reales ni fantásticas.
Son apenas historias del campo, esperando oídos atentos dispuestos a escucharlas.

Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.


MÁS ALLÁ DE LA INTERNET DE LAS COSAS

João Ventura

 

Cuando la Internet de las Cosas llegó con fuerza, encontró a Flavio Ramos como uno de sus más fervientes seguidores. Inmediatamente inició un activo programa de sustitución de los objetos que tenía en casa por dispositivos inteligentes, a menudo en contra de la opinión de su esposa, llamada Adozinda, que no iba mucho al baile con las modernidades de su marido. Flavio a menudo la llamaba info-excluida y, semana tras semana, otro objeto inteligente entraba en la casa de Ramos.

Podemos mencionar el aire acondicionado, que se podía encender y apagar por Internet y que fijaba la temperatura y la humedad teniendo en cuenta las condiciones externas, el armario con una conexión directa al sitio web del Instituto de Meteorología y que cada mañana le presentaba la ropa adecuada para ese día, unos zapatos que le avisaban cuando había que lustrarlos, la nevera que informaba educadamente: "Se está acabando la leche. ¿Puedo incluirla en el pedido semanal o la va a traer cuando venga del trabajo?"

La tendencia a la generalización del Internet de las Cosas se acentuó, entre otras cosas porque la mayoría de los que se oponían a la innovación eran personas mayores quienes, debido al orden natural de las cosas y a pesar del continuo aumento de la esperanza de vida, estaban abandonando lentamente el mercado...

Y cuando la situación parecía haber alcanzado una cierta estabilidad, apareció una innovación que en el corto plazo cerraría la mayoría de las escuelas de formación profesionales.

La empresa responsable de este cambio radical fue Wireless Skills, spin-off de un consorcio formado por los departamentos de neurología de las cinco universidades estadounidenses más importantes, que llevó a cabo un proyecto cuyo resultado fue, después de cinco años de intensa investigación, un modelo operativo de cómo funciona el cerebro humano.

Basándose en este modelo, Wireless Skills desarrolló un dispositivo que permitía implantar en el cerebro de una persona las capacidades y habilidades de un profesional. El proceso a través del cual lo hacían era súper secreto, pero se decía que registran los patrones cerebrales de los mejores profesionales de cada oficio, que luego eran descargados por los clientes. Las habilidades para descargar se podían elegir de un catálogo que se iba ampliando día a día.

Cuando Flavio se enteró de la existencia de este invento en un foro geek al que se suscribió, inmediatamente ordenó una unidad, y diez días después recibió por correo urgente un paquete de Amazon con su dispositivo. Fue con un sentimiento de feliz anticipación que puso sus iniciales en la tableta del transportista.

Abrió el paquete y sacó con cuidado todo el contenido, dejando a un lado la caja en caso de que algo no estuviera en condiciones y necesitara ser devuelto.

Revisó la lista que venía con el pedido: un casco (provisto en la superficie interior de varios electrodos), una unidad de procesamiento y cables de conexión.

Flavio leyó atentamente el manual de instrucciones —era una persona muy meticulosa en todo lo que se refería a la tecnología— e hizo las conexiones con cuidado: desde el casco a la unidad de procesamiento y de allí al ordenador a través del puerto USB.

Como había planeado invitar a su jefe y a su esposa a una cena, que tendría lugar el fin de semana, decidió probar el recién adquirido dispositivo descargando las habilidades de un chef y preparando una exquisita comida. Ordenó los ingredientes necesarios a través de la red —caminar por los pasillos del supermercado recogiendo productos de las estanterías era, según Flavio, un claro identificador de los info-excluidos, por lo que nunca lo atraparían haciendo eso— y tres horas más tarde un empleado de la gran superficie de la que era cliente estaba llamando a la puerta con la orden.

Flavio puso la cámara de video en un trípode, para llevar un registro de su actuación, se puso el casco, y usando la contraseña que venía con el equipo, accedió al sitio web de Wireless Skills y después de dos o tres clics, la lista de habilidades disponibles comenzó a correr en la pantalla. Presionó la línea que decía Chefs y la pantalla se llenó de colores en movimiento, en un caleidoscopio que obligó a los ojos a fijarse de forma hipnótica, mientras sentía un hormigueo en la cabeza, en los puntos donde los electrodos tocaban el cráneo. Pasaron unos minutos antes de que los colores desaparecieran y apareció un mensaje que decía "Download completed". En ese momento el hormigueo en la cabeza también se detuvo. Flavio se quitó el casco y pensó: "No siento nada diferente, ¿se descargó realmente?"

Luego decidió empezar a preparar la comida que tenía en mente.

Sacó los lenguados del empaque térmico y empezó a separar los lomos de la columna vertebral. Parecía que sus manos actuaban independientemente del cerebro, como si siempre hubieran sabido cómo realizar esas operaciones.

Vertió aceite en la sartén, lo llevó a la temperatura ideal y frió los lomos de lenguado. Preparó una mayonesa, que batió vigorosamente hasta que estuvo a punto. Estaba preparando el vino para el banquete cuando su esposa entró en la cocina.

—¿Qué estás haciendo?

—Me estoy entrenando para preparar una comida usando Wireless Skills...

—Lo entiendo, pero ¿por qué mueves la botella de vino de esa manera?

Fue entonces cuando Flavio notó que estaba agitando vigorosamente la botella de Alvarinho Palácio da Brejoeira que había seleccionado para acompañar la comida. Le pareció extraño...

Dejó de hacer lo que estaba haciendo, conectó la cámara de vídeo al ordenador, descargó el archivo que había grabado y empezó a ver la grabación. Desde el principio le pareció que los gestos no eran muy apropiados para las operaciones que estaba realizando.

La forma como había separado los lomos de los lenguados, la forma como había agitado la mayonesa, todo parecía desajustado...

Con la premonición de que algo hubiera salido mal, Flavio volvió a acceder al sitio, abrió la lista de habilidades y la hizo deslizar a la línea Chefs. Luego notó que en la línea inmediatamente inferior, donde las habilidades estaban listadas en orden alfabético, era DIY. Do it yourself. ¡Hazlo tú mismo!

