Claudio Ratier
No sé cuál de los hijos
del tío Tito, o cuál de sus hermanos, porque también pudo haber sido algún
primo –no entendí bien–, le trajo de regalo de cumpleaños una corvina pescada
el día anterior en San Clemente. Era enorme, como un tiburón. Nunca vi
tiburones, por eso me dio bronca la vez que se nos quedó el Valiant en un
médano por la playa de Ostende, con tanta suerte que alguien se tomó la
molestia de ir al Automóvil Club para que mandasen el auxilio. Esperamos muchísimo,
antes de hacerse de noche mi padre se puso a mirar el mar y apenas gritó
“¡tiburón!”, me fijé en el sentido que me señaló y no pude ver nada. Tarde. Me dijo
que asomó la aleta y pensé que en una de esas los tiburones no existen, como
tantas cosas que nos gustaría que fuesen de verdad.
El
tío Tito cumplía cincuenta y los festejaba en la quinta de Gonnet, con toda la
parentela. Le regalamos una caña de pescar con un riel importado comprada en la
Proveeduría Deportiva; al pagar nos dieron una calcomanía con el dibujito de un
tipo sobrecargado de cosas para pesca y camping, que terminó pegada en el
vidrio del Valiant. Éramos muchísimos y el quincho estaba preparado desde
temprano. El cumpleañero se encargó de hacer la corvina a la parrilla, pero
antes, con ayuda de dos parientes, la llevó a la cocina y la colocó sobre una
mesa de las que no entran en ningún departamento normal, la misma donde en
invierno comíamos la polenta, los ñoquis si era 29 o el locro del 25 de mayo. Tan
larga era la corvina, que la cola le quedó suspendida en el aire. Con uno de
esos cuchillos tan exagerados por lo enormes, el tío Tito le hizo un tajo en la
panza de lado a lado, le sacó todo lo que no se comía, así la dejó y salió a
buscar el carbón y los diarios para preparar el fuego. En cuanto a la bola de
tripas y demás órganos –un asco–, se los alcanzó en un plato a la tía Lida, “Para
los perros”.
Pasó
que me quedé en la cocina, solo. Observar por dentro semejante pescado no era
cosa de siempre, así que me le acerqué lo más que pude y me encontré con que de
cerca no era como la corvina que vimos todos. No tenía escamas ni piel, estaba
en carne viva, rojiza como media vaca muerta colgada de un gancho en la
carnicería. De la cintura para abajo era un pez, pero hacia arriba parecía un
ser humano, hombre o mujer daba igual, y su cabeza calva estaba unida al cuerpo
por un cuello no mucho más grueso que un espárrago. Los ojos eran una gelatina
podrida y blancuzca, movía la boca y con una voz débil y ronca me dijo “Está inundado
de niebla… y de hielo… todo es gris o blanco, no quiero estar, no hay nadie,
hielo y niebla… por favor…”. Cualquiera se hubiese desmayado, yo no. Me repitió
“Por favor…” y entendí que me quería convencer de que le partiese el cuello con
el cuchillo, para arrancarle la cabeza y hacerla morir por completo, no era
difícil darse cuenta del sufrimiento causado por algo que no era ni vida ni
muerte. Esto sí me provocó terror y al distanciarme un par de metros, me
encontré con la corvina de hacía un instante, lista para la parrilla. Me
acerqué de nuevo y otra vez la misma criatura, que no dejaba de pedirme “Por
favor…”. Hui.
