sábado, 10 de octubre de 2026

VISÍTAME EN MI SOLEDAD…

Henry Lion Oldie

Homenaje a Roger Zelazny

Hoy tampoco había venido nadie.

El barquero suspiró, terminó de fumar la pipa y se levantó del tronco. Para sentarse al atardecer, siempre llevaba aquel tronco hasta la orilla, lo colocaba bajo el sauce, se sentaba, encendía la pipa y contemplaba el agua. Cultivaba él mismo el tabaco en el huerto, detrás del bancal de eneldo y de dos arbustos de grosellas rojas. Hacía muchas cosas por su cuenta, porque allí no había ayudantes.

Solo él y aquellos a quienes debía llevar a la otra orilla.

Desde hacía poco se había quedado solo.

Desde hacía mucho, se corrigió el barquero. Desde hacía mucho, amigo. Ya nadie necesita cruzar tu estúpido río. El mundo ha cambiado. Nadie viene y tú esperas como un idiota. Apostaría a que mañana también vendrás aquí a esperar. Cien tareas en la casa, mil quehaceres, y tú, robándole un minuto a cada hora, correrás al río como un chiquillo y mirarás en todas direcciones, resoplando de aflicción.

Sí, así será, y no de otro modo.

Las ramas delgadas del sauce se bañaban en el agua negra. Un pez chapoteó en una poza. La luna, blanquecina como una vejiga natatoria, se mecía en el cielo indistinto. A lo lejos, al otro lado del río, aullaba un perro. Al rebotar contra la luna, el aullido se fragmentaba, se desdoblaba, volaba sobre los tapices de amapolas y lirios silvestres. Parecía que no aullaba un solo perro, sino por lo menos tres.

—Basta, tontuelo —murmuró el barquero, como si el desdichado animal pudiera oírlo—. Basta. No me atormentes. Sí, la luna, lo entiendo. Pero ellos ya no están, por mucho que aúlles o tires de la cadena…

Sabía que tampoco había nadie al otro lado del río. Varias veces había subido a la barca –¡sin pasajeros, aunque aquello fuera antinatural!– y había cruzado a la otra orilla. Dejaba la barca en una lengua de arena y caminaba y caminaba, adentrándose en tierras salvajes y desiertas. Sus piernas robustas, aunque poco habituadas a las caminatas largas, medían el espacio. Sus ojos, todavía agudos pese a la edad, escudriñaban los alrededores, humedecidos de esperanza. Durante el camino lo inquietaba la posibilidad de que le robaran la barca.

A veces gritaba:

—¡Eeeh! ¡Eeeeh!

Ni siquiera el eco le respondía. Allí no había eco, aunque se pusiera a golpear un tambor.

El barquero calculaba el tiempo para regresar antes del anochecer, cruzar de vuelta y pasar la noche en la cabaña, en lugar de dormir a cielo abierto. A veces, de camino a casa, pensaba que debería abastecerse bien de provisiones y salir de expedición durante cinco días o una semana. ¿Y si aún quedaba alguien allí, al otro lado del río? Alguien refugiado en una cueva, oculto en el bosque; escondido detrás de una roca, sin atreverse a asomarse… No todos eran tan sociables como cierto barquero abandonado a su suerte.

Después de todo, ¡que hubieran dejado de acudir a esta orilla no significaba que tuvieran que desaparecer de ambos lados del río a la vez! Había que llevar queso, panes planos, tabaco y un odre de agua del manantial, porque la del río no se podía beber, y marcharse a algún sitio, a cualquier sitio. Quizá incluso al lugar de donde ellos venían antes. Encontrarlos, preguntarles por qué llevaba tanto tiempo sin aparecer nadie…

Por supuesto, se hacía ilusiones, pero hay situaciones en las que solo te quedan las ilusiones. Sabía que no se marcharía durante cinco días, y mucho menos una semana. No podía dejar la barca tanto tiempo sin vigilancia.

Con el tronco bajo el brazo, se encaminó a la cabaña. Se han ido, pensaba mientras caminaba. Se han ido y no entiendo adónde. Han olvidado el camino al río y no sé por qué. Esto empezó hace mucho, pero no recuerdo cuándo exactamente. ¿Qué me queda? La barca, el río y un buen tabaco. No es poco, supongo. Conozco a muchos que cambiarían de lugar conmigo encantados.

Antes, mientras transportaba pasajeros por el río, a veces preguntaba en broma si alguno quería cambiar de lugar con él. Curiosamente, rara vez encontraba voluntarios. Pero algunos aceptaban. Si contara a todos los que habían accedido, reuniría un grupo bastante respetable.

Muchos son unos pocos multiplicados por el tiempo.

El barquero sonrió al recordar cómo invitaba a aquellos listillos a tomar los remos. Al cabo de un minuto, la barca empezaba a girar y el agua entraba por la borda. Los listillos manejaban los remos en vano, entre maldiciones y sollozos, mientras los demás pasajeros gritaban de miedo… Cuando por fin volvía a ocupar su legítimo puesto, le daban las gracias. Durante un instante, el pequeño mundo de la barca olvidaba dónde estaban, quiénes eran y adónde iban. Solo quedaban la broma, la estupidez, el miedo y la salvación.

