martes, 11 de agosto de 2026

EN BUSCA DE HUMANIDAD

Iván Molina Jiménez

 

A la una de la madrugada, el coyote regresó. Éramos nueve personas, seis varones y tres mujeres, todos adultos. Después de casi cinco horas de espera, en medio de la selva y bajo una pertinaz llovizna, estábamos cansados e impacientes. De lo profundo de la noche, venían diferentes ruidos: el viento que silbaba entre los árboles, aleteos de pájaros o murciélagos, graznidos esporádicos y, sobre todo, el incesante discurrir del río, fiel a su perpetuo mandato de derramarse, sin tregua, en el Caribe.

—Vamonós.

Recogimos los maletines y, tras una caminata de unos quince minutos, llegamos a la orilla. Nos esperaba una endeble piragua. La abordamos vacilantemente. Algunos se persignaron cuando el patrón, un joven al que le calculé poco más de veinte años, encendió el motor. Pese a varios bandazos inesperados, atravesamos el río San Juan sin accidentes. Bajamos de prisa y, ya en tierra, el coyote nos dividió, de acuerdo con los arreglos previos, en tres grupos. Sin que mediara despedida alguna, partimos en direcciones diferentes. El aire nocturno de Nicaragua parecía recibirnos con entusiasmo y alegría.

 

Entre aplausos y abucheos, el Primer Ministro nicaragüense, Manolo Cardenal, ingresó al Congreso. Sabía que tenía alrededor de un tercio de los votos de su propio partido (el Liberal Democrático), todos los de la Unificación Conservadora, pero muy pocos del Sandinismo Constitucional. Si el proyecto de ley migratoria no era aprobado esa tarde, al día siguiente debería convocar a nuevas elecciones generales y despedirse, para siempre, de su carrera política.

—Señoras y señores diputados. La situación es extremadamente grave. Según la investigación del Instituto de Estadística, dada a conocer la semana pasada, hay en Nicaragua unos 600.000 costarricenses en condición ilegal.

—¡Esa cifra está inflada!

—Puede ser, diputada Tijerino, pero incluso un cálculo moderado indica que el número no baja de unas 350.000 personas.

—Sinceramente, no sé qué es lo que le preocupa al Primer Ministro. El estudio que cita también demuestra que los ticos que inmigran a Nicaragua están jubilados, tienen títulos universitarios y gozan de altos niveles de ingreso en Costa Rica.

—El pensamiento del legislador Lacayo evidencia que tenía razón el sublime Darío cuando afirmaba —Cardenal sonrió irónicamente— que “el sol del Trópico calcina”…

De inmediato, varios parlamentarios debieron intervenir para evitar que, tras fuertes descargas de insultos, la confrontación entre esos dos formidables contendientes terminara a golpes. La presidenta del Congreso, entretanto, emplazaba a las damas y los caballeros presentes para que respetaran la dignidad de sus investiduras.

—No hay duda —expresó el venerable diputado Alejandro Cuadra— que la inquietud del Primer Ministro es tan legítima como el cuestionamiento de mi informado colega Lacayo. La inmigración ilegal de ticos es una bendición para Nicaragua porque aporta la mano de obra especializada que la economía del país necesita con urgencia; pero, a la vez, desplaza a miles de compatriotas, que se ven condenados al desempleo, ya que son incapaces de competir con trabajadores mucho mejor preparados y dispuestos a laborar casi de gratis.

—Don Alejandro —Hamlet Jerez, jefe de la fracción conservadora, se puso de pie—, con todo respeto me permito agregar a sus sabias palabras lo siguiente: hay una proporción cada vez más alta de inmigrantes ticos que, en vez de cobrar, pagan por que les den trabajo.

—¿Tan grave es la situación ya?

—El compañero Jerez, diputada Chamorro, no exagera —la representante Zelaya, una disidente sandinista, se levantó de su asiento—. En un recorrido que efectué por la laguna de Tiscapa, a lo largo de la autopista que une a León con Chinandega y en el tren entre Granada y Managua, constaté que todos los vendedores de aguas, comidas y frutas son ticos. Los patentados nicaragüenses les cobran elevados alquileres semanales por permitir que los sustituyan.