Anduve
por el parque. La pileta estaba clausurada porque no había más cloro y el agua era
una mugre espesa, turbia y verdosa, con ranas que iban de aquí para allá entre
mosquitos y porquerías flotantes. Al otro lado de los árboles que daban sombra
según la hora, me encontré con mis primos. Después de apedrear a las ranas se
pusieron a jugar a la pelota y cuando me preguntaron por dónde anduve, que de
repente desaparecí, no les dije. Me los imaginé en malón rumbo a la cocina con tijeras
de podar, azadones, hachas y serruchos para despedazar a la criatura, aunque
puede que le hubiesen hecho un favor al quitarle ese resto de vida antes de ser
arrojada a las brasas. De solo pensarlo me resistí a ser parte de una animalada
más que factible, aunque muchas veces me pregunté qué habría pasado de cortarle
la cabeza como me suplicó. Pero no importa, la cosa es que desde el otro lado
del parque nos llamaron a los gritos, era hora de almorzar.
Durante
la comida hablaron de Frondizi, del asesinato a Kennedy, de Rusia y la bomba
atómica, de Angelito Labruna, del Loco del Martillo, de Nixon en China, de
Mercedes Negrete y Fabiana López, del “tirano prófugo”, que si regresaba en un
avión negro o que no regresaba porque en Madrid estaba de lo más bien con Ava
Gardner. Después de la picada la corvina fue retirada de la parrilla, llegó con
ceremonia en una fuente enorme, la trozaron, la comieron con una voracidad de
presidiarios y solo dejaron las espinas. Yo no quise, no tanto porque no me
gusta el pescado, sino por la razón que no tengo que explicar, así que me
conformé con unas papas fritas y restos de la picada. A lo último trajeron la
torta, tan grande que parecía una cubierta de camión, entre aplausos y el “felizcumpleaños”
que me aturdía, y más aplausos y griterío cuando el tío Tito sopló las
cincuenta velitas. Alguien tiró petardos. Las mujeres saltaron sobre sus sillas.
Me ofrecieron una porción, me negué con un movimiento de cabeza porque no tenía
dulce de leche, y será por eso que me obligaron a saludar con un beso al tío
Tito, que olía a fijador Lord Cheseline.
Jamás
me acostumbré al tedio después del almuerzo, ese lapso eterno durante el cual
las mujeres barrían, levantaban la mesa y amontonaban todo en la cocina para lavar
y secar. Los hombres jugaban al chinchón, o se dispersaban tirados sobre una
lona bajo los eucaliptos, con la Spika sintonizada en algún partido, y mis
primos aprovechaban la distracción de los adultos para contar chistes de
Jaimito que nunca me hicieron reír. Siempre era así. En un armario había un
juego dentro de una caja rectangular, con varios martillos de madera con mango
largo, una bola también de madera y unos cuantos arcos pequeños y de alambre,
que había que enrollarles un papelito blanco en la parte de arriba para evitar
que una vez clavados en el pasto se hiciesen invisibles. Perteneció a los hijos
del tío Tito cuando eran chicos, nunca quise aprender cómo se jugaba, pero estuve
a punto de llevarme un martillo a escondidas, porque fantaseaba con partirle la
cabeza a más de uno.
Después
de comer no me quedó otra que resignarme al aburrimiento de las tardes en la
quinta de Gonnet, horas estancadas como las ruedas del Valiant en el médano de
Ostende, hasta que a última hora se escuchaba la mejor palabra del día, tan
simple como un “¡Vamos!” que te hacía saltar de golpe (y felicidad). Pero ese
sábado –o domingo, no recuerdo– fue muy distinto a los anteriores. Sucedió
después de comer la torta. Todo empezó con unos alaridos del infierno, eran los
perros que aullaban como lobos. Enfurecidos empezaron de la nada a morderse
entre sí, hasta que el tío Tito, mi padre y otros más intentaron separarlos a
manguerazos y baldes de agua. No resultó. Eran como diez y a medida que los más
fuertes se imponían, los más débiles quedaban a un costado, cubiertos de sangre
y con sus órganos al aire, quejosos y moribundos. Los rugidos aterraban y se optó
por la única solución posible. El tío Tito y mi padre aparecieron con escopetas
y los sacrificaron uno por uno. Después de los tiros, que al menos a mí me dejaron
sordo por un rato, se hizo silencio y no se escuchó una palabra, hasta que alguien
sugirió ocuparse de los despojos, no iban a quedar así al costado de la casa,
tampoco junto a la calle, mejor enterrarlos.
