miércoles, 4 de marzo de 2026

VIVIENDO AL BORDE DE LA OSCURIDAD

Gareth D Jones

 

Un soplo de polvo fue la primera advertencia, muy lejos, al otro lado de la llanura, con la fuente oculta por los matorrales intermedios. Aparecieron más penachos, que derivaban y se desvanecían hacia arriba en una estela que apuntaba hacia el poblado. Vincent manoteó en busca del catalejo; sus nudillos, retorcidos por la edad, lo agarraron con dolor, y lo llevó a su ojo sano. Tardó un instante en encontrar la estela de polvo, y para entonces ya se veían tres figuras corriendo, levantando tierra. Intentó mantenerlos en la mira mientras extendía la mano hacia la cuerda de la campana, pero no la encontró. Dejó el catalejo con impaciencia sobre la repisa de madera áspera, agarró el tirador de la campana y empezó a tocar.

No era una campana muy melodiosa ni muy potente. Hacía sonar su alarma con golpes metálicos que reverberaban por la hondonada en forma de cuenco del poblado. Abajo, unas figuras se movieron en el calor de la tarde y caminaron sin prisa hacia las compuertas al pie de la pendiente. Vincent volvió a concentrarse en los corredores.

Ya estaban lo bastante cerca para revelar sus identidades. Fernando iba delante, bombeando los brazos, con el rostro encendido por la huida. Detrás venían Raquel y Bebe, con expresiones más temerosas. Tras ellos –probablemente recortando distancia, aunque era difícil saberlo– rodaba una bestia rodante. Era enorme, quizá de dos metros y medio; la más grande que Vincent había visto en décadas. Docenas de púas, una docena de garras, dientes afilados como navajas: todo eso era invisible en el borrón de su carga rodante sobre la llanura. No había escapatoria frente a una máquina tan enorme, tan veloz y asesina; no había dónde esconderse en la inmensidad plana de las estepas. El único lugar seguro estaba en una de las pocas simas que salpicaban esa desolación, y solo si conseguías detenerte antes de resbalar por la pendiente y caer al interior de la tierra que te abrazaba debajo.

Antes de estar lo bastante cerca como para oír el golpeteo de los pies, un grito de júbilo llegó a los oídos de Vincent. Fernando. Fernando, travieso e incontenible. Vincent sabía que el joven no haría caso de que en cualquier momento podía ser aplastado, desgarrado y devorado. Solo pensaría en la persecución, en su velocidad juvenil y en que quizá Raquel se impresionaría con su valentía. Vincent estaba bastante seguro de que no lo haría; Fernando era un idiota.

Estaban a menos de cien metros. Vincent miró cuesta abajo: las compuertas estaban abiertas. Fernando iba cinco metros por delante de los otros dos, y solo les sacaban al monstruo otros diez. Vincent se inclinó sobre el poblado desde su pequeña plataforma en el borde de la sima.

—¡Ahí vienen!

Fernando alzó la vista hacia Vincent al aproximarse, sonrió como un lunático y se lanzó por el borde con un salto magnífico. Cayó unos tres metros más abajo en la pendiente, dio dos zancadas más, exageradas, agarró el poste del pasamanos y se columpió hasta ponerse a salvo. Raquel venía segundos detrás, derrapando sobre la superficie arenosa y deslizándose alrededor de las barreras hasta caer de espaldas.

Bebe falló el apoyo. Tropezó al caer, se desplomó sobre el pecho y, como pudo, se recuperó con una voltereta hacia adelante. Rodó más allá del pasamanos de seguridad. Sin detenerse, la enorme bestia rodante pasó por el borde del poblado y se precipitó hacia su perdición. La criatura no tenía idea de su destino, concentrada solo en su presa. Mientras Bebe se deslizaba impotente cuesta abajo, parecía que la criatura podría lograr su objetivo justo antes de llegar al agujero en el centro del poblado.

Raquel lanzó un grito de advertencia. Bebe gritó. Un brazo enorme y musculoso salió disparado y agarró al desafortunado cazador por la túnica, arrancándolo hacia el pasamanos inferior. Félix el constructor, el hombre más fuerte del poblado.

En un silencio siniestro, la bestia rodante siguió rodando, ganando velocidad, y desapareció por el borde de la sima que ocupaba el centro del poblado. Vincent se sentó en su banco, y el alivio le drenó las fuerzas. El silencio duró unos segundos más, hasta que Fernando rugió con una carcajada exultante y levantó a Raquel. Raquel le dio un puñetazo en el pecho, llamándolo idiota y otras cosas que se perdieron en el tumulto general de los aldeanos hablando y gritando todos a la vez. Félix puso a Bebe en pie, y el muchacho sonrió con valentía, contando y volviendo a contar su historia mientras su madre le limpiaba las raspaduras y él intentaba apartarla. Raquel se alejó furiosa hacia su cabaña, dejando a Fernando para que le explicara al jefe de dónde saldría la comida de la noche, ya que habían regresado con las manos vacías. Hubo exclamaciones estruendosas por el tamaño de la bestia rodante; muchos aldeanos levantaban las palmas muy por encima de la cabeza para ilustrar la altura ante los desgraciados que se habían perdido el incidente. La mayoría de los doscientos habitantes del poblado oyó la historia varias veces antes de que todos se fueran dispersando para retomar sus tareas interrumpidas.

Vincent permaneció sentado y sonrió ante sus propios recuerdos. Ah, correr libre por la llanura otra vez, cazar snarebits, huir de bestias rodantes. Impresionar a las chicas. Se quedó dormido.

 

—Hora de mudarse, viejo —dijo Félix al entrar en la cabaña de Vincent—. El lugar nuevo ya está listo.

Detrás de él, Fernando, Bebe y Raquel estaban listos para ayudarlo a llevar sus pertenencias cincuenta metros cuesta arriba, hasta la cabaña nueva.

—No estoy seguro de estar listo para mudarme todavía —dijo Vincent, alzando la vista desde su antiquísimo sillón.

Félix suspiró, como si lo esperara.

—En unas pocas semanas podrás escupir por la ventana de atrás directamente al agujero —dijo.

—Sí —aceptó Vincent—, pero viví aquí cincuenta años. Tengo cosas que ordenar, cosas que empacar.

—Por eso traje a este grupo servicial. —Félix hizo un gesto por encima del hombro con el pulgar. Fernando sonrió, dispuesto a ayudar.

—Hay cosas con las que ellos no pueden ayudar. —Vincent recorrió con la mirada la pequeña sala—. Dora vivió aquí conmigo cuarenta años, ¿sabes? Eso no se empaca en un día.

—Lo sé, viejo. —Félix miró al suelo—. Vendremos mañana. Se echó hacia atrás hasta la puerta; se detuvo, se volvió y se fue.

Un instante después, Vincent se dio cuenta de que Fernando todavía estaba allí.

—¿Puedo entrar?

—Claro, muchacho. —Señaló la otra silla y Fernando se sentó con cautela; no dijo nada durante un rato.

—Dicen que el agujero no lleva a ninguna parte.

—Eso dicen.

—¿Eso es lo que tú crees?

—No sabría decirlo. Nunca he bajado ahí.

—Pensé que tal vez tú sabrías —dijo Fernando—, siendo que tú eres tan…

—¿Viejo? —Vincent soltó una risita.

—Bueno, iba a decir sabio. —Se puso de pie y dio dos pasos hasta la ventana, donde el agujero se abría enorme a pocos pies de distancia: seis metros de ancho, negro como la noche por dentro—. Es que tu casa se va a caer pronto. Me hizo pensar, ¿sabes?

—Me hizo pensar durante mucho tiempo. —Se incorporó con esfuerzo y se colocó junto a Fernando—. Me mudé cuando esta casa era nueva.

—¿Bajaste toda la pendiente? —La idea parecía asombrar a Fernando. El trayecto de cincuenta años que tardaba un edificio en deslizarse desde el borde de la hondonada hasta el borde de la sima estaba muy lejos de su experiencia.

—Dicen que antes tardaba cien años —dijo Vincent.

