domingo, 16 de agosto de 2026

LOS PEREGRINOS DEL ÚLTIMO SOL

Heiko H. Caimi

 

No sabría decir cuánto tiempo llevábamos cabalgando por la Llanura de los Postes cuando empecé a tener la certeza de que el sol, bajo el cual habíamos viajado desde nuestra partida de la Ciudad del Pozo, ya no recorría realmente el cielo, sino que más bien efectuaba una especie de lenta oscilación: descendía durante algunas horas hacia aquella región occidental donde la tierra y el aire se confundían en una misma bruma color cobre, para luego volver a elevarse, como si algo, más allá del horizonte, lo rechazara. Ya había observado el fenómeno en los días anteriores, aunque sin atreverme a hablar de él con Sereh, porque hay pensamientos que adquieren consistencia en cuanto se expresan y que, mientras permanecen confinados en la mente, conservan al menos la tranquilizadora naturaleza de la duda. Sin embargo, llegó un momento en que me resultó imposible seguir creyendo que se trataba de un engaño provocado por el cansancio. El sol no se ponía; quizá había dejado de hacerlo siglos atrás. Quizá, pensé entonces, todo cuanto habíamos aprendido en la Ciudad acerca de la sucesión del día y la noche pertenecía a un mundo que había dejado de existir mucho antes de nuestro nacimiento.

Éramos dos y cabalgábamos la bestia a la que habíamos llamado Oth, aunque desde hacía ya varios días me resultaba difícil seguir considerándola un caballo. Sereh iba sentada detrás de mí, envuelta en el velo de fibras negras que habíamos encontrado entre las ruinas de Khar, y yo sostenía oblicuamente sobre el hombro la Lanza de las Profundidades, casi tres veces más larga que la estatura de un hombre, de cuyo extremo posterior pendía la jaula de hierro que contenía el Corazón.

Antes de abandonar la Ciudad habíamos recibido tres advertencias: no mirar jamás directamente lo que estaba encerrado en la jaula; no pronunciar nuestros nombres durante el canto de los postes; no prestar atención a ningún cambio que se produjera en el cuerpo de la montura. Esta última prescripción, que al principio nos había parecido la más absurda, muy pronto se había convertido en la más difícil de respetar, pues Oth había empezado a cambiar ya después de la primera semana de viaje.

La Llanura se extendía a nuestro alrededor sin poseer nada de la majestuosidad de las grandes extensiones; por el contrario, nos provocaba esa particular opresión que nace de la monotonía: no había colinas, rocas, cursos de agua ni vegetación; tan solo un terreno negro, desmenuzado y vagamente untuoso, en el cual los cascos de Oth se hundían produciendo un sonido sordo, y los innumerables postes que se alzaban a distancias irregulares y se prolongaban hasta los límites de la vista. Algunos eran finísimos y tan altos que sus extremos se perdían en la bruma; otros estaban torcidos y nudosos, y en más de una ocasión me pareció distinguir en ellos protuberancias semejantes a articulaciones. Al principio había supuesto que eran los restos de un bosque carbonizado, aunque no lograba imaginar qué incendio habría podido dejar en pie árboles tan altos y consumir hasta el último rastro de sus ramas. Esta explicación me había satisfecho hasta que, al pasar muy cerca de uno de los postes, observé su superficie: era blanquecina, finamente porosa y recorrida por delgadas estrías longitudinales. Aparté de inmediato la mirada.

—¿Todavía crees que son árboles? —me preguntó Sereh.

Su voz, después de tantas horas transcurridas en el silencio de la Llanura, me sobresaltó. Respondí que no veía qué otra cosa podían ser y, mientras pronunciaba esas palabras, advertí lo poco que creía en ellas.

Sereh no insistió, pero se apretó aún más contra mi espalda. Durante un tiempo solo oí el paso regular de Oth y, mucho más lejos, un rumor bajo que podría haber sido el viento, aunque en la Llanura el aire estaba inmóvil.

