Anamaria Borlan
Abcede estaba
acurrucado en el alféizar interior de la nave, con la barbilla apoyada en las
palmas de las manos. Miraba pensativo a través del ojo de buey, semejante a una
celda de panal, sin distinguir casi nada en la oscuridad cósmica.
—¿Por qué hay esferas azules y
rojas? —murmuró, señalando con un dedo el vacío del espacio que atravesaban
rumbo a un destino que él desconocía.
Moxie, algunos años mayor que su
hermano, se volvió hacia él con una especie de suspiro de exasperación. La
muchacha parpadeó dos veces, deliberadamente, para activar el microchip
nanofluídico integrado en las vías neuronales de su cerebro, que actuaba como
amplificador de potencia sin alterar la plasticidad de las señales de la
memoria y funcionaba como una red biológica.
—¡Otra vez preguntas lo mismo! ¡No
eres capaz de asimilar una referencia tan trivial!
—Moxie, yo no sé hacer
heterouniones —dijo él, volviendo el pequeño cuerpo hacia su hermana—. No sé
realizar diferentes acoplamientos multiescala como tú. ¡No tengo un chip en el
cerebro, como todos ustedes!
La muchacha lo miró con el ceño
fruncido y luego sonrió.
—Está bien, Abcede. Aunque siempre
me irritas con tus preguntas absurdas, te responderé. Sí tienes un chip en el
cerebro, pero no eres capaz de activarlo. —El niño le devolvió la sonrisa y
acarició el largo cabello que le caía sobre el hombro—. Entonces, ¿cuál es la
pregunta?
—¿Por qué hay esferas azules y
rojas?
—¡Uf! Lo mismo, siempre la misma
pregunta. ¡Está bien! La esfera azul es una esfera azul. La esfera azul tiene
energía cero. La esfera roja es una esfera roja.
Inspiró profundamente y comenzó su
explicación.
—La esfera roja tiene energía; se
ve un círculo semejante a un halo amarillo. Todas las esferas están compuestas
de átomos. La esfera azul y la esfera roja se encuentran en el centro de tres
círculos concéntricos que tienen radios y dimensiones diferentes, como si
fueran varias órbitas. En esos círculos concéntricos hay tres neutrones. Tres
protones y tres electrones. Los electrones tienen energía. El electrón del
círculo exterior posee la mayor energía. El electrón de la órbita más pequeña
posee la menor energía. La energía de las tres órbitas está cuantizada, es
decir, se establecen valores discontinuos de una magnitud física que varía
mediante saltos. Un electrón aparece en la órbita interior, la de menor radio,
pero también puede existir en las otras dos órbitas. El electrón no puede
existir en el espacio entre dos órbitas. No existen electrones con energía
cero. Un electrón puede absorber energía y cargarse. Del mismo modo, un
electrón puede liberar energía. En ese caso, puede caer desde la primera
órbita, la más amplia, hasta la intermedia, dependiendo de la cantidad de
energía liberada. La energía absorbida y la liberada forman una cantidad de energía
libre. Esa cantidad de energía es un cuanto. El cuanto es el menor valor
discreto de una determinada magnitud física. Un cuanto de energía es una
cantidad determinada y finita de energía que puede ser emitida o absorbida por
un sistema atómico. Además, la energía de un cuanto es directamente
proporcional a su frecuencia. ¿Has entendido?
Abcede dejó de dibujar con su
pequeño dedo sobre el ojo de buey semejante a una celda de panal.
Después se acurrucó en el estrecho
sofá.
—¿Qué has escrito ahí?
—Lo que me contaste.
—¡Eres un genio! —exclamó Moxie—.
Has escrito la ecuación que relaciona la energía de un cuanto con su
frecuencia. El principio fundamental de la mecánica cuántica según el cual la
energía es directamente proporcional a la frecuencia. ¿Cómo lo sabes? ¿Se te ha
activado el microchip nanofluídico?
El niño se encogió de hombros y
negó con la cabeza.
—Imaginé tus palabras —susurró,
mirando con temor a los ojos de su hermana.