Sintió un escalofrío y de repente se dio cuenta de lo que había sucedido. Por error, había descargado, y su cerebro había absorbido, las habilidades de un fanático del bricolaje.

—¡Y ahora todo queda claro! —le explicó Flavio a Adozinda. La forma en que había quitado los lomos de los lenguados estaba mucho más cerca del movimiento de una espátula raspando el papel pintado que del sutil movimiento con un cuchillo afilado que había visto varias veces en el Master Chef. Cuando se vio batiendo la mayonesa, le pareció que estaba mezclando una lata de pintura amarilla recién abierta, y el agitar de la botella de vino que Adozinda había visto era como sacudir un bote de spray antes de aplicar la pintura.

Flavio tenía ahora un problema complicado que resolver: solo podía descargar las habilidades de cocina después de que el efecto de las habilidades que había absorbido había pasado, y según el manual de instrucciones el efecto de la descarga en el cerebro duraba de siete a diez días. Pero la cena estaba programada para cinco días. Adozinda, que era una mujer pragmática, encontró la solución.

—No te preocupes, haré la cena para tu jefe. Pero mientras tanto, hasta que esas habilidades que has absorbido desaparezcan, tenemos varias cosas aquí en casa que necesitan ser arregladas: las persianas del dormitorio, el tendedero, las puertas del armario que están caídas, el grifo de la cocina que siempre gotea, y encontraré algo más.

Y así se hizo, porque Flavio hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que la lógica de su mujer era en general imbatible.

Y el día de la cena, Adozinda preparó cordero asado en el horno, lo que hizo de maravilla y fue muy elogiado por el jefe y su esposa, que incluso le pidieron la receta. Y Flavio se volvió más cauteloso con las innovaciones tecnológicas.

¡Todo está bien cuando termina bien!

João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

 

AD INFEROS

                            Cristian Mitelman


Los gritos lo sorprendieron por la tarde, mientras se abotonaba el último botón de la camisa y sentía que el calor en el cuello almidonado tenía algo de vejatorio y ridículo.

Se asomó a través del alféizar. Del otro lado, las casas pintadas en albayalde parecían reverberar bajo un sol inhóspito. ¿Gritos de alegría o de dolor? No podía saberlo. Había llegado a Río dos días atrás, luego de un viaje en barco que le había deparado la humillación de las náuseas, la vergüenza de no poder sostenerse en pie: la absurda corporalidad que nos acomete cuando nos sentimos solos y enfermos.

El profesor Delfino había sido invitado al simposio de estudios clásicos que organizaba una publicación semestral de helenistas cariocas, hecho que le pareció un inesperado contrasentido. Sus compañeros de cátedra lo urgieron para que aceptara. Hasta entonces, Delfino solo había publicado algunas pequeñas monografías sobre distintos pasajes de Horacio y algunas traducciones comentadas de la antigua poesía lírica griega. Sus clases eran prolijas, de escaso vuelo tal vez, pero lo suficientemente pautadas como para que el alumno no se perdiera en la selva de los aoristos y de los verbos atemáticos.

Su voz era nasal; sus modales mostraban una cierta timidez que intentaba disimular mirando un punto vacío del aula cuando iniciaba sus exposiciones. Se sabía imitado por más de un alumno. Aceptaba esas chanzas como algo más del oficio. Dado que sentía una especial aversión por los malos olores, se cuidaba siempre de llevar pastillas de menta o limón antes de iniciar la clase. “El aliento”, pensaba, “una persona es un muerto civil si le perciben mal aliento”. Delfino le tenía terror a esa cuestión. Por fortuna, un kiosco a una cuadra de la calle Viamonte parecía estar siempre abierto. Maquinalmente el hombre le tendía las Halls y Delfino pagaba con el importe exacto. Conservaba los billetes y las monedas en el bolsillo derecho para que la operación se efectuara de un modo simétrico.

En la sala de profesores manifestaba un silencio que para muchos era una forma de hostilidad, hecho que era una injusticia. Delfino era un hombre tímido que vivía junto a su anciana madre en un caserón de Glew. La parra en el patio, las baldosas rotas bajo la luz de abril, las pastillas que tomaba la anciana para dormir (“porque necesito dormir, hijo, sin las pastillas no pego un ojo, aunque después me llevan a una caverna de sueños que me dejan exhausta”); todo eso formaba la parte más íntima de su existencia.

Cuando presentó un trabajo sobre los rituales de Eleusis, sorprendió al consejo académico. A través de citas indirectas reconstruyó la idea de la ceremonia y la asoció con los viejos cultos órficos que ligan los procesos de la vida, la destrucción y la muerte como una realidad indivisible. Se animó a trabajar sobre la cuestión de las drogas que ingerían los participantes, hecho que suscitó un pequeño revuelo universitario. Hasta entonces, ese fue el único acontecimiento más o menos imprevisible de su adultez. No cuenta el territorio de la infancia, poblado de pequeñas crueldades que nunca fueron debidamente tratadas. A Delfino le apasionaba cazar pequeños pájaros y torturarlos con una certera frialdad. Una sola vez la madre lo pescó en semejante regodeo y el intento de castigo fue cancelado por el padre. “Dejalo que se haga hombre; lo vas a convertir en un mariquita llorón”. Su padre había sido un hombre fuerte, un policía de carrera sorprendido por la muerte antes de la jubilación. Respetado por los conservadores, había sabido poner orden en el laberinto de prostíbulos de Avellaneda. Los proxenetas de la zona, seres poco aferrados a la ley, sabían que con el viejo Delfino no se jodía: había que poner el dinero estipulado y la cifra iba religiosamente a las arcas del gobernador, hombre que amaba las delirantes esculturas de estilo fascista en medio de los pueblos espectrales de la pampa.

Más allá de esas truculencias de infancia, el joven Delfino tuvo un alto rendimiento escolar y cuando terminó la escuela secundaria estudió Contaduría, una profesión que tranquilizaba a los padres, aunque estaba lejos de cumplir su vocación. Con el título en la mano y empleado en el estudio de un conocido de la familia, inició sus estudios de Letras. Tenía algún talento para el estudio de las lenguas clásicas. Rápidamente fue nombrado ayudante de cátedra y luego hizo el lento cursus honorum de la vida universitaria.