Habíamos dejado la Ciudad del Pozo cuarenta y tres días antes, según el cómputo de Sereh, y cincuenta y uno según el mío. Al principio habíamos discutido la discrepancia, comparando las muescas grabadas en nuestras tablillas y tratando de establecer cuál de los dos se había saltado o había duplicado alguna jornada; más tarde habíamos desistido, porque ambos registros estaban completos. La Ciudad había quedado atrás, con sus murallas inclinadas, sus torres ciegas y las inmensas viviendas subterráneas en las que los últimos hombres vivían desde hacía siete generaciones, esperando el día, anunciado en los libros más antiguos, en que el cielo volvería a ser azul y las estrellas ocuparían nuevamente la noche. Ninguna de las dos cosas había ocurrido. Las estrellas se habían apagado una tras otra y, en los últimos años, hasta la noche había comenzado a comportarse de manera extraña, hasta que una mañana el Mensajero apareció en el borde del Pozo.

Nadie lo había visto entrar. Ese solo hecho debería habernos impedido escucharlo, pues las puertas estaban vigiladas sin interrupción y ningún hombre en su sano juicio se habría acercado al Pozo durante las horas oscuras. Sin embargo, allí estaba, sentado en el parapeto, envuelto en harapos grises, con el rostro cubierto por una máscara de sal. Entre las manos sostenía una jaula, dentro de la cual algo latía con una lentitud que, desde el primer instante, me produjo una repugnancia casi física.

El Mensajero nos había dicho que el Corazón debía ser transportado a través de la Llanura, más allá de Khar y de la Torre, hasta el lugar donde terminaba el mundo. Todavía recuerdo mi pregunta, formulada más por incredulidad que por valor:

—¿Y qué ocurrirá cuando haya llegado allí?

La máscara de sal se había vuelto hacia mí y, aunque no tenía aberturas a través de las cuales pudiera verle los ojos, tuve la impresión de que algo me observaba desde una distancia inconmensurable.

—El mundo terminará —había respondido.

Quizá fue precisamente esa respuesta la que nos convenció. Desde hacía muchos años, en efecto, habíamos empezado a sospechar que el mundo se había vuelto demasiado viejo para continuar.

Cuando partimos, Oth era un gran caballo gris, flaco pero vigoroso, perteneciente a los establos subterráneos de la Ciudad. Al séptimo día habían aparecido en su cuello unos filamentos finísimos, semejantes a las telas producidas por las arañas de las cavernas; al duodécimo, aquellos filamentos ya colgaban de los flancos y el vientre, formando una especie de retícula que parecía crecer directamente de la piel. Hacia el decimoctavo día, el pelo había desaparecido casi por completo y las patas, que yo recordaba robustas, se habían alargado considerablemente. Entonces, al observar por casualidad el movimiento de los músculos del muslo izquierdo, había visto abrirse bajo la piel una pequeña cavidad ovalada, provista de dos bordes pálidos que se separaban y volvían a cerrarse con un movimiento demasiado deliberado para ser una simple contracción. No había dicho nada. La noche siguiente, mientras descansábamos bajo uno de los postes, Sereh me había preguntado, sin mirarme, si yo también había visto la boca.

Desde entonces ambos habíamos evitado observar a Oth más de lo necesario.

Sin embargo, había algo peor que las transformaciones de la bestia, y era aquello que nos seguía. Al principio lo había confundido con una nube en el horizonte oriental, una franja oscura tan fina que habría sido fácil ignorarla; pero en los días siguientes aquella franja había crecido y se había vuelto imposible atribuirla a un fenómeno atmosférico. Por donde pasaba ya no distinguía postes, terreno ni cielo, sino tan solo una negrura absoluta que no parecía oscuridad, sino ausencia de luz. Sereh la llamó la Noche y conservamos ese nombre, aunque ambos sabíamos que no guardaba relación alguna con la noche que habíamos conocido de niños.

