domingo, 2 de agosto de 2026

UN SOPLO DE AIRE FRESCO

Gareth D Jones

 

Encontraron a Billy “Llave Inglesa” en un club de obreros del barrio más duro de la ciudad, a pocas calles de donde todos ellos habían crecido.

Era un día gris y encapotado, en el que todo sonaba apagado y los zepelines que zumbaban sobre sus cabezas permanecían ocultos tras las nubes, con el rumor amortiguado.

Se detuvieron en una calle lateral y el motor de la motocicleta tosió varias veces antes de apagarse definitivamente. Un leve zumbido continuó procedente del sidecar cubierto mientras Dave desmontaba y se quitaba las enormes gafas protectoras.

Tanto la motocicleta como las gafas eran restos de la Gran Guerra y, aunque probablemente ya hubiera podido conseguir unas que le ajustaran mejor, nunca le había parecido importante. Teniendo en cuenta todo lo demás…

El sidecar también procedía de la guerra, aunque ahora estaba adornado con unos flotadores laterales semejantes a pontones y carenados con rebordes metálicos.

—Solo tardaré unos minutos —dijo. Un jadeo surgió de la trompeta acústica instalada en el costado del sidecar—. Ábreme.

—Hace frío —respondió Dave.

—Lo sé. —Una respiración entrecortada—. El frío me alivia.

Dave quiso protestar, pero Colin llevaba conviviendo con sus dolencias el tiempo suficiente como para decidir por sí mismo.

Accionó la palanca que liberaba el cierre de la cubierta y esta se levantó sobre unos brazos hidráulicos hasta quedar plegada sobre la parte trasera del sidecar.

Colin podía volver a cerrarla desde dentro cuando recuperara fuerzas.

Su hermano inspiró una larga y temblorosa bocanada de aire helado, que hizo estremecerse su pálido y delgado cuerpo.

Colin era un año menor que Dave, pero aparentaba diez años más que los veinticinco de su hermano. Tenía el cabello ralo, el rostro cubierto de cicatrices y llevaba un jersey de manga larga para ocultar los brazos, igualmente marcados. Las manos descansaban sobre una serie de palancas instaladas en el tablero de madera.

La peor de sus heridas permanecía oculta bajo una junta de goma que unía su cintura con el borde del sidecar.

—Eso está mejor —susurró.

El suave traqueteo habitual aumentó de tono mientras la bomba trabajaba con más intensidad para presurizar la cabina ahora abierta.

La ausencia de piernas dejaba espacio para un compacto motor diésel y una gran cantidad de aparatos médicos que ayudaban a Colin con diversas funciones corporales. Dave procuraba no pensar demasiado en ello. Le bastaba con saber que el aire presurizado ayudaba a su hermano a respirar. Prefería ignorar el resto de las funciones corporales.

—Estaré bien —dijo Colin.

Era ya el final de la tarde. Las calles estaban sumidas en sombras y una brisa fría soplaba entre los edificios. Parecía que toda la ciudad estuviera hecha únicamente de ladrillos rojos ennegrecidos y marcos de ventanas blancos, desconchados por el tiempo.

Dave se ajustó con fuerza el pesado abrigo militar alrededor del cuerpo, otro sobrante de la guerra que seguía despertando recuerdos indeseables cinco años después, aunque también proporcionaba un calor muy bienvenido.

Entró en un amplio salón oscuro y cargado de humo, que olía a cerveza y a trabajo duro.

El club pertenecía a los Hyatt, igual que el mercado negro y otros negocios relacionados.

Billy “Llave Inglesa” mantenía todo funcionando a la perfección para ellos, convenciendo a quienes no estaban del todo persuadidos de que lo mejor era aceptar los grandes planes que los Hyatt tenían para el barrio.

El murmullo de las conversaciones y el tintinear de los vasos continuaron sin alterarse mientras Dave avanzaba hacia la barra. Vio a Billy antes de llegar. Permanecía de pie al extremo de la barra, sosteniendo una pinta de cerveza amarga. Tan grande y cruel como siempre. Billy “Llave Inglesa”. Billy ya no era mecánico. Al menos, no de la clase que reparaba máquinas. Ahora utilizaba la llave inglesa sobre las personas. Se suponía que lo hacía por dinero, aunque Dave sospechaba que también obtenía placer de ello.

Ignoró el hosco saludo del camarero y se volvió hacia el antiguo matón del colegio. El mecánico. El asesino.

—Billy.

Nada más. Se detuvo a varios pasos de distancia. Billy lo examinó lentamente, de arriba abajo.

—Davey Brown —dijo—. ¿Qué te trae por aquí?

—Colin quiere verte.

—¿Ah, sí? Pues que entre. —Bebió un largo trago de cerveza—. Aunque, espera... no puede. —Golpeó el vaso contra la barra—. No tiene piernas. —Se limpió la boca con el dorso de la mano y soltó una carcajada. Nadie lo acompañó. Los dos hombres que estaban cerca de él se removieron con incomodidad—. ¿Todavía sigues aquí? —preguntó Billy al cabo de un momento.

—Colin te espera. Dice que salgas y lo enfrentes como un hombre.

—¿Ha dicho qué?

El rostro de Billy enrojeció. Nunca era una buena señal. Ya ocurría en el patio de la escuela.

—Está esperando.

Billy lo apartó de un empujón.

—Vamos.

Se dirigía a los dos hombres de la barra. Ellos lo siguieron apresuradamente. Dave fue detrás.

 

Dave había encontrado a su hermano en un abarrotado hospital de campaña. Respiraba con dificultad, pero soportaba el sufrimiento en silencio. La sábana sucia que le llegaba hasta la barbilla ocultaba las heridas, aunque la forma del cuerpo bajo ella era mucho más corta de lo que debía. El lugar apestaba a enfermedad, vómito, sudor y tierra.

Cuando Dave llegó ya era entrada la noche, pero los continuos gemidos de los pacientes, los murmullos de las enfermeras y los gritos ocasionales no disminuían por el hecho de que fuera tarde. Los ojos de Colin se abrieron apenas un instante.

—¿Dave?

Su voz era apenas un susurro entre astillas. Dave no había preparado nada que decir. Ni siquiera esperaba que Colin despertara.

—Estoy aquí, Colin. Vine en cuanto pude.

Colin asintió débilmente y volvió a cerrar los ojos. Dave permaneció largos minutos junto a la cama, completamente impotente, escuchando la respiración trabajosa de su hermano. Se acercó una enfermera cargando un montón de sábanas usadas. Tenía un rostro joven, pero unos ojos demasiado viejos.

—¿Artillería? —preguntó Dave.

Enseguida se sintió estúpido. Claro que había sido la artillería.