Más que suficiente.

Al desembarcar, cada uno le daba una moneda. Cuando regresaba a casa, para descansar o recoger otro grupo de personas que querían cruzar, detenía la barca en medio del río y arrojaba las monedas al agua, una por una. Un pasajero, un hombre triste de ojos húmedos y saltones, que se había quedado un rato junto al embarcadero porque aquel día había llegado mucha gente, le dijo:

—Eso se hace para volver. ¿Adónde quiere volver usted, barquero?

—Quiero volver a mi río —respondió.

El pasajero triste se sorprendió:

—¿De veras? ¿Acaso se ha marchado alguna vez de aquí?

—No —respondió—. Nunca. ¿Pero para querer volver es imprescindible haberse marchado primero?

—Es usted un filósofo —rio el pasajero triste. Su risa concordaba con su aspecto: era apagada y melancólica—. Entonces hágame un favor: arroje una moneda por mí también. Yo también quiero volver algún día. La nieve de febrero, blanda y porosa, el sabor del pan recién hecho… Los gritos de las grajillas sobre el campanario. Sí, tengo muchas ganas de volver. La arrojaría yo mismo, pero acabo de darle mi moneda.

El barquero extendió las manos en un gesto de disculpa:

—No servirá de nada. Perdóneme si lo ofendo, pero no sé mentir. Los que son como usted no regresan. ¿Para qué desperdiciar una moneda?

«¿Para qué desperdiciar un deseo?», quiso añadir, pero guardó silencio. Una moneda no era nada: un chapoteo y desaparecía; un buen deseo, en cambio, siempre podía servir. Incluso en la otra orilla, donde estaban las amapolas y los lirios.

—Y los que son como usted no se marchan —concluyó el hombre triste—. Bueno, me voy. ¡Buena suerte!

En medio del río, el barquero arrojó de todos modos una moneda por aquel pasajero. Por si acaso. La moneda, por supuesto, se perdió en vano. Aunque las demás tampoco se habían hundido con mucho más sentido, así que no había motivo para preocuparse.

Ahora, mientras regresaba a la cabaña en el crepúsculo, el barquero recordó al pasajero triste. Lástima que no hubiera vuelto. Se habrían sentado juntos, cada uno en su tronco, a fumar y charlar de cualquier cosa. El hombre triste habría aprendido a remar, a calafatear la barca y a cuidar las gallinas…

El barquero se detuvo.

El corazón le dio un vuelco. Le brotaron gruesas gotas de sudor en la frente. Por la emoción, le pareció que junto a la cabaña estaba el pasajero triste de ojos húmedos y saltones. Solo después de dos latidos interminables comprendió que se había equivocado.

Junto a la cabaña había una mujer.

Aceleró el paso, pero enseguida recobró la compostura. No estaba bien correr al encuentro de una visitante ocasional como si fuera un chiquillo mocoso. ¿Qué importaba que llevara tanto tiempo sin aparecer nadie? Quizá a partir de la mañana siguiente empezaran a llegar multitudes y apenas diera abasto para transportarlas. Tendría que volver a embrear la barca y revisar los escálamos. Y reforzar el embarcadero: había días en que la tercera tabla contando desde la derecha no resistía.

Ya ni siquiera recordaba cuándo había tenido días así.

—Buenas noches —le dijo la mujer, después de esperar a que él subiera por el sendero—. Comprendo que llego en un mal momento… ¿Me permitiría pasar la noche en la cabaña? Créame, no causaré molestias.

Alta y esbelta, tenía sus años, pero no parecía una anciana. Desde luego, no era mayor que el barquero. El viento agitaba el borde de su vestido negro y hacía susurrar los encajes blancos del cuello y de las mangas. Las piernas, descubiertas hasta las rodillas, parecían elegantes y fuertes. Se notaba que la mujer caminaba mucho y sabía apreciar un calzado cómodo.

En la mano derecha llevaba una hoz.

—¿No necesita ir a la otra orilla? —preguntó el barquero, sorprendido.

—¿Yo? No. ¿Por qué? ¿Hay alguien allí?

—No. Pensé…

Quiso decir que la llevaría y que, a partir de aquel momento, ella estaría en la otra orilla, y después, quién sabe, todo volvería a arreglarse, sería como antes… Pero no lo dijo. El perro había dejado de aullar y la luna había ascendido. En el silencio que sobrevino se oía el chapoteo del río, más abajo.

—Ya es tarde —el barquero dejó el tronco en el suelo—. Vamos a cenar. Tengo queso, panes planos, pescado seco y agua del manantial. También hay huevos en la fresquera, cinco. Mis gallinas son buenas ponedoras. ¿Cómo le gustan, duros o con la yema blanda?

—Me gustan fritos —respondió la mujer—. ¿Tiene una sartén?