Cuando aquella tiniebla estuvo ya lo bastante cerca para ocupar una parte considerable del horizonte, oímos el canto. Comenzó con una vibración tan baja que la sentí en los estribos antes incluso de oírla. Oth aminoró el paso y luego se detuvo; el sonido aumentó y pareció propagarse a través del terreno, hasta que uno de los postes a nuestra derecha tembló visiblemente. Poco después respondió un segundo poste, luego un tercero, y en cuestión de pocos minutos toda la Llanura resonó con una única nota inmensa y profunda, semejante al gemido que habría podido emitir la propia materia del mundo sometida a una tensión insoportable. El Corazón, detrás de mi hombro, aceleró sus latidos y la vibración de la jaula se transmitió por el asta de la Lanza hasta mi mano.

Entonces vimos surgir a los hombres. Las figuras emergieron de la materia negra de la Llanura como cuerpos que atravesaran una superficie líquida, primero con la cabeza y los hombros, luego con el tronco y finalmente con las piernas. En el reducido espacio que nos rodeaba conté varios centenares; más allá, hasta la bruma, había miles, quizá millones. Todos estaban desnudos, eran delgadísimos y permanecían perfectamente inmóviles, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y el rostro vuelto hacia el cielo.

Sentí que Sereh se ponía rígida contra mí y comprendí, por el movimiento de sus labios junto a mi oído, que estaba a punto de pronunciar mi nombre. De inmediato le puse una mano sobre la boca.

En ese mismo instante, todas las figuras abrieron las suyas. El sonido aumentó hasta volverse casi intolerable, amplificado por los postes. Los hombres sepultados en la Llanura producían aquella nota, y los postes la recogían, la amplificaban y la conducían hacia lo alto.

Levanté involuntariamente los ojos. El cielo de cobre parecía inmóvil y, sin embargo, tuve la certeza de que algo allá arriba estaba escuchando.

Oth reanudó la marcha sin que yo lo espoleara. Atravesamos aquella multitud durante un lapso que no sabría calcular. Ninguna figura nos miraba, pero cuando llegamos al centro de la zona más poblada vi que algunas cabezas comenzaban a inclinarse lentamente. Una tras otra, se volvieron en nuestra dirección, no hacia Sereh ni hacia mí, sino hacia la jaula.

El canto cesó de golpe. Los hombres se hundieron en la tierra con la misma silenciosa facilidad con que habían salido de ella y los postes volvieron a callar. A nuestras espaldas, en el horizonte, la Noche estaba más cerca.

La Torre apareció algunos días después. Durante muchas horas la confundimos con uno de los postes, porque era tan delgada que solo su perfecta verticalidad la distinguía de los demás; sin embargo, al acercarnos advertimos que tenía una superficie trabajada y que se elevaba tanto que desaparecía en la bruma.

No encontramos puertas ni aberturas. En su base estaba sentado un hombre muerto, cubierto por una armadura sobre la cual habían crecido los mismos filamentos que envolvían a Oth. El esqueleto sostenía entre las manos una tablilla de piedra.

Sereh conocía la lengua antigua mejor que yo. Limpió la superficie de la tablilla y leyó largo rato en silencio; luego su rostro adoptó una expresión que nunca antes le había visto.

—Dice que el Corazón no debe llegar al fin del mundo.

Miré instintivamente la jaula.

—El Mensajero nos ordenó que lo lleváramos allí.

—Lo sé.

—¿Hay algo más?

Sereh vaciló y luego volvió a examinar los caracteres desgastados. Cuando habló, su voz era muy baja:

—Dice que el mundo ya ha terminado.

No lo comprendí de inmediato. La frase poseía esa forma paradójica que la mente rechaza antes incluso de haber considerado su significado; después, al observar la Llanura, el sol inmóvil, los postes y la tiniebla que avanzaba devorando el horizonte, sospeché por primera vez que el hecho de que estuviéramos vivos no constituía una prueba suficiente de la existencia del mundo.

—¿Y nosotros? —pregunté.

Sereh siguió mirando fijamente la tablilla.

—Nosotros somos lo que continúa.