—Él es de los afortunados. —La enfermera sonrió con tristeza—. Si la explosión no le hubiera arrancado las piernas, habría seguido avanzando con el resto de su unidad y habría muerto por el gas mostaza. —Apretó el montón de sábanas contra el pecho—. Solo respiró una pequeña cantidad, pero ya no puede respirar como antes.

—¿Mejorará?

—¿La respiración? Tal vez. ¿Las piernas? Solo con un milagro.

—Gracias.

La enfermera se alejó.

Dave sintió que las piernas le flaqueaban y terminó sentándose en el borde de la cama de su hermano. Se imaginó a otros dos hermanos, en otro hospital, al otro lado del frente, hablando en alemán. Él no disparaba personalmente los cañones, pero formaba parte de la tripulación de una de aquellas fortalezas móviles que avanzaban aplastándolo todo a su paso y disparando contra todo lo que tenían delante. Nueve tanques Mark I modificados, unidos mediante estructuras metálicas, con cabinas blindadas, torretas y casamatas. Doscientos treinta pies de largo. Setenta y cinco de ancho. Un peso descomunal. Aquellas máquinas iban a poner fin a la guerra de una vez por todas. Eso era lo que Dave había creído. Ahora estaba contemplando las consecuencias.

—Volveré pronto —dijo. Y salió tambaleándose del hospital.

 

Billy permanecía de pie, mirando fijamente a Colin.

—¿Enfrentarte como un hombre? —se burló—. Lo único que tengo delante es medio hombre.

Se irguió con toda su estatura, los brazos pegados al cuerpo y los puños preparados para golpear, la misma postura intimidatoria que adoptaba en el patio de la escuela.

Billy el Matón.

—Espera —dijo Colin con suavidad—. Espera un momento. No te veo muy bien.

Era una frase inusualmente larga para él.

Accionó una pequeña palanca y el sidecar se inclinó hacia adelante sobre el soporte que lo unía a la motocicleta. Al elevarse la parte trasera, el asiento se reclinó hasta dejarlo casi erguido.

No era lo mismo que estar de pie sobre sus propias piernas, pero era un buen sustituto.

 

Cuando terminó la Gran Guerra, apenas dos años después de haber comenzado, Colin ya estaba de regreso en Inglaterra. Lo habían dado de alta y había vuelto a casa en una silla de ruedas.

Dave regresó poco después. Como tantos otros, fue recibido como un héroe, aunque él nunca llegó a sentirse así.

Al cabo de unos días, todos los demás parecieron olvidarlo también, y él quedó con una sensación de vacío y suciedad por dentro.

Cuando volvió a casa, Colin apenas hablaba. Permanecía sombrío, encerrado en sí mismo, respirando con dificultad y contemplando el mundo a través de la ventana. El reencuentro con Lily no había salido bien, le confesó su madre. La muchacha se había desmayado al verlo. Aunque después se recuperó, se mostró profundamente arrepentida y prometió visitarlo todos los días, nunca volvió.

—No la culpo —dijo Colin algunas semanas más tarde, cuando por fin pudo hablar del tema—. Éramos apenas unos chicos cuando me fui. No me debe nada.

—Pero las cartas...

Colin levantó una mano débilmente.

—Me ayudaron a seguir con vida. Siempre le estaré agradecido por eso. Pero no puedo condenarla a vivir junto a un inválido.

—No eres un inválido.

—¿Entonces qué soy? —replicó él, con brusquedad.

 

En el hogar, la jerarquía militar había sido sustituida por el grado de heroísmo con que la opinión pública juzgaba a cada veterano. Las tripulaciones de las Fortalezas Móviles gozaban de bastante prestigio, pero los miembros de la Flota Aérea eran, con diferencia, los más admirados. Aquellos intrépidos pilotos de chaquetas de cuero y elegantes gafas protectoras que desafiaban a la muerte mientras sus enormes dirigibles cruzaban las líneas enemigas. Solo que uno de ellos había sido Billy Elkins. Y Dave sabía perfectamente que Billy no tenía nada de héroe. Era un simple aprendiz de mecánico que había tenido la suerte de embarcar en un dirigible. Uno que no fue derribado.

Pocos meses después de regresar se casó con Lily. Al poco tiempo ella quedó embarazada. Demasiado poco tiempo, si alguien se detenía a hacer cuentas. Colin jamás culpó a Lily. A quien odiaba era a Billy.

Después Lily cayó por las escaleras y se rompió el cuello. El odio de Colin se transformó entonces en una obsesión absoluta.

 

Un año después del final de la guerra, Dave asistió a una reunión de veteranos. Ni siquiera sabía por qué había aceptado la invitación. No sentía el menor deseo de recordar lo vivido. Colin, por supuesto, no fue. Jamás salía de casa.

Era un pequeño pub alegre, situado cerca de una base de la Flota Aérea y frecuentado sobre todo por soldados que estaban de permiso. Tres o cuatro hombres del barrio de Dave seguían en el ejército y media docena más acudieron al local para beber cerveza y conversar un rato.

—Por suerte Billy Elkins no ha aparecido —comentó Dave.

—No se atrevería a dejarse ver por aquí —respondió Rob Lambert, haciendo una mueca antes de dar un largo trago a cerveza oscura.

—¿De veras?

Según la experiencia de Dave, Billy aparecía siempre donde quería y cuando quería.

—Los muchachos no se lo permitirían. —Rob señaló discretamente a los soldados y aviadores uniformados que llenaban el local. Dave esperó a que continuara—. Hay rumores. —Rob volvió a beber—. En la última misión del dirigible en el que servía Billy, dos hombres cayeron por la borda desde varios miles de pies de altura, sobre Bélgica.

—¿Billy los empujó?

No le resultó una acusación sorprendente.

—Eso dicen.

—¿Y nadie hizo nada?

—Estábamos ganando la guerra. Los tripulantes de la Flota Aérea eran héroes nacionales. Billy podía estar loco, pero era un mecánico extraordinario. Lo necesitaban para regresar a casa.

Dave permaneció mirando su vaso. Rob también era mecánico. No estaba acostumbrado a oír elogios dirigidos a Billy.

—¿Y después?

—Después nadie quiso un escándalo.

—Así que lo dejaron volver a casa —dijo lentamente Dave—. Y luego empujó a Lily por las escaleras.

Rob se atragantó con la cerveza.

—Yo creía que se había caído.

—Eso es lo que afirma Billy.

Ambos permanecieron un rato en silencio.

Al fondo del local, media docena de hombres comenzó a cantar una melancólica canción sobre un romance en tiempos de guerra.

—Me toca invitar la siguiente ronda —dijo Dave.

Rob lo acompañó para ayudar a transportar las jarras. El camarero estaba al otro extremo de la barra, pero enseguida captó la mirada de Dave. Accionó una palanca situada junto a él y la plataforma sobre la que permanecía sentado avanzó lentamente a lo largo de la barra impulsada por un pequeño motor. Pequeñas bocanadas de humo diésel se mezclaban con el humo de los cigarrillos antes de perderse en la neblina del local.