Fernando inclinó la cabeza.

—¿De verdad?

—Eso dicen.

Fernando señaló, al otro lado del agujero, los restos desmoronados de la antigua casa familiar de Bebe, que se había derrumbado dos meses antes y en su mayor parte había desaparecido por el borde.

—No quieres estar en casa cuando pase eso.

—No. —Vincent volvió a sentarse—. Ahora, muchacho, si no te importa, tengo que echar una siesta.

Cerró los ojos antes de que el chico se fuera.

 

—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó Fernando.

Vincent miró la llanura sin rasgos, fresca y aparentemente amigable a la luz de la mañana. Estaba a casi un kilómetro del poblado, más allá de los cultivos y de los colectores de rocío; demasiado lejos como para escapar si aparecía una bestia rodante en el horizonte. A lo sumo podía arrastrar un paso cojo, no como en los viejos tiempos, cuando corría vueltas por el borde del poblado por diversión.

—Mirar —dijo al fin.

Fernando se quedó a su lado en silencio, contemplando el horizonte.

—¿Mirar qué?

—Mi vida.

—Ajá. —Parecía que Fernando, pese a su juventud, quería entender algo más profundo—. ¿Vincent?

—¿Sí?

—¿Qué hay en el agujero?

—Nadie lo sabe.

—¿Alguien ha intentado bajar?

—Nadie que quisiera volver a subir. —Dora, atravesada por el dolor, alejándose del final de su jardín, cayendo fuera de la vista. Él la había besado en la puerta y la había visto irse.

—¿Qué pasa con las bestias rodantes que caen por el borde?

—No vuelven. —Se dejó caer al suelo con un crujido, junto a una flor amarilla brillante—. Mira esto.

Fernando se agachó a su lado. Vincent tiró con cuidado, despacio, y la flor salió de la tierra con una raíz larga y gruesa. Señaló el pequeño agujero que había quedado. Se llenó enseguida de polvo y arenilla.

—¿A dónde fue el polvo? —preguntó.

Fernando se quedó en blanco.

—A la tierra.

—Exacto.

—Pero no es lo mismo que la sima. Esa nunca se llena.

Vincent se incorporó con esfuerzo, y Fernando saltó para ayudarlo.

—“Nunca” es mucho tiempo.

—¿Quieres decir que un día se llenará?

Vincent empezó a caminar hacia el poblado. Despacio.

—Tendrán que caer muchas casas primero.

—¿Pero dónde viviremos? ¿Cómo escaparemos de las bestias rodantes?

—Yo no me preocuparía, muchacho. Falta mucho para eso.

Fernando caminó pensativo a su lado un rato. Se detuvieron en la cima de la hondonada, mirando hacia abajo la cabaña nueva. Félix saludó con la mano desde el umbral, con un pequeño grupo de ayudantes y bienintencionados detrás.

—Ya subimos todo —gritó.

—Gracias. —Vincent cruzó con cuidado el borde, se agarró del pasamanos al bajar y entró en la casa nueva. Era igual que la antigua, pero vacía de cualquier cosa que Vincent conociera.

Félix sonrió con orgullo y luego con inseguridad.

—¿Está bien?

—Gracias, Félix. Está bien. —Acarició el brazo de su sillón viejo—. Está todo bien. Se sentó y miró cómo una docena de aldeanos deambulaba por su nueva sala, felicitando a Félix por sus dotes de constructor y a Vincent por su nueva vivienda, bebiendo jugo de raíz y admirando la vista elevada desde la ventana. A más de uno le habría encantado quedarse con el lugar cuando él ya no estuviera. Pronto se fueron, y lo dejaron en paz.

 

Llegó el mediodía, y Vincent se levantó de la silla con el desasosiego clavado en el cuerpo. Bajó con cuidado por la pendiente, asintiendo con sequedad a los pocos aldeanos que se cruzaban o lo observaban desde sus ventanas. La casa vieja seguía allí, triste y abandonada al pie de la pendiente, esperando su zambullida final en la sima. La puerta chirrió cuando la empujó, y entró.

Esa casa tampoco estaba bien ya. No quedaba nada que le perteneciera. Pero había familiaridad: las tablas del suelo crujían en el lugar correcto, una grieta ondulaba por el techo, el hollín manchaba la pared alrededor de la chimenea. La casa nueva tenía todas sus pertenencias, pero ninguna huella de su historia.

Vio movimiento afuera, por la ventana trasera. Vincent entrecerró los ojos ante el resplandor y caminó hasta la puerta de atrás. No la habían abierto desde hacía tiempo: estaba demasiado cerca del agujero. Empujó, se apoyó, hizo fuerza, hasta que se soltó del marco deformado y se abrió.

Los restos de la cerca de su jardín iban desde la pared hasta el borde de la sima. Un par de piernas se enroscaba en el poste más alejado, sosteniendo a una figura inclinada sobre la oscuridad abismal. Vincent carraspeó fuerte.

—¿Qué estás haciendo?

Con un forcejeo de brazos y piernas y tierra que se corría, Fernando se apartó del borde. Tenía el catalejo de vigilancia apretado en una mano.

—Intento ver —dijo.

Vincent se arrastró hasta la cerca y avanzó con cautela, sin fiarse de sus piernas temblorosas tan cerca del agujero.

—¿Ves algo ahí?

—Solo oscuridad. —Fernando alzó el catalejo—. Incluso con esto, nada. —Señaló el sol, implacable sobre sus cabezas—. Esperé al mediodía, para tener mejor luz.

—No verás nada —dijo Vincent.

—¿Tú miraste?

—Claro que miré. —Se rascó la barbilla—. Todos miran. Con el tiempo.

Fernando frunció el ceño y volvió a mirar el agujero.

—Quiero bajar ahí.

—No hay nada ahí abajo.

—Pero… —Fernando miró alrededor: la casa desmoronada, la cerca, el agujero—. Pero, si atara una cuerda a la cerca, podría bajar…

Vincent lo miró unos segundos. Inspiró hondo.

—¿Hasta dónde crees que llegarás?

—No lo sé. Hasta donde pueda.

—No es suficiente. No hay cuerda en todo el poblado que te lleve hasta el fondo.

—¿Se ha intentado?

—Muchacho: aquí vive gente desde antes de que naciera mi abuelo. ¿Crees que eres el primero que quiere bajar?

Fernando se desinfló.

—Supongo que no.

Vincent le dio la espalda al agujero.

—Ahora ayúdale a un viejo a subir la pendiente.

 

Semanas de vivir en la casa nueva no lograron que Vincent la sintiera más como un hogar. Otra sección de la cerca del jardín cayó en la sima, y luego el último tramo se desprendió de la pared y desapareció por el borde. Vincent se sentaba y dormitaba en su sillón favorito, y cumplía de vez en cuando su turno de vigilancia en el borde cuando los aldeanos salían a cazar o a atender los cultivos.

Esta vez lo alertó un grito a lo lejos. Levantó el catalejo maltrecho y fijó la vista en tres figuras en la distancia: otra vez Fernando, Bebe y Raquel. Fernando cojeaba mucho, arrastraba una pierna, sostenido por los otros dos. Bebe agitaba un brazo con urgencia y volvió a gritar. Vincent tocó la campana.

Para cuando Félix y otros hombres atravesaron los cultivos y llegaron hasta los tres jóvenes, Fernando ya se había desplomado. Lo levantaron y lo llevaron de vuelta al poblado. Cuando todos estuvieron a salvo tras el borde, Vincent dejó su puesto y avanzó cojeando hasta la mitad del cuenco, hacia la casa de Fernando. Raquel y Bebe estaban fuera, con los rostros desfigurados por el miedo.

—Lo mordió una serpiente dardo —dijo Raquel cuando él se acercó.

Vincent se detuvo; los hombros se le hundieron más de lo habitual. Las serpientes dardo eran mala noticia. Aunque llegaran a tiempo a la mordida, sería terrible para Fernando.

