jueves, 3 de septiembre de 2026

EL BALLET DE LAS SOMBRAS

Dora Gómez Q.

 

Las luces del escenario proyectaban haces geométricos, como si el propio espacio estuviera dividido por navajas ópticas. Cada noche, el proyector se encendía y ellos ejecutaban la coreografía.

La bailarina estaba atrapada entre el celuloide y la realidad. Si ella lograba romper la rigidez de la geometría del escenario y dar un paso en diagonal hacia la penumbra total, el bucle se rompería y sería libre, pero Jonathan hacía lo imposible con sus poses teatrales para mantenerla estática en su cuadro de luz.

 El Teatro de la Ópera de Estrasburgo estaba clausurado hacía décadas, desde el incendio de 1926. Sin embargo, cada medianoche, los generadores ocultos en el sótano cobraban vida con un zumbido eléctrico. El olor a ozono y polvo caliente no era el de una ruina, sino el de una máquina devorando electricidad.

Me colé entre los andamios oxidados, buscando el calor de los transformadores. Lo que vi en el escenario principal, me heló la sangre.

No había música. Solo el zumbido rítmico de un proyector de carbón oculto en el palco presidencial, casi como una respiración. La luz que caía sobre las tablas no dispersaba la oscuridad; la cortaba en ángulos perfectos, como cuchillas blancas sobre un fondo de tinta china.

Y en el centro de ese laberinto de líneas, ensayaban ellos: Irina y Jonathan.

Al principio pensé que eran maniquíes de cera articulados por cables tensos desde el techo, porque tenían una palidez extrema, los ojos cercados por un hollín espeso y unas pupilas dilatadas que no parpadeaban. Él estaba vestido con un frac rígido que parecía absorber la luz y se movía detrás de la bailarina sin tocarla jamás, con dedos como las garras de un insecto disecado, suspendidos a milímetros de su cuello, marcando cada uno de sus pasos con sutiles espasmos y ella que respondía al instante con sus pies, atados por cintas que le mordían la carne, y repicaban contra la madera con un crujido seco, como el de huesos rompiéndose uno a uno.

—Un milímetro a la izquierda, Irina —siseó el hombre. Su voz no venía de su boca, que permanecía inmóvil y pintada de un negro violáceo, sino desde el fondo de la fosa del escenario—. Estás ensuciando la diagonal. El cuadro debe ser perfecto.

Me oculté detrás de una columna de terciopelo podrido, conteniendo el aliento. Fue entonces cuando me di cuenta de que la coreografía no avanzaba. Repetían los mismos tres segundos una y otra vez. Ella giraba sobre su punta izquierda, abría los brazos en un ángulo exacto, miraba hacia el palco vacío con una expresión de pánico absoluto, y él congelaba sus manos sobre la cabeza de la bailarina. Luego, la luz parpadeaba, un chasquido eléctrico resonaba en el aire, y volvían a empezar exactamente en la misma posición.

Me quedé mirándolos desde la penumbra, perdí la noción del tiempo, aunque creo que fue bastante prolongado porque ya mis ojos se habían acostumbrado a la luz estroboscópica, pero mi mente empezaba a agrietarse.

 Debí dar media vuelta y huir, pero había algo en la fijeza de sus pupilas que me mantenía inmóvil.

 En un instante, durante el último parpadeo de la luz, la bailarina no miró hacia el palco. Me miró directamente a mí, a través de la oscuridad del ala oeste. Y sus labios, agrietados por el yeso, intentaron modular una palabra que el zumbido de la electricidad casi logró ahogar: «Ayuda».

El horror no llegó con un grito, sino con el silencio de mis propios pulmones. Quise dar un paso atrás. Decidí deslizar el pie derecho hacia la sombra protectora de la columna de terciopelo, pero mi bota se quedó clavada en la madera. No estaba pegada, el espacio detrás de mí había dejado de existir. Cuando miré de reojo, la penumbra del ala oeste ya no era un vacío oscuro, sino un muro sólido y negro que presionaba contra mi espalda.

La luz del proyector volvió a parpadear.

Chasquido.

Irina giró sobre su punta izquierda. Abrió los brazos. Miró hacia el palco con pánico. El hombre congeló sus manos de insecto sobre la cabeza de la joven.

Chasquido.

El ciclo terminó. Y en esa fracción de segundo en que la bombilla de carbón se extinguió para reiniciar el bucle, mi cuerpo entero dio un violento vuelco hacia el frente. Un tirón invisible, seco y magnético, me arrastró medio metro fuera de mi escondite.

Ahora estaba expuesto.

La luz blanca y cortante me dio de lleno en la cara. Un aire caliente se metió en mi nariz, quemándome la garganta Intenté gritar, pedirles que se detuvieran, pero mis cuerdas vocales solo emitieron el mismo zumbido rítmico que hacía vibrar el teatro. Mi voz ya no me pertenecía; ahora era parte del motor.

—El cuadro se expande —susurró la voz sin boca del hombre del frac. Esta vez, el eco resonó justo detrás de mis orejas—. Una nueva arista para sostener el peso de la geometría.

Chasquido.

Irina volvió a girar. Pero esta vez, sus ojos circulares no miraron al palco, ni me buscaron en la sombra. Su mirada se clavó en mi pecho. Vi las lágrimas de yeso seco romperse en sus mejillas mientras sus brazos se abrían en los malditos noventa grados.

Comprendí que su pánico ya no era por su propio cautiverio, sino por el mío. Quise mirar mis manos, pero mi cuello se había petrificado. Mis dedos comenzaron a estirarse, tensándose en ángulos antinaturales que imitaban la rigidez coreográfica de los dedos de Jonathan.

Mis pies se juntaron en una posición de ballet perfecta, los talones unidos, obligándome a mantener un equilibrio agónico. Me quedaban pocos segundos de conciencia antes de que el mecanismo borrara mi voluntad por completo. El proyector emitió un zumbido más agudo, el filamento vibró al límite, y la luz comenzó a parpadear más rápido.

El bucle de tres segundos se redujo a dos.

Luego a uno.

El tiempo se estaba comprimiendo, y yo me estaba convirtiendo en la tercera silueta del escenario.

