Gabriel Chiriac
Me enviaron la
carta tres semanas después de la muerte de Radu. No por correo; desde hace unos
cincuenta años nadie envía ya nada importante por correo. Me la enviaron
directamente a la aplicación, con el membrete del Instituto en azul oscuro y la
firma digital de un director al que nunca había conocido y al que tampoco
deseaba conocer. La carta dejaba constancia del pesar del Instituto por la
pérdida sufrida y de su comprensión ante la dificultad del período que estaba
atravesando. Después, sin transición alguna, mencionaba que, de conformidad con
el Protocolo 7 de la Convención de Lausana sobre el Patrimonio Mnémico
Colectivo, estaba obligada a presentarme en un plazo de treinta días en el
Centro de Evaluación más cercano para una sesión de inventario de la pérdida
mnémica. La carta añadía que mi presencia no era opcional. Estaba subrayado. Su
presencia no es opcional.
Leí la carta tres veces, después
cerré la aplicación, fui a la cocina, preparé café, me senté a la mesa, miré la
silla de Radu y dejé que el café se enfriara. Conocía el Protocolo, todo el
mundo conoce el Protocolo, se estudia en la escuela, hay todo un módulo en el
programa de biología social acerca del funcionamiento de la memoria colectiva y
de las responsabilidades del individuo respecto del patrimonio mnémico de la
especie y de lo que sucede cuando un nodo de almacenamiento desaparece antes de
alcanzar la madurez. Sabía todo eso. Nunca había pensado que llegaría a
aplicarse a mi caso.
Radu había muerto el 3 de octubre,
por la mañana, a las seis y cuarto, por una causa que los médicos habían
denominado con un término largo y preciso y que yo había recordado, olvidado y
vuelto a recordar tantas veces que ya no estaba segura de si lo sabía o
imaginaba que lo sabía, lo cual, para alguien que se había ganado la vida
gracias a la precisión, constituye una forma muy particular de humillación.
Diez años y once meses. Le faltaban exactamente un mes y tres días para cumplir
once años y eso importaba; importaba por razones que no había comprendido del
todo antes de recibir la carta del Instituto y que seguía sin comprender del
todo después, aunque me las habían explicado con paciencia, con gráficos y con
una voz especialmente calibrada para situaciones como la mía.
Importaba porque un niño menor de
doce años es un nodo incompleto. Esa es la formulación técnica: nodo
incompleto. La primera vez que la oí sentí algo que no era ira ni dolor, sino
más bien una náusea fría y particular, esa clase de náusea que se siente cuando
comprendes que un sistema ha reducido algo inmenso a una categoría
administrativa y que el sistema no lo hace por crueldad, sino simplemente
porque no tiene otra manera de funcionar. Un nodo incompleto significa que el
proceso de integración mnémica no ha concluido, que los fragmentos de memoria
colectiva que Radu llevaba dentro de sí, en esas estructuras específicas de la
corteza prefrontal que ahora llaman nodos y que yo, en mi mente, seguía
llamando mi hijo, no habían llegado a sincronizarse por completo con la red.
Una parte de ellos existe en la red, almacenada de forma redundante también en
otras personas. Otra parte no existe en ningún otro lugar. El problema, me
explicó la mujer del Instituto con su voz calibrada, es que no sabemos qué
parte.
Fui al Centro de Evaluación el
vigésimo séptimo día, tres días antes de que venciera el plazo, no tanto porque
hubiera aceptado la idea sino, sobre todo, porque tenía miedo de lo que pudiera
suceder si no iba y no tenía fuerzas para averiguarlo. El Centro estaba en un
edificio de aspecto corriente, de vidrio y hormigón, en el mismo barrio donde
Radu había ido a la escuela. Pasé junto a la escuela para llegar al Centro, vi
a los niños en el patio durante el recreo y apresuré el paso. Entré en el
edificio, di mi nombre en la recepción y esperé sentada en una silla gris, en
un vestíbulo con plantas artificiales, hasta que llegó un hombre joven que me
condujo a una habitación austera y blanca donde había un dispositivo parecido a
un aparato de resonancia magnética. El hombre me pidió que me acostara, me
colocó en la cabeza algo parecido a un casco de ciclista y dijo que tardaría
unos cuarenta minutos, que no dolía y que podía cerrar los ojos si quería.
Cerré los ojos y escuché el zumbido
discreto, casi melodioso, del aparato mientras pensaba en Radu.
