sábado, 26 de septiembre de 2026

LA MAÑANA DE LA MARIPOSA CIEGA

Gabriel Chiriac

 

Me enviaron la carta tres semanas después de la muerte de Radu. No por correo; desde hace unos cincuenta años nadie envía ya nada importante por correo. Me la enviaron directamente a la aplicación, con el membrete del Instituto en azul oscuro y la firma digital de un director al que nunca había conocido y al que tampoco deseaba conocer. La carta dejaba constancia del pesar del Instituto por la pérdida sufrida y de su comprensión ante la dificultad del período que estaba atravesando. Después, sin transición alguna, mencionaba que, de conformidad con el Protocolo 7 de la Convención de Lausana sobre el Patrimonio Mnémico Colectivo, estaba obligada a presentarme en un plazo de treinta días en el Centro de Evaluación más cercano para una sesión de inventario de la pérdida mnémica. La carta añadía que mi presencia no era opcional. Estaba subrayado. Su presencia no es opcional.

Leí la carta tres veces, después cerré la aplicación, fui a la cocina, preparé café, me senté a la mesa, miré la silla de Radu y dejé que el café se enfriara. Conocía el Protocolo, todo el mundo conoce el Protocolo, se estudia en la escuela, hay todo un módulo en el programa de biología social acerca del funcionamiento de la memoria colectiva y de las responsabilidades del individuo respecto del patrimonio mnémico de la especie y de lo que sucede cuando un nodo de almacenamiento desaparece antes de alcanzar la madurez. Sabía todo eso. Nunca había pensado que llegaría a aplicarse a mi caso.

Radu había muerto el 3 de octubre, por la mañana, a las seis y cuarto, por una causa que los médicos habían denominado con un término largo y preciso y que yo había recordado, olvidado y vuelto a recordar tantas veces que ya no estaba segura de si lo sabía o imaginaba que lo sabía, lo cual, para alguien que se había ganado la vida gracias a la precisión, constituye una forma muy particular de humillación. Diez años y once meses. Le faltaban exactamente un mes y tres días para cumplir once años y eso importaba; importaba por razones que no había comprendido del todo antes de recibir la carta del Instituto y que seguía sin comprender del todo después, aunque me las habían explicado con paciencia, con gráficos y con una voz especialmente calibrada para situaciones como la mía.

Importaba porque un niño menor de doce años es un nodo incompleto. Esa es la formulación técnica: nodo incompleto. La primera vez que la oí sentí algo que no era ira ni dolor, sino más bien una náusea fría y particular, esa clase de náusea que se siente cuando comprendes que un sistema ha reducido algo inmenso a una categoría administrativa y que el sistema no lo hace por crueldad, sino simplemente porque no tiene otra manera de funcionar. Un nodo incompleto significa que el proceso de integración mnémica no ha concluido, que los fragmentos de memoria colectiva que Radu llevaba dentro de sí, en esas estructuras específicas de la corteza prefrontal que ahora llaman nodos y que yo, en mi mente, seguía llamando mi hijo, no habían llegado a sincronizarse por completo con la red. Una parte de ellos existe en la red, almacenada de forma redundante también en otras personas. Otra parte no existe en ningún otro lugar. El problema, me explicó la mujer del Instituto con su voz calibrada, es que no sabemos qué parte.

Fui al Centro de Evaluación el vigésimo séptimo día, tres días antes de que venciera el plazo, no tanto porque hubiera aceptado la idea sino, sobre todo, porque tenía miedo de lo que pudiera suceder si no iba y no tenía fuerzas para averiguarlo. El Centro estaba en un edificio de aspecto corriente, de vidrio y hormigón, en el mismo barrio donde Radu había ido a la escuela. Pasé junto a la escuela para llegar al Centro, vi a los niños en el patio durante el recreo y apresuré el paso. Entré en el edificio, di mi nombre en la recepción y esperé sentada en una silla gris, en un vestíbulo con plantas artificiales, hasta que llegó un hombre joven que me condujo a una habitación austera y blanca donde había un dispositivo parecido a un aparato de resonancia magnética. El hombre me pidió que me acostara, me colocó en la cabeza algo parecido a un casco de ciclista y dijo que tardaría unos cuarenta minutos, que no dolía y que podía cerrar los ojos si quería.

