jueves, 8 de octubre de 2026

CUANTO

Anamaria Borlan

Abcede estaba acurrucado en el alféizar interior de la nave, con la barbilla apoyada en las palmas de las manos. Miraba pensativo a través del ojo de buey, semejante a una celda de panal, sin distinguir casi nada en la oscuridad cósmica.

—¿Por qué hay esferas azules y rojas? —murmuró, señalando con un dedo el vacío del espacio que atravesaban rumbo a un destino que él desconocía.

Moxie, algunos años mayor que su hermano, se volvió hacia él con una especie de suspiro de exasperación. La muchacha parpadeó dos veces, deliberadamente, para activar el microchip nanofluídico integrado en las vías neuronales de su cerebro, que actuaba como amplificador de potencia sin alterar la plasticidad de las señales de la memoria y funcionaba como una red biológica.

—¡Otra vez preguntas lo mismo! ¡No eres capaz de asimilar una referencia tan trivial!

—Moxie, yo no sé hacer heterouniones —dijo él, volviendo el pequeño cuerpo hacia su hermana—. No sé realizar diferentes acoplamientos multiescala como tú. ¡No tengo un chip en el cerebro, como todos ustedes!

La muchacha lo miró con el ceño fruncido y luego sonrió.

—Está bien, Abcede. Aunque siempre me irritas con tus preguntas absurdas, te responderé. Sí tienes un chip en el cerebro, pero no eres capaz de activarlo. —El niño le devolvió la sonrisa y acarició el largo cabello que le caía sobre el hombro—. Entonces, ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué hay esferas azules y rojas?

—¡Uf! Lo mismo, siempre la misma pregunta. ¡Está bien! La esfera azul es una esfera azul. La esfera azul tiene energía cero. La esfera roja es una esfera roja.

Inspiró profundamente y comenzó su explicación.

—La esfera roja tiene energía; se ve un círculo semejante a un halo amarillo. Todas las esferas están compuestas de átomos. La esfera azul y la esfera roja se encuentran en el centro de tres círculos concéntricos que tienen radios y dimensiones diferentes, como si fueran varias órbitas. En esos círculos concéntricos hay tres neutrones. Tres protones y tres electrones. Los electrones tienen energía. El electrón del círculo exterior posee la mayor energía. El electrón de la órbita más pequeña posee la menor energía. La energía de las tres órbitas está cuantizada, es decir, se establecen valores discontinuos de una magnitud física que varía mediante saltos. Un electrón aparece en la órbita interior, la de menor radio, pero también puede existir en las otras dos órbitas. El electrón no puede existir en el espacio entre dos órbitas. No existen electrones con energía cero. Un electrón puede absorber energía y cargarse. Del mismo modo, un electrón puede liberar energía. En ese caso, puede caer desde la primera órbita, la más amplia, hasta la intermedia, dependiendo de la cantidad de energía liberada. La energía absorbida y la liberada forman una cantidad de energía libre. Esa cantidad de energía es un cuanto. El cuanto es el menor valor discreto de una determinada magnitud física. Un cuanto de energía es una cantidad determinada y finita de energía que puede ser emitida o absorbida por un sistema atómico. Además, la energía de un cuanto es directamente proporcional a su frecuencia. ¿Has entendido?

Abcede dejó de dibujar con su pequeño dedo sobre el ojo de buey semejante a una celda de panal.

Después se acurrucó en el estrecho sofá.

—¿Qué has escrito ahí?

—Lo que me contaste.

—¡Eres un genio! —exclamó Moxie—. Has escrito la ecuación que relaciona la energía de un cuanto con su frecuencia. El principio fundamental de la mecánica cuántica según el cual la energía es directamente proporcional a la frecuencia. ¿Cómo lo sabes? ¿Se te ha activado el microchip nanofluídico?

El niño se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Imaginé tus palabras —susurró, mirando con temor a los ojos de su hermana.

—Es correcto. ¿Puedes explicármelo?

