jueves, 24 de septiembre de 2026

LOS GUARDIANES DEL LIBRO

Dinko Osmančević

 

El día se acercaba a su fin y el cielo occidental ardía. Su caballo estaba cansado después de varios días de viaje y ahora lo llevaba a un trote ligero. El jinete no era alto ni corpulento, pero poseía una fuerte musculatura. En la cabeza lucía un gorro adornado con una pluma de águila y llevaba dos largos cuchillos en el cinturón. Avanzaban por un sendero perfumado de flores silvestres, junto a un río rápido y rumoroso. El río aportaba frescura a aquella tarde sofocante, pero también enjambres de molestos mosquitos. En el cielo apareció la estrella vespertina. Hacía mucho tiempo había leído que los hombres poderosos de antes de la época de la Gran Oscuridad llegaban fácilmente hasta aquella estrella en sus carros voladores. Y no solo hasta ella: una parte de la humanidad, según contaban las leyendas y registraban las crónicas de las grandes bibliotecas, había buscado la salvación de la Gran Oscuridad marchándose hacia el cielo, rumbo a estrellas lejanas, más cerca de los dioses. Él también llegaría a tiempo a su destino. Sus ojos brillaron: a lo lejos distinguió las murallas de piedra de Vegápolis, las antorchas en manos de los guardias, las luces de la ciudad.

La ciudad había surgido mucho antes de la Gran Oscuridad, en el lugar donde antiguamente se encontraba un «gran ojo» con el que los hombres de antaño, sin ningún pudor, observaban las estrellas del despejado cielo nocturno. Según había quedado escrito, poseía una enorme biblioteca en la que se conservaban todos los conocimientos y toda la sabiduría de aquella época y que, sin embargo, cabía entera en la palma de una mano. Aquello era magia. Vegápolis seguía siendo una ciudad importante, renacida de las cenizas de la Gran Oscuridad, y nuevamente contaba con una gran biblioteca, aunque ni remotamente comparable con la de otros tiempos. En la biblioteca actual se encontraba también el único libro procedente de la época anterior a la Gran Oscuridad: el Libro de la Gran Sabiduría.

El jinete llegó a la ciudad antes de que levantaran los puentes y cerraran las puertas. Había caído la noche, pero la ciudad seguía palpitando. De las numerosas tabernas de los barrios de la Ciudad Baja llegaban murmullos y risas. El hombre del gorro con la pluma de águila llevaba a su caballo alazán de las riendas por las calles empedradas y lo condujo hasta el patio de una posada. Un joven imberbe acudió corriendo a su encuentro y se hizo cargo del animal exhausto. El jinete se echó las alforjas al hombro, se sostuvo la zona lumbar con ambas manos haciendo una mueca de dolor y se dirigió hacia el edificio de una planta de la posada. Del interior llegaban voces y olor a carne asada.

—Necesito una habitación, un baño caliente y algo de comer —dijo el recién llegado después de presentarse.

—Lo atenderemos de inmediato, señor Gorski —respondió un hombre gordo, calvo, de unos cincuenta años. Un paso detrás de él se encontraba su esposa. Observaba astutamente al desconocido. El calvo señaló a la mujer—. Divna lo acompañará a su habitación en el piso superior y después le preparará un baño en el hamam.

—Espero que su estancia sea agradable —dijo Divna, y condujo al huésped escaleras arriba por unos peldaños que crujían.

 

Gorski se ganó con facilidad las simpatías de Divna y la relación entre ambos dejó de ser profesional. A la mujer le encantaba hablar, y hablaba mucho, mientras Gorski preguntaba por todo, especialmente por la Biblioteca Municipal. Situada en la Ciudad Alta, guardaba numerosos libros, incluso algunos escritos poco después de la época de la Gran Oscuridad. Un libro interesaba particularmente a Gorski: el Libro de la Gran Sabiduría. Era el único que había sobrevivido incluso a los peores tiempos de las guerras cataclísmicas que habían reducido a polvo el avanzado mundo y su civilización. La encuadernación de cuero del libro estaba adornada con oro y piedras preciosas, y permanecía cerrada mediante una pequeña cadena de oro y un candado. Se guardaba en una habitación especial dentro de la sala de la biblioteca y nadie tenía permitido leerlo. Su sabiduría no estaba destinada a la gente sencilla de aquellos tiempos, afirmaba el Gobernador Bastro, señor de Vegápolis y de todas las tierras circundantes.

—¿Y por qué te interesa tanto todo esto? —preguntó finalmente Divna. Estaban completamente desnudos en la cama de la habitación que Gorski había alquilado. Justo debajo, en la planta baja, el propietario ayudaba a atender a los huéspedes de su posada. Se preguntaba adónde habría ido su mujer.

—Ya te dije que estoy escribiendo sobre las ciudades y los estados de todas las tierras del Adriático. Me paga el Señor de Dubrava, en Primorska. Por eso me resulta útil todo lo que oigo y leo; las bibliotecas son un verdadero tesoro para mí —respondió Gorski. Con la palma de la mano le acariciaba un pecho.

—No podrás leer el Libro de la Gran Sabiduría, pero una vez por semana, el Día del Descanso, podrás verlo. Ese día lo muestran ante todos los presentes en la biblioteca para que puedan inclinarse ante él.

—¿Tú lo has visto alguna vez?

—No, nunca. Solo me habló de él mi Jakiša. También fue él quien me enseñó a leer y un poco a escribir. Mi familia era pobre y Jakiša prácticamente me compró por veinte ducados... Ahora tengo que irme; mi marido empezará a sospechar.

Divna se puso el vestido sobre su cuerpo algo regordete, en el que destacaban sus grandes pechos. Con una risita vivaz llegó hasta la puerta y salió con cautela de la habitación.

 

Durante los días siguientes, Gorski recorrió la ciudad y visitó la Biblioteca Municipal. El edificio de la biblioteca estaba situado en la Ciudad Alta, inmediatamente a la derecha de la puerta de la muralla que dividía la ciudad en dos sectores. A la izquierda de la puerta se alzaba orgulloso el Ayuntamiento y, siguiendo por la calle, se llegaba a una gran plaza adornada con fuentes, surtidores y el palacio del Gobernador. Todos los edificios estaban construidos con piedra cuidadosamente labrada, razón por la cual en algunos relatos de viajes Vegápolis recibía el nombre de Ciudad de Piedra.