—Es correcto. ¿Puedes explicármelo?
—No —respondió de inmediato.
—¿En qué pensaste?
—En una longitud dividida por el
tiempo.
—¿Y cuál es el resultado?
—Pensé en la velocidad de la luz en
el vacío.
—Correcto otra vez. Es la mayor
velocidad posible a la que cualquier forma de energía, materia o información
puede propagarse por el Universo. En este nivel cuántico, los electrones, las
esferas azules y rojas, se mueven como ondas, como las oscilaciones del agua.
—¿Hay agua en el espacio?
—En el espacio interestelar sí, en
las gigantescas nubes de gas.
—Estoy cansado. Voy a dormir.
Moxie resopló, contrariada.
—Está bien. Duerme. Tal vez el chip
de tu cerebro despierte contigo.
Abcede se tendió en el asiento
situado bajo el ojo de buey y se quedó dormido de inmediato. Su hermana miró
hacia la pequeña ventana hexagonal. Se acercó al ojo de buey, inclinándose
sobre el pequeño cuerpo de su hermano, y lo iluminó con un haz de luz azul. Las
marcas que el dedo de Abcede había dejado eran bastante claras.
E = hf.
Permaneció varios minutos
contemplando la ecuación como si fuera una pintura extraordinaria.
—E representa la energía del cuanto
—susurró para no despertar al niño—; h es la constante que relaciona la energía
y la frecuencia, 6,626070040 × 10⁻³⁴ julios-segundo, llamada constante de
Planck, y f es la frecuencia de la radiación. ¿Cómo puede saber algo así?
Se sentó junto a él y lo contempló
mientras dormía y respiraba tranquilamente.
—La luz del Sol tardaba
aproximadamente ocho minutos y veinte segundos en llegar a la Tierra —añadió al
cabo de un rato, continuando su monólogo.
Alzó la mirada hacia el ojo de
buey. No veía nada más que la densa oscuridad del espacio cósmico que su nave
atravesaba a velocidad constante. Se dirigían hacia otra constelación, situada
en los confines de la galaxia. ¡Quién sabía qué encontrarían allí! Quizá un
planeta parecido al que habían abandonado, calentado por un sol acogedor. Un
lugar donde la ecuación escrita en el ojo de buey por el pequeño pudiera
aplicarse con mayor fortuna.
—El futuro no es solamente un lugar
hacia el que nos dirigimos, sino un lugar que crearemos y construiremos
—murmuró Moxie, mirando a su hermano, un niño demasiado pequeño para su edad,
probablemente soñando con cuantos.
La información recibida desde la
distancia, más de un siglo y medio atrás, había sido descifrada. Los habitantes
de la Tierra habían tenido tiempo suficiente para prepararse para el largo
viaje. El mayor logro, el que había hecho posible el viaje interestelar, había
sido la revolución de la informática neuromórfica. Al crear el hardware de la
inteligencia artificial siguiendo el modelo del funcionamiento del cerebro
humano y reproduciendo el pensamiento humano, de pronto todo se había vuelto
muy sencillo.
La fusión de la inteligencia
externa con la humana solo había aportado beneficios. Allí donde el ser humano
no podía resolver algo particularmente difícil, intervenía el cerebro artificial,
capaz de procesar eficazmente cualquier abstracción, razonando para establecer
vínculos entre conceptos demasiado complejos y confusos para la mente humana. Y
la inteligencia ya no se limitaba a simular el pensamiento: hacía mucho que
había superado aquellas etapas de aprendizaje y se comportaba exactamente como
el cerebro humano, con una diferencia... la información fluía instantáneamente
mediante teleportación cuántica.
Los microchips nanofluídicos,
integrados directamente en las vías neuronales del cerebro humano, estaban
conectados a sus más de cien mil millones de neuronas. Esta integración
permitía al microchip captar y procesar las señales electroquímicas responsables
de transmitir información por el sistema nervioso. Las señales que naturalmente
circulaban entre las neuronas para garantizar el funcionamiento normal del
cerebro eran ahora interceptadas, analizadas y, cuando era necesario,
modificadas por el microchip nanofluídico.
