lunes, 10 de agosto de 2026

EL PELUQUERO

Tony Nesca

 

Deambulaban por el pasillo, entrando y saliendo de las habitaciones de los demás. Estaban en una unidad cerrada. El corredor tenía unos treinta metros de largo, recto, con bruscos recodos en ambos extremos y puertas provistas de cerraduras con combinación y alarmas. Las enfermeras permanecían por allí, apáticas; los médicos estaban ausentes y desinteresados; las recepcionistas nunca se encontraban en sus escritorios. Aquello era todo lo que tenían los que vagaban por el pasillo; era su mundo entero. El Alzheimer les había arrebatado todo lo demás.

Marie iba todos los días a visitar a su padre y, durante los dos últimos, el pequeño cesto de basura de la habitación había aparecido lleno de orina. Ató la bolsa de plástico que revestía el recipiente y la arrojó a un contenedor. Miró hacia el pasillo y no había una sola enfermera a la vista; solo los zombis caminando de un lado a otro, murmurando, maldiciendo y con un aspecto profundamente desdichado. Uno de ellos era un hombre negro que se sentaba junto a una ventana y mantenía una larga conversación telefónica con la palma vacía de su mano, entrando en toda clase de detalles. Otro era un anciano blanco, menudo, de unos ochenta años, que recorría el pasillo soltando improperios y gruñendo a cualquiera que se cruzara en su camino. Una mujer en silla de ruedas avanzaba impulsándose con la barra de apoyo que recorría las paredes, hasta que se detenía para examinarla con enorme interés y luego continuaba. Algunos permanecían en la sala común mirando el televisor; reían, aullaban y se hacían comentarios entre ellos, aunque el aparato estaba averiado y llevaba años sin encenderse. Todos defecaban y orinaban en los pantalones, en los armarios, en cubos y baldes, en el pasillo... en cualquier parte, excepto en los inodoros.

Aquello parecía sacado directamente de Alguien voló sobre el nido del cuco, de Kesey. Esa gente estaba atrapada: en sus propias cabezas y en aquella prisión-hospital.

El padre de Marie padecía un Alzheimer muy avanzado y apenas la reconocía la mitad de las veces. Pero sus visitas parecían proporcionarle cierto placer, porque su estado de ánimo mejoraba cuando ella llegaba. Tal vez, en algún rincón de su subconsciente, todavía supiera quién era ella. Tal vez, en algún rincón de su subconsciente, siguiera siendo quien había sido toda su vida.

Permanecía acostado en la cama hablando sin sentido y sin detenerse jamás. Sin embargo, también reía, soltaba risitas y se comportaba como un niño recién salido de la escuela, feliz, sin conciencia alguna del mundo y de toda su porquería. Al final se cansaba, cerraba los ojos y comenzaba a gemir de tanto en tanto, intercalando siempre la misma frase entre el sueño y la vigilia:

—No quise hacerlo...

Marie lo contempló mientras le pasaba la mano por el cabello, y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

Entonces recordó.

Recordó...

Todos los días, a las siete en punto de la mañana, Mario abría su peluquería y dejaba entrar la luz. Llevaba haciéndolo treinta y cinco años. Era el mayor placer de su vida. Ya ejercía ese oficio en su país natal y era lo único que había querido hacer siempre.

La peluquería estaba en Main Street, justo al comienzo del barrio más degradado de la ciudad. Al lado se levantaba el primero de una larga serie de hoteles baratos para alcohólicos que se extendían por ambas aceras.

Sonó la campanilla de la puerta y entró el primer cliente.

—¡John, muchacho loco! —dijo Mario con un marcado acento italiano.

—Solo tú llamarías muchacho a un hombre de cincuenta años... Pero sigue haciéndolo, sigue haciéndolo...

—Siéntate, siéntate...

John se acomodó en el sillón central y Mario le colocó la capa con el mismo gesto elegante con que un torero despliega el capote.

—¿Cómo van las cosas en el trabajo, amigo mío? —preguntó Mario.

—Fatal... Diez años más y podré jubilarme. ¡Diez malditos años! Tómate tu tiempo, Mario; no tengo ninguna prisa por volver.

John trabajaba al otro lado de la calle, en un teatro de ópera, como jefe de mantenimiento. Solo trabajaba los fines de semana. Casi nunca había nadie en el edificio y, en la práctica, podía hacer lo que quisiera. Después de cortarse el pelo regresaría al teatro, fregaría el vestíbulo y luego bajaría a la sala de ensayos del sótano para tocar la trompeta. Era músico de jazz en una banda local. Aquello era lo que realmente le apasionaba. Eran buenos y actuaban con frecuencia por toda la ciudad, pero, como ocurre con casi todas las disciplinas artísticas, uno acaba siendo muy rico o muy pobre. Él pertenecía al segundo grupo.