Mucho más tarde, después de los gritos de Fernando y del llanto de muchos otros, dejaron que Vincent lo viera. El joven yacía en la cama, pálido y sudoroso, el cabello pegado hacia atrás y los ojos vidriosos. Había trapos ensangrentados alrededor del muñón donde le habían amputado la pierna izquierda.

Vincent se sentó en silencio y le tomó la mano. Fernando rodó los ojos, sonrió con temblor y quedó inmóvil.

 

Vincent no vio a Fernando durante muchos días. Incluso Bebe y Raquel le dijeron que no lo vería. Un hombre con una sola pierna en un poblado en forma de cuenco no tiene mucha libertad. Vincent se abrió paso a la fuerza al cabo de dos semanas.

—Vete —fue toda la respuesta que obtuvo cuando Fernando le dio la espalda.

Vincent se sentó y ahuyentó a la madre de Fernando, que se veía demacrada.

—Tu pierna —dijo Vincent— cumplió tu sueño por ti. Bajó al agujero.

Fernando soltó una risa corta y amarga.

—Es el único lugar donde debería estar —dijo un momento después—. ¿De qué sirvo ahora?

—¡Fernando! —la voz angustiada de su madre desde la otra habitación.

—Silencio —dijo Vincent, a ambos—. Fernando, esto no tiene por qué ser el final. Silencio—. Ahora tienes que encontrar tu propio propósito.

Un gruñido fue la única respuesta.

—Volveré —dijo Vincent.

 

Llegó el otoño y Fernando empezó a moverse por el poblado, apoyándose torpemente en una muleta, cayéndose a menudo y rodando cuesta abajo. No hablaba con nadie.

Con el clima más fresco y la humedad frecuente, las piernas de Vincent se le trabaron, y se encontró tan inmóvil como el amputado. Era peor que el año anterior. Mucho peor. No podía hacer guardia en el borde, apenas podía entrar y salir de la cama. Nunca creyó llegar a ser tan viejo.

Un día la puerta chirrió al abrirse, mientras él yacía indefenso en el suelo, magullado y sacudido por una caída desde la cama. Fernando entró a saltos, sosteniéndose del marco.

Vincent alzó la vista con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué quieres, muchacho?

Fernando avanzó arrastrándose, se sentó en el suelo y tomó la mano de Vincent.

—Te ayudaría a levantarte, pero… —señaló el lugar de su miembro perdido.

Los dos miraron el espacio vacío y luego, como si quisieran compensar semanas de silencio, se echaron a reír. Vincent no se había reído tanto en años, no desde que Dora lo dejó. Se rio hasta quedarse sin aliento y se secó las lágrimas. Fernando hizo lo mismo con la manga.

—A ver —dijo al fin. Se incorporó hasta el borde de la cama, agarró el brazo de Vincent y tiró hasta dejarlo sentado a su lado.

Vincent se acomodó mejor contra la pared.

Fernando recobró el aire, luego se movió hacia el sillón. Se sentaron en silencio durante mucho tiempo.

—¿Fernando? —su madre asomó por la puerta desde afuera, ya oscureciendo. Sonrió a Vincent—. Pensé que vendrías aquí.

—Entra —dijo Vincent.

—¿Quieres que te ayude a volver a casa?

Fernando negó con la cabeza.

—Vincent y yo estamos hablando.

La madre dudó un instante.

—Bien. ¿Te veré pronto?

—Sí, mamá. Te veré pronto.

Ella se fue, asintiendo para sí.

—¿Sabes? —dijo Fernando después de otro largo silencio—. Creo que encontré mi propósito.

Vincent lo miró, interrogante.

—Si eso es lo que tú quieres —dijo Fernando despacio.

Vincent suspiró, largo y suave.

—Creo que sí.

La oscuridad era completa cuando salieron de la cabaña, con el brazo de uno alrededor de la cintura del otro, apoyándose en los marcos de puerta y en los pasamanos. Avanzaron lentamente hasta la antigua cabaña de Vincent, ahora balanceándose de forma precaria en el borde de la sima.

Dentro, la vieja sala de Vincent estaba ahogada en sombra. El suelo crujía mucho más que antes. Tropezaron hasta la puerta trasera y se apoyaron con fuerza. Vincent temblaba de pie, aferrado a la pared, mientras Fernando luchaba con la puerta, endurecida por el marco deformado. Poco a poco cedió y la empujó hasta abrirla.

Vincent miró hacia la oscuridad impenetrable que comenzaba apenas pasado el umbral.

—¿Seguro que quieres averiguar qué hay ahí abajo, muchacho?

Fernando asintió.

—¿Listo, viejo?

Atravesaron juntos la puerta.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

EL VACIADERO

Víctor Lowenstein


El doctor Morales arrastraba el carrito de rulemanes con su carga algo incómoda para ser llevada por esas dunas llenas de pedregullo. Un poco más adelante la pendiente bajaba hasta el vaciadero; un estanque de aguas poco profundas con salida al río de corriente rápida que bajaba desde el monte. En el vaciadero podía encontrar fácilmente a Rolfo, el encargado de deshacerse de todo lo que le llevaban los de la ciudad; desde productos contaminados hasta automóviles robados. A nada se negaba por una o dos monedas de plata. De eso vivía…

Morales se detuvo para un breve descanso. Extrajo el pañuelo de seda del viejo abrigo que su mayordomo le había prestado para la ocasión, y con él se enjugó su frente perlada de sudor. Miró sus pantalones raídos y las botas de pesca. Buena elección de vestuario para aparentar ser una persona común, clase media baja.

Volvió a mirar el bulto que cargaba en el carrito. Poco más de medio metro de largo y muy poco ancho apretado en una bolsa negra de residuos. Sintió dolor y lástima. Con cuidado ocultó el pañuelo y retomó la marcha, aferrando la soga con que llevaba su carga. Al borde de la pendiente lo vio: en medio del estanque, con el agua hasta los muslos. Sólo usaba unos pantalones cortos. El torso desnudo, la barriga y los brazos fláccidos estaban cubiertos por ese barro espeso y fétido que llenaba las aguas del estanque.

  “El rey del vaciadero” había sido apodado Rolfo sin mucha justificación; su reino era en todo caso una marisma de aguas negras donde iban a desaparecer los pecados ajenos. Rolfo no lo entendía así. La palabra rey le hacía sonreírse como un idiota y tocarse la cara regordeta para constatar esa identidad regalada. A menudo se rascaba la crespa cabellera negra siempre húmeda que mojaba a cada rato para protegerse del sol. Parecía sano, pese a pasarse el día con la mitad del corpachón hundido en aquel cenagal putrefacto. Como les decía a menudo a sus eventuales clientes: “esta vida me gusta mucho, el trabajo es fácil y no tengo de qué quejarme”.

Morales se acercó lo suficiente para que el otro pudiera verlo y para no tener que enlodar sus botas en la orilla pestilente del vaciadero. Rolfo estaba de espaldas a la orilla. En ese momento se agachaba para sacar algo de las aguas. Algo pequeño, que miró a trasluz, antes de llevárselo a la boca y chuparlo. Ahí vio al doctor, que aguardaba su atención desde la orilla, quieto y expectante.

—¿Qué le parece? —gritó Rolfo, vadeando las aguas estancadas hacia él, hasta que pudo ver su rostro—. Una moneda de un céntimo. Debió caerse de la última carga.

Morales asintió con los dientes apretados en una forzada sonrisa. Vio el brillo de la moneda chupada, los dientes opacos y el mofletudo rostro amable del rey de las aguas sucias del vaciadero. Sus ojos, no menos amables, fijaron su atención en el carrito y su carga.

—¿Qué es? —preguntó con total inocencia.

El doctor Morales se apresuró a extraer dos monedas de plata de un bolsillo de su abrigo, las colocó casi sobre las narices del otro que exhibió toda la opacidad de su dentadura al tomarlas. Se llevó una a la boca y la chupó largamente.

