domingo, 13 de septiembre de 2026

UNA NOCHE DE JULIO

Niels Hav

 

De regreso a casa después del trabajo, vi cómo atropellaban a un hombre. Fue justo en el Triángulo; doblé por una calle lateral y regresé para ver qué había ocurrido. La policía llegó de inmediato y el tránsito se congestionó un poco. El automóvil había golpeado al hombre en un ángulo extraño, como si algo se hubiera atascado; el conductor seguía sentado dentro del vehículo. A su alrededor, el tránsito ya comenzaba a fluir nuevamente.

Me quedé entre los peatones, en la acera. Muchos permanecieron allí unos minutos mirando, estirando el cuello. Pero como no ocurría mucho más, la mayoría se marchó; probablemente tenían cosas que hacer, pues se acercaba la hora de cierre.

En la calzada, el hombre había quedado tendido sobre el asfalto como un perro muerto o algo parecido. Le brotaba sangre de la boca y la nariz, tenía los pantalones mojados de orina, le faltaba un zapato y el calcetín se le había deslizado hacia atrás, dejando el talón al descubierto. Un policía joven se inclinó sobre él sin tocarlo; cuando volvió a incorporarse, pude ver que tenía el rostro blanco. El segundo agente estaba junto al automóvil del accidente; le dijo algo al conductor, que seguía inmóvil, con las manos sobre el volante. Tal vez estaba en estado de shock.

Yo seguí allí de pie. No sé por qué.

Entonces llegó la ambulancia. Su sirena abrió un hueco en el tránsito. Los paramédicos bajaron con una camilla estrecha; uno se acuclilló junto al hombre tendido sobre el asfalto y lo tocó. No pude oír lo que decían. Después lo cubrieron con una manta, la sujetaron firmemente y colocaron el bulto sobre la camilla. Ya de manera rutinaria, lo introdujeron en la parte trasera de la ambulancia, cerraron las puertas y se marcharon.

En la calzada quedó una mancha de sangre, no muy grande. Había llegado otro grupo de policías y fotografiaron la mancha. Minuciosamente, desde varios ángulos. Tal vez nunca antes le habían dedicado tanta película fotográfica, pensé.

Un poco más lejos, en otro carril, distinguí el zapato perdido. Un zapato de cuero marrón que ahora era aplastado una y otra vez por los vehículos que pasaban; ya estaba completamente aplanado. Los neumáticos pasaban sobre él y lo iban destrozando. Ya no era un zapato, solo basura.

Llegué a casa, guardé la experiencia en algún rincón de la mente y descubrí que teníamos visitas inesperadas. Ulla estaba sentada en el jardín con Leif y Hanni, que habían regresado de sus vacaciones antes de lo previsto. Habían venido en bicicleta. Muy bien. Me duché y me senté con ellos en pantalones cortos y sin camisa; estaban afuera bebiendo cerveza y ya habían avanzado bastante.

Hanni y Leif habían estado ese año en Portugal. Después tenían previsto pasar una semana en Jutlandia, pero cancelaron el plan porque ya no les quedaba suficiente dinero en la cuenta. En el sur se habían dado la gran vida, bebiendo sin parar durante las dos semanas, y eso, después de todo, costaba dinero. Era lo único de lo que hablaban. Dinero y alcohol, alcohol y dinero.

Les habían pasado muchas cosas. Se habían perdido el uno al otro durante una salida nocturna y habían vuelto a encontrarse veinticuatro horas después, por pura casualidad, en un bar oscuro y desagradable detrás de la catedral. Ahora comenzaban a advertirse los preliminares de una discusión, tal vez para nuestro entretenimiento.

—¿Qué estabas haciendo en realidad? —le preguntó Leif.

—Me quedé dormida en alguna parte —dijo Hanni—. Ya te lo he contado. Cuando desperté, estaba en la playa con un grupo de gente, así que volvimos a la ciudad para tomar algo.

Leif no parecía del todo dispuesto a aceptar su explicación; había pasado toda la noche buscándola por cafés y bares. La suya había sido una búsqueda costosa, porque había utilizado ampliamente la tarjeta Visa.

—¿Y estás completamente seguro de que no revisaste también los burdeles? —dijo Hanni—. ¿Y que no te enamoraste de alguna descarada?

—Podría haber sido una buena idea —respondió él—. Pero supuse que tú no estarías trabajando durante las vacaciones.

—¡Basta! —gritó Ulla.

Y los dos se echaron a reír. Después de todo, habían pasado unas vacaciones estupendas.

—No he puesto los ojos en una cocina durante quince días —dijo Hanni.

Nosotros, en cambio, no nos habíamos tomado vacaciones. Ulla se las arreglaba bastante bien en casa, descansando en el jardín; los niños estaban en un campamento de scouts y eso tendría que bastar. Nos habíamos atrasado con la hipoteca, todavía nos faltaban diez mil, y yo trabajaba como un loco todos los días para cubrir la diferencia; de hecho, estaba sentado completamente solo en la oficina en pleno mes de julio. Era realmente deprimente.

En casa llevábamos semanas sin decirnos nada importante, desde luego no desde que los niños se habían marchado. ¿De qué teníamos que hablar?

Por eso nos alegró ver a nuestros amigos.

Ulla entró para freír unas chuletas que había en el congelador; yo recogí algunas verduras del jardín e incluso encontré unos cuantos tomates rojos en el invernadero. No estaba mal. Entré a llevárselos a Ulla y nos pusimos a trabajar juntos, conversando un poco. Ulla se había animado aquella noche, y yo también. Llevaba meses arrastrándome bajo una nube negra y apenas podía soportarlo. Si el banco se quedaba con la casa, tendríamos que hacer las maletas y mudarnos a otro sitio. No sería el fin del mundo; así teníamos que verlo.

Estuve charlando con ella sobre eso mientras preparábamos la cena. Ulla estuvo de acuerdo. Lo único que no podía comprender era adónde iba a parar todo el dinero; nuestra cuenta bancaria tenía más agujeros que un colador.

—Ya basta de hablar de estas tonterías —dije—. Esta noche no quiero oír nada más sobre dinero.

Hanni entró a buscar los platos; no sé si nos había oído. Puso la mesa y comimos afuera, en la terraza. Resultó que Leif llevaba una botella de vodka en la mochila, y la bebimos con jugo y hielo.

—¿Y cómo han estado ustedes dos? —preguntó Hanni.

Pero nos limitamos a sonreír y a encogernos de hombros. Ninguno de nosotros tenía la costumbre de intercambiar confidencias. ¿De qué serviría?

Compartí la última chuleta con Leif. El jardín estaba ya en sombras, el sol comenzaba a ponerse y advertí que los pájaros cantaban entre los edificios como si estuvieran dentro de una cavidad resonante. Una noche excepcional.

Bebimos, dejamos que todo siguiera su curso, permanecimos sentados. Flotaba en el aire la idea de que debíamos emborracharnos. Pero era como si el aumento del alcohol en mi sangre no produjera ningún efecto en mi organismo; mi cerebro permanecía completamente lúcido.

No sé por qué, pero de pronto empecé a contarles lo del accidente, lo del hombre sobre el asfalto; simplemente me salió. La sangre que le brotaba de la boca y la nariz.

—Basta —dijo Hanni—. Es demasiado desagradable.

Pero ya no podía detenerme; iban a escuchar todos los detalles. Incluso lo del zapato aplastado hasta quedar hecho jirones.