Cerré los ojos y escuché el zumbido discreto, casi melodioso, del aparato mientras pensaba en Radu.

No es una descripción poética, es literalmente lo que sucedió: el aparato leía la actividad de mi red mnémica y yo, sin haberlo planeado, empecé a pensar en Radu, a reconstruirlo en mi mente con una precisión que no había vuelto a tener desde su muerte, como si la proximidad del aparato desbloqueara algo en mí o como si mi mente supiera que aquel era el único momento en que se le exigía ser exacta y no aproximada. Vi sus manos, específicamente sus manos, porque las manos de los niños tienen una textura de piel que no se tiene a ninguna otra edad y que uno no sabe que ha observado hasta que necesita reconstruirla y entonces está allí, perfecta, almacenada en algún lugar por debajo del nivel de las palabras. Vi la forma particular en que inclinaba la cabeza cuando leía, ligeramente hacia la izquierda, con la mano derecha sosteniéndole la barbilla. Vi una tarde de un verano de dos años atrás, una tarde en la que no ocurrió nada especial, cuando Radu dibujaba en la mesa de su habitación y yo había entrado para llevarle un vaso de agua, y él no había levantado la mirada pero había dicho gracias, y yo me había quedado un instante en la puerta mirándolo, y después había salido, y entonces no sabía que conservaría aquel instante con una precisión tan absurda mientras otras cosas, cosas que debería haber recordado, se borrarían por completo.

Cuando el aparato se detuvo y el joven me quitó el casco, pasé unos segundos completamente desorientada, como después de un sueño muy preciso del que despiertas sin saber en qué dirección está el suelo. El hombre me dio un vaso de agua y me dijo que los resultados serían procesados en unos días, que recibiría un informe detallado y que un asesor mnémico se pondría en contacto conmigo para hablar de las implicaciones. Pregunté qué implicaciones. Dijo que no estaba autorizado a dar detalles antes de que estuviera listo el informe. Salí a la calle y regresé a casa a pie, tres kilómetros y medio, y por el camino volví a pasar junto a la escuela de Radu; esta vez el patio estaba vacío y no apresuré el paso.

El informe llegó cinco días después. Diecinueve páginas de gráficos y tablas y un resumen ejecutivo en la primera página, escrito con letras grandes para las personas incapaces de leer diecinueve páginas, y el resumen ejecutivo decía, en esencia, que Radu había sido portador de un segmento mnémico de categoría Theta-4, un tipo poco común de almacenamiento asociado con la percepción espacial compleja y con cierto tipo de reconocimiento de patrones en sistemas caóticos; que aproximadamente el 60 % del segmento estaba presente en la red colectiva; que el 40 % restante estaba almacenado exclusivamente en Radu y en mí; que, de los dos, Radu había muerto y yo seguía viva; por lo tanto, el 40 % de un segmento Theta-4 había desaparecido con él porque yo no almacenaba ese mismo 40 %, sino otro subconjunto que se superponía parcialmente con el que había tenido Radu pero no cubría la laguna, y, en términos prácticos, eso significaba que cierta forma de percibir y procesar la realidad espacial compleja había disminuido en nuestra especie en un porcentaje que, considerado individualmente, parecía insignificante, pero que, acumulado con otras pérdidas similares de las últimas décadas, representaba una tendencia preocupante que el Instituto vigilaba atentamente.