—No —respondió de inmediato.

—¿En qué pensaste?

—En una longitud dividida por el tiempo.

—¿Y cuál es el resultado?

—Pensé en la velocidad de la luz en el vacío.

—Correcto otra vez. Es la mayor velocidad posible a la que cualquier forma de energía, materia o información puede propagarse por el Universo. En este nivel cuántico, los electrones, las esferas azules y rojas, se mueven como ondas, como las oscilaciones del agua.

—¿Hay agua en el espacio?

—En el espacio interestelar sí, en las gigantescas nubes de gas.

—Estoy cansado. Voy a dormir.

Moxie resopló, contrariada.

—Está bien. Duerme. Tal vez el chip de tu cerebro despierte contigo.

Abcede se tendió en el asiento situado bajo el ojo de buey y se quedó dormido de inmediato. Su hermana miró hacia la pequeña ventana hexagonal. Se acercó al ojo de buey, inclinándose sobre el pequeño cuerpo de su hermano, y lo iluminó con un haz de luz azul. Las marcas que el dedo de Abcede había dejado eran bastante claras.

E = hf.

Permaneció varios minutos contemplando la ecuación como si fuera una pintura extraordinaria.

—E representa la energía del cuanto —susurró para no despertar al niño—; h es la constante que relaciona la energía y la frecuencia, 6,626070040 × 10⁻³⁴ julios-segundo, llamada constante de Planck, y f es la frecuencia de la radiación. ¿Cómo puede saber algo así?

Se sentó junto a él y lo contempló mientras dormía y respiraba tranquilamente.

—La luz del Sol tardaba aproximadamente ocho minutos y veinte segundos en llegar a la Tierra —añadió al cabo de un rato, continuando su monólogo.

Alzó la mirada hacia el ojo de buey. No veía nada más que la densa oscuridad del espacio cósmico que su nave atravesaba a velocidad constante. Se dirigían hacia otra constelación, situada en los confines de la galaxia. ¡Quién sabía qué encontrarían allí! Quizá un planeta parecido al que habían abandonado, calentado por un sol acogedor. Un lugar donde la ecuación escrita en el ojo de buey por el pequeño pudiera aplicarse con mayor fortuna.

—El futuro no es solamente un lugar hacia el que nos dirigimos, sino un lugar que crearemos y construiremos —murmuró Moxie, mirando a su hermano, un niño demasiado pequeño para su edad, probablemente soñando con cuantos.

La información recibida desde la distancia, más de un siglo y medio atrás, había sido descifrada. Los habitantes de la Tierra habían tenido tiempo suficiente para prepararse para el largo viaje. El mayor logro, el que había hecho posible el viaje interestelar, había sido la revolución de la informática neuromórfica. Al crear el hardware de la inteligencia artificial siguiendo el modelo del funcionamiento del cerebro humano y reproduciendo el pensamiento humano, de pronto todo se había vuelto muy sencillo.

La fusión de la inteligencia externa con la humana solo había aportado beneficios. Allí donde el ser humano no podía resolver algo particularmente difícil, intervenía el cerebro artificial, capaz de procesar eficazmente cualquier abstracción, razonando para establecer vínculos entre conceptos demasiado complejos y confusos para la mente humana. Y la inteligencia ya no se limitaba a simular el pensamiento: hacía mucho que había superado aquellas etapas de aprendizaje y se comportaba exactamente como el cerebro humano, con una diferencia... la información fluía instantáneamente mediante teleportación cuántica.

Los microchips nanofluídicos, integrados directamente en las vías neuronales del cerebro humano, estaban conectados a sus más de cien mil millones de neuronas. Esta integración permitía al microchip captar y procesar las señales electroquímicas responsables de transmitir información por el sistema nervioso. Las señales que naturalmente circulaban entre las neuronas para garantizar el funcionamiento normal del cerebro eran ahora interceptadas, analizadas y, cuando era necesario, modificadas por el microchip nanofluídico.