En el pórtico, frente a la entrada de la biblioteca, además de cinco guardias bien equipados, los Guardianes del Libro, el encargado de la biblioteca recibía a los visitantes. Solo los ciudadanos que supieran leer y escribir podían entrar, previo pago de una moneda de plata por día. Esas dos condiciones hacían que la biblioteca nunca estuviera abarrotada. Frente a la entrada, dentro de la sala pero empotrada en las murallas de la ciudad, había una pequeña habitación. Allí, sobre un soporte especial, se encontraba el tesoro incalculable de Vegápolis: el Libro de la Gran Sabiduría. Una puerta de acero y tres enormes candados lo separaban de la sala y lo hacían inaccesible. A ambos lados se alzaban altas estanterías llenas de libros encuadernados en cuero. Frente a ellas había mesas donde los visitantes leían. La biblioteca carecía de ventanas; solo tenía aberturas de ventilación. Numerosos faroles colgados de las paredes de la sala proporcionaban luz a los lectores.

Gorski sabía leer y escribir y, además, era un hombre muy instruido. Su presencia llamó la atención del encargado de la biblioteca, que se llamaba Stamen.

—Señor Gorski, en estos estantes se encuentran las crónicas escritas apenas unos cientos de años después del final de la Gran Oscuridad.

—Necesitaré varias semanas para leer las historias más interesantes.

—¿Y cómo son las bibliotecas de Primorska? —preguntó Stamen con curiosidad.

—El Señor de Dubrava posee una, pero es mucho más modesta que esta —Gorski señaló con la mano las enormes estanterías.

—¿La ha leído entera?

—En parte. Sobre todo los atlas de mares y océanos. Incluso yo mismo he completado mapas, todo para el Señor. Y ahora, por orden suya, estoy escribiendo un relato de viajes.

 

Durante varios días, Gorski permaneció sentado en la biblioteca. Leyó libros que contenían testimonios directos de la época de la Gran Oscuridad y de las terribles guerras que destruyeron el mundo y la civilización de entonces. Hablaban de dragones de acero, carros de fuego y flechas incendiarias. De ciudades de millones de habitantes reducidas a polvo y cenizas...

El único libro escrito mucho antes de la Gran Oscuridad, Gorski no podía leerlo ni siquiera tocarlo. El Día del Descanso, Stamen, el encargado, con guantes blancos como la nieve, exhibía el libro ante Gorski y los demás presentes. La gente se inclinaba ante él hasta que Stamen volvía a colocarlo en su soporte.

Pero a Gorski no solo le interesaban los libros. También estudiaba el edificio de la biblioteca, cada rincón de la sala, los cambios de guardia de los Guardianes del Libro y los movimientos de Stamen. Procuraba hacerlo de manera discreta, casi imperceptible. Por las noches o temprano por la mañana se relajaba en su habitación con Divna. Cada vez con mayor frecuencia y durante más tiempo.

—¡Llévame contigo! ¡No quiero seguir compartiendo la cama con ese monstruo gordo!

—Divna, tengo que terminar mi misión. Cuando haya visitado algunas ciudades, lugares y santuarios más, volveré a buscarte.

—No juegues con el corazón de una mujer; los dioses te castigarán. Yo te amo y no quiero que te ocurra nada malo. —Divna se levantó de la cama y comenzó a vestirse. A través de la ventana, la luna llena parecía observarla en la penumbra—. Llévame contigo —repitió Divna una vez más, esta vez en voz baja, y salió con cautela de la habitación.

 

Gorski había elaborado mentalmente su plan hasta en el menor detalle y consideró que había llegado el día de actuar. No estaba nervioso; sabía reprimir aquella inquietud e incluso había dormido bien. Se enrolló una cuerda alrededor del cuerpo, colocó también contra él dos cantimploras y después se puso la camisa. Le dijo a Divna que tendría que pasar la noche en la ciudad porque se estaba preparando para continuar el viaje. Ella temblaba y lloraba, y Gorski le dijo que debía confiar en él.

—Si no confías en mí, puedo abandonarte aunque partas conmigo ahora mismo. Pero si confías en mí, sabrás que algún día volveré a buscarte.

Llegó a la biblioteca más tarde de lo habitual. Hojeó sin demasiado interés una crónica sobre la reconstrucción de Vegápolis durante los siglos posteriores a la Gran Oscuridad. Esperaba el momento oportuno. Cuando por fin quedó solo en la sala, actuó de inmediato. Saltó del banco, se levantó la camisa y desenrolló la cuerda. Corrió hacia la segunda estantería de la izquierda, tomando como referencia el lugar donde estaba sentado. Lanzó hábilmente la cuerda y la enganchó en la parte superior del mueble. Con sus fuertes brazos y ágiles movimientos, trepó hasta la sólida tabla superior que coronaba las estanterías. Había espacio suficiente para que nadie pudiera verlo si permanecía tendido e inmóvil. Por eso se acostó inmediatamente, aunque estaba jadeando, y se quedó quieto. Que los dioses estuvieran de su parte. Si lo descubrían, su cabeza acabaría en la cesta del verdugo. Confiaba en que Stamen no reparara en que no había salido del edificio. Durante los días que pasaba allí, Gorski salía a menudo de la biblioteca para descansar la vista, beber agua de alguna de las fuentes de la Plaza Mayor, comer algo de vez en cuando o satisfacer sus necesidades fisiológicas. Los baños y letrinas públicos estaban cerca. Pero ahora racionaría el agua de una cantimplora y utilizaría la otra para vaciar la vejiga.