No es una descripción poética, es
literalmente lo que sucedió: el aparato leía la actividad de mi red mnémica y
yo, sin haberlo planeado, empecé a pensar en Radu, a reconstruirlo en mi mente
con una precisión que no había vuelto a tener desde su muerte, como si la
proximidad del aparato desbloqueara algo en mí o como si mi mente supiera que
aquel era el único momento en que se le exigía ser exacta y no aproximada. Vi
sus manos, específicamente sus manos, porque las manos de los niños tienen una
textura de piel que no se tiene a ninguna otra edad y que uno no sabe que ha
observado hasta que necesita reconstruirla y entonces está allí, perfecta,
almacenada en algún lugar por debajo del nivel de las palabras. Vi la forma
particular en que inclinaba la cabeza cuando leía, ligeramente hacia la
izquierda, con la mano derecha sosteniéndole la barbilla. Vi una tarde de un
verano de dos años atrás, una tarde en la que no ocurrió nada especial, cuando
Radu dibujaba en la mesa de su habitación y yo había entrado para llevarle un
vaso de agua, y él no había levantado la mirada pero había dicho gracias, y yo
me había quedado un instante en la puerta mirándolo, y después había salido, y
entonces no sabía que conservaría aquel instante con una precisión tan absurda
mientras otras cosas, cosas que debería haber recordado, se borrarían por
completo.
Cuando el aparato se detuvo y el
joven me quitó el casco, pasé unos segundos completamente desorientada, como
después de un sueño muy preciso del que despiertas sin saber en qué dirección
está el suelo. El hombre me dio un vaso de agua y me dijo que los resultados
serían procesados en unos días, que recibiría un informe detallado y que un
asesor mnémico se pondría en contacto conmigo para hablar de las implicaciones.
Pregunté qué implicaciones. Dijo que no estaba autorizado a dar detalles antes
de que estuviera listo el informe. Salí a la calle y regresé a casa a pie, tres
kilómetros y medio, y por el camino volví a pasar junto a la escuela de Radu;
esta vez el patio estaba vacío y no apresuré el paso.
El informe llegó cinco días
después. Diecinueve páginas de gráficos y tablas y un resumen ejecutivo en la
primera página, escrito con letras grandes para las personas incapaces de leer
diecinueve páginas, y el resumen ejecutivo decía, en esencia, que Radu había
sido portador de un segmento mnémico de categoría Theta-4, un tipo poco común
de almacenamiento asociado con la percepción espacial compleja y con cierto
tipo de reconocimiento de patrones en sistemas caóticos; que aproximadamente el
60 % del segmento estaba presente en la red colectiva; que el 40 % restante
estaba almacenado exclusivamente en Radu y en mí; que, de los dos, Radu había
muerto y yo seguía viva; por lo tanto, el 40 % de un segmento Theta-4 había
desaparecido con él porque yo no almacenaba ese mismo 40 %, sino otro
subconjunto que se superponía parcialmente con el que había tenido Radu pero no
cubría la laguna, y, en términos prácticos, eso significaba que cierta forma de
percibir y procesar la realidad espacial compleja había disminuido en nuestra
especie en un porcentaje que, considerado individualmente, parecía
insignificante, pero que, acumulado con otras pérdidas similares de las últimas
décadas, representaba una tendencia preocupante que el Instituto vigilaba
atentamente.
Leí el resumen dos veces y después
pasé a la segunda página y leí el informe completo, las diecinueve páginas,
algo que no había hecho con ningún documento desde la muerte de Radu, y
comprendí aproximadamente la mitad; la otra mitad estaba expresada en términos
técnicos que no dominaba, y al terminar las diecinueve páginas sabía menos que
antes, en el sentido de que antes había perdido a un hijo y ahora había perdido
a un hijo y el 40 % de un segmento Theta-4, y no sabía qué era un segmento
Theta-4 más allá de su definición técnica, no sabía cómo se manifestaba en la
práctica y no sabía qué era exactamente lo que ya no podíamos ver, o pensar, o
comprender desde que Radu había dejado de existir, y eso era peor que cualquier
otra cosa: no el conocimiento de la pérdida, sino, sobre todo, la imposibilidad
de localizarla.
La asesora mnémica que se puso en
contacto conmigo la semana siguiente se llamaba Adriana y hablaba con la misma
voz calibrada que la mujer del Instituto, probablemente una característica
profesional, probablemente se la enseñaban en algún curso, y me explicó que la
pérdida parcial de un segmento Theta-4 no tiene efectos inmediatos ni
perceptibles a nivel individual, que yo no sentiría que había dejado de ser
capaz de hacer algo que antes podía hacer, que mis funciones cognitivas no se
modificaban, que el cambio se producía a nivel de la especie y se manifestaba a
lo largo de períodos prolongados, incluso generaciones, y que el propósito del
Instituto era cartografiar y documentar, no intervenir, no en la fase actual de
la investigación. Pregunté qué significaba que su propósito no fuera
intervenir. Dijo que significaba que no había nada que hacer. Le di las gracias
y cerré la aplicación.
