viernes, 9 de octubre de 2026

HIELO Y NIEBLA

Claudio Ratier

 

No sé cuál de los hijos del tío Tito, o cuál de sus hermanos, porque también pudo haber sido algún primo –no entendí bien–, le trajo de regalo de cumpleaños una corvina pescada el día anterior en San Clemente. Era enorme, como un tiburón. Nunca vi tiburones, por eso me dio bronca la vez que se nos quedó el Valiant en un médano por la playa de Ostende, con tanta suerte que alguien se tomó la molestia de ir al Automóvil Club para que mandasen el auxilio. Esperamos muchísimo, antes de hacerse de noche mi padre se puso a mirar el mar y apenas gritó “¡tiburón!”, me fijé en el sentido que me señaló y no pude ver nada. Tarde. Me dijo que asomó la aleta y pensé que en una de esas los tiburones no existen, como tantas cosas que nos gustaría que fuesen de verdad.

El tío Tito cumplía cincuenta y los festejaba en la quinta de Gonnet, con toda la parentela. Le regalamos una caña de pescar con un riel importado comprada en la Proveeduría Deportiva; al pagar nos dieron una calcomanía con el dibujito de un tipo sobrecargado de cosas para pesca y camping, que terminó pegada en el vidrio del Valiant. Éramos muchísimos y el quincho estaba preparado desde temprano. El cumpleañero se encargó de hacer la corvina a la parrilla, pero antes, con ayuda de dos parientes, la llevó a la cocina y la colocó sobre una mesa de las que no entran en ningún departamento normal, la misma donde en invierno comíamos la polenta, los ñoquis si era 29 o el locro del 25 de mayo. Tan larga era la corvina, que la cola le quedó suspendida en el aire. Con uno de esos cuchillos tan exagerados por lo enormes, el tío Tito le hizo un tajo en la panza de lado a lado, le sacó todo lo que no se comía, así la dejó y salió a buscar el carbón y los diarios para preparar el fuego. En cuanto a la bola de tripas y demás órganos –un asco–, se los alcanzó en un plato a la tía Lida, “Para los perros”.

Pasó que me quedé en la cocina, solo. Observar por dentro semejante pescado no era cosa de siempre, así que me le acerqué lo más que pude y me encontré con que de cerca no era como la corvina que vimos todos. No tenía escamas ni piel, estaba en carne viva, rojiza como media vaca muerta colgada de un gancho en la carnicería. De la cintura para abajo era un pez, pero hacia arriba parecía un ser humano, hombre o mujer daba igual, y su cabeza calva estaba unida al cuerpo por un cuello no mucho más grueso que un espárrago. Los ojos eran una gelatina podrida y blancuzca, movía la boca y con una voz débil y ronca me dijo “Está inundado de niebla… y de hielo… todo es gris o blanco, no quiero estar, no hay nadie, hielo y niebla… por favor…”. Cualquiera se hubiese desmayado, yo no. Me repitió “Por favor…” y entendí que me quería convencer de que le partiese el cuello con el cuchillo, para arrancarle la cabeza y hacerla morir por completo, no era difícil darse cuenta del sufrimiento causado por algo que no era ni vida ni muerte. Esto sí me provocó terror y al distanciarme un par de metros, me encontré con la corvina de hacía un instante, lista para la parrilla. Me acerqué de nuevo y otra vez la misma criatura, que no dejaba de pedirme “Por favor…”. Hui.

Anduve por el parque. La pileta estaba clausurada porque no había más cloro y el agua era una mugre espesa, turbia y verdosa, con ranas que iban de aquí para allá entre mosquitos y porquerías flotantes. Al otro lado de los árboles que daban sombra según la hora, me encontré con mis primos. Después de apedrear a las ranas se pusieron a jugar a la pelota y cuando me preguntaron por dónde anduve, que de repente desaparecí, no les dije. Me los imaginé en malón rumbo a la cocina con tijeras de podar, azadones, hachas y serruchos para despedazar a la criatura, aunque puede que le hubiesen hecho un favor al quitarle ese resto de vida antes de ser arrojada a las brasas. De solo pensarlo me resistí a ser parte de una animalada más que factible, aunque muchas veces me pregunté qué habría pasado de cortarle la cabeza como me suplicó. Pero no importa, la cosa es que desde el otro lado del parque nos llamaron a los gritos, era hora de almorzar.

Durante la comida hablaron de Frondizi, del asesinato a Kennedy, de Rusia y la bomba atómica, de Angelito Labruna, del Loco del Martillo, de Nixon en China, de Mercedes Negrete y Fabiana López, del “tirano prófugo”, que si regresaba en un avión negro o que no regresaba porque en Madrid estaba de lo más bien con Ava Gardner. Después de la picada la corvina fue retirada de la parrilla, llegó con ceremonia en una fuente enorme, la trozaron, la comieron con una voracidad de presidiarios y solo dejaron las espinas. Yo no quise, no tanto porque no me gusta el pescado, sino por la razón que no tengo que explicar, así que me conformé con unas papas fritas y restos de la picada. A lo último trajeron la torta, tan grande que parecía una cubierta de camión, entre aplausos y el “felizcumpleaños” que me aturdía, y más aplausos y griterío cuando el tío Tito sopló las cincuenta velitas. Alguien tiró petardos. Las mujeres saltaron sobre sus sillas. Me ofrecieron una porción, me negué con un movimiento de cabeza porque no tenía dulce de leche, y será por eso que me obligaron a saludar con un beso al tío Tito, que olía a fijador Lord Cheseline.