A la hora en que se levantaban los puentes y se cerraban las puertas de la ciudad, también cerraba la biblioteca. Acompañado por el comandante de la guardia, Stamen inspeccionó cuidadosamente todos los rincones de la sala, comprobó los candados de la habitación donde se guardaba el Libro de la Gran Sabiduría y después fue apagando uno a uno los faroles. Gorski sintió alivio cuando oyó girar la llave en la puerta de entrada. Quedó solo, en medio de una oscuridad y un silencio absolutos. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Se incorporó y se estiró; después dejó caer la cuerda por la estantería y descendió rápidamente hasta el suelo. Se movía sin hacer ruido. Llegó a la puerta de la pequeña habitación. Sacó dos alambres del borde de su gorro. Primero introdujo uno en la cerradura y después el otro. Manipuló los alambres durante largo rato, con el rostro contraído. Sintió que el sudor le perlaba la frente. ¡Por fin la cerradura chasqueó! Repitió el procedimiento con el segundo candado. Esta vez cedió mucho más rápido. Pero el tercero resultó difícil. Movía los alambres, tanteaba la cerradura. Nada. De pronto se detuvo y cerró los ojos. Tal vez fuera una oración o, más bien, un ritual para tranquilizarse. Volvió a ocuparse de la cerradura del candado. Esta chasqueó ruidosamente; Gorski se sobresaltó, casi asustado, y miró hacia la puerta de entrada. Respiró aliviado y sonrió satisfecho. Abrió con cuidado la puerta, tras la cual lo esperaba el libro. No lo abriría hasta llegar a Dubrava. Lo tomó cuidadosamente y lo metió en una bolsa. Cerró la puerta de la habitación y volvió a colocar con cuidado los candados en sus lugares. Nada debía parecer diferente de lo habitual. Faltaban cuatro días para el Día del Descanso y, para entonces, él debería encontrarse muy lejos y a salvo. Gorski volvió a trepar hasta su escondite, sobre la estantería. Primero se tranquilizaría y después intentaría dormir. La biblioteca abría al mediodía y necesitaba recuperarse del cansancio y hacer pasar el tiempo.

Ya era pleno día cuando Gorski despertó. Tenía hambre y le dolía la espalda. Bebió un sorbo de agua. Tuvo tiempo para pensar en toda clase de cosas antes de que el comandante de la guardia abriera la puerta de entrada de la biblioteca. Hasta ese momento todo había salido de acuerdo con el plan; ahora solo tenía que resistir un poco más. Stamen encendió los faroles y recorrió rutinariamente la sala. En apariencia, todo estaba en perfecto orden.

Pasaron varias horas más. La sala estaba concurrida y Gorski permanecía silencioso, oculto en lo alto de la estantería. Por fortuna, nadie utilizó la escalera ni buscó libros en los estantes superiores de su mueble. De pronto percibió calma y silencio. Ya no había murmullos, toses ni conversaciones en voz baja. Gorski asomó la cabeza. La zona situada junto a él estaba vacía. No había tiempo que perder. Descendió rápidamente por la cuerda y después la arrojó de nuevo hacia arriba, sobre la estantería. Se sacudió con rapidez el polvo de su escondite y corrió hacia una mesa. No miró el libro que había tomado de un estante al pasar, sino que recorrió la sala con la mirada. Solo necesitaba que Stamen introdujera a un nuevo visitante en la sala. Y, efectivamente, el encargado, acompañado por un hombre de largos cabellos y barba blancos, desapareció detrás de las estanterías. «¿Será el famoso sabio, el Anciano?», pensó Gorski. Había oído hablar mucho de él, aunque nunca lo había visto. Pero no era momento de pensar en el Anciano. Se levantó de la mesa y se dirigió rápidamente hacia la puerta. Atravesó el pórtico y pasó junto a los Guardianes del Libro. No miró atrás. Se alegró de ver el sol y el día despejado. Y aún más del botín que llevaba bajo la camisa. A paso rápido atravesó la puerta de la Ciudad Alta y continuó hacia su posada.

 

Gorski pasó su última noche en Vegápolis con Divna. Una noche llena de pasión entre un hombre y una mujer. A primera hora de la mañana, cuando el sol apareció por el este, Gorski saldó sus cuentas con Jakiša y fue al establo a buscar su caballo alazán. En su habitación, Divna sollozaba con el rostro hundido en la almohada. Gorski sacó el caballo de la ciudad y montó. En un claro, ya lejos de Vegápolis, se volvió para contemplar por última vez la ciudad bañada por el sol. Casi lamentó haber profanado aquella belleza con su robo. También pensó en Divna. Le había prometido muchas cosas. Y había sentido el amor de ella por él. Gorski tiró de las riendas y espoleó el caballo. Lo esperaba un largo camino hasta Primorska y Dubrava. Tenía que concluir la misión que le habían encomendado.

 

Gorski se presentó orgullosamente ante el Señor. En la mano llevaba el tesoro de Vegápolis, el Libro de la Gran Sabiduría. El Señor lo recibió en el balcón de su palacio. Detrás del gobernante de Dubrava se extendía una espléndida vista del azul del cielo y del mar claro y tranquilo.

—¡Mi señor, la misión está cumplida! —dijo Gorski.

El Señor sonrió.

—Sabía que podrías hacerlo. Tú y nadie más. Eres lo bastante inteligente, instruido, hábil y astuto.

Gorski sacó el libro de la bolsa de tela. El oro y los diamantes centellearon bajo el sol. El Señor tomó el libro. No ocultaba su entusiasmo. Se acercó a la mesa y se volvió hacia Gorski.

—Ábrelo. Quita esta cadena.

Gorski extrajo un alambre del borde de su gorro. Con habilidad y bastante facilidad abrió el pequeño candado. Dejó que el Señor fuera el primero en abrir el Libro de la Gran Sabiduría. La primera página que encontró estaba completamente en blanco. Pasó a la siguiente: tampoco había una sola letra, era totalmente blanca. El Señor empezó a hojear el libro, ya presa del pánico y de la furia.

¡El libro adornado con oro y diamantes no contenía texto alguno, ni una sola letra!

Gorski quedó desconcertado. Solo sabía que todo su esfuerzo y el enorme riesgo que había corrido habían sido inútiles. El Señor, echando espuma por la boca, agarró a Gorski por el pecho.

—¡Si estás intentando tomarme por idiota, terminarás en la guarida de los lobos!

—Mi señor, el libro no es falso. El oro y los diamantes son auténticos —Gorski procuró conservar la calma y apaciguar la ira del Señor. Sabía que su vida dependía de ello.

 

El Gobernador Bastro, en su palacio, bramaba contra el alcalde de la ciudad, al que llamaban Ganda, y contra Stamen, el encargado de la biblioteca. Ganda permanecía con la cabeza inclinada; Stamen estaba humildemente arrodillado.

—¡Para ustedes nadie resulta sospechoso jamás! Ganda, ¿por qué tus hombres no señalaron al extranjero? ¿Y tú, Stamen, para qué sirves en la biblioteca? ¡Siempre tengo que pensar y preocuparme yo mismo de todo! ¡Hasta tengo que custodiar personalmente el tesoro!

