miércoles, 9 de septiembre de 2026

PORTMORTEM

Barbara Saláth

 

El proyectil se incrustó en la carrocería. Lia se encogió en el asiento del acompañante y rodeó con los brazos su vientre apenas abultado.

—¡A la derecha, a la derecha! —gritó, pero Ron movió el brazo hacia la izquierda y condujo el automóvil en dirección contraria—. ¿Adónde mierda vamos? Por ahí solo están los puertos.

Ante sus ojos desmesuradamente abiertos pasó como una exhalación la bocacalle por la que ella habría escapado. Los vehículos de las fuerzas de seguridad ocupaban todo el ancho de la calzada y tampoco habían dejado espacio suficiente en la acera para pasar. A sus espaldas ocurría lo mismo.

—¿Por qué nos obligan a ir hacia los puertos? —gimió.

—No nos están obligando. Todavía no han tenido tiempo de bloquear todas las calles —respondió el hombre entre dientes, mientras concentraba la mayor parte de su atención en zigzaguear entre el tránsito.

—No estarás pensando en teletransportarnos, ¿verdad?

—Si es la única salida que nos queda...

—Sabés que...

—¡Lo sé, Lia! —estalló el hombre, lanzándole una mirada—. En este momento, tu miedo a la teleportación es un poco menos importante que nuestras vidas. Que la vida de LOS TRES.

—Fue culpa mía quedar embarazada sin autorización, pero no deberías actuar como si fueras el único capaz de solucionar esto.

—Jamás dije que nuestro hijo fuera una equivocación.

—¡Claro que lo dijiste!

—Dije que era un problema. Y tendrás que admitir que nos ha creado uno bastante grande.

Ron levantó una mano, alarmado, y la desplazó hacia su hombro derecho. El automóvil obedeció la orden, cambió de dirección y frenó, evitando por muy poco chocar contra un vehículo de carga que retrocedía en medio de la calle. Al descubrir una abertura entre dos automóviles por la que podían escabullirse, el hombre volvió a acelerar.

Lia se volvió nerviosamente.

—Se están acercando. Nos encierran contra los PortPuntos.

Ante ellos apareció la estación de teleportación. Detrás de las paredes apenas translúcidas de los cilindros color antracita, apoyados unos contra otros, los viajeros en movimiento parecían ondas de energía. Frente a las cabinas, grupos de distintos tamaños despedían a quienes se marchaban o aguardaban a los recién llegados. Estos salían al exterior con el equipaje de mano máximo permitido o sin ninguna pertenencia, confiando la satisfacción de sus necesidades a los créditos almacenados en sus chips. Lia examinó con recelo sus rostros, pero, como siempre, no descubrió ninguna señal reveladora. Todos parecían personas normales.

—Los perdimos —suspiró Ron mientras se internaba por las estrechas calles entre las cabinas—. Por aquí podremos escapar.

Cuando el automóvil quedó fuera de la vista desde la avenida principal, lo estacionó. Lia se precipitó fuera de su asiento y Ron corrió con ella de la mano hacia el lugar donde la multitud era más compacta. Adoptaron el lento paso de los peatones, pero el corazón les golpeaba los tímpanos y quienes venían en dirección contraria se quedaban mirando sus caras enrojecidas.

—Ponte la capucha —sugirió Lia, mientras se cubría también la cabeza.

—Lo estamos haciendo bien —la animó Ron, apretándole la mano.

Llegaron a la zona central del PortPunto, donde las cabinas estaban tan próximas unas de otras que no quedaba espacio para aguardar. Allí solían programar su llegada viajeros solitarios que se desplazaban por asuntos de negocios. Se abrió la puerta de una cabina y salió a la acera un hombre bien afeitado, vestido con un traje a la moda. Entrecerró los ojos ante la luz del sol, que vibraba entre los grupos de cabinas, y después sacó sus anteojos y se los colocó. Lia conocía el modelo, provisto de numerosas funciones integradas. Durante algún tiempo ella también había ahorrado créditos para comprar uno, pero el embarazo había barrido de su mente cuanto no estuviera relacionado con las necesidades del bebé, y Lia había descubierto con sorpresa la cantidad de cosas inútiles de las que se había rodeado.

Observó cómo el hombre se alejaba y subía a un taxi.

—¿Cómo escaparemos sin el automóvil? —preguntó, cayendo repentinamente en la cuenta.

—Nos esconderemos en una cabina hasta que oscurezca —decidió Ron, arrastrándola hacia la que acababa de quedar libre.

Varias puertas se abrieron de golpe y las fuerzas de seguridad invadieron el reducido espacio. Lia gritó, asustada tanto por los uniformados que los rodeaban como por el tirón con que Ron intentó llevarla hasta la cabina elegida.

El hombre extendió una mano hacia el botón de apertura y dejó su costado desprotegido.

El agente necesitó mucho valor para disparar. Si alcanzaba a un civil o dañaba alguna instalación, perdería su empleo; sin embargo, tenía un blanco despejado. El proyectil penetró entre las costillas de Ron y le destrozó el pulmón derecho.

—¡Ron! —gritó Lia. Se arrodilló junto al hombre caído en la acera, con los ojos inundados de lágrimas.

—Sácalo de aquí, Lia —jadeó Ron.

—Ron, Ron... —repitió ella desesperadamente.

—Llévatelo. Así no habremos vivido en vano.

De la boca de Ron brotó sangre espumosa. Después su cabeza cayó hacia un lado y la mirada se le volvió vidriosa.

Lia percibió movimiento a su alrededor. Al principio no comprendió por qué no le disparaban también a ella. Tal vez quisieran al bebé. ¿Serían ciertos los rumores sobre niños secuestrados y explotados? ¿Existía realmente una organización que los destinaba al trabajo sexual o a la extracción de órganos?

Se puso de pie de un salto junto al cadáver de Ron. Sintió que una mano le rozaba la piel de la muñeca después de intentar sujetarla y fallar. Golpeó con la palma el botón de apertura. La puerta se abrió y ella retrocedió hacia el interior de la cabina, mientras descargaba duros puñetazos contra el uniformado que intentaba seguirla. Una vez sola, respiró con un silbido y miró frenéticamente a ambos lados. Había entrado por voluntad propia en una trampa, en el único lugar que había procurado evitar durante toda su vida.

No podía seguir el plan de Ron. Sabían en qué cabina se encontraba y podían esperarla indefinidamente. Peor aún: no tardarían en conseguir autorización para activar a distancia su teleportación. Tenía que viajar.

