sábado, 10 de octubre de 2026

COSAS DE MASCOTAS

Eduardo Contreras Villablanca

Beny terminó de saborear su carne de res, se limpió los bigotes, y mientras se levantaba decidió iniciar su diario paseo por el parque.

El día no podía ser mejor, lo que necesitaba después del almuerzo era un paseo y un poco de ejercicio. A diferencia de sus vecinos, no era partidario de las siestas y trataba de combatir la modorra después del almuerzo.

Llegando al parque, divisó a Cuca. Su interés por ella había aumentado en los últimos días, eso era algo extraño. A partir de los diez años de edad, mostró cada vez menos atracción por el sexo opuesto, y ahora a los doce consideraba que correr tras las hembras era una tontera que no merecía su esfuerzo.

Pero Cuca tenía algo. Vaciló unos instantes y se largó a correr tras ella. No se detuvo hasta tenerla a medio metro de distancia, entonces se le acercó cautelosamente hasta que estuvo en la posición más adecuada para oler su culo.

No fue una buena idea, Cuca se volvió violentamente intentando morderlo. Beny logró esquivarla y emprendió la retirada. La madurez también le llevó a desdeñar cada vez más las peleas callejeras, se había ido transformando en un ser más espiritual.

Pensó en los valores que con el correr del tiempo se habían ido asentando en su personalidad, uno de esos era la responsabilidad con los humanos. En ese momento recordó que el suyo, Francisco, no paseaba desde hacía por lo menos tres días.

Regresó a su hogar, atravesó el portón y se dirigió al patio. Le costó encontrarlo. Después de buscar entre los matorrales, dio con él. Estaba trepado en el muro divisorio, intentando robar manzanas del árbol de la casa vecina. Beny pensó que se iba a ver obligado a acortarle un par de metros la correa, sólo así podría evitar episodios bochornosos como ese.

 Recordó cómo Francisco, no contento con acosar a otras mascotas humanas del barrio, lo había avergonzado públicamente aquella ocasión en que intentó violar a Chica, la perra dueña de la casa de la esquina.

A Beny le había costado trabajo lograr que sus vecinos le permitieran conservar su mascota, pero finalmente habían accedido, bajo dos condiciones: mantenerlo amarrado y no dejarlo pasear solo.

Mientras recordaba ese desagradable incidente, mordió con su hocico el nudo en el extremo de la correa que mantenía a Francisco atado a una de las raíces del palto, y la soltó con un brusco movimiento de su cabeza. Forcejeó un rato con su mascota tirando de la correa hasta que logró hacerlo bajar del muro, luego lo condujo hacia la calle pensando que el pobre bicho, a pesar de todo, merecía un paseo en un día tan bonito.

Mientras lo arrastraba por el césped (la mascota a cada instante se detenía a escarbar en la basura o se sentaba para sacarse los mocos), pensaba en la extraña relación entre perros y humanos. En la decisión de sus vecinos de permitirle conservar a Francisco, había primado en parte el instinto de supervivencia: ellos necesitaban a sus animales domésticos.

Aquella vez, Beny en defensa de su humano había argumentado que sólo esas bestias podían hacer frente a la principal amenaza que les asediaba: las hordas de humanos salvajes que merodeaban en la periferia de la ciudad. Por alguna extraña razón, quizás por el hecho de que los perros le brindaban techo, sobras de sus cacerías y algo de afecto, las mascotas siempre defendían el territorio de sus amos ante los frecuentes ataques de los bárbaros de la periferia, ¿de dónde vendría esa extraña inclinación de los humanos a combatir contra los de su misma especie para mantenerse como parte del séquito de sus dueños?

Beny no se imaginaba a los perros enfrentándose a los de su misma especie sólo para defender el derecho a seguir sometidos a la voluntad de otro linaje. Eran raros los humanos, en todo caso ese comportamiento se agradecía, de otra manera seguramente la comunidad canina ya habría perecido a manos de los salvajes de la periferia.

Tironeando de la correa arrastró a la bestia tras de sí hasta salir de la casa. Al ver un tarro de basura en la calle, Francisco saltó sobre él y se equilibró sobre los bordes en dos patas, una vez que el tacho dejó de moverse, comenzó a hacer sus necesidades. Beny miró hacia otro lado y continuó con sus reflexiones: si bien los humanos domésticos escaseaban (la condición salvaje era su estado natural), tenían la ventaja de la longevidad; un humano bien cuidado podía durar hasta unas cuatro generaciones de caninos. De hecho Francisco había sido domesticado por el difunto Chucho, el padre de Beny, claro que por lo visto el proceso de domesticación aún tenía algunos años por delante, Beny seguramente no lo vería concluido, parte de esa tarea quedaría para alguno de sus quince hijos.