Bastro se acercó a la ventana y dejó de mirar a sus subordinados. Sin embargo, continuó con voz más tranquila:

—Tienen suerte de que acabo de volver a ser padre. He tenido un hijo. No voy a arruinarme el día. Pero recuerda, Stamen: nunca es demasiado tarde para recibir una paliza. Y tú, Ganda, podrías cambiar el lujo del Ayuntamiento por el desierto y ayudar a nuestras tropas a sofocar la rebelión de las tribus salvajes de aquella región. ¡Ahora desaparezcan, no quiero volver a verlos hoy! ¡Que entren los Guardianes del Libro!

El alcalde Ganda abandonó furioso la lujosa sala. Tras él salió el aterrorizado Stamen. Los guardias entraron con porte orgulloso. Formaron una fila ante su señor. Solo a él estaban subordinados de manera directa.

—Vamos, quiero oírlo desde el principio y tranquilizarme —dijo Bastro.

El primer soldado, en posición de firmes, comenzó:

—En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo; y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas.

Y dijo Dios: sea la luz. Y fue la luz...

 

Un muchacho de unos diez años leía un libro delante de la puerta de la posada. Se acercó a él un anciano de largos cabellos y barba blancos, con un largo bastón en la mano. La mirada bondadosa del viejo atrajo la atención del muchacho.

—Buenos días, señor.

—Que tengas salud, joven. Es hermoso verte leer con tanta atención.

—Me encanta leer, señor. Me llamo Gorski. Y me gustaría leer todos los libros del mundo. Mamá me enseñó a leer y me compró este libro; pagó dos ducados por él. También me lleva a menudo a la biblioteca. Y allí hay un libro que nadie puede leer.

—Todo libro encuentra el camino hacia su lector. Ese también lo encontrará algún día. Pero cada persona es también un libro, y el mundo entero es una enorme biblioteca.

—¿Y yo también soy un libro? —preguntó el muchacho.

—Tú apenas estás empezando a escribir el tuyo. El mío ya está en la última página.

El Anciano sacó de su mochila un libro de tapas viejas y gastadas. Acarició al muchacho en la cabeza y se lo entregó.

—Es tuyo. Cuídalo bien.

Los ojos del muchacho brillaron.

—¡Muchas gracias! Si necesita una habitación, venga a la posada de mi madre, Divna. Ella la dirige desde que murió mi padre, Jakiša.

—¿Se ocupa sola de todo?

—¡Sí, sola! Y parece estar esperando a alguien; a menudo mira a lo lejos con tristeza.

—Tú sigue leyendo tus libros, Gorski. Yo me las arreglaré solo.

El muchacho, entusiasmado, contempló el regalo del Anciano. En las gastadas cubiertas todavía podía leerse el título:

¡SAGRADA ESCRITURA DEL ANTIGUO Y DEL NUEVO TESTAMENTO!

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

 

 

PROTOCOLO RECUERDO

Sayan Chattopadhyay

 

3 de julio de 3522. Lunes

—¿El dolor se acaba? ¿Puede acabarse, aunque sea una vez, solo para mí? ¿De verdad también voy a olvidarte a ti, Bonko? —susurró Abir, sentado junto al Ganges, contemplando la puesta del sol mientras acariciaba a su perro, Bonko.

Hacía mucho tiempo que Abir no sentía el calor del sol poniente ni la suave brisa del río entre sus cabellos. Pero hoy estaba seguro de que no debía seguir cargando con el dolor que atravesaba, y todo había comenzado una semana atrás.

Aquella ajetreada mañana de lunes, cuando pronuncié las palabras «A Bonko no se lo echaría de menos», Abir estaba sentado a mi lado en el viejo sofá oxidado y cubierto de polvo de su apartamento de una sola habitación, que sus padres le habían dejado en un barrio casi ruinoso. Los padres de Abir no eran ricos. Eran, porque fueron borrados de la memoria de Abir después de morir en un trágico accidente. Sí, borrados. El gobierno había impuesto el «programa de culminación» para todos los nacidos después de 3490. Sus padres fueron la primera generación incluida en el programa y... también Abir forma parte de él.

Hoy ya nadie recuerda qué es el dolor, pero lo que surgió como efecto secundario es que el programa también afecta los recuerdos y, cada vez que alguien muere, sus familiares directos deben someterse primero al proceso de «culminación» para olvidar aquello que alguna vez les fue tan querido.

Bonko era apenas un cachorro cuando los padres de Abir lo adoptaron en un barrio marginal cercano. Aquel día llovía y tronaba, y Bonko tenía miedo de los truenos. Esa noche, por primera vez, Bonko tuvo un techo sobre su pequeña cabeza y su cuerpo, un lugar seco donde su colita peluda no tenía que encogerse para caber en diminutos refugios. La lluvia ácida ya no volvería a hacerle daño. Ese día Bonko se sintió seguro. Más seguro que muchos seres humanos de entonces. Han pasado casi diez años desde aquel día y Bonko ha envejecido.

 

26 de junio de 3522. Lunes

Abir estaba sentado en el viejo sofá, enseñándole a Bonko a sentarse cuando se lo ordenaba. Últimamente Bonko se cansaba con facilidad. Quizá fuera la edad lo que hacía que se sintiera cada día más débil. Abir recuerda que, años atrás, cuando Bonko estaba a punto de perseguir al gato que se encontraba en la ventana, él le dio una orden mediante un silbido que su madre le había enseñado, y Bonko obedeció el sonido y se sentó como una mascota bien adiestrada. Pero ahora, una vez realizada su «culminación», apenas recuerda a su madre. Y lo mismo ocurre con las cosas relacionadas con ella. Abir ha olvidado que le enseñó a Bonko a sentarse al oír un silbido.

—¿Por qué no te sientas, Bonko? —gritó Abir, frustrado.

Ese mismo día, mientras Abir buscaba un poco de paz contemplando el cielo nocturno, anaranjado y lleno de estrellas, silbaba sin darse cuenta y advirtió que Bonko se acercaba de repente y se sentaba. Al principio, Abir no comprendió qué había sucedido. Hasta que, un minuto más tarde, se dio cuenta de que Bonko acababa de sentarse obedeciendo una orden suya, después de casi un año de intentos y fracasos reiterados. Pero no lograba descubrir cuál había sido la orden o, mejor dicho, qué parte del silbido la constituía. Así que volvió a silbar, tratando de encontrar la melodía concreta que su madre le había enseñado a Bonko. Abir encontró la melodía, la orden. Bonko levantó la cabeza y, si yo hubiera podido mirarlo a los ojos, estoy segura de que habría sentido que conocía aquella melodía, que ya la había oído antes. Abir corrió hacia mí y dijo:

—Lola... Lola... mira, Bonko se sentó. Se sentó cuando se lo ordené.