—Plata auténtica —fue todo lo que dijo, en voz baja. El doctor emitió otra de sus sonrisas incómodas, viendo a Rolfo abandonar las aguas con sus pies descalzos agrisados por el barro. Caminó despacio hasta el carrito. Observó de cerca el bulto encerrado en la bolsa de residuos y miró al doctor, sin esperar respuestas. Con hábiles manos levantó la bolsa y la cargó sobre sus hombros. Echando otra mirada al hombre de ciudad, se volvió a meter en las aguas.

Morales se quedó mirándolo entrar a las aguas, vadear de a pasos cortos el denso estanque hasta la zona más alejada donde la grisura se volvía algo más clara y las aguas se arremolinaban hacia la corriente del río. Hasta que oyó el chapoteo. Entonces, sin pensarlo demasiado se metió en las aguas y con torpeza fue acercándose hacia Rolfo. Sus botas se atascaban en el fango y comenzó a sollozar, no por el esfuerzo sino por algo que pugnaba por salirle de dentro. El encargado del vaciadero se volvió lentamente; observó al ciudadano y adivinó que esos pantalones ahora llenos de barro no eran suyos, ni el abrigo más propio de un mayordomo, ni seguramente las botas compradas en un mercado de ocasión; tampoco le sorprendieron las lágrimas del hombre. A un metro escaso de distancia levantó una mano en señal de prevención.

—Hasta aquí, señor —dijo casi en voz baja—. Más no se puede pasar.

Morales se detuvo y dejó caer los brazos, vencido. Comenzó a balbucear; el llanto le dificultaba hablar, pero se esforzaba en decir algo.

—Usted no entiende, buen hombre. Ella, la carga… ¡Era mi madre! ¡Mi madre!

Rolfo lo miró con gravedad, sin sorprenderse mucho. Años de vaciar vergüenzas ajenas lo habían dejado insensible, acostumbrado a ignorar sentimientos ajenos y propios. Usó su mano libre para señalar la línea arremolinada donde el vaciadero se volvía río correntoso.

—¿Ve esa trenza de agua? Lo que llega hasta ahí ya no vuelve, no se puede recuperar; ¿entiende?

La mirada del doctor se perdía en un extremo de la bolsa negra con la que una tolvanera de agua y polvo jugó hasta que se perdió de vista. La bolsa, el cuerpo muerto de su madre, ya le pertenecía al río y su misterio. Acabaría en su fondo con vehículos, armas, valijas comprometedoras y cosas impensadas con las que Rolfo no había confrontado una sola pregunta, un mísero reparo. Asintiendo, el doctor se dio la vuelta lentamente y regresó hasta la orilla, con la voz del encargado susurrando como un consuelo: “vaya, vaya…”

Al pasar de la orilla, miró el carrito como se observa algo culposo y ya ajeno a uno. Lo levantó por la soga y se lo ofreció al hombre que seguía en medio de las aguas.

—¿Lo quiere, le sirve para algo? —Con sorprendente agilidad, Rolfo vadeó las aguas hacia la orilla, salió y tomó el carrito entre las manos regordetas mientras su boca dibujaba una sonrisa infantil.

—A mis hijos les va a encantar —dijo.

—¿Tiene muchos? —preguntó el doctor.

—Ocho.

  Típico, pensó Morales, girando en redondo hacia la planicie, hasta la ciudad, su residencia, el orden. Ya no quiso mirar atrás. Lo último que escuchó fue la voz del bruto, sus palabras como esquirlas de agua sucia e infecta.

—Al menos mis niños tienen a su abuela. 


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.


martes, 3 de marzo de 2026

EL DESEO DEL PASADO

Simonetta Olivo

 

—Mamá, apóyate aquí, que si no te resbalas.

Mi madre camina con pasos lentos, cortos, concentrada como una gimnasta en las olimpiadas. La oigo jadear. El calor de agosto nos asalta y pega la ropa a la piel: la suya, pálida, tensa, seca, por momentos invadida por manchas de la edad; la mía, apenas dorada, con arrugas incipientes y alguna flacidez vergonzosa escondida bajo el pareo.

—¿Has traído la crema solar?

—Sí, mamá.

—¿Y la fruta?

—También. ¿No hace un sol precioso hoy?

—Demasiado calor. Este es el último año que vengo.

Siempre dice lo mismo, cada verano, desde que papá ya no está: este es el último año que vengo. Pero luego en agosto regresa. A estas alturas, pienso que quizá apuesta por una partida suya que se adelante al verano siguiente.

El socorrista nos espera cada mañana, la sombrilla ya abierta, para ayudarme a acomodar a mamá en la tumbona sin que ninguna de las dos se rompa. Ya ni siquiera puede leer los periódicos, así que desde esa posición no le queda más que mirar hasta donde alcanza la vista y contarme sus historias, siempre las mismas.

—Cuando era pequeña, en verano ayudaba a mi padre en la tienda: a despachar el pan, a hacer las cuentas, a limpiar el suelo. ¡No existían las vacaciones! Conocimos a algún veraneante: venía al pueblo vecino al nuestro a tomar el aire. Pero eran ricos y pensaban todo distinto que nosotros. Vi el mar por primera vez a los nueve años, cuando me enviaron a una colonia porque la abuela Irma se estaba muriendo y no había tiempo para ocuparse de los niños. ¡Las maestras de la colonia eran realmente malas! Y nunca había nada decente para comer. La primera vez que me fui de vacaciones me llevó tu padre: tú todavía no habías nacido. Nos quemamos tanto que no podíamos dormir, pero me gustaba mucho comer pescado en la pensión… ¿cómo se llamaba? Da Irene, pensión Da Irene.

Los recuerdos de mamá nacen unos dentro de otros y se multiplican como burbujas de jabón, desordenados y evanescentes. Es como si no pudiera quedarse en una imagen más que unos segundos, porque el flujo de la memoria la arrastra enseguida a otro lugar, como a una náufraga a merced de las corrientes. Normalmente la escucho un poco, asiento, finjo no haber oído nunca esa historia, pero dentro de un tiempo ya calculado sé que debo cortar y cambiar de tono, antes de que empiece a llorar como una niña.

—Voy a darme un baño.

—¿No estará movida el agua?

—No, mamá.

—Sal pronto, que no se te pongan los labios azules.

¡Esa historia de los labios azules! Cuando era niña me había convencido: a esa señal empezaba un desmayo y había que salir deprisa del agua, antes de morir ahogada. Quizá entonces se lo inventó para que regresara a la sombrilla, pero es evidente que en algún momento empezó a creerlo, y el hecho de que yo tenga casi cincuenta años no hace menos urgente su advertencia.

Preocuparse por mi supervivencia siempre ha sido su manera de llenar la ausencia de una relación explícitamente amorosa. Mi madre nunca ha sido afectuosa, ni conmigo ni con nadie. Su cuerpo anguloso no me provoca más que una sensación de extrañeza y un incómodo deseo de mantenerlo a distancia. Es algo desconocido: cuesta creer que me haya llevado dentro.

Mis hijas me enseñaron, a pesar mío, a ser distinta de ella: me abrazaron, me besaron, mamaron de mí, se instalaron en mi cama, me pidieron las buenas noches, que les repitiera mi amor cada día, cada mañana; hicieron de su vínculo palabras y gestos que aprendí como una lengua extranjera. Así me sentí con todo el derecho de recordarles, a veces enfadada, a veces en broma, que habían salido de mi vientre. De todo lo que aprendí sobre los cuerpos como madre, más que como hija, ese fue el hecho más desconcertante y definitivo. Así como no se puede volver al útero, tampoco es posible retroceder desde la experiencia de haber tenido otro cuerpo dentro del propio. A veces me pregunto cómo fue posible, para mi madre, ponerme tan lejos después de haberme tenido dentro.

La arena húmeda primero me hace cosquillas en los pies, luego los hunde un poco en el encuentro con el mar. La humedad distorsiona la luz, que tiembla y se oscurece mientras me vuelvo hacia la sombrilla para saludar a mamá.

Inclinada hacia delante en el esfuerzo por verme, parece una niña sin gafas: se ha vuelto tan pequeña en los últimos años, desde que murió papá... Al mirarla ahora, cualquier pensamiento sobre su incapacidad de mostrarme amor me parece tonto y cruel. Ojalá hubiera hecho por ella lo que mis hijas hicieron por mí. Pero es tarde. Yo también he envejecido.