Leí el resumen dos veces y después pasé a la segunda página y leí el informe completo, las diecinueve páginas, algo que no había hecho con ningún documento desde la muerte de Radu, y comprendí aproximadamente la mitad; la otra mitad estaba expresada en términos técnicos que no dominaba, y al terminar las diecinueve páginas sabía menos que antes, en el sentido de que antes había perdido a un hijo y ahora había perdido a un hijo y el 40 % de un segmento Theta-4, y no sabía qué era un segmento Theta-4 más allá de su definición técnica, no sabía cómo se manifestaba en la práctica y no sabía qué era exactamente lo que ya no podíamos ver, o pensar, o comprender desde que Radu había dejado de existir, y eso era peor que cualquier otra cosa: no el conocimiento de la pérdida, sino, sobre todo, la imposibilidad de localizarla.

La asesora mnémica que se puso en contacto conmigo la semana siguiente se llamaba Adriana y hablaba con la misma voz calibrada que la mujer del Instituto, probablemente una característica profesional, probablemente se la enseñaban en algún curso, y me explicó que la pérdida parcial de un segmento Theta-4 no tiene efectos inmediatos ni perceptibles a nivel individual, que yo no sentiría que había dejado de ser capaz de hacer algo que antes podía hacer, que mis funciones cognitivas no se modificaban, que el cambio se producía a nivel de la especie y se manifestaba a lo largo de períodos prolongados, incluso generaciones, y que el propósito del Instituto era cartografiar y documentar, no intervenir, no en la fase actual de la investigación. Pregunté qué significaba que su propósito no fuera intervenir. Dijo que significaba que no había nada que hacer. Le di las gracias y cerré la aplicación.

No hay nada que hacer es una frase que se comprende de manera diferente según el contexto. Si un médico te la dice acerca de una enfermedad, es un diagnóstico. Si alguien te la dice acerca de una relación, es una conclusión. Pero si te la dice una asesora mnémica acerca del hecho de que tu hijo muerto se ha llevado consigo el 40 % de un segmento de percepción espacial compleja que tu especie jamás recuperará, es algo para lo que todavía no he encontrado una palabra.

Empecé a pensar en el segmento Theta-4 de maneras que sabía inútiles y no pude detenerme. Me preguntaba cómo se manifestaba en Radu. No biológicamente, no en los términos del informe, sino más bien desde el punto de vista fenomenológico: cómo veía él el mundo con un 40 % más de aquel segmento que yo. Si cuando estaba sentado ante su mesa de dibujo veía en las líneas que trazaba estructuras que yo, al mirarlas, era incapaz de ver. Si al abrir un rompecabezas veía la solución de un solo vistazo, no mediante la lógica sino a través de una percepción más directa de la relación entre las formas. Si cuando salíamos juntos al parque y yo me orientaba por las calles y los letreros, él se orientaba mediante algo más sutil, algo perteneciente a la geometría del propio espacio que yo percibía vagamente, como un ruido de fondo, y que él oía con claridad, como una melodía.

No tengo forma de saberlo. Esa era la conclusión a la que llegaba cada vez y, cada vez, esa conclusión era una pared, blanda y dura al mismo tiempo, como todas las paredes ante las cuales no puedes hacer nada salvo apoyar la frente contra ellas y escuchar lo que hay al otro lado, o imaginarlo.

Yo imaginaba. Era un hábito nuevo, propio de aquella época; antes no imaginaba cosas que desconocía. Tenía una mente que prefería la precisión y que se sentía cómoda con el vacío dejado por la información ausente, un vacío limpio, delimitado, manejable. Ahora el vacío ya no estaba limpio. El vacío tenía la forma de Radu y la forma del 40 % de algo cuya existencia jamás había conocido, y aquel vacío combinado era mayor que la suma de sus partes y no se dejaba delimitar; se extendía en direcciones que yo no había previsto, invadía cosas que no esperaba, se sentaba a la mesa del desayuno en su silla, recorría su habitación y estaba en el susurro del papel cuando el aire entraba por la ventana que ahora dejaba siempre entreabierta.