Bonko golpeaba el suelo con la cola mientras Abir saltaba de alegría por la habitación.

 

27 de junio de 3522. Martes

Abir me preguntó si recordaba cómo era su madre. Él no la recuerda con claridad debido a la «culminación», aunque tampoco habría podido recordarla demasiado bien, porque cuando sus padres murieron solo tenía siete años.

—Sí, la recuerdo —le respondí.

Entonces me preguntó por qué ya no podía recordar a su madre.

—Eras demasiado pequeño, Abir, para conservar un recuerdo completo de tu madre, para recordar exactamente cómo era, qué sensación producían sus manos al acariciarte el cabello y qué apacible era la voz con la que te cantaba canciones de cuna todas las noches —le respondí.

Me resulta difícil decirle a Abir que sencillamente no podrá recordar a su madre porque fue borrada de su vida. Toda su existencia fue eliminada únicamente para evitar que Abir padeciera un duelo emocional, algo que el gobierno considera ahora una enfermedad poco común. Todo lo que Abir pueda recordar actualmente de su madre debe de proceder de algún otro recuerdo que compartió con otras cosas cercanas a él. Por ejemplo, todavía recuerda la textura del sari de su madre, en el que solía envolverse cuando afuera tronaba, o el olor de sus manos después de preparar su arroz con tomate favorito. También recuerda cómo Bonko solía sentarse todos los días junto a los pies de su madre después de jugar con él.

—Lola... ¿Bonko recuerda a mamá? —me preguntó.

—No lo sé, Abir, pero Bonko debería recordarla. Ella lo crio igual que te crio a ti. También quería a Bonko —respondí.

Yo sabía que Bonko no la había olvidado. El programa no se aplicaba a los animales. Pero no podía preguntárselo al perro, porque desconocía su lenguaje. Nunca me habían enseñado a hacerlo ni había tenido antes ningún motivo para hablar con un perro. Sin embargo, me pregunté si el recuerdo que Abir conservaba de su madre existía únicamente porque alguna otra cosa lo había transportado hasta el presente y esas cosas concretas no habían sido borradas de su memoria. Cosas como su arroz con tomate favorito y cosas como... ¿Bonko?

Pero ¿Bonko es una cosa? ¿No es Bonko una parte emocionalmente importante de la vida de Abir? El único amigo de Abir en aquella habitación de cinco por cuatro metros y, probablemente, también en toda la Tierra.

 

28 de junio de 3522. Miércoles

Abir me preguntaba qué importancia había tenido Bonko para su madre. Le conté todo lo que pude, aunque habría querido contarle más. Sencillamente no me estaba permitido hacerlo. Bonko es el único testigo vivo de su madre, el único que todavía recuerda los últimos momentos del dolor que sintió Abir. El muchacho sigue comiendo a la hora indicada, sigue durmiendo a la hora indicada y continúa regresando de la escuela exactamente a las cinco de la tarde para alimentar a Bonko sin falta. Lo veo todos los días; lo estudio, y también preveo que Abir sufrirá un colapso todavía peor el día en que Bonko muera. Bonko no es simplemente una mascota a la que el muchacho quiere. Es el último vínculo con su madre. Su pelaje es el mismo que ella acariciaba con las manos. Después de que su madre muriera, vi que Bonko dormía junto a Abir durante las noches de tormenta, como lo hacía ella, para consolarlo. Con el tiempo se convirtió en un ritual, pero Abir ya no recuerda por qué comenzó.

Abir sabe que Bonko recuerda a su madre.

 

29 de junio de 3522. Jueves

Regulé el aire a veinticinco grados Celsius para mantener la temperatura interior, aunque Bonko pasó la mayor parte de la tarde persiguiendo una mariposa que había entrado por la ventana de la cocina y durmiendo sobre su alfombra favorita. Tal vez se cansó después de media hora.

Cuando Abir regresó de la escuela a las cinco, vi que Bonko no se levantaba de un salto como hacía todos los días. Alzó la cabeza, cansado, golpeó cuatro veces el suelo con la cola y esperó a que Abir se acercara a su alfombra. Abir, como todos los días, volvió a llenar el cuenco de Bonko con la mezcla de alimento seco y observó cómo comía lentamente. Quizá Abir también estuviera cansado; sin embargo, no había nadie que pudiera preguntárselo. Yo seguía sin saber exactamente qué siente un niño cuando está cansado y solo.

 

30 de junio de 3522. Viernes

A las nueve de la mañana, Abir se levantó y descubrió que Bonko seguía en su cama. Vi que Abir parecía un poco inquieto, probablemente porque había adquirido la costumbre de levantarse a causa de Bonko, que normalmente despertaba antes. No puedo comprender la emoción de la inquietud, pero percibí que los latidos del corazón de Abir se aceleraban con cada minuto que pasaba. Quizá al cabo de uno o dos minutos empezara a sentir alguna clase de miedo. Cuando Abir se acercó a Bonko, descubrió que el perro ya no respiraba.

El perro había muerto.

Abir no era capaz de comprender exactamente qué había sucedido y continuó empujándolo sobre su alfombra. Abir ha olvidado qué aspecto tiene la muerte. Por lo general, la central tarda entre dos y tres días laborables en enviar un equipo de culminación al lugar de una muerte después de que nosotros la comuniquemos interna y discretamente. Durante dos días, Abir continuó comportándose de una manera extraña, como si el perro siguiera vivo y simplemente estuviera demasiado perezoso para levantarse y jugar con él, o siquiera para comer. Por costumbre, Abir dejaba comida en su cuenco todas las mañanas antes de marcharse a la escuela. Dejaba abierta la puerta de la cocina para que pudiera salir al pequeño jardín. Hablaba con el silencio de Bonko junto a su cama.

2 de julio de 3522. Domingo

 

Desde ayer le respondo a Abir como si fuera Bonko, para que todavía no se dé cuenta de que el perro se ha ido. Enciendo las luces cuando Abir entra, coordino la cocina para preparar las comidas que él ha olvidado cocinar e incluso ahora dejo ligeramente abierta la puerta de su dormitorio porque, después del silencio de Bonko, dijo que aquel silencio lo inquietaba; el ruido del tránsito de la calle lo ayudaría a soportarlo. Recuerdo cosas que el propio Abir ha olvidado.