 

Algún tiempo después, en el otoño de 1952, la linterna emitía un crujido molesto cada vez que se presionaba el gatillo, arrojando un haz de luz amarilla y mortecina sobre las butacas destrozadas del Teatro Ópera. Hacía frío, un frío húmedo que olía a madera podrida, a nidos de paloma y a abandono.

—No sé qué esperabas encontrar aquí, Oliver —susurró una voz desde la entrada. Oliver no respondió. Oliver, estudiante de arquitectura, estaba obsesionado con los teatros del pasado, y las leyendas urbanas del barrio eran demasiado tentadoras como para pasarlas por alto. Decían que el Ópera devoraba a los vagabundos que buscaban refugio en los inviernos crudos. Decían que, a veces, las ventanas tapiadas del piso superior vibraban con una extraña fluctuación eléctrica.

Oliver llegó al borde del escenario. El suelo estaba cubierto de una capa de polvo tan gruesa que parecía nieve gris. Apuntó su linterna hacia el techo, buscando el mecanismo del telón, pero el aparato falló. La bombilla titiló dos veces y se apagó por completo, sumiendo el lugar en una oscuridad total.

—¿Oliver? No tiene gracia. ¡Vámonos! —exclamó el compañero de aventura y se marchó sin esperar respuesta. Oliver abrió la boca para responder, pero el aire se volvió pesado de golpe. Un zumbido sordo empezó a vibrar bajo sus pies, ascendiendo por sus piernas como una corriente de baja intensidad.

Entonces, el proyector del palco presidencial se encendió solo, con un fogonazo blanco y geométrico que rebanó la penumbra del escenario en ángulos perfectos de luz y sombra obligándolo a dar un paso atrás por puro instinto, pero se congeló al ver lo que había aparecido en el centro del haz luminoso.

Eran tres figuras

La luz parpadeó. La bailarina abrió los brazos. El hombre del frac congeló su pose. Yo, incliné el torso en una reverencia mecánica y agónica.

Chasquido.

El bucle de un segundo se repitió. Una y otra vez. Una danza muda y frenética que no levantaba una sola mota del polvo del suelo.

Oliver sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. Quiso gritar, pero la mandíbula se le puso rígida, como si el tejido de sus mejillas se estuviera transformando en madera o cera. Intentó retroceder, pero su zapatilla derecha se hundió en el suelo, clavándose en la tarima con una firmeza magnética.

Moví apenas la mirada hacia la oscuridad donde estaba el estudiante. Con un esfuerzo que me desgarró el cuerpo, desvié el pie izquierdo unos centímetros. No hacia adelante. En diagonal. La única dirección prohibida.

El mundo produjo un ruido seco. No fue el proyector. Fue la geometría rompiéndose.

Durante una fracción de segundo vi el escenario desde afuera: vi a Irina, a Jonathan, al muchacho de los años cincuenta y al lugar vacío donde yo había estado antes.

Entonces comprendí que el espectáculo nunca perdía una figura. Sólo cambiaba de nombres.


Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA CABAÑA HÚNGARA

Azher Jirjees

 

En el otoño del 2006 llegué andando hasta Hungría. Hice la travesía solo, atravesando los bosques sin rumbo hasta que se me apareció a lo lejos el espejismo de una vieja cabaña. Se trataba de una choza aislada, cerca de un establo de burros que desprendía un extraño olor a carne asada. Con lo que me restaba de ánimo me dirigí hacia allí, y fue entonces cuando a la distancia escuché un gritó: ¡Stop! Me detuve al instante y levanté las manos en señal de rendición. Una anciana enflaquecida vino hacia mí apuntándome con una escopeta de cazador. Me habló en húngaro. No entendí lo que dijo y de no ser por las pocas palabras en inglés que aprendí hace veinte años cuando iba a la escuela, posiblemente ahora no estaría contándolo. Le dije que andaba perdido y que estaba hambriento, que había huido de la muerte, y solo entonces la anciana bajó el arma y me dijo: ¡Sígueme!

   Me metió en la cabaña y me ofreció hígado de pollo machacado con manteca y avena, plato que devoré con apetito. Mis ojos no perdían detalle del lugar. Desde dentro se veía un espacio amplio. Estaba lleno de botellas de vino vacías y las paredes y el suelo olían a orín. La señora Bárbara me contaría después que se dedicaba a fabricar vino casero para vendérselo al dueño de un bar en Budapest. También me dijo que hace cincuenta años había llegado a un trato con uno de ellos respecto al vino añejo, producto que haría de ella una mujer rica. Me habló de que tenía un sótano lleno de barricas de madera y que era feliz con su trabajo. Luego me pidió que le contara mi historia.

   Yo le hice un resumen de mi vida y se le llenaron los ojos de lágrimas al saber que había huido de la guerra. Me pidió que me quedara. Los desertores son susceptibles de despertar compasión. Acepté sin dudarlo. Trabajo y cobijo, ¿qué más puede pedir un extraño? Acordamos que trabajaría siete horas en el establo y me encargaría de limpiarlo de los excrementos, a cambio, tres comidas al día a base de hígado caliente de pollo y un lugar para dormir en la cabaña. A decir verdad, no resultaba un trabajo demasiado pesado.

   Cierta noche, estando acostado, escuché un ruido en el sótano. Las barricas se agitaban violentamente. Bárbara me había prevenido de entrar en el sótano del vino, pero aquella noche ella estaba sumida en un sueño profundo, así que retiré la manta, tomé un machete y me dispuse a bajar las escaleras. Iba descalzo, andado de puntillas y mascullando por lo bajo una fórmula aprendida de mi abuela Salima. Una vez abajo encendí la lámpara de aceite y observé los barriles de vino. Estaban quietos, y no se sentía más ruido que los ronquidos de Bárbara filtrándose desde el piso de arriba. Me quedé tranquilo. Apagué la lámpara y fui subiendo las escaleras despacio. Sin embargo, un temblor procedente de una de las barricas me hizo volver para ver lo que ocurría. Encendí la lámpara de nuevo, y con ella en la mano, me metí hasta el fondo del sótano. Cada vez que daba un paso, se amplificaba la violencia de aquel temblor y así hasta que llegué al último barril. Se agitaba como un niño que estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Puse el quinqué a un lado y agarré una barra de hierro que estaba tirada en el suelo, la encajé en la tapa de la barrica y la abrí. Saltó de allí un enano en pelotas.