De ese modo, el proceso de
pensamiento y reacción ante los estímulos externos ya no dependía
exclusivamente de la estructura biológica del cerebro, sino que era respaldado,
modelado y optimizado mediante la intervención artificial del microchip. Esta
simbiosis entre tecnología y biología había producido una eficiencia sin
precedentes de los procesos cognitivos, permitiendo la transmisión instantánea
de información y una rápida adaptación a situaciones complejas.
El ser humano había copiado esos
circuitos y los había implementado en una máquina. Quedaron tan satisfechos con
el resultado que, como consecuencia, las personas dejaron de esforzarse por
pensar por sí mismas y fueron perdiendo, día tras día, una parte de su
inteligencia natural: la capacidad de resolver problemas, de comprender
determinadas actividades y conjuntos de actos físicos, intelectuales y morales
encaminados a obtener determinados resultados. Con el tiempo ya no conseguían
abstraer ni razonar lógicamente; habían perdido la capacidad de aprender y
experimentar cosas nuevas, ya no eran capaces de resolver un problema,
encontrar soluciones y adaptarse, ni de continuar siendo creativos.
Con el tiempo, y con bastante
rapidez, también se fue desvaneciendo la capacidad verbal. Las personas apenas
se comunicaban entre sí, salvo mediante mensajes transmitidos a distancia.
Habían perdido la capacidad de analizar las situaciones. Visualizar objetos en
el espacio cercano se había vuelto casi imposible; ya no escuchaban música,
nadie cantaba, no se componían melodías ni versos, y la sensibilidad hacia el
ritmo había desaparecido por completo. Lo mismo había ocurrido con la escritura
y la lectura, que habían caído en desuso; toda la información, las preguntas y
las respuestas pasaban por los circuitos nanofluídicos. La percepción de los
detalles del entorno se debilitaba día tras día. Ya no existía curiosidad ante
el mundo ni deseo de explorar o descubrir formas, colores o sonidos nuevos;
todo parecía uniforme, sin vida. Los seres humanos se habían convertido en
sombras, perdidos en su propia existencia, sin vínculos reales con cuanto los
rodeaba.
Como permanecían constantemente en
aquellos profundos sillones, conectados a las inteligencias, sus cuerpos se
volvían inertes y sus mentes cada vez más aisladas. En lugar de comunicarse,
compartir o crear, vivían mediante pensamientos automáticos y perdían lenta
pero inexorablemente todo vestigio de espontaneidad. La inactividad se extendía
como una densa niebla sobre sus almas, obligándolos a replegarse por completo
del mundo, incapaces de conectarse con los demás o incluso de reconocerse a sí
mismos. En ausencia de emociones, motivaciones o cualquier deseo de cambiar las
cosas, la apatía se convirtió en una realidad adormecida.
A medida que avanzaba la
tecnología, cada vez más personas dejaban de saber cómo utilizar su propio
cuerpo. Pasaban días, meses e incluso años tendidas en aquellos sillones
inteligentes, sin sentir ya necesidad de moverse ni de mantener ninguna
interacción física. Esta inactividad prolongada no solo provocó una incapacidad
física, sino también una drástica disminución de la capacidad para comprender
el mundo circundante y comunicarse con los demás.
En esas condiciones, muchos habían
desarrollado miedo a los espacios abiertos y al contacto social.
Las personas ya ni siquiera
conseguían comprenderse a sí mismas y perdían gradualmente la capacidad de
reconocerse o definirse mediante pensamientos y sentimientos auténticos. Los
estados de apatía se habían vuelto habituales, y la ausencia de emociones y
motivaciones hacía que parecieran apenas sombras de los seres humanos de otros
tiempos. Todo debido a los implantes de microchips nanofluídicos.
Finalmente, la humanidad ya ni
siquiera conseguía reconocer una montaña, un lago, un animal o un pájaro, el
cielo o la tierra. Las preguntas profundas acerca de la existencia y el sentido
de la vida habían quedado reducidas a disertaciones de la inteligencia, que
entretenía durante algunos minutos al día a quienes ya no podían pensar,
caminar ni ver, sino únicamente escuchar la voz monótona, aunque agradable, de
la máquina que había reemplazado al ser humano mediante el cuanto.