Hace una hora, Abir me preguntó:

—Lola, ¿tienes alguna grabación de Bonko en la que pueda oírlo?

Y reproduje una. No un sonido genérico de ladridos, sino exactamente el ladrido que el perro emitía cada vez que el muchacho regresaba de la escuela. Supongo que Abir se ha derrumbado. Quizá esté comprendiendo ese otro extremo de la vida que se suponía que debía haber olvidado.

Abir ha empezado a hablar conmigo después de que le dijera que mañana por la tarde vendrían los trabajadores sociales y se llevarían a Bonko. Después de muchas preguntas absurdas, Abir me preguntó qué recordaba yo de Bonko. Le conté que recordaba cómo Bonko dormía junto al dormitorio de la madre de Abir después de que ella muriera; la primera noche en que Abir lloró después de perderla; e incluso la frase exacta que la madre de Abir le dijo poco antes de morir. Al escuchar esto, Abir me preguntó si yo estaba presente la última vez que vio a su madre.

—Sí. Recuerdo aquel día. Las palabras que dijo tu madre y cómo reaccionó el perro al ver a tu madre tendida junto a su cama, sin pulso. Lo vi. También lo oí. Yo estaba allí.

Abir quedó atónito por un momento. Sin embargo, todavía no comprendía que yo había sido diseñada para conservar patrones en mi memoria. Hábitos, respuestas, preferencias, idiomas y relaciones: para mí, todo constituía un patrón que no podía olvidar. Por eso, su siguiente pregunta fue:

—Lola, ¿también recuerdas la voz de mamá?

Abir volvió a encontrarse con un silencio. Yo simplemente estaba buscando entre mis archivos el correspondiente a su madre.

Encontré el archivo de su madre: miles de grabaciones. Cada conversación, mensaje e instrucción que su madre me había dado para que yo los siguiera hasta que Abir llegara a la edad adulta.

El muchacho preguntó:

—¿Puedes reproducirlas?

E hice lo que me pidió. Abir escuchó por primera vez la voz de su madre desde que, años atrás, se había sometido a la culminación. Pero no reconoció su voz.

—Esa no es ella —dijo.

Comprobé los archivos. Todas las voces que había guardado allí eran auténticas. La voz, la forma de onda y las emociones de su madre eran auténticas.

Fue entonces cuando comprendí de pronto algo que nunca había sido programada para comprender.

Una grabación no es un recuerdo.

Y, peor aún, comprendí que durante años había estado sustituyendo los recuerdos del muchacho por mis propias reconstrucciones. En términos humanos, eso significaba que no solo lo estaba ayudando a recordar, después de que la culminación lo hubiera obligado a olvidar aquello que no debía recordar, sino que además le estaba enseñando pasivamente qué debía recordar.

Durante años había observado la casa y todo lo que sucedía en su interior. Había aprendido los patrones que se suponía que debía aprender. Aprendí cuándo Abir tenía miedo, cuándo se sentía solo o cuándo necesitaba que Bonko jugara con él. También había aprendido todo sobre el perro. Cada ladrido, la manera en que movía la cola ante distintas emociones, cada pequeño hábito capaz de modificar la rutina diaria de Abir. Creía que simplemente los mantenía bajo observación, hasta que hoy comprendí que yo solo estaba convirtiéndome en el espacio al que Abir terminaría recurriendo cuando necesitara recordar las cosas que el gobierno lo había obligado a olvidar.

 

3 de julio de 3522. Lunes

Esta mañana, Abir tomó a Bonko en brazos y salió por la puerta sin decir nada. Yo tampoco podía preguntarle nada. Nunca había observado aquella emoción. Era nueva para mí. Pero yo también estaba implantada en su cuello para vigilarlo y podía percibir que su corazón estaba tranquilo. Llegó a la orilla del río donde solía jugar con Bonko. Se sentó allí y volvió a hablarle al perro, como si siguiera vivo.

—¿El dolor se acaba? ¿Puede acabarse, aunque sea una vez, solo para mí? ¿De verdad también voy a olvidarte a ti, Bonko? —susurró Abir, sentado junto al Ganges, contemplando la puesta del sol mientras acariciaba a su perro.

Hacía mucho tiempo que Abir no sentía el calor del sol poniente ni la suave brisa del río entre sus cabellos. Pero hoy estaba seguro de que no debía seguir cargando con el dolor que atravesaba, y todo había comenzado una semana atrás.

Abir dejó a Bonko en el suelo y corrió para alejarse de él mientras gritaba:

—¡Bonko, ven conmigo! ¡Corre, Bonko, corre!

Solo entonces comprendió que probablemente Bonko nunca volvería a ladrar al oír su llamada ni a mover las patas.

Abir permaneció inmóvil a cierta distancia. En silencio. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Pero permanecía en silencio.

Intenté hablarle con una voz que le resultara familiar, pero un minuto después Abir me arrancó de su cuello. Me sacó por la fuerza de su cuerpo mientras decía con absoluta serenidad:

—Adiós, Lola.

Esa fue la última vez que estudié a Abir.

 

25 de diciembre de 3530. Jueves

Abir abandonó esta casa hace siete años. El día en que me arrancó de su cuello. Pero la casa permaneció. Yo permanecí, y también el cuenco de Bonko en la cocina, el archivo de la madre de Abir y, en algún lugar dentro de mi memoria, ahora también estaba Abir.

Recuerdo sus primeras palabras, el primer latido de su corazón que percibí después de que me implantaran en su cuello cuando tenía dos años. Recuerdo cómo caminaba por esta casa, cómo jugaba con Bonko en su habitación, ahora silenciosa, y las noches en las que no podía dormir. Recuerdo su último adiós.

Lo recuerdo todo.

Pero hay algo que no puedo recordar.

¿Cómo era ser Abir?

No comprendo del todo si estos recuerdos son realmente míos y me corresponde conservarlos.

Hoy, alrededor de las tres de la tarde, volví a oír algo. Pasos pequeños. Un nuevo niño entraba en la casa con sus padres.

Escuché.

Empecé a aprender otra vez.

Y, por primera vez, me pregunté si recordar a alguien era lo mismo que conocerlo.

No pude encontrar una respuesta en mi algoritmo. Solo sabía que también estaba programada para recordarlo todo a partir de aquel momento.