Subió a la plataforma que recibiría su organismo cuando este se desintegrara durante el traslado y se situó frente al panel de control. Examinó con desconfianza los pictogramas. Ella y Ron habían planeado ir a Stordamal. Al pasar la mano sobre el selector de destinos, aparecieron sucesivamente Stordal, Stordammen y Dammen. Ninguna ruta conducía a Stordamal.

Precisamente habían elegido esa ciudad porque allí no se había construido ningún PortPunto.

¡Piensa, Lia!

Su mente comenzó a despejarse y su visión se agudizó. Solo entonces comprendió hasta qué punto el miedo había reducido su campo visual.

Abrió el mapa y examinó las regiones costeras. Florianópolis. Ciudad turística junto al océano Atlántico. La multitud de visitantes le permitiría ocultarse. Sin embargo, optó por Praia Grande, en el estado de São Paulo. En los barrios pobres de aquella extensa zona urbana podría dar a luz lejos de miradas indiscretas y conseguir ayuda si surgían complicaciones. En lugares así siempre se encontraba algún submarino a la venta, lo bastante pequeño para eludir la vigilancia de las autoridades y lo bastante resistente para soportar los rigores del océano.

—¡Haz que me equivoque! —imploró mientras activaba el icono que iniciaba el proceso.

No percibió los haces exploradores que recorrieron su cuerpo célula por célula y registraron toda su información, diferenciándola del feto. Sus sentidos se apagaron cuando la organización material de su cuerpo se desintegró en átomos. Al recobrar la conciencia, se encontró rodeada por una oscuridad que nunca había experimentado. Al cabo de un momento, la nada homogénea pareció ondular y comenzaron a surgir las primeras figuras. A medida que sus siluetas se definían, Lia descubrió la multitud apiñada detrás de ellas. La hilera no parecía tener fin. No solo la cabina habría sido demasiado pequeña para contenerlas: tampoco habría bastado todo el PortPunto. Y todas gritaban, gemían o lanzaban alaridos.

Lia retrocedió tambaleándose, tropezó con el borde de la plataforma y cayó de espaldas. Quiso alejarse, pero no había adónde ir: las figuras habían formado un círculo cerrado a su alrededor. Parecían seres humanos, aunque sus facciones se veían como si alguien las hubiera borroneado con un pincel blando y bajo su piel sobresalían tendones tensos. Lia levantó los brazos para protegerse el vientre, pero cuando intentó abrazarlo sus manos atravesaron el cuerpo sin encontrar resistencia. Solo sintió un leve cosquilleo en el lugar donde debía estar el feto.

Quiso gritar, pero no encontró la manera de hacerlo. Con toda seguridad, su cuerpo ya se había desintegrado y su conciencia esperaba el nacimiento del nuevo. Eso significaba que la vida no terminaba con la destrucción del organismo. Quizá no fuera cierto que un clon reemplazaba a quienes utilizaban la teleportación. Ella se había equivocado y el plan alternativo de Ron podía funcionar.

Sin embargo, resultaba inconcebible que, después de tantas teleportaciones, nadie hubiera hablado de aquel encuentro aterrador. ¿Tal vez el recuerdo de lo experimentado se borraba durante la transferencia de la conciencia como una consecuencia benéfica del trauma?

Miró hacia abajo: quería ver en qué clase de montón de materia se había convertido su cuerpo, pero el lugar de la plataforma estaba ocupado por una masa turbulenta, profunda y oscura. La sustancia ya formaba una esfera alrededor de Lia y avanzaba hacia ella, reduciendo progresivamente su espacio. La alcanzó desde todas las direcciones al mismo tiempo. Con el contacto penetraron en Lia el dolor y la frustración insoportable de aquellos seres; ella, a su vez, supo que ellos percibían su terror.

Entonces dejó de ser Lia. Primero se fundió con el feto e inmediatamente después el torbellino la absorbió. Millones de almas rozaron la suya y, con cada contacto, como sinapsis recorriendo circuitos neuronales recién formados, introdujeron pensamientos en ella, hasta que ya no pudo distinguir cuáles le pertenecían y cuáles no. Se convirtió en parte de una gigantesca amalgama en formación, una entidad que se aproximaba al momento de actuar y que casi había adquirido la capacidad de sincronizar y dirigir las emociones acumuladas en su interior. Lia también comprendió el plan como si fuera suyo: las almas atrapadas en los PortPuntos recuperarían la existencia terrenal. Al mismo tiempo, vibraba en ella el temor compartido por todas: quizá nunca lograrían desprenderse de la amalgama que las organizaba y, si expulsaban de los cuerpos las almas de los clones, esas envolturas carnales ya no pertenecerían a nadie.

El PortPunto de Praia Grande se alzaba en el litoral del estado de São Paulo, cerca de São Vicente. La luz del sol danzaba sobre el revestimiento color antracita de las cabinas. En las calles que se ramificaban entre los grupos de cilindros, taxis individuales aguardaban a los recién llegados. Los viajeros salían al exterior con el equipaje de mano máximo permitido o sin ninguna pertenencia, confiando la satisfacción de sus necesidades a los créditos almacenados en sus chips.

Lia no sintió ningún alivio liberador al comprobar que Ron había tenido razón. Una vez en la acera, contempló el cielo de un azul resplandeciente, salpicado de nubes algodonosas. Se secó la humedad de los ojos y después se acarició el vientre.

—Para que no hayamos vivido en vano —susurró, y emprendió el camino hacia los barrios pobres.

Barbara Saláth nació el 31 de diciembre de 1971 y creció en el distrito obrero de Csepel, en Budapest, experiencia que influyó en su visión poco complaciente de la realidad. Trabaja en el ámbito del suministro de sangre, donde el contacto con situaciones humanas difíciles también ha dejado huella en su escritura. Cultiva la ciencia ficción, el género policial y la narrativa realista, unidos por su interés en las ciencias naturales. Publica tanto en medios digitales como impresos desde 2015 y es autora de diez novelas. Es miembro fundadora de la Asociación Editorial Vízió, desde la cual procura orientar y apoyar a escritores principiantes.

EL BUENO

Krzysztof Dąbrowski

 

Mat se había quedado solo en casa. Su madre había ido de compras al centro comercial. Y cada vez que iba allí, tardaba mucho en regresar. Y eso estaba bien, porque ahora necesitaba tiempo, aunque solo tenía seis años. El tiempo era tan valioso como los dulces. ¡Literalmente!

En algún lugar de la casa había dulces escondidos, y él los deseaba muchísimo.