El agua está apenas fresca. El alivio se vuelve una pequeña descarga cuando llega al vientre, pero enseguida pasa: me pongo la máscara y me sumerjo. Me gusta nadar con los ojos abiertos. Sobre todo, amo el silencio del mar. Al principio, cuando se está cerca de la orilla, quedan sonidos lejanos y amortiguados, pero ya no se entienden las conversaciones en la superficie; es como una lengua que de pronto se vuelve ajena. Poco a poco algún golpe, luego, mar adentro, solo el agua. De vez en cuando salgo a respirar. Los bancos de peces son siempre una sorpresa; a veces me dan miedo, como si pudieran engullirme y apretarme.

Es allí, lejos de todo, donde me siento verdaderamente yo, fuera de cualquier papel o impostura que haya asumido en mi vida, sin deseo ni deber, inmersa en un presente perfecto y silencioso. El tiempo tiene otra duración y el cuerpo ya no es un estorbo pesado y deteriorado.

Cuando era niña imaginaba quedarme en el fondo del mar por alguna magia indefinida; era una persona especial que podía vivir bajo el agua, sin hablar, con el cabello extendido alrededor del rostro como una corona; era como un delfín, más que eso: me convertía en un ser distinto, que no pertenecía ni a un mundo ni al otro, con enormes poderes que fingiría no poseer una vez en tierra firme.

Imagino que esta idea, la de ser especiales, atraviesa la mente de muchos niños, alimentándola a veces.

Recuerdo con nitidez las veces que llevaba un dibujo a mamá pensando que era realmente bonito. Ella apenas apartaba la vista de la revista o del televisor y asentía con una sonrisa fingida.

—Bonito.

Nada más.

Después intenté mostrar otras cosas: excelentes notas, novios que pudiera aprobar, un cuerpo delgado. Pero nada atrajo realmente su mirada hacia mí. Ni siquiera los cortes en los brazos, el vómito de alcohol, los cigarrillos bien visibles. Tras un breve paréntesis de adolescencia desesperada, volví a llevarle un bonito dibujo de mí: el concurso, la cátedra, un marido, dos hijas.

 

Salir del mar es como un despertar: el sol calienta e ilumina las gotas de agua sobre mi cuerpo, que resbalan despacio desde el cabello, por los labios, por los brazos, volviéndose aire fresco, respiración. Las piernas avanzan con dificultad, como si tuvieran que reencontrar una dimensión y un ritmo perdidos hace tiempo, pero no olvidados. Los ruidos regresan todos juntos: los golpes de los balones en el agua, el bullicio de los niños, el hombre que grita:

—¡Coooco, coooco! ¡Coooco bonito!

A las voces se suma la de mamá, que me llama y agita el brazo desde la orilla, de pie. Con el bañador amarillo y el amplio sombrero de paja parece una estrella de revista.

Ha ocurrido algo: mamá es distinta, parece más joven. Quizá porque ahora trabaja de dependienta en Upim; se nota que estaba cansada de quedarse en casa. Sin embargo, sigue insistiendo con la historia de los labios azules. Me miro las yemas de los dedos: mala señal, están llenas de marcas. Me lo dirá.

Después del baño, siempre llega el melocotón. No logro imaginar nada más delicioso. En la boca aún queda el sabor salado del mar y la pulpa es más dulce que un helado, con el jugo que moja las mejillas y las manos para caer luego en la arena y dejar pequeñísimos agujeros más oscuros, que se secan y desaparecen en un instante.

—¿Puedo ir a jugar?

—No, quédate un rato bajo la sombrilla, que el sol pega fuerte.

—¿Puedo ir al bar a escuchar la gramola?

Mamá levanta la vista del crucigrama.

—Ahora lee un poco.

Esta historia de leer empezó este año. Dice que sirve para la cultura, para la universidad, que no debo ser dependienta como ella. Pero no sé qué es la universidad, y trabajar en Upim me gustaría: podría ir a mirar siempre los juguetes del piso de arriba y volverme guapa como las compañeras de mamá, con tacones y permanente.

El libro huele bien, a nuevo; lo compramos en los puestos de la plaza, costaba poco. Se titula Kim y habla de aventuras. Me tumbo boca abajo sobre la toalla. La arena es suave, se adapta a mi cuerpo, es mejor que una cama, solo que se mete en las páginas, las invade, y cuanto más soplas más llega, así que espero a que mamá y papá se vayan a pasear para ocupar la tumbona, donde la arena, sin embargo, se vuelve áspera entre el plástico y la piel.

Regresan con un bollo relleno que como en pequeños mordiscos para que dure más: a las mejillas pegajosas del melocotón se añade el azúcar glas.

—Ve a lavarte la cara, que no se te puede mirar —dice mamá.

Me pongo de pie como un soldadito.

—¿Y después puedo ir al bar a escuchar la gramola?

Mamá se ajusta el sujetador del bañador, le pasa la crema a papá y me mira por debajo de las gafas oscuras.

—¿No te parece que gastas demasiadas moneditas?

—Vamos, déjala. Toma, te doy yo las cien liras.

Antes de que cambien de idea ya estoy corriendo por la pasarela, que quema bajo los pies.

El bar es un carrusel de granizados de colores que giran, carteles de helados y tazas de capuchino que chocan en su recorrido. El olor a crema de coco de las señoras es más fuerte cerca del mostrador, donde se agolpan con las espaldas rojas marcadas de blanco por el bañador. Releo todos los títulos de las canciones, el de arriba y el de abajo de cada botón. ¡No sé cuál elegir! Pero otra niña avanza con su moneda en la mano y la idea de que me quite el turno acelera mi decisión.

Canto toda la canción, que sé de memoria, en voz baja, apoyada en la gramola, mirando de reojo a los niños que toman helado. Me pregunto si este verano tendré algún amigo. El año pasado había una niña que venía a nuestra sombrilla; incluso trajo su toalla. Fue extraño: siempre estábamos solo nosotros, yo, papá y mamá, excepto cuando venían en Navidad los tíos y primos de la Toscana. Con mi amiga del mar construí una pista para canicas, así que mamá se convenció de comprármelas por la noche en el pueblo. Aún las tengo todas, y la más bonita tiene cuatro colores dentro.

Cuando regreso a la sombrilla es casi mediodía; cuesta estar al sol, nos apretamos en la sombra, que se ha vuelto pequeña y caliente.

—¿Esta tarde vamos en el pedal?

Lo pido desde el año pasado; me gustaría muchísimo.

—Ya veremos. Ahora ve a mojarte un poco más, que hace calor.

Mamá responde siempre lo mismo a todo: ya veremos. ¡Si pudiera decidir yo! Si pudiera… Mientras entro en el mar paso junto al pedal y oigo el agua golpear contra él. Me vuelvo hacia la sombrilla: nadie me mira. Me acerco, toco las barras de hierro, lo sacudo un poco. Por un instante pienso que podría al menos sentarme encima, solo un momento, sin que nadie se dé cuenta. Pero el corazón me late fuerte en la garganta y me detiene.

Corro hacia el agua hasta que me llega a las caderas, luego vuelvo a mirar el pedal. ¡Cuánto me gustaría subir! En ese instante me parece que nunca he deseado nada con tanta intensidad.

No sé por qué, pero me dan ganas de llorar.

Con la boca abierta tomo todo el aire que puedo y me sumerjo bajo el agua.

 

Cuando salgo del mar, el sol quema la piel.

Mamá insiste en que le traiga un polo de menta.

—¿Sabes? Cuando yo era niña los polos no existían. La abuela hacía sirope de saúco y en verano vertía un poco sobre hielo. Luego llegaron los helados, pero solo a las ciudades. Cuando fui a la secundaria había un heladero cerca de la estación de autobuses. Tenían dos sabores, fresa y limón. En verano, para refrescarnos, íbamos a bañarnos al río, todos los chicos del pueblo juntos, y competíamos para ver quién se atrevía a meterse bajo la cascada. La primera vez que me fui de vacaciones me llevó tu padre: tú todavía no habías nacido. Nos quemamos tanto que no podíamos dormir, pero me gustaba mucho comer pescado en la pensión… ¿cómo se llamaba?