Jamás me acostumbré al tedio después del almuerzo, ese lapso eterno durante el cual las mujeres barrían, levantaban la mesa y amontonaban todo en la cocina para lavar y secar. Los hombres jugaban al chinchón, o se dispersaban tirados sobre una lona bajo los eucaliptos, con la Spika sintonizada en algún partido, y mis primos aprovechaban la distracción de los adultos para contar chistes de Jaimito que nunca me hicieron reír. Siempre era así. En un armario había un juego dentro de una caja rectangular, con varios martillos de madera con mango largo, una bola también de madera y unos cuantos arcos pequeños y de alambre, que había que enrollarles un papelito blanco en la parte de arriba para evitar que una vez clavados en el pasto se hiciesen invisibles. Perteneció a los hijos del tío Tito cuando eran chicos, nunca quise aprender cómo se jugaba, pero estuve a punto de llevarme un martillo a escondidas, porque fantaseaba con partirle la cabeza a más de uno.

Después de comer no me quedó otra que resignarme al aburrimiento de las tardes en la quinta de Gonnet, horas estancadas como las ruedas del Valiant en el médano de Ostende, hasta que a última hora se escuchaba la mejor palabra del día, tan simple como un “¡Vamos!” que te hacía saltar de golpe (y felicidad). Pero ese sábado –o domingo, no recuerdo– fue muy distinto a los anteriores. Sucedió después de comer la torta. Todo empezó con unos alaridos del infierno, eran los perros que aullaban como lobos. Enfurecidos empezaron de la nada a morderse entre sí, hasta que el tío Tito, mi padre y otros más intentaron separarlos a manguerazos y baldes de agua. No resultó. Eran como diez y a medida que los más fuertes se imponían, los más débiles quedaban a un costado, cubiertos de sangre y con sus órganos al aire, quejosos y moribundos. Los rugidos aterraban y se optó por la única solución posible. El tío Tito y mi padre aparecieron con escopetas y los sacrificaron uno por uno. Después de los tiros, que al menos a mí me dejaron sordo por un rato, se hizo silencio y no se escuchó una palabra, hasta que alguien sugirió ocuparse de los despojos, no iban a quedar así al costado de la casa, tampoco junto a la calle, mejor enterrarlos.

Nadie amagó con ir a buscar palas para cavar la fosa, tampoco con levantar la mesa, menos con jugar al chinchón o echarse bajo los eucaliptos. Todos se quedaron mudos con la vista en el mantel, hasta que la tía Lida decidió ponerse de pie y comenzar a juntar los platos, las otras mujeres hicieron lo mismo. Algunos hombres comieron palitos o aceitunas que sobraron de la picada, se sirvieron un resto de vermú y un hermano del tío Tito, del que nunca supe el nombre, miró hacia el parque y dijo: “¡La pucha qué neblina, bajó de golpe!”, “Tenés razón, capaz que se larga”, “Si hay niebla no llueve”, “¡Qué tiempo loco!”, “Cuando caiga la tarde va a ser peor”, “No sé ve nada, a la vuelta habrá que manejar con cuidado”. Pensé que era un chiste, no había ninguna niebla ni cosa parecida, el sol estaba a pleno y direccionaba su resplandor hacia la pila de pedazos de perros muertos, envuelta en una nube de moscas y con un vaho que comenzaba a soltar mal olor. La aparición de las mujeres salidas de la cocina rompió con la inmovilidad de los hombres, todos comenzaron a quejarse del frío y fueron a buscar con qué abrigarse, cosa bastante difícil en pleno febrero. Mis primos tiritaban, les castañeteaban los dientes y los padres intentaban darles calor. “¡A la flauta, se vino el invierno de golpe!”, “¡En este país no se puede ni festejar un cumpleaños en paz!”. Alguien se sorprendió al ver que el frío no me afectaba, además de que el termómetro con forma de pescadito “Recuerdo de Mar del Plata” marcaba 34°. “Este chico debe haberse insolado, por eso no tiene frío”, “Este termómetro de miércoles que no sirve para nada, lo voy a tirar a la basura”, “Dejalo, si no molesta y además es lindo”, “Si querés te lo regalo”, “¿En serio?”, “Vení, ayudame, aunque sea busco unas mantas”.

Como en la quinta del tío Tito no había ni mantas ni abrigos suficientes, se dio por finalizado el cumpleaños. Entre quejas sobre la caída de la temperatura y los peligros de una niebla que solo ellos eran capaces de sentir y ver, subimos a nuestros respectivos autos. Se encendieron los motores, sonaron algunos bocinazos innecesarios, armamos una especie de caravana y nos saludamos unos a otros con la mano a través de las ventanillas, bien cerradas porque según decían la temperatura bajaba sin parar. Marchamos con lentitud, cada auto con los faroles encendidos. Mi padre puso la calefacción, no sé cómo hice para no ahogarme.

En futuros encuentros nadie dijo una palabra sobre aquella tarde. Parecían haber olvidado todo y si yo les insinuaba algo a mis primos, con los que además era imposible hablar, cambiaban de tema o hacían como que no me escucharon. No sé si para bien o para mal, pero salvo mi caso no hubo excepciones. Porque desde aquella vez, ninguno de los que estuvo en el cumpleaños número 50 del tío Tito volvió a ser el mismo de antes.

Claudio Ratier es un autor de larga trayectoria en la ciudad de Buenos Aires que se especializa en la divulgación del género operístico. Ha publicado una importante cantidad de artículos y ensayos en diversos medios gráficos, incluidas publicaciones del ámbito oficial y privado. Escribió tres libros, el último, "Escenarios en la historia", trata del nacimiento y desarrollo de la ópera en la Buenos Aires del 800 (EDAMUS-UNA / Ciudad de las Artes, 2024). También es conferencista y ejerció el periodismo especializado en música clásica. Como autor de ficción ha publicado muy poco.

 

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