De ese modo, el proceso de pensamiento y reacción ante los estímulos externos ya no dependía exclusivamente de la estructura biológica del cerebro, sino que era respaldado, modelado y optimizado mediante la intervención artificial del microchip. Esta simbiosis entre tecnología y biología había producido una eficiencia sin precedentes de los procesos cognitivos, permitiendo la transmisión instantánea de información y una rápida adaptación a situaciones complejas.

El ser humano había copiado esos circuitos y los había implementado en una máquina. Quedaron tan satisfechos con el resultado que, como consecuencia, las personas dejaron de esforzarse por pensar por sí mismas y fueron perdiendo, día tras día, una parte de su inteligencia natural: la capacidad de resolver problemas, de comprender determinadas actividades y conjuntos de actos físicos, intelectuales y morales encaminados a obtener determinados resultados. Con el tiempo ya no conseguían abstraer ni razonar lógicamente; habían perdido la capacidad de aprender y experimentar cosas nuevas, ya no eran capaces de resolver un problema, encontrar soluciones y adaptarse, ni de continuar siendo creativos.

Con el tiempo, y con bastante rapidez, también se fue desvaneciendo la capacidad verbal. Las personas apenas se comunicaban entre sí, salvo mediante mensajes transmitidos a distancia. Habían perdido la capacidad de analizar las situaciones. Visualizar objetos en el espacio cercano se había vuelto casi imposible; ya no escuchaban música, nadie cantaba, no se componían melodías ni versos, y la sensibilidad hacia el ritmo había desaparecido por completo. Lo mismo había ocurrido con la escritura y la lectura, que habían caído en desuso; toda la información, las preguntas y las respuestas pasaban por los circuitos nanofluídicos. La percepción de los detalles del entorno se debilitaba día tras día. Ya no existía curiosidad ante el mundo ni deseo de explorar o descubrir formas, colores o sonidos nuevos; todo parecía uniforme, sin vida. Los seres humanos se habían convertido en sombras, perdidos en su propia existencia, sin vínculos reales con cuanto los rodeaba.

Como permanecían constantemente en aquellos profundos sillones, conectados a las inteligencias, sus cuerpos se volvían inertes y sus mentes cada vez más aisladas. En lugar de comunicarse, compartir o crear, vivían mediante pensamientos automáticos y perdían lenta pero inexorablemente todo vestigio de espontaneidad. La inactividad se extendía como una densa niebla sobre sus almas, obligándolos a replegarse por completo del mundo, incapaces de conectarse con los demás o incluso de reconocerse a sí mismos. En ausencia de emociones, motivaciones o cualquier deseo de cambiar las cosas, la apatía se convirtió en una realidad adormecida.

A medida que avanzaba la tecnología, cada vez más personas dejaban de saber cómo utilizar su propio cuerpo. Pasaban días, meses e incluso años tendidas en aquellos sillones inteligentes, sin sentir ya necesidad de moverse ni de mantener ninguna interacción física. Esta inactividad prolongada no solo provocó una incapacidad física, sino también una drástica disminución de la capacidad para comprender el mundo circundante y comunicarse con los demás.

En esas condiciones, muchos habían desarrollado miedo a los espacios abiertos y al contacto social.

Las personas ya ni siquiera conseguían comprenderse a sí mismas y perdían gradualmente la capacidad de reconocerse o definirse mediante pensamientos y sentimientos auténticos. Los estados de apatía se habían vuelto habituales, y la ausencia de emociones y motivaciones hacía que parecieran apenas sombras de los seres humanos de otros tiempos. Todo debido a los implantes de microchips nanofluídicos.

Finalmente, la humanidad ya ni siquiera conseguía reconocer una montaña, un lago, un animal o un pájaro, el cielo o la tierra. Las preguntas profundas acerca de la existencia y el sentido de la vida habían quedado reducidas a disertaciones de la inteligencia, que entretenía durante algunos minutos al día a quienes ya no podían pensar, caminar ni ver, sino únicamente escuchar la voz monótona, aunque agradable, de la máquina que había reemplazado al ser humano mediante el cuanto.

