Luc Vos
El firmamento
parece hermoso desde donde estoy: el azul más puro, interrumpido de vez en
cuando por masas blancas y esponjosas, me hace sentir como si estuviera en el
séptimo cielo. Miro a mi alrededor con asombro y absorbo toda esa belleza.
Nuestro mundo es realmente hermoso.
He visto demasiado poco de él.
¿He estado aquí antes?
No lo recuerdo, aunque prevalece la
sensación de que eso no importa.
Intento moverme, pero parece que me
balanceo.
Qué extraño.
Miro hacia abajo y me sobresalto al
no ver casi nada. Un inmenso vacío me rodea, apenas perturbado por aquellas
masas blancas y, a lo lejos, una forma oscura.
¿Se está acercando?
¿Dónde estoy?
La duda me golpea como un
relámpago. Siento una creciente inquietud a mi alrededor, como si la
electricidad recorriera el aire.
Eso no puede ser.
El balanceo aumenta y los colores
claros desaparecen. Con una rapidez aterradora todo se vuelve oscuro y, de
pronto, estoy rodeado por un grupo de... No sé qué es, qué son. Siento que me
observan con ojos llenos de ira, pero ellos... ellos no tienen ojos, tienen...
¡Despierta!
No estoy dormido.
¿Entonces qué es esto?
Un destello cegador aparece a mi
lado; una nueva sacudida me atraviesa. Una fuerte explosión sigue unos segundos
después; luego ya no queda nada. A mi alrededor reina un silencio absoluto.
Busco, algo tira de mí. Intento resistirme, pero fuerzas desconocidas me
arrastran hacia algo que no puedo ver. La oscuridad, que devora toda la luz, ha
reemplazado al azul brillante. Durante mucho tiempo no se oye ningún sonido,
hasta que se produce una nueva explosión que ilumina brevemente el entorno para
volver a dar paso a una negrura de una profundidad que jamás había contemplado.
Me estremezco e intento mantener la calma. Crezco y me encojo; siento como si
aquello que me rodea me estuviera absorbiendo.
¿Qué está ocurriendo?
Vuelvo a estar solo. La claridad
regresa. La mancha oscura que hay debajo de mí, tan distinta de todo lo que la
rodea, vuelve a ser visible. Soy yo otra vez, creo, aunque no por mucho tiempo.
Doy tumbos y soy arrastrado hacia lo que hay abajo. Intento comprender dónde
estoy; en algún lugar de mi mente siento que ya lo sé. Llega otro golpe y
tiemblo. La velocidad con la que viajo hacia esa textura sólida, esa mancha
oscura que se vuelve cada vez más nítida, es vertiginosa.
—¡No! —grito.
No sé si mi voz es escuchada.
Intento volver a gritar. Miro hacia arriba. El conocimiento de mi destino crece
y un recuerdo me golpea como un rayo. Veo... los veo a ellos, me veo a mí
mismo. Voy a...
La velocidad aumenta, igual que las
imágenes en mi cabeza.
—Tengo un último deseo —me oigo
susurrar mientras miro los ojos llorosos de mis hijos.
Parece que no me oyen, aunque sé
que sí lo hicieron.
—Espero volver como una gota de
agua.
Sus ojos se agrandan; sus mejillas
están mojadas. Me miran sin comprender.
—Entonces nunca moriré de verdad.
Sollozan un poco menos.
—Entonces podré ser una gota de
lluvia sobre sus rostros. Los acariciaré para que sientan menos dolor cuando
lloren.
No sé si me creyeron. Solo sé, con
una certeza cada vez mayor, que el suelo que me hará añicos se acerca más y más
rápido. La duda de si aquel fue el deseo correcto surge con fuerza, pero
también la certeza de que ya es demasiado tarde. Solo puedo esperar que mi
sueño se haga realidad, que vuelva a elevarme hasta poder estar junto a ellos y
consolar sus mejillas con mi suave humedad. La esperanza crece, junto con la
certeza de que ya no tengo control sobre mi destino.
Ha llegado el momento.
¿Lo dije yo? ¿Lo dijeron ellos?
Ya no importa. Estoy casi allí.
Reúno mis recuerdos y...

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