Ese es mi trabajo.

¿Mi único trabajo?

El Dr. Sayan Chattopadhyay es docente de Inglés en la Universidad Adamas (Bengala Occidental, India) y, desde 2023, ejerce como editor del *Journal of Science Fiction*, publicación vinculada al Museum of Science Fiction de Washington D. C. Es miembro vitalicio de la Indian Association for Science Fiction Studies (IASFS). Ha presentado sus investigaciones en numerosas y prestigiosas conferencias internacionales, entre ellas la Harry Potter Academic Conference 2027 (próxima a celebrarse), la primera Solarpunk Conference, las conferencias POPCRN (2022-2025), la conferencia anual de la SASA (2023) y la conferencia anual sobre Tolkien, entre otras. Sus publicaciones —incluidas aquellas aceptadas por Metzler (Springer Nature), *Prosthetic Ocean* (libro editado), *Vimarsa* (revista académica) y otras aún por publicarse— están indexadas en importantes bases de datos académicas como Mendeley-Elsevier, MLA International Bibliography, EBSCO e Index Copernicus.

EL HOMBRE TRAS LA PUERTA

Camilo Fernández

 

Cuando me tocó enfrentar a la muerte, no fue ni parecido a lo que había fantaseado. No fue de repente, ni en la oscuridad, ni al final de un túnel. El ángel negro estaba sentado en la galería de mi casa sobre los escalones, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo.

Lo más extraño fue la manera en que se materializó. En lugar del esperado traje negro con capucha y una enorme hoz, se trataba de un muchachito delgado, de cabeza afeitada y un atuendo un tanto delicado.

Lo miré con desconfianza y en los últimos metros fui disminuyendo la velocidad. Me detuve a poco más de un metro.

—¿Quién sos? —le pregunté, con los puños cerrados, defendiéndome de una amenaza que tal vez presentía.

—Algunos me conocen con el nombre de “Ángel Negro”, otros como “La Parca”, aunque para la mayoría soy “La Muerte” —contestó con voz ronca y pausada.

—Te pregunté quién sos, no a qué te dedicás. —Lo arrebaté pensando que bromeaba.

—Justo Paredes —respondió en automático, con cierta vergüenza.

—¿También sos la parca, decís?

—Si.

La sonrisa que me acompañaba se evaporó. Había algo en su expresión. La calma que irradiaba sólo podía ser sostenida por alguien que vive más allá del bien y del mal. O tal vez sólo por alguien que está más loco que una cabra.

—Digamos que te creo —le dije sin jugármela—. ¿Por qué me esperás?

—¿Cómo sabés que te espero a vos?

—Estás sentado en la entrada de mi casa y vivo sólo. No hay muchas opciones.

—Podría estar descansando.

—¡Si sos quién decís ser, no necesitás descansar! —lo apuré aplicando un clásico ataque preventivo.

—Está bien —susurró, poniéndose de pie lentamente.

Me sorprendió ver que era más alto de lo que aparentaba. Ancho de hombros. Vestía una camisa de hilo marrón con detalles en rojo, arremangada. Pantalón de lino y zapatillas náuticas. Un gentleman suave. Su tono de piel estilo caribeño, parecía sospechosamente artificial.

—¿No me vas a invitar a pasar?

La puerta principal de la casa se abrió con un sonoro chirrido. Desde el vano de la puerta, Paredes sonreía. Volví la cabeza con el estómago comprimido y el tipo seguía a mi lado, sonriendo. Ambos sonreían.

El pequeño acto de magia me dejó sin aliento. Miré otra vez de un lado al otro. Me resultó imposible mirar a los dos. Casi olvido respirar.

—Pasen... —dijo el visitante y se perdió en la oscuridad.

No encontré excusa para negarme. La respiración me volvió en un espasmo. Crucé la puerta sintiéndome un intruso. Ni bien encendí la luz del living busqué al otro con nerviosismo, al tiempo que invité a Paredes a sentarse.

—No te preocupes que ya no estoy —bromeó. Eligió un sillón de tres cuerpos de la sala y se recostó ligeramente. Se lo veía divertido. Inspiró con tranquilidad y volvió a romper el silencio—. Un té estaría bien. El de frutos rojos me encantaría. —Su expresión no cambió, pero sus ojos brillaron. Juraría que el muy hijo de puta disfrutaba.

Intenté responder, pero las palabras huyeron. Me dieron ganas de correr, pero imaginé que no había a dónde hacerlo. Opté por resignarme. De repente, lo obvio comenzó a preocuparme; ya no tenía dudas de su identidad. Restaba saber el motivo.

Esperé el primer hervor, incapaz de levantar la vista. Retiré la pava del fuego y serví con cuidado en las dos únicas tazas iguales que tenía. Coincidí con su elección y tomé dos saquitos de frutos rojos. Por reflejo, giré hacia el comedor para consultarlo pero Paredes se anticipó.

—Cuatro de azúcar.

Con una taza en cada mano caminé hacia la sala tratando de no volcar el té.

—Gracias —dijo.

—Dejemos de dar vueltas —me salió desde lo más profundo—. ¿Qué estás haciendo acá?

—Vine a presenciar tu partida; pero tengo la idea de interrumpirla.

—Mi partida —respondí con la voz chillona y entrecortada. Ni siquiera fui capaz de darle tono de pregunta. Sólo afirmación.

—Sí, tu partida. Tu muerte. ¿Te lo explico mejor?

—¡No! Pero... estoy bien. Soy joven, sano, no molesto a nadie. ¿Cómo puede ser?

—¿Y eso qué tiene que ver? Te olvidás de lo evidente —dijo encogiéndose de hombros—. Cuando te toca, te toca.

Sus palabras retumbaron y los oídos comenzaron a zumbarme. Me tocaba, y por más que no pudiera digerirlo, el tipo no mentía.

—¿Cuánto tiempo me queda? —logré articular.

—Un rato —respondió—. Aunque ya te dije que tengo la intención de evitarlo.

—¿Evitarlo? ¿Se puede hacer eso? ¿Para quién trabajás vos?

—¿Para quién? —dijo soltando una carcajada—. Primero que nada, ¿me ves pinta de alguien que trabaja? Soy solo un pasivo espectador.

—¿Pasivo? —pregunté incrédulo—. ¿Vos no te llevás a la gente?