—Da Irene. Todavía existe, ¿sabes?

Veo que ante esa noticia su mirada se pierde. Mamá parece quedarse inmóvil, desconcertada de que algo del pasado siga existiendo.

—¡Mira que el polo te está goteando en la mano!

Sin pensarlo, saco un pañuelo del bolso y le limpio la mano. Se ríe; ese contacto la incomoda.

—¡Dios mío! Mira lo que he hecho…

Le paso el pañuelo para que lo haga ella misma.

—No importa, mamá. De verdad.

Me vuelvo hacia el mar.

En un instante, todas las imágenes se suman y se multiplican: las mías, las suyas, las nuestras.

Las de papá.

El socorrista arrastra un pedal hasta la orilla. Siento su olor, la consistencia del hierro, el ruido del mar al pasar por debajo.

El deseo del pasado me arrolla, como una ola.

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

ESPOSO DIGITAL

Kalpna Kulshreshtha

(Publicado el 6 de octubre de 2014 en el diario Dainik Jagran con el título “Juego terrible”)

 

En la ardiente tarde del mes de junio, vestido con mi toga negra, estaba sentado en el sillón de mi oficina. Frente a mí se encontraba la señora Satya Tiwari, sosteniendo un vaso de mango shake frío entre sus manos. Sobre la gran mesa de madera de sisam que nos separaba se acumulaban, de manera desordenada, la computadora, el teléfono y los expedientes. El aire acondicionado, alimentado por energía solar, había enfriado suficientemente la habitación.

En el hermoso rostro de la señora Tiwari se reflejaba la tristeza. Su sari blanco, su frente sin el punto rojo y la raya del cabello vacía me inquietaban.

—No fue una muerte normal, señor abogado —decía ella.

—Pero el informe de la autopsia deja claro, señora, que su esposo, el profesor Abhishek Tiwari, murió de un ataque cardíaco —intenté explicarle.

—Hace apenas un mes se había hecho un chequeo completo. Estaba perfectamente sano. Sin embargo, unos días antes de su muerte comenzó a mostrarse muy preocupado. Sentía que algo funesto iba a ocurrir. Usted es un abogado reconocido en la ciudad, señor Omkar Nath. Quiero que investigue este caso —dijo la señora Tiwari con la voz entrecortada.

—Está bien. Veré qué puede hacerse —asentí con la cabeza, inflándome de orgullo en silencio. Había llegado a mí por medio de un familiar, así que de todos modos no podía negarme.

Después de que se marchó, aflojé mi corbata y me recosté con las piernas estiradas. Mi asistente personal, Ruby, estaba preparando café frío. En realidad, era un androide con apariencia humana. A petición especial mía, la empresa le había dado la apariencia de la célebre actriz de antaño Priyanka Chopra.

—Nadie en el mundo prepara café mejor que tú, cariño. Dan ganas de besarte las manos —la provoqué deliberadamente.

—Por supuesto, señor abogado —respondió Ruby, extendiendo las manos.

En cuanto las toqué, una fuerte descarga eléctrica me devolvió a la realidad. La programación que le había hecho la empresa era realmente formidable.

—El micrófono que llevo incorporado está conectado directamente al teléfono inteligente de su esposa, señor —dijo Ruby con una sonrisa.

Oh… así que todo era obra de mi mujer, que sentía celos de Ruby. Me limité a suspirar profundamente.

Reanimado por el café, me puse a trabajar. Registré el caso en mi computadora con el nombre clave “Operación Muerte”. Era un asunto de alto perfil. La “Universal Bioinformatics Company”, donde trabajaba el profesor Abhishek Tiwari, no era una empresa cualquiera. Numerosas figuras influyentes poseían acciones allí. Debía investigar con suma cautela.

Habían pasado aproximadamente diez días. Lo que había descubierto comenzaba a inquietarme. Algo extraño había ocurrido con la prestigiosa empresa, conocida como UBC, y fundada en años recientes. La compañía había contratado a destacados expertos en informática y biología con paquetes salariales extraordinarios. Sin embargo, al poco tiempo, la mayoría de los empleados había muerto de causas aparentemente naturales o accidentales. Algunos empezaron a considerar a UBC una empresa maldita. Otros afirmaban que se trataba de una conspiración de compañías rivales. En las investigaciones realizadas hasta el momento no había surgido nada sospechoso.

De pronto, una paloma revoloteó contra la ventana de mi oficina. En este mundo electrónico era casi imposible mantener algo en secreto, por lo que en este caso había recurrido a un método de comunicación no electrónico, tan antiguo como los siglos. Tomé la paloma y desaté la carta atada a su pata.

“Dicen que el trabajo de la empresa se realiza mediante un método 3D. Pero aquí hay algo que no encaja. Reúnase mañana en UBC City. —Milind.”

Quedé pensativo. Aquella carta confirmaba las sospechas de mi clienta. Era de mi asistente Milind, a quien había infiltrado diez días antes en UBC como empleado de oficina. Con gran dificultad y usando mis contactos, había logrado colocarle allí. Sin duda había encontrado una pista importante.

Horas más tarde, mi aerocoche de alta velocidad aterrizaba en el estacionamiento aéreo de UBC City. Bajé en el ascensor y me senté en la recepción, observando a la recepcionista Kangana, cuya sonrisa permanente revelaba que, al igual que Ruby, era un androide. A mi alrededor había grandes vitrinas de cristal donde se exhibían los productos de la empresa: animales bioelectrónicos como ratones, mangostas, gatos y mariposas, todos con neurochips implantados. Podían ser controlados mediante un control remoto o un teléfono inteligente para que realizaran cualquier tarea deseada. En vez de entrenar a sus mascotas, muchas personas preferían este método para manejarlas a su antojo. Pulsé un botón del control expuesto y la mangosta comenzó a girar en círculos.

Me presenté como un cliente adinerado interesado en convertir a mi perro chihuahua en un animal controlado a distancia. La empresa ofrecía también otros productos: sistemas capaces de alertar a una mujer embarazada si surgía alguna anomalía en el feto; computadoras con inteligencia artificial que podían diseñar el ADN de un bebé con características deseadas.

El empleado que me trajo el café deslizó discretamente algo en mi bolsillo. Era Milind. Me mantuve alerta. Tras recopilar información general, regresé. Ya en el coche, saqué el papel.

“Lo que he descubierto es tan terrible que cuesta creerlo. Esta gente… Para atraparlos en flagrancia habrá que organizar una redada en el laboratorio secreto de UBC con la célula especial de ciberdelitos.” Debajo había un mapa.

Me puse en acción de inmediato. Informé a las autoridades administrativas superiores sobre la gravedad de la situación. Se activaron sin demora. Era esencial elegir el momento y el lugar adecuados y trazar una estrategia precisa. Todo el operativo, con el nombre clave “Operación Muerte”, comenzó a prepararse con absoluta discreción.

Cinco días después, los medios impresos, electrónicos y las redes sociales difundían repentinamente la noticia de una “super intervención quirúrgica”. La “Operación Muerte” había sido un éxito. En una conferencia de prensa celebrada en un lugar secreto de Nueva Delhi, los criminales estaban sentados con la cabeza baja ante periodistas selectos y altos funcionarios.

—¿Cuál era su plan? —preguntó un periodista.

—Habíamos dominado la técnica de transformar organismos normales en criaturas bioelectrónicas —explicó el señor Rajat director técnico de la empresa—. Luego nuestro equipo técnico empezó a experimentar con seres humanos. Durante esos experimentos pensamos: ¿por qué no intentar digitalizar el cerebro humano? Escanear las neuronas y sus conexiones, junto con los recuerdos. Después crear una copia digital exacta en la computadora cuántica desarrollada por la empresa. Gracias a nuestros empleados talentosos, lo logramos.

En la sala reinó el silencio.