—¿Cómo está tu esposa, Mario?

—La esposa es un dolor de cabeza, como siempre...

Mario permaneció detrás de él, observando el reflejo en el espejo y midiendo cada detalle como un pintor frente a su lienzo.

—¿Y tu hija? ¿Cómo se llama...? ¿Conchetta?

—¿De dónde demonios sacaste ese nombre? Se llama Marie. Mi pequeña es la luz de mi vida.

—Yo habría pensado que ese honor le correspondía a este lugar.

—Bueno... quizá ella ocupe el segundo puesto. ¡Ja, ja, ja!

—¿Sigue casada?

—Sí, sí. Son muy felices.

—¿Y en qué se diferencia esta peluquería de la que tenías en Italia?

Mario roció la nuca de John con un pulverizador de agua y las tijeras comenzaron a chasquear. Al fondo sonaba una pequeña radio portátil que transmitía éxitos de la década de 1970.

—Para empezar, mira ahí fuera...

Señaló la ventana. Bancos de nieve de casi medio metro bordeaban las aceras y el viento golpeaba con fuerza los cristales.

—En Italia, al otro lado de mi ventana había una calle empedrada con cafeterías que conducía hasta la playa. Había palmeras y gente emborrachándose sobre la arena... durante todo el año.

—Entiendo lo que quieres decir.

—En Italia las tiendas abren cuando les da la gana. La gente vive tranquila y nadie arma un escándalo por eso. Si una tienda está cerrada, vuelven más tarde. Aquí, si cierras, los clientes se van con el negocio de al lado... y te mueres de hambre.

—Entonces, ¿por qué viniste?

—Porque en Italia llega un momento en que ya no puedes progresar. Aquí puedes ganar dinero, comprar una casa, salir adelante. Amo Italia; es mi país. Pero una vida mejor para Marie estaba aquí.

Las tijeras seguían chasqueando con precisión cuando sonó nuevamente la campanilla de la puerta. El viento helado entró de golpe.

Un joven indígena apareció con una bolsa en la mano.

—¡Hola, Ivan! ¿Cómo estás? —dijo Mario—. Entra, siéntate.

—Todo bien, viejo. ¿Qué tal, John? ¿Cómo va la música?

—Rock and roll, amigo.

Ivan tomó asiento junto a John.

—¿Qué traes ahí? —preguntó Mario.

—Unos pantalones vaqueros completamente nuevos. Cinco dólares cada uno.

—¿Son de mujer?

—¿Cómo?

—¿De mujer o de hombre?

—Sirven para cualquiera. Hoy en día todo sirve para cualquiera, viejo.

—Ya no puedo distinguir a los hombres de las mujeres, John. Ya no puedo.

—Te entiendo perfectamente. A ver, Ivan, enséñamelos.

Los tres examinaron los pantalones. Se quejaron, discutieron, llegaron a un acuerdo y, finalmente, Ivan se marchó con algunos dólares más de los que tenía al entrar.

Mario lo abrazó y, como siempre, le dio un severo sermón para que se mantuviera alejado de las pandillas, del crimen y de las drogas.

Cuando el muchacho se hubo marchado, John comentó:

—Sabes que ahora mismo irá a drogarse, ¿verdad?

—Tal vez... Pero creo que solo fuma marihuana. Mientras no pase de ahí, ¿no está bien?

—Yo no podría vivir sin la mía, eso seguro.

John se acomodó en el sillón mientras Mario continuaba con el corte.

—Mira a esos borrachos. Apenas son las diez de la mañana. ¿Cómo demonios has soportado todo esto durante tantos años?

—No son malas personas. La mayoría no. Solo están perdidos, John. Eso es todo. Si causan problemas, les doy una patada y los echo calle abajo. Ya lo sabes.

—No tengo paciencia con quienes desperdician su vida. Es una condenada lástima.

—Bueno... Es su vida, no la nuestra.

—Mierda... Ahí vienen otra vez. Se están acercando a tu escaparate.

Mario salió disparado.

Era un viejo italiano del sur, bajo, robusto y de constitución poderosa. Aquello no representaba ningún desafío para él.

En pocos segundos los había hecho alejarse.

Regresó sonriendo.

—¿Lo ves?

—Eres el mejor, Mario.

—Y el corte de pelo está terminado.

John se observó en el espejo.

—Una vez más te has superado.

Pagó el corte y ambos se sentaron junto al mostrador con una taza de café, mirando la calle a través del escaparate.