—Puaj —dijo Leif con repugnancia.

Aquello lo había impresionado, se notaba.

—Se había orinado en los pantalones —agregué.

Entonces me detuve; ya no había nada más que contar. Ulla había ido al baño. Hablamos de otras cosas, de cierta música que habían traído y que teníamos que escuchar pronto. Cuando Ulla regresó, al pasar apoyó una mano sobre mi cabello, como una caricia.

Serví otra ronda y vacié la botella. Bebimos.

Ya era de noche, pero seguimos allí sentados. Apenas podíamos distinguirnos unos a otros como suaves siluetas en la oscuridad, con las manos sosteniendo los vasos; estábamos sentados cada vez más cerca.

—¿Cuánto vale cualquiera de nosotros, si uno se pone a pensarlo? —dijo Leif.

Arrastraba las palabras por efecto del alcohol. Se levantó, dio unos pasos tambaleándose y volvió a sentarse.

Todo estaba completamente silencioso alrededor de la casa; incluso el tránsito se había aquietado. Ninguno de nosotros quiso responder a su pregunta; simplemente permanecimos sentados. Pero durante unos segundos fue como si respiráramos al unísono.

Si tuviera que elegir un momento para congelar mi vida y permanecer en él, tendría que ser este.

Niels Hav nació en 1949 en Dinamarca y creció en una granja de la costa occidental del país. Poeta y cuentista, debutó en 1981 y ha publicado varios libros de poesía y narrativa breve. Sus poemas y cuentos han aparecido en numerosas revistas y antologías y han sido traducidos a múltiples idiomas. Su obra ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Danés de Literatura 2024. Vive en Copenhague.

 

ANÓNIMOS

Leonardo Killian

 Ilustración de Aída Schvartzman


Estábamos sentados a una mesita que daba a la vereda, desde la que se vea la salida del subte. A esa hora La Giralda se llenaba de gente y tuvimos que esperar bastante para instalarnos y aguardar. Aguardar pacientemente y tratar de reconocerlo en las oleadas de anónimos que subían a la calle.

Sartre no paraba de fumar y, cuando buscaba con la mirada, su estrabismo parecía acentuarse. Era una bizquera extraña, centrífuga la llamaba él, que la ansiedad potenciaba, ya que los ojos se le disparaban hacia los costados de la cara y daban la impresión de querer atravesar sus gruesos anteojos.

Nora se nos unió una media hora después y fue la primera que lo vio. Aunque la foto que teníamos era mala, no cabía duda de que se trataba de él.

Las cosas se habían precipitado. La muerte súbita de Mussolini (se hablaba de un derrame cerebral) nos venía como anillo al dedo. La prensa, los homenajes oficiales. En fin, sabíamos que durante unos días no se hablaría de otra cosa y era el momento de golpear.

El tipo era rutinario y parecía no tomar ningún cuidado. La Turca, que lo había seguido desde Chacarita, confirmó todos los datos que teníamos. Los horarios, los viajes, la lectura del diario y hasta la ropa; los hábitos de un solitario, de un hijo de puta solitario, corrigió Sartre.

Con otra mujer en la mesa dábamos la impresión de dos parejas que se juntan para salir, para ir al cine y no creo que a los tiras que infestaban el centro se les hubiera ocurrido suponer nada anormal. Una reunión tan natural como la sonrisa de Nora diciendo que los tiempos se habían adelantado y que solo teníamos dos días para terminar con esto. Ella era el contacto con la orga y de hecho, la que hacía y deshacía los planes. Nora fue también la que dibujó en una servilleta, las posiciones y las vías de salida.

De la teoría a la práctica, dijo Sartre sarcástico mientras caminábamos hasta la parada del 6 que lo llevaría a Pompeya.

Las calles empezaban a mostrar el aspecto del luto oficial, poca gente, mucha cana, y los camioncitos de la Legión que pasaban apurados.

El 111 venía casi vacío y en el camino a casa cerré los ojos para ver, como en una película, estos meses en los que, como me decía Sartre, había salido de la caverna para ver la luz.

El viaje en tren hasta Adrogué, a la casa de los tíos que me habían hecho llamar con tanto misterio. La larguísima charla en el sótano donde el tío Willy destilaba aguardiente, y el tío Rodolfo guardara celosamente libros, revistas y discos de una época que se me iría revelando entre mates y whisky casero, entre solos de Louis Amstrong y tangos anarquistas.

A fines de los 50 yo había terminado mi secundaria. La escuela pública, la radio, los diarios y revistas que había consumido, mis compañeros del museo, los filatelistas con los que me reunía los domingos en plaza Rivadavia, en fin, mi mundo, era el único mundo conocido. Si bien nunca me había afiliado a las Juventudes ni a la Legión, mis ideas políticas eran como mucho, escasas. Las explicaciones oficiales sobre la Restauración siempre me habían parecido razonables. Una nación cristiana no debía tener un sol en su bandera y, al fin y al cabo, todas las enseñas europeas tenían una cruz.

Las deportaciones de las que tanto había oído hablar entre murmullos, siempre me parecieron fantasías tan poco creíbles como los cuentos de desapariciones o, los campos de reeducación.

Como todos, yo había sido educado con los valores de la Nueva Argentina, uno de los países mas blancos del mundo y donde ya no había judíos ni cabecitas negras (como decía mi profe de Educación Cívica.) Ese fin de semana en Adrogué aprendí mas historia contemporánea que en el bachillerato: El pacto Hess - Churchill, la traición a los polacos y a los rusos, la guerra civil norteamericana y otra vez el sur que se rebelaba (esta vez con apoyo alemán), las bombas de hidrógeno sobre Moscú y Washington; la formación de los Estados Confederados y la expulsión de los negros a Madagascar.

La Argentina adelantándose al resto e, iniciando también, su Restauración Católica con el apoyo franco-español y más tarde los ingleses, todos al compás de la batuta alemana. La expulsión de los judíos y la mas impresionante por su dimensión, el corrimiento (traslado diría la voz oficial) al norte del paralelo 27 de la "población no blanca". Los hijos de la tierra, los cabecitas negras echados y cargados en trenes como hacienda para ser expulsados de la historia.

El Chaco y casi todo el norte, salvo las grandes ciudades, convertido en una reserva natural donde seres humanos eran arrojados a vivir en condiciones horrorosas. Todo contacto con la civilización les había sido negado; era la vuelta al paleolítico para el solaz de los antropólogos del régimen que los estudiaba como a una colonia de simios. Si hasta Leni Riefenstahl había venido con sus cámaras para hacer un documental sobre "El hombre Americano Primitivo".

En las grandes estancias ya no había peones de alpargatas, ahora se podían ver lituanos, rumanos, rusos, húngaros; polacos y hasta irlandeses, todo un muestrario de la Europa servil y vencida. Hacían el relevo a los que eran aún menos favorecidos, a los que en la escala étnica les había tocado estar en el último lugar.

En un mundo Ario, una Argentina Blanca y Cristiana, achacaba la radio que con orgullo anunciaba las conferencias que Heidegger brindaba en el teatro San Martín donde toda una corte de babiecas aplaudía las intervenciones de Borges. Este, para delicia de todos, participaba en los debates hablando alemán, aunque disculpándose por el acento inglés que "no podía disimular" y que producía en don Martín una sonrisa existencialista. Sartre, que no pudo soportar la curiosidad, y su íntima y secreta admiración, había presenciado una de las charlas, lo que le produjo más de un problema con la orga que boicoteaba estas actividades como también los conciertos de Herbert von Karajan.