La nave biointeligente, completamente automática, diseñada y construida por un conjunto de inteligencias activas, se dirigía a velocidad sublumínica hacia una constelación con dos sistemas solares, en la periferia de la galaxia. Administrada de manera autónoma, sabía qué debía hacer para salvar los últimos vestigios de una humanidad que alguna vez había florecido en todos los sentidos.

Además de Abcede y Moxie, en la nave viajaban otras seis parejas de hermanos, un varón y una mujer. Todos habían sido cuidadosamente seleccionados mediante un amplio proceso planetario que había durado varias décadas. ¿Por qué dos niños de una misma familia? Para perpetuar los genes seleccionados de la especie después de que eligieran a sus respectivas parejas, renovar el genoma y asegurar la continuidad de la especie humana en un planeta muy alejado del mundo abandonado. La nave también transportaba el ADN de organismos vivos: plantas, animales, aves y especies acuáticas.

El niño acababa de despertar y se frotó los ojos con sus pequeños puños.

—¿Moxie?

—¿Qué quieres, dormilón?

—Aaaah... —bostezó largamente—. He soñado...

—¿Tú, soñando? ¡No!

—¡Sí!

El niño se incorporó.

—¿Puedes contármelo?

El muchacho vaciló un instante antes de continuar.

—Oí a unos y a otros hablando.

—Vamos, ¿quién iba a hablar con quién? —replicó su hermana, incrédula.

—Otros. Incluso con la nave...

—Está bien, cuéntame qué soñaste —lo animó Moxie, ahora intrigada.

—Que somos siete veces dos en esta nave —murmuró.

La muchacha permaneció pensativa durante unos instantes. Tenía razón. Nadie le había hablado de los demás pasajeros como ellos que viajaban a bordo; ni siquiera los habían visto nunca. ¿Cómo sabía cuántos eran?

—Moxie... ¿qué va a ocurrir con nosotros?

—Cállate. No hablamos de esas cosas.

—¿Por qué?

—¡Porque no hablamos de eso!

—¿Por qué? ¿Los demás hablan?

—No lo sé. No me interesa.

Abcede la miró largamente y luego bajó los párpados.

—Debería interesarte —dijo finalmente.

—¿Qué? —exclamó la muchacha, sorprendida—. ¿Qué has dicho?

—Tenemos que hablar. De esto —insistió el niño.

—¿Por qué? Dime por qué.

—Voy a decirte... algo... pero no te enfades... Lo soñé... o quizá no... Tal vez simplemente lo sé... desde que nos marchamos...

—Está bien. Habla.

—El microchip nanofluídico que tienes en el cerebro... yo no lo tengo.

Moxie se puso de pie de un salto, estupefacta. Los latidos de su corazón se oían con fuerza.

—¿Cómo que no tienes microchip? ¡No puedes vivir sin un microchip! Lo que acabas de decir es una estupidez enorme.

—Moxie...

—¡Cállate!

—No, no me callaré. Esta vez no. Yo soy diferente. Tú eres diferente. ¿Alguna vez te has preguntado por qué partimos hacia otro mundo? ¿Alguna vez te has preguntado por qué nosotros y no otros? ¿Alguna vez te has preguntado dónde están nuestros padres?

Moxie contemplaba a su hermano con los labios entreabiertos, incapaz de creer lo que acababa de oír. Siempre lo había considerado algo retrasado con respecto a otros niños de su edad. Nunca había sido un niño alegre ni expresivo; permanecía encerrado en sí mismo, en un mundo completamente distinto del que habitaban todos los demás.

—¿Qué quieres decir?

—Que nosotros... quizá solamente yo, que tengo el microchip nanofluídico desactivado... tal vez no sea tan inteligente como los demás...

—¡Cállate, Abcede, deja de decir tonterías!

—...yo soy solo una entidad indivisible...