—Pero una los mira y los escucha y no parecen…

—Eso se explica, compañera Chamorro —el Primer Ministro, recuperada la compostura, volvió a intervenir en el debate—, por algo muy simple: antes de ingresar a territorio nacional, los ticos van a escuelas ubicadas en Guanacaste, donde adquieren bronceados permanentes, estudian los conceptos básicos del pasado y la cultura de Nicaragua, practican cómo llevar diversos tipos de carga sobre la cabeza y aprenden a imitar nuestro acento a la perfección. Hay compatriotas sin escrúpulos, sobre todo de Rivas y Masaya, que laboran en esos establecimientos, los cuales funcionan, además, como bases operativas de los coyotes y mercados de identificaciones falsas.

—Disculpe que lo interrumpa, señor Ministro…

—Con todo gusto, don Alejandro; sírvase, por favor.

—¿Ya el gobierno tico contestó la última protesta presentada por el canciller Urcuyo acerca de esos campos clandestinos de entrenamiento?

—Se lavaron las manos, como siempre. Según la vicepresidenta Facio, que tiene por recargo la cartera de Relaciones Exteriores, todo costarricense es libre de matricularse en la institución educativa que desee, puede desplazarse sin limitaciones por dondequiera y, si en el curso de sus andanzas, ingresa ilegalmente a un país vecino, eso no le concierne al gobierno de Costa Rica.

Palabras de indignación colmaron, de manera unánime, la sala de sesiones; de entre todas las voces, pronto se destacó la de la diputada Pastora:

—Coincido con don Alejandro en que el asunto es complejo, en especial porque, aparte de su dimensión económica, tiene un importantísimo trasfondo cultural que suele dejarse de lado. Desde hace unos diez años, a medida que se intensificó la inmigración, se han generalizado términos desagradables como “mae”, se ha popularizado el fútbol y, de acuerdo con lo que me informan, hay algunos lugares, especialmente en Estelí y Nueva Segovia, donde ya se celebra el 11 de abril y se rinde homenaje a Juan Santamaría, con total olvido de los próceres Emmanuel Mongalo, José Dolores Estrada y Andrés Castro.

—Felicito a la compañera Pastora por llamar la atención sobre este polémico y decisivo aspecto —el legislador Jerez se puso de pie nuevamente—. Los cientos de miles de ticos ilegales que hay en el suelo patrio constituyen una amenaza directa para la identidad nacional. Gracias a una fuente de mi entera confianza, sé que en Nindirí y poblaciones aledañas se conmemora, cada dos de agosto, el día de la Virgen de los Ángeles, y que en algunas escuelas y colegios, ubicados en barrios poblados por costarricenses, la Guerra Nacional se enseña en términos de que Nicaragua fue la responsable de la venida de Walker a Centroamérica y que Costa Rica fue la que salvó al istmo de ese filibustero.

Tras disminuir la intensidad de las protestas, el Primer Ministro participó una vez más en la discusión.

—Agradezco el aporte de los diputados Pastora y Jerez, cuyos testimonios dejan todavía más claro cuán grave es el peligro que corre Nicaragua. Si la ley migratoria, actualmente en trámite, no se aprueba, estamos perdidos.

Claudia Pellas, la influyente jefa de la fracción sandinista, se incorporó y, con la elocuencia que la caracterizaba, expuso la posición de su partido.

—Aunque ahora se recuerda poco, hubo una época en que la corriente migratoria fluía al revés, y eran decenas de miles de nicaragüenses los que cruzaban, de manera irregular, la frontera sur en busca de trabajo. En esa época, la respuesta de las autoridades de Costa Rica fue diseñar y poner en vigor una nueva ley que, al igual que la que hoy discutimos, penalizaba a los indocumentados y a quienes les ayudaban, y colocaba bajo estricto control policial la zona limítrofe. Basta revisar la prensa de entonces para darse cuenta de la fuerza y la unanimidad con que la opinión pública de Nicaragua condenó, por inhumana, la nueva legislación costarricense. Hoy, sin embargo, somos nosotros quienes imitamos las peores iniciativas de nuestros vecinos y, además, tratamos de superarlos, con el agravante de que muchas de las personas que podríamos rechazar, perseguir, encarcelar o deportar, podrían ser descendientes de quienes partieron tanto tiempo atrás y…

Sin esperar a que terminara, el Primer Ministro, cuyo rostro pasó en segundos de la palidez de un moribundo al rojo encendido de un gladiador en una arena colmada de criaturas feroces, manifestó:

—Era previsible que la líder de un partido identificado con las conveniencias de los grandes exportadores, que son los más beneficiados con la mano de obra inmigrante, saliera en defensa de los ticos.