Sirvió las cervezas con sorprendente destreza, como si sus brazos compensaran la ausencia de piernas.

—Eso es justamente lo que Colin necesita —dijo Dave.

—¿Una pinta?

—No. Algo que le permita volver a desplazarse.

—Se nos han ocurrido algunas ideas —explicó Rob mientras regresaban a la mesa con cuatro jarras cada uno.

Los recibieron con un coro de «¡Salud!».

—A Colin le gustaba mucho su motocicleta, ¿verdad? —preguntó Rob.

—Muchísimo.

—Podríamos adaptar un sidecar para él, de modo que pudiera salir a pasear contigo.

—El problema es la respiración —objetó Dave—. No soportaría el viento de la carretera.

Rob sacó del bolsillo un trozo de papel y un pequeño lápiz. Comenzó a dibujar.

—Mira. Un sidecar cerrado. —Añadió unas cuantas líneas—. Le instalamos un compresor para mantener presurizada la cabina... un sistema neumático para abrir la cubierta...

—¿Y dónde meterás todo eso?

Rob lo miró como si fuera un completo idiota.

—No tiene piernas, ¿o sí?

Dave contempló el tosco dibujo.

—¿El ejército les permite hacer estas cosas?

—Tenemos más material del que sabemos qué hacer con él —respondió Rob—. Nos dejan experimentar en los talleres con la esperanza de que inventemos algo útil para el ejército. ¿Quién crees que adaptó el vehículo del camarero?

—¿Y qué más han construido?

—Eso no puedo decírtelo. —Rob lanzó una carcajada y vació media jarra de un trago—. Ahora mismo estamos trabajando en algo realmente extraordinario.

—¿Ah, sí?

—Un tanque para un solo hombre.

—¿Un tanque?

Dave recordó aquellas gigantescas Fortalezas Móviles basadas en los Mark I.

—Con patas en lugar de orugas —confesó Rob.

Dave no supo decidir si hablaba de un proyecto secreto o si simplemente la cerveza estaba empezando a hacer efecto.

—Suena impresionante —dijo.

 

—¿Qué quieres? —preguntó Billy—. Aparte de otra buena paliza.

—Quiero que tú... —Colin sufrió un largo acceso de tos seca—. Perdón. Dave, ¿puedes explicárselo?

Accionó otra palanca y la cubierta descendió hasta volver a sellarlo dentro de la cabina presurizada.

—En un minuto estará bien —dijo Dave.

—No estará tan bien cuando termine con él —replicó Billy.

—Quiere que nos devuelvas lo que nos quitaste —dijo Dave—. Por todas las veces que nos golpeaste en la escuela. Por el aviador al que arrojaste sobre Bélgica. Pero, sobre todo, por Lily.

Billy hizo un gesto de desprecio.

—¿Esa zorra?

—No hables así de ella —dijo Colin, cuya voz sonaba más firme gracias al aire presurizado del habitáculo.

—¿O qué? —Billy flexionó los brazos—. ¿Qué vas a hacer esta vez?

—Retarte a un duelo.

—¿Un duelo?

Billy estuvo a punto de atragantarse de pura incredulidad.

—Sí. Si te atreves.

—¿Si me atrevo?

Escupió al suelo y se quitó la gorra.

—Siempre me atrevo.

Entregó la gorra a uno de sus secuaces y se quitó la chaqueta.

Con un silbido hidráulico, el sidecar continuó inclinándose hasta quedar completamente vertical.

Colin observaba a través del panel tintado del techo con una sonrisa sombría dibujada en el rostro.

Los flotadores laterales se abrieron por la mitad y unos pistones empujaron las secciones inferiores hasta apoyarlas firmemente sobre el suelo.

Billy, sin dejar de mirar la transformación, tendió distraídamente la chaqueta hacia uno de sus hombres. El secuaz no logró atraparla. La dejó caer y la recogió apresuradamente antes de que Billy lo advirtiera.

La parte inferior de los flotadores se desplegó formando pies provistos de cuatro garras. Un fuerte chasquido anunció que la motocicleta acababa de separarse del sidecar.

—Ingenioso —admitió Billy.

Los sistemas hidráulicos alojados en los pontones elevaron la cabina casi un metro. Ahora Colin contemplaba desde arriba a su antiguo enemigo. Las secciones superiores de los pontones giraron sobre sus articulaciones y se desplegaron convirtiéndose en un par de brazos mecánicos desproporcionadamente largos. Los brazos se flexionaron imitando el gesto desafiante de Billy. En el extremo de cada uno, una pinza metálica se abría y cerraba con un zumbido. Billy llevó una mano a la espalda y extrajo de su cinturón una enorme llave inglesa. Con una velocidad asombrosa, uno de los brazos mecánicos de Colin se lanzó hacia adelante y arrebató la herramienta de las manos de su adversario.

—Nunca debiste hacerle daño a Lily.

Billy trató de recuperar la llave. La pinza permaneció completamente inmóvil. Por primera vez, la arrogante seguridad desapareció de su rostro. Colin retiró lentamente el brazo, obligándolo a avanzar hasta que Billy tuvo que soltar la herramienta para no caer.

—Nunca debiste hacerme daño.

Con esas palabras hizo girar la llave inglesa y la descargó con fuerza sobre el hombro de Billy.

Billy “Llave Inglesa” lanzó un grito y cayó hacia atrás. Colin dio un paso adelante.

Billy volvió a incorporarse gruñendo. Colin levantó otra vez el brazo mecánico.

Y esta vez no dejó de golpear.

—¡Colin! ¡Basta!

Dave permanecía detrás, a salvo, dando pequeños saltos para golpear con los nudillos la cubierta del habitáculo. Los brazos mecánicos quedaron inmóviles.

Los dos secuaces observaban la escena desde varios metros de distancia, paralizados por el horror. En el suelo yacía una figura encogida. Un brazo protegía su rostro ensangrentado. El otro colgaba inerte a un costado.

—Por favor... basta...

La respuesta llegó en forma de una respiración jadeante que salió por la trompeta acústica.

—No me obligues a volver.

Colin dio media vuelta y se alejó por la calle con grandes zancadas mecánicas. Dave levantó la vista de su derrotado enemigo y descubrió que decenas de personas contemplaban la escena. De pronto volvió a sentir el frío. Se sentó sobre la motocicleta, se colocó las gafas protectoras y puso el motor en marcha.

—Esto no ha terminado —escupió Billy desde el suelo.

—Sí. Ha terminado.

Dave arrancó y alcanzó a su hermano. Colin seguía avanzando con aquellas enormes y bruscas zancadas. Dave se emparejó con él.

—¿Quieres que te lleve?

—Prefiero caminar.

—No tienes energía suficiente.

