Iván Molina Jiménez
A la una de la madrugada, el coyote regresó. Éramos nueve personas,
seis varones y tres mujeres, todos adultos. Después de casi cinco horas de
espera, en medio de la selva y bajo una pertinaz llovizna, estábamos cansados e
impacientes. De lo profundo de la noche, venían diferentes ruidos: el viento
que silbaba entre los árboles, aleteos de pájaros o murciélagos, graznidos
esporádicos y, sobre todo, el incesante discurrir del río, fiel a su perpetuo
mandato de derramarse, sin tregua, en el Caribe.
—Vamonós.
Recogimos los maletines y, tras una caminata de unos
quince minutos, llegamos a la orilla. Nos esperaba una endeble piragua. La
abordamos vacilantemente. Algunos se persignaron cuando el patrón, un joven al
que le calculé poco más de veinte años, encendió el motor. Pese a varios
bandazos inesperados, atravesamos el río San Juan sin accidentes. Bajamos de
prisa y, ya en tierra, el coyote nos dividió, de acuerdo con los arreglos
previos, en tres grupos. Sin que mediara despedida alguna, partimos en
direcciones diferentes. El aire nocturno de Nicaragua parecía recibirnos con
entusiasmo y alegría.
Entre aplausos y abucheos, el Primer Ministro nicaragüense, Manolo
Cardenal, ingresó al Congreso. Sabía que tenía alrededor de un tercio de los
votos de su propio partido (el Liberal Democrático), todos los de la
Unificación Conservadora, pero muy pocos del Sandinismo Constitucional. Si el
proyecto de ley migratoria no era aprobado esa tarde, al día siguiente debería
convocar a nuevas elecciones generales y despedirse, para siempre, de su
carrera política.
—Señoras y señores diputados. La situación es
extremadamente grave. Según la investigación del Instituto de Estadística, dada
a conocer la semana pasada, hay en Nicaragua unos 600.000 costarricenses en
condición ilegal.
—¡Esa cifra está inflada!
—Puede ser, diputada Tijerino, pero incluso un cálculo
moderado indica que el número no baja de unas 350.000 personas.
—Sinceramente, no sé qué es lo que le preocupa al Primer
Ministro. El estudio que cita también demuestra que los ticos que inmigran a
Nicaragua están jubilados, tienen títulos universitarios y gozan de altos
niveles de ingreso en Costa Rica.
—El pensamiento del legislador Lacayo evidencia que
tenía razón el sublime Darío cuando afirmaba —Cardenal sonrió irónicamente— que
“el sol del Trópico calcina”…
De inmediato, varios parlamentarios debieron intervenir
para evitar que, tras fuertes descargas de insultos, la confrontación entre
esos dos formidables contendientes terminara a golpes. La presidenta del
Congreso, entretanto, emplazaba a las damas y los caballeros presentes para que
respetaran la dignidad de sus investiduras.
—No hay duda —expresó el venerable diputado Alejandro
Cuadra— que la inquietud del Primer Ministro es tan legítima como el
cuestionamiento de mi informado colega Lacayo. La inmigración ilegal de ticos
es una bendición para Nicaragua porque aporta la mano de obra especializada que
la economía del país necesita con urgencia; pero, a la vez, desplaza a miles de
compatriotas, que se ven condenados al desempleo, ya que son incapaces de
competir con trabajadores mucho mejor preparados y dispuestos a laborar casi de
gratis.
—Don Alejandro —Hamlet Jerez, jefe de la fracción
conservadora, se puso de pie—, con todo respeto me permito agregar a sus sabias
palabras lo siguiente: hay una proporción cada vez más alta de inmigrantes
ticos que, en vez de cobrar, pagan por que les den trabajo.
—¿Tan grave es la situación ya?
—El compañero Jerez, diputada Chamorro, no exagera —la
representante Zelaya, una disidente sandinista, se levantó de su asiento—. En
un recorrido que efectué por la laguna de Tiscapa, a lo largo de la autopista
que une a León con Chinandega y en el tren entre Granada y Managua, constaté
que todos los vendedores de aguas, comidas y frutas son ticos. Los patentados
nicaragüenses les cobran elevados alquileres semanales por permitir que los
sustituyan.