Regresé al Centro sin que me hubieran citado. El joven no estaba de guardia, había otra persona, una mujer mayor con anteojos, y le expliqué que quería comprender mejor qué era un segmento Theta-4, que quería saber cómo se manifestaba, que quería saber qué veía mi hijo que yo no veía. Dijo que no existía una forma directa de acceder a la percepción de otra persona, que la red mnémica era un sistema distribuido y no un sistema de grabación, que no existía en ninguna parte un archivo de Radu que yo pudiera abrir. Dije que lo sabía, que no estaba pidiendo eso. Le pedí que me explicara cómo funcionaba el segmento en quienes lo poseían de manera más completa. Sacó varios estudios y los leímos juntas, en su despacho, durante casi dos horas, y por los estudios comprendí que las personas con concentraciones más elevadas de Theta-4 obtenían mejores resultados al orientarse en espacios desconocidos, al reconocer estructuras repetitivas en grandes conjuntos de datos visuales y en determinados tipos de matemática aplicada. Que no era una capacidad específica que se tiene o no se tiene, sino un gradiente, una sutileza de la percepción, y que su pérdida era lenta y casi imperceptible a escala individual, como la pérdida de la visión periférica a lo largo de generaciones, y que, al igual que sucede con la visión periférica, no sabes que falta hasta que la necesitas y no está allí.

Salí del Centro aquella tarde, me detuve en la acera, miré la calle que tenía delante e intenté ver lo que veía Radu. Era un ejercicio estúpido y lo sabía. La calle era una calle, los edificios eran edificios, la geometría del espacio era la misma geometría del espacio que veía todos los días, nada había sucedido con mi percepción, no era yo quien había perdido algo; mi especie había perdido algo, allá en el futuro, en personas que todavía no habían nacido y que se orientarían por espacios y leerían datos visuales con un 40 % menos de cierta sutileza de la mirada y no sabrían que eso les estaba sucediendo porque nunca habrían conocido otra cosa.

Pensé en Radu atravesando el patio de la escuela aquel primer septiembre, sin haber estado nunca allí, orientándose con una facilidad que yo había atribuido a su valentía y que tal vez fuera valentía, pero quizá también fuera otra cosa, un sentido de la estructura del espacio más fino que el mío, heredado de quién sabe quién y transmitido desde quién sabe quién y detenido en octubre por una causa médica que recordaba y olvidaba a intervalos regulares. Pensé que, además de todo lo que sabía que había perdido –la voz, la presencia, las manos, aquella particular mañana de domingo en que venía a mi cama a las siete y me despertaba llamándome–, había perdido también algo cuya existencia ignoraba, algo que nunca había visto porque él no sabía que fuera extraordinario y yo no sabía que estaba allí, una capa de su mirada que mis ojos habían contemplado sin reconocerla.

Y ahora ya no estaba en ninguna parte.

Volví a casa caminando, otra vez por el mismo trayecto, junto a su escuela, y esta vez me detuve ante la verja y miré el patio. Estaba desierto, ya habían terminado las clases, y la luz de octubre caía sobre el asfalto con ese ángulo particular de las últimas horas de la tarde y hacía que el patio pareciera más grande de lo que era, o más pequeño, no estaba segura; había algo en la perspectiva que no era como yo esperaba y no sabía si siempre había sido así y nunca me había dado cuenta o si ahora percibía de manera diferente, sabiendo que existía una forma de ver aquello a la que jamás tendría pleno acceso.

No hay nada que hacer.

Me quedé junto a la verja hasta que oscureció, después volví a casa y abrí la ventana de la habitación de Radu; dejé que entrara el aire y moviera los papeles del escritorio, los dibujos de naves y del bichón que nunca le compré, y pensé que quizá en aquellos dibujos hubiera algo de su segmento, una geometría particular, una relación entre formas que él veía de manera natural y que había plasmado sin saber que la estaba plasmando, y quizá estuviera allí y yo no pudiera leerla y quizá no hubiera nada y solo fuera el dibujo de un niño de diez años que quería un perro y no llegó a tenerlo.