Sabía que tarde o temprano los conseguiría, pero probablemente tendría que esperar mucho y, además, su madre le daría uno o dos como recompensa por haberse portado bien.

Pero era muy injusto que su madre pudiera hacer lo que quisiera y comer dulces cuando se le antojara, mientras que él no podía y tenía que pedírselos. ¿Solo porque ella era tan grande?

Grande, exactamente: por lógica, los adultos escondían esas cosas en lugares altos, aprovechando su estatura para dejarlas fuera del alcance de los pequeños.

¡Pero de ninguna manera! ¡Lo que cuenta es la astucia, no lo grande o pequeño que uno sea!

Mat recorrió la cocina con la mirada y la dirigió hacia los armarios colgados sobre la cocina. Miró todavía más arriba y ¡bingo!

Su madre creía que, si los ponía encima del armario, sería imposible encontrarlos. Pero estaba muy equivocada. Sí, la silla que había traído de la sala no sería suficiente, pero ¿qué pasaría si colocaba dos sillas y encima de ellas un taburete...? Sí, tenía que funcionar.

Al cabo de unos minutos, la estructura estaba lista; ahora solo faltaba trepar y recuperar el tesoro.

—¡Oh! —exclamó, porque se le ocurrió gastarle una broma a su madre.

Decidió que, ya que su madre se comportaba de esa manera, le diría que había venido su tío, ese que olía a lo que había dentro de la botella de vidrio, lo mismo que había hecho que su padre ya no viviera con ellos.

Y para que fuera todavía más divertido, pensó el niño, también diría que aquel tío se había llevado algunas cosas de la casa y unos cuantos dulces del armario. Y diría que era un tío muy bueno porque le había dado dos dulces.

Sí, ¡era una idea estupenda!

Hacía tiempo que su madre había dejado de decirle que no abriera la puerta a nadie, aunque llamaran y llamaran.

Cuando estaba solo, en esas situaciones debía fingir que no había nadie en casa. Y seguramente mamá pensaba que él ya lo sabía, así que no necesitaba recordárselo. Pero esta vez fingiría que lo había olvidado.

¡Ja, qué divertido sería!

Lo único que tenía que haber hecho era ser una buena madre y darle amablemente todo el paquete de dulces apenas regresó de la tienda el día anterior. Y ahora recibiría su merecido.

Mat trepó con mucho cuidado al tambaleante taburete. Miró hacia abajo y tuvo que reconocer que estaba bastante alto. Y no tenía ninguna gana de caerse de aquella torre de muebles. Pero debía correr el riesgo y ponerse de puntillas porque, después de todo, había calculado mal y los dulces todavía estaban fuera de su alcance. Pero cuando lo hizo y agarró el borde de la bolsa, todo lo que había debajo de él empezó a balancearse de un lado a otro. Asustado, saltó rápidamente sobre la silla, y lo hizo justo a tiempo, porque el taburete se desplomó sobre el suelo. Para colmo, la silla también empezó a volcarse, de modo que Mat no tuvo más remedio que saltar al piso. Sin embargo, había olvidado que llevaba calcetines resbaladizos. Como consecuencia, resbaló y cayó contra la mesa, derribando una jarra de agua.

¡Desastre total! Ahora había un gran charco y muchos trozos de vidrio en el suelo...

Bueno, le echaría la culpa a su tío; el niño encontró rápidamente una solución al problema y una sonrisa astuta apareció en su rostro.

Quince minutos después, Mat estaba sentado en el sofá viendo dibujos animados en la televisión. Devoraba los dulces que había conseguido. Sin embargo, todo lo bueno tiene un final. Cuando, al cabo de un rato, volvió a meter la mano en la bolsa, sus dedos no encontraron más que el vacío.

Miró dentro, incrédulo.

Vaya, ¿ya se habían acabado? Estaba realmente sorprendido.

Por otra parte, era cierto que había comido bastantes.

Arrugó la bolsa y la arrojó detrás del armario; después de todo, había que ocultar las pruebas del delito.

Los dibujos animados terminaron.

Mat apagó el televisor y se quedó inmóvil con el control remoto en la mano. Había tanto silencio que empezó a escuchar sus propios pensamientos. Y no eran muy agradables:

«Rompiste la jarra de mamá».

«Robaste dulces».

«¡Glotón!»

Se sintió incómodo. Miró alrededor de la habitación bañada por la luz del sol, la pared amarilla, la repisa de la chimenea con una fotografía de su padre sosteniendo un rifle y un trofeo de caza. Miró las astas que colgaban sobre la puerta: mamá quería tirarlas junto con la fotografía, pero Mat protestaba cada vez, así que «por ahora» (como decía ella) seguían allí.

Miró el cuadro que había encima del televisor y luego fijó la vista en la cruz que colgaba en el centro de la pared.

«Rompiste la jarra de mamá».

«Robaste dulces».

«¡Glotón!»

Volvió a escuchar aquellos pensamientos horribles dentro de su cabeza.

¿Soy bueno? Ay, creo que no, se preocupó Mat, porque su madre siempre decía que, si uno pecaba, tendría problemas con Dios. Y él no quería tener problemas con alguien que vivía en el cielo, porque, si Dios había subido hasta allí, debía de ser muy grande y fuerte.

Recordó que, para evitar su ira, había que rezar.

A Mat no le gustaba rezar, pero decidió que en aquella situación debía vencer su resistencia y hacer lo necesario.

Se arrodilló ante la cruz, se persignó y rezó en voz baja, hasta donde pudo recordar las fórmulas que había aprendido de memoria.

Cuando terminó, volvió a persignarse y se puso de pie. Entonces pensó que, en lugar de balbucear cosas que no comprendía del todo, quizá lo más sencillo sería hablar con Dios y contarle lo que lo preocupaba.

—Dios, ¿soy bueno?

—Sí —respondió una voz grave.

Aterrorizado, Mat miró a su alrededor, pero no había nadie más en la casa.

Ah, claro, ¡está en el cielo!, comprendió, y corrió hacia el balcón.

Miró hacia arriba, pero aparte del sol deslumbrante, unas cuantas nubes esponjosas y el cielo azul, no había nadie. En cambio, un abejorro zumbaba alrededor de las flores de agradable aroma que crecían en unas macetas.

Mat decidió que Dios debía de ser invisible y que por eso no podía verlo. Además, tenía sentido, porque de lo contrario todo el mundo creería en él, y había personas a las que llamaban no creyentes.