Después de esas palabras, todo comenzó a adquirir un significado diferente. La Ciudad del Pozo, las generaciones que habían vivido en los subterráneos, las estrellas desaparecidas, la progresiva inmovilidad del sol: lo que habíamos considerado síntomas de un mundo moribundo podía ser, en cambio, el residuo de un mundo extinguido desde tiempos inmemoriales, una especie de persistencia mantenida artificialmente por aquello que transportábamos en la jaula.

Cuando Sereh propuso regresar, no necesité responderle: la Noche ocupaba ya casi la mitad de la Llanura. Entonces propuso destruir el Corazón.

Por unos instantes consideré realmente la posibilidad de abrir la jaula y golpear lo que contenía con la punta de la lanza. Fue en ese momento cuando el Corazón habló. No oí ninguna voz, por supuesto. En cambio, vi a mi madre, muerta cuando yo tenía siete años, sentada en la terraza de nuestra casa antes de que cerraran las torres; vi a mi padre, el patio de mi infancia, el agua que corría al aire libre y, por encima de todo, un cielo azul de una intensidad casi dolorosa. El recuerdo fue tan perfecto que durante unos instantes olvidé la Llanura.

Cuando se desvaneció, Sereh estaba arrodillada junto a Oth y comprendí que ella también había recibido algo del Corazón.

—No quiere morir —dijo.

No respondí de inmediato.

—Tal vez —dije por fin— nos haya traído hasta aquí precisamente porque no puede hacerlo solo.

Llegamos al límite de la Llanura cuando la Noche estaba ya tan cerca que podíamos ver cómo los postes desaparecían en su interior. Yo había esperado una muralla, un precipicio o un mar; encontramos, en cambio, algo mucho más terrible: la tierra simplemente cesaba. Más allá del borde no había vacío, porque el vacío todavía presupone un espacio en el que algo podría encontrarse; había una luminosidad de color oro oscuro, carente de profundidad y distancia, ante la cual los sentidos parecían perder toda capacidad de juicio. Los últimos postes estaban inclinados hacia aquella región, como si una fuerza lentísima los hubiera doblado a lo largo de eras o los estuviera atrayendo hacia aquel más allá.

Oth se detuvo a pocos pasos del confín y su cuerpo se abrió. La piel de los flancos se separó sin sangre y las fibras que la recubrían se tensaron, revelando que debajo ya no había carne, huesos ni vísceras, sino tan solo una red de filamentos negros, dentro de la cual vi moverse innumerables pequeñas formas humanas. Eran hombres y mujeres, algunos tan diminutos que cabían en la palma de una mano, otros aún más pequeños; y todos, cuando la luz del confín penetró en el cuerpo abierto de la bestia, levantaron el rostro al mismo tiempo.

—Hemos llegado —dijeron.

No sabría explicar cómo unas voces tan pequeñas pudieron producir un sonido que atravesó toda la Llanura. Los postes vibraron. Detrás de nosotros, la tierra volvió a vomitar a los hombres sepultados, todos en movimiento y vueltos hacia el Corazón. Comprendí entonces, con una claridad que me llenó de horror, que Oth no nos había transportado a través de la Llanura: habíamos sido nosotros quienes lo transportamos a él y, con él, a una multitud perteneciente a épocas y quizá a mundos anteriores al nuestro.

Más allá del confín, algo se movió. No puedo decir que lo viera. Percibirlo sería una expresión más exacta. La luminosidad dorada sufrió una deformación vastísima, como si detrás de una membrana se hubiera acercado una masa de dimensiones incalculables, y dos regiones pálidas se abrieron, muy distantes entre sí. Solo después de unos instantes comprendí que mi mente las interpretaba como ojos.

La Noche seguía avanzando. Levanté la Lanza y, por primera vez, miré dentro de la jaula. Lo que latía allí no era un órgano. Era un mundo.

Vi océanos, continentes y montañas; vi nubes correr sobre mares azules y ciudades encenderse en la noche. Vi a hombres nacer, amar, luchar y morir; vi imperios surgir y disolverse, bosques convertirse en desiertos y desiertos cubrirse de agua. Luego vi una llanura negra sembrada de postes. Vi una ciudad construida alrededor de un pozo. Vi dos figuras sobre un caballo que avanzaban bajo un sol color cobre.