Con evidente desgano, Colin se detuvo y accionó el mecanismo que invirtió toda la transformación. Dave volvió a enganchar la motocicleta al sidecar.

—¿Te sientes mejor?

—No.

—Lo hiciste por Lily.

—Lo sé.

Condujeron lentamente por la carretera, alejándose del territorio de Billy.

—Mañana —dijo Colin— llévame a la tumba de Lily.

—Lo haré.

 

Avanzaron lentamente por el sendero del cementerio hasta situarse lo bastante cerca para que Colin pudiera ver la lápida sin necesidad de bajar del sidecar. Permaneció un largo rato en silencio.

Entonces un gran automóvil negro se detuvo junto a la entrada del cementerio. Tenía un capó abombado y una parte trasera estilizada. Su motor ronroneaba con un sonido amenazador, como un tigre. Un hombre con un largo abrigo oscuro descendió del vehículo y se acercó tranquilamente. Durante unos instantes permaneció en respetuoso silencio.

—Estuvieron a punto de matar a Billy —dijo sin apartar la vista de la lápida.

—¿Y qué? —respondió Colin entre jadeos.

—Trabaja para mí.

Dave se quedó inmóvil. Durante un instante calculó si podría escapar antes de que aquel coche les cerrara la salida del cementerio.

—¿Usted es el señor Hyatt? —preguntó Colin sin mostrar la menor preocupación.

—No.

El hombre sacó una cartera. Dave respiró aliviado.

—Capitán Farrer. Cuerpo de Inteligencia del Ejército.

Les mostró una acreditación bastante gastada.

—¿Billy trabaja para usted? —preguntó lentamente Dave.

—Sí. Ignoro cuál es el problema personal que tienen con él, pero no volverán a ponerle una mano encima.

—Pero es un asesino —protestó Dave—. ¿Cómo puede trabajar para el ejército? ¿Y los aviadores a los que arrojó por la borda?

—Espías alemanes. —La respuesta llegó con absoluta naturalidad—. Su trabajo consistía precisamente en descubrirlos dentro de la Flota Aérea.

—Él mató a Lily —dijo Colin.

—No. Fue un accidente.

—¿Cómo puede estar tan seguro? —Era casi un grito.

—Porque lo sé.

El capitán sostuvo la mirada de Colin hasta que este terminó bajando los ojos.

—Billy se ha infiltrado en la organización de los Hyatt para ayudarnos a desmantelar el mercado negro. Espero que no hayan arruinado demasiado su credibilidad. —Hizo una breve pausa—. Manténganse alejados de él.

—¿Y por qué deberíamos obedecerle? —preguntó Dave—. ¿Por qué nos está contando todo esto?

—Porque esa motocicleta y ese sidecar me pertenecen.

—¿Cómo?

Colin apenas pudo contener un jadeo.

—¿De verdad creen que permitimos a nuestros mecánicos fabricar cosas como esa para regalarlas?

Dave intentó recordar exactamente cómo se lo había explicado Rob en el pub.

El recuerdo era bastante confuso.

—Queríamos poner el equipo a prueba. —El capitán sonrió apenas—. Billy dice que funciona extraordinariamente bien.

—Supongo que ahora querrá recuperarlo —dijo Dave con amargura.

—Al contrario. Quiero que ustedes también trabajen para mí.

Dave miró a su hermano. Observó cómo la ira iba dejando paso a una renovada expresión de interés.

—¿Haciendo qué? —preguntó Colin.

—Ya se lo diré.

—¿Y si nos negamos? —preguntó Dave, aunque, viendo el brillo de determinación que acababa de regresar al rostro de Colin, comprendió que jamás se negarían.

—Entonces pueden devolverme la motocicleta mañana. —El capitán se dio media vuelta para marcharse. Se detuvo un instante—. Suponiendo que no me la devuelvan mañana... ya me pondré en contacto con ustedes.

Regresó a su automóvil, que desapareció poco después carretera abajo envuelto en una nube de humo negro.

—¿Quieres devolvérsela? —preguntó Dave.

Colin flexionó lentamente sus nuevos brazos mecánicos.

—Creo que no.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

CIUDADES SIN ALMA

Myriam Goluboff

 

Somos miles, somos millones, pero estamos solos. Somos un hormiguero pero no sabemos coordinar una acción común como hacen las hormigas. Cada uno hace lo que cree que le conviene, a costa del grupo, contra las necesidades del grupo, a costa también de sí mismo, contra sus necesidades más profundas.

Me asomo a la ventana. Busco con la mirada algún niño. Espero. Pasan las horas…

Ciudades de las que desaparecieron los niños. Falta que convivan con la gente que puebla las calles, la que pueda estar caminando, sentada en el banco de una plaza, atendiendo su local. Les hemos robado el conocimiento del mundo que los rodea, complejo y rico.

—¡No puedes salir a la calle!

Mandato habitual. La pescadilla que se muerde la cola. Como si en la selva quedaran en sus chozas para evitar las serpientes y su mordedura venenosa. Incapaces de reconocer, de discernir, de saber en quien confiar.

—Quédate tranquila, mira la tele.

Pasividad. Desarrollamos el silencio. Silencio en el pensar. Silencio en el comunicar. Silencio de la capacidad de crear.

—Hay que hacer las tareas. ¡Que no los escuche conversar!

Oyen a sus maestros que les explican desde el encerado, autoritarios. Deben trabajar sin hablar. Deben escuchar y retener. Más… y más… y más…

—¡He dicho que no hablen! Si siguen molestando se quedarán sin recreo.

Al hablar aprenden a usar la palabra, enriquecer el lenguaje. Así surgirán las ideas y podrán alimentar la capacidad de enfrentar problemas complejos, de trabajar en equipo, de desarrollar un diálogo creativo.

—Resolví el problema: Encontré guardería para la niña. La dejo allí mientras estoy en la oficina.

—¿Y tu abuela? ¿Queda sola?

—En un centro de día. Edificios especializados, personal especializado, actividades especializadas. Nos cortamos en rebanadas homogéneas. No hay interrelación entre las distintas edades. Los ancianos podrían contar cuentos a los niños, hablarles de su vida de pequeños, en el campo, de los tiempos duros de la guerra… participar en los juegos con ellos. Los niños podrían alegrar con sus voces y sus abrazos a quienes aún tienen mucho para dar y mucho para recibir. Para ello sólo hace falta aceptar la riqueza de la diversidad. Organizar el equipamiento para articular el desarrollo de la vida de todos en armonía.

—Pasaremos la tarde en el centro comercial.

—Sííííííí ¡qué guay!

El ocio unido al consumo. Locales comerciales, bares… Se sienten seguros sin coches alrededor. Salen de la casa, llegan directamente al enorme aparcamiento y se sumergen en ese espacio que crea apetencias compulsivas. Seguimos sin vivir la ciudad.