—Pero una los mira y los escucha y no parecen…
—Eso se explica, compañera Chamorro —el Primer Ministro,
recuperada la compostura, volvió a intervenir en el debate—, por algo muy
simple: antes de ingresar a territorio nacional, los ticos van a escuelas
ubicadas en Guanacaste, donde adquieren bronceados permanentes, estudian los
conceptos básicos del pasado y la cultura de Nicaragua, practican cómo llevar
diversos tipos de carga sobre la cabeza y aprenden a imitar nuestro acento a la
perfección. Hay compatriotas sin escrúpulos, sobre todo de Rivas y Masaya, que
laboran en esos establecimientos, los cuales funcionan, además, como bases
operativas de los coyotes y mercados de identificaciones falsas.
—Disculpe que lo interrumpa, señor Ministro…
—Con todo gusto, don Alejandro; sírvase, por favor.
—¿Ya el gobierno tico contestó la última protesta
presentada por el canciller Urcuyo acerca de esos campos clandestinos de
entrenamiento?
—Se lavaron las manos, como siempre. Según la
vicepresidenta Facio, que tiene por recargo la cartera de Relaciones
Exteriores, todo costarricense es libre de matricularse en la institución
educativa que desee, puede desplazarse sin limitaciones por dondequiera y, si
en el curso de sus andanzas, ingresa ilegalmente a un país vecino, eso no le
concierne al gobierno de Costa Rica.
Palabras de indignación colmaron, de manera unánime, la
sala de sesiones; de entre todas las voces, pronto se destacó la de la diputada
Pastora:
—Coincido con don Alejandro en que el asunto es
complejo, en especial porque, aparte de su dimensión económica, tiene un
importantísimo trasfondo cultural que suele dejarse de lado. Desde hace unos
diez años, a medida que se intensificó la inmigración, se han generalizado
términos desagradables como “mae”, se ha popularizado el fútbol y, de acuerdo
con lo que me informan, hay algunos lugares, especialmente en Estelí y Nueva
Segovia, donde ya se celebra el 11 de abril y se rinde homenaje a Juan
Santamaría, con total olvido de los próceres Emmanuel Mongalo, José Dolores
Estrada y Andrés Castro.
—Felicito a la compañera Pastora por llamar la atención
sobre este polémico y decisivo aspecto —el legislador Jerez se puso de pie
nuevamente—. Los cientos de miles de ticos ilegales que hay en el suelo patrio
constituyen una amenaza directa para la identidad nacional. Gracias a una
fuente de mi entera confianza, sé que en Nindirí y poblaciones aledañas se
conmemora, cada dos de agosto, el día de la Virgen de los Ángeles, y que en
algunas escuelas y colegios, ubicados en barrios poblados por costarricenses,
la Guerra Nacional se enseña en términos de que Nicaragua fue la responsable de
la venida de Walker a Centroamérica y que Costa Rica fue la que salvó al istmo
de ese filibustero.
Tras disminuir la intensidad de las protestas, el Primer
Ministro participó una vez más en la discusión.
—Agradezco el aporte de los diputados Pastora y Jerez,
cuyos testimonios dejan todavía más claro cuán grave es el peligro que corre
Nicaragua. Si la ley migratoria, actualmente en trámite, no se aprueba, estamos
perdidos.
Claudia Pellas, la influyente jefa de la fracción
sandinista, se incorporó y, con la elocuencia que la caracterizaba, expuso la
posición de su partido.
—Aunque ahora se recuerda poco, hubo una época en que la
corriente migratoria fluía al revés, y eran decenas de miles de nicaragüenses
los que cruzaban, de manera irregular, la frontera sur en busca de trabajo. En
esa época, la respuesta de las autoridades de Costa Rica fue diseñar y poner en
vigor una nueva ley que, al igual que la que hoy discutimos, penalizaba a los
indocumentados y a quienes les ayudaban, y colocaba bajo estricto control
policial la zona limítrofe. Basta revisar la prensa de entonces para darse
cuenta de la fuerza y la unanimidad con que la opinión pública de Nicaragua
condenó, por inhumana, la nueva legislación costarricense. Hoy, sin embargo,
somos nosotros quienes imitamos las peores iniciativas de nuestros vecinos y,
además, tratamos de superarlos, con el agravante de que muchas de las personas
que podríamos rechazar, perseguir, encarcelar o deportar, podrían ser
descendientes de quienes partieron tanto tiempo atrás y…
Sin esperar a que terminara, el Primer Ministro, cuyo
rostro pasó en segundos de la palidez de un moribundo al rojo encendido de un
gladiador en una arena colmada de criaturas feroces, manifestó:
—Era previsible que la líder de un partido identificado
con las conveniencias de los grandes exportadores, que son los más beneficiados
con la mano de obra inmigrante, saliera en defensa de los ticos.