Al día siguiente llamé al Instituto y pregunté si existía alguna manera de catalogar la obra visual de un niño fallecido como posible reservorio mnémico, y la mujer que respondió dijo que transmitiría la pregunta al departamento de investigación y que alguien se pondría en contacto conmigo. Nadie lo hizo. Esperé dos semanas y después dejé de esperar y tomé los dibujos de Radu y los guardé en una carpeta y puse la carpeta en el estante de su habitación y pensé que estarían allí si alguna vez aparecía alguien con un método, y que, si no aparecía nadie, estarían allí de todos modos y eso era suficiente. O no era suficiente, pero era lo que tenía.

Por las mañanas escucho el agua en las tuberías. El vecino de arriba tiene un horario fijo que he aprendido, y en su rutina hay una regularidad que resulta reconfortante precisamente porque no tiene ninguna relación conmigo; el agua corre y se detiene independientemente de lo que yo haga, independientemente de cuántas páginas lea o deje de leer, independientemente de que la ventana esté abierta o cerrada. A veces pienso que la memoria colectiva funciona de una manera parecida, que existe un flujo que continúa independientemente de lo que se pierda, que el 40 % de un segmento Theta-4 es una pérdida real y documentada y que el flujo continúa, que la especie sigue adelante con lo que queda y con lo que nace y que, dentro de unas generaciones, quizá ya no se oriente tan bien en espacios desconocidos y quizá lo compense con otra cosa y quizá ni siquiera sepa que lo está compensando.

Pienso que Radu no sabía que llevaba dentro algo que no era suyo, algo distribuido, algo que venía de lejos y que debería haber seguido adelante. Pienso que él solo sabía que quería un perro, que las matemáticas eran interesantes, que su padre a veces estaba allí y a veces no estaba allí de verdad, que esas eran las coordenadas de su mundo y que, dentro de esas coordenadas, él estaba completo; nodo completo o incompleto, como quisiera clasificarlo alguien, él estaba completo.

El grifo de arriba se cierra. Llega el silencio y, en medio del silencio, me levanto y voy a la cocina, preparo café y me siento a la mesa y miro la silla de Radu, y a la luz de la mañana veo sobre la superficie de la silla, en la textura de la madera, un patrón que no había observado antes, o que había observado y olvidado, una serie de líneas paralelas ligeramente curvas que convergen en un punto de la esquina inferior derecha y se extienden hacia los bordes, y permanezco sentada contemplando ese patrón y no sé si lo veo porque está allí o porque ahora sé que deben de existir formas de ver que no domino y mi mente intenta simularlas, llenar el vacío con algo, con cualquier cosa, con líneas en la madera y con la geometría del patio de la escuela bajo la luz de octubre y con la perspectiva de una calle normal que no es como yo esperaba.

No sé si veo más o si imagino que veo más o si ambas cosas son lo mismo. Bebo el café y miro la silla y dejo que la pregunta permanezca allí, sin resolver, en esta mañana y en todas las mañanas que vendrán.

Gabriel Chiriac se graduó en la Facultad de Teología Ortodoxa "Dumitru Stăniloae" de la Universidad "Al. I. Cuza" (Departamento de Arte Sacro) de Iași, con una especialización en libro-documento y una maestría en la misma área. Es restaurador experto de madera en el Centro de Investigación y Conservación-Restauración del Patrimonio Cultural del Complejo del Museo Nacional "Moldova" en Iași. Asimismo, es experto acreditado por el Ministerio de Cultura en la conservación del patrimonio cultural nacional y en la conservación-restauración de la madera de monumentos arquitectónicos populares. Debutó como autor en 2009 en la editorial Junimea de Iași con la novela histórica «Invierno con copos de nieve sangrientos» (reeditada en 2020 por la editorial SedCom Libris de Iași), seguida de otras dos novelas de temática histórica: «El león alado» (Junimea, 2011) y «Niebla roja en Crimea» (Junimea, 2014). En 2024, también en la editorial Junimea, publicó el poemario «Kerouac Blues». Ha publicado poesía y prosa breve en Planeta Babel, Rexpublica, Meridianul Timișoara, Lettres Capitales, O mie de semne, Noise Poetry, Helis, Zugzwang y Ficțiunea.

 

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