—¡Cállate! —gritó su hermana, alarmada, sujetándole las manos entre las suyas.

—...de energía; estoy compuesto por partículas elementales de materia...

—¡No, no, no puede ser!

—...sabes que...

—¡No digas nada más, te lo suplico!

—...me formé hace muchos ma...

—¡Abcede, cállate de una vez!

—...no, cuerpos celestes cayeron sobre los planetas...

—¡Detente!

—...las materias del exterior se combinaron con las del interior...

—¡Nada de lo que dices es verdad!

—¿Cómo lo sabes?

—...hace seis mil ga, yo nacía junto con una materia...

—¡No sigas!

—...funciono siguiendo instrucciones biológicas, como un organismo vivo...

—Pero, Abcede, ¡eres un organismo vivo, como todos nosotros!

—...no tengo el chip nanofluídico, no lo necesito...

—¡Siempre pensé que simplemente padecías algún trastorno, que tenías problemas cerebrales!

—...no me duele nada... no siento nada... no necesito nada...

—¡Estás enfermo!

Abcede bajó los párpados sobre sus ojos azul celeste. Aunque era un niño muy pequeño para su edad, su rostro y su diminuto cuerpo emanaban una especie de aura de sabiduría ancestral, como si llevara sobre los hombros el peso de secretos tan antiguos como el mundo. Moxie lo contemplaba desconcertada, incapaz de abarcar el misterio de la actitud de su hermano menor, como si detrás de sus ojos se ocultara una historia mucho más antigua de lo que su edad permitía suponer.

—...yo... pienso... sin chip... mediante un sistema de segundo orden. ¿Qué está ocurriendo? es pensamiento de primer orden; después, ¿qué ocurrirá a continuación? es mi pensamiento del nivel siguiente. Como sabes, o quizá no lo sabes, Moxie, existe una gran diferencia. El pensamiento de segundo orden proporciona respuestas mucho más inteligentes. Muchos se detuvieron en el primer paso. Pensar dos pasos por adelantado, o incluso uno, es una forma de autodefensa. La inteligencia es la que me impulsó hacia este pensamiento adicional. Ahora sé por qué abandonamos nuestro planeta...

—¡Estás muy enfermo de la cabeza, niño!

—...no soy yo quien está enfermo... la nave llegará a su destino... dentro de siete años luz... ya no habrá seres humanos tal como los conocemos hoy...

—Pero ¿cómo, Abcede? ¿Otra vez estás soñando tonterías?

—...no sueño... no es una tontería... pulso... cargado de energía...

—¿Otra vez empezaste a inventar historias de ciencia ficción?

—...de ningún modo... puedo convertir la señal débil...

—¿Qué señal? ¡Estás delirando!

—...¿sientes que la nave está acelerando?...

—Me pareció sentir algo. ¿Y qué?

—...Moxie... la aceleración uniforme a través de este espacio vacío que estamos atravesando...

Abcede dejó de hablar y comenzó a respirar con dificultad, de manera entrecortada, cada vez más agotado. La piel de su rostro empezaba a adquirir una ligera tonalidad verdosa y transparente.

—Déjalo ya. Será mejor que duermas. Hablaremos cuando despiertes.

—...llegaremos antes...

—Sí, sí, a dormir. ¡Eso está claro!

—...la inercia del movimiento de la nave...

—¿Qué pasa con ella?

—...yo la impulso... un baño térmico... doble aceleración...

—¿Qué tonterías estás diciendo, Abcede?

—...sinapsis neuronales... conectividad...

El niño comenzó a toser. Poco a poco se volvía más pálido, casi translúcido.

—...conexión... mi cerebro... con la red cósmica...

—¡Deja de decir tonterías!

—...yo... yo soy... ¡un cuanto... de luz!


Nota del original: en geología, ma es la abreviatura de mega-annum, unidad equivalente a un millón de años; ka equivale a mil años (kilo-annum) y ga, a mil millones de años (giga-annum).


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

 

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