El tío Willy se estremeció cuando me relató la suerte de sus amigos escritores. Tanto los Tuñón, como Cortazar y Marechal habían sido fusilados en sótanos siniestros. Allí encontraron la muerte junto a miles de compatriotas que se negaban a participar del horror y lo enfrentaban con dignidad.

Estos lugares llevaban nombres como La Escuelita, el Club Atlético, Olimpo y eran el infierno a donde iban los que desaparecían en la noche y en la niebla. La bella y blanca, la inmaculada y católica Argentina tenía el corazón de una hiena.

Días antes, Ángel Labruna, ídolo de River, había aparecido frente al Monumental con su pierna derecha amputada y yo había aceptado la versión del accidente dada por los diarios cuando era evidente que se trataba de la Legión. Angelito se había extralimitado poniéndose un bigotito falso e imitando al Führer en una arenga al equipo antes del partido con Ferro. Esta noticia, aparecida en El Gráfico como un chimento de color había sido suficiente para el castigo.

La nueva Argentina, no solo carecía de cabecitas negras, sino de humor.

Todo este torrente de ponzoña que pasaba delante de mis ojos y mis oídos me hacían sentir tan culpable como idiota; cómodamente crédulo, había digerido cada mentira, cada versión oficial por absurda que fuera.

Esa misma noche, ni bien llegué a Constitución lo llamé a Sartre y en un barcito frente al viejo puente Alsina le conté todo.

Durante mi extensa exposición no dejó de fumar y de sonreír paternalmente. Por supuesto que sabía todo esto, lo que me hizo sentir mas imbécil aún, y palmeándome el hombro me invitó a unirme a la orga. Un hombre debe comprometerse con su tiempo, comenzó, y allí mismo lo dejé con su discurso militante en la boca, para irme a dormir. Me sentía avergonzado y ya estaba harto de cachetazos morales.

El tipo que teníamos que reventar era un alcahuete civil de los servicios, culpable de la desaparición de cuatro trabajadoras de una hilandería, y probablemente de la de dos de sus vecinos. Los datos eran seguros y ya le habían bajado el pulgar. No habría ninguna reivindicación, que tanta sangre inocente había costado en otros hechos, y todo debía parecer accidental.

Llegué a Chacarita temprano y al mirar los diarios en la estación se me heló la sangre. Entre las seis fotos que destacaban las primeras planas había dos inconfundibles.

Como pude, compré La Prensa y me senté en un banco del andén, que ya empezaba a mostrar el gentío de las horas pico. Esperé que el subte se llevara la multitud y, con el corazón deshecho repasé los nombres: Valle, Cogorno, Cooke, Walsh, Gonet, Pasalía, la "célula terrorista" aniquilada en Adrogué. Los detalles repugnantes, las mentiras que montaban arsenales, bibliografía, conexiones internacionales, el mimeógrafo y los volantes que demostraban lo diabólico de la organización.

El sótano donde el tío Willy había alambicado un whisky de acuerdo con viejas fórmulas de un libro irlandés escrito por unos monjes en el siglo XVII, donde veintipico de años atrás me había enseñado a jugar al truco y donde había pasado tantas horas felices entre libracos que eran mi tesoro infantil. La casa llena de recovecos donde mis tías me empachaban con el dulce casero era a estas horas una ruina pisoteada por la Guardia Nacional y por los perros de la Legión.

Ya no podría volver a la pensión y, faltando minutos para la operación, tampoco me animaba a parar todo. Me sentía enfermo de odio.

Alcé la vista y, entre la gente que volvía a llenar la estación las vi a Nora y a la Turca. Me miraron y asentí con la cabeza.

Estaba todo bien.

Sartre pasó caminando a mi lado; y se ubicó a unos metros; el también leía el diario. Una chica del Servicio Voluntario me colocó un crespón negro en la solapa mientras me solicitaba una colaboración para los muchachos de la Legión. Puse unos centavos en la caja que tenía la estampa del Duce y, cuando alce la mirada, justo sobre su hombro lo vi llegar.

Se paró a un metro y medio de las vías.

Las chicas se acercaron y se pararon a mi izquierda; Sartre se ubicó un poco mas atrás. El dibujo de la Giralda era respetado por todos, incluida la víctima lo que me hizo pensar que la rutina sería la culpable de su muerte.

Me acerqué hasta casi tocarlo. Giró y me miró a la cara, tosí muy fuerte y lo empujé con una mano. Cayó sin resistencia y creo que ni gritó.

Me di vuelta y me abrí paso en el tumulto, el griterío era infernal y mientras subía la escalera vi como bajaban a la carrera dos municipales.

Caminé por Lacroze y me metí en el Imperio donde seguí derecho para el baño. Me arranqué el falso bigote que tiré por el inodoro y los anteojos me los guardé en el bolsillo.

Me senté junto a la ventana y cuando pedí el café me di cuenta de que temblaba.

Al rato la vi pasar a la Turca que me miró y siguió.

Sartre venía un poco mas atrás y me miró de soslayo mientras encendía un cigarrillo. Nora pasó caminando muy seria y no me sorprendió que olvidara la consigna. Sentí que todo estaba bien.

Salí caminando para Forest justo en el momento que se largaba la lluvia. Con precisión germánica, la lluvia ácida caía sobre Buenos Aires por lo menos, una vez por semana; esto y las nubes, que rara vez despejaban, era otro de los regalos que le debíamos a la "victoria sobre la barbarie".

Hice media cuadra y al pasar por el local de la Legión la vi a Nora charlando con un grupito que la rodeaba en tono amistoso. Enfermos de superioridad, se apoyaban en los mausers con un aspecto híbrido, entre SS y Boy Scouts.

Pasé sin mirarla de frente, pero pude ver como apagaba el pucho con el pie mientras ella, si me miraba ¿Qué le pasaba a la turra? Ya exageraba con la nota.

 El manotazo en el hombro me llegó junto con el grito seco. El golpe fortísimo en los riñones y el otro culatazo detrás del oído me hizo doblar sobre las rodillas hasta quedar sobre el piso, completamente mareado.

Sentí que me tiraban la cabeza para atrás mientras, un rubio de cabeza rapada me destrozaba los dientes de una patada. La boca se me llenó de sangre y, con la cabeza sobre la vereda, pude ver como una jauría humana arrastraba a Sartre entre insultos y golpes.

Una mujer que pegaba unos chillidos histéricos se le acercó para clavarle el paraguas en la cara.

Fue lo último que vi.

Por los parlantes del local se escuchaban, marciales, las estrofas de la Marcha de la Libertad

 En lo alto la mirada

 El sol sobre tu frente

 Alumbre tu lenguaje camarada

Pocas horas antes, después de fumarse un atado de Particulares, Sartre me había explicado lo medular de su filosofía: Estamos condenados a la libertad, decía, cada decisión, y, estamos obligados continuamente a tomarlas, indican nuestra infinita condena. No podemos dejar de ser libres, decía; ser un héroe o un traidor, depende exclusivamente de nuestra elección y, nada ni nadie puede tomarla por nosotros.

Serían como las diez. Entre las oscuras nubes, que, eternas, custodiaban la ciudad, se podía ver un poco de sol.