—Desarrollamos un software que permitía que la forma digital del cerebro funcionara exactamente como un cerebro vivo real. Era tan avanzado que reaccionaba al placer, al dolor, a las emociones y sensaciones. Podía ser controlado y dirigido a voluntad. Incluso se podían introducir o borrar recuerdos.

Todos estaban atónitos.

—En cierto modo, conseguimos esclavizar el cerebro humano. Decidimos utilizarlo para beneficio de la empresa. ¿Qué sentido tenía contratar expertos por millones cuando podíamos obtener el mismo trabajo gratuitamente? Para el mundo, todos ellos están muertos. Pero en nuestras computadoras siguen presentes, investigando y desarrollando nuevos productos. La mayoría de nuestros productos actuales son obra de estos “trabajadores digitales muertos” —declaró con frialdad el fundador de UBC, el señor Samuel Dayal.

—¿Y qué relación tenía eso con sus muertes? Después de copiar el cerebro podrían haberlos despedido —insistieron los periodistas.

—Había un obstáculo técnico. No era posible crear la copia digital mientras el cerebro recibía sangre y oxígeno. Por eso, mediante ciertos métodos especiales, les provocábamos muertes que parecían naturales. Les mostraré un ejemplo.

Encendió la computadora. En la pantalla apareció el rostro sonriente del profesor Abhishek Tiwari.

—Buenos días. ¿Cómo está? —preguntó Samuel.

—Bien. Aunque anoche me acosté tarde. Estuve revisando el diseño del biocomputador. Hay mucha gente aquí. ¿Es una reunión de la empresa? No me informaron —respondió el profesor con tono de queja.

—Nuestro software escanea esta escena y envía señales a su cerebro digital. Él cree estar presente aquí. No sabe que ha muerto porque hemos borrado el recuerdo de su muerte. Al fin y al cabo, la existencia del cuerpo es experimentada por el cerebro. La conciencia, las emociones, las sensaciones… todo es obra del cerebro.

Samuel introdujo un comando. De inmediato, el profesor se llevó la mano a la cabeza.

—Disculpe. Me ha empezado un fuerte dolor de cabeza. Me iré a casa a tomar un medicamento y descansar.

El dolor se reflejaba claramente en sus ojos humedecidos.

¿Qué clase de ilusión era aquella? ¿Qué red de engaño habían tejido? ¿Qué clase de creadores eran esos, capaces de hacer que el ser humano olvidara la diferencia entre vida y muerte?

El espantoso juego de UBC había quedado al descubierto. Los culpables fueron arrestados y la empresa, sellada.

Tres días después, en mi oficina, mientras tomaba café preparado por Ruby y le relataba toda la historia para que la registrara, apareció la señora Tiwari. Llevaba una gran marca roja en la frente, la raya del cabello llena de sindur, un sari de Banaras de colores vivos y brazaletes en las muñecas. Sonreía radiante.

—Gracias a su sospecha, se salvaron muchas vidas. De lo contrario, este terrible juego habría continuado —le dije mientras preparaba café para ella.

—Quiero agradecerle, señor abogado. Gracias a usted he recuperado a mi esposo —sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Qué está diciendo? Él está muerto… —me sobresalté.

—No. Ese es su punto de vista. Yo no lo veo así. El cuerpo es perecedero; puede dañarse por enfermedad o accidente. Ayer me reuní con él. Lo recuerda todo: nuestros años juntos, cada momento compartido, nuestros recuerdos felices. —Desde el punto de vista legal y médico, se considera muerto a quien tiene muerte cerebral. Pero su cerebro funciona perfectamente. Según esa definición, ¿no está vivo? Si él mismo se considera vivo, ¿cómo puedo aceptarlo como muerto?

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Hasta donde entiendo, señora, ahora todo el software de UBC será destruido. Esa vida en la computadora no es real, sino virtual; es una ilusión —dije suavemente.

—Eso nunca ocurrirá. Aunque no tenga cuerpo, sigue siendo mi esposo. Además, en su forma digital será inmortal. Yo sigo siendo una esposa cuyo marido vive. Savitri le devolvió la vida a su esposo enfrentándose a Yama. Yo también estoy dispuesta a luchar legalmente hasta mi último aliento para recuperarlo. Tendrá que ayudarme. ¿Lo hará? Por favor.

Juntó las manos frente a mí.

¿Qué era todo aquello? ¡Qué extraño es el corazón humano! No sabía qué responder. La miré atentamente. Un resplandor singular brillaba en su rostro, como la llama de una lámpara, dispuesto a devorar cualquier duda.

Entonces comprendí lo que debía hacer.

Kalpana Kulshrestha nació el 11 de mayo de 1966 en Aligarh, Uttar Pradesh. Es Licenciada en Educación, estudios que coronó con una Maestría. Publicó cinco libros de ciencia ficción. Fue la primera mujer escritora de ciencia ficción en hindi. Su artículo de investigación, "Elementos esenciales de la ciencia ficción infantil", se publicó en la prestigiosa revista india Scientific Temper en 2020. Numerosos cuentos científicos infantiles se incluyeron en libros de texto y se tradujeron a otros idiomas. Recibió los premios Vigyan Kathashree, C.V. Raman Technical Writing Award y Jagpati Chaturvedi Children's Science Writing Award, otorgados por Uttar Pradesh Hindi Sansthan. El número de enero-marzo de 2017 de la revista digital Vigyan Katha se publicó como un número especial dedicado a Kalpana Kulshrestha. Actualmente se dedica a la docencia y la escritura.

 

DONDE HABITAN LAS ALMAS DE LOS MUERTOS

Daniel Frini

 

 ¿Lograremos exterminar los indios?

 Por los salvajes de América

siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar.

 Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande.

Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño,

 que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.

 

Domingo Faustino Sarmiento,

Presidente de la República Argentina entre 1868 y 1874

 

Temprano en la mañana, Teneri jugaba en la tierra guadalosa y santa del Aguará. Detrás de él, bajo un toldo —un techo de pieles, carandilla y cardón, que cerraba el espacio entre dos talas— su madre colgaba las pertenencias usadas durante la noche, mientras amamantaba al último de sus hijos.

Al oriente, el cielo era triste y una neblina desdibujaba al inmenso Impenetrable.

Los toldos dispersos trazaban un gran círculo alrededor de un claro muy amplio; bajo urundays, algarrobos y quebrachos; entre chañares y ucles.

Sobre una loma baja, en el centro del descampado, un rancho hacía de templo en el que habitaban Kasogonagá, el dueño de las tormentas; el Jesús que había llegado con los franciscanos y Pedro, karashe de los kom de la Reducción.

Al pie de la loma, un espacio abierto servía de pista en la que los mayores habían pasado la noche bailándole al trueno, para  que trajera a los dioses de nuevo a la Tierra y les devolviera la vida a los indios mal muertos por los blancos.

Eran más de mil y los había, también, de otros parajes, algunos mocovíes e, incluso, criollos correntinos y santiagueños. Estaban allí para rogar que Tata Dios llevase a buen término la huelga de los dueños de la Tierra.

 

La l’toxoyeq hablaba en komleq; no en la castilla. Su voz apenas se oía. No tenía edad y parecía sin carne entre su piel y los huesos. Estaba sentada en un viejo sillón forrado con cueros, bajo las ramas de un quebracho, y rodeada por el grupo de antropólogos. La tarde caía. Hacía frío y una gran fogata desdibujaba las sombras del día y pintaba carmines en las caras de todos. La vieja agitaba su mano afirmando sus dichos. Las cámaras grababan, mientras el lenguaraz traducía:

«…todo el Gualamba era nuestro. El monte era nuestra casa y nos daba la miel de las meliponas; la carne de pecaríes y guazunchos, los cueros de la iguana, la madera de los árboles, y las medicinas para nuestros males.

Cuando vino el hombre blanco nos hizo la guerra. Mucho peleamos, pero los naroqshe ocuparon las tierras y mucho nos mataron.»