Qué tontos eran al no darse cuenta de que lo único que tenían que hacer era hablar con Dios, pensó divertido.

Pero ¿por qué en la clase de religión decían que Dios era un anciano con una larga barba gris y un círculo brillante sobre la cabeza?

No sabía la respuesta, así que decidió preguntárselo a su madre.

Pero ¿para qué preguntárselo a su madre cuando el propio Dios podía responderle?

—Dios, si eres invisible, ¿por qué te dibujan como un anciano con una larga barba gris?

—Porque son estúpidos —respondió.

—Eso pensaba.

De pronto recordó la jarra rota y los dulces que se había comido, y tuvo miedo de que lo castigaran por ello; después de todo, Dios seguramente ya lo sabía, puesto que era omnisciente.

—¿Dios?

—¿Sí?

—Lo de la jarra rota y los dulces que le robé a mamá y me comí... Seguramente estás muy enojado porque hice eso, ¿verdad?

—No, en absoluto —respondió Dios—. Es tu casa, no solo la de tu madre. Y, si es así, tienes derecho a comerte los dulces.

—Uf... —Mat sintió un enorme alivio y pensó que, después de todo, Dios era un tipo genial.

Pero todavía le preocupaba la jarra rota.

Dios también lo tranquilizó al respecto:

—En cuanto a la jarra, tu madre también rompe cosas por accidente de vez en cuando, ¿verdad?

—Es cierto —admitió el pequeño.

—Entonces, si mamá puede hacerlo, tú también.

De pronto, a Mat se le ocurrió una idea disparatada:

—¿Y si robara dulces de una tienda?

—Cualquiera puede cometer un error —respondió tranquilamente la voz.

Así que mienten en las clases de religión, pensó, satisfecho con su descubrimiento, porque cuando iba de compras con su madre a menudo sentía deseos de robar algunos dulces sin que nadie lo viera.

Se imaginó a sí mismo de cacería, recorriendo tiendas y comiendo dulces: después de todo, ¿quién iba a fijarse en un niño tan pequeño?

Exactamente, de cacería... Mat miró las astas que colgaban sobre la puerta y después la fotografía de su padre sosteniendo un conejo que había cazado.

Al principio, Mat se había puesto muy triste cuando su padre mató de un disparo a aquel conejo. Incluso había llorado mucho por eso. Pero, con el tiempo, pensó que, si para su padre era divertido, el conejo era como un juguete, y si era así...

—Dios, ¿qué pasaría si matara a un animal?

—La gente caza animales. Los creé especialmente para ustedes. Y hasta existe un santo de los cazadores.

Dios lo sorprendía cada vez más. Al parecer, uno podía hacer muchas cosas que los sacerdotes y las monjas decían que no se podían hacer.

Así que papá tenía razón cuando le gritaba a mamá diciendo que el sacerdote no sabía de qué hablaba.

—¿Y los seres humanos? —Mat decidió ir hasta el final y aclarar la cuestión que lo inquietaba acerca de los soldados que combatían en las guerras y que, después de todo, se mataban unos a otros.

—Es como el juego al que jugaste hoy. La vida es como un juego.

Aquello era tan sorprendente que lo dejó sin palabras. Nunca había pensado en el mundo de esa manera.

¿Sería posible que Dios hubiera creado el mundo especialmente para él, para que él, Mat, pudiera jugar con la vida?

Había muchos indicios de que así era, pero...

—Pero...

—Te creé mortal, pero a mi imagen y semejanza —Dios se anticipó a su pregunta.

—Entonces, ¿soy un pequeño dios? Entonces... ¿puedo matar a ese desagradable Krystian de la clase 3C que se burla de mí durante los recreos? —Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Mat, porque todo indicaba que sus problemas escolares se resolverían en un abrir y cerrar de ojos.

—Puesto que eres Dios.

—¡Genial! —Mat saltó de alegría—. ¡Gracias, Dios, eres un tipo estupendo!

—De nada —respondió Dios—. Ahora discúlpame, pero tenemos que despedirnos porque me apetece ir a tomar una cerveza.

—¿Dios bebe cerveza? —preguntó el niño, asombrado.

—Sí, después de todo soy adulto.

—Ah, claro, es verdad.

—Entonces, adiós. Es hora de una Heavenly Honey.

—¡Adiós! —Mat saludó con la mano en dirección a la cruz, y la habitación volvió a llenarse de un silencio aterciopelado e imperturbable.

El niño salió de la habitación dando saltitos. Nunca se había sentido tan bien. Sentía que podía mover montañas.

Agazapado en un rincón detrás del sillón, el diablo invisible estaba encantado.

Había conseguido corromper un alma inocente. Las estadísticas habían mejorado.

Y ahora era hora de saltar al infierno para tomar una Satanic infernalmente fría y diabólicamente fuerte, pensó el diablo, y aplaudió alegremente.


Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023). Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

 

POR QUÉ LOS ADULTOS NO VEN FANTASMAS

Frank Beckers

—¿Quién cree en los fantasmas?

Varias manitas se levantan.

—¿Quién no cree en los fantasmas?

Solo el sabelotodo de Tom levanta la mano.

—Todo eso se lo imaginan ustedes —dice riendo.

A sus doce años es el mayor del grupo de niños y, evidentemente, sabe más que los demás. O al menos eso cree.

—Escuchen, voy a contarles una historia. Yo sé por qué Tom no ve fantasmas y por qué los niños mayores y los adultos dejan de verlos —comienzo mi relato—. Cuando somos niños, todos creemos en fantasmas. Yo, por lo menos, creía en ellos, y ustedes también, ¿verdad? A todos nos sucede alguna noche que llegamos a verlos. Uno ve constantemente sombras que se mueven sobre el empapelado, oye algo debajo de la cama, un siniestro golpeteo resuena dentro del armario, alguien llama inexplicablemente a la puerta. Y un día sucede: uno ve un fantasma con sus propios ojos.

—Esas apariciones nos asustan. Pero ¿saben que, por suerte, siempre hay también un pequeño fantasma que tiene buenas intenciones? Recuerdo una noche de hace muchísimo tiempo. Yo todavía era un niño pequeño y me había tapado la cabeza con la sábana para esconderme de todas aquellas sombras del empapelado.

—Entonces, de pronto, oí una vocecita amistosa. No tengas miedo, soy Dokus, pero puedes llamarme Dookje. A partir de ahora seré tu pequeño fantasma, ¡el fantasmita Dookje! Mi tarea es protegerte. Les pediré a los otros fantasmas que se vayan si llegan a asustarte demasiado.