¡Santo Dios!¡ Un enano en una barrica de vino! La escena me dio miedo y empecé a repetir en voz alta la fórmula y amuleto de protección, pero él me interrumpió.

   —No vale para nada.

   —¿El qué?

    —El amuleto. Olvídalo. Ya lo probamos nosotros antes y no sirvió de nada.

      Las palabras del enano me dejaron perplejo y estuve a punto de perder la razón.

   —¿Quiénes son los que hablan en su nombre?

   —No te asustes, querido. Tu destino no será muy diferente al nuestro.

   Le pregunté a qué se refería y bajó la luz del quinqué con la mano, se sentó encima del barril que estaba al lado y empezó a contarme la historia. Me dijo que en esas barricas no había vino, sino enanos macerando en orín de burro. La señora Bárbara, según su explicación, había construido aquella cabaña hace cincuenta años para dar caza a los que huían de las guerras, a los cuales metía en las barricas de madera. Cada día los alimentaba con hígado de erizos monteses machacados con aceite, que poco a poco, los iba menguando hasta convertirlos en enanos. Luego los metía en las barricas de vino, llenas de orín de burro y los vendía como bebida para los geniecillos malos. El proceso hasta que fermentaban y se convertían en alcohol podía alargarse varios años, aunque ella cobraba del señor Mark la mitad por adelantado de cada uno de los prófugos que atrapaba.

   —¿Y quién es ese tal señor Mark? —le pregunté.

   —El dueño del bar que frecuentan los genios malos —respondió antes de preguntarme él —: ¿Has tomado ya de esa comida?

   —Así es, tres veces al día, pero ella me dijo que era hígado de pollo con grasa y avena.

   —Es lo que les dice a todos, pero no es cierto. Es hígado de erizos monteses enanos.

   La historia me puso la piel de gallina. Tratando de tranquilizarme me pase la mano por el cuerpo, que aún seguía en su tamaño normal. Luego le pregunté sobre el secreto que había detrás de todo aquello, y la razón última que llevaba a una anciana a macerar a los prófugos de las guerras en orín de burro, ¡para venderlos después a los genios malos! Entonces me reveló que cuando él empezó a menguar y llegó el día en el que la señora Bárbara decidió meterlo en el barril del orín, le había preguntado eso mismo, y ella se echó a reír a carcajada limpia y le respondió con una frase: Escucha, enano, cuando la guerra estalle en este lado de la tierra, el mercado de la diversión estará en lo más alto en el otro lado.

   Para ser sinceros, no entendí que quiso decir el enano infusionado, pero de igual manera le pregunté al final por el día el que yo mismo me convertiría en vino para los demonios. Se rio de mí y dijo:

   —Oh, aún es pronto para eso, compañero, figúrate, yo hui de la guerra de Octubre y aún no he fermentado. Devuélveme al barril, haz el favor, extraño el sabor del orín de burro.

   Y así fue. Lo sumergí en el orín, encajé la tapa y seguidamente apagué la luz para volver a la cama. Por la mañana, desperté con las voces de la anciana Bárbara:

   —Salim, Salim, despierta querido, es la hora de comer.

Azher Jirjees nació en Nasirriya, Irak, en 1973 y reside actualmente en Noruega. Entre la gran cantidad de trabajos literarios publicados, muchos de ellos relatos y artículos mordaces que han visto la luz en prensa árabe, destacamos sus obras más recientes: Encima de la tierra negra (2015), El artesano de dulces (2017), y Piedra de la felicidad (2022).

 

 

DOS HOMBRES, TRES OPINIONES

Anamaria Borlan

 

Dos hombres se encuentran en una tabaquería del barrio donde viven. Se saludan cortésmente, cada uno a su manera: el primero que entró, con una sonrisa torcida en la comisura de los labios; el otro, con una mueca de fastidio. Se conocían de vista, aunque nunca habían intercambiado una palabra, pese a vivir en el mismo edificio, pero en entradas, pisos y departamentos diferentes. El primero compra una caja de fósforos mientras el segundo espera pacientemente a que quien lo precede rebusque en sus bolsillos, tosa, se suene la nariz con un pañuelo arrugado y, finalmente, coloque dos monedas sobre el mostrador con marco de caoba, bien lustrado, que encuadraba majestuosamente una placa de vidrio rayada, manchada, opacada aquí y allá por el roce de tantos codos y diversos objetos que habían pasado sobre ella a lo largo de varias décadas. El segundo cliente pide un paquete de cigarrillos sin filtro y, cuando el vendedor le responde con cierta brusquedad que no tiene la marca deseada, el hombre se enfada.

Una lluvia de insultos, improperios y maldiciones inesperadas e inútiles cae sobre el anciano sentado en una silla detrás del mostrador, quien, imperturbable, se acaricia la barba larga, espesa y desgreñada, demostrando una perfecta indiferencia ante el acceso de furia del cliente. El primero que había entrado, el que había comprado la caja de fósforos y nada más, ya casi en el umbral de la tabaquería y con intención de salir, abre la caja, saca un fósforo y lo enciende ante los ojos del hombre que discutía por el paquete de cigarrillos. Este da un salto hacia atrás para esquivar primero las chispas y luego la llama que brota de repente bajo su nariz, y se golpea la cadera contra el mostrador lateral, estrecho, de madera con refuerzos metálicos oxidados en algunos lugares.

—El fósforo de la caja es un elemento que se comporta amistosamente, por supuesto, siempre que no dejes caer la cerilla al suelo, sobre la madera o sobre los pantalones de algún payaso... —dice el primero con voz grave, casi susurrante, adoptando un aire solemne, serio, grandioso e imponente, todo al mismo tiempo. El segundo, un hombre aproximadamente de la misma edad, un poco más bajo y barrigón, exhibe también, en la medida de sus posibilidades, un aire majestuoso.

—No me hables a mí de fósforo y cerillas —gruñe con expresión contrariada, lanzando una mirada de soslayo al tabaquero que permanece callado y aburrido en su taburete detrás del mostrador.

—¿Y por qué no? ¡Hablo de lo que quiero!