—Tres cervezas, un gin-tonic y dos refrescos.

En la mente del pequeño, de la pequeña, se dibuja esta pregunta: ¿Cuándo seré mayor para poder beber como ellos?

—Nos vemos a la una. Me costó conseguir el permiso, pero lo logré. Ayer cumplí los catorce. ¡Por fin!

Ansiado botellón. El alcohol los hace sentirse hombres, las hace sentirse mujeres. Beben porque es lo que corresponde, porque es lo que siempre vieron y desearon.

Forma de convertir en individual el estar juntos. Cada uno se acompaña con su borrachera. Aumenta la incapacidad de comunicación. La necesaria para comprender, para construir, para desarrollar objetivos comunes. Para poder amar…

Desde el sillón, mirando el partido.

—¿Es que hoy no hay comida? ¡Estoy hambriento!

¡Yo soy el que trabaja en esta casa!

Agotamiento, sobrepresión. Repetición de palabras escuchadas en la infancia. Vuelca la rabia en la familia, sobre la mujer, sobre los hijos…Violencia. Más violencia. Hasta la violencia que hiere, hasta la violencia que mata…

Claridad. Convicción. Voluntad. Acción. Y…

¿Podremos tener ciudades de las que uno nunca quisiera escapar? ¿Podremos tener una forma de trabajo que permita que nadie sea esclavo? ¿Podremos tener una vida que desarrolle la creatividad, que permita un convivir armónico?

Myriam Goluboff, nacida en Buenos Aires en 1935, es arquitecta por la Universidad de Buenos Aires. Vive en La Coruña, España, desde 1975. Es profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

 

sábado, 1 de agosto de 2026

PASE EN PROFUNDIDAD

Daniel Frini

 

Mirá, me acuerdo como si fuera ayer. El Defe venía bien ese año. Estábamos para pelear el campeonato. Era, ya te digo… el año once, ¡no!, el doce del imperio de Tiberio César. El procurador de Judea era Poncio Pilato y Herodes era tetrarca de Galilea.

Lindo torneo, el de ese año.

Te puedo, aún hoy, decir de memoria la formación del Defe: con el uno Tomás Dídimo; en la línea de cuatro: Andrés Barioná, Mateo, Santiago el Menor y Simón de Caná; en el mediocampo, los hermanos Santiago y Juan Zebedeo y Bartolomé; y adelante Judas Tadeo, el flaco Jesús y Judas Iscariote. En el banco, estaba Felipe de Betsaida; y el DT era Simón “el Piedra” Barioná ¡Mirá los nombres que te digo!

Aquella tarde no me la olvido más. En ese entonces, la Copa de Judea se disputaba por zonas, y clasificaba a ocho equipos para la segunda ronda. Era un partido por cuartos. El Defe nunca había llegado tan lejos. Si había empate, alargue y penales. Nos tocó jugar contra los filisteos, que también estaban bastante afilados. Todos sospechamos que la mano venía pesada, cuando vimos quién nos tocó como referí: el Colegio de Árbitros del Sanedrín había designado a Caifás, que desde siempre nos tuvo entre ojos.

Nosotros éramos locales, pero como no teníamos cancha propia, el partido se jugó en el campito que está detrás del huerto de Getsemaní; y estaba claro que para los dos era como una final: Defensores de Galilea versus el Olímpico de Filistea.

El partido se jugó el primer día de la semana, después del sabbath; y lo empezamos, más o menos, a la hora nona.

El Piedra había propuesto un esquema bastante defensivo, con línea de cuatro, hasta ver cómo se plantaban los otros, que se nos vinieron encima de entrada. Fue un partido duro, trabado. Me acuerdo que ellos lo tenían a Ilubidi, que jugaba de siete y a un nueve de área, gigante, que se llamaba Goliat, que cabeceaba bárbaro; pero que Mateo, el zaguero derecho nuestro, dominó bastante bien todo el partido, sin mezquinarle pierna. El flaco Jesús le decía a cada rato «Pará un poco, che, que lo vas a lastimar», pero si no hacía así, el grandote se le iba siempre. Una sola vez lo perdió, y fue para que ellos abrieran el marcador.

Decí que nosotros lo teníamos al Flaco. ¡Qué jugador, mamita! Era un diez clásico, un volante ofensivo de aquellos, pero que bien podía jugar de enganche; e, inclusive, bajaba seguido a dar una mano, como un cinco, de tapón ¿viste? Un capo. Te ponía la pelota en el lugar y a la altura que vos le pidieras ¿A la entrada del área chica, en el otro palo del arquero y en el pecho? Ahí te dejaba el balón, aunque él estuviese en el lateral cambiado y al medio de la cancha. Le pegaba bien con las dos, y no era para nada comilón. Hacía muy buena yunta con Judas Iscariote, que era chiquito y rápido, y jugaba de insider.

Además –y esto hay que destacarlo– era un señor con mayúsculas. Nunca un pie de más, nunca un insulto. Él fue el que hizo anular el gol que le marcó a los moabitas ¿te acordás?, porque vio que el rengo Bartolomé estaba adelantado. Un caballero. Respetuoso del juego y de los rivales. Y mirá que le pegaban ¿eh?; pero él nunca, siquiera, un gruñido, nunca teatro, nunca quedarse tirado. En toda su vida le mostraron una sola amarilla, y fue por sacarse la camiseta para festejar un gol. Un abanderado del juego limpio.

Y aunque en ese partido le dieron para que tenga y guarde, se las ingenió para dibujar jugadas por todos lados. A Judas le debe haber puesto no menos de cinco pelotas de gol, claritas, claritas; de esas que solo tenés que empujar. Yo creo que ahí empecé a sospechar. Porque vos podés perder una, dos pelotas; pero ¡cinco! Le pifiaba, le pegaba a la tierra. Un tipo que era capaz de gambetear a diez y al arquero o hacer una emboquillad desde la media luna, no podía hacer esas cosas. Creo que varios olfateamos algo raro. A mí no me lo saca nadie de la cabeza.

Menos mal que a quince del final lo bajaron al Flaco en la entrada del área. Tiro libre y Simón de Caná que le pegó como nunca en su vida, ni antes, ni después. Uno a uno y al alargue, que fue durísimo, pero sin goles.

En los penales, el arquero nuestro, Judas Tadeo, estuvo enorme y tapó el primero y el tercero, pero el portero de ellos detuvo el segundo y el cuarto. El ocho de los filisteos, Abimelec, pateó el último de la serie de cinco y convirtió. Estaban arriba los otros por tres a dos. Le quedó la pelota a Judas Iscariote. Si lo hacía, forzaba a continuar los tiros; si no, perdíamos. Y ese fue el colmo: pateó una pelota mansita, a las manos del arquero. Nadie lo podía creer. ¡El muy turro regaló el partido! Hay quien dijo que le pagaron con unas cuantas monedas de plata. La cosa fue que el Defe nunca más volvió a llegar tan lejos

El campeonato lo ganaron los romanos, en una final contra los saduceos. Ni siquiera el Flaco pudo aspirar al el premio fair-play. Ese año se lo dieron a un tal Barrabás, que jugaba para los zelotes.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

DEVOLUCIÓN

Massimo Citi

 

No era, desde luego, la primera vez; al contrario. Era un verdadero rito, o algo semejante. Ocurría los jueves por la noche, hacia las veinte horas.