¿Quién seria el infeliz al que había lanzado a la muerte esta mañana?

No empezaba bien el día, y yo había matado a un inocente.

Leonardo Killian es profesor de historia y egresado de la escuela de cine (CECINEMA) especializado en guión cinematográfico. Libros de cuentos editados: Cuentos y anticuentos y Cuentos del Gato Canoso. Hay infinidad de cuentos y relatos en una cantidad de antologías y algunos han sido traducidos al frances, turco, hungaro e italiano. Novelas: La sombra del General, La hermandad del arco, El enigma Moreno y El enviado (esta última junto a Gustavo Abrevaya) Antologías: Las 1001 noches peronistas (junto a Gustavo Abrevaya), Con la boina blanca (antología de relatos y cuentos sobre el radicalismo), Tu grato nombre, cuentos y relatos sobre River Plate junto a Hugo Barcia. Libros de historia del arco: El camino del arco, Historia del tiro con arco en el Río de la Plata, Tiro con arco para todos, Dioses, héroes, mitos y leyendas sobre arqueros y sus arcos. Todos estos junto a Héctor Cirigliano. Colabora con sus artículos en las publicaciones Todo es Historia, Aire libre y en diversas publicaciones sindicales de la Unión de Trabajadores de la Educación y ATE, Asociación de Trabajadores del Estado, entre otras.

EL POZO

João Ventura

 

Me llamo Jack y soy un sintecho. Era una noche de otoño y se estaba bien debajo del viaducto que pasa sobre la vía férrea abandonada. Es donde solemos pasar la noche, yo y mis compinches Tom y Steve.

En la fogata asábamos un conejo que Tom había atrapado con una trampa, y comíamos salchichas que un amigo de Steve, que trabajaba en una carnicería, le había conseguido. Steve le daba pedacitos de salchicha al perro mestizo del que nunca se separaba, y al que había llamado Sleepy, un nombre totalmente desubicado para el cachorro tan inquieto que estaba ahí. Era nuestra alarma contra intrusos.

Tom le dio otra vuelta al conejo en el asador improvisado.

Sleepy levantó las orejas, gruñó y dio dos ladridos cortitos.

—Tenemos visitas —murmuró Steve.

Los tres miramos en la dirección en la que miraba el perro. Se acercaba un hombre, caminando despacio. Me fijé que el bate de béisbol estaba en el suelo, al alcance de mi mano.

Cuando entró en el círculo de luz de la fogata, el desconocido se detuvo, mostró una botella que traía en la mano y preguntó:

—¿Les molesta si me sumo?

Cuando uno vive así aprende a evaluar rápido la situación. Con una mirada al recién llegado, no hubo nada que despertara sospechas. Nos miramos y fue Tom quien respondió.

—A una botella nunca se le niega la entrada. ¡Bienvenido!

—Soy Jack, este es Tom y aquel es Steve. Y el perro es Sleepy.

—Pueden llamarme Roamer.

—Búscate un asiento y arrímate a la fogata, Roamer.

En el terreno alrededor abundaban los objetos más variados, porque la gente de la ciudad tiraba desde el viaducto cosas que ya no necesitaba. El recién llegado acercó un cajón a la fogata y se sentó.

Me pasó la botella. Saqué el corcho y tomé un trago.

—Buen whisky, Roamer.

—Ayudé a un agricultor a cargar la camioneta para llevar los productos al mercado y me pagó con una comida caliente y esta botella. Y me dejó dormir en el granero, al resguardo de la lluvia.

La botella siguió circulando. Terminamos las salchichas, Tom comprobó que el conejo ya estaba listo, lo puso en un plato abollado y con la navaja lo cortó en varios pedazos. El plato fue pasando de mano en mano hasta que solo quedaron unos huesitos limpios, a los que Sleepy no les hizo asco.

Tom usó la vieja cafetera de esmalte para hacer café, que tomamos todos, humeante, mientras la botella de whisky seguía girando.

Para hacer charla, pregunté:

—¿Vienes de fuera del estado, Roamer?

El recién llegado se quedó unos segundos en silencio.

—No les voy a decir de qué ciudad vengo, me gustaría que su nombre fuera borrado de la faz de la Tierra. Pero les voy a contar por qué ando en la ruta.

Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa de franela a cuadros, puso uno en la boca, lo encendió con un palito en llamas, aspiró largo y pasó el paquete.

—Vivía en una comunidad de agricultores, temerosa de Dios. Nos ganábamos el pan con el sudor de nuestra frente, pero no nos quejábamos. Desde que recuerdo, solo hubo dos situaciones con algo de tensión: cuando quisieron hacer pasar un oleoducto por nuestras tierras y cuando descubrieron que había litio y querían abrir una mina. Las dos veces las decisiones se llevaron al ayuntamiento y, en voto secreto, fueron rechazadas por unanimidad.

«Todos los domingos íbamos a la iglesia, y cuando nuestro pastor, ya mayor, se jubiló, fue reemplazado por uno más joven, dinámico, que organizaba cosas para que la gente participara.

«Un día, en el sermón dominical, lanzó una idea que enseguida ganó apoyo en la congregación: construir un pozo en el que cualquier miembro pudiera decir sus pecados y así limpiar su alma. Todos aplaudieron la iniciativa, con muchos aleluyas de por medio, y en las dos semanas siguientes trabajamos con entusiasmo para cavarlo. Pasó a ser conocido como el Pozo de los Pecados.

«La vida siguió tranquila, apenas ensombrecida, tres semanas después, por la reaparición en el ayuntamiento de la propuesta del oleoducto. No se sabe quién la presentó, porque las propuestas se meten en una caja y no necesitan firma. Pero el día de la votación, cuando todos esperábamos otro rechazo, la construcción fue aprobada por cerca de dos tercios de los votos. Y al ser voto secreto, nunca supimos quién había votado a favor. Empezaron a surgir sospechas dentro de la comunidad. El pastor intentó calmar los ánimos diciendo que era la voluntad de Dios, pero el ambiente en el servicio dominical ya no era de alegría.

«La situación se volvió explosiva cuando se supo que había una nueva propuesta para autorizar la mina de litio. La víspera de la votación ya había algunos exaltados limpiando viejas escopetas, con amenazas veladas a los miembros del consejo municipal.

«Pero al día siguiente, temprano, la ciudad fue invadida por el FBI. Los agentes fueron a la casa del pastor, lo vimos salir esposado y subir a un vehículo. Revisaron la casa y también el edificio del ayuntamiento. Fueron al Pozo de los Pecados, montaron un pequeño torno y bajaron a un agente, que subió poco después con algo en las manos que no pudimos identificar porque habían acordonado la zona. Ordenaron suspender la votación y, al mediodía, el jefe reunió a toda la comunidad en el salón principal para explicarnos lo ocurrido.

«Nuestro “simpático” pastor era en realidad un estafador, ya buscado por la justicia por fraude, falsificación de identidad, chantaje, desvío de fondos, tráfico de divisas y una larga lista de delitos. Como dijo el jefe de los federales: “Por encargo de un conglomerado petrolero y de una empresa minera –cuyas instalaciones están siendo registradas en este momento– se hizo pasar por pastor y se infiltró en su comunidad para lograr que se aprobaran el oleoducto y la mina. Los convenció de construir el pozo e instaló un sistema de grabación en el fondo. Con lo que la gente confesaba, chantajeó a varios miembros del consejo municipal, que terminaron aprobando el oleoducto. Las grabaciones quedan bajo secreto judicial y solo podrán divulgarse por orden de un juez. Por ahora, la decisión queda anulada por haberse obtenido de forma fraudulenta.