Ese día, en medio de una calle desconocida del Brasil, sentía que estaba llegando al punto más alto de su laboriosa existencia entre los claustros. Y de pronto la calle parecía enfervorizada por algo que no acaba de entender: alaridos, corridas, lejanos ruidos de sirenas.

Tenía media hora para llegar al Instituto donde se celebrarían las ponencias. Un auto enorme y blanco lo esperaba en la puerta de Recepción. Lo manejaba un hombre que parecía brotado de algún bosque africano. Delfino pudo advertir que las córneas, profundamente blancas, contrastaban con derrames de una sangre amarronada muy cerca del iris. “Signos de alcoholismo”, pensó, “esperemos que este pobre diablo no esté borracho justo ahora”. Le preguntó si sabía qué estaba ocurriendo, pero el chofer le respondió en una jerga incomprensible. Había algo seco en esa voz, una mezcla de odio o de fastidio. Delfino había aprendido el portugués, pero no pudo reconocer un solo vocablo. Pensó entonces que en la conferencia le convenía hablar despacio: no fuera que a él tampoco le entendieran nada.

El negro manejó de un modo endemoniado, como ganado por una especie de fuego interior. Esquivó micros y autos con la pericia de quien se lanza a una ciudad en la que prácticamente no existen las leyes de tránsito. Para darse ánimo, Delfino pensó que en Argentina las cosas no eran mejores.

Llegaron al Instituto: allí lo esperaban los directores de la revista. Lucían serenos y felices.

Después de dos ponencias, Delfino acometió su tesis eleusina. Había leído dos páginas cuando alguien entró corriendo en la sala. Todos miraron al nuevo con más entusiasmo que estupor:

—Está confirmado —gritó—: el monstruo se ha matado. El cobarde se pegó un tiro. ¡Somos libres!

Y de pronto fueron las risas, los abrazos. Alguien estrechó la mano de Delfino, que no acaba de entender. Una señora mayor tuvo la amabilidad de explicarle:

—El inmundo de Getulio Vargas por fin se ha suicidado. Y pronto sucederá con ustedes: ya se librarán de ese coronel infame que oprime vuestra república.

Como hombre de cultura liberal, Delfino detestaba al Coronel. Pero se guardaba de expresar su odio al hombre. La vida universitaria era un laberinto de habladurías y cualquier comentario podía traer consecuencias no deseadas.

Las exposiciones se reanudaron y fue aplaudido de un modo fervoroso. Sabía que tanta efusión era casual: el entusiasmo venía por otras vertientes. Si hubieran puesto a un prestidigitador o a clown, el resultado habría sido el mismo: esa gente odiaba al muerto y de pronto sentían que sus vidas recobraban el sentido extraviado.

Luego hubo un brindis y una invitación para recorrer la ciudad. Se había hecho tarde y la posibilidad de esa pautada aventura le causó a Delfino una sensación placentera. Dos días después estaría de nuevo en Buenos Aires y seguramente recordaría por décadas esa isla de libertad que se le había concedido.

Iba con dos profesores que parecían exaltados, pero luego se sumaron otros hombres que no habían asistido al congreso. “Deben ser amigos”, pensó.

Bebieron largo rato frente a una de las playas y de pronto alguien lanzó una profusión de sonidos ebrios y todos estallaron en gritos y fueron entrando en autos lustrosos que parecían surgir de la sombra.

A Delfino la única caipiriña no le había sentado del todo bien. Se desabotonó la camisa y debió quitarse la corbata. Los demás, en cambio, habían bebido de un modo heroico y parecía que el asunto recién empezaba.

Con timidez le dijo a uno de los organizadores que prefería volver al hotel. Nadie parecía escucharlo. Nadie parecía escuchar nada. Los autos se adentraron en unas callecitas solitarias y después de un camino tortuoso llegaron a una antigua casona que brillaba de un modo siniestro bajo la luna.

Una mujer los recibió con una sonrisa feroz. Era grande, cavernosa y autoritaria… “Esto es un prostíbulo; me han traído a un prostíbulo…”

Delfino tuvo ganas de ir al baño, pero logró contenerse. Pensó que su padre muerto aprobaría semejante incursión.

Dos tipos con gafas oscuras aparecieron de la nada. Llevaban a una mulata que intentaba resistirse. La tenían sujeta por las muñecas y de pronto uno de ellos le dio un empellón que la hizo estrellar contra una pared. La joven dio un grito de dolor.

—Señores, por la libertad —dijo uno de los que la habían traído.

—En este país hasta las putas se creían con derechos. Ahora empieza la restauración —le dijo uno de los organizadores.

Desnudaron a la joven y allí mismo, en uno de los corredores, tres tipos comenzaron a vejarla de un modo brutal. Los demás tomaban whisky y aplaudían; luego se iban repartiendo los turnos frente a lo que parecía la víctima sacrificial.

Delfino comprendió que desde las otras puertas había más mujeres y que todas estarían aterradas.

—¡Tierra liberada! —gritó alguien, y comenzaron a patear las puertas para ganar el terror de las habitaciones. A él mismo lo llevaron a un segundo piso y de pronto se encontró frente a una chica que no tendría más que trece o catorce años. Dos desconocidos que estaban con él la accedieron de un modo brutal y enseguida uno lo invitó a que se les uniera.

—Después —atinó a decir Delfino. Los otros se rieron a carcajadas y comenzaron a sodomizar a la chica con el frenesí de salvajes inocentes. Una hora después los tipos dormían una especie de sueño absoluto. La chica parecía estar en una especie de trance: lloraba quedamente y se quejaba como un animal lastimado.

Delfino había llegado a vomitar en el bañito interno de la habitación. Un vómito espumoso, colmado de nervios y de un alcohol mal asentado. Sentía un gusto horrible en la boca. Se sintió débil, mareado. Miró a la chica por última vez; luego se encaminó hacia la planta baja. La efervescencia había mermado. Solo una mujer estaba siendo violada en ese momento por un tipo que había conseguido vaya a saber dónde un antiguo látigo de plantación.

En la puerta se encontró con uno de los organizadores.

—Tuvo suerte —le dijo con voz rasposa—: hotel, comida y bacanal. Una semana atrás esto hubiera sido impensable.

—Necesito volver al hotel.