Se sabe cómo funcionan estas cosas: las compras del hogar tienden a concentrarse en un día específico de la semana y, salvo alguna necesidad particular o algún artículo que rompe la rutina al agotarse el martes o el miércoles, el noventa por ciento de lo que llega a faltar en un refrigerador promedio puede reponerse en una sola excursión. Era uno de los secretos de la vida doméstica que, casado desde hacía poco menos de un lustro, había aprendido con la práctica.

No me molestaba y me había acostumbrado a encargarme de todo yo solo: estacionar, hacer las compras a toda prisa con una lista preconcebida e infringir ligeramente la rigidez del mandato adquiriendo un par de productos fuera de la lista. Ambos trabajábamos y la vivienda era un regalo de mis acaudalados suegros; por lo tanto, no teníamos inconvenientes en permitirnos ciertos desvíos del presupuesto destinado a la gestión del hogar. En realidad, casi nunca representaba un gasto gravoso. Al no tener hijos y haber pospuesto bastante el momento «adecuado» para tenerlos, bastaba con reunir lo necesario –por lo general productos precocinados y listos en cinco minutos– para una pareja que, de todos modos, salía a cenar fuera al menos una o dos veces por semana.

Justo esa noche debía haber algo especial. Quizá la presentación de un comediante de moda o, más probablemente, el estreno de alguna película muy esperada. O tal vez la coincidencia de dos eventos imperdibles. El resultado era que incluso el estacionamiento subterráneo reservado para el supermercado estaba completamente lleno. Tras un breve recorrido, bajé al segundo nivel subterráneo. No me agradaba conducir en aquel laberinto de columnas, flechas, letreros y rampas demasiado estrechas. Tenía temor de rozar algún escalón o murete que se escapara del campo del espejo retrovisor, sin contar la posibilidad de que el pie resbalara del embrague justo durante una curva en bajada. No me gustaban las luces de sodio del estacionamiento subterráneo, que creaban sombras anaranjadas cruzadas, superpuestas y huidizas que confundían el perfil de las aceras y alteraban la percepción de la profundidad.

En el segundo nivel subterráneo la situación no era mejor. Había vehículos por todas partes, ordenadamente alineados en una larga fila sin interrupción. No había lugares libres, ni siquiera lejos de los ascensores. Deambulé un rato y terminé recorriendo los pasillos en sentido contrario al indicado por las flechas –amarillas, por supuesto– pintadas en el suelo. El hecho de que hubiera muy poco movimiento y ningún carrito rondando confirmaba mi hipótesis de que quienes llenaban el estacionamiento del supermercado eran, en primer lugar, los rezagados de aquellos hipotéticos eventos, derivados allí desde otros estacionamientos completos.

Comencé a preguntarme si me había equivocado de estacionamiento. Me detuve en medio del pasillo principal para verificar. El símbolo del supermercado, un rombo verde que inscribía las siglas de la cadena en letras amablemente redondeadas, estaba fijado muy alto sobre mi cabeza, confirmando que me encontraba en el lugar correcto. Pronuncié una grosería en voz alta con la ventanilla abierta: a mi alrededor no se veía un alma. ¿Qué debía hacer?

Tuve la tentación de desistir. La noche siguiente habría menos multitud. Pero la noche siguiente sería viernes. Nos reuniríamos con Gilda y Miki, como sucedía a menudo los viernes, o de todos modos tendríamos algún compromiso previo al fin de semana. Imposible. Y el sábado… ni hablar. Las compras del sábado son para la gente común.

Podía abandonar el vehículo en algún rincón muerto. Ya lo había visto hacer. No era especialmente peligroso. Mi compra solía ser rápida; se trataría de una media hora, no más. Sí… claro… ¿pero y si un camión de reparto…?

Automáticamente miré a mi alrededor. Había un par de camiones. Seguramente elegirían marcharse en el instante preciso en que yo abandonara el vehículo para subir al ascensor. Y comenzarían a hacer sonar la bocina con la obstinación característica de los conductores de camiones, atrayendo la atención de los vigilantes. Tal vez me irían a buscar, o tal vez… La idea de tener que ir al depósito de vehículos incautados al otro extremo de la ciudad, con las bolsas a cuestas para recuperar el automóvil embargado, me pareció simplemente escalofriante.

Nunca me había percatado, pero el estacionamiento continuaba. Existía un tercer nivel subterráneo. Las flechas mostraban un claro «–3» verde. Volví a encender el motor y bajé aún más.

Si tuviera que jurar haber visto realmente aquel «–3», sobre todo en mis condiciones actuales, no podría hacerlo. Es posible que me haya equivocado o tal vez ilusionado. Desde luego, llegado a este punto debo pensar que se trató de una alucinación. No puedo creer verdaderamente que alguien… O tal vez el tercer nivel subterráneo existe en verdad, al igual que el cuarto y… solo que se trata de algo normal, ordinario. Luces de sodio, olor a gasolina y a gases de escape, humedad y silencio.

Nada, ni un rincón libre. Golpee el volante con enfado, repitiendo la misma maldición pronunciada no más de cinco minutos atrás. ¿Pero era posible? ¿Era razonable? Las luces en esta parte del estacionamiento eran distintas. Tubos de neón manchados por los gases de escape y encerrados en rejillas metálicas grises como telarañas. Tenían un aspecto viejo, casi decrépito. Ningún foco encendido bajo los letreros que repetían el logotipo del supermercado. En su lugar, manchas en el suelo y en las paredes, el lejano sonido de gotas y rincones profundamente sumergidos en la sombra. Un lugar nada agradable. «Limpieza y modernidad» debía ser o haber sido el lema de aquel supermercado o tal vez de otros, no lo recuerdo. «Fresh & Clean», como cantaba Tom Waits. Bueno, me hallaba en el extremo opuesto del espectro, sumergido en el olor tenue pero nauseabundo de neumático quemado y diésel.

Recorrí el primer pasillo. Pacientemente al principio; luego, cada vez más incrédulo. La fila de vehículos ordenadamente estacionados no parecía tener fin: una interminable extensión de carrocerías vueltas uniformemente grises por la luz incierta y débil. Aceleré. El suelo del subterráneo había cambiado. El hormigón había dado paso a un pavimento resquebrajado y deteriorado. Charcos, grietas, fragmentos de baldosas color sangre de buey: los sentía bajo las ruedas, pero no me atrevía a detenerme.