«Fue como un terremoto que sacudió la ciudad. No destruyó casas, pero explotó dentro de las personas. Todos empezaron a mirar a los vecinos con desconfianza y, al mismo tiempo, a sentir vergüenza por haber sido engañados. En poco tiempo el ambiente se volvió irrespirable para mí. Dejé de creer en los demás, en la iglesia, en todo. Agarré la mochila, metí algunas cosas y me fui a la ruta.

Roamer se quedó callado y se hizo un silencio. Solo se escuchaba el crepitar de la fogata, y no sé cuál de nosotros soltó lo que todos pensábamos.

—Qué mierda…

La botella estaba vacía. Steve tiró otra tabla al fuego, ató una cuerda al collar de Sleepy y la otra punta a su muñeca, y se envolvió en la manta para dormir. Tom y yo hicimos lo mismo. Roamer se acostó junto a la fogata, con la cabeza apoyada en la mochila.

A la mañana siguiente, cuando despertamos, nuestro visitante ya se había ido. Sobre una piedra, al lado del fuego, había un papel escrito a lápiz:

—Gracias por la hospitalidad y hasta cualquier día. Firmado: Roamer.

Y encima del papel, el paquete con cinco o seis cigarrillos.

—Buen tipo este Roamer —comentó Tom.


João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

¡ARREGLA ESA CASA!

John Kessel


En este episodio de ¡Arregla esa casa! Restauramos
una mansión señorial del Sur anterior a la Guerra de Secesión.

 Judy y yo no sabíamos en qué nos metíamos cuando compramos aquella antigua, grandiosa pero deteriorada mansión de mediados del siglo XIX en Chinaberry Road. Desde luego, sabíamos desde el principio que la casa había conocido tiempos mejores, pero no teníamos idea de la cantidad de detalles que tendríamos que atender ni de los obstáculos, en ocasiones aparentemente insuperables, que encontraríamos –y para los que tendríamos que hallar una solución– antes de poder vivir en la casa de nuestros sueños.

Desde el día en que nos mudamos estuvimos decididos a devolver a la mansión anterior a la Guerra de Secesión algo parecido a su antiguo esplendor. Uno de los problemas era que la estructura original, terminada en 1846, no ofrecía las comodidades que la gente empezó a valorar en épocas posteriores. Las cocinas absurdamente grandes, los armarios del tamaño de pequeños apartamentos y los baños excesivamente lujosos que la gente exige en la actualidad –por no hablar de las cañerías interiores y la electricidad– habían llegado después, con mayor o menor fortuna, y cada modificación había alejado la casa un poco más de su majestuosidad original. Naturalmente, no queríamos vivir en una casa sin electricidad ni agua corriente, pero Judy y yo estábamos decididos a reducir esas concesiones al mínimo.

Había que deshacer muchos de los cambios realizados por los sucesivos propietarios. Habían abierto un espantoso ventanal saliente en el salón. La instalación de una encimera de mármol en la cocina había obligado a tapiar una de las altas ventanas. Los suelos originales, hechos con tablones de roble de quince centímetros de ancho, habían quedado cubiertos por linóleo, alfombras o baldosas.

Una de las primeras decisiones que tuvimos que tomar fue qué materiales utilizar en la reconstrucción. Por citar solo un ejemplo, las paredes interiores se habían deteriorado muchísimo durante el último siglo. Las paredes originales estaban hechas de yeso aplicado sobre listones de madera clavados horizontalmente y en ángulo recto sobre los elementos estructurales. El revoque, de unos dos centímetros y medio de espesor, estaba hecho con arena, cal apagada y crin de caballo. La cal utilizada en la construcción original procedía de piedra caliza molida y conchas de ostras. ¿Dónde íbamos a conseguir una cantidad suficiente de conchas de ostras, por no hablar de crin de caballo?

Una solución habitual para este problema consiste en derribar las paredes originales y sustituirlas por modernos paneles de yeso. Judy y yo estábamos decididos a no tomar ese camino fácil.

La autenticidad era nuestra consigna. Después de investigar un poco, localizamos una granja de ostras en la costa que podía proporcionarnos abundantes conchas para preparar el revoque. Judy, una consumada amazona, tenía amigos propietarios de establos cuyos clientes esquilaban continuamente a sus caballos de pura sangre; ellos se convirtieron en nuestros proveedores de crin.

Entonces el problema pasó a ser encontrar obreros que supieran utilizar esos materiales, o que estuvieran dispuestos a aprender, por un precio que no acabara con nuestra cuenta bancaria. Tuvimos que soportar su resistencia y sus errores. Los trabajadores de ascendencia noreuropea, como lo habían sido la mayoría en la época de construcción de la casa, eran difíciles de conseguir. Unos irlandeses con escasa educación podrían haber sido un sustituto aceptable y, además, históricamente verosímil, pero en la actualidad era difícil encontrar hombres dispuestos a trabajar por los bajos salarios que podíamos permitirnos pagar.

Una solución era aportar nosotros mismos la mano de obra. Pero Judy y yo teníamos profesiones que nos exigían sesenta horas semanales. No podía dejar que la agencia de corretaje funcionara sin mí durante varios días seguidos. Judy estaba ocupada con su trabajo en el Centro del Patrimonio.

A veces hacíamos concesiones. Tuvimos suerte cuando encontramos al ingenioso Manuel, un inmigrante trabajador que dirigía una cuadrilla con experiencia en proyectos de reconstrucción. Afortunadamente, muchos de aquellos hombres eran indocumentados, por lo que cobraban poco, y Judy disfrutaba muchísimo poniendo por fin en práctica sus estudios secundarios de español.

Por esa época Judy descubrió que estaba embarazada. Habíamos hablado de formar una familia y los dos estábamos encantados de que pronto fuéramos padres. Conversamos sobre si debía conservar su empleo. Yo sospechaba que, una vez que tuviéramos un hijo, Judy no querría volver a trabajar, y la reconstrucción de la casa, que seguía en marcha, ofrecía una razón adicional para que se tomara una licencia en el Centro del Patrimonio. Y así lo hizo. Judy se encargaría de supervisar la reconstrucción, permaneciendo en la obra mucho más de lo que yo podía para vigilar a los trabajadores.

A los seis meses de iniciada la renovación, el embarazo de Judy progresaba bien, pero la restauración de la casa de Chinaberry Road se había estancado. Parecía que ella produciría un heredero mucho antes de que nosotros pudiéramos producir el hogar en el que esperábamos criar a nuestros hijos. El estrés del embarazo y de vivir en una casa a medio renovar estaba afectando nuestros nervios y, para ser completamente sincero, nuestro matrimonio.

Cocinábamos sobre una placa eléctrica y lavábamos los platos en el lavadero. Cuanto más se prolongaba aquello, más irritables nos poníamos. Esta vez el problema no eran los trabajadores ni los materiales, sino las diferencias entre nuestras respectivas concepciones. A Judy y a mí nos encantaba la idea de la autenticidad histórica, pero nuestro compromiso con ella no era el mismo. Yo quería que nuestro hogar se acercara lo máximo posible a una representación fiel de lo que ofrecían aquellos tiempos más refinados, mientras que Judy, aunque estaba dispuesta a acompañarme «durante todo el viaje», como ella decía, tenía sus dudas cuando debía elegir entre la fidelidad al pasado y la comodidad.