Sereh miró conmigo. Y la comprensión se abrió paso en nuestro interior. Nosotros no transportábamos el mundo: estábamos dentro del mundo que transportábamos. La jaula contenía aquello que nos contenía, y esa imposibilidad, en lugar de destruir mi razón, me pareció de pronto lo único razonable que había comprendido en mi vida. El Mensajero no había mentido, como tampoco la inscripción de la Torre. El mundo había terminado; el mundo aún debía terminar. Ambas afirmaciones describían momentos distintos de un proceso que quizá se repetía desde que existía algo capaz de existir.

El conocimiento llegó al mismo tiempo que el movimiento de la cosa situada más allá del confín. Comprendí que cada mundo, al alcanzar su vejez extrema, producía un Corazón; que cada Corazón encerraba el germen de otro mundo y que alguien debía finalmente conducirlo hasta el límite de la realidad que lo había generado. Los seres contenidos en Oth eran los supervivientes, o quizá tan solo los recuerdos, de mundos anteriores. Los postes eran lo que quedaba de quienes habían fracasado. Y la Noche era simplemente la nada que recuperaba aquello que ya debería haberle sido devuelto.

Sereh gritó que arrojara el Corazón. La tiniebla estaba muy cerca. Los hombres de la Llanura corrían hacia nosotros; Oth permanecía inmóvil, abierto de par en par, mientras las criaturas encerradas en su cuerpo tendían miles de pequeños brazos hacia la jaula.

Levanté la lanza con ambas manos y, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, la arrojé más allá del borde.

La jaula atravesó lentamente la luminosidad dorada y por un momento quedó suspendida. Luego el Corazón se abrió. Una luz blanca estalló con tal inmensidad que el sol sobre la Llanura pareció una brasa vista en el fondo de una caverna. Los postes se inclinaron y cayeron, la tierra se levantó en grandes oleadas negras y las multitudes surgidas del subsuelo se disolvieron sin dejar rastro. Oí a Oth emitir un sonido desmesurado, en el que reconocí por un instante el relincho del caballo que habíamos sacado de la Ciudad y, al mismo tiempo, las voces de innumerables criaturas. Luego la Noche nos alcanzó.

Cuando volví a ver, estaba tendido sobre la hierba. Permanecí inmóvil durante mucho tiempo, pues la sensación de la hierba contra mis manos se había vuelto tan extraña que me parecía más prodigiosa que cualquier cosa que hubiera visto en la Llanura. Sobre mí se extendía un cielo oscuro, pero no era la Noche que nos había perseguido. Miles de puntos luminosos lo llenaban: estrellas. Casi había olvidado que pudiera haber tantas.

Sereh yacía no muy lejos y respiraba. Oth, nuevamente con el aspecto de un caballo gris, pastaba tranquilamente a pocos pasos de nosotros. Cuando salió el nuevo sol, iluminando una llanura cubierta de hierba y unas lejanas colinas azules, sentí una alegría tan violenta que me dio miedo.

Sereh despertó y me preguntó dónde estábamos. Le dije que no lo sabía. Fue entonces cuando vi algo que emergía del suelo a pocos pasos de ella. Era delgado, blanco y no más alto que mi antebrazo. Un poste.

Me acerqué sin hablar. Su superficie era porosa y estaba recorrida por finas estrías longitudinales. Apoyé una mano sobre ella y sentí una vibración debilísima que ascendía desde la tierra. Muy por debajo de nuestros pies, alguien cantaba.

Me volví hacia Oth. El caballo había dejado de pastar y miraba el nuevo sol. Durante un rato no ocurrió nada; luego, bajo la piel de su flanco, vi formarse una pequeña depresión ovalada. Los dos bordes se separaron lentamente y volvieron a cerrarse.

Sereh no lo advirtió. Esta vez no le dije nada. Por fin había comprendido la tercera advertencia.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

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