—Claro, claro. No se preocupe.

El tipo lo llevó a uno de los autos y le dijo al chofer que inmediatamente condujera al profesor al lugar solicitado.

Al otro día se purificó con agua y café amargo. La inminencia del viaje lo incomodaba, pero la posibilidad de estar ahí un día más le parecía aterradora.

Por fortuna, en Buenos Aires los acontecimientos de aquella jornada memorable no tuvieron trascendencia. A su madre llegó a decirle que su conferencia había sido escuchada con sumo interés y la señora, entre un rosario y otro, pareció satisfecha.

Tres meses después la mujer tuvo un aneurisma y falleció. Por primera vez se sintió solo. Por primera vez Delfino se sintió feliz, como liberado de una responsabilidad que le venía desde el inicio de los tiempos.

Al principio se sentía extrañado en la casona silenciosa y pensaba que su madre iba a aparecer en cualquier momento para reanudar el ritmo isócrono de la anterior vida. El profesor se quedaba hasta el atardecer en el patio, tomando mate y corrigiendo exámenes. Luego, pasadas las ocho, se preparaba un bife a la plancha y un plato de arroz o puré. Era lo único que sabía hacer y no pensaba cambiar. Aunque la soledad comenzó a serle gravosa.    

Pasado un poco más de un año de aquel congreso en el que veía algo liberador y algo infernal, sintió una mañana los ruidos de poderosos motores que tajeaban el aire. Se levantó de la cama, pasó corriendo por el corredor que conducía a la azotea y allí vio dos rayas blancas en el cielo. Comprendió que lo que le habían profetizado en el Brasil ya comenzaba a cumplirse. La caída del régimen no podía demorarse. Se sintió purificado por el aire de septiembre. Se obligó a ir a la Facultad, aunque pasar por el centro fue casi demencial. Miró el fuego y los micros volcados; alguien señaló los agujeros que las ráfagas de metralla habían dejado en un Ministerio. “Hemos estado en guerra y por fin hemos vencido”, pensó mientras enfilaba hacia la facultad. Debía trabajar con sus alumnos de la primera comisión una de las Odas Cívicas de Horacio. Sintió que una mano providencial le había destinado ese texto para ese día.

Solo un profesor se mostró renuente al entusiasmo. Los otros coincidían en viriles gestos de satisfacción.

Esa noche Delfino no pudo dormirse. Estaba en Río y estaba en Buenos Aires. Estaba en el congreso y estaba en su casa. Estaba en el presente y en una cueva de las llanuras atenienses.

No; no podía permanecer en la cama. Por primera vez se animó a tomar el pastillero de su madre. Solo quedaban dos grageas blancas que ingirió rápidamente con agua de la canilla. No le provocaron el sueño que invocaba: apenas una sensación de irrealidad.

Se vistió entonces y salió a caminar por el barrio. Se fue hundiendo en las zonas que siempre había esquivado: un mundo de chapas y de casitas bajas; no todas las calles presentaban la decencia del asfalto. En medio de un silencio que parecía brotar de las entrañas de la tierra, solo algunos perros olisqueaban bolsas de basura. Llegó hasta una casa semiderruida. No sabía por qué, pero en esas paredes sentía la presencia de su padre. Entró. Una mujer que parecía ebria lo miró con displicencia. No era el día de ellas: estaban consternadas, estaban caídas.

—La Rita es la única que trabaja hoy. Las demás están de luto —le dijo.

Le señalaron la puerta; Delfino entró sintiendo que deseaba estar ahí. La Rita estaba desnuda frente a un espejo.

—Che, ¿no te enseñaron educación en casa? Se golpea antes de entrar. Mirá si estaba acompañada.

La mujer se rio y el profesor de pronto comprendió que no sabía exactamente lo que debía hacer. Sentía el impulso, sí, pero carecía de los conocimientos básicos de los rituales, la geometría despreocupada que ejercen los hombres que suelen ir a esos lugares.

—Dale, sacate los pantalones, ¿o me vas a decir que sos friolento?

Fue desvistiéndose como si estuviera en la antesala de la junta médica del servicio militar. Una especie de pudor lo hizo dar vuelta, pero un espejo le devolvió la imagen burlona de la mujer.

Entró en la cama y sintió que aquellas sábanas podían mancharlo. Pero ya era tarde: ahora no podía irse. Y por más que la mujer hiciera lo que estaba acordado, el profesor parecía una cera blanca que se iba derritiendo de un modo inexorable.

—Bueno, che, qué te anda pasando. Mirá que no hay devolución.

Volvió a reírse la chinota y le brotó un aliento a vino que exasperó a Delfino. Un aliento que lo llevó de pronto a la misma raíz de su furia. Solo odiar a esa taimada, pero no por aquella burla circunstancial. Eso tenía que existir de antes, un fermento largo, una acumulación que venía de tiempos pretéritos, incluso antes de su propia vida. De pronto estalló. Quiso darle una bofetada, pero el golpe le salió con el puño cerrado. La mujer no llegó a gritar: un nuevo puñetazo ahora en el estómago la hizo doblar. Definitivamente no. Esa puta no podía reírsele en la cara, porque él no era uno de esos pobres diablos que van a ahí simplemente por lo bestial del deseo. Y la mano llegó hasta la garganta y Delfino comenzó a apretar. Y entonces sintió que por fin encontraba su mano; por fin podía entender qué es lo que tan dignamente habían hecho sus pares cariocas; por fin se había convertido en el hombre con la voz de mando de un comisario, y supo que esta vez podía gozar, porque a medida que la puta jadeaba (o daba los últimos estertores) su miembro se ponía tieso y lanzaba un hondo torrente seminal que lo dejó exhausto. Luego fue el silencio.

Se asomó al pasillo. La que regenteaba estaba ahí abajo, adormecida. El lugar parecía solitario. El profesor se vistió, extrajo un pañuelo que pasó concienzudamente por donde creía haber puesto sus manos, especialmente el picaporte. Luego vio una ventana que daba a un baldío y saltó. La madame, borracha como estaba, apenas recordaría su rostro en caso de que la policía quisiera iniciar algún tipo de investigación. Él sabía que su propio rostro no decía nada: era casi un arquetipo de lo impersonal.