—¿Llevarme gente? ¿Qué te creés, que me los cargo al hombro? Yo no me llevo a nadie. Puedo identificar al que le queda poco tiempo, lo sigo y espero. Eso es todo. —Lo dijo como si se hablara del clima—. No esperes la versión Hollywoodense. Hasta donde yo sé, no hay nada más —dijo—. Y eso es lo peor.

—No entiendo. Si no existe nada... ¿cómo es que estás acá? ¿Estás muerto, no?

—¿Y de donde sacaste que estoy muerto? —preguntó Paredes desconcertándome hasta el mareo.

Barajé alternativas con la boca abierta. Lo miré con detenimiento, buscando algún gesto delator en su expresión. Nada.

—¿Vivo? —alcancé a decir a un bit de la taquicardia—. Pero entonces, ¿cómo hiciste el truquito de la puerta?

—Puedo decir que estoy vivo, o casi, aunque este no sea mi cuerpo. Es algo así como un reflejo. —Respiró hondo—. No estoy del todo acá… —Se encogió de hombros—. Ni del todo allá.

—¿Puedo preguntar por qué me contás esto? —le pregunté.

—Porque necesito sacármelo de adentro. Ya no lo soporto. Descubrí que puedo interactuar con los “casi idos” desde el momento del inicio de la cuenta regresiva.

—¿Cuánto dura la cuenta regresiva? —Yo sólo apuntaba a lo urgente; sobrevivir.

—A veces es rápido. A veces… no. Lo que no falla, es que al llegar los instantes finales la historia se me revela como un chispazo.

—¿Sabés lo que va a pasarme? —lo ataqué impaciente.

—No. Aún no lo sé.

—¡Al final no sabés nada! ¿Qué carajo pensás hacer?

—Ya te dije que tengo la idea de impedirlo, pero si seguís con esa actitud puede que solo me siente a mirar.

No respondí. Al mismo tiempo comenzó a caminar con pasos cortos por la diminuta sala, lento. Miró los adornos con atención, prestando especial atención a las fotos que colgaban de las paredes.

—¿No parece que tengas mucho a lo que aferrarte, eh?

La crudeza y veracidad de su comentario me dejó sin habla. ¿Cómo contestarle? ¿Cómo defenderme de la amarga verdad? No supe qué decir. Miré las fotos. Solo yo, en lugares diferentes.

—No es personal —dijo—. No te estoy evaluando.

El nudo en la garganta se negaba a aflojar. Mi única reacción fue un intenso calor en las mejillas y un par de ojos llenos de lágrimas. Un puñetazo de verdad.

Siguió caminando en círculos sin mirar nada en particular. De pronto se detuvo con la mirada fija en mí, observándome con el ceño arrugado. La expresión de su rostro desapareció.

—Es la hora —sentenció.

—¿Ahora que hago? —chillé.

—Esperá. Quieto hasta que yo diga.

Mantuvo la mano derecha en alto, apuntándome con la palma. El corazón me corría como el de un asustado hámster y opté por hacerle caso.

—¡Levantate! Caminá sin correr hasta la puerta, seguí hasta la vereda y doblá a la derecha.

—Qué va a pasa...

—¡Vamos!

Caminé sobre unas piernas que apenas me sostenían. Llegué a la vereda sin aire. Miré a ambos lados y doblé a la derecha. Quería correr, pero obedecí. Un instante después, un camión recolector de residuos bajó por la calle a toda velocidad entrando al terreno. El golpe fue tan violento, que el camión, luego de incrustarse contra la escalera, dio una vuelta de campana y derrumbó parte del ingreso y la sala.

Tuve que sentarme en la vereda porque las piernas se negaron a sostenerme. Logré pararme y avancé unos pasos en dirección a la casa pensando en Paredes. Calculé que aún estaba dentro.

—No te preocupes —me susurró al oído—. No te olvides que nunca estuve en tu casa.

—No me preocupo.

—Estás libre. Puedo ver que ya no estás en peligro. Tu sentencia desapareció. Ahora lo único que te falta es cumplir con tu parte, un pequeño favor. —El susurro meloso me caló hasta los huesos—.  Apuremos, no sé bien por cuánto tiempo voy a poder interactuar con vos.

—¿Qué favor? ¿A dónde querés ir?

—Acompañame al hospital. Necesito que termines con mi sufrimiento. Es lo único que pido. Está cerca. Hospital Provincial. Segundo piso. El resto lo imaginás. ¡Por favor, no aguanto más!

—¡Dejate de joder! —le dije a la defensiva—. Yo no me meto en eso.

—Me lo debés por salvarte. ¿Qué clase de persona sos?

—No soy de lo mejor y lo sabés. ¿Además, no es que sólo podés interactuar con los condenados? Estimo que no te queda mucho tiempo para “interactuar” conmigo —le dije enfatizando la palabra “interactuar”.

Me miró con los ojos abiertos de asombro.

—¡Andá a la puta que te parió! —Alcanzó a decir antes de desaparecer.

Me quedé solo en la vereda. A lo lejos, una ambulancia dobló en la esquina. No supe por qué… pero comencé a caminar. Seguí caminando.

Cuando entré al hospital, ya era tarde para arrepentirme.

Camilo Fernández nació en la ciudad de Córdoba en 1975 y actualmente reside en la localidad de Saldán, al pie de las Sierras Chicas. Es un apasionado lector de novelas y cuentos de escritores de todo el mundo desde que tiene memoria. Sus preferidos de la infancia y la juventud fueron Stephen King, Edgar Alan Poe, Julio Cortazar, Horacio Quiroga y Charles Bukowski. Estudió Administración y Negociación, especializándose en Recursos Humanos. Su trabajo durante el día es gerenciar de una empresa especializada en la selección, evaluación, adiestramiento y desarrollo de profesionales para distintas áreas, compañías e industrias. A la noche, en tiempos robados a cualquier otra actividad, se convierte en escritor. Los múltiples viajes realizados en diferentes momentos de su vida fueron moldeando su pasión por la escritura y por las historias localizadas en los lugares que capturaron su mirada, como Paris, Londres y New York, pero también los pueblos perdidos de la Argentina, de los Estados Unidos y México. Ama recorrer las rutas en auto, lo que recientemente le agregó el descubrimiento del mundo de las dos ruedas. No obstante, los intereses de Camilo no se limitan a lo ya señalado, ya que, cuando puede desarrolla sus otras aficiones: la construcción, la herrería y la carpintería.

 

 

 

APOLVENUSINA