Afuera apenas pasaba algún borracho tambaleante. Los domingos por la mañana no se veía un solo peatón sobrio por aquella calle. Todos rebuscaban colillas, monedas perdidas, comida, ropa... cualquier resto de la noche anterior.

—Vamos al fondo —propuso Mario—. Voy a prepararte un café de verdad.

Atravesaron una puerta y entraron en una pequeña habitación con una mesa, varias sillas y una cafetera espresso sobre la encimera. Junto a ella había una botella de coñac.

John señaló la máquina.

—Ya puedes apostar a que quiero uno de esos.

Mario preparó dos espressos y añadió un chorro de coñac a cada taza.

—En Italia esto se llama caffè corretto. Se toma por la mañana, antes de empezar el día.

—¿Corretto significa echarle alcohol?

—Sí.

—Eso es insuperable.

Bebieron lentamente y siguieron conversando, felices de compartir la compañía del otro.

Entonces volvió a sonar la campanilla.

Mario asomó la cabeza.

—¡Ciro! ¡Ven, entra!

Era un viejo amigo italiano del barrio de Little Italy. Se conocían desde hacía treinta años.

—¡Ciao, ciao! ¿Qué se cuenta hoy? Hola, John. ¿Cómo estás?

—Viviendo el sueño, Ciro. Viviendo el sueño.

—¿Un espresso? —preguntó Mario.

—No me ofendería en absoluto.

—¿Con corretto?

—¿Y por qué no?

Mientras Ciro bebía el café, tomó una vieja baraja italiana que descansaba sobre la mesa y comenzó a barajar distraídamente.

—¿Qué les parece una partida de Scopa?

John señaló las cartas.

—¿Es ese juego en el que hay que hacer coincidir las cartas? El siete de oros, el caballo y todo eso...

—Ese mismo, ignorante americano —rio Mario.

—Canadiense.

—¿Y qué diferencia hay? Reparte de una vez.

La peluquería permanecía tranquila mientras los tres jugaban a las cartas y bebían café.

Después abandonaron el café y continuaron únicamente con el coñac.

Jugaban, reían, Mario rompía de vez en cuando a cantar viejas canciones populares napolitanas, Ciro se unía a él y John disfrutaba del espectáculo.

No entró ni un solo cliente.

Ni una sola preocupación.

Así transcurrió toda la mañana.

Y luego la tarde.

—¿Has visto alguna vez lo que ocurre aquí abajo por las noches? —preguntó John.

—Es un desfile interminable.

—La gente está borracha, drogada... y llena de violencia. Es un panorama bastante siniestro.

—Y prostitutas por todas partes —añadió Mario.

—Esa es precisamente la mejor parte —rio Ciro con su espeso acento napolitano, intensamente feliz de estar vivo.

—Una noche vi a un tipo correr por Main Street empuñando una señal de STOP arrancada de una esquina. No una de las pequeñas, sino una de esas enormes de acero.

—¿En serio?

—A las tres de la madrugada. Yo estaba trabajando en el turno de noche y comía algo junto a las ventanas que daban a Main Street. Corría en dirección contraria al tráfico. Los coches esquivándolo, chocando unos contra otros...

—Como un caballero medieval. ¡Que muera todo el mundo!

—En Italia —dijo Mario—, después de cenar todo el mundo salía a caminar. En cualquier rincón del país. La gente paseaba, hablaba, reía, discutía... Era una costumbre. No como aquí: cenan, se sientan en el sofá, beben cerveza y ven televisión.

—En Nápoles hacen el mejor helado del mundo. Uno sería capaz de matar por él. Sentarse en la plaza mirando pasar a las muchachas...

—¡Qué ciudad tan hermosa! He estado allí muchas veces.

—Ya conoces el dicho: «Ver Nápoles y después morir».

—Eso no es nada. Tendrían que ver las mujeres que aparecen en mis conciertos de jazz. Las mujeres hacen cualquier cosa por un hombre que toca un instrumento.

En ese momento volvió a sonar la campanilla de la puerta.

Mario levantó la vista.

Una mujer acababa de entrar.

—Mario, ¿cómo estás?

—Stacy... Espera un momento, querida...

Mario hizo una seña a los dos bribones del fondo para que siguieran jugando; tenía una clienta.

Ellos asomaron la cabeza, vieron a Stacy, sonrieron, repartieron las cartas y volvieron a servirse otro trago mientras Ciro rompía nuevamente a cantar.

—Stacy, amiga mía, ¿dónde te habías metido? —preguntó Mario, invitándola a sentarse.

—Ocupada con la vida y todas esas cosas, ya sabes...