—¿Al menos sabes de qué estás hablando? Déjame contarte una historia, ya que has entrado en mi tienda. En tiempos de la Antigua Roma, un poeta llamado Marcus Valerius Martialis, autor de doce libros de epigramas leídos por los emperadores Domiciano, Nerva y Trajano, menciona una sustancia llamada sulphurata, utilizada para encender fuego. Varios siglos después aparecen las varillas de azufre con las que las damas de la corte de la dinastía china Qi encendían sus pipas. Mucho más tarde aparecen en Europa unos fósforos llamados Lucifer, porque la varilla llevaba en uno de sus extremos una mezcla de azufre, clorato de potasio, azúcar y caucho, una verdadera bomba; se encendía introduciendo la punta en un pequeño frasco de ácido sulfúrico, lo cual era francamente peligroso y muy costoso. También existían los fósforos llamados Ratón Volador, es decir, los vampiros de la noche. Pero antes de que llegáramos a la civilización –bueno, a una especie de civilización, porque seguimos siendo unos salvajes–, mucho antes de que nuestros semejantes asaran carne, los hombres golpeaban dos piedras, pedernal y eslabón, con las que también prendían fuego a la pólvora. Como ves, sé mucho sobre fósforos. —El segundo cliente resopla con desaprobación y afectación fingida—. Veo que no te interesa. Al menos sé educado y escucha, tú, comprador de cigarrillos baratos y sin filtro —lo reprende el primer cliente.

—¿Qué te importa mi vida, eh?

—¡Estoy perdiendo el tiempo y la paciencia con gente como tú!

—¡Mira tú! —exclama el segundo con expresión ligeramente divertida, lanzando una mirada al anciano de barba desgreñada—. ¿Gente como yo, eh? ¿Y quién es usted para hablarme desde arriba?

—¿Eh? ¿Has dicho «eh»? ¿Te crees superior a mí?

—¡Esto sí que es bueno! ¡Por supuesto que me creo superior a ti!

—¿Por qué, si tienes la amabilidad de responderme?

—Porque soy una cabeza más alto que tú, llevo zapatos de cuero lustrados, he comprado fósforos aunque no fumo...

—¡Interesante! Parece que esos pocos años que tienes menos que yo te conceden el valor imprudente de quien, por ser más joven, se siente autorizado a insultar. El hecho de que seas una cabeza más alto que yo solo demuestra que alguien de tu familia poseía, sin saberlo, por supuesto, un conjunto de genes presentes en los cromosomas que contienen la información genética necesaria para la formación de un organismo y transmiten determinadas características hereditarias. El hecho de que lleves zapatos de cuero, y además lustrados, indica que tienes ingresos suficientes, y tu afirmación de que no eres fumador me deja completamente indiferente.

—Señor, escuchando sus magistrales palabras pronunciadas con tanta grandilocuencia, me inclino a pensar que su profesión podría ser la de profesor o la de librepensador.

—¿De dónde puedes deducir semejante profesión, como acabas de anunciar? Nada más lejos de la verdad.

—Mis disculpas. ¿Podría decirme, se lo ruego amablemente, cuál es su profesión?

—¿Tanta curiosidad tienes por conocer mi profesión? Me pregunto por qué. ¿Puedes revelarme el motivo de esa insólita petición de que te confiese a qué me dedico?

El primer cliente, con un pie en el umbral y una mano sobre el picaporte desgastado por los años, aprieta los labios y expulsa un sonoro resoplido por la nariz.

—Porque he observado, sin proponérmelo, que pediste un paquete de cigarrillos y te enfureciste porque no tenían tu marca preferida.

—¡Deducciones erróneas! Y de varias clases. Has supuesto, escuchando a escondidas mi conversación con el vendedor y sin saberlo con certeza, para quién pensaba comprar ese paquete de cigarrillos. ¿Por qué precisamente esa marca? ¿Quizá para mí? ¿Quizá para otra persona? ¿Por qué el tabaquero no tenía esa mercancía? ¿Por qué no hizo un nuevo pedido? ¿Tal vez no advirtió que justamente esa marca se había agotado? ¿Tal vez no le importó? ¿Tal vez sabía que al final compraría otra marca de cigarrillos...?

—No puedo sino darte la razón. Es cierto. He reflexionado y elaborado cierta forma de razonamiento sin una base comprobada, sin premisas que condujeran a una conclusión fundada en la lógica del juicio.

—No has reflexionado; solo oíste algunas palabras dichas al azar y después tuviste la insolencia de criticarme, de mirarme desde arriba; incluso mencionaste con elocuencia el hecho de que llevas zapatos de cuero lustrados.

—Mencioné ese detalle porque es verdad.

—Yo llevo un pañuelo en el bolsillo, pero no he mencionado ese objeto, aunque su presencia sea absolutamente real, incluso sin que yo demuestre su realidad inmediata. Como dato curioso y divertido, yo también llevo zapatos de cuero, y hasta están lustrados. Quizá no miraste lo bastante bien o no te inclinaste lo suficiente para darte cuenta. Después de todo, ¿cuál es el propósito de esta conversación? Como intuyes, o quizá incluso sea deliberado, este diálogo puede ramificarse en varias direcciones, no todas agradables ni seguras.

—¿Como una disputa filosófica?

—En pocas palabras, sí.

—¿Y en muchas?

—Nos llevaría meses, si no varios años, discutir de manera divergente acerca del tema de nuestro encuentro de hoy.

—Yo tengo tiempo. No tengo prisa por ir a ninguna parte. He entrado por primera vez en mi vida en esta tabaquería por pura curiosidad.

—¿Qué despertó tu curiosidad? ¿Existe alguna motivación empírica o fue simplemente casual?

—Sentí el impulso de explorar lugares y personas nuevos, desconocidos para mí antes de esta experiencia.

—Eso significa que tienes un fundamento subjetivo para el impulso que determinó esa acción.

—Más bien, lo confieso sinceramente, por la naturaleza de una cábala.

El primer cliente que había entrado en la tienda permanece callado durante unos instantes, como sumido en sus pensamientos.

El anciano vendedor de barba blanca y desgreñada se levanta con dificultad de su silla, da un paso hacia el mostrador y apoya ambas palmas sobre el vidrio rayado, opacado y manchado.

—Con todo respeto, estimados clientes, me veo obligado a invitarlos a trasladarse afuera, a la plaza, para que continúen allí su diálogo sobre el análisis y el debate minucioso de la nada.

