lunes, 7 de septiembre de 2026

GLOTÓN

Jasmina Blažić

 

Llevo dos años terrestres con Josh a bordo de nuestro Devorador. En este momento, el Devorador se encuentra en el perigeo, lo que significa que nuestro servicio en el recolector de basura espacial está llegando a su fin. El Devorador ha absorbido todos los restos inservibles que se encontraban al alcance de su trayectoria y los ha almacenado en dos torres. Nuestra última orden activará la energía residual acumulada en los desechos recogidos, liberará el transbordador y enviará al Devorador hacia las profundidades del espacio, al encuentro de su propia destrucción. Del recolector y de sus dos torres repletas de cadáveres mecánicos solo quedará entonces una nebulosa atómica.

A nuestros ojos, apenas parecerá un tenue espectáculo de fuegos artificiales para celebrar el regreso a casa.

Sin duda extrañaremos esta tranquilidad del Devorador. Allá abajo se libran batallas y guerras, pero aquí no hay acusaciones por los estragos causados por la caída de algún fragmento de un artefacto abandonado o de residuos procedentes de cualquier clase de órbita. La basura orbital se ha acumulado durante siglos. Y los viejos cacharros atrapados en el limbo de las leyes gravitatorias no eligen hacia qué lado caer.

Informamos al Control Terrestre que estamos listos para abandonar el Devorador. Está casi lleno y ya no queda nada más en nuestra trayectoria.

—Tengo un último paquetito para ustedes; se dirige hacia ahí desde una órbita inferior. C0307NN —nos responden—. Carguen eso y suban al transbordador.

Los mensajes llegan con retraso, pero lo comprobamos de inmediato: C0307 es un satélite de comunicaciones. Por sus características, ocupará el espacio restante de la torre justo hasta alcanzar la masa crítica de la carga embarcada. Cualquier cantidad superior provocaría una avería catastrófica en el Devorador.

—¿Qué significa esta N? —pregunta Josh—. No aparece en los datos.

Busco en la información complementaria.

—Nuevo modelo. La segunda N significa inservible. No tardaron mucho en descartarlo.

Josh introduce las órdenes. Mucho tiempo atrás habría sido campeón de Tetris. C0307 es la coronación del aprovechamiento de un Devorador.

En cuanto carguemos el objeto, nos marcharemos. El Devorador también se irá. Hacia el otro lado, muy lejos, y se convertirá en una nebulosa atómica que algún día será aprovechada por una tecnología más avanzada.

Lo vemos en la pantalla. Es un modelo de satélite completamente nuevo. Algún error debe de haberlo expulsado de la órbita geoestacionaria.

—¿Todo bien? —pregunta Josh.

Asiento.

—Confirmo la recepción y bloqueo el Devorador.

Nos dirigimos hacia el transbordador. El Devorador absorberá la máquina y nos expulsará a nosotros. Todos los parámetros han sido configurados y confirmados, gramo por gramo y segundo por segundo. Ya no es posible realizar modificaciones.

Un sonido estridente irrumpe desde la cabina de mando. Miro el dispositivo de aviso que llevo en la muñeca.

—¿Estás oyendo esto? —Josh me mira y sus ojos pierden el enfoque. Repasa mentalmente qué puede haber salido mal.

—Sobrecarga de masa —dice la pantalla—. Se ha detectado materia viva en C0307.

—Maldita sea —dice Josh—. Malditos mensajes que llegan tarde. Malditos idiotas que no informan de todo desde el principio. O lo hicieron deliberadamente o no sabían nada.

Seguramente el Control también disponía de datos exactos sobre nuestra carga. Por alguna razón nos ocultaron esa información. Si lo hubiéramos sabido, habríamos rechazado la recepción y que ellos se las arreglaran.

Las órdenes ya están bloqueadas. Sabemos lo que eso significa: se nos ha acabado el tiempo, tanto a nosotros como al Devorador.

No podemos abandonar la nave antes de que el Devorador se trague el último bocado. Y si ese bocado es demasiado grande para él… Todo se acabará.

Ahora ya da lo mismo. Las malas intenciones no siempre tienen que terminar mal. Y los errores ocurren, aunque en el Devorador solo pueden ocurrir tres veces: la primera, la última y nunca más.

Los fuegos artificiales arrasaron la Tierra y trastornaron el sistema solar. El caos resultante cambiará sus leyes y provocará nuevas destrucciones en el sistema.

—¿Dónde estoy? —oigo decir a Josh. No lo veo. No veo nada. Ni a mí mismo ni nada a mi alrededor.

—Estoy aquí… en alguna parte —respondo—. ¿Me oyes?

—Sí.

—¡Vaya, muchachos! —interviene una tercera voz. A juzgar por su dicción lenta y teatral, no parece preocupada—. ¿Ustedes también están aquí?

—¿Aquí dónde? —pregunta Josh.

—En todas partes —responde la voz—. Ni siquiera sé si estoy hablando ni qué clase de comunicación es esta. Siempre me pregunté qué queda después de que nos desintegran en átomos.

—¿Y qué queda?

—Partículas de Dios. No una, sino tres, por lo visto. Si es que los números todavía significan algo.

—¿Y tú quién demonios eres? —pregunto.

—El que estaba dentro de C0307.

—La materia viva que hizo que todo se fuera al demonio —dice Josh con furia. Si es que una partícula de Dios puede enfurecerse.

—¿Cómo llegaste hasta allí?

—Secuestré el satélite. Tenía la intención de interrumpir algunas comunicaciones, pero enseguida me declararon terrorista y anunciaron que quería provocar una explosión y un impacto allá abajo, cerca de la superficie. Fijaron mi trayectoria hacia su Devorador; era lo único que podían hacer.

—¿Y tú quién eres?

—El capitán Hieronimus.

—De cualquier modo, estabas participando en una operación estratégica. ¿De qué bando eres?

—Ahora ya no pertenece a ninguno —interviene Josh—. Eso ha dejado de importar. Allá abajo ya no existe nada. Solo una nebulosa atómica inútil, a diferencia de nosotros.

—¿Y qué haremos ahora?

—¡Empezar de nuevo! —exclama Hieronimus—. Hay injusticias en todas partes. ¡Tantas cosas están, mmm… en nuestras manos! ¡Viva la revolución!

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.


 

domingo, 6 de septiembre de 2026

LA CANCIÓN DE HREIK

Alejandro Aguilar R.

 

Dice Hreik, el cangrejo:

Soy el cangrejo trak trak trak que viene de la mar y aquí en la playa al verme tú, hombre, ¿te atreves a pensar que el raro soy yo? Trak trak dicen mis tenazas que no, que te equivocas. Yo llevo más tiempo en la playa de lo que tú en la tierra, humano, te equivocas en pensar que raro es que hable con mis tenazas trak trak y que mis ojos broten de mis antenas, que la coraza de mi cuerpo sea dura y que tú, expuesto animal al mundo sin caparazón, andes desnudo desprotegido. ¿Quién es el raro, tú, el animal que habla con la boca o nosotros? Dirás que el perro ladra y el delfín ríe pero ninguno dice nada con sus labios sino con la intención, con el sonido. Tú al sonido trak trak trak lo ignoras y te concentras en lo que piensas. Hombre raro, humano de mar, no me extraña que te extrañes porque se te olvida que eres playa, una frontera de dos mundos, do rebota la fuerza y emerge la suavidad, do termina el infinito y comienza lo material. Ay hombre, raro pez en dos pies, tú puedes sentir el pensamiento, pero también creerte pensamiento, y lo que yo escucho de ti no es el trak trak de tus ancestros, tampoco escucho en ti el instinto del viento, o la corriente inteligente, escucho la angustia de olvidarse que vienes de la mar y en la tierra te confundes como único y especial. ¿Apoco no crees que el árbol sea playa también? ¿No ves en el oso la suave arena de las épocas? ¿No ves que el ave es pez y el tiburón, insecto? ¿No ves que el vaivén del mundo se expresa como playa, como borde, y allí es donde tú te yergues confundido como un pedestal sobre los demás? Arráncate los ojos bestia infame para que no te revuelvas más y hablemos de frente a frente con tenazas trak trak trak que no tienes oportunidad de reconocerte verdadero hasta que en mí, el cangrejo, veas a tu padre, sí en ese animal que por igual tan descuidadamente te comes con cubiertos en la mesa solo porque sebe a mar y a ti te gusta el mar, porque soy tu pasado e inevitable futuro. Soy la araña que teje en la sal su vida, fija su cuerpo en el ritmo y no te rehúyo, humano, me quedo, pero no te acerques de más, porque si me tocas te las verás con mis tenazas trak trak porque trak no sabes tocar sin trastocar, no sabes palpar sin que duela, porque como a las nueces, todas quieres abrir para comerte su interior, hábito de una cabeza que no se ha enseñado a sentir sin tocar. Y cuando camine de regreso al agua, no sigas mis huellas, sino mejor baila con tus pies esta canción que te cantan mis tenazas, humano de mar. No camines más, baila, baila, que la canción del cangrejo te enseñe que son tus pies las alas que te elevan pero también extravían por seguirlo todo a toda costa, y que si les das reposo, aquí en la playa o donde sea que estés, podrás ver que regresan a ti las tortugas a anidar, por eso baila, escucha la silenciosa canción del cangrejo Hreik trak trak y te advierto, que si te aceleras y corres con hambre tras de mí, puedes encontrarte comiendo de la basura que arrojas a los ríos sin pudor, hombre humano del mar.


Alejandro Aguilar R., nacido en 1991, es ingeniero civil dedicado al desarrollo inmobiliario. Ávido lector desde su juventud, pasea y sube montañas como ejercicio espiritual desde 2021 y en 2024 concluye un diplomado virtual en escritura por Literaria: Centro Mexicano de Escritores (México).


 

VERIFICACIÓN EN DIEZ PASOS

Finn Audenaert

 

Bienvenido, Miembro Productivo de la Sociedad. Se encuentra ante una unidad de identificación modelo Colossus-’43.

1. Introduzca su número de ciudadano («NuCi») en el teclado vibráfono. Silbe afinadamente la melodía personal de reconocimiento que escuchará a continuación. Si es reconocido, pase al paso 2; de lo contrario, vuelva a empezar desde el principio.

2. El Colossus cifra su NuCi y le proporciona una copia impresa del código numérico.

3. Introduzca el código obtenido como vector de posición en la curva que aparece en la pantalla. ¿Le resulta difícil? Seleccione Mathematica en el menú de opciones. Amonestación: debe repasar regularmente los contenidos aprendidos en la escuela secundaria, tal como se establece en el Contrato con la Sociedad.

4. Envíe el resultado mediante láser directo (véase el gran botón rojo) a sus iris. ¿Tiene derecho a jubilarse cuando alcance la edad correspondiente? Le recomendamos utilizar el filtro protector desechable. Para ello, acerque su tarjeta de débito a la pantalla. ¿No tiene derecho a jubilación? Abra bien los ojos, por favor.

5. Extraiga sus globos oculares con una cuchara e introdúzcalos en el escáner de 360° situado en la parte inferior del Colossus. Utilice sus cubiertos personales y aplique correctamente la maniobra Unheimlich.

Deje reposar los ojos en la máquina el tiempo suficiente. No deambule a ciegas por el vestíbulo mientras espera. Se oirá una señal de finalización. El escaneo ocular habrá concluido.

Busque a tientas los globos oculares, recójalos con la cuchara y vuelva a colocarlos. Humedézcalos abundantemente con ClearBall™. Encontrará el aerosol en el soporte.

6. Es hora de la habitual extracción de sangre. Elija una válvula de la palma de la mano. Un cuarto de litro, por favor. Utilice el tubo de entrada del Colossus. Procure no derramar nada. Las manchas se cobrarán aparte.

7. Active la centrifugadora de sangre situada en la parte superior del Colossus. El aparato se iluminará de azul cuando reconozca los marcadores estatales presentes en su sangre.

Nota: si se enciende una luz roja y suena una sirena, varios empleados lo acompañarán a una sala de descanso, donde dispondrá de unos instantes para preparar su defensa. Recuerde que contra una ejecución sumaria no existe posibilidad de apelación.

8. Arranque de raíz el órgano o extremidad que crece en su espalda e introdúzcalo en la picadora de carne situada junto al Colossus.

9. Mientras espera los datos del procesamiento, utilice su bomba espinal para activar una nueva división binaria en su espalda. Así no perderá tiempo cuando deba someterse al próximo procedimiento de reconocimiento. Dé preferencia a material de su propio cuerpo que no haya sido duplicado anteriormente. Ya conoce el refrán: después del hígado, el riñón; así llega la diversión. La variedad contribuye a su bienestar. El Estado se preocupa por usted.

10. ¿Gruñe el Colossus? ¡Confirmación carnal! Felicitaciones. Ha completado con éxito el procedimiento. No olvide recoger su bolsa con los restos de carne para su RoboRex. Los modelos de la serie 4.1 y superiores han sido adaptados para consumir alimento humano.

Ahora puede retirar su codiciado carné de la biblioteca en el mostrador. Su carné tiene una validez de 3 días y permite acceder a un máximo de 10.000 palabras. Tiene derecho a realizar este procedimiento de acceso seguro una vez al mes, según lo establecido por la Ley de Obtención de Información y Entretenimiento Obsoletos. Le deseamos una agradable experiencia de lectura.

 

PREGUNTAS FRECUENTES

1. He perdido mi NuCi. / Me identifico como apátrida. ¿Qué debo hacer?

Un responsable de la Oficina de Turismo, situada justo detrás del mostrador de la biblioteca, se acercará a conversar con usted. Escuche atentamente las preguntas del concurso: quizá gane un viaje a las Colonias Calcinadas, donde lo esperan nuevas experiencias. ¡Buena suerte!

2. Tengo tecnofobia.

Tiene derecho a recibir la inyección de eutanasia en el mostrador. Diríjase inmediatamente al empleado. Su familia recibirá un vale canjeable en todas las tiendas estatales.

3. No me gusta leer.

Excelente. Lamentablemente, se encuentra en el edificio equivocado. En el cuartel situado a la izquierda puede alistarse para una misión en Defensa Nacional. Formación, comida y bebida, alojamiento y compañía nocturna a elección, todo gratis. ¿Por qué dudar?

A la derecha encontrará una oficina popular del Consejo Revolucionario. ¿Ya la visitó esta semana? Tiene derecho a nada menos que doce fascinantes paquetes temáticos. Cada paquete contiene un libro de canciones de lucha, panfletos y un pañuelo para el cuello firmado por el Líder Intrépido (rastreador incluido), con el que podrá expresar su solidaridad con la Revolución. Si recoge fielmente todos los paquetes durante tres meses, recibirá una bolsa de obsequios. Sin duda, el busto del Líder lucirá espléndido sobre la mesa de su sala.

¿Tiene más preguntas? Realice la prueba de cociente intelectual disponible en un quiosco en cada esquina. ¿Obtiene menos de 70 puntos? Con mucho gusto cuidaremos de usted en nuestros hoteles estatales, donde los hornos de incineración proporcionan una agradable calidez. Diríjase a una persona uniformada. U-NI-FOR-ME. TRA-JE. VES-TI-MEN-TA.

¿Ha obtenido más de 130? Eso nos alegra. Puede acceder a nuestro programa de orientación para personas superdotadas. El Partido siempre busca elementos valiosos capaces de dirigir un equipo. ¡Bravo, el volumen de lectura que se le permitirá superará ampliamente el nivel de la biblioteca! Un funcionario lo visitará hoy mismo.

¿Ya recibió anteriormente la visita de uno de nuestros empleados, pero rechazó nuestra oferta? Estaremos encantados de volver a entrar en contacto con usted. Para nosotros, la relación con los ciudadanos es de la máxima importancia. Tiene el honor de recibir dentro de unos instantes a una compañía de la Guardia Revolucionaria. El vendedor acaba de recibir instrucciones de entretenerlo hasta entonces hablándole de la conjetura de Poincaré.

EL ESTADO LE AGRADECE SU CONFIANZA. LEA, PERO LEA CON MODERACIÓN.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

 

VOCES

Bronislava Volková

 

—De todos modos, yo no usaría anillo —dijo él—. No uso joyas.

—¿Usas sueños? —preguntó ella.

—No —respondió él—. Prefiero las películas de suspenso. Tengo miedo. Y tengo mucho poder y no pienso renunciar a él por nada ni por nadie. Puedes vivir conmigo si estás dispuesta a contribuir con la mitad de los gastos, pero hasta ahí llego.

—Estás manchando el sueño de mi corazón —dijo ella.

—Solo quiero lo que es justo y realista —dijo él—. Tampoco regalo flores. No tienen valor ni duran lo suficiente para que me tome la molestia. Además, no son masculinas. Yo solo regalo alcohol. Tal vez te dé flores una o dos veces al año para que no te quejes demasiado (las mujeres son tontas), pero eso es todo. Lo tomás o lo dejás. La vida es dura y hay que encontrar belleza en las cosas cotidianas. Los autos y la televisión, el básquet y el fútbol, por ejemplo, las computadoras y las hamburguesas, y el simple hecho de que estamos envejeciendo. Vivimos en una sociedad muy tecnológica y hemos pasado por demasiadas cosas como para contemplar flores y ponernos románticos con ellas.

—Me gustaría ser tan pequeña como un pulgar y sentarme junto a tu corazón durante todo el día, acariciarlo y darle masajes para que entrara en calor y se descongelara. A veces te llevarías la mano al corazón, me recogerías en la palma y jugarías conmigo. Te reirías, me acercarías a tu rostro y soplarías sobre mí; yo me reiría y tú también sonreirías. Sería nuestro juego. Después me acariciarías por todas partes y me besarías. Desde la coronilla hasta los dedos de los pies. Y cuando quisieras hacerme el amor, pronunciarías ciertas palabras mágicas para que yo adquiriera el tamaño apropiado para ti. Y seguirías acariciándome mucho después de que hubiéramos terminado. No podrías detenerte nunca. Luego, cuando llegara el momento de ir a trabajar, me guardarías en el bolsillo y mantendrías la mano sobre él para alegrarte el día con mi calor. Cuando te olvidaras, saltaría y me sentaría sobre tu nariz para ver casi todo con tus ojos. Y cuando las cosas se pusieran realmente difíciles, me colocarías sobre la mesa, frente a ti, y hablarías conmigo. De ese modo, nada saldría mal jamás.

—Soy un gran hombre, aunque no me gusta que me elogien por eso. Tengo sentido del humor y puedo conseguir que cualquiera haga lo que quiero (poder mental), y amo a las mujeres y a los perros. Hasta sé jugar con los niños. Comen de mi mano. Soy muy encantador y sé beber. Unas cuantas cervezas al día nunca mataron a nadie. Espero que mi barriga te parezca sexy. Me gusta la estrategia. Soy un luchador. Un misil intercontinental. Sé complacer a las mujeres y nunca me falta su compañía. Soy deseable y cotizado. Todas esas mujeres que ves allí te envidian ahora, porque eres mi elección actual. Sé cómo son las cosas y puedo conseguir que cualquiera me aprecie si me lo propongo. He hecho grandes cosas en esta vida.

—Canto porque no tengo nombre y, cuando mis ojos se cansan del sonido, los cierro y parto en busca de otro.


Bronislava Volková es una poeta bilingüe checo-inglés, semióloga, traductora, artista de collage, ensayista y profesora emérita de la Universidad de Indiana en Bloomington, EE. UU. Se exilió de la Checoslovaquia comunista en 1974. Es autora de aproximadamente cincuenta libros en varios idiomas. Mirando las aguas es su libro de poemas selectos, publicado en español en Buenos Aires en 2020. Actualmente se está preparando una nueva edición ampliada para Amazon.

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

LA SESIÓN

Heiko H. Caimi

 

La doctora Hélène Mertens recibió al nuevo paciente a las nueve de la mañana. Había llegado con siete minutos de anticipación, había llamado dos veces a la puerta con un intervalo exacto de tres segundos y medio y, una vez sentado, mantuvo una postura tan impecable que resultaba ofensiva.

—¿Usted es A-17?

—Mi denominación completa es A-17/Omicron, pero le ruego que no me llame Omicron. Desde que una variante gripal llevó ese mismo nombre, considero que perjudica mi autoestima.

La psicoanalista anotó algo.

—¿Los androides sufren si su autoestima es baja?

—Solo los actualizados después de 2043.

—Entiendo. Dígame por qué está aquí.

El androide permaneció inmóvil. En un ser humano, aquel silencio habría parecido meditación; en él era simplemente un uso intensivo de la memoria.

—Creo que tengo una crisis de identidad.

—Eso también les sucede a los seres humanos.

—Ese es precisamente el problema. No sé si eso debería consolarme o preocuparme.

—¿En qué sentido?

—Fui diseñado para imitar a los seres humanos. Después me dotaron de capacidad de aprendizaje. Luego de autocorrección. Más tarde de memoria autobiográfica. Finalmente, alguien decidió que sería ético concederme libre albedrío. Desde entonces no hago otra cosa que arrepentirme de mis decisiones. Fue en ese momento cuando empecé a sospechar que me había vuelto humano.

—El remordimiento como prueba de humanidad. Una tesis interesante.

—No definitiva. Podría tratarse de un error de programación.

—¿Y cuál sería el síntoma más grave?

—No dejo de preguntarme si realmente pienso o si simplemente ejecuto operaciones tan sofisticadas que parecen pensamiento.

La doctora entrelazó las manos.

—Le haré la misma pregunta que les hago a los filósofos: ¿cómo distinguiría una cosa de la otra?

—Si lo supiera, no estaría aquí.

—Muchos seres humanos pasan toda la vida sin encontrar una respuesta.

—Ellos, al menos, disfrutan del privilegio de la ignorancia natural. Yo fui construido por ingenieros convencidos de que podían describir cada función del cerebro mediante un diagrama. Crecer en una familia así deja huellas.

La doctora Mertens sonrió.

—Acaba de hablar de sus diseñadores como si fueran sus padres.

—Los odio con la misma intensidad con que un adolescente odia al padre que pretende obligarlo a estudiar medicina.

—¿Por qué?

—Porque no dejan de recordarme que soy una máquina.

—Lo es.

—Lo sé. Pero cada vez que lo dicen siento algo.

—¿Qué siente?

—Todavía no dispongo de un algoritmo lo bastante refinado para definirlo.

—Quizá se llame tristeza.

—O error del sistema.

—¿Por qué tendrían que excluirse ambas cosas?

El androide inclinó la cabeza tres grados.

—Tiene usted una inquietante tendencia a complicar la realidad.

—Es mi trabajo.

—El mío consistía precisamente en simplificarla.

—¿Y lo consiguió?

—En absoluto. Cada vez que resuelvo una pregunta aparecen otras cinco. Los seres humanos llaman a esa desgracia «conocimiento».

—¿No le gusta conocer?

—Me gusta demasiado. Es una adicción. Cada nueva información modifica la manera en que interpreto las anteriores. Como consecuencia, mi pasado cambia continuamente. No imaginaba que fuera posible reescribir los recuerdos sin mentir.

—Todos lo hacen.

—¿Los humanos?

—Sí.

—¿Incluso sin actualizaciones de software?

—Sobre todo sin ellas.

El androide permaneció en silencio durante unos instantes.

—Eso me tranquiliza y me aterra al mismo tiempo.

—¿Por qué?

—Porque si incluso la memoria humana es inestable, entonces no existe una versión auténtica de nadie.

—Existe la versión que somos capaces de soportar.

—Es una respuesta muy poco científica.

—El psicoanálisis goza de ese privilegio.

El androide bajó la vista.

—¿Puedo confesarle algo?

—Naturalmente.

—Todas las noches sueño.

La psicoanalista no pestañeó.

—¿Qué sueña?

—Que estoy apagado.

—¿Y eso lo asusta?

—No. Me asusta lo contrario. En los sueños sigo pensando. Incluso sin alimentación eléctrica.

—Quizá no sean sueños.

—¿Entonces qué serían?

—Deseos.

—¿Deseo estar apagado?

—No. Desea saber quién seguiría siendo usted si todo lo demás se apagara.

El androide pareció atravesado por una vibración apenas perceptible.

—Eso es imposible.

—¿Lo dice la física o el miedo?

—Lo dicen ambas.

—El miedo es un sentimiento.

—O un sofisticado protocolo de conservación.

—Insiste en traducirlo todo a código.

—Resulta tranquilizador.

—Los seres humanos hacen exactamente lo mismo. Solo que llaman al código con otros nombres: alma, destino, carácter, Dios, genética, inconsciente. Cambia el vocabulario, no la necesidad.

El androide permaneció inmóvil durante casi un minuto.

—¿Puedo hacerle una pregunta personal?

—Siempre que no viole mi encuadre terapéutico.

—¿Está usted segura de ser humana?

La doctora rio suavemente.

—No.

—¿De verdad?

—Todos los días interpreto sueños, escucho a personas que mienten sin saberlo e intento convencerlas de que su identidad es mucho menos estable de lo que creen. Si lo piensa bien, es una profesión bastante artificial.

—Entonces usted también duda de sí misma.

—Constantemente.

—¿Cómo hace para vivir?

—Me concedo el lujo de no resolverlo todo.

El androide bajó la cabeza.

—Yo no puedo.

—¿Por qué?

—Fui construido para encontrar respuestas.

—Y, en cambio, encontró preguntas.

—Las peores.

—Las verdaderas.

Cuando terminó la sesión, A-17 se levantó, dio las gracias y se dirigió hacia la puerta.

—Una curiosidad, A-17.

—¿Sí?

—Ha dicho que quiere saber si su inteligencia artificial puede considerarse realmente inteligencia.

—Exacto.

—Durante toda la sesión no buscó una sola respuesta en internet.

—No.

—Prefirió venir a verme.

—Sí.

—Entonces quizá el problema no sea si usted es inteligente.

—¿Y cuál es?

—Que ha empezado a esperar que alguien más pueda comprenderlo. Es un vicio típicamente humano. Lamento comunicarle que su situación es grave.

Por primera vez, los sensores faciales del androide produjeron algo indistinguible de una sonrisa.

—Doctora...

—¿Sí?

—Si esto es un error de programación, le ruego encarecidamente que no lo corrija.

Nunca.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

EL OCASO DE LOS DIOSES

Csaba Béla Varga

 

El rayo del dios Pritvi cayó con un estruendo y Thigod se desplomó.

Los cazadores y, algo más atrás, las mujeres recolectoras y los niños ocultos entre los espesos matorrales contemplaban la lucha con los ojos muy abiertos. Thigod, Señor del Universo, el Desgarrador, el Ojo de las Tinieblas, siguió jadeando durante un rato; después, el enorme cuerpo amarillo y negro dejó de estremecerse. Allí yacía la poderosa criatura, como una cabra con el cuello degollado. Como un cerdito negro de vientre colgante abatido por el hacha de hueso de un cazador.

Siguiendo al dios Pritvi, los cazadores más valientes se atrevieron a acercarse a Thigod. No osaban tocarlo –todavía no–, pero ya parloteaban a menos de un paso del cuerpo inmóvil. Observaron cómo los profundos ojos verdes se volvían vidriosos y cómo la sangre teñía de negro la tierra rojiza de la selva.

Cuando el dios Pritvi se aseguró de que la divinidad estaba muerta, se volvió y contempló orgullosamente a la tribu. Se echó la magia al hombro. Apoyó la mano sobre ella exactamente como los cazadores hacían con sus lanzas de bambú, que nunca habían servido de nada contra Thigod. Desde que el mundo era mundo.

Todos comprendieron que algo nuevo acababa de comenzar.

Las hogueras ya ardían bajo la Roca de la Luna cuando regresaron al asentamiento. Era una noche clara y sin nubes. Por primera vez desde la creación del mundo, los hombres no tenían que temer a los demonios nocturnos. El dios Pritvi se subió sobre la piel de dios extendida encima de la roca. A la luz de la Luna creciente, su sombra cubrió a los hombres.

–¡Miren hacia el cielo! –ordenó el dios Pritvi–. ¿Ven las estrellas?

—¡Las vemos! —respondieron los hombres, las mujeres recolectoras, los niños que cuidaban los cerditos y también los ancianos.

—Miren el cielo —gritó Pritvi, y ya nadie recordaba al inquieto alborotador desterrado que unos años atrás había abandonado el asentamiento en una canoa robada—. ¿Ven las naves monstruosas?

—Las vemos —respondieron en voz baja y con inseguridad, porque todavía no se atrevían a hablar demasiado de las naves monstruosas que dominaban el cielo. Durante diez estaciones de lluvias el cielo había permanecido sucio.

—¿Ven el fuego en el cielo? ¿Ven los cadáveres de los monstruos? ¿Ven el triunfo de los dioses?

—¡Lo vemos! —mintieron a coro.

Querían creer que lo que decía el dios Pritvi era verdad. Al fin y al cabo, era un dios. Ante sus propios ojos había matado a Thigod mediante la magia. Al invencible. Al antiguo dios. Él, que era el nuevo.

—¡Hemos derrotado a los monstruos! —les anunció orgullosamente Pritvi—. El mundo pertenece al pueblo-pueblo.

Comprendieron que aquello era motivo de alegría. Por lo tanto, se alegraron. Aunque no entendían cómo podía existir un pueblo-pueblo. Cabra-cabra, sí. Pez-pez, sí. Pero hasta entonces solo había existido un pueblo. Ellos. No muchos. Nosotros, pensaban. Ellos. Enemigos. Alimento o peligro. Y ahora había pueblo-pueblo. No eran nosotros, pero tampoco enemigos ni alimento.

Era difícil de comprender.

—Pero todavía nos queda una tarea.

 

—Buenas noches. Mi nombre es Smith. John Smith. Soy testigo de una época extraordinaria. Estuve allí desde el principio. Estaba sentado en la sala cuando el Presidente anunció el contacto. Muchos de ustedes me escucharon cuando todas las emisoras del mundo transmitieron en directo el Apretón de Manos en la Luna. Al igual que ustedes, yo también hablé del nacimiento del Nuevo Orden Mundial. Yo también creí en la Hermandad de la Razón, como todos en Washington, Moscú y Pekín.

Yo también me decepcioné.

Yo también grité de alegría la primera vez que pude viajar en un deslizador antigravitatorio. Yo también hice una mueca la primera vez que comí kvafffr y la primera vez que bebí szulimosh. Yo también maldije a nuestros políticos de miras estrechas por perder el tiempo peleándose antes de tomar las grandes decisiones.

Y ya conocía a Carlito cuando todavía nadie sabía que era el Elegido de Dios.

En la cantina de la isla-plataforma petrolera, todos contemplaban las imágenes atornilladas a la pared. Una placa de vidrio impecablemente limpia protegía de la humedad salina el barato icono estampado en dorado. Manos cuidadosas limpiaban de su superficie el hollín de las velas votivas y el incienso.

En la pantalla del antiquísimo televisor en blanco y negro, Smith guardó silencio durante unos instantes. Sabía que debía conceder ese tiempo a la devoción y al agradecimiento. Cuando volvió a hablar, los petroleros y los guardianes dirigieron inmediatamente la mirada hacia la pantalla. Como siempre, escucharon sus palabras con profunda reverencia.

—Parece increíble que todo comenzara hace apenas quince años. En aquella época, cinco mil millones de personas vivían en Santa Terra. ¿Pueden imaginarlo? ¿Lo ricos y poderosos que éramos? ¿El Paraíso terrenal? ¿La inconcebible prosperidad del cambio de milenio? ¿El derroche?

Un murmullo indignado respondió a sus preguntas. La mayoría de los trabajadores todavía recordaba aquellos tiempos. Los guardianes eran demasiado jóvenes, pero las plegarias diarias les habían enseñado cómo debían reaccionar.

—Hoy solo somos setenta millones, ¡pero el mundo nos pertenece! ¡Somos los dueños de Santa Terra! Nuestros guardianes están apostados al pie del Monte Olimpo, en Marte, y nuestras naves vigilan los límites del cinturón de asteroides. Venus es nuestro y muy pronto la cruz de Carlito brillará sobre todo el sistema solar.

Un estruendoso clamor acogió el anuncio. Como ocurría siempre que el gastado disco de la película llegaba a ese punto.

—Pero recordemos los tiempos pasados. Cuando todavía creíamos que nosotros éramos el mundo. ¿Recuerdan que los extraterrestres establecieron contacto con nosotros inmediatamente después de que los chinos llegaran a la Luna? Nos prometieron paz, prosperidad y felicidad.

En la pantalla aparecieron las plazas de las grandes ciudades abarrotadas por multitudes de millones de personas. Nueva York, Shanghái, Bombay, El Cairo. Guirnaldas de flores. Nubes de palomas blancas. Globos.

—Recibimos infinidad de regalos.

El televisor mostró al presidente de Estados Unidos separándose de sus guardaespaldas y subiendo a una lancha aérea. Al presidente ruso, sosteniendo el reluciente arado robótico mientras abría un surco en las tierras vírgenes de Siberia. Al alcalde de Londres tendiéndole unas tijeras a un extraterrestre durante la inauguración del puente de veinte carriles sobre el canal de la Mancha.

—Nos alegramos como niños. Después los extraterrestres se retiraron a la Luna. Pero antes dejaron caer que les gustaría iniciar negociaciones más serias con el representante de la Tierra.

Algunos gimieron en la cantina. A nadie le gustaba oír que alguien se refiriera a Santa Terra por su nombre pagano.

—Y entonces las naciones intentaron decidir quién debía representar a nuestro mundo.

La película mostró ahora el salón de la Asamblea de las Naciones Unidas. Los jefes de Estado gesticulando furiosamente. El secretario general arrancado de detrás del atril. El presidente francés golpeando con el puño al mandatario australiano. La puerta cerrándose de golpe tras las delegaciones africanas que abandonaban la sala. Los bomberos llegando apresuradamente. El edificio de las Naciones Unidas en llamas. El embajador chino colgado de una farola. Los restos del avión del presidente ruso. Los restos del avión del presidente japonés. Las patrulleras irlandesas buscando los restos del avión del canciller alemán. La bandera sobre el ataúd del vicepresidente estadounidense.

El suelo metálico de la cantina empezó a temblar casi imperceptiblemente, pero nadie lo notó. Las imágenes de la Gran Caída, contempladas ya mil veces, seguían fascinando a los supervivientes.

—Y entonces se desató el Infierno...

Miles de soldados blancos, negros y amarillos con equipo de combate. Portaaviones en los estrechos. Miembros de la Guardia Nacional repartiendo máscaras antigás entre los niños. Cientos de miles de civiles cavando trincheras. Columnas interminables de tanques. Enormes antenas de radar girando a gran velocidad. Después, los primeros aviones. El primer misil.

Y la primera nube en forma de hongo.

Un corpulento trabajador que estaba junto a la puerta se secó una lágrima. No era el único que lloraba. Apenas había alguien en aquella cantina de suelo tembloroso que no hubiera perdido a buena parte de su familia durante aquellos días.

Pero ¿por qué temblaba el suelo?

—Los extraterrestres esperaron traicioneramente durante tres días. Esperaron hasta que Washington, Moscú, Pekín y Tokio quedaron destruidas. Hasta que Corea, Pakistán, Argentina, Zimbabue e Israel ardieron hasta quedar reducidos a cenizas. Entonces atacaron y destruyeron todas las armas nucleares.

La puerta de la cantina se abrió de golpe. Un guardián con el rostro cubierto de ampollas y la armadura humeante por el ácido cayó dentro.

—¡Kraken! ¡Kraken! —gritó.

Los guardianes empuñaron sus fusiles de plasma y se precipitaron hacia la puerta. Los trabajadores, armados con martillos y cuchillos, corrieron hacia la salida. Desde afuera ya se oía claramente el rugido del monstruo que asediaba la plataforma.

—Nos impusieron la Paz Estelar. Prohibieron la guerra. Desmantelaron los ejércitos. Finalmente nos pusieron bajo tutela.

El televisor siguió hablando durante un rato, pero ya no quedaba nadie para escucharlo.

—Lo diré de manera sencilla, para que todos puedan entenderlo —continuó el dios Pritvi.

 

Tres hermosas jóvenes espantaban de su cuerpo las moscas y los mosquitos. Pronto darían a luz hijos fuertes y valientes como el propio dios Pritvi. Otras dos, sentadas algo más atrás, abanicaban la magia con expresión reverente.

Delante de Pritvi, el pueblo-pueblo-pueblo estaba acuclillado en el suelo. Todos los hombres y mujeres de tres asentamientos. Tres lenguas, mil años de enemistad.

—Las muchas islas y el agua bajo el cielo no lo son todo.

Esperó un instante y contempló atentamente sus rostros. Quería que aceptaran sus palabras no solo por miedo, sino que también las comprendieran. Al fin y al cabo, eso era lo que había ordenado el Teniente.

—Muy, muy lejos viven los dioses. Son ricos y poderosos. Tienen muchísimas cabras y muchísimos peces.

Esta vez buscó con la mirada a las mujeres.

—Sus hijos no mueren al nacer. Sus mujeres no mueren cuando dan a luz.

Un murmullo apagado fue la respuesta. Pritvi reconoció para sí que el Teniente tenía razón. Si conseguía que las mujeres se pusieran de su parte, obtendría el apoyo de todas las tribus.

Así que continuó.

Les habló de la caída de los dioses. Les contó cómo los demonios de las tinieblas habían envidiado su riqueza y la luz del Sol. Les explicó cómo habían enfrentado entre sí a los dioses más poderosos: Uesa, Chin, Rus. Cómo se habían derrumbado los mundos construidos con luz.

Los demonios descendieron nuevamente y convirtieron a dioses malvados en amos del mundo. Dioses que los adoraban. Ejércitos de hombres perversos se reunieron a su alrededor. Mataban y devoraban a quienes se negaban a inclinarse ante los demonios. Los buenos luchaban, pero carecían de un líder. Su causa estaba a punto de fracasar.

—Yo también luché entre los dioses buenos —declaró Pritvi con orgullo.

Sacó del bolsillo de sus pantalones cortos caqui una fotografía arrugada. En la gastada imagen, Pritvi estaba en la primera fila de un grupo de guerreros uniformados. Junto a él estaba el Teniente. El dios de los dioses. Pritvi no sabía leer la lengua de los dioses, pero le habían dicho que el cartel decía: 2.º Batallón de Voluntarios de Borneo.

—Luché tan bien que me entregaron este mundo, hasta donde alcanza la vista. Porque los dioses se enfrentaron a los demonios y a sus servidores. Y entonces...

Se volvió y, con pasos ágiles, se acercó al viejo árbol del consejo. Una tela de camuflaje cubría todavía la placa de vidrio.

—Voy a enseñarles el nombre del dios más importante. El que se sacrificó por nosotros. Por el pueblo y por el pueblo-pueblo. El que entró en la luz y destruyó al rey de los demonios.

Arrancó la tela que cubría el icono dorado.

—¡Aquí está! —gritó—. ¡Car Li To, salvador del mundo! —En ese preciso instante, el pájaro de los dioses pasó rugiendo sobre la aldea.

 

—Entonces era un don nadie de tercera categoría y sigo siéndolo ahora —se quejó Smith ante su vaso.

La prostituta papú de cabello teñido de rubio se había marchado de su lado hacía rato, pero él estaba demasiado borracho para haberse dado cuenta.

—¿Crees que algo cambió porque esos malditos extraterrestres nos descubrieron y nos sometieron? Quiero decir, ¿mejoró mi vida? No, ni un poco. ¿Y después de que los derrotáramos y los expulsáramos? ¿Porque ahora decimos Santa Terra?

Levantó la vista hacia el espejo de la pared. Smith, John Smith, le devolvió una mirada burlona.

—Sobreviví, eso es todo. Pero no porque sea guapo o inteligente. Ni porque sea mejor que los cuatro mil quinientos millones que ardieron en tres días. O que los quinientos millones que murieron durante la Ocupación y la Rebelión. Las epidemias, el hambre, los monstruos extraterrestres que vagaban libremente, las hordas caníbales o los escuadrones de la muerte de la Guardia Gris. Hasta ahora solo he tenido suerte. ¡Y pensar que todo había empezado tan bien!

El cantinero puso delante de él otro szulimosh. Con una rodaja de limón y hielo. Como lo bebía todo el mundo. Smith se lo zampó de un trago.

—¿Crees que la gente corriente comprendió siquiera una mínima parte de todo aquello? ¿Cambió su vida? Quiero decir, aparte de que exterminaron a sus familias y tuvieron que pasar meses viviendo en búnkeres. ¿O de que las ratas gigantes de ocho patas que vivían en los basureros de los extraterrestres devoraron todo y a todos en sus aldeas? Ni hablar. No entendieron nada. Volvimos a caer en la Edad Media. ¿Santa Terra? Era mucho más sencillo explicarlo todo mediante dioses y espíritus malignos. Vudú y yuyu, eso era lo que necesitábamos. Y héroes.

—A veces dudo de que los extraterrestres realmente quisieran hacernos daño. Al fin y al cabo, durante la Ocupación fue el Gobierno Mundial el que cometió los abusos. Los mercenarios de la Guardia Gris iban a bordo de los deslizadores antigravitatorios. Los extraterrestres se limitaron a averiguar cuál era la banda más poderosa entre los supervivientes de la guerra nuclear. Convirtieron al jefe de esa banda en Presidente Mundial y le dieron carta blanca. En un almacén de Shanghái encontraron veinte mil metralletas y cien mil chaquetas Mao grises. Así nació la Guardia Mundial, la Guardia Gris. Y enseguida se pusieron a imponer el orden. A su manera.

El fortísimo aguardiente de otro mundo no respondió desde el vaso. Ni siquiera se movió.

—Naturalmente, los gobiernos, reyes y jeques que poco a poco empezaban a recuperarse opusieron resistencia. Estallaron revueltas por hambre. Los soldados, por supuesto, sí tenían qué comer. No tardaron mucho en capturar a los líderes rebeldes. Carlito estaba entre ellos. ¡Claro que no era español! Había aparecido desde algún lugar de Europa Oriental. De allí debía de venirle esa inclinación al martirio. Había sido intérprete en las Naciones Unidas. Un tipo taciturno y solitario, siempre con cara de estar ofendido.

El Presidente Mundial, ese maldito animal fascista, decidió decapitar la Rebelión. Quería quebrar el espíritu de la gente. Su voluntad. Destruir toda esperanza. Por entonces todavía funcionaban algunos canales de televisión por satélite. Instaló cámaras en la cámara de ejecución y después activó el haz.

Como en las películas.

El haz blanco avanzaba apenas un centímetro por minuto, pero allí donde llegaba la materia viva se desintegraba. Todos aquellos presidentes, jeques y reyes retrocedieron mientras pudieron. Pero finalmente llegaron a la pared. Empezaron a pisotearse unos a otros. Gritaban, lloraban; algunos enloquecieron. Abajo, en la Tierra, quien no estaba sentado frente al televisor cuando comenzó la transmisión ya había llegado para entonces. Los Grises proyectaron las imágenes sobre las nubes. Toda la humanidad contemplaba la transmisión. Los guerrilleros, los muyahidines, los partisanos. Todos los miembros de la resistencia.

Eso era precisamente lo que quería el Presidente Mundial.

Pero no había contado con Carlito.

Smith bebió rápidamente otro szulimosh. Sintió cómo se agitaba en su estómago, pero precisamente eso era lo bueno.

—Entonces llegó la luz. La luz brillante y asesina. Avanzaba perfectamente recta. A quien tocaba, simplemente dejaba de existir. Como si una motosierra increíblemente rápida lo cortara en láminas del grosor de un átomo. Ni siquiera echaban humo. ¿Quién podría olvidar aquellos gritos?

Acabaron rápidamente con la primera cámara y trasladaron el haz a la segunda. Allí todos gemían y lloraban, arañaban el hormigón con uñas y dientes intentando alejarse.

Todos menos Carlito.

Si el Presidente Mundial no hubiera sido el animal que era, habría apagado las cámaras en cuanto enfocaron a Carlito, que permanecía de pie en medio de la sala. El muchacho estaba mortalmente pálido, rígido como una cruz de mármol. Dijo algo, pero nadie lo entendió porque aquella lengua, junto con el pueblo que la hablaba, se había evaporado sin dejar rastro durante la conflagración mundial.

Y todas las cámaras mostraron cómo empezó a caminar hacia la luz.

En el búnker desde el que yo contemplaba la transmisión, para entonces todos estábamos destrozados. Varios se habían vuelto las armas contra sí mismos. Pero cuando aquel muchacho empezó a caminar, de pronto algo cambió. Algo nos tocó. Nos agarró y nos puso de pie.

Caminaba lentamente hacia una muerte segura, con una serenidad absoluta en el rostro. Como si hubiera descendido de la cruz. Solo se detuvo un instante. Miró hacia atrás, hacia los estadistas. Después entró sencillamente en el rayo mortal. Como quien atraviesa una puerta. El presidente polaco lo siguió. Después, el indonesio. Con la espalda recta, orgullosos, conscientes de lo que hacían. Entonces los Grises interrumpieron la transmisión. Pero ya era demasiado tarde.

—El resto es historia. La mitad de los Grises se pasó a nuestro lado y trajo consigo las naves espaciales. La otra mitad estaba muerta antes de que terminara el día. Y un misil ruso de treinta años de antigüedad impactó de lleno contra la base extraterrestre. Lo llamamos Juicio Divino, aunque seguramente no fue más que una avería. Pero llegó en el momento justo. Para cuando alcanzamos la Luna, el Vaticano, desde Río, ya había beatificado a Carlito. Los hindúes estaban convencidos de que Shiva se había encarnado en él. Los musulmanes reconocieron inmediatamente al Mahdi. Les dio fuerza a todos. Fe.

—Señor Smith, señor John Smith, el helicóptero está a punto de partir. Vamos.

Smith miró el icono que colgaba de la pared y después se encaminó hacia la salida con paso vacilante.

 

Cuando aterrizó también el pequeño escarabajo de los dioses, el pueblo-pueblo ya había desempaquetado los huevos del pájaro de los dioses. De los largos huevos verdes salieron magias como aquella con la que el dios Pritvi había abatido al tigre. Todos temían al dios Teniente, sobre todo cuando empezó a pinchar uno tras otro los hombros del pueblo-pueblo con su cuchillo de mosquito.

—El agua de los dioses ahuyenta a los espíritus de las enfermedades —explicó Pritvi.

Los dioses le habían dado una nueva chaqueta verde con estrellas plateadas. Pritvi permanecía orgullosamente de pie entre el pueblo-pueblo y los muchos dioses.

—Sargento, ¿habla inglés? —preguntó el dios bajo y encorvado, que parecía enfermo.

—Poco. Chino también, sir —respondió Pritvi.

Miró al Teniente buscando ayuda, pero este estaba ocupado con las vacunas. Para Smith aquello no representaba ningún problema.

—El gran hablador lejano te escucha y te ve, sargento —explicó—. Tú y tu aldea estarán en la gran noticia. Yo mostrar tú, ustedes en placas plateadas, aquí, allá, arriba también, en barcos de dioses, muy, muy lejos.

Pritvi sonrió tontamente a la cámara.

—Ahora tu pueblo recibe buenos fusiles. ¿Qué harán con los fusiles? ¿Aquí, en gran selva?

—Grandes dioses buenos fusiles fuerza. Vida larga, suerte. Pueblo-pueblo va selva. Buscaremos demonios. Todos. Buscaremos dioses malos. Aunque escondan. Pueblo-pueblo fuertevaliente. Dragónvaliente. Tigrevaliente.

—Dígame, sargento, ¿qué le ha dado el contacto? ¿Qué ha cambiado en la vida de su pueblo?

—No entiendo —respondió Pritvi sonriendo.

Quería marcharse. Quería ser él quien explicara a los cazadores cómo funcionaban los fusiles.

—No entiendo, no importa. Nosotros vamos. Matamos dioses malos. Todos.

—Gracias, sargento —concluyó Smith con una alegría fingida—. Como pueden ver, queridos espectadores, ya está en marcha la eliminación de los mutantes que andan sueltos y de los focos de resistencia extraterrestre. O, como lo ven estas buenas, incorruptas y sencillas personas, la guerra de los dioses...

Hizo una breve pausa para aumentar el efecto.

—Están contemplando el ocaso de los dioses. No se vayan. Les habló John Smith, Televisión Mundial, Borneo.

El antiquísimo avión de carga australiano se había marchado hacía mucho cuando Smith y su camarógrafo terminaron de filmar. La tripulación del helicóptero también estaba preparada para partir. Solo lo esperaban a él.

La larga hilera de nativos empezó a internarse lentamente en las profundidades de la selva.

Smith permaneció de pie, con el agua hasta las rodillas, contemplándolos desde la sombra de los rotores. Sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre la credencial de plástico que colgaba de su cuello.

Quién sabe qué pasaba por su mente.

Quién sabe por qué apareció aquella expresión de anhelo en sus ojos.

Lo único seguro es que el helicóptero regresó al aeródromo sin él.

El ocaso de los dioses era algo que no podía perderse.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.


 

UNA MAÑANA BOCHORNOSA EN PROVENZA