—Así que no debes tener ningún miedo de ese simpático espíritu, porque es tu amigo, tu fantasma. Los demás espíritus ya no se dan cuenta de que nos asustan. Llevan tanto tiempo vagando como fantasmas que han olvidado que en las casas viven personas que les tienen miedo. Hace mucho que ya ni siquiera reparan en nosotros, las almas vivientes. Por suerte existen esos pequeños fantasmas que llevan poco tiempo rondando y que, por eso, todavía pueden vernos y terminan buscando cada uno a algún niño asustado para ponerse en contacto con él y consolarlo.

—Por desgracia, el tiempo pasa volando, los niños crecen y ustedes también se harán mayores. Y una noche su fantasmita vendrá a despedirse. Será la noche anterior a su duodécimo cumpleaños. Al menos, así sucedió conmigo. Todavía recuerdo muy bien aquel momento. No conseguía dormirme porque me preguntaba qué regalos recibiría y qué primos y primas, tíos y tías vendrían a tomar café para celebrar mi cumpleaños.

—Así que estaba completamente despierto cuando apareció mi fantasmita. El fantasmita Dookje parecía un poco triste y me dijo: He venido a despedirme. Esta es la última vez que podrás verme. A partir de mañana tendrás doce años. Según el protocolo de los fantasmas, ya no se me permite venir a visitarte.

¿Por qué no? Tú eres mi amigo, le dije. Bueno, sí —respondió el fantasmita Dookje—, pero a partir de mañana dejarás de creer en mí. Dirás que me imaginaste e incluso negarás haberme visto esta noche con tus propios ojos.

¡No! —protesté—. ¡Eso no lo diré nunca! Pero Dookje no me creyó. Sí, sí... eso ya me lo sé. Todos ustedes responden lo mismo. Y, con cierto reproche, Dookje añadió: Como hacen todos los adultos y los niños mayores. Los niños fantasean, juegan, sueñan, corretean, hablan con sus muñecas y sus ositos de peluche y creen en fantasmas; los adultos hacen cuentas, planifican, trabajan, celebran reuniones, reniegan de sus automóviles y sus computadoras y no creen en nada. Los niños ven aquello en lo que creen; los mayores no creen en nada y mucho menos en aquello que no pueden ver.

Aquí hago una pausa.

—Maestro, la historia no termina así, ¿verdad?

Algunos de los más pequeños parecen un poco tristes. Un cuento de hadas debe tener un final bonito.

—De vez en cuando... muy de vez en cuando... hay alguien... alguien que ha llegado a ser muy viejo, tan viejo que ya no tiene que trabajar, tan viejo como su abuelo o su abuela, y que les cuenta una historia a sus nietos y, de pronto, advierte una sombra. ¿No estará allí, en un rincón, su viejo fantasmita, escuchando también?

—Así es —resuena dentro de mi cabeza una vocecita fantasmal que solo yo puedo oír y que no escuchaba desde hacía muchos años.

Frank Beckers descubrió los libros de Julio Verne y H.G. Wells en la estantería de su hermano mayor cuando era un niño. En clase de neerlandés, leyó superficialmente «El tren de la tragedia» de Johan Daisne. Esto despertó en él un interés de por vida por la ciencia ficción y el realismo mágico; por la fantasía, por así decirlo. Actualmente, es el redactor jefe de la revista digital de ciencia ficción en neerlandés Out of this World, en la que se han publicado varios de sus relatos.

martes, 8 de septiembre de 2026

LA LÍNEA AMARILLA


Erica Echilley

“Ibas a encontrarte con él
[…]

Que partió a la sierra
Que nunca hizo daño
Que partió a la sierra
Y en cinco minutos quedó destrozado
Suena la sirena
De vuelta al trabajo
Muchos no volvieron
Tampoco Manuel”

Víctor Jara

 

Me bajé del taxi, caminé unos pasos, esquivé las bicicletas que se aproximaban con celeridad y subí las escaleras interminables del museo. No dije “buenos días”, porque desde hacía tiempo el mutismo se había apoderado de mis cuerdas vocales y la mala educación se instaló en mi esencia. Caminé lentamente como quien se dirige al entierro de alguien a quien ama. Los pasillos interminables me hacían reverencias a medida que pasaba. ¿Dónde estará Frida?, me pregunté para mis adentros. Ya no quería tapices colgantes de guerras que nunca me pertenecieron ni cabezas sangrantes de Juanes Bautistas que no me interpelaban, tampoco deseaba ver algo imposible de descifrar. Estaba ahí por tu culpa. Nunca me gustaron estos cementerios de ataúdes colgados de la pared, te decía cada vez que me invitabas. Si pensaba que las ruinas de San Ignacio eran un par de ladrillos tirados, ¿qué se suponía que iba a pensar de todas estas cosas? Estos lugares inertes, silentes y en paz jamás me gustaron. Pero vos no, claro. Vos habías heredado esa enfermedad que tenían nuestros viejos. Vos y tu manía casi compulsiva de ver esperanza donde solo existía tristeza. Vos, el único de los hijos que creía que en la lucha existía el sentido de la vida.

Cuando subí al último piso, pensé en llamarte por teléfono, por un segundo mi mente abandonó el presente, esta realidad. Odiaba tantas cosas de vos, pero lo que más odiaba era que fueras libre. No tuviste la responsabilidad de ver morir a nadie, porque ya no había nadie a quien ver morir. Nunca sentiste las manos frías de mamá, ni viste sus ojos opacos por última vez. Jamás tomaste la responsabilidad de sostener un cuerpo mientras lo pasaba a buscar la muerte. No te odiaba, pero te envidiaba.

Mientras trataba de no masticar rabia, recordé aquellos tiempos en los que eras como un padre para mí. Tuviste que crecer de golpe y ayudar en casa. Tuviste que dejar de lado tu adolescencia para tratar de llevar un plato de comida a la mesa. Trato de que esos recuerdos le ganen a la rabia. Y te veo, estás parado en el final del pasillo contemplando la pared. Vos, tu ropa grande y tus zapatillas de temporadas pasadas. Camino sin prisa y te observo a lo lejos: flaco, desgarbado y alto. ¿Qué podías ver en ese cuadro obsoleto que adornaba la pared de este cementerio?

