domingo, 16 de agosto de 2026

LOS PECHOS DE LA TÍA LIVIJA

Marina Šur Puhlovski

 

La tía Livija tenía unos pechos extraordinarios, como, según se decía, nadie había tenido jamás, no solo en la colina de Fućkar, sino en cien kilómetros a la redonda, hasta llegar a la ciudad.

También su nombre, Livija, era poco común, distinguido (yo lo consideraba distinguido), y armonizaba perfectamente con sus pechos. Si los nombres no se impusieran cuando las niñas todavía no tienen pechos, sino apenas dos manchitas parduzcas apenas abultadas sobre el pecho, habría jurado que ese nombre había sido creado precisamente para ellos. Solo sus pechos eran tan fluidos como la pronunciación de su nombre, y solo ellos poseían la elegancia de ese nombre...

La tía Livija podía cortarse cien veces; aunque yo viera que su sangre era roja, igual que la mía o la de Štefica, Magda, Lojzek o Ružica, todavía hoy sigo creyendo que por sus venas no corría sangre roja, sino azul.

Diferente.

Real.

Cuando la tía Livija me puso por primera vez sobre sus pechos, estos no eran más grandes que mi cabeza de tres meses. Y mientras yo crecía gracias a la leche de sus pechos, esa proporción nunca cambió; permaneció igual durante todo el tiempo que me amamantó, o, si cambió, fue siempre en favor de sus pechos.

Siempre terminaban siendo más grandes que yo.

Con el tiempo Livija tuvo que sostenerlos con un sostén, siempre húmedo o endurecido por la leche seca. Recuerdo que solo tenía ese sostén y que lo lavaba constantemente. Debía de ser pobre. Digo "debía", porque no recuerdo la pobreza: uno olvida aquello que no considera importante.

Y, para decir la verdad, la tía Livija ni siquiera era mi verdadera tía. Yo simplemente la consideraba de mi familia porque me había alimentado con su leche.

Mi madre –esa mujer desconocida– me llevó hasta Livija cuando yo era apenas un bebé, envuelta en una manta. Y aunque todos me aseguran que es imposible recordar aquella época –¿quién ha oído decir que un bebé pueda recordar?–, yo recuerdo perfectamente el tren que me llevó desde la ciudad hasta la casa de Livija; recuerdo el silbato y el resoplido del vapor entre las ruedas.

—Viajamos en tren —le dije una vez a mi madre—. Era un tren viejo que se detenía a cada rato y, cada vez que se detenía, sonaba un silbato; después se oía escapar el vapor...

Mi madre sostiene que todos los trenes son iguales y que el tren en el que viajamos hasta la casa de Livija –porque tuvo que admitir que efectivamente viajamos en tren– lo confundí con el que tomamos años después para asistir al entierro de mi padre; mi madre, mi hermana y yo acompañábamos el ataúd.

Pero, en fin, dejémosle creer eso. A nadie le gusta admitir que se equivoca.

En el fondo de su alma –¿o de su corazón?– mi madre siempre envidió a la tía Livija por sus pechos. No porque me hubiera criado con ellos; por eso, creo, sentía gratitud. La envidiaba porque Livija podía alimentarme y ella no.

Recuerdo –aunque me nieguen el derecho a recordar– cómo mi madre apartó la vista la primera vez que la tía Livija me acercó a sus pechos. Estoy segura de que no quiso mirarlos.

Y más tarde, cuando iba a visitarme al pueblo –menos de lo que cabría esperar de una madre, debido a la enfermedad de mi padre–, siempre salía de la casa con gesto sombrío cuando la tía Livija empezaba a amamantarme.

Mi madre prefería recordar la época en que era joven y tenía algo que mostrar bajo la blusa. ¿Pero de qué le sirvió, si más tarde sus pechos se secaron? Quizá habían florecido demasiado pronto. Los pechos de mi madre eran pequeños y grises. A mí me parecían una ubre vacía. De ellos apenas salía un líquido amarillento, transparente y muy aguado cuyo sabor, lo recuerdo perfectamente, se parecía al del jabón.

Mis tres hermanos mayores, mis pobres hermanos mayores, de quienes a veces se habla durante las largas noches mientras se bebe café con leche, murieron por culpa de aquel jabón...

—Murieron de debilidad —afirmaba mi madre.

Pero yo, que mamé de sus pechos antes de que me llevaran junto a la tía Livija, sé que no murieron de debilidad. Murieron de jabón. Y, después de todo, ¿acaso mi madre me habría llevado hasta Livija si antes no hubiera enterrado a mis tres hermanos?

Por supuesto que no.

Después de perder a aquellos tres hijos, asesinados por el jabón, mi madre tuvo miedo de que también yo muriera.

Por eso se sentó conmigo en un tren y me llevó a la colina de Fućkar, junto a la mujer que me amamantaría y a quien terminé llamando tía.

Así eran los pechos de la tía Livija: inmensos y siempre llenos. Cuando apoyaba la cabeza sobre ellos –¡y cuánto me gustaba hacerlo!– era como apoyarla sobre cien mil almohadas. Ninguna almohada posee esa suavidad ni ese calor.

Desde que me separé de la tía Livija y de sus pechos –por la fuerza, porque de otro modo jamás me habría marchado– no he dejado de buscar algo con qué compararlos, aunque sé que nunca encontraré una comparación adecuada. Todo lo que después conocí de cálido y blando nunca fue igual; nada estaba tan vivo como ellos, de modo que jamás volvió a repetirse aquella sensación.

¡Cuántas veces apoyé la cabeza sobre el pecho seco de mi madre esperando encontrar en él siquiera un rastro de los pechos de la tía Livija!

Pero allí no había nada.

Mi separación de la tía Livija fue definitiva. Y, sin embargo, recuerdo. Y eso ya es mucho. ¿Qué puede recordar, por ejemplo, mi hermana, que milagrosamente –yo sigo creyendo que fue un milagro– consiguió sobrevivir alimentándose con la leche de nuestra madre, con aquel jabón?

¡Qué amargos, qué tristes deben de ser los recuerdos de mi hermana, criada con la leche de nuestra madre! Le pregunté alguna vez por sus recuerdos, con cuidado de no herirla. Pero ella dice que no recuerda nada. Tal vez tenga razón al haber hecho el esfuerzo de olvidar que de pequeña se alimentó de jabón. Quizá yo hubiera hecho lo mismo si me hubiera tocado semejante destino. ¿Para qué conservar un recuerdo así?

Yo tuve a la tía Livija.

Por eso mis recuerdos son alegres y están llenos de vida. Dicen que tengo un carácter bueno y leal, y que por eso «no me irá bien en la vida».

Pero yo me limito a encogerme de hombros, porque ocurra lo que ocurra, para mí, como suele decirse, «no hay de qué temer». Yo mamé de los pechos de la tía Livija. Yo ya tuve, desde el principio, la mejor de las suertes.

Marina Šur Puhlovski nació en Zagreb el 20 de septiembre de 1948. Allí cursó sus estudios de bachillerato y se licenció en Literatura Comparada y Filosofía en la Facultad de Filosofía. Publicó su primer relato en 1974 y su primer libro, debido a diversas circunstancias adversas, no vio la luz hasta 1991: la novela «Trojanska kobila». Comenzó a publicar con mayor frecuencia tras el fin de la guerra de Yugoslavia, a partir de 1996. Hasta la fecha, ha publicado veintitrés obras: nueve novelas, seis colecciones de relatos, dos poemarios, dos libros de ensayos, dos libros de viajes y dos diarios personales. Su décima novela se publicará a finales de 2026. 

 

 

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