El punto en que esto se manifestó durante la renovación fue la cocina. Yo quería que tuviera una cocina de leña, grandes encimeras y mesas de madera, una bomba de agua, tinas para lavar y un horno de hierro fundido. Judy admitía que una cocina así sería hermosa, pero insistía en que resultaría difícil preparar las comidas en semejante reliquia del pasado. Además, en verano haría allí un calor insoportable.

—Pero tenemos aire acondicionado —dije. En eso había cedido. No se podía pedir a nadie que soportara un verano sureño sin aire acondicionado.

Judy se resistía. A medida que avanzaba su embarazo, su estado de ánimo se había vuelto más frágil. Habíamos llegado a un punto muerto.

Entonces se me ocurrió: la solución no consistía en luchar contra las exigencias de la autenticidad, sino en satisfacerlas.

—¡Convertiremos el garaje en una cocina exterior! Una moderna, comunicada con la casa mediante un pasillo cubierto —dije—. Así podremos conservar la cocina interior como debe ser, pero prepararemos la mayoría de las comidas en la exterior. De todos modos, así es como lo hacían en aquella época.

Judy se mostró escéptica, pero después de persuadirla un poco aceptó probar. Admito que me puse nervioso cuando, después de terminar la cocina interior como una reproducción fiel de sus antecesoras de antes de la Guerra de Secesión, resultó ser más un lugar para exhibir que para trabajar; aun así, ahora disponíamos de la cocina exterior para preparar realmente las comidas.

Judy no quedó satisfecha. Para entonces estaba embarazada de siete meses y no le resultaba nada agradable tener que ir y venir entre la casa y la dependencia exterior durante aquellos calurosos días sureños. Yo no podía fingir que la situación, tal como estaba, fuera satisfactoria.

Así que invertimos en unos esclavos. Primero solo una joven esclava de cocina de carácter agradable, Dottie. Pero después me lastimé la espalda en el club de raqueta y ya no pude hacer tantas cosas en la casa, de modo que compramos a un hombre, Tommo.

Poco después nació nuestra hija Sally, una adorable pequeñita de mejillas sonrosadas, ojos del azul más intenso y cabello rubio como la seda del maíz. Nos divertíamos tanto con ella que inmediatamente sugerí que tuviéramos un hermano que hiciera juego con ella. Nuestra casa, la joya de Chinaberry Road, iba tomando forma, y a mí me iba tan bien en la agencia de corretaje que no había ninguna necesidad de que Judy volviera a trabajar. Teníamos una familia que hacer crecer, y su refinada sensibilidad y sus encantos femeninos eran lo único que faltaba para completar la transformación de nuestra casa en un verdadero hogar. Finalmente, comprendió lo razonable de mi propuesta.

Anoche, mientras estaba sentado en los escalones de la galería contemplando cómo el sol descendía detrás de los pinos, me volví hacia Tommo, que estaba sentado un escalón más abajo, y le pregunté:

—¿Está Dottie en su cabaña? ¿Ya cenó?

Tommo, un hombre de pocas palabras, se limitó a asentir con su cabeza lanuda.

—Bien. Dejaremos que descanse un poco. Iré a visitarla más tarde.

Contemplamos el cielo occidental, con los árboles negros recortándose contra los tonos púrpura, naranja y rosa de un glorioso atardecer.

—Es un mundo hermoso, ¿verdad, Tommo?

—Sí, amo —dijo Tommo.

John Kessel nació en Buffalo, Nueva York, Estados Unidos, en 1950. Enseñó literatura y escritura en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, donde contribuyó a fundar el programa de Maestría en Bellas Artes en escritura creativa. Su narrativa ha recibido los premios Theodore Sturgeon, Locus, James Tiptree Jr./Otherwise, Ignotus y Shirley Jackson, y obtuvo dos veces el premio Nebula. The Dark Ride: The Best Short Fiction of John Kessel se publicó en 2022, y su colección The Presidential Papers apareció en 2024 en la serie Outspoken Authors de PM Press.

PAISAJE INESPERADO

Ramiro Gallardo

 

Las cubiertas rechinaron dejando rastros de caucho sobre el asfalto. Otra curva como ésta y no la contamos, pensó el despachante de aduana mirando de reojo a la Princesa. Conocía muy bien estos caminos. El Megane 95 no podía levantar demasiada velocidad, pero esto importaba poco: ir a más de ciento veinte por esta ruta zigzagueante hubiera sido comprarse un boleto de ida directo al cementerio.

Cuando terminó el asfalto soltó un poco el acelerador: a partir de allí era todo ripio. Tenían que llegar al refugio de playa: sesenta kilómetros de subidas, bajadas y curvas bordeando el acantilado. Contaba con el camino como aliado para dejar atrás, por fin, al abogado y su estúpido auto deportivo. Miró por el espejo: la nube de polvo que levantaba al avanzar ocultaba a su perseguidor y lo obligaba a mantener distancia.

Transformado por la tensión de la huida, el camino –sinónimo de vacaciones, sol y playa– se veía diferente. Los médanos cubiertos de yuyos y el mar turquesa eran ahora un fondo apenas perceptible. La sombra de un águila mora se deslizó apenas por entre los médanos y algo de verano regresó a su mente, pero un grito de la Princesa lo obligó a despabilarse: el auto deportivo del abogado apareció como un rayo por entre la nube de polvo, justo en la bajada donde los médanos se abren y dejan ver el borde del acantilado. El despachante de aduana aceleró a fondo e intentó una maniobra intrépida, pero el ripio le jugó una mala pasada: el auto se desvió de la huella, patinó y salió despedido hacia el abismo. Durante los pocos segundos que duró la caída se le cruzaron por la cabeza mil y un pensamientos. Antes de estrellarse, reflexionó sobre lo irónico que resultaba morir cayendo en este punto exacto: pensar que siempre quisimos bajar acá, justo acá. Había descubierto estas playas años atrás, viajando con la Princesa. Ella era la secretaria del contador de la oficina contigua a la suya, unas habitaciones cualunques con divisiones de durlock y baño compartido en un edificio venido a menos del microcentro. Se llamaba Silvia, pero cuando arribaron a estas playas se despojaron de sus nombres. Él pasó a ser el Perro de las Praderas, medio hombre medio bestia y metro sexual. Ella despejó de su mente todo lo relacionado con la vida en la ciudad y se convirtió en la Princesa del Acantilado.

Fueron felices hasta donde pueda imaginarse y se apropiaron para siempre de estos paisajes. De los médanos llegando al borde del abismo, de los loros barranqueros, las águilas moras, los choiques y los lobos de mar. Y de este lugar particular donde, pasando una serie de curvas, los médanos se abrían hacia el oeste enmarcando la playa virgen que, con marea baja, descubría escolleras de roca mágicas repletas de cangrejos, anémonas y ostras fosilizadas. La gente de la zona se jacta de haber descendido acá o allá con escaleras de soga: todos quieren tener su propia bajada les había dicho el que atendía la despensa. Y ésta iba a ser de ellos algún día: la bajada de la Princesa y el Perro.