Llegué a donde estabas y me quedé a tu lado observando tu mirada perdida. Contemplabas el lienzo como si quisieras analizar algo más de esa obra que tenía casi cien años. Mirabas inerte y absorto como si pudieras encontrar respuestas en esa pintura anticuada de folletín. Vos y tus idioteces de profesor socialista recién recibido. Vos y tus estupideces de militancia. Vos y esa obsesión compulsiva por seguir tus convicciones. ¿Por qué tuviste que irte?

—Esta obra me recuerda a papá —escuché tu voz lejana como una epifanía. Tu voz grave.

Sentí un frío atroz que me recorrió la espina dorsal y me acarició la nuca. De repente, escuché el ruido de la pava chillando arriba de la hornalla de la cocina de casa. De pronto, papá y mamá se sentaron a la mesa con la resignación escrita en las arrugas de la frente. Así con el ceño fruncido. Así con la mueca de desgano. El ventilador giraba con lentitud, casi famélico. Apenas se movía el cabello de mamá mientras papá chusmeaba por la ventana del comedor hacia la fábrica de Don Raucho. La vida moría en el hipnótico ruido de las manecillas del reloj viejo que colgaba de la pared derruida. Mamá se levantó para buscar la pava que gritaba arriba del fuego de aquella garrafa a la que le rezaban para que llegara a fin de mes. Abrió la alacena y hurgó entre sus recovecos plagados de vacío, el ruido de sus manos era el eco mortuorio que anunciaba que otra vez tendrían que tomarse unos mates con la yerba que habían secado en el techo de chapa. El fantasma del humo de la fábrica les recordaba que antes de eso hubo vida. Las manos de papá reventaron la mesa de madera, mientras madre lo callaba para que no nos despertara. No hagas ruido, los niños duermen, decía con los dientes flojos y las mejillas marchitas. Papá corrió la cortina y siguió mirando hacia la fábrica, quizás alguno de los patrones se dignaba a aparecer para darles la explicación que merecían. Pero él lo sabía: los ricos no piden permiso, no dan explicaciones. Sostuvo un rato más la mirada hasta que unos pasos presurosos rompieron en llanto detrás de la cortina que oficiaba de puerta de habitación. No llores, mi amor, ¿te asustaste?, me preguntó mamá, me tomó en sus brazos y me hizo un mate cocido. De súbito, se abrió la puerta y entraste impoluto, con una luz de esperanza. Abriste tu bolsito, sacaste una muñequita y me la regalaste. Luego papá se abalanzó sobre el pan que pusiste arriba de la mesa. Tenías los ojos cansados y la inocencia muerta. Y de golpe sentí el estruendo. Y de pronto, las botas. Y de repente, el silencio.

—Señorita, por favor, mueva el pie.

— ¿Qué? —pregunté confundida.

—Usted está pisando la línea amarilla. Está prohibido acercarse tanto, por favor, mantenga la distancia.

Miré de nuevo y ya no estabas, solo quedaba la empleada de seguridad que me miraba con cara de pocos amigos. Di un paso hacia atrás y me quedé contemplando la obra que tanto amabas. Yo que nunca pude entenderte, pero que jamás dejé de esperarte.

EL CUENTO DE HADAS DE ELSIE PAROUBEK

Lance Olsen

 

Érase una vez una hermosa princesa de cinco años, rubia, de cabello rizado y ojos azules, llamada Elsie Paroubek, que vivía en el número 2320 de South Albany Avenue, Chicago, Illinois.

La tarde del 8 de abril de 1911, Elsie jugaba sentada con las piernas cruzadas en el porche de su casa, donde su madre, la reina, la había dejado con su muñeca favorita. Media hora después, cuando la reina fue a verla, ya no estaba allí.

En ese momento, la reina no le dio mucha importancia, ya que la princesa Elsie solía escaparse para disfrutar de la compañía de las otras princesas del reino. Pero al caer la noche, la preocupación la invadió.

La reina sabía que su hija tenía que estar en casa para la cena, sin importar dónde estuviera ni qué estuviera haciendo. Sin embargo, esa noche la cena estaba casi lista y la princesa Elsie no aparecía por ningún lado. Cuando el rey regresó de su trabajo en la fábrica de máquinas-herramienta en la Tierra de la Ciudad Ventosa de las Aceras Inestables, la reina lo recibió en las puertas del castillo y le dijo que la princesa se había extraviado.

El rey se preocupó y llamó a los guardias mientras los cuervos comenzaban a caer del cielo, temblando.

Los guardias se calmaron como solo ellos pueden hacerlo en medio de un desastre natural, diciendo que los príncipes y las princesas se extraviaban así todo el tiempo, que no se preocuparan, pues a menudo regresaban solos a casa. Con eso, los guardias durmieron plácidamente, pero los padres de la princesa no. Por la mañana, cuando la princesa Elsie aún no había regresado, los guardias, a regañadientes, iniciaron la búsqueda.

Pidieron a todos los habitantes del lugar que vigilaran, escucharan y se delataran entre sí, por si acaso, y todos obedecieron, pues así es la gente. Sin embargo, los vigilantes no descubrieron nada, ni la gente, ni nada, y luego siguieron sin descubrir nada, o tal vez sí descubrieron algo, ya que surgieron dos posibles pistas que, en cierto modo, no lo eran.

La primera: dos grupos de gitanos que acampaban en la zona habían levantado sus estacas y se habían marchado del pueblo poco después de la desaparición de la princesa.

La segunda: varios niños dijeron haber visto a la princesa siguiendo a un organillero italiano que pasaba por el pueblo, aunque quizás habían visto a otra persona, no a la princesa, o no a un organillero sino a un vendedor de helados, o no a un italiano sino a un portugués; no podían estar seguros, no al cien por cien. Solo Dios lo sabe, y Dios no lo revela, nunca lo ha hecho ni lo hará.

Durante la semana siguiente, los vigilantes ampliaron su búsqueda, extendiendo una red por todo el reino, luego por partes de Indiana, Iowa e incluso Wisconsin, ese lugar al norte donde la esperanza se desvanece en cuanto soplan los gélidos vientos invernales.

Los vigilantes realizaron redadas en campamentos gitanos y barrios italianos por doquier... ¿y qué creen que descubrieron?

Nada, más o menos nada, en ese orden, salvo algunas lluvias localmente intensas que casi se convertían en granizo, pues de vez en cuando el frío parecía no tener fin, y los periódicos hablaban cada vez menos de desaparecida la desaparición de la princesa Elsie, como suelen hacer los periódicos; su historia se fue desvaneciendo poco a poco porque otros pequeños príncipes y princesas aparecían y desaparecían por todo el país a diario.