No hay nada que hacer es una
frase que se comprende de manera diferente según el contexto. Si un médico te
la dice acerca de una enfermedad, es un diagnóstico. Si alguien te la dice
acerca de una relación, es una conclusión. Pero si te la dice una asesora
mnémica acerca del hecho de que tu hijo muerto se ha llevado consigo el 40 % de
un segmento de percepción espacial compleja que tu especie jamás recuperará, es
algo para lo que todavía no he encontrado una palabra.
Empecé a pensar en el segmento
Theta-4 de maneras que sabía inútiles y no pude detenerme. Me preguntaba cómo
se manifestaba en Radu. No biológicamente, no en los términos del informe, sino
más bien desde el punto de vista fenomenológico: cómo veía él el mundo con un
40 % más de aquel segmento que yo. Si cuando estaba sentado ante su mesa de
dibujo veía en las líneas que trazaba estructuras que yo, al mirarlas, era
incapaz de ver. Si al abrir un rompecabezas veía la solución de un solo
vistazo, no mediante la lógica sino a través de una percepción más directa de
la relación entre las formas. Si cuando salíamos juntos al parque y yo me
orientaba por las calles y los letreros, él se orientaba mediante algo más
sutil, algo perteneciente a la geometría del propio espacio que yo percibía
vagamente, como un ruido de fondo, y que él oía con claridad, como una melodía.
No tengo forma de saberlo. Esa era
la conclusión a la que llegaba cada vez y, cada vez, esa conclusión era una
pared, blanda y dura al mismo tiempo, como todas las paredes ante las cuales no
puedes hacer nada salvo apoyar la frente contra ellas y escuchar lo que hay al
otro lado, o imaginarlo.
Yo imaginaba. Era un hábito nuevo,
propio de aquella época; antes no imaginaba cosas que desconocía. Tenía una
mente que prefería la precisión y que se sentía cómoda con el vacío dejado por
la información ausente, un vacío limpio, delimitado, manejable. Ahora el vacío
ya no estaba limpio. El vacío tenía la forma de Radu y la forma del 40 % de
algo cuya existencia jamás había conocido, y aquel vacío combinado era mayor
que la suma de sus partes y no se dejaba delimitar; se extendía en direcciones
que yo no había previsto, invadía cosas que no esperaba, se sentaba a la mesa
del desayuno en su silla, recorría su habitación y estaba en el susurro del
papel cuando el aire entraba por la ventana que ahora dejaba siempre
entreabierta.
Regresé al Centro sin que me
hubieran citado. El joven no estaba de guardia, había otra persona, una mujer
mayor con anteojos, y le expliqué que quería comprender mejor qué era un
segmento Theta-4, que quería saber cómo se manifestaba, que quería saber qué
veía mi hijo que yo no veía. Dijo que no existía una forma directa de acceder a
la percepción de otra persona, que la red mnémica era un sistema distribuido y
no un sistema de grabación, que no existía en ninguna parte un archivo de Radu
que yo pudiera abrir. Dije que lo sabía, que no estaba pidiendo eso. Le pedí
que me explicara cómo funcionaba el segmento en quienes lo poseían de manera
más completa. Sacó varios estudios y los leímos juntas, en su despacho, durante
casi dos horas, y por los estudios comprendí que las personas con
concentraciones más elevadas de Theta-4 obtenían mejores resultados al
orientarse en espacios desconocidos, al reconocer estructuras repetitivas en
grandes conjuntos de datos visuales y en determinados tipos de matemática aplicada.
Que no era una capacidad específica que se tiene o no se tiene, sino un
gradiente, una sutileza de la percepción, y que su pérdida era lenta y casi
imperceptible a escala individual, como la pérdida de la visión periférica a lo
largo de generaciones, y que, al igual que sucede con la visión periférica, no
sabes que falta hasta que la necesitas y no está allí.
Salí del Centro aquella tarde, me
detuve en la acera, miré la calle que tenía delante e intenté ver lo que veía
Radu. Era un ejercicio estúpido y lo sabía. La calle era una calle, los
edificios eran edificios, la geometría del espacio era la misma geometría del
espacio que veía todos los días, nada había sucedido con mi percepción, no era
yo quien había perdido algo; mi especie había perdido algo, allá en el futuro,
en personas que todavía no habían nacido y que se orientarían por espacios y
leerían datos visuales con un 40 % menos de cierta sutileza de la mirada y no
sabrían que eso les estaba sucediendo porque nunca habrían conocido otra cosa.
Pensé en Radu atravesando el patio
de la escuela aquel primer septiembre, sin haber estado nunca allí,
orientándose con una facilidad que yo había atribuido a su valentía y que tal
vez fuera valentía, pero quizá también fuera otra cosa, un sentido de la estructura
del espacio más fino que el mío, heredado de quién sabe quién y transmitido
desde quién sabe quién y detenido en octubre por una causa médica que recordaba
y olvidaba a intervalos regulares. Pensé que, además de todo lo que sabía que
había perdido –la voz, la presencia, las manos, aquella particular mañana de
domingo en que venía a mi cama a las siete y me despertaba llamándome–, había
perdido también algo cuya existencia ignoraba, algo que nunca había visto
porque él no sabía que fuera extraordinario y yo no sabía que estaba allí, una
capa de su mirada que mis ojos habían contemplado sin reconocerla.
