Alejandro Aguilar R.
Nací en el año 2225, en la Nueva Delft,
Países Bajos, una ciudad espejo de la Delft original, la cual por el cambio
climático del planeta, quedó engullida bajo el mar. Me llamo Johannes Vermeer y
pretendo, con esta nota autobiográfica, confesar sobre un secreto que guardé
sobre mi más grande descubrimiento científico. Me dediqué a la investigación y la
tecnología, obsesionado con la geometría del tiempo y del espacio y pasé la
mayor parte de mi vida intentando, aunque solo lo logré al final, construir una
máquina que me permitiera viajar a paralelos universos. No me casé, no tuve
hijos y viví modestamente con lo suficiente. Hacia la recta final de mi vida
pude completar la construcción de la máquina con la que no solo yo había
soñado, sino también una cadena enorme de ilustres hombres previos en mi vida y
que fueron clave para que yo tuviera éxito. La máquina la construí en secreto
en mi casa, porque no quería que las universidades o los intereses privados
manipularan mis experimentos o redireccionaran mis esfuerzos en cosas que a
estos grupos les pudieran interesar. Una de las funciones más importantes que
tenía mi máquina no solo era hacer posible el viaje en el tiempo a otras
dimensiones, sino también, ubicar cuántos otros Johannes Vermeer habrían existido,
existen o existirán en todo el multiverso, con el objetivo de irles a visitar.
El resultado fue aterrador: solo un Vermeer nacido también en Delft pero en el
año 1632. ¿Solo uno? ¿Solo un yo más en todas las posibilidades del universo?
Esta ínfima probabilidad de mi existencia me acongojó el corazón, y me costó
mucho trabajo reponerme, porque aparte de herir mi orgullo, implicó saberme una
especie rara, lo cual siempre, evolutivamente, es sinónimo de defectuosa. Si
viajaba hasta el pasado para encontrarme y alteraba en alguna forma mi otra
vida, ¿qué podría provocar en mi yo del futuro universo? Estas incalculables
variables no podían ser resueltas en mi máquina, tenían que ser un riesgo
implícito de mi empresa. Y me aventé al barranco. Viajé al Delft del pasado, encubierto, conocí a mi padre, a
mi madre, presencié mi propio nacimiento, siempre al acecho, de lejos, siempre
oculto, porque llevaba conmigo un traje de invisibilidad. El principio de
simetría entrópica universal, principio que explico en la investigación que
publiqué hace unos años, solo rescato, para contextualizar esta nota, permite
que dos seres, en concreto dos yos, puedan existir en el mismo espacio-tiempo,
porque aunque sean la misma persona, si existen, aunque sea divididos por
universos diferentes, significa que cada uno tiene un lugar y por ende, es como
decir de dos rocas son iguales, pero que están en el mismo río. Regresé a mi
siglo un par de veces, porque era aburrido verme crecer, aunque me daba mucha
tentación quedarme a ver el desarrollo de mi vida en un curso natural, y no
tendría el tiempo, dado que yo ya era viejo, de verme pasar por las etapas de
vida. Si viajas a otro universo tu tiempo corre de manera cronológica igual que
si no hubieras viajado. Entonces elegí regresar al universo paralelo cuando el
otro Vermeer tenía la edad de Jesús, a sus 33 años. Resulta que me había
convertido en un pintor y precisamente en ese año, retrataba una idea: una
joven hermosa, ¿acaso un amor de juventud o una hija mía? En mi yo del siglo XXIII
me enamoré siendo joven, de Julia Voegl, una austríaca que conocí alguna vez en
los bosques del Tirol. Nunca pasó nada entre nosotros, no tuve entonces el
valor de hablarle, ni tampoco de viajar al pasado con mi máquina para
conocerla, pero su imagen se quedó impregnada en mi alma como Beatriz en Dante.
¿Podría ser que esta joven que retrataba Vermeer-paralelo, pudiera venir de la
fuente de mi amor por Julia, transferido en el tiempo y espacio hasta el siglo
XVII? Nunca lo sabré. Por otro lado, yo me observaba cuando pintaba, escondido
entre alguna persiana, invisible a los ojos de los demás, y me notaba contento,
fluyendo en una zona de concentración envidiable. Ese Vermeer-paralelo era
padre, esposo, pintaba, creaba, en mi yo del otro-pasado tenía un corazón
enorme y hacía lo que me apasionaba, que era pintar. Nunca lo confesé pero yo
quise ser pintor, o dedicarme a las artes por lo menos, pero vivía en tiempos
en donde no se apreciaban los oficios plásticos; en un mundo dominado por lo
digital mi anhelo se frustraba por vergüenza. Pero este Vermeer no pensaba en
nada del mundo exterior, su mundo interior se iluminaba con la perla blanca y
preciada que le colocó coquetamente a la joven en su oreja, regalándome una
lección atemporal: sí, yo construí una máquina para viajar en el tiempo y a
otros universos, ¿pero acaso alguna vez en mis años de ciencia sentí el imán de
la belleza como este Vermeer del pasado? No. Nunca sentí real gozo. Nunca
sentí… hasta ahora. Y estaba yo escondido, espiando, viendo mi otro yo ser
quien siempre quise ser. Solté una lágrima y, descuidadamente, empujé una mesa
que estaba cerca de la cortina y provoqué un ruido que atrajo la atención del
Vermeer del XVII. Permaneció unos segundos mirándome a los ojos, aunque era
imposible que pudiera verme; mi capa de invisibilidad era perfecta, pero me
veía con certeza, veía más allá de lo aparente y, en su corazón, me sintió,
porque también lloró, conmovido quizás por el encuentro de dos almas idénticas,
un hecho insólito en el cosmos, sonrió, se enjugó los ojos y no se levantó a
investigar detrás de la cortina. Lo dio por hecho. Y sentí como que me dio las
gracias. Agradeció que le hubiera revelado, tal vez, de una manera muda, sin
usar palabras, que él estaba en el camino correcto de su vida. Y yo también le
agradecí, porque me aseguró, que por lo menos uno de los dos, lo había logrado:
ser pintor. Estaba orgulloso por él, por ese yo de ese pasado y paralelo
universo. Regresé a mi tiempo y destruí la máquina. Dejé solo algunas fórmulas
inconclusas y reflexiones filosóficas sobre los viajes en el tiempo, para que
otro, porque seguro vendría otro intentando lo mismo de construir una máquina
como la mía, estuviese advertido de las implicaciones de un viaje de esta
naturaleza. Agrego esta nota a mis cuadernos filosóficos, como capítulo final
de mi vida, en confesión de un secreto que nunca había revelado y de un viaje,
que me cambió la vida y ahora me paso las tardes entre lienzos y pinceles, sin
acercarme ni un poco en lograr retratar la imagen de la hermosa joven de la
perla que pintaba mi otro yo. Y finalmente me pregunto, tranquilo, ¿qué habrá
sido de esa pintura?

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