—Descalificar mi intervención —contestó Pellas— con base
en la denuncia de supuestos intereses ocultos es muy fácil, señor Ministro. Lo
difícil es respaldar esas afirmaciones. Recuerde que su gobierno es el que más
ha favorecido a las cámaras empresariales mediante la disminución sistemática
de impuestos. Además, todos en el Congreso sabemos que la razón principal por
la cual esta ley vergonzosa está en trámite es porque su partido se impuso en
las últimas elecciones con base en la promesa de aplicar mano dura contra los
inmigrantes y de iniciar deportaciones masivas.
Luego de varios minutos de violentos ataques, el
legislador y novelista, Pablo Antonio Urtecho, que acababa de ser galardonado
con el Premio Miguel de Cervantes, se puso de pie y esperó, pacientemente, a
que sus colegas le dieran la oportunidad de expresar su opinión:
—Considero que lo que procede es, ante todo, que los
gobiernos de Nicaragua y Costa Rica diseñen una estrategia eficaz para
enfrentar el asunto de la inmigración de una manera inteligente y respetuosa.
El punto fundamental para mí es el motivo que lleva a cientos de miles de
ticos, preparados y con recursos, a ingresar ilegalmente a suelo nacional para
ocuparse en labores no especializadas, muchas de carácter informal. Hay médicos
convertidos en peones agrícolas, ingenieras que venden empanadas en los mercados,
abogados que se desempeñan como taxistas. ¿Por qué abandonaron todas las
comodidades que tenían en su país de origen y se vinieron para acá?
Captada la atención del Congreso, Urtecho hizo una breve
pausa antes de responder a su propia pregunta:
—La mejor explicación que conozco es la proporcionada
por un antropólogo, el connotado doctor Russell Edelman, de la Universidad de
Yale. Desde su perspectiva, el extraordinario crecimiento económico que
experimentó Costa Rica en los últimos tiempos produjo una sociedad cada vez más
individualista e incomunicada. La prosperidad material fue la base que
posibilitó que ticos y ticas se habituaran a vivir solos, en sus lujosos
condominios unipersonales e insonorizados del Valle Central, prácticamente sin
amistades y con escasos vínculos con familiares y vecinos. El éxito alcanzado
tuvo un enorme costo: se deshumanizaron paulatinamente y, un día, al mirarse al
espejo, descubrieron cuánto habían perdido. Por eso, empezaron a venir acá.
Nicaragua les ofrece la oportunidad de recuperar una dimensión humana que ya no
existe en su país. Dudo seriamente que la nueva ley migratoria, en caso de
aprobarse y pese a su severidad, detenga un flujo de tal índole.
—Discrepo completamente de…
Comenzaba a anunciarse la aurora cuando divisé, a lo lejos, los
techos de las casas de la villa de Pasandola. Una hora antes, me había separado
de mis otros dos compañeros, cuyos contactos les esperaban en poblaciones
vecinas. Con alguna suerte, podría encontrarme con el mío alrededor de las
siete de la mañana. Tal vez tendría margen para desayunar algo y descansar un
poco antes de iniciar el último tramo de mi viaje, previsto para finalizar en
la siempre hermosa ciudad de Granada. Allí tenía asegurado un puesto de
ayudante en una modesta barbería. Por lo pronto, debía acostumbrarme a mi nuevo
nombre, Emiliano Uriza Lejarza, para servirles.
Iván Molina Jiménez nació el 6 de enero de 1961 en
Alajuela Costa Rica. Es escritor e historiador. Se le conoce popularmente por
sus cuentos de ciencia ficción y por su novela Cundila que es una suerte de secuela de El Moto, la primera novela costarricense, una obra de Joaquín
García Monge. Molina es catedrático de la Escuela de Historia e investigador
del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (CIICLA) de
la Universidad de Costa Rica. Además de la novela citada ha publicado los
libros de cuentos Craks, Hazaña presidencial, Los peregrinos del mar y La miel de los mudos.

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