Había una sartén. Poco después chisporroteaba en ella la panceta que la visitante había sacado de su morral. Los huevos se extendieron entre las lonchas doradas, cuajándose y adquiriendo consistencia. El pescado seco no tardó en quedar reducido a unas espinas aceitosas, un lomo graso y unas huevas de un rojo apagado que rezumaban humedad. El queso se fundió sobre los panes calientes y la mujer esparció encima un puñado de eneldo finamente picado.

—Una cena de reyes —dijo ella—. Gracias.

—Gracias a usted…

Durante todo ese tiempo, el barquero estuvo sentado en el tronco, fumando su segunda pipa de la noche y observándola cocinar. Un espectáculo maravilloso. Al principio había intentado ayudar, pero la mujer lo apartó con decisión y le ordenó traer agua y descansar. Estoy segura de que está cansado, le dijo. Yo solo he caminado y mirado a mi alrededor, pero usted tiene el río, la barca, los quehaceres y todo lo demás…

No discutió. Claro que le habría gustado replicar: usted ha caminado todo el día, y quizá no solo un día, ni siquiera una semana, mientras yo holgazaneaba en la orilla… Pero la panceta olía tan bien, y los panes con queso y hierbas tenían tan buen aspecto, que cualquier discusión terminaba antes de empezar.

—¿Tiene herramientas? —preguntó ella después de cenar.

Él se inquietó. Ahora la mujer le pediría aguja e hilo, y una aguja de hueso y un ovillo de hilo grueso difícilmente servirían para coser un encaje desprendido.

—¿Qué necesita?

La pregunta sonó un poco brusca. Se ruborizó de vergüenza. Por suerte, la penumbra ocultó su turbación. Al anochecer, todos los caballos son pálidos, como decía un pasajero sombrío y poco amable.

—Quiero poner a punto mi hoz. Me vendrían bien una piedra de afilar y un poco de esmeril…

—¡Por supuesto! Incluso tengo una sierra para metales…

Volvió a ruborizarse. ¡Presumía como un chiquillo! Pero la mujer le agradecía con absoluta sinceridad, y la sierra la entusiasmó. Diez minutos después, mientras terminaba el último pan por falta de otra cosa que hacer, él observaba complacido cómo ella se ocupaba de la hoz. En cierto modo, aquello le recordaba sus propios cuidados de los remos. Una costumbre que, tras muchos años, no había perdido su matiz de ternura.

La oscuridad no estorbaba a la mujer. Le bastaba la luz de la luna.

—Podría hacerle un mango nuevo para la hoz —dijo él—. Aquí cerca hay un hayedo. El viejo, desde luego, todavía puede servirle. Pero siempre conviene tener uno de repuesto a mano.

Ella sonrió.

—Es usted muy amable.

El barquero comprendió que aquello era una negativa, pero se arriesgó una vez más.

—Sé trabajar la madera. El metal no tanto, pero la madera sí. Yo mismo hago mis remos. ¿Quiere verlos?

—Estoy segura de que sus remos son magníficos —rio ella—. Y de que tiene unas manos de oro. Simplemente, no quisiera cargarlo con un trabajo inútil. Que yo cuide la hoz por costumbre no significa que usted deba hacer lo mismo. Pero si ocurre un milagro y necesito un mango nuevo, será el primero al que acudiré.

—Bien —asintió el barquero con seriedad—. Que sea yo el primero.

De pronto, la mujer dejó la hoz a un lado.

—¿Sabe una cosa? Me sorprende no haber tirado ya este hierro. ¿Quién lo necesita ahora? Solo yo, quizá. Y únicamente como recuerdo. Algunos conservan cartas de amor; otros, un medallón con un mechón de pelo; yo, esta hoz.

—Y yo, la barca.

Las palabras se le escaparon solas, involuntariamente. Un instante después ya lamentaba haberlas pronunciado. Y, para disimular su desconcierto, hizo la pregunta principal, la dolorosa, la que lo atormentaba día tras día mientras esperaba en la orilla:

—Dígame, allí de donde viene… ¿De verdad ya no queda nadie?

—Nadie —respondió la mujer.

—¿Absolutamente nadie?

—Absolutamente nadie.

—¿Y ya no vendrá nadie al embarcadero?

—Creo que no. Busqué, por si al menos quedaba alguien… Busqué durante mucho tiempo. Allí de donde vengo hay muchos rincones apartados: en las selvas, en las montañas, en las islas. No diré que los recorrí todos, pero…

No terminó la frase y se puso a jugar distraídamente con la hoz.

Los he transportado a todos, pensó él. A todos. Hasta el último. Creía que aquella idea debía proporcionarle paz y satisfacción, pero se equivocaba. La angustia le arañaba el corazón y las manos descansaban sobre sus rodillas como si fueran ajenas. Ahora él era una barca abandonada a su suerte.

—¿Y para qué vino aquí?

—¿Ya lo he cansado? —Ella se acomodó el vestido con coquetería.

—¡No, en absoluto! Es que… quería preguntar… ¡Usted no necesita ir a la otra orilla!

—Perdóneme, no pretendía incomodarlo. Comprenda: cuando me convencí de que ya no quedaba nadie en ninguna parte