La caída no fue tan peligrosa como había creído. Enseguida se fue internado por la tierra desierta y encontró un camino lateral que bordeaba una zanja. Era mejor no tomar por la avenida. Se obligó a recorrer un laberinto de calles muertas antes de llegar a la casona.

Fue a su dormitorio y tomó ropa limpia. Una ducha tibia lo hizo sentir mejor. Después preparó un té de tilo para calmarse. Ya acostado, repasó la clase que daría al día siguiente.


Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 



EL ETERNO FEMENINO

Sergio Gaut vel Hartman

 

Los primeros disparos parecieron llegar de la colina, aunque con los globus nunca se sabe, y le dieron a Ibbuby antes de que lograra averiguar con qué nos tiraban.

—¡Chiwas amarillas! —gritó Artis, nuestra jefa de pelotón, veterana de Bremen y Ticrit, tres veces reciclada. Yo no recordaba qué eran las chiwas amarillas, si alguna vez lo supe, pero me imaginé. Los extraterrestres cambian de municiones y armas todo el tiempo, por lo que nuestros tecnos tienen que limitarse a meter nanos y fluidos en los efectivos muertos para poder mandarlos de nuevo al frente. A veces reciclan la mitad de uno y la mitad de otro, o usan brazos y piernas artificiales, o conectan la cabeza de una mujer en el cuerpo de un hombre, según y conforme con qué miembros u órganos cuentan. El asunto es recuperar un soldado y no aflojarles a los hijos de puta, mientras los cerebros de CyT, en el laboratorio de los Urales, tratan de encontrar el punto vulnerable de los globus.

—Atento, Levi. —La voz de Artis suena como un viejo concierto de Pink Floyd—. Esto no es la tridi; la batalla es de verdad, Levi.

Al principio, antes de saber que había sido reciclada tres veces, me preguntaba si Artis era una mujer al cien por ciento, si tenía partes ajenas o artificiales. No es que el asunto fuera especialmente importante en un momento en que las chiwas estallaban contra las corazas de fibra de diamante y pedazos de humanos saltaban por todas partes como ranas epilépticas. Pero empezaba a serlo cuando la batalla remitía, a la noche, cuando nos metíamos en los refugios a esperar el siguiente ataque. Esa era la clase de preguntas que nos hacíamos, la mayoría de las cuales quedaban sin respuesta, o recibían respuestas imprecisas, seguramente falsas. Como siempre dice Burmeister, nuestro terapeuta, hay que poner la cabeza en otra cosa para disipar el horror.

—¡Viene una ola de fukas por la derecha! ¡Cubrirse! —Los barredores neutralizaron la mayoría de las fukas, pero algunas hicieron impacto y quebraron las armaduras como si fueran de cartón. Los brazos y piernas de Funes y Memory, desprendidos del tronco, golpearon contra el blindaje de un tanque y quedaron doblados en posiciones absurdas. No sé por qué reparo en esa clase de cosas cuando ocurren; mis profesores han dicho que tengo una mente “pólipo”, capaz de dispersarse en mil direcciones, pero yo sostengo que se trata de mi herencia judaica y la excesiva práctica del pilpul. ¿Saben qué es el pilpul? No importa. Ya se irán dando cuenta.

—¡Recicladores! —aulló Artis en el micro, aunque en realidad no hacía falta. Todos usábamos pulseras y tobilleras que nos mantenían conectados a un centro de monitoreo y servían para denunciar desmembramientos y defunciones. Los recicladores, unos artefactos eficientes y prolijos, tan compactos que resultaban inmunes a los proyectiles de los globus, hacían su trabajo en el campo de batalla o congelaban los restos útiles para ser usados en las unidades de restauración. No era raro ver a los compañeros “muertos” empuñando de nuevo las armas y disparando con mayor eficiencia que en sus primeras vidas. Todos sospechamos que los recicladores agregan elementos y perfeccionan el material preexistente, por lo que los soldados que vuelven a la acción son un poco menos humanos y un poco mejores soldados. Pero todo esto no deja de ser una conjetura alimentada por el deseo de explicar lo inexplicable.

 

La batalla del 2 de junio de 2039 solo dejó cinco muertos definitivos en los trece pelotones de la VII brigada de choque. De los nuestros, la única que no pudo ser restaurada fue Ferris, una morena bonita poco afecta a los intercambios sexuales. Quedó tan destrozada que no sirvieron ni las muelas. A eso de las veintiuna, y tras ingerir las tabletas proteínicas, estuvimos listos para empezar la sesión de terapia con Burmeister. Cada pelotón tiene su psicólogo porque el Alto Mando supone que las guerras modernas, y en especial la guerra contra unos alienígenas que parecen globos inflados con helio, deben ser libradas por soldados de mente limpia y corazón contento. Pero mentiría si dijera que escuché una sola palabra de las muchas que se pronunciaron. Mi mente estaba en otra parte, en el cuerpo de Artis, para ser preciso, en cómo lograr que Artis, por una vez, se fijara en mí. Sería poco ético decir que las otras mujeres del pelotón no valen nada, aunque debo confesar que mi deseo siempre estuvo enfocado en nuestra jefe; otro ridículo atributo de la herencia judaica: el perfeccionismo. Pasó la hora de juegos y las luces se atenuaron. Las cortinas de estera corrieron por los rieles y cada uno de nosotros dispuso de unos minutos para buscar pareja nocturna o esperar a que alguno de los compañeros lo beneficie (o perjudique) con su elección. Y fue entonces que supe que era mi día de suerte: no había muerto en el campo, o algo peor, y Artis se metió en mi palacio de dos por uno.

—¿Te gusta? —dijo Artis tocándome con suavidad. Tragué en seco un puñado de nueces, sin masticar, y le miré los pechos sin preguntarme si eran los originales o unos implantes sintéticos, producto de la reconstrucción. De cualquier modo eran hermosos, duros, firmes, grandes.

—Claro que me gusta —logré articular—. ¿Por qué me elegiste?

Se encogió de hombros. —Solo azar, y un poco tu olor.

—¿No huelo a muerto?

—Exacto; es el olor que más me gusta. —Me volvió a tocar y yo hice lo mismo. Metí la mano por debajo de la camisa y en la yemas de mis dedos se dibujó la cicatriz de una gran herida.