—¿Ya es hora de cerrar? —pregunta sorprendido el segundo cliente.

—¿Nos echa por haber hablado de fósforos?

—No de fósforos —interviene el segundo hombre—. Hablamos, o al menos tuvimos la intención de hablar, también de la chispa producida por la cabeza de fósforo, que después se enciende, arde como las ideas y se extingue como la vida de un hombre.

—Caballeros, no deseo contrariarlos de manera desagradable, pero esta conversación me ha aburrido más allá de todo límite y, con la mano sobre mi envejecido corazón, no deseo que la nada se transforme en caos. Añadiré unas pocas palabras y después cada uno seguirá su camino; yo cerraré la puerta desde dentro. He visto en sus distinguidos rostros que experimentaron un instante de intriga, de perturbadora sorpresa, cuando pronuncié la palabra «nada». Se me ocurrió la teoría que se refiere a la Nada como la maximización de la posibilidad de lo inexistente. ¿Tengo razón?

El tabaquero desplaza la mirada de uno al otro.

—Sin ánimo de ofender, se me acaba de ocurrir una pregunta —dice el primer cliente—. Señor, ¿está usted familiarizado con... el idealismo?

—Más bien con la Ilustración —responde de inmediato.

Los dos clientes intercambian una mirada; el asombro se refleja en sus rostros.

—Si lo considera oportuno, me tomo la libertad de preguntarle cuál es su nombre.

El anciano endereza la espalda sosteniendo una gran llave en la mano, como si estuviera a punto de atacarlos.

—Mi nombre carece por completo de relevancia. Igual que los de ustedes. La razón y la experiencia son características generales de la existencia. También lo son los conceptos de espacio, tiempo y cambio, la causalidad y las leyes de la naturaleza. La materia y la mente humana mantienen un vínculo estrecho y predeterminado. Sin estas particularidades no existirían ni lo posible ni lo necesario.

—Ni el conocimiento —añade el primer cliente.

—Solo ahora hemos llegado al momento indudable, necesario y posible de revelarnos nuestros nombres —replica el anciano con tono decepcionado y casi dolorido—. Después abandonarán esta tienda y yo bajaré las persianas de la tabaquería. ¡Vayan a adorar a algún ídolo, dios o poder cósmico! Yo, el que está aquí ante ustedes, me llamo Mendelssohn. Moses Mendelssohn.

Los dos miran al hombre de barba blanca y desgreñada.

—¿Aquel Moses Mendelssohn, teólogo y filósofo?

—En persona. Ahora tengo que pedirles un gran favor. Revelen también ustedes sus nombres y a qué se dedican durante los días de la semana. Primero el primer cliente y después el segundo, en el mismo orden en que entraron.

—Me llamo Johann Christoph Friedrich Schiller. Escribo obras de teatro y, de vez en cuando, poemas.

—¿Eres aquel Schiller que escribió obras filosóficas sobre ética y estética? ¿Tomaste como modelo mi forma de síntesis, aplicando así mi pensamiento junto con el del idealista Karl Leonhard Reinhold? ¡No esperaba un encuentro semejante! Ahora te toca presentarte —dice, volviéndose hacia el segundo.

—Mi nombre es Immanuel Kant. Mis ideas sentaron las bases del sistema doctrinal del idealismo trascendental.

—¿Y a qué conclusión ha llegado, señor Kant? Le hago la misma pregunta al señor Schiller.

—Todavía pienso y reflexiono acerca de la relación entre la realidad y la realidad empírica que podemos experimentar.

—¡Fascinante! —se maravilla el dramaturgo—. Yo también sigo pensando en la naturaleza del mal, y especialmente en la cábala entendida como complot, conjura e intriga, como experiencia de la realidad.

—En conclusión, ¿cuál es la opinión de ustedes acerca del idealismo, sea trascendental o esté por encima o más allá del mundo real?

—Por ahora intento formarme una idea acerca de la cosa como materia, sobre cómo puedo penetrar con la mente más allá de la apariencia. ¿Cómo podría contemplar el espacio cósmico y explorarlo mediante el poder de mi mente? Tal vez encontrar una civilización más avanzada que la nuestra y poder preguntar acerca de la percepción de sentidos que trasciendan la realidad.

—Y yo procuro, en mis obras de teatro y en mis poemas, examinar el fundamento de la realidad como una característica independiente de la mente. El viaje espacial tendrá lugar, sin duda. Es muy posible que esa civilización más avanzada que la nuestra, de la que has hablado, posea concepciones y un conjunto de conocimientos más sofisticados y que tengamos la oportunidad de experimentar la metafísica...

—Sí, por supuesto, sería una experiencia única estudiar el ser en cuanto ser, independientemente de que sea humano o extraterrestre —se entusiasma Kant.

—¡Explorar el ámbito suprasensible más allá de nuestro mundo interior y también aquello que existe más allá del mundo exterior!

—¡Y asimismo investigar, desde un punto de vista crítico y comparativo, las condiciones del pensamiento!

—Les deseo mucha suerte. Ahora les ruego que abandonen la tienda; esta conversación sobre la nada me ha agotado. Ilusiones y ficción. Adiós.

Schiller y Kant salen. Tras ellos oyen cómo la llave gira dos veces en la cerradura.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

EL ÚLTIMO RESTAURADOR

 Patricio Ramos Gatti

 

Del cuaderno de trabajo de Tomás Arrieta, restaurador anatómico del Museo de Medicina Comparada. El cuaderno fue encontrado dentro de una caja de conservación sin número de inventario. La fotografía mencionada nunca apareció.

 

Cuando acepté restaurar la pieza creí que alguien había cometido un error.

No era una escultura especialmente antigua. Tampoco valiosa. El expediente apenas decía: Objeto sin catalogar. Procedencia desconocida. Intervenir únicamente la superficie de la pieza. Bajo ninguna circunstancia modificar la posición de la mano. Solicitar la documentación fotográfica antes de iniciar cualquier tratamiento.

Aquella última indicación me pareció extraña. En treinta años de oficio jamás había recibido una advertencia semejante para una restauración menor.