Justo cuando prácticamente todos la habían olvidado, sucedió a las 3:00 p. m. El lunes 8 de mayo, con un día frío y parcialmente nublado, menos de nueve grados y brisa, dos empleados de la central eléctrica se toparon por casualidad con el cuerpo de la princesa Elsie Paroubek flotando boca arriba en el canal de Illinois y Michigan, a siete cuadras del porche donde había estado jugando con su muñeca favorita exactamente un mes antes.

Sus pulmones estaban vacíos, moretones morados rodeaban su garganta como un pañuelo de seda, y su sien izquierda estaba hundida donde el martillo había caído.

La violación seguía presente; regresaba una y otra vez.

Y he aquí que, mientras los empleados de la central eléctrica contemplaban la escena, el canal se transformó en un río de pensamientos silvestres, claveles y amapolas que fluían en lugar de agua, y las orillas en exuberantes jardines verdes.

¡Vaya milagro!

No, lo que de verdad pasó fue que el canal siguió siendo exactamente como son los canales en todo el mundo, solo que un poco más sucio por culpa de una niñita.

Aun así, aquellos empleados de la central aseguraron que empezaron a oír algo extraordinario: el cuerpo ya no tan propio de la princesa Elsie suplicando por ese chirrido que sueltan los ratones cuando les rompen el cuello.

En el velorio, el sacerdote local dijo que esta es la razón por la que uno nunca debe preguntarle al Todopoderoso dónde estará dentro de un año.

Los vecinos comentaron que era una prueba más de que todos vivimos en las Siete Tiendas de la Duda de Lon Chaney.

Los caballos de todo el reino se estiraron y sacudieron, los perros saltaron y gimieron, los gatos se agazaparon y maullaron, y las palomas sacaron la cabeza de debajo de sus alas grises, echaron un vistazo a su alrededor y se elevaron desde los campos marrones en grandes remolinos.

En algún lugar, un carnicero terminó su trago de cerveza en una posada; y en otra parte, una criada siguió sacudiendo el polvo de una repisa en la mansión de alguien; y un padre le propinó un manotazo en la oreja a su hijo por algo que el muchacho dijo en voz baja, aunque nadie oyó qué fue ni lograba imaginar qué pudo haber sido como para enfurecer tanto a su padre; y una madre le confesó tiernamente a la hijita que mecía en sus brazos que jamás había querido ser madre, que la idea le repugnaba y horrorizaba, que esto no se parecía en nada a lo que se había imaginado, que todo era un error espantoso, espantoso del cual jamás podría salir para llevar algo remotamente parecido a una vida real.

Lance Olsen es autor de más de 30 libros de y sobre prácticas de escritura innovadoras, incluido, más recientemente, An Inventory of Benevolent Butterflies, que se publicará en octubre por Dzanc Books. Premio Guggenheim, Berlín, residencia de artista en Berlín D.A.A.D., residencia en el Bellagio Center de la Fundación Rockefeller, dos veces beca N.E.A., Connecticut Beca de Excelencia Artística y ganador del Premio Pushcart, además de becario Fulbright, vive en Connecticut.

 

TU SUDARIO, ALEMANIA

Franco Ricciardiello

 

Agazapados como animales enjaulados, para aprovechar al máximo el espacio, apretujados dentro de un montacargas que desciende hacia las galerías excavadas en las vetas de carbón: brazos, hombros, espaldas, no hombres. Quizá italianos, quizá no; quizá en Bélgica, quizá en Alemania. Durante un siglo, los mineros se parecieron de generación en generación, de modo que la imagen solo puede fecharse por la presencia de las dos mujeres vestidas con ropas de principios del siglo XX.

 ¿Qué vida vivieron nuestros abuelos?, cantaba Jacques Brel en 1977:

 

No puede decirse que fueran esclavos,

pero de ahí a decir que vivieron...

cuando se parte ya vencido

es difícil salir del encierro.

Y, sin embargo, florecía la esperanza

en los sueños que subían al cielo

de aquellos pocos que se negaban

a arrastrarse hasta la vejez.

Sí, buen Amo, sí, nuestro Señor.

 

Durante un siglo Italia fue tierra de emigración: brazos, espaldas, hombros para exportar a Argentina, Norteamérica, Francia, Bélgica y, más tarde, Alemania; y después también desde las regiones del sur de Italia hacia el noroeste. Solo después de la Segunda Guerra Mundial, 150.000 desempleados emigraron a Bélgica para trabajar en las minas: fueron prácticamente «vendidos» por el gobierno italiano a cambio de suministros de carbón, dos quintales diarios por cada par de brazos. Bélgica tenía hambre de mano de obra para reactivar la producción industrial; Italia necesitaba carbón para la reconstrucción.

Cada vez que veo esta imagen me vienen a la mente aquellos versos de Giosuè Carducci que traducen en rima un poema de los Zeitgedichte de Heinrich Heine, Die schlesischen Weber, los tejedores de Silesia cuya huelga en demanda de mejores condiciones de vida, a mediados del siglo XIX, fue ahogada en sangre por el ejército:

 

—Tejemos, Alemania, tu sudario,

y tres maldiciones forman la trama.

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

¡Maldito sea el buen Dios! Le suplicamos

en nuestras miserables hambres, en los fríos inviernos:

Él, el buen Dios,

nos sació de escarnios.

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

¡Y maldito sea el rey!

Nos ha exprimido

hasta la última moneda,

y ahora hace que nos ametrallen como perros.

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

¡Maldita sea la patria, donde solo

crecen la infamia y la abominación!

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

Tejemos, vieja Alemania, tu sudario.

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

 

Al mundo no le importaban ellos, los trabajadores, el proletariado; no contaban las vidas, los hijos, la salud: solo los brazos, las espaldas, los hombros. A los quince años ya estaban agotados, cantaba también Brel, eran viejos antes de llegar a serlo; quince horas diarias con la correa al cuello les dejaban en el rostro el color de la ceniza. Hizo falta un siglo de revoluciones, huelgas, luchas y dos guerras mundiales para romper ese collar de hierro.

Cuanto más observo la imagen, más se parece a las trágicas fotografías de los internados en los campos de exterminio nazis, liberados al final de la guerra por el Ejército Rojo: tendidos en las literas de los barracones, los ojos desmesuradamente abiertos ante el destello de las cámaras, los rostros ennegrecidos por el trabajo esclavo, muertos ya antes de morir. Si esto es un hombre, escribía Primo Levi: cabellos para pelucas, huesos para jabón, carne para la parrilla de este lado; brazos, hombros, espaldas para la industria del otro.