Circulaban extrañas leyendas sobre los humanos. Una que a Beny le llamaba la atención, era aquella de que alguna vez los bípedos lampiños habían sido los «animales superiores» del planeta, esto habría sido antes de la Gran Guerra por el agua. Francisco saltó desde el tacho de basura y Beny le dio un tirón para dirigirlo hacia el parque.

Según estas leyendas, que Beny recordaba de sus días de infancia, los caninos habían mutado hasta transformarse en una especie inteligente, debido a las secuelas de esa Gran Guerra que habría provocado la degeneración de los supervivientes humanos.

Había un hecho que en parte avalaba esas historias: los perros a pesar de su inteligencia no eran capaces de construir casas, ni siquiera de fabricar correas, se les hacía sumamente dificultoso hacer cualquier artesanía, los intentos que se habían realizado para edificar, terminaban dando lugar a unos penosos remedos de chozas. ¿Quién había construido entonces las casas donde habitaban los caninos, quién creó las correas y los platos, quién había sembrado los árboles? Ninguna de las otras especies tenía la habilidad para hacerlo, ¡pero tampoco lo hacían las mascotas y los salvajes!, sin embargo los sabios caninos aseveraban que los humanos tenían un especial potencial para edificar, favorecidos por su posición bípeda y sus flexibles extremidades superiores.

Beny se distrajo de sus reflexiones al ver a Cuca salir de su casa para regresar al parque, miró con preocupación a Francisco pero el animal no parecía mayormente interesado, eso lo tranquilizó y continuó con sus divagaciones. Algunos filósofos respondían a las interrogantes sobre el origen de los bienes, con una solución simple: el can creador. Beny dudaba de esa salida, si el creador era un can debió haber tenido las mismas limitaciones que todos ellos.

Otros más pragmáticos y preocupados del futuro, habían intentado utilizar a los humanos para que construyeran. Todos esos intentos de educación habían fracasado, por lo demás no pasaba de ser una curiosidad científica, ya que en los barrios conocidos el número de viviendas aún superaba a la población canina, y si llegaban a escasear los hogares aún se podían conquistar nuevas casas desplazando a los salvajes y recuperando viviendas de la periferia. De hecho el límite de la periferia no paraba de extenderse desde que Beny tenía recuerdo.

El problema se vislumbraba a futuro. ¿Qué ocurriría si los salvajes aprendían a organizarse y contra atacaban? ¿Sería suficiente el apoyo de las mascotas para detener un ataque sincronizado? Y lo que era más preocupante, ¿hasta qué punto se podría seguir contando con la fidelidad de las mascotas?

Beny tuvo un estremecimiento de temor. Miró a Francisco fijamente a los ojos; vio unos ojos ladinos, una expresión atemorizada pero feroz. Trató de tranquilizarse pensando que al bicho aún le faltaba un tiempo para estar completamente domesticado. De cualquier manera lo que leyó a través de los ojos de su humano no le pareció precisamente una garantía para la supervivencia de la civilización.

Con un tirón suave de la correa, logró que Francisco comenzara a desplazarse lentamente en dirección al hogar. Pero a poco caminar el animal se detuvo, con sus extremidades superiores tomó el extremo de la correa que se anudaba alrededor de su cuello, y con una facilidad pasmosa la desató, y luego de tomar asiento se quedó quieto mirando fijamente a Beny. A los perros les llevaba unos minutos atar y desatar las correas con sus hocicos, lo que había hecho Francisco les resultaba algo mágico.

Beny se agazapó tras un arbusto, preguntándose si acaso le estaba tocando presenciar el inicio de la rebelión de las mascotas.

Eduardo Contreras Villablanca (Chillán, 1964) es un escritor chileno, cuya obra aborda con frecuencia el exilio, la memoria y la violencia política. Vivió fuera del país entre 1973 y 1983, experiencia que ha marcado gran parte de su literatura. Cultiva especialmente la novela, el cuento y la microficción, combinando tensión narrativa con reflexión histórica y social. Fue discípulo del escritor Poli Délano y posteriormente asumió la dirección de su taller literario. Ha publicado novelas como Estación Yungay, y La Verdad secuestrada (a cuatro manos con Cecilia Aravena), libros de cuentos como Dos gardenias y otros cuentos, y ¿Veremos el sol mañana?, y de microcuentos (Tiempos oscuros). Además, integra la corporación Letras de Chile y la Sociedad de Escritores de Chile (SECH).

 


 

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