El tercer nivel estaba desierto, en apariencia. ¿A quién pertenecían todos esos automóviles grises abandonados a oxidarse bajo una luz blanquecina? No sacaba ninguna conclusión ni formulaba hipótesis. Había resbalado en lo absurdo y me desplazaba por aquel mundo mecánico y crepuscular aferrado al volante de mi vehículo, el único aún vivo en un amenazante y grotesco cementerio de automóviles olvidados, a la espera de una señal del retorno a la realidad.

Avanzaba ya a una velocidad bastante elevada, marcada por la frecuencia con la que el reflejo de los tubos de neón se encendía en mi parabrisas. Si alguien hubiese aparecido de pronto entre un vehículo y otro, no habría logrado frenar ni esquivarlo. Pero no ocurriría: ese nivel no formaba parte –aunque fuese solo provisionalmente– de nuestro mundo. Con el rabillo del ojo seguía el movimiento invariable de las columnas y de los automóviles a mi alrededor. Una hipótesis, aún más absurda que las que se habían formado en mi mente desde que me hallaba en aquel lugar, había comenzado a acompañarme y, aunque me aterrorizaba, también me sentía atraído y fascinado por ella. Quizá mi trayecto no era realmente rectilíneo como me parecía. Tal vez estaba recorriendo una curva tan amplia que resultaba imperceptible, un arco infinito que me conduciría a otro lugar y a otro tiempo.

Me invadió una excitación delirante, una sensación de poder y seguridad que me llevó a olvidar que me encontraba a bordo de un vehículo impulsado por una cantidad finita de energía y combustible, y que, aun si mi recorrido potencial hubiese sido infinito, no lo era yo ni lo era mi automóvil. Con la mente nublada, probablemente hipnotizada por el ritmo regular de las luces, los automóviles y las columnas, me erguí para sentarme mejor, lancé una mirada de desafío a la oscuridad inerte que se congregaba más allá de la última fila de tubos de neón encendidos y aceleré aún más. Por primera vez intenté comprender de verdad la naturaleza de aquel lugar y descifrar qué tipo de vehículos se hallaban reunidos en aquel absurdo e imposible santuario del automóvil.

Las columnas de sección cuadrada eran las mismas que formaban la estructura de la titánica fábrica de los años treinta donde se habían instalado un supermercado, una larga hilera de tiendas, varios cines, un fragmento de universidad, exposiciones, muestras, ferias y muchas otras cosas. Sin embargo, no eran pocas las áreas todavía cerradas e inaccesibles. Por ejemplo, aún no era posible acceder a la segunda rampa en espiral que conducía desde la planta baja hasta la pista situada en la azotea. La había visto de pasada una mañana mientras deambulaba aburrido a la espera de que Luisa terminara sus compras en compañía de una amiga. La segunda rampa estaba justo detrás de una puerta cortafuegos pintada de rojo, que alguien había dejado descuidadamente abierta.

Columnas, suelo y paredes no habían sido repintados, y la rampa, simétrica a la iluminada que descendía en medio del centro comercial, tenía un aspecto mugriento y descuidado, y se hallaba parcialmente sumergida en la oscuridad. Permanecí unos segundos observándola mientras por mi mente pasaban pensamientos extraños, probablemente tan absurdos como el lugar en el que me encontraba. En este momento no recuerdo ninguno, solo permanece la sensación de una vida mineral, paciente y olvidada, que resistía al paso del tiempo. Lo que sí recuerdo es que me alejé de la puerta roja con una sutil sensación de culpabilidad, como si me hubiese atrevido a espiar algo que ya no estaba hecho para ser visto por ojos humanos. Algo familiar, pero que con el correr de los años había desarrollado una naturaleza profunda e inasible. Algo que se había vuelto incognoscible a pesar de poder ser investigado sin dificultad.

Los vehículos. Modelos familiares, automóviles que hasta unos treinta años atrás habían circulado por nuestras calles. Automóviles con un nombre sencillo y concreto. Un número de tres cifras o de cuatro. Los reconocí, pero no experimenté la sensación de tenue nostalgia, un poco insulsa, asociada a los evocaciones demasiado fáciles. Esos vehículos –sombríos, rayados, incrustados de mugre– no eran los medios de transporte domesticados y bien conservados de algún coleccionista. De ellos emanaba una sensación de frío, de impasible y lívida soledad casi palpables. Me esforcé por mirar más allá de las primeras filas, por reconocer otros modelos. Tuve que forzar la vista, incluso reducir la velocidad mientras sentía que el corazón se me daba un vuelco. Si hasta ese momento habría podido creer que de algún modo había terminado en un depósito de automóviles viejos absurdamente olvidado en lo profundo del subsuelo de la ciudad, las formas y perfiles de los vehículos más lejanos a los pasillos del subterráneo me convencieron definitivamente de haber terminado en Otro Lugar, un otro lugar del cual probablemente no lograría regresar jamás.

El diseño de un automóvil responde a pocas normas, fácilmente definibles. Una lógica «interna» debida a la existencia de un motor, un árbol de transmisión, cuatro ruedas, un habitáculo y un maletero. Una lógica «externa» debida a la necesidad de atravesar el aire sin comprometer la estabilidad ni consumir demasiado combustible.

Aquellos automóviles, alineados detrás de los modelos más familiares, parecían escapar en parte o por completo a esas pocas normas. Habitáculos inexistentes o salientes de las formas más grotescas; motores absurdamente complicados que sobresalían de los capós como vísceras expulsadas del vientre, incrustados de grasa negra y polvo; automóviles sin ventanillas ni parabrisas, ciegos como larvas disecadas; vehículos asimétricos, torcidos y absurdos, con la variedad de ruedas más increíble que jamás hubiera visto. Monstruos, pesadillas, caprichos de una Madre Naturaleza mecánica que nadie podría haber montado, ensamblado o pintado. Un museo infinito de posibilidades mecánicas nunca imaginadas y tampoco nacidas, una galería de horrores que no habían logrado materializarse en la mesa de dibujo de ningún ingeniero, pero que estaban presentes en el juego: sombras sin cuya existencia posible, sumergida y oscura, nuestro mundo –el mundo «normal», cotidiano, hecho a nuestra imagen– nunca habría podido existir.

Volví a acelerar y finalmente comencé a buscar alguna señal del mundo del que provenía. Una posible salida, un pasaje. Si había sido posible alcanzar aquel inframundo de oportunidades perdidas, debía ser igualmente posible dar con el número que me devolvería al universo de las posibilidades ocurridas. Al menos, eso es lo que me ilusiona creer. Pero no. Otras rampas descendían hacia ulteriores grados de improbabilidad. Hacia un nivel 4, 5, tal vez hasta el infinito. De esos pasajes surgían de pronto luces que se deslizaban sobre las columnas y los techos; probablemente faros descontrolados de vehículos cada vez más alejados de las normas que sostienen nuestro universo. En el aire, frío y seco, el único ruido era el latido del motor de mi automóvil... que me era devuelto multiplicado y amplificado por las paredes y los vehículos inmóviles.