—Descalificar mi intervención —contestó Pellas— con base en la denuncia de supuestos intereses ocultos es muy fácil, señor Ministro. Lo difícil es respaldar esas afirmaciones. Recuerde que su gobierno es el que más ha favorecido a las cámaras empresariales mediante la disminución sistemática de impuestos. Además, todos en el Congreso sabemos que la razón principal por la cual esta ley vergonzosa está en trámite es porque su partido se impuso en las últimas elecciones con base en la promesa de aplicar mano dura contra los inmigrantes y de iniciar deportaciones masivas.

Luego de varios minutos de violentos ataques, el legislador y novelista, Pablo Antonio Urtecho, que acababa de ser galardonado con el Premio Miguel de Cervantes, se puso de pie y esperó, pacientemente, a que sus colegas le dieran la oportunidad de expresar su opinión:

—Considero que lo que procede es, ante todo, que los gobiernos de Nicaragua y Costa Rica diseñen una estrategia eficaz para enfrentar el asunto de la inmigración de una manera inteligente y respetuosa. El punto fundamental para mí es el motivo que lleva a cientos de miles de ticos, preparados y con recursos, a ingresar ilegalmente a suelo nacional para ocuparse en labores no especializadas, muchas de carácter informal. Hay médicos convertidos en peones agrícolas, ingenieras que venden empanadas en los mercados, abogados que se desempeñan como taxistas. ¿Por qué abandonaron todas las comodidades que tenían en su país de origen y se vinieron para acá?

Captada la atención del Congreso, Urtecho hizo una breve pausa antes de responder a su propia pregunta:

—La mejor explicación que conozco es la proporcionada por un antropólogo, el connotado doctor Russell Edelman, de la Universidad de Yale. Desde su perspectiva, el extraordinario crecimiento económico que experimentó Costa Rica en los últimos tiempos produjo una sociedad cada vez más individualista e incomunicada. La prosperidad material fue la base que posibilitó que ticos y ticas se habituaran a vivir solos, en sus lujosos condominios unipersonales e insonorizados del Valle Central, prácticamente sin amistades y con escasos vínculos con familiares y vecinos. El éxito alcanzado tuvo un enorme costo: se deshumanizaron paulatinamente y, un día, al mirarse al espejo, descubrieron cuánto habían perdido. Por eso, empezaron a venir acá. Nicaragua les ofrece la oportunidad de recuperar una dimensión humana que ya no existe en su país. Dudo seriamente que la nueva ley migratoria, en caso de aprobarse y pese a su severidad, detenga un flujo de tal índole.

—Discrepo completamente de…

 

Comenzaba a anunciarse la aurora cuando divisé, a lo lejos, los techos de las casas de la villa de Pasandola. Una hora antes, me había separado de mis otros dos compañeros, cuyos contactos les esperaban en poblaciones vecinas. Con alguna suerte, podría encontrarme con el mío alrededor de las siete de la mañana. Tal vez tendría margen para desayunar algo y descansar un poco antes de iniciar el último tramo de mi viaje, previsto para finalizar en la siempre hermosa ciudad de Granada. Allí tenía asegurado un puesto de ayudante en una modesta barbería. Por lo pronto, debía acostumbrarme a mi nuevo nombre, Emiliano Uriza Lejarza, para servirles.

Iván Molina Jiménez nació el 6 de enero de 1961 en Alajuela Costa Rica. Es escritor e historiador. Se le conoce popularmente por sus cuentos de ciencia ficción y por su novela Cundila que es una suerte de secuela de El Moto, la primera novela costarricense, una obra de Joaquín García Monge. Molina es catedrático de la Escuela de Historia e investigador del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (CIICLA) de la Universidad de Costa Rica. Además de la novela citada ha publicado los libros de cuentos Craks, Hazaña presidencial, Los peregrinos del mar y La miel de los mudos.


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