Había restaurado máscaras funerarias de Egipto, modelos anatómicos florentinos del siglo XVIII y santos de madera cuyos ojos de vidrio se empañaban cada invierno. Con los años había aprendido que los objetos envejecen con la misma obstinación que las personas: algunos se agrietan, otros se encogen y otros simplemente contraen una fiebre interna.

La escultura permanecía cubierta por una tela de conservación cuando pedí el registro histórico de la pieza. La archivista regresó con una única placa protegida entre dos vidrios.

Era la única imagen conocida del objeto antes de su ingreso al museo.

La observé durante varios minutos antes de levantar la tela.

El daguerrotipo mostraba la escultura desde un ángulo frontal. Sin embargo, había algo desconcertante en aquella imagen: por momentos no acertaba a distinguir si lo que tenía delante era una representación anatómica o el registro de algo que alguna vez había estado vivo.

La examiné con la lupa durante largos minutos. La placa conservaba un nivel de detalle extraordinario. El rostro tenía el verdor mate de la cera antigua, aunque alrededor de la nariz aparecían poros diminutos imposibles de modelar con precisión. La peluca era demasiado perfecta para pertenecer a una persona y demasiado irregular para haber salido de un molde.

La mano era el elemento más inquietante.

No por la escultura en sí, sino por la forma en que había quedado registrada.

El brazo aparecía rojo, descarnado, con los tendones tensos bajo una película brillante que parecía humedad. No descansaba sobre la cara; la sujetaba. Levanté la tela de conservación esperando encontrar una pieza excepcionalmente realista, quizá una obra contemporánea inspirada en la anatomía barroca. No encontré nada sobrenatural.

La escultura era extraña, sí. Incómoda. De una precisión casi obsesiva. Pero seguía siendo una escultura. La superficie estaba compuesta por una mezcla antigua de resinas, ceras y pigmentos minerales. El rostro, aunque perturbador, era claramente una construcción humana. Hice una nota al margen del expediente:

Probable mezcla de resinas, pigmentos ferruginosos y materiales orgánicos no identificados. Restauración limitada a superficie. No alterar posición de la mano.

Todavía conservo esa página. Cada vez que la releo siento vergüenza. Porque durante las primeras semanas busqué el misterio en el lugar equivocado.

 

Tres días después descubrí algo que ningún escultor habría hecho. No en la pieza. En la fotografía. La presión de los dedos dejaba marcas.

Volví a mirar la escultura. La superficie permanecía intacta. Sin embargo, en el daguerrotipo la presión de los dedos parecía haber aumentado. Hundimientos mínimos. Apenas unas décimas de milímetro. Como los que deja un dedo verdadero sobre una mejilla cuando alguien duerme profundamente. Pensé que se trataba de una deformación del soporte fotográfico, una alteración producida por la antigüedad de la placa.

Pedí el negativo original.

La archivista respondió que nunca existió. La imagen era un daguerrotipo. Eso era imposible. El daguerrotipo no reproducía el color rojizo de aquella carne.

 

No dormí bien esa semana. No fue por miedo. Fue más bien por curiosidad.

La escultura seguía allí, inmóvil sobre la mesa de restauración. Podía tocarla, medirla, analizar sus materiales. No había nada imposible en ella. Todo estaba contenido en la imagen. Pero había algo en la postura de la mano que se negaba a coincidir con mi experiencia. Un gesto violento posee una dirección reconocible. Empuja. Golpea. Desgarra. Aquella mano hacía otra cosa. Trabajaba. Como la de un cirujano sujetando un órgano que intenta escaparse.

 

Decidí reconstruir la posición utilizando un modelo anatómico de silicona que me llevó toda la tarde. Cuando terminé el modelo noté otra cosa. La postura no cerraba. Ninguna articulación humana permite ejercer esa presión desde ese ángulo. A menos...

A menos que la resistencia proviniera del interior del rostro.

Esa noche anoté una frase que luego taché tres veces.

La mano parece impedir que algo salga por la boca.

 

Dos semanas después comenzaron los problemas. Mientras lijaba una máscara de yeso sentí una punzada bajo el pómulo izquierdo. No dolía. Era la sensación precisa de un músculo realizando un movimiento que yo no había ordenado. Duró menos de un segundo. Lo atribuí al cansancio. Sin embargo, volvió.

Al principio creí que ocurría mientras trabajaba frente a la escultura. Después comprendí que sólo sucedía cuando el daguerrotipo estaba abierto junto a ella. Nunca fuera del taller. La pieza no había cambiado. La superficie seguía igual. La posición de la mano seguía siendo exactamente la misma. La escultura permanecía silenciosa sobre la mesa de restauración. Era la imagen la que parecía exigir atención.

Hay un olor que sólo conocen los restauradores. No aparece en los libros. Es el olor de una pieza demasiado antigua para seguir existiendo. No es moho, ni es humedad. Se parece al cuero mojado dentro de un armario cerrado durante cincuenta años. Una mezcla de grasa oxidada, cola animal y polvo. El daguerrotipo empezó a desprender ese olor. Primero muy suavemente. Luego de forma constante. Mis ayudantes decían no percibir nada. Yo tenía que abrir las ventanas incluso en pleno invierno. Probé guardar la placa dentro de una caja hermética. El olor desaparecía. Pero apenas volvía a colocar el daguerrotipo sobre la mesa de trabajo regresaba. La escultura, en cambio, no tenía ningún olor extraño. Durante siglos los objetos conservan rastros de quienes los fabricaron. Maderas, metales, pigmentos, barnices. Pero aquello no provenía de la materia. Provenía de la imagen.

 

Dejé de estudiar el daguerrotipo durante algunos días. El alivio fue inmediato. Dormía. Comía. El tic de la mejilla desapareció. Pensé que todo había terminado. Hasta que una mañana encontré sobre la mesa una hoja arrancada de mi cuaderno que no recordaba haber escrito. Sólo había un dibujo. Un rostro humano. Y sobre él una flecha señalando la comisura de los labios. Debajo podía leerse una única frase. Con mi letra.

No aprieta. Contiene.

 

Regresé al archivo central exigiendo respuestas sobre el origen de la escultura y del daguerrotipo. La directora me llevó al depósito histórico. La pieza seguía en el taller de restauración. Allí no había nada que mostrarme. No abrió ningún cajón. No buscó ninguna carpeta. Simplemente dijo:

—Es la cuarta vez que alguien intenta restaurarla.

