viernes, 25 de septiembre de 2026

FAUNA IMAGINARIA

Boris Glikman

 

A lo largo de mi vida he tenido muchos encuentros con animales extraños. Estas experiencias comenzaron cuando apenas era un niño y continuaron hasta el momento mismo de mi muerte.

A continuación recojo mis recuerdos de algunos de los encuentros más memorables.

 

Años de infancia

De pequeño me encantaba perseguir mariposas.

Un día, para mi asombro, descubrí que la mariposa que había atrapado tenía unas alas formadas por cuatro peces, cuyas narices convergían en un mismo punto del tórax del insecto.

Me pregunté si todas las mariposas tenían peces por alas; si se trataba de una relación mutuamente beneficiosa que había evolucionado entre los peces y las mariposas. Incluso de niño podía comprender las ventajas que semejante colaboración proporcionaría a ambos participantes: permitiría a los peces elevarse libres de las profundidades acuáticas que los habían mantenido prisioneros durante eones y haría posible que las mariposas conocieran por primera vez los misterios del océano sin sacrificar sus vidas en el intento.

Otra mariposa que atrapé más tarde aquel mismo día tenía unas alas que parecían los perfiles de dos rostros humanos, cada uno de ellos reflejo del otro.

Cuando observé con mayor atención, comprendí que las alas no solo se parecían a rostros, sino que eran realmente rostros: cabezas humanas encogidas y resecas, pero indudablemente auténticas. De algún modo, la mariposa había conseguido apropiarse de aquellos cráneos para sus propios fines egoístas y utilizarlos para volar. O tal vez las alas hubieran evolucionado –o involucionado– desde la sustancia normal de las alas de una mariposa hasta convertirse en carne y piel humanas.

El insecto batía rápidamente las alas, intentando desesperadamente escapar de mis manos. Parecía completamente ajeno a la conversación que mantenían las dos cabezas y no advertía sus volubles expresiones de alegría, diversión, desconcierto y placer, que apenas duraban un instante antes de desaparecer.

La mariposa continuaba batiendo y batiendo las alas mientras los dos rostros seguían conversando, como si fueran simplemente dos viejos conocidos que se hubieran encontrado por casualidad en la calle. Su conversación reflejaba también esa familiaridad, pues estaba compuesta de cortesías y trivialidades.

 

Años escolares

Un día, mis compañeros de escuela y yo descendimos a las alcantarillas situadas bajo la metrópolis y descubrimos unas criaturas sumamente extrañas, semejantes a anguilas, que descansaban indolentemente sobre las orillas de cemento del río subterráneo.

Allí estaban, tendidas cerca de la orilla, y solo se dignaban a moverse y hundir lánguidamente la cabeza en la corriente cuando pasaba flotando algún bocado particularmente apetitoso de desechos humanos.

Su aspecto me abrumó por lo repulsivo que era.

¿Cómo pudo la Evolución concebir y dar a luz una abominación tan horrible?, recuerdo que me pregunté. ¿Cómo la Naturaleza pudo permitir que surgiera y prosperara una afrenta tan flagrante contra Ella misma; semejante monstruosidad, semejante traición, semejante perversión del propio orden natural?

Sin embargo, cuando observé más atentamente aquellos seres abominables, se reveló ante mí una característica absolutamente asombrosa. De alguna manera, por algún capricho juguetón de la Diosa que dirige y supervisa el proceso evolutivo, aquellos gusanos gigantes habían desarrollado rostros humanos.

No, no simplemente rostros humanos, sino semblantes de una belleza angelical que ninguna mujer terrenal se atrevería jamás a poseer, por temor a despertar el rencor y los celos de los dioses.

El descubrimiento fue tan inesperado y el resplandor de sus semblantes tan intenso que permanecí inmóvil, fascinado, incapaz de apartar la mirada ni siquiera por un instante de aquellas celestiales criaturas subterráneas.

Sus ojos me contemplaban con toda la inteligencia de una persona; sus expresiones faciales transmitían bondad, serenidad y sabiduría. Había dos a la izquierda, con las cabezas muy próximas, mirándose profundamente a los ojos como dos amantes.

De pronto sentí por ellas una extraña compasión.

 

Años adultos

Desde lo alto de la colina vi, para mi profunda decepción, que aquello no era en absoluto una agradable ciudad costera, sino una especie de pulpo monstruoso que se hacía pasar por una aglomeración urbana. Ya sabía que los pulpos eran excelentes imitadores, dotados de una inteligencia muy desarrollada, y que, tanto para defenderse como para cazar, imitaban serpientes marinas, medusas, rayas y muchas otras criaturas. Al parecer, ahora habían llevado el mimetismo a un nivel superior e imitaban ciudades enteras.

¿Cuáles eran sus motivos para hacerlo?, me pregunté. ¿Qué pretendían conseguir? ¿Cuántos otros objetos o ciudades eran en realidad pulpos camuflados? Tal vez la propia Tierra, o incluso el Universo entero, no fuera más que un cefalópodo disfrazado.

Ahora me resultaba absolutamente evidente que todas aquellas disparatadas teorías conspirativas tenían razón al afirmar que una organización siniestra se había extendido por todo el mundo y había penetrado con su perniciosa influencia en todos los estratos de la sociedad. No, la situación iba mucho más allá. Ya no se trataba de una camarilla que controlaba nuestro mundo; nuestro mundo era, literalmente, una y la misma cosa que aquella criatura maligna.

¿Y si yo mismo no fuera más que una ventosa de uno de sus gigantescos tentáculos? Eso explicaría sin duda por qué tantas veces había sido crédulo y fácil de engañar. ¿Sería esa la razón por la cual la Compañía me había enviado de vacaciones a aquella «ciudad»: para que comprendiera mi propia naturaleza y también el verdadero carácter del mundo? Pero, si así fuera, ¿cómo podría obtener algún beneficio de una revelación tan devastadora acerca de quién era yo realmente?

 

Muerte

...En ese preciso instante comprendo que luchar contra esta criatura es inútil, porque cuando intento rechazar sus ataques descubro que está compuesta enteramente por una masa de gusanos carnívoros y que cada fibra de su cuerpo adopta la forma de una larva que se retuerce. No, esto no es simplemente una hidra de cinco o seis cabezas: es una hidra de mil millones de cabezas, infinitamente más poderosa que cualquier superdepredador, como un tiburón, un cocodrilo o un oso grizzly.

Así que me recuesto, adoptando una posición tan cómoda como las circunstancias permiten, y dejo que me devore. Mi último y único estremecimiento de pesar se debe a que, en secreto, siempre había esperado que fuera un gran felino el que me comiera vivo. Recuerdo cómo, durante mis ociosas ensoñaciones, ansiaba tenderme desnudo, expuesto a los elementos, sobre la hierba suave de la sabana africana y sentir cómo la lengua húmeda y áspera de un león lamía lenta y metódicamente mi piel hasta dejarla limpia, antes de desgarrarme con sus colmillos y atiborrarse con mis entrañas para, finalmente, roer mis huesos.

Y ahora, por desgracia, ese anhelo mío nunca se cumplirá... Suspiro... mientras se escapa mi último aliento...

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

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