—Sí... A veces todas esas cosas vuelven loco a cualquiera. En Italia disfrutamos la vida, vivimos el momento, cantamos y bailamos...

—¿De verdad es así?

—No exactamente... Pero en algunos lugares, en ciertos momentos...

—Hazme lo de siempre, amigo.

Mario comenzó lavándole el cabello. Le inclinó suavemente la cabeza hacia atrás y fue masajeando el champú con calma, disfrutando cada instante.

Stacy tenía un cabello rubio que le llegaba hasta la cintura, espeso, brillante y saludable. En casi cuarenta años de matrimonio, Mario jamás había engañado a su esposa. Ni una sola vez. Pero se permitía aquello, sin sentirse culpable. Deslizaba las manos entre aquel cabello y se sentía tranquilo, ligero, apenas un poco excitado. Así transcurrió el tiempo. Las canciones y las carcajadas llegaban desde la trastienda. Stacy disfrutaba de todo aquello. Sonreía, conversaba y observaba su reflejo en el espejo.

Cuando Mario terminó, la vieja canción setentista Leroy Brown inundaba la peluquería desde la radio.

—Mario... Has vuelto a hacer maravillas. Está precioso.

Stacy pagó y salió.

Mario la siguió con la mirada mientras se alejaba.

Suspiró.

Sonrió con cierta melancolía.

Después cerró la puerta con llave y corrió hacia el fondo.

—¡Repartan, desgraciados!

Unas horas más tarde los tres estaban completamente borrachos y tratando de decidir qué hacer.

—Tengo que ir a fichar al teatro. ¿Cómo demonios voy a hacerlo? —rio John.

—Con mucha dignidad... y muchas mentiras —respondió Ciro.

—Ve, muchacho —dijo Mario—. Yo voy a llamar a Marie para que venga a buscarnos. Estamos demasiado borrachos para conducir... Mi esposa va a ponerse furiosa. ¡Ja, ja, ja!... Oye... ¿Llegaste a pagarme el corte de pelo?

Se estrecharon las manos.

John salió, cruzó la calle y entró en el teatro de la ópera.

En los veinte años que llevaba trabajando allí, el jefe jamás había aparecido un fin de semana.

Pero ese día estaba allí.

Y lo despidió en el acto.

Mientras tanto, Mario hablaba por teléfono con su hija.

—Vamos, Marie... Ven a buscarnos. Solo acércate un momento... ¡Y no le digas nada a tu madre!

—¿Por qué tenían que emborracharse en plena tarde? —protestó ella.

—¡Porque estoy vivo!

Ciro rompió otra vez a cantar y ambos estallaron en carcajadas. Marie intentó mantenerse seria. No lo consiguió. Terminó riéndose y aceptó ir a buscarlos. Salieron a la calle y encendieron unos cigarrillos bajo la noche invernal. Al otro lado de la calle vieron a Ivan, refugiado en una parada de autobús, compartiendo una botella con varios vagabundos. Ivan los saludó con la mano. Ellos respondieron el saludo. Cuando terminaron los cigarrillos apareció Marie. Bajó del automóvil fingiendo severidad, aunque no pudo ocultar la sonrisa. Los tres subieron al coche.

El vehículo resbaló unos instantes sobre el hielo, recuperó el equilibrio y siguió adelante.

 

Mario, el peluquero, yacía dormido en su cama, murmurando con tristeza. Marie lo abrazaba y le susurraba al oído. La carga de cuidar de su padre había terminado destruyendo su matrimonio. La peluquería hacía ya mucho tiempo que había sido vendida.

Desde el pasillo llegaba la voz del hombre que seguía hablando por teléfono con una mano vacía, mezclándose con todos los demás murmullos de aquellas almas perdidas. La madre de Marie apareció en la puerta. Llevaba dos cafés. Le entregó uno a su hija y se sentó junto a ella. Después tomó la mano de Mario.

Y la noche siguió su curso.

Tony Nesca nació en Turín, Italia, en 1965 y se mudó a Canadá a los tres años. Se crió en Winnipeg, pero regresó a Italia varias veces hasta que finalmente se estableció en Winnipeg en 1980. Aprendió a tocar la guitarra de forma autodidacta y formó una banda de rock original que tocó en bares locales durante varios años. A los veintisiete años cambió su guitarra por una Commodore 64 y comenzó a escribir en serio. Ha publicado seis cuadernillos de cuentos y poemas (que solía vender directamente desde su mochila en bares y librerías locales), siete novelas, siete libros de poesía y cuentos, un álbum de palabra hablada, y ha sido un colaborador activo de la escena literaria underground durante treinta años, publicando en innumerables revistas tanto en línea como impresas.

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