—¿Y los otros?

Tardó mucho en responder.

—Renunciaron.

Mentía. Lo advertí en la manera de evitar mi mirada.

—¿Renunciaron después de trabajar con la escultura?

La directora bajó la vista.

—Después de trabajar con la imagen.

Esa respuesta me perturbó más que cualquier confesión.

 

Encontré al primero gracias a una dirección escrita en un inventario de 1978. Vivía en un geriátrico de Yerba Buena. Había perdido casi toda la memoria. Cuando le mostré una copia del daguerrotipo no pareció reconocerla. Pero levantó lentamente la mano derecha. La apoyó sobre su propia cara. Exactamente igual. Pulgar dentro de la boca. Índice sobre el ojo. No hizo fuerza. Sólo sostuvo la postura.

—No afloje —murmuró.

—¿Qué ocurre si aflojo?

El anciano tardó casi un minuto en contestar.

—Vuelve.

No pregunté quién. Su expresión bastaba.

 

La escultura dejó de inquietarme. Hacía días que había dejado de buscar respuestas en ella. Continuaba siendo una pieza extraña, una obra de anatomía extrema, pero una obra al fin. Todo parecía concentrarse en aquella imagen. En el daguerrotipo. Regresé al museo decidido a destruirlo. Saqué el bisturí de conservación y apoyé la hoja sobre la placa. El filo atravesó la emulsión con facilidad. Entonces escuché un sonido. No provenía de la mesa. Ni del vidrio. Sonó dentro de mi boca. Como cuando un diente se quiebra mientras se mastica pan muy duro. Cuando escupí había sangre. Una muela descansaba sobre la palma de mi mano. Perfectamente sana. Arrancada de raíz.

 

No volví a tocar la fotografía. Bastaba con mirarla. Cada día encontraba un detalle nuevo. El brazo no era rojo. Era el color natural de la musculatura sin piel. Las uñas no existían. En su lugar había pequeñas placas blancas semejantes a hueso pulido. Y el rostro... El rostro nunca era exactamente el mismo. No cambiaba de expresión. Cambiaba de edad. Algunas mañanas parecía un muchacho. Otras, un anciano. Una vez juraría que era una mujer. Busqué nuevamente la escultura. La revisé durante horas.

Nada.

El rostro seguía igual. La mano seguía inmóvil. La pieza no estaba transformándose. La fotografía era la que no podía conservar una única versión de aquello que mostraba.

 

Anoche, por fin, la postura dejó de contradecir todo lo que había aprendido en treinta años de oficio. No es para nada una agresión. Y creo que jamás lo fue. Toda mi profesión consiste en reconocer tensiones musculares. He observado miles de cadáveres, miles de moldes anatómicos y gestos congelados. Conozco la diferencia entre una mano que destruye y una que sostiene. Ésta sostiene. Hace un esfuerzo desesperado. Como quien intenta cerrar una puerta empujada desde el otro lado. El rostro también hace fuerza, pero en sentido contrario. No intenta escapar. Intenta abrirse.

He cometido un error. No debí imitar la postura. Durante días apoyé mi propia mano sobre la cara para entender la mecánica del gesto. Ahora resulta natural. Inquietantemente natural. Cuando me distraigo descubro que sigo haciéndolo. Mientras leo. Mientras escribo. Mientras espero que hierva el agua. Mi mano encuentra sola esa posición. No duele. Al contrario. Produce una calma extraña. Como si al fin estuviera sujetando algo que llevaba años intentando moverse.

 

Es tarde. El taller está vacío. La escultura permanece cubierta bajo la tela de conservación. No necesito verla. La fotografía permanece frente a mí. No necesito verla para recordar cada sombra. Cada pliegue. Cada dedo. Hace un momento retiré la mano de mi cara durante apenas unos segundos. Escuché un pequeño suspiro. No delante de mí, sino por dentro. Volví a leer el expediente. Aquella advertencia llevaba allí desde el primer día. No era una instrucción para conservar una obra. Era una advertencia para quien contemplara su registro. La pieza nunca fue el peligro. La fotografía era la puerta. Tal vez siempre lo fue. Tal vez las puertas nunca están en las cosas, sino en la forma en que aprendemos a mirarlas.

Si alguien encuentra este cuaderno, no destruya el daguerrotipo. Tampoco lo estudie. Guárdelo donde nadie pueda verlo. Y, si alguna vez tropieza con una copia, resista la tentación de reproducir el gesto. Porque llegará un instante –tan breve que apenas parecerá un espasmo– en el que notará que la presión ya no la ejerce usted. Habrá otra fuerza, paciente y antigua, empujando desde el otro lado de su rostro. Y cuando advierta que su mano ya no intenta contenerla, sino ayudarla... será demasiado tarde para recordar cuál de las dos caras era, en realidad, la suya.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

martes, 1 de septiembre de 2026

FUGA SIN FINAL

Sergio Gaut vel Hartman

 

Sufro la soledad, pero no conozco un remedio que la cure. Vagaba por las calles de Almatý desafiando el crudo diciembre kazajo, sin mejores opciones que pasar la Navidad en mi habitación del hotel Kazakhtan, en absoluta soledad, cuando la casualidad, suponiendo que tal cosa exista, me ubicó en el camino de Pedro Rivero, jefe de recursos humanos de la empresa de cosméticos en la que trabajé hasta 2012. Ese mismo sujeto que ahora me abrazaba efusivo, tan lejos de casa, me había dado la noticia de que estaba despedido.

—¡Increíble! Coincidir en Kazajistán —dijo Pedro.

—Sí, una gran coincidencia —respondí mordiendo las palabras.

—¿Con quiénes va a pasar la Navidad?

—Con unos amigos peruanos —mentí—. Estoy con ellos para gestionar la venta de un reactor nuclear. —Seguí mintiendo; soy un especialista en la materia.