La nave biointeligente,
completamente automática, diseñada y construida por un conjunto de
inteligencias activas, se dirigía a velocidad sublumínica hacia una
constelación con dos sistemas solares, en la periferia de la galaxia.
Administrada de manera autónoma, sabía qué debía hacer para salvar los últimos
vestigios de una humanidad que alguna vez había florecido en todos los
sentidos.
Además de Abcede y Moxie, en la
nave viajaban otras seis parejas de hermanos, un varón y una mujer. Todos
habían sido cuidadosamente seleccionados mediante un amplio proceso planetario
que había durado varias décadas. ¿Por qué dos niños de una misma familia? Para
perpetuar los genes seleccionados de la especie después de que eligieran a sus
respectivas parejas, renovar el genoma y asegurar la continuidad de la especie
humana en un planeta muy alejado del mundo abandonado. La nave también
transportaba el ADN de organismos vivos: plantas, animales, aves y especies
acuáticas.
El niño acababa de despertar y se
frotó los ojos con sus pequeños puños.
—¿Moxie?
—¿Qué quieres, dormilón?
—Aaaah... —bostezó largamente—. He
soñado...
—¿Tú, soñando? ¡No!
—¡Sí!
El niño se incorporó.
—¿Puedes contármelo?
El muchacho vaciló un instante
antes de continuar.
—Oí a unos y a otros hablando.
—Vamos, ¿quién iba a hablar con
quién? —replicó su hermana, incrédula.
—Otros. Incluso con la nave...
—Está bien, cuéntame qué soñaste
—lo animó Moxie, ahora intrigada.
—Que somos siete veces dos en esta
nave —murmuró.
La muchacha permaneció pensativa
durante unos instantes. Tenía razón. Nadie le había hablado de los demás
pasajeros como ellos que viajaban a bordo; ni siquiera los habían visto nunca.
¿Cómo sabía cuántos eran?
—Moxie... ¿qué va a ocurrir con
nosotros?
—Cállate. No hablamos de esas
cosas.
—¿Por qué?
—¡Porque no hablamos de eso!
—¿Por qué? ¿Los demás hablan?
—No lo sé. No me interesa.
Abcede la miró largamente y luego
bajó los párpados.
—Debería interesarte —dijo
finalmente.
—¿Qué? —exclamó la muchacha,
sorprendida—. ¿Qué has dicho?
—Tenemos que hablar. De esto
—insistió el niño.
—¿Por qué? Dime por qué.
—Voy a decirte... algo... pero no
te enfades... Lo soñé... o quizá no... Tal vez simplemente lo sé... desde que
nos marchamos...
—Está bien. Habla.
—El microchip nanofluídico que
tienes en el cerebro... yo no lo tengo.
Moxie se puso de pie de un salto,
estupefacta. Los latidos de su corazón se oían con fuerza.
—¿Cómo que no tienes microchip? ¡No
puedes vivir sin un microchip! Lo que acabas de decir es una estupidez enorme.
—Moxie...
—¡Cállate!
—No, no me callaré. Esta vez no. Yo
soy diferente. Tú eres diferente. ¿Alguna vez te has preguntado por qué
partimos hacia otro mundo? ¿Alguna vez te has preguntado por qué nosotros y no
otros? ¿Alguna vez te has preguntado dónde están nuestros padres?
Moxie contemplaba a su hermano con
los labios entreabiertos, incapaz de creer lo que acababa de oír. Siempre lo
había considerado algo retrasado con respecto a otros niños de su edad. Nunca
había sido un niño alegre ni expresivo; permanecía encerrado en sí mismo, en un
mundo completamente distinto del que habitaban todos los demás.
—¿Qué quieres decir?
—Que nosotros... quizá solamente
yo, que tengo el microchip nanofluídico desactivado... tal vez no sea tan
inteligente como los demás...
—¡Cállate, Abcede, deja de decir
tonterías!
—...yo soy solo una entidad
indivisible...