—Me excita pensar en eso —murmuré.

—Me imagino; a todos les excita mi condición de tres veces reciclada. Tengo un corazón Hartborg, pulmones Brest, páncreas de Meyer & Gambler y una vagina Labbial-Plax que supera en sensibilidad a cualquier aparato genital fabricado por la Madre Naturaleza. —Hizo una pausa para potenciar el cierre—. Jamás penetraste algo así en tu vida, te lo garantizo.

Volví a tragar en seco y dije algo estúpido. —No está mal; podría ser la última noche del mundo. —Pero Artis pensaba más o menos lo mismo. Dejó de tocarme y me miró con dureza.

—No podemos ganarles —dijo—. Los globus van a probar y probar hasta dar con el arma que nos aniquile. Quieren el planeta vacío, no les interesan los esclavos y no comen carne.

—¡Carne! —exclamé—. Como si los nuevos humanos fuéramos de carne. —Artis lanzó una carcajada estruendosa. Por lo visto mis disparates le causaban gracia.

—Aunque sea poca, esta noche es toda tuya —dijo tumbándose boca arriba a la vez que se bajaba el minipant reglamentario; no usaba nada más—. Quiero que comas la poca carne que puedo ofrecerte, bombón.

 

Pero no fue la última noche del mundo y sí, tal vez, la más tranquila en mucho tiempo, una noche casi bucólica. Como si dieran por descontado que nuestras horas estaban contadas, los globus no dispararon las habituales salvas de nictis y tampoco explotaron las minas implantadas en el interior de los muertos que los invasores dejaban en el campo de batalla. A la mañana, muy temprano, antes de que saliera el sol, llegaron los blindados de la CyT y presentaron las nuevas armas, unos prototipos que ni siquiera habían sido probados.

—Son los disruptores Jakubowicz-Renard —explicó un sargento cuya mayor virtud no era la simpatía—. Están basados en un principio recién descubierto y hacen algo en las células de los globus sin afectarnos a nosotros. —No lo entendí y tampoco puedo explicárselo a ustedes, pero funcionaba. Por otra parte, estaba demasiado absorto en los recuerdos de mi encuentro carnal con Artis, aunque no hace falta repetir que había poca carne involucrada en la fiesta. Y de todos modos no habría comprendido la explicación del sargento. Lo mío es el pilpul, como ya dije, mi prioridad era evitar morirme en esa guerra. Por eso prefiero exponer solo aquellos asuntos que tienen que ver con Artis. Y eso sí que está claro como el agua. La jefa se movía con el pulso perfecto de una cyborg, pero entrenada por la mejor geisha de Japón. Lo único lamentable era que si llegaba vivo a la noche siguiente cualquier otro u otra sería el acompañante sexual de Artis, tan azarosamente como yo lo había sido. Hasta Burmeister tenía algunas posibilidades, a pesar de que su estatus profesional no lo aconsejaba. Mientras hacía estas reflexiones, un pensamiento transversal irrumpió con fuerza en mi mente. ¿Acaso la jefa era la única hembra del pelotón? Las otras también eran atractivas, deseables y estaban tan aterradas y aburridas como yo. No había muchas otras posibilidades. El asunto merecía ser profundizado, pero no fue posible hacerlo porque un okus de los globus estalló a mi lado y me arrancó el brazo derecho con prolijidad de cirujano. Contemplé el hombro ensangrentado casi indiferente, y los gritos de Minujin, que también había sido alcanzado, me llegaron envueltos en toneladas de lana oscura.

—¡Ayuda!

—¡Recicladores! —exclamó Robles, que estaba a escasos dos metros del miembro arrancado. Los artefactos no se hicieron esperar y en poco más de media hora estaba reparado y empuñando de nuevo mi AK57. Todo ocurría con suma rapidez en esa guerra de mierda. Los disrups salieron disparados en oleadas y por lo visto estaban surtiendo efecto, ya que los okus dejaron de caer y no volvió a estallar uno solo en el resto de la mañana. Al mediodía habíamos ganado tres colinas. Los técnicos capturaron algunas armas globus, pero por desgracia, como casi siempre, ningún cuerpo intacto. También pudieron atrapar a un globus herido, algo bastante inusual, ya que los cuerpos de los invasores contenían un explosivo que los hacía estallar en cuanto se los tocaba. La importancia de este logro no podía ser medida por nosotros, aunque todos sabíamos que la guerra más dura se libraba en los laboratorios.

 

Para mi sorpresa, la noche siguiente tampoco fue la última. ¿Era posible que, a fin de cuentas, tuviéramos alguna posibilidad de ganar? Y ese no fue el único motivo de asombro. Artis volvió a elegirme; dos noches consecutivas le quitan el aliento a cualquiera, no solo al afortunado que tiene sexo con la jefa del pelotón. Evitaré ser reiterativo y pasaré por alto los detalles de mi segundo encuentro íntimo con Artis. Me limitaré a consignar que el resultado superó con creces el de la primera noche. Recuerden que estábamos disfrutando las delicias de la vagina Labbial-Plax que supera en sensibilidad a cualquier aparato genital fabricado por la Madre Naturaleza. Si tal cosa fuera posible, hubiera querido casarme con Artis en ese mismo momento, ser su par para siempre, compartir la vida y esperar que los genios del reciclaje nos ayuden a burlar la muerte una y otra vez. Pero el soldado propone y los globus disponen...

Como si aquel par de noches de vacaciones hubieran sido los elementos básicos de una estrategia tan efectiva como imposible de entender para los cerebros humanos, tuvimos una semana seguida de ataques con armas nuevas. Sobre nosotros cayó una lluvia de phosphito, una sustancia cien veces más efectiva que el napalm; sufrimos la invasión de unas ondas que se dedicaban a impedir nuestra coordinación para caminar, hablar o disparar y como cereza del postre recibimos la visita de unas grageas neutrónicas que los escudos de antitom solo podían neutralizar en un treinta por ciento. Artis fue una de las víctimas, y quedó tan destrozada que tuve la certeza de que ninguna tecnología podría devolvérmela. Perdonen la rudeza al consignar estos hechos, pero no se me ocurre ningún modo de endulzarlos. En eso, el pilpul juega en contra.