—¡Pero no, mi amigo! —refutó Pedro sujetando mis brazos con unas manos que parecían tenazas. Olvidé consignar que Pedro es lo más parecido a un luchador de sumo que pueda imaginarse. Con ciento sesenta kilos y la prepotencia de un camión Belaz, podría aplastar un automóvil pequeño de un puñetazo—. Pasará la fiesta con compatriotas. ¿Peruanos? —Hizo un gesto de asco que me molestó enormemente; tengo varios buenos amigos peruanos. Pero no era fácil zafar del apretón de Pedro. Podría decir que me arrastró hasta su casa entre muestras de simpatía y la promesa de un festín pantagruélico. ¿Qué decir? ¿Qué argumentar? ¿Explicarle las razones de mi presencia en Almatý? ¿Manifestar que hacía una semana que perseguía a Irina Makarova, mi esposa durante los últimos siete años, en busca de una reconciliación imposible? Todo lo que había logrado era morirme de frío. El dinero no era problema: podía seguir indefinidamente en Kazajistán pero, ¿para qué?

Pedro me metió en un Lada Granta rojo y recorrimos la Gornaya hasta la avenida Dostyk y nos detuvimos ante un edificio enorme.

—Aquí vivo —dijo Pedro señalando un edificio fastuoso. Ingresamos a la enorme recepción y tras ascender no menos de veinte plantas llegamos al piso donde vivía mi “amigo”. Casi de inmediato, una multitud de niños de tres a doce años se abalanzó sobre nosotros gritando en kazajo y ruso una serie de reclamos, demandas, exigencias y ruegos, que yo fui incapaz de comprender.

—Aunque no conozco ni una frase en el idioma de este país —argüí— presumo que estos niños claman por sus regalos navideños.

—Exacto —respondió Pedro, lacónico.

—¿Son todos suyos?

—¡No! Solo Vania, el varoncito ese, de cinco, y la de siete, Ludmila. —Observé a esos dos niños en particular y terminé aceptando que la propuesta de un tipo al que siempre odié, y al que solo me unía una forzada coexistencia en la misma empresa mientras vivíamos en Buenos Aires, no había sido tan descabellada.

Fui presentado a la multitud y no tardé en verme envuelto en una maraña de abrazos y apretones de manos. La familia de la esposa de mi anfitrión era numerosa y se componía de una docena de adultos y una prole acorde, invariablemente kazajos, que me hablaron con una desconcertante naturalidad, a la que yo replicaba con movimientos labiales que trataban de parecer sonrisas. Raisa, la esposa de Pedro, una mujer rubia, menuda, de enormes ojos azules, me abrazó con una dulzura que me desconcertó.

—Me prometió que pasaría la Navidad entre compatriotas —protesté cuando quedamos solos un momento.

—Lo somos —dijo Pedro—. Mis dos hijos nacieron en Buenos Aires, pero llegamos a Kazajistán cuando eran muy pequeños.

—¿Su esposa habla nuestro idioma?

—Tampoco. —Y tras esta tajante afirmación, Pedro me dio la espalda y se dedicó a los parientes y amigos presentes, dejándome solo y aislado.

Los niños eran todos muy simpáticos, y pude detectar que no se diferenciaban demasiado de los infantes de mi país. Pese a lo temprano de la hora ya habían sabido ingeniárselas para destrozar la mayor parte de los obsequios recibidos. Los observé sin el menor disimulo, aunque eso no pereció alterarlos. En particular despertó mi atención el comportamiento de Ludmila, la hija de Pedro. Era una niña de ojos y cabellos oscuros, como el padre, que no parecía interesada en jugar con los otros. Es probable que alguno de los mayores le hubiera pegado u ofendido, aunque más que agredida lucía molesta y angustiada. Cada tanto suspiraba de un modo que nunca vi en una pequeña de esa edad. Dejé de prestarle atención y me concentré en el aburrimiento que me producía permanecer en esa casa, rodeado de desconocidos. Volví a pensar en Irina y lamenté no haber resistido los embates de Pedro Rivero. Ahora estaría en el lobby del hotel Kazakhtan, conectado a Internet, chateando con mis amigos. Por hacer algo, me dediqué a recorrer las habitaciones, apreciando la decoración y el mobiliario. Rivero parecía haber pegado buena; tal vez seguía en el negocio de los cosméticos, en el que debía haber escalado posiciones gracias a zancadillas oportunamente aplicadas.

Lo cierto es que mi deambular me llevó hasta una habitación que tenía la puerta abierta. Sin recato observé que en el interior la pequeña Ludmila, tapada con una manta, parecía querer aislarse del mundo. Me acerqué con sumo cuidado, tratando de no asustarla, y aunque convencido de que no me respondería, le pregunté en castellano si estaba enojada. Para mi sorpresa, y tras retirar la manta y contemplarme unos segundos como si yo fuera un ser de otro planeta, respondió en mi idioma.

—No estoy enojada; estoy harta de la estupidez humana, de la hipocresía, de los lugares comunes, de los convencionalismos, aquí y en cualquier otra parte. —El comentario me desconcertó. Parecía provenir de un adulto, no de una pequeña de apenas siete años. Y eso sin contar con la cuestión del idioma, una incógnita que me propuse esclarecer de inmediato.

—Te expresaste muy bien en mi lengua; aquí todos hablan kazajo o ruso.

—Viví muchos años en tu país —respondió sin vacilar. ¿Qué podía significar “muchos años” para alguien como ella? Pedro dijo que habían llegado a Kazajistán cuando los niños eran muy pequeños.

—¿Cuántos, exactamente? —pregunté con un dejo de burla.

—Más de treinta. —Lo mencionó como al pasar, sin tomar en cuenta la incongruencia de tal información. Pero antes de que yo pudiera agregar nada, continuó—. Esta es mi novena vida; durante la séptima fui Alfonsina Storni, la poeta. Me suicidé en Mar del Plata el 25 de octubre de 1938.

El universo se dio vuelta como un guante. Jamás, en todo el tiempo que llevo en la Tierra aparentando ser un ser humano común y corriente, había conocido a otra criatura como yo, a otro condenado a un eterno renacer en otro cuerpo, conservando los recuerdos de la vida anterior con una perfección absoluta. Me estremecí ante la idea de que debería esperar por lo menos diez o doce años para entablar con ella una relación fructífera. Pero me tranquilicé de inmediato, ¿qué son diez o doce años para seres como nosotros?

Sergio Gaut vel Hartman, nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947, es el creador y coordinador de MICROFICCIONES Y CUENTOS desde abril de 2024. Además de este, pueden leer otros 25 cuentos publicados anteriormente.


REAL COMO LA VIDA