Y ahora ya no estaba en ninguna
parte.
Volví a casa caminando, otra vez
por el mismo trayecto, junto a su escuela, y esta vez me detuve ante la verja y
miré el patio. Estaba desierto, ya habían terminado las clases, y la luz de
octubre caía sobre el asfalto con ese ángulo particular de las últimas horas de
la tarde y hacía que el patio pareciera más grande de lo que era, o más
pequeño, no estaba segura; había algo en la perspectiva que no era como yo
esperaba y no sabía si siempre había sido así y nunca me había dado cuenta o si
ahora percibía de manera diferente, sabiendo que existía una forma de ver
aquello a la que jamás tendría pleno acceso.
No hay nada que hacer.
Me quedé junto a la verja hasta que
oscureció, después volví a casa y abrí la ventana de la habitación de Radu;
dejé que entrara el aire y moviera los papeles del escritorio, los dibujos de
naves y del bichón que nunca le compré, y pensé que quizá en aquellos dibujos
hubiera algo de su segmento, una geometría particular, una relación entre
formas que él veía de manera natural y que había plasmado sin saber que la
estaba plasmando, y quizá estuviera allí y yo no pudiera leerla y quizá no
hubiera nada y solo fuera el dibujo de un niño de diez años que quería un perro
y no llegó a tenerlo.
Al día siguiente llamé al Instituto
y pregunté si existía alguna manera de catalogar la obra visual de un niño
fallecido como posible reservorio mnémico, y la mujer que respondió dijo que
transmitiría la pregunta al departamento de investigación y que alguien se
pondría en contacto conmigo. Nadie lo hizo. Esperé dos semanas y después dejé
de esperar y tomé los dibujos de Radu y los guardé en una carpeta y puse la
carpeta en el estante de su habitación y pensé que estarían allí si alguna vez
aparecía alguien con un método, y que, si no aparecía nadie, estarían allí de
todos modos y eso era suficiente. O no era suficiente, pero era lo que tenía.
Por las mañanas escucho el agua en
las tuberías. El vecino de arriba tiene un horario fijo que he aprendido, y en
su rutina hay una regularidad que resulta reconfortante precisamente porque no
tiene ninguna relación conmigo; el agua corre y se detiene independientemente
de lo que yo haga, independientemente de cuántas páginas lea o deje de leer,
independientemente de que la ventana esté abierta o cerrada. A veces pienso que
la memoria colectiva funciona de una manera parecida, que existe un flujo que
continúa independientemente de lo que se pierda, que el 40 % de un segmento
Theta-4 es una pérdida real y documentada y que el flujo continúa, que la
especie sigue adelante con lo que queda y con lo que nace y que, dentro de unas
generaciones, quizá ya no se oriente tan bien en espacios desconocidos y quizá
lo compense con otra cosa y quizá ni siquiera sepa que lo está compensando.
Pienso que Radu no sabía que
llevaba dentro algo que no era suyo, algo distribuido, algo que venía de lejos
y que debería haber seguido adelante. Pienso que él solo sabía que quería un
perro, que las matemáticas eran interesantes, que su padre a veces estaba allí
y a veces no estaba allí de verdad, que esas eran las coordenadas de su mundo y
que, dentro de esas coordenadas, él estaba completo; nodo completo o
incompleto, como quisiera clasificarlo alguien, él estaba completo.
El grifo de arriba se cierra. Llega
el silencio y, en medio del silencio, me levanto y voy a la cocina, preparo
café y me siento a la mesa y miro la silla de Radu, y a la luz de la mañana veo
sobre la superficie de la silla, en la textura de la madera, un patrón que no
había observado antes, o que había observado y olvidado, una serie de líneas
paralelas ligeramente curvas que convergen en un punto de la esquina inferior
derecha y se extienden hacia los bordes, y permanezco sentada contemplando ese
patrón y no sé si lo veo porque está allí o porque ahora sé que deben de
existir formas de ver que no domino y mi mente intenta simularlas, llenar el
vacío con algo, con cualquier cosa, con líneas en la madera y con la geometría
del patio de la escuela bajo la luz de octubre y con la perspectiva de una
calle normal que no es como yo esperaba.
No sé si veo más o si imagino que veo más o si ambas cosas son lo mismo. Bebo el café y miro la silla y dejo que la pregunta permanezca allí, sin resolver, en esta mañana y en todas las mañanas que vendrán.

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