Desde el pueblo, último lugar al que llegaba el asfalto, seguía varios kilómetros de ripio y unas cuantas playas escondidas. Algunas con bajada natural, otras con fallas artificiales y, en algún punto cualquiera, un sendero que llegaba a un viejo faro de hierro oxidado. Allí, en medio de la nada, sin electricidad ni internet y tres o cuatro casas con paneles solares, el Perro y la Princesa habían reservado un lote sobre un médano con vista al mar. El lote se pagaba en cuotas a un precio razonable y, si se contaba con el dinero necesario, podía agregarse una mínima casa container con deck y pérgola. La casa se montaba en tres meses, pero los ahorros alcanzaban apenas para las primeras cuotas del lote. Terreno y casa implicaban un desembolso demasiado oneroso para una secretaria y un despachante de aduana que trabajaban en unas oficinas medio pelo en el microcentro porteño: ahí entró en juego el abogado.

Era un tipo bromista y algo jactancioso. Tenía su despacho en el mismo edificio pero ocupaba un piso completo. Se conocían de pasillo. Dos o tres veces el abogado había requerido tanto de los servicios del contador –el jefe de Silvia– como del despachante. En alguna charla de ascensor le habían comentado algo sobre estas playas y un día cualquiera, sin previo aviso, apareció por el pueblo con su auto deportivo y una novia de labios gruesos y cejas perfiladas que poco tenían que ver con los choiques, los loros barranqueros y las anémonas. Ante su presencia, la Princesa y el Perro de la Pradera volvían a ser la secretaria y el despachante de aduana. El abogado los invitaba a tomar un cóctel en el parador de playa o un vermut a la puesta de sol en la terraza de la hostería. Lo hacía de forma tan amable e invasiva que resultaba imposible negarse. Las conversaciones giraban siempre alrededor de ese lugar perdido y mágico sobre el que los había oído hablar alguna vez entre la planta baja y el quinto piso del edificio de oficinas.

—Este lugar está bárbaro… —comentaba entre rebuscados ademanes y miradas cómplices con su novia—. ¡Cómo será ese paraíso oculto del que tanto me hablaron! —En momentos como ése afloraba el orgullo de la Princesa y el Perro de la Pradera dejaba ver sus fauces de fiera defendiendo su territorio. Respondían con miradas esquivas o bromas forzadas, actitud que exasperaba al abogado: su obsesión por ese secreto tan bien guardado iba en aumento.

Finalmente les propuso el negocio.

—¿Cuánto les falta? —preguntó con aire triunfal. Él ponía lo que faltaba y ellos irían devolviendo su parte mes a mes hasta completar el cincuenta por ciento. El uso sería compartido, enero para ellos, febrero para el abogado. El resto del año cada uno podría usar la casa cuando quisiera, previo aviso, para no superponerse. Olía mal, pero la avidez por cerrar la compra del lote y la casa container los hizo entrar como caballos. El abogado puso billete tras billete sobre la mesa.

Iba a cagarlos, cualquier gil se hubiera dado cuenta, pero no abrieron los ojos. Fue la novia de labios gruesos y cejas perfiladas quien lo hizo por ellos.

—Es abogado —les dijo, solo eso, haciendo hincapié en la palabra abogado. Ellos entendieron y, al rato, rajaban con la plata. Pensaron que no iba a darse cuenta hasta la noche, pero algo sucedió –a estos tipos es difícil cagarlos– y cuando pensaban que se habían salido con la suya, lo vieron por el espejo retrovisor. El Perro aceleró con todo, pero el camino era demasiado sinuoso y el auto patinó a la primera curva.

Las cubiertas rechinaron dejando rastros de caucho sobre el asfalto. Otra curva como ésta y no la contamos, pensó el despachante de aduana mirando de reojo a la Princesa. Conocía muy bien estos caminos. El Megane 95 no podía levantar demasiada velocidad, pero esto importaba poco: ir a más de ciento veinte por esta ruta zigzagueante hubiera sido comprarse un boleto de ida directo al cementerio.

Cuando terminó el asfalto soltó un poco el acelerador: a partir de allí era todo ripio. Tenían que llegar al refugio de playa: sesenta kilómetros de subidas, bajadas y curvas bordeando el acantilado. Contaba con el camino como aliado para dejar atrás, por fin, al abogado y su estúpido auto deportivo. Miró por el espejo: la nube de polvo que levantaba al avanzar ocultaba a su perseguidor y lo obligaba a mantener distancia.

Transformado por la tensión de la huida, el camino –sinónimo de vacaciones, sol y playa– se veía diferente. Los médanos cubiertos de yuyos y el mar turquesa eran ahora un fondo apenas perceptible. La sombra de un águila mora se deslizó apenas por entre los médanos y algo de verano regresó a su mente, pero un grito de la Princesa lo obligó a despabilarse: el auto deportivo del abogado apareció como un rayo por entre la nube de polvo, justo en la bajada donde los médanos se abren y dejan ver el borde del acantilado. El despachante de aduana aceleró a fondo y el abogado intentó una maniobra intrépida, pero el ripio le jugó una mala pasada: el auto se desvió de la huella, patinó y salió despedido hacia el abismo. Durante los pocos segundos que duró la caída al Perro de las Praderas se le cruzaron por la cabeza mil y un pensamientos. Atinó a frenar el auto, pero una mirada de la Princesa lo hizo cambiar de opinión. Antes de que el abogado se estrellase, reflexionó sobre lo irónico que resultaba que cayera en este punto exacto del acantilado: pensar que siempre quisimos bajar acá, justo acá.

Siguieron camino. Con la plata del abogado comprarían el lote, la casa container y una escalera de soga. La bajada del Perro y de la Princesa estaba más cerca que nunca.

Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos o Habitante del espacio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus “Cuentos de terror playero” forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Ha escrito y colaborado, entre otros medios, con El Anartista entre 2017 y 2021, con la sección de cultura de Agencia Paco Urondo entre 2018 y 2022, y con revista Entredicha en 2024 y 2025.

LA MUJER QUE COMÍA FLORES Y YO

Bob Van Laerhoven

 

—Dime por qué sigues escribiendo esas novelas con múltiples niveles, tristes, estremecedoras y ultranegras —me dijo hace años la Mujer que Comía Flores durante una cena en Bruselas. —Había leído mi novela Regreso a Hiroshima y me había llamado—: Me hiciste llorar leyendo tu libro, así que ahora tienes que invitarme a cenar.

Acepté. La Mujer que Comía Flores y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, así que le perdoné que me apretara las clavijas. Y que hubiera leído Regreso a Hiroshima años después de su publicación. Cuando estaba borracha, solía insistir en que una vez habíamos sido amantes. Yo no lo recordaba. Había olvidado tantas cosas, y los detalles que ella mencionaba para demostrar que en el pasado habíamos estado enamorados bien podrían haber sido inventados por un novelista.

Como de costumbre, ella eligió el restaurante; era vegana y le encantaban las flores en el plato. Antes de comerse las de colores intensos, les pedía perdón. Y luego empezó a criticar mi obra literaria.

—Mis novelas no tienen ni de lejos tantos niveles ni son tan tristes, estremecedoras y negras como la política mundial actual —repliqué. Con bastante suficiencia, lo admito, pero la Mujer que Comía Flores provocaba ese efecto en mí. Llevábamos hablando de la situación en Siria desde los aperitivos. Me había preguntado por qué no visitaba el país ahora que el dictador Bashar al-Assad parecía estar perdiendo la guerra civil. Le respondí que me había vuelto demasiado viejo y cobarde para visitar lugares infernales –de acuerdo, admito que utilicé esa expresión– y escribir sobre conflictos interminables.