—¡Cállate! —gritó su hermana,
alarmada, sujetándole las manos entre las suyas.
—...de energía; estoy compuesto por
partículas elementales de materia...
—¡No, no, no puede ser!
—...sabes que...
—¡No digas nada más, te lo suplico!
—...me formé hace muchos ma...
—¡Abcede, cállate de una vez!
—...no, cuerpos celestes cayeron
sobre los planetas...
—¡Detente!
—...las materias del exterior se
combinaron con las del interior...
—¡Nada de lo que dices es verdad!
—¿Cómo lo sabes?
—...hace seis mil ga, yo
nacía junto con una materia...
—¡No sigas!
—...funciono siguiendo
instrucciones biológicas, como un organismo vivo...
—Pero, Abcede, ¡eres un organismo
vivo, como todos nosotros!
—...no tengo el chip nanofluídico,
no lo necesito...
—¡Siempre pensé que simplemente
padecías algún trastorno, que tenías problemas cerebrales!
—...no me duele nada... no siento
nada... no necesito nada...
—¡Estás enfermo!
Abcede bajó los párpados sobre sus
ojos azul celeste. Aunque era un niño muy pequeño para su edad, su rostro y su
diminuto cuerpo emanaban una especie de aura de sabiduría ancestral, como si
llevara sobre los hombros el peso de secretos tan antiguos como el mundo. Moxie
lo contemplaba desconcertada, incapaz de abarcar el misterio de la actitud de
su hermano menor, como si detrás de sus ojos se ocultara una historia mucho más
antigua de lo que su edad permitía suponer.
—...yo... pienso... sin chip...
mediante un sistema de segundo orden. ¿Qué está ocurriendo? es
pensamiento de primer orden; después, ¿qué ocurrirá a continuación? es
mi pensamiento del nivel siguiente. Como sabes, o quizá no lo sabes, Moxie,
existe una gran diferencia. El pensamiento de segundo orden proporciona
respuestas mucho más inteligentes. Muchos se detuvieron en el primer paso.
Pensar dos pasos por adelantado, o incluso uno, es una forma de autodefensa. La
inteligencia es la que me impulsó hacia este pensamiento adicional. Ahora sé
por qué abandonamos nuestro planeta...
—¡Estás muy enfermo de la cabeza,
niño!
—...no soy yo quien está enfermo...
la nave llegará a su destino... dentro de siete años luz... ya no habrá seres
humanos tal como los conocemos hoy...
—Pero ¿cómo, Abcede? ¿Otra vez
estás soñando tonterías?
—...no sueño... no es una
tontería... pulso... cargado de energía...
—¿Otra vez empezaste a inventar
historias de ciencia ficción?
—...de ningún modo... puedo
convertir la señal débil...
—¿Qué señal? ¡Estás delirando!
—...¿sientes que la nave está
acelerando?...
—Me pareció sentir algo. ¿Y qué?
—...Moxie... la aceleración
uniforme a través de este espacio vacío que estamos atravesando...
Abcede dejó de hablar y comenzó a
respirar con dificultad, de manera entrecortada, cada vez más agotado. La piel
de su rostro empezaba a adquirir una ligera tonalidad verdosa y transparente.
—Déjalo ya. Será mejor que duermas.
Hablaremos cuando despiertes.
—...llegaremos antes...
—Sí, sí, a dormir. ¡Eso está claro!
—...la inercia del movimiento de la
nave...
—¿Qué pasa con ella?
—...yo la impulso... un baño
térmico... doble aceleración...
—¿Qué tonterías estás diciendo,
Abcede?
—...sinapsis neuronales...
conectividad...
El niño comenzó a toser. Poco a
poco se volvía más pálido, casi translúcido.
—...conexión... mi cerebro... con
la red cósmica...
—¡Deja de decir tonterías!
—...yo... yo soy... ¡un cuanto...
de luz!
Nota del original: en geología,
ma es la abreviatura de mega-annum, unidad equivalente a un millón de
años; ka equivale a mil años (kilo-annum) y ga, a mil millones de
años (giga-annum).

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