Pero no hay malas sin buenas. Los laboratorios de los Urales produjeron un arma tan lesiva para los globus que el 19 de junio terminó la guerra. Barrimos a los invasores de un modo absoluto, los aniquilamos, los destruimos por completo y les sacamos las ganas de regresar a la Tierra.

Entonces la vida cotidiana recobró su ritmo y todos los que participamos en las acciones bélicas pudimos volver a nuestros trabajos, ver a nuestros hijos y compañeros. En mi caso, encandilado por las luces de la efímera relación con Artis, decidí dejar a Lucila, irme del país y afincarme en un ashram cercano a Lhasa en el que la meditación y la espiritualidad lograran hacerme olvidar lo vivido. El Tíbet no es un lugar confortable, debo admitirlo, pero mi estabilidad emocional, que dejaba muchísimo que desear, no reparaba en esos detalles. Los médicos me habían metido en el amplio casillero de las víctimas de la denominada —no deja de ser un eufemismo— fatiga de combate, y yo, incapaz de rehacer mi vida, con buen dinero en el bolsillo y ningún proyecto, no me consideraba otra cosa que un deshecho, un subproducto de la invasión globus. En eso coincidía con los que estudiaban el fenómeno. Como no podía morir, o por lo menos no era fácil lograrlo por culpa de las nuevas leyes de conservación de la especie y los avances tecnológicos en materia de reciclado de personas, me dediqué a transformarme en un vegetal con patas, algo que no abunda en las inhóspitas cumbres que había elegido como lugar de retiro. No sé si logro expresar con claridad lo que sentía: deambulaba, me movía entre rocas y curioseaba alrededor de los lamas, tal vez esperando que se abriera un tercer ojo en mi frente o que una iluminación íntima me revelara una desconocida condición de mesías, elegido o lo que fuera.

En uno de esos paseos, me detuve ante una estatua de Buda que unas adolescentes ornamentaban con camelias y tulipanes importados de Holanda a veinte solares el ramo. Me detuve, lo que no significa que prestara atención a lo que ocurría a mi alrededor. De pronto, inesperadamente, sonó un grito.

—¡Levi! —La que había gritado era una de las jóvenes y yo, que estaba casi muerto, sentí una estridencia espinal, como si una mano callosa me hubiera arrancado la piel de la espalda para dejar las vértebras al descubierto y pulsarlas una por una, sin compasión ni talento.

—¿Quién? —Supongo que la perplejidad debió haber convertido mi rostro en una especie de máscara de carnaval, rígida y sombría. Pero la chica, lejos de asustarse, reprimió una carcajada tapándose la boca.

—¡Soy Artis, estúpido! —Y sin mediar aviso se lanzó sobre mí, me abrazó y, tras unir sus labios a los míos, me metió en la boca una lengua fría, salada, tan áspera que parecía fabricada con piel de tiburón.

—¿Artis? ¿No...? —murmuré separándola de mí, aunque ella quedó colgada de mi cuello como una marioneta de trapo. No pesaba casi nada.

—¿No morí? Morí, claro que morí, pero los tecnos lograron rescatar mi cerebro y suficiente material genético. Me reconstruyeron, Levi, ¿no es maravilloso?

—¿Te clonaron?

—Más o menos. Vamos, te invito a tomar algo y luego podremos revolcarnos como en los viejos tiempos.

Era demasiado y todo junto. Artis parecía ser la última persona que hubiera esperado encontrar en el techo del mundo.

—Supongo que no te sorprende que esté tan sorprendido —balbuceé.

—Te quería sorprender —dijo ella, burlona—. Rastreé tu anillo de localización gracias a que conservo amigos en la Fuerza. Ellos me dijeron que habías venido a morir aquí, al Tíbet. Pero —palmeó las manos con fuerza— ya no hace falta que mueras. Cuando te elegí dos noches seguidas marqué el destino. ¿No te parece maravilloso?

¿Me parecía maravilloso? Había disfrutado como loco las noches de sexo patrocinadas por la vagina Labbial-Plax, y ser el elegido entre tantos machos excitados ante la posibilidad de morir o ser reciclados luego de que sus partes quedaran desparramadas por el campo de batalla era todo un acontecimiento. Pero me gustaba el dolor producido por la perspectiva de no volver a ver a Artis. Los momentos vividos formaban parte de mi único activo, y esta adolescente reconstruida no estaba para nada en mis planes.

—Marcaste el destino, pero no me diste la posibilidad de elegir. —Soné agrio, repugnante. Artis dio un paso atrás y me contempló extrañada.

—¿No te gusto?

—¡Por supuesto, mi niña! Ni en mis mejores sueños logré conquistar a una belleza así. Imagino que al clonar los tejidos hicieron algunas mejoras, ¿verdad?

Artis recuperó la sonrisa. —¡Claro! Pero ya no hay nada artificial en mí. —Tomó mi mano y la obligó a palpar los pechos, en los que unos pezones como aceitunas parecían dispuestos a perforar la tela—. Te vine a buscar, Levi.

—¿Nada tecnológico, de veras? —Pasé el brazo alrededor de la cintura y la atraje hacia mí—. Ni corazón Hartborg, ni hígado Lever Plus, ni glándulas de Fulcinelli...

—Ni pulmones Brest, nada de nada. Tengo una vagina natural que se humedece, pero solo cuando me excito. ¿No te parece fantástico?

Me parecía fantástico y al mismo tiempo aterrador. ¿Acaso me resultaba más natural aquella mujer casi electrónica que se había acostado conmigo durante la guerra? ¿Qué era lo que agitaba en mí una suerte de vaga e indefinible inquietud? Nunca fui demasiado intuitivo, pero la permanencia en el Tíbet me había abierto, parece, algunos canales perceptivos antes cerrados.

—Bueno, acepto esa invitación.

Artis se detuvo. —No te noto entusiasmado. ¿No te gusto? Nunca me vi tan bonita, femenina, deseable. Vuelvo locos a los hombres, aunque preferí reservarme...

—No es eso, no es eso. —Una marea densa y caliente empezó a formarse en mi estómago. Ya no era una intuición, sino un presagio. ¿Qué tenía que ver esta Artis de cuerpo joven y fresco con la veterana de cien combates que me había elegido dos noches consecutivas?