 

Con el alba, hombres y mujeres volvieron a sus toldos después de una noche de rezos y bailes. Las voces se apagaron de a poco. A Teneri le pareció escuchar el ruido de un motor. No le dio importancia y siguió jugando. Sin embargo, el motor volvió a sonar más cercano. Las visitas de vehículos no eran raras, pero siempre eran un acontecimiento; y el monte las avisaba algunas leguas antes.

El sonido era distinto. Parecía venir del norte, desaparecía, y luego sonaba del lado del sol. Teneri se incorporó y levantó su cabeza, tratando de adivinar el rumbo. Algunos adultos hicieron lo mismo.

—¡Allá! —gritó alguien —¡Avión viene!

 

«Los kom nunca tuvimos policía ni jueces. Los blancos trajeron jueces, policías, soldados y abogados. Nos fueron a buscar al monte y dijeron que ahora eran de ellos las tierras que siempre habían sido nuestras, y que teníamos que irnos a las Reducciones.  Nos llevaron a pie durante muchos días, arriados como vacas. Si uno se cansaba, un soldado sacaba el sable y le cortaba los garrones. Y ahí quedaba uno nomás, vivo y desgarronado en medio del monte. Las osamentas deben de estar ahí, todavía».

 

El biplano llegó desde el sur. Pasó rápido y bajo, realizó un giro muy amplio y enfiló otra vez hacia el campamento haciendo un saludo con sus alas. Niños y adultos respondieron agitando sus manos.

El avión volvió por tercera vez. Desde tierra vieron que el segundo tripulante traía, ahora, algo en sus manos; y lo arrojó al pasar sobre los toldos.

Las bombas incendiarias estallaron en el monte y el fuego comenzó a devorarlo todo.

Desde las carpas, niños, mujeres, hombres y ancianos, algunos en llamas, corrieron al descampado uniéndose al espanto de los otros. Entonces, comenzó la metralla.

 

«Nos trajeron a vivir acá. Hicieron leyes que nos obligaban a quedarnos encerrados en la Reducción, como en un corral. Nomás nos venían a buscar para ir al algodón, a hachar el quebracho o a cuidar vacas de los gringos. Después nos traían de vuelta. En el mientras tanto, nuestros hijos se quedaban acá, separados de nosotros.

De no ser para eso, de la Reducción no nos dejaban salir. Si alguno se salía, lo consideraban fugado y le aplicaban la ley de vagancia. Lo mismo al que agarraban mariscando en el monte. Cada tanto se veía un kom ahorcado de los quebrachos, con las orejas cortadas, porque lo acusaban, como ser, de robar una vaca. Me recuerdo que el comisario de Quitilipi ordenó que le cortaran un pie a un indio que cruzó un campo recién sembrado». 

 

En la hora siguiente, policías y estancieros que habían rodeado el campamento durante la madrugada, dispararon sus Mausers y Winches. El avión siguió sobrevolando, mientras el acompañante tiraba sobre los que huían hacia el monte.

Cuando se acabaron las municiones, el comisario ordenó a degüello; sin perdonar, por las dudas, ni a muertos ni a heridos. Algunos indios trataron de oponerse con sus machetes; pero era un gesto inútil contra una tropa embotada de caña paraguaya, la promesa de una paga suculenta por cada par de orejas, y un asado para toda la milicada, al terminar la jornada.

—¡Entréguense y les perdonamos la vida! —gritaba el comisario.

Los pocos sobrevivientes, aterrorizados, se rindieron.

Los sentaron y los ataron con alambres de púas. A Pedro y a algunos líderes de otras comunidades, aún vivos y delante de los demás, los caparon a machetazos y los empalaron.

 

«Nos decían vagos, ladrones, borrachos y sucios. En el juzgado de paz había un cepo que siempre tenía manchas de sangre, gastado, liso y brilloso de tanto indio castigado. El Juez decía que servía para ablandar y para advertir al indio de que debía dejar su independencia y su dignidad en la puerta, porque en el juzgado tenía que obedecer y callar.

Una vez el comisario vino a la Reducción. Buscaba a un indio que había carneado un animal de un estanciero. Lo ataron a un algarrobo y lo castigaron cincuenta veces con un teyuruguay de cuero crudo. Después, el comisario dijo «¡Estírenlo bien con los maniadores! ¡Ni aunque grite no le aflojen, vamos a ver al malo!». Más tarde se lo llevaron y lo tuvieron como dos meses en un calabozo de vara y media de largo por una de ancho, sin darle ni cobija para descansar del castigo. Yo nunca pensé atar a un árbol a una persona blanca, por muy malo que el haya sido con nosotros.»

 

Después, las tropas degollaron a los prisioneros. Con furia, desencajados. Festejaban cuando las embarazadas, los niños que ni siquiera caminaban y los ancianos centenarios trataban de tomar aire, con las gargantas abiertas.  A todos les cortaron las orejas; testículos y penes a los hombres, y los pechos a las mujeres. El comisario se llevó estos trofeos para exhibirlos en Quitilipi, en muestra de su guapeza.

A treinta huelguistas  los obligaron a tirar los cuerpos, algunos con vida, en el pozo de agua de la Reducción. Cuando se llenó, les hicieron cavar tres fosas grandes y tirar más cuerpos. Al final, ni siquiera esto fue suficiente. Entonces, los obligaron a amontonar cadáveres en varias piras y rociarlos con kerosén. Luego de degollar a éstos treinta y tirarlos en las piras, los policías las encendieron. Los ancianos dicen que los fuegos se vieron durante varios días.

 

«Nos dejaban cultivar alguito de algodón. Muy poco nos pagaban por eso y por el trabajo en el obraje.  Y no nos daban plata, sólo mercadería para la olla donde todos comían. Vivíamos muchos en poco lugar. La vinchuca ya daba vueltas por nuestros toldos. Cuando llovía, ni comida nos traían. Éramos esclavos de la lluvia y a veces de sed moríamos.

Una vez, el gobernador Centeno mandó a decir que nos iban a pagar menos todavía. Pedro y los ancianos se le quejaron, pero él nunca hizo nada. Nuestros hombres querían dejar la Reducción y volver al monte, o irse a otras provincias donde pagaban más, pero prohibieron que salgamos de ahí, como no fuera para ir a los obrajes de los criollos».

 

Algunos se internaron en el monte, desesperados. Corrían, se caían y se arrastraban entre cadáveres y estampidos de las armas. Estuvieron huyendo durante días, sin comer y sin agua. Tres meses estuvieron cazándolos. A los que encontraban, los trataban igual que a los de la Reducción; pero a las jóvenes, ahora con más tiempo, las violaban todos los integrantes de las partidas de caza, las degollaban luego y las dejaban para alimento de los carroñeros.

A unos cuarenta niños pequeños, vivos de milagro, los entregaron a los colonos, como mitaí, para trabajar en sus campos a cambio de comida y alguna ropa.

Sólo unos diez de los mil, lograron cruzar el cerco y perderse entre los habitantes de otras Reducciones, obligándose a olvidar para sobrevivir en tierras que ya no les eran propias.

 

«Entonces, empezó la huelga del veinticuatro. Estuvimos muchos días sin ir a trabajar. Los gringos se quejaron al gobernador, y nos acusaban de que les quemábamos los sembrados, robábamos hacienda y carneábamos los animales. Mucho nos amenazaron, pero Pedro decía que la Serpiente Arcoíris nos protegería de las armas de los naroshque, si bailábamos con él.

Toda la noche bailamos, pero al otro día el gobernador Centeno nos mandó la muerte.»

 

En medio de la matanza, Teneri apeló al silencio. Una bala de Mauser le reventó la pierna cuando empezaron a tirar. Se mordió los labios para no llorar cuando su madre, aún con su otro niño en brazos, logró tomarlo de los pelos y arrastrarlo unos cien metros monte adentro, en medio de la balacera. Las espinas le marcaron toda la piel. A él, a su madre y a su hermano los mató el hombre que disparaba desde el avión.

Hace dos o tres años, un arado que horadaba la tierra, ahora dedicada a la soja, dejó su cráneo al descubierto. Nadie se dio cuenta.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

TEATRO REBELDE