Negó con la cabeza: qué muchacho tan corto de entendederas era su compañero de mesa. Tsk, tsk, tsk. Y qué cobarde.

—Lo que me interesa son las máscaras y las emociones que hay detrás de ellas en tus libros —dijo después de dar un trago al costoso vino que yo pagaría—. Por ejemplo, ese trágico villano de Regreso a Hiroshima, el deforme jefe yakuza japonés, apodado como un raro demonio japonés... ¿Cómo se llamaba?

—No lo recuerdo. ¿Por qué no lees mi última novela, La larga despedida? Es mejor que esas cosas viejas.

—Vamos, no seas engreído. Dime el nombre de ese demonio japonés. Los demonios me fascinan.

Quise responder «Nabucodonosor», pero gruñí:

—Rokurobei.

Me gustaba aquella mujer. De verdad que sí.

—No sé por qué, pero mientras leía tu libro ese personaje, con toda su desconcertante complejidad, me hizo pensar en Bashar al-Assad.

Había un buen trecho entre el esquizofrénico jefe de la mafia japonesa de Regreso a Hiroshima y Bashar al-Assad. La Mujer que Comía Flores tenía fama de practicar una ardua gimnasia mental.

Me vio fruncir el ceño y añadió:

—¿Nunca te has dado cuenta de que Bashar al-Assad es la viva imagen de esos vampiros de las viejas películas en blanco y negro? —Masticó delicadamente el repollo rallado más rojo que había visto en mi vida.

—¿Y?

—Tu Rokurobei tiene, cito, «colmillos afilados a lima y cuidadosamente engastados con pequeñas gemas» para parecerse más al demonio que supuestamente encarna.

—¿Yo escribí eso? Debía de estar borracho.

—No intentes hacerte el inocente. No te queda bien.

—Deberías convertirte en crítica literaria. Haces las suposiciones más extrañas.

Se sintió halagada y sonrió. Para ser vegana, tenía unos dientes muy afilados.

 

No recuerdo cómo volvimos a hablar de las armas químicas que Bashar al-Assad había utilizado durante años contra su propio pueblo. Realmente estábamos teniendo una cena romántica. La Mujer que Comía Flores trabajaba para Médicos Sin Fronteras; tal vez fuera por eso. Pero sí recuerdo haberle dicho que, últimamente, el gobierno sirio utilizaba bombas de barril, granadas de fósforo, bombas de racimo... En resumen, todo lo que puede mutilar y matar, pero no armas químicas. Hurra.

La Mujer que Comía Flores me miró como si yo fuera un Monstruo del Espacio Exterior.

—¿Dónde y cuándo te convertiste en eso?

—¿En qué?

—¿Recuerdas lo que me dijiste hace mucho tiempo? Si estás convencido de que vives en un mundo frío, violento y cínico, contribuyes a hacerlo aún más frío, violento y cínico, aunque en realidad no hagas nada.

—Pensamiento vegano pasado de moda —dije—. Supongo que todavía comes margaritas de postre.

Permítanme ahorrarles su respuesta.

 

Después de regresar a casa una hora más tarde, le escribí un correo electrónico a la Mujer que Comía Flores diciéndole que, para ser vegana, podía tener una lengua extraordinariamente afilada.

Y que no había dejado realmente de preocuparme por el mundo y por la gente.

Solo estaba, entre otras cosas, cansado, viejo, triste, decepcionado, solo y malhumorado.

Aunque tiende a exagerar, escribí, me había hecho comprender que, con los años, mi visión del mundo se había vuelto, en efecto, un poco contaminada, desdeñosa, apagada y fatigada.

Por mencionar solo algunas de las cosas que ella me había dicho en el restaurante.

Después de guardar el mensaje, pero sin enviarlo, pasé una eternidad dando vueltas en la cama. Por la mañana, creí recordar dónde había comenzado mi «repugnante negativismo cínico», como la Mujer que Comía Flores había llamado a mi estado de ánimo: más de treinta años atrás, durante la guerra de Bosnia, en un pasillo lleno de escombros de un hospital de Médicos Sin Fronteras en la sitiada ciudad bosnia de Sarajevo.

Allí, una niña tendida en una camilla, con el rostro destrozado por una bala, me miraba como si yo fuera algún Horror del Espacio Exterior. Aparté la mirada mientras permanecía allí tomando notas en aquel pasillo sucio donde se amontonaban los heridos y los moribundos.

 

Tantos años después, frente a mi computadora portátil, contemplo los enormes y nebulosos ojos de niños sirios conectados a rudimentarios sistemas de soporte vital en hospitales destartalados, luchando por sus vidas.

Nunca supe si la niña con la herida en la cabeza del abarrotado hospital de Sarajevo sobrevivió. Tampoco sé si sobrevivirán los niños sirios de las fotografías que estoy mirando.

Lo que sí sé es que lucho con la misma desconcertante mezcla de emociones que hace tantos años en Bosnia: compasión, vergüenza, ira, culpa. Y debajo de todo eso, una capa oscura y dolorosa que no puedo describir con claridad, pero que se siente más o menos así: Toda mi vida me sentí impotente ante la miseria que el hombre inflige al hombre, y eso me hizo sentir más furioso y culpable con cada año que pasaba. Como resultado, vomité sobre el mundo y llamé novelas a mi vómito.

 

La Mujer que Comía Flores y yo hablamos por Skype hace unas horas. Me invitó a cenar a su casa. Dijo que hacía demasiado tiempo –¿dos años?– que no nos veíamos, que comeríamos margaritas marinadas de postre y que había leído La larga despedida, mi último libro.

Le pregunté si recordaba nuestra cena en Bruselas y le hablé de la niña con el rostro destrozado por una bala en Sarajevo. Llamé a aquel episodio «El comienzo de mi irrevocable descenso hacia la negatividad». Se me ocurrieron algunas metáforas aún más pomposas para asegurarme de que comprendiera que estaba bromeando con ella.

Ella no quiso comprender que estaba bromeando.

Debería haberlo sabido.

—Por fin sé por qué has estado publicando todas esas novelas despiadadas y sombrías, repletas de personajes que sufren un intenso odio hacia sí mismos —dijo desde la pantalla, mirándome de una manera muy peculiar.

—¡Lo hice para convertirme en un escritor yuppie rico y famoso!

—Ajá, ajá, ajá.

—¿Entonces por una ira impotente? ¿Eso te gusta más?

—No —respondió la Mujer que Comía Flores—. Creo que lo hiciste por miedo. Miedo de que las atrocidades que presenciaste durante tus años de viajes por países devastados por la guerra acabaran llevándote al suicidio. Tenías que demostrarte a ti mismo que eras fuerte escribiendo novelas que, en cierto sentido, son aún peores que la realidad.

Las novelas caleidoscópicas del autor belga-flamenco Bob Van Laerhoven combinan la literatura con el suspense y el misterio. Es un escritor galardonado con numerosos premios y de proyección internacional, cuyas obras han sido traducidas y publicadas en doce idiomas, incluidos el ruso, el chino y el amárico (la lengua oficial de Etiopía). Entre 1990 y 2003 trabajó como cronista de viajes en zonas de conflicto y, actualmente, ya septuagenario, se encuentra redactando sus memorias.

 

CURA DE SUEÑO