No sabría decir cuánta distancia he recorrido en busca de un pasaje hacia nuestro mundo. El cuentakilómetros inexplicablemente se ha detenido. Llevo horas y horas conduciendo sin parar, sin reducir jamás la marcha ni detenerme. Siento pavor de lo que podría ocurrir si el motor se apaga o si me viese obligado a salir del habitáculo de mi automóvil.

Apenas por encima de mí –a solo unos metros– el mundo de luces, plástico, olor a patatas fritas, palomitas de maíz y café que nos resulta familiar continúa su danza, ciegamente ignorante de los miles de millones de pasados posibles que ha dejado tras de sí.

Conduzco, continúo conduciendo mientras escudriño la penumbra en busca de un letrero con la leyenda «–2». Aún no estoy demasiado cansado; todavía puedo albergar esperanzas.

Si me veo obligado a detenerme…

Mientras sea un pasajero de este mundo, mientras me mantenga en movimiento, encerrado en mi burbuja de realidad, seré solo un incidente insignificante y perfectamente reversible, un caso entre miles de millones. Pero debo continuar; no puedo parar. Este mundo no debe percatarse de mi existencia. No podré detenerme. No puedo detenerme.

Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.

 

 

EL RONQUIDO

Armenuhi Sisyan

 

El ronquido comenzaba desde las profundidades, luego aumentaba constantemente y después estallaba de un modo terrible. Lo repetía con sorprendente exactitud, sin cambio de tono ni de ritmo. Parecía que algo afinaba su ritmo con un metrónomo. Era una imperfección perfecta, una cacofonía armónica. ¡Ay del oído que se despertaba! Y el oído lo estaba, aunque ansiaba dormirse. Ansiaba retractarse de su educación musical, de su tímpano, de sus importantísimos huesecillos que recibían las ondas sonoras y que estaban en el oído interno. Sí, ¡era como estar sordo! Porque el ronquido era más que una descarga de fusil, que el trueno de las nubes tempestuosas, que el golpeteo simultáneo de innumerables cascos.

El oído era mujer y sabía resistir. Y resistiría y resistiría heroicamente. Pero el ronquido ya no era soportable. Oh, Dios, era imposible soportar las subidas y bajadas de aquellos sonidos ignorantes. Primero se oía un silbido sordo, luego una cuerda mal tocada, después venía una caída desordenada e irregular de notas desconocidas. Y cuando el ronquido alcanzaba su agitación musical, parecía que el oído se volvía loco. Entonces el ronquido se repetiría una y otra vez, y arrastraría lo infinito de la noche a través de su elasticidad hinchada, y la noche se resolvería en lo infinito del ronquido, convirtiéndose en una pesadilla desordenada.

Primero, la mujer intentó moverlo, pero ¡ay! El ronquido era más poderoso que su intento. Entonces volvió a intentarlo, un poco más fuerte. El ronquido se convirtió en un gruñido de disgusto y volvió a su lecho. Esta vez la mujer simplemente lo empujó. Por fin se hizo el silencio. ¡Oh, el silencio es el sonido más hermoso de todo el mundo! ¡Qué perfección! La mujer apoyó apasionadamente la cabeza en su hombro, lo abrazó agradecida y cerró los ojos. Unos segundos prolongados y allí estaba de nuevo. Entonces la pausa fue sólo una preparación para una nueva variación mejorada. Esta vez el ronquido se convirtió para ella en un hombre de verdad; un hombre duro, severo y rígido. Ahora el ronquido era jactancia y amenaza; ahora era indiferencia e incomprensión. Y la rebelión femenina se convirtió en una sincera autodefensa, y ella empezó a sacudirle el hombro, la espalda. Él retrocedió un momento, escuchó las quejas de la mujer, y luego, indiferente, se volvió hacia su otro lado, estallando de nuevo con su gruñido. Ahora la mujer se rebelaba abiertamente, sacudiéndole el hombro, tirando y empujando de su brazo. Se calmaba durante un rato, pero al momento siguiente todo volvía a empezar. El ronquido disfrutaba de su cómodo lecho, y ahora salían de su garganta algunos bufidos bestiales y otros sonidos inhumanos y autocomplacientes. El ronquido seguía y seguía, serruchándole el cerebro con su sorda reproducción. La mujer sensible se desesperó. Sus nervios se sobrecargaron; sus sentimientos se agudizaron aún más. Y toda su vida pasada se desplegaba en el escenario nocturno, se hacía clara a la luz de la noche. Todo había sido exactamente como era ahora. El hombre nunca la había comprendido, y no era capaz de meterse en la piel de otra persona, y siempre había estado dentro de los límites de su ronquido que era siempre auto-encantado e inmutable. Siempre confinado a su mundo, jamás había visto nada fuera de él, ni siquiera había intentado ir más allá. Sus esfuerzos siempre habían sido en vano, y ahora solo le quedaba la amargura de interponerse en su camino, una amargura que se intensificaría con el paso de los años.

El ronquido proclamaba la convencida rectitud del hombre. Ahora era una descarga constante, indiferente a todo, una victoria de la limitación. A la mujer le parecía que había claudicado ante la fuerza del hombre, que siempre había estado sola con su dolor, y que el hombre siempre había dormido en el reino de su descanso, apoderándose de la parte del descanso que le pertenecía. Y la mujer insomne ​​odiaba la noche; odiaba al hombre llenándole los oídos con su ronquido; odiaba su propia paciencia servil y se puso algodón en los oídos. Los oídos no continuarían soportando el ronquido, el oído era una mujer.

Armenuhi Sisyan nació en Armenia. Es escritora, poeta y profesora de Lengua Armenia en la Universidad Médica Estatal de Yerevan. Autora y coautora de varios manuales de capacitación para estudiantes. Ha publicado ocho libros. Sus obras están traducidas al inglés, japonés, francés, italiano, chino, polaco, ruso, alemán, persa y albanés. Es Miembro de la Unión de Escritores de Armenia desde 2007, de la Junta de la Asociación Internacional de Escritores Pjeter Bogdani en Bruselas (IWA), de la Japan Universal Poets Association, (JUNPA), en Kyoto. Narraciones y poemas suyos aparecen con frecuencia en las principales revistas literarias armenias y del extranjero. Entre sus libros publicados pueden mencionarse: Un puñado de luz (2006, novelas cortas y poemas en prosa; Harahos (2007, cuentos); ¡Oye, Noé! (2012, cuentos); De vuelta al cielo (2016, novela).

 

OPORTO RANCIO