Nadie
amagó con ir a buscar palas para cavar la fosa, tampoco con levantar la mesa,
menos con jugar al chinchón o echarse bajo los eucaliptos. Todos se quedaron mudos
con la vista en el mantel, hasta que la tía Lida decidió ponerse de pie y
comenzar a juntar los platos, las otras mujeres hicieron lo mismo. Algunos
hombres comieron palitos o aceitunas que sobraron de la picada, se sirvieron un
resto de vermú y un hermano del tío Tito, del que nunca supe el nombre, miró
hacia el parque y dijo: “¡La pucha qué neblina, bajó de golpe!”, “Tenés razón,
capaz que se larga”, “Si hay niebla no llueve”, “¡Qué tiempo loco!”, “Cuando
caiga la tarde va a ser peor”, “No sé ve nada, a la vuelta habrá que manejar
con cuidado”. Pensé que era un chiste, no había ninguna niebla ni cosa parecida,
el sol estaba a pleno y direccionaba su resplandor hacia la pila de pedazos de
perros muertos, envuelta en una nube de moscas y con un vaho que comenzaba a soltar
mal olor. La aparición de las mujeres salidas de la cocina rompió con la inmovilidad
de los hombres, todos comenzaron a quejarse del frío y fueron a buscar con qué
abrigarse, cosa bastante difícil en pleno febrero. Mis primos tiritaban, les
castañeteaban los dientes y los padres intentaban darles calor. “¡A la flauta,
se vino el invierno de golpe!”, “¡En este país no se puede ni festejar un
cumpleaños en paz!”. Alguien se sorprendió al ver que el frío no me afectaba,
además de que el termómetro con forma de pescadito “Recuerdo de Mar del Plata”
marcaba 34°. “Este chico debe haberse insolado, por eso no tiene frío”, “Este
termómetro de miércoles que no sirve para nada, lo voy a tirar a la basura”,
“Dejalo, si no molesta y además es lindo”, “Si querés te lo regalo”, “¿En
serio?”, “Vení, ayudame, aunque sea busco unas mantas”.
Como
en la quinta del tío Tito no había ni mantas ni abrigos suficientes, se dio por
finalizado el cumpleaños. Entre quejas sobre la caída de la temperatura y los
peligros de una niebla que solo ellos eran capaces de sentir y ver, subimos a
nuestros respectivos autos. Se encendieron los motores, sonaron algunos
bocinazos innecesarios, armamos una especie de caravana y nos saludamos unos a
otros con la mano a través de las ventanillas, bien cerradas porque según
decían la temperatura bajaba sin parar. Marchamos con lentitud, cada auto con
los faroles encendidos. Mi padre puso la calefacción, no sé cómo hice para no
ahogarme.
En
futuros encuentros nadie dijo una palabra sobre aquella tarde. Parecían haber
olvidado todo y si yo les insinuaba algo a mis primos, con los que además era
imposible hablar, cambiaban de tema o hacían como que no me escucharon. No sé
si para bien o para mal, pero salvo mi caso no hubo excepciones. Porque desde
aquella vez, ninguno de los que estuvo en el cumpleaños número 50 del tío Tito volvió
a ser el mismo de antes.
Claudio Ratier es un autor de larga
trayectoria en la ciudad de Buenos Aires que se especializa en la divulgación
del género operístico. Ha publicado una importante cantidad de artículos y
ensayos en diversos medios gráficos, incluidas publicaciones del ámbito oficial
y privado. Escribió tres libros, el último, "Escenarios en la
historia", trata del nacimiento y desarrollo de la ópera en la Buenos
Aires del 800 (EDAMUS-UNA / Ciudad de las Artes, 2024). También es
conferencista y ejerció el periodismo especializado en música clásica. Como
autor de ficción ha publicado muy poco.

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