—Quiero ir a Shanghai —dijo Artis—; estamos cerca. Y después a Tokio. Me gustaría pasar unos días en las playas de Tonga y luego San Francisco. Por lo que sé, el dinero no es problema; ambos tenemos de sobra. Quiero comprarme vestidos, carteras, zapatos; quiero lucir femenina, excitar a los hombres y ser solo tuya. —Emitió una risita infantil y se colgó de mi brazo. Y así marchamos, apretados como sardinas en lata, hasta la residencia de Artis. Ni siquiera volvió la vista atrás para despedirse de sus compañeras, de las camelias, de los tulipanes holandeses y del mismísimo Buda.

 

Tomamos té de Ceylán (Sri Lanka, para los puristas), hicimos el amor, comimos thukpa y momos, dormimos la siesta, volvimos a hacer el amor, paseamos a la luz de la luna y sacamos pasajes para Shanghai, Tokio, Tonga y San Francisco. Maravilloso, bucólico, una caricia para el espíritu y los sentidos. ¿Puedo decir “la perfección”?

 

Los globus regresaron en marzo, como golondrinas; cayeron sobre nosotros con armas nuevas y energía decuplicada. Millones de personas murieron antes de que fuéramos capaces de calzarnos las corazas. El Alto Mando rearmó los equipos de combate en el menor tiempo posible, las fábricas de armas de los Urales se lanzaron a producir a pleno los mejores y más efectivos artefactos de la guerra anterior y se crearon nuevos grupos de diseño y producción en Santa Cruz de la Sierra y Nairobi. La humanidad se abocó, como en la primera invasión, a vencer o cobrarles a los globus un altísimo precio si nos tocaba perder... aunque eso a ellos no parecía importarles demasiado. Victoria y derrota, para esas vejigas inmundas, no implicaba una gran diferencia. Lo que querían era matar, destruir, desmembrarnos y esparcir los pedazos por toda la galaxia. Empezamos a perder personal a lo loco y ni siquiera el “pinchaglobos”, como llamábamos en familia al Crash-out de Kirilenko, que había sido tan efectivo para destruir a los globus y terminar con la invasión anterior, parecían surtir ningún efecto. Por lo visto los científicos de los alienígenas habían encontrado un modo de protegerse de nuestros ataques y a la vez contaban con nuevas armas, más eficaces y destructivas que las anteriores.

Artis, junto con Peña, Vilgdover, Branco y Batalla, murieron en el segundo ataque de pikas de los globus. Las pikas eran esporas que se te metían por todos los orificios del cuerpo y actuaban como nanos, destruyendo órganos y tejidos. Yo morí durante el cuarto ataque, un par de meses antes que en el laboratorio subterráneo de Wichita, Félix Erevián descubriera el antipika de acción inversa, un dispositivo que cambiaba la polaridad de los agentes agresores, o algo así, y los devolvía al punto de partida, causándoles a los globus un daño aún mayor que el que provocaba en los humanos. Pero la guerra siguió durante esos dos meses, y yo fui devuelto a mi unidad, reconstruido y mejorado. No solo eso: cuando regresé, Artis ya estaba allí.

—No puedo decir que me guste vivir y morir como un péndulo —le dije—, pero me hace feliz verte de nuevo. —Ella se encogió de hombros y miró hacia otro lado. A pesar de que seguía pareciendo una adolescente, había recuperado la aspereza que caracterizaba a su primer cuerpo.

  —¡Fender! ¡Jaimovich! ¡Zalazar! ¡Atentos! Esto no es la tridi; es una batalla de verdad. —Tampoco habían cambiado otros rasgos de carácter de nuestra jefa. Ni las muletillas que usaba para azuzar a la tropa—. ¡Levi, conmigo! Vamos a limpiar el terreno. Los de tecno necesitan pellejos frescos.

Esa era nueva. Por lo general mandaban bots para recoger los pellejos. ¿Por qué arriesgar humanos? Artis pareció leer mis pensamientos y contestó sin necesidad de que yo verbalizara.

—Somos lo más barato que existe, soldadito. Es más fácil criar tejido en un biotanque que ensamblar las piezas de un autómata. Es lo que llamo divina perfección.

—¿Volvieron a ponerte una vagina Labbial-Plax? —dije arropándome en un manto de hojas y barro en el momento justo en que una racha de las viejas y predecibles chiwas amarillas soplaba sobre mi cabeza.

—Sí, o no. —respondió de mal modo—. ¿Qué te importa? Esto es una guerra, Levi; no un burdel en Estambul. Los pellejos. Ahí hay dos.

—Estuvimos juntos en Tokio —protesté—, también en San Francisco, y después fuimos a París; hicimos el amor en Le Meurice, cenamos a orillas del Sena... Te compraste toneladas de...

—¡Al suelo, idiota! Viene otra racha de chiwas.

—Praga...

—Eso fue en otra vida, Levi. Ahora hay que liquidar a los globus.

Aquella noche, cuando los invasores se llamaron a sosiego, las cortinas de estera corrieron por los rieles y cada uno de nosotros buscó pareja para jugar al único juego que nos da un poco de paz, supe que mi suerte se había terminado. Artis se metió en el palacio miniatura de Zalazar, una peruana maciza como una roca de los Andes; dos días después nuestra jefa fue capturada por una nueva máquina de los globus, el último intento del enemigo por torcer el rumbo de la guerra, y yo morí por tanto tiempo que, cuando desperté embutido en un cuerpo de cultivo, la invasión había terminado. Nunca devolvieron a Artis ni a ninguno de los capturados. Es posible que la tercera sea la vencida y esta vez los alienígenas regresen con algo que no podamos neutralizar. Pero esa es otra historia. Y no me interesa regresar al Tíbet mientras dure la tregua; Zalazar quiere que nos casemos en Chiclayo. Allí nos esperan su familia, sus amigos y una serie de ritos ancestrales que han de ser bastante divertidos. Por ahora no pienso usar el pilpul; tal vez no lo vuelva a usar nunca. La vida empieza de nuevo y quiero vivirla sin pensar en nada.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es un escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novela corta Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS.

 

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