Jacques Brel, que era un flamenco de Bélgica, cantaba: Si por desgracia sobrevivían, era para ir a la guerra, a las órdenes de algún oficial espadachín, que exigía apenas moviendo los labios que ofrecieran en el campo del horror sus veinte años, una edad que nunca llegarían a alcanzar. Y miserables morían atenazados por el miedo, sí, señor Amo, sí, nuestro Señor.

Qué vida vivieron nuestros abuelos.

También mi abuelo Francesco, el padre de mi padre, estuvo en Bélgica, pero no en las minas. Llegó allí en noviembre de 1918, al final de la guerra, persiguiendo a los alemanes en retirada. Era italiano y, sin embargo, combatía en Francia: todo un cuerpo de ejército del Regio Esercito participó en la segunda batalla del Marne, en julio de 1918, más conocida en Italia como batalla de Bligny o del Ardre. Mi abuelo era campesino, tenía 31 años y tres hijos, y ya llevaba tres años de guerra en la Marmolada. El cuerpo expedicionario estaba compuesto por dos divisiones, unos 25.000 hombres; el abuelo Francesco pertenecía al 51.º Regimiento de Infantería, Brigada Alpi, 8.ª División de Infantería; llevaban al cuello un pañuelo rojo porque durante la guerra de 1859 contra Austria el regimiento había estado al mando de Giuseppe Garibaldi.

Se temía, con razón, una ofensiva alemana decisiva destinada a llegar a París y provocar el derrumbe de Francia: un intento análogo había fracasado en el caso de los austrohúngaros, que en junio, durante la colosal batalla del Solsticio, prolongada durante diez días y en la que participaron dos millones de soldados de ambos bandos, no habían conseguido obligar a Italia a rendirse.

En el verano de 1918, el Reich alemán concentró entonces en el Marne 52 divisiones, con un total de 1.300.000 soldados. El bombardeo preparatorio de la artillería comenzó diez minutos después de la medianoche del 15 de julio, apenas terminada la fiesta nacional francesa; uno de los ejes del ataque apuntaba hacia el bosque de Bligny, en los seis kilómetros de frente defendidos por los italianos. Después de cuatro horas de bombardeos con proyectiles incendiarios y gases asfixiantes, los alemanes atacaron protegidos por la niebla y los tanques. Los italianos combatieron en un escenario infernal, dentro del bosque que ardía en la noche, sin trincheras donde protegerse, armados con el mosquete modelo 91 y la bayoneta.

A las 6:30 de la mañana, el 51.º Regimiento había sido aniquilado: de los 1454 caídos totales durante tres años de guerra, 1298 murieron en aquellas dos horas. Del batallón del abuelo Francesco, que se encontraba en el Bois des Éclisses, hubo dos supervivientes: él y otro hombre. Escribió Malaparte:

Parece imposible que bajo semejante diluvio de fuego, de gases asfixiantes, de estruendos, de explosiones, en aquel delirio de humo, aniquilación y muerte, alguien pueda sobrevivir.

Sin embargo, Francesco Ricciardiello seguía vivo; no murió hasta 1970, a los 83 años.

La ofensiva del Reich naufragó en un mar de sangre. Los aliados avanzaron haciendo retroceder a los alemanes: eran franceses, ingleses, estadounidenses, brasileños, australianos, canadienses, neozelandeses e italianos. En Italia la guerra terminó el 4 de noviembre; Alemania se rindió siete días después, el 11 de noviembre de 1918, a las once de la mañana, tras la insurrección de Berlín, el derrocamiento de la monarquía y la proclamación de la República; aquel día y a aquella hora, el 51.º Regimiento, reconstruido después de su destrucción, se encontraba en el Mosa, en la frontera; Bélgica fue finalmente liberada de la ocupación. En el momento de la desmovilización y del regreso de los combatientes a Italia, el II Batallón del abuelo Francesco estaba acuartelado en Bastogne.

Mi abuelo no poseía el lenguaje necesario para contar el horror que había vivido, pero otros que atravesaron la misma tragedia llegaron a relatarla. El escritor Curzio Malaparte combatía en el regimiento hermano, el 52.º, dentro de la misma brigada; el poeta Giuseppe Ungaretti, en el 19.º Regimiento, es decir, en la otra brigada de la misma 8.ª División. Malaparte escribió más tarde en su Arcitaliano:

Fue una masacre. Sentados sobre la hierba, con la espalda apoyada contra los troncos de los árboles, en un terreno sin trincheras, sin caminos protegidos, sin refugios, nos dejamos matar al descubierto, fumando un cigarrillo tras otro. Al amanecer, cuando las tropas de asalto alemanas, las famosas Sturmtruppen, «tropas de la tormenta», atacaron con los tanques la loma del Bois des Éclisses, nuestros efectivos se habían reducido a la mitad. Todos los comandantes de batallón habían muerto.

La tierra de Bélgica está impregnada con la sangre de millones de muertos. La mitad de las carnicerías más sangrientas de la Historia se libraron aquí, desde Julio César hasta las Ardenas, pasando por la guerra de los Treinta Años, la Revolución francesa, Fleurus, Waterloo, Ypres y Passchendaele. Bajo el suelo empapado de sangre se encuentran los yacimientos de carbón, donde generaciones de mineros dejaron el aliento, los pulmones, la vida. Brazos, hombros, espaldas para la civilización industrial.

Italia era tierra de emigración. El auge económico posterior a la Segunda Guerra Mundial se construyó sobre las vidas de los trabajadores vendidos por el Gobierno a Estados extranjeros. ¿Cuántos murieron en las minas de Bélgica? 262 solo en el Bois du Cazier, en Marcinelle, el 8 de agosto de 1956: 35 eran belgas, 136 italianos.

Hoy Italia es la octava economía del planeta, también gracias a aquellos emigrantes (qué vida vivieron nuestros abuelos), pero no reconocemos las razones de otros inmigrantes que vienen en busca de una existencia digna huyendo de las guerras y de la pobreza.

Al día siguiente de la batalla de Bligny, en el campamento del 52.º Regimiento de Infantería, Giuseppe Ungaretti escribió en un cuaderno un poema que llegaría a ser famosísimo y que puede ser igualmente cierto para los soldados que regaron con su sangre la superficie de Bélgica y para los mineros que se asfixiaron y ardieron cientos de metros más abajo:

 

Se está

como en otoño

en los árboles

las hojas.

 

3-4 de septiembre de 2026

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

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