Boris Glikman
A lo largo de mi
vida he tenido muchos encuentros con animales extraños. Estas experiencias
comenzaron cuando apenas era un niño y continuaron hasta el momento mismo de mi
muerte.
A continuación recojo mis recuerdos
de algunos de los encuentros más memorables.
Años de infancia
De pequeño me
encantaba perseguir mariposas.
Un día, para mi asombro, descubrí
que la mariposa que había atrapado tenía unas alas formadas por cuatro peces,
cuyas narices convergían en un mismo punto del tórax del insecto.
Me pregunté si todas las mariposas
tenían peces por alas; si se trataba de una relación mutuamente beneficiosa que
había evolucionado entre los peces y las mariposas. Incluso de niño podía
comprender las ventajas que semejante colaboración proporcionaría a ambos
participantes: permitiría a los peces elevarse libres de las profundidades
acuáticas que los habían mantenido prisioneros durante eones y haría posible
que las mariposas conocieran por primera vez los misterios del océano sin
sacrificar sus vidas en el intento.
Otra mariposa que atrapé más tarde
aquel mismo día tenía unas alas que parecían los perfiles de dos rostros
humanos, cada uno de ellos reflejo del otro.
Cuando observé con mayor atención,
comprendí que las alas no solo se parecían a rostros, sino que eran realmente
rostros: cabezas humanas encogidas y resecas, pero indudablemente auténticas.
De algún modo, la mariposa había conseguido apropiarse de aquellos cráneos para
sus propios fines egoístas y utilizarlos para volar. O tal vez las alas
hubieran evolucionado –o involucionado– desde la sustancia normal de las alas
de una mariposa hasta convertirse en carne y piel humanas.
El insecto batía rápidamente las
alas, intentando desesperadamente escapar de mis manos. Parecía completamente
ajeno a la conversación que mantenían las dos cabezas y no advertía sus
volubles expresiones de alegría, diversión, desconcierto y placer, que apenas
duraban un instante antes de desaparecer.
La mariposa continuaba batiendo y
batiendo las alas mientras los dos rostros seguían conversando, como si fueran
simplemente dos viejos conocidos que se hubieran encontrado por casualidad en
la calle. Su conversación reflejaba también esa familiaridad, pues estaba
compuesta de cortesías y trivialidades.
Años escolares
Un día, mis
compañeros de escuela y yo descendimos a las alcantarillas situadas bajo la
metrópolis y descubrimos unas criaturas sumamente extrañas, semejantes a
anguilas, que descansaban indolentemente sobre las orillas de cemento del río
subterráneo.
Allí estaban, tendidas cerca de la
orilla, y solo se dignaban a moverse y hundir lánguidamente la cabeza en la
corriente cuando pasaba flotando algún bocado particularmente apetitoso de
desechos humanos.
Su aspecto me abrumó por lo
repulsivo que era.
¿Cómo pudo la Evolución concebir y
dar a luz una abominación tan horrible?, recuerdo que me pregunté. ¿Cómo la
Naturaleza pudo permitir que surgiera y prosperara una afrenta tan flagrante
contra Ella misma; semejante monstruosidad, semejante traición, semejante
perversión del propio orden natural?
Sin embargo, cuando observé más
atentamente aquellos seres abominables, se reveló ante mí una característica
absolutamente asombrosa. De alguna manera, por algún capricho juguetón de la
Diosa que dirige y supervisa el proceso evolutivo, aquellos gusanos gigantes
habían desarrollado rostros humanos.
No, no simplemente rostros humanos,
sino semblantes de una belleza angelical que ninguna mujer terrenal se
atrevería jamás a poseer, por temor a despertar el rencor y los celos de los
dioses.
El descubrimiento fue tan
inesperado y el resplandor de sus semblantes tan intenso que permanecí inmóvil,
fascinado, incapaz de apartar la mirada ni siquiera por un instante de aquellas
celestiales criaturas subterráneas.
Sus ojos me contemplaban con toda
la inteligencia de una persona; sus expresiones faciales transmitían bondad,
serenidad y sabiduría. Había dos a la izquierda, con las cabezas muy próximas,
mirándose profundamente a los ojos como dos amantes.
De pronto sentí por ellas una
extraña compasión.
Años adultos
Desde lo alto de la
colina vi, para mi profunda decepción, que aquello no era en absoluto una
agradable ciudad costera, sino una especie de pulpo monstruoso que se hacía
pasar por una aglomeración urbana. Ya sabía que los pulpos eran excelentes
imitadores, dotados de una inteligencia muy desarrollada, y que, tanto para
defenderse como para cazar, imitaban serpientes marinas, medusas, rayas y
muchas otras criaturas. Al parecer, ahora habían llevado el mimetismo a un
nivel superior e imitaban ciudades enteras.
¿Cuáles eran sus motivos para
hacerlo?, me pregunté. ¿Qué pretendían conseguir? ¿Cuántos otros objetos o
ciudades eran en realidad pulpos camuflados? Tal vez la propia Tierra, o
incluso el Universo entero, no fuera más que un cefalópodo disfrazado.
Ahora me resultaba absolutamente
evidente que todas aquellas disparatadas teorías conspirativas tenían razón al
afirmar que una organización siniestra se había extendido por todo el mundo y
había penetrado con su perniciosa influencia en todos los estratos de la
sociedad. No, la situación iba mucho más allá. Ya no se trataba de una
camarilla que controlaba nuestro mundo; nuestro mundo era, literalmente, una y
la misma cosa que aquella criatura maligna.
¿Y si yo mismo no fuera más que una
ventosa de uno de sus gigantescos tentáculos? Eso explicaría sin duda por qué
tantas veces había sido crédulo y fácil de engañar. ¿Sería esa la razón por la
cual la Compañía me había enviado de vacaciones a aquella «ciudad»: para que
comprendiera mi propia naturaleza y también el verdadero carácter del mundo?
Pero, si así fuera, ¿cómo podría obtener algún beneficio de una revelación tan
devastadora acerca de quién era yo realmente?
Muerte
...En ese preciso
instante comprendo que luchar contra esta criatura es inútil, porque cuando
intento rechazar sus ataques descubro que está compuesta enteramente por una
masa de gusanos carnívoros y que cada fibra de su cuerpo adopta la forma de una
larva que se retuerce. No, esto no es simplemente una hidra de cinco o seis
cabezas: es una hidra de mil millones de cabezas, infinitamente más poderosa
que cualquier superdepredador, como un tiburón, un cocodrilo o un oso grizzly.
Así que me recuesto, adoptando una
posición tan cómoda como las circunstancias permiten, y dejo que me devore. Mi
último y único estremecimiento de pesar se debe a que, en secreto, siempre
había esperado que fuera un gran felino el que me comiera vivo. Recuerdo cómo,
durante mis ociosas ensoñaciones, ansiaba tenderme desnudo, expuesto a los
elementos, sobre la hierba suave de la sabana africana y sentir cómo la lengua
húmeda y áspera de un león lamía lenta y metódicamente mi piel hasta dejarla
limpia, antes de desgarrarme con sus colmillos y atiborrarse con mis entrañas
para, finalmente, roer mis huesos.
Y ahora, por desgracia, ese anhelo mío nunca se cumplirá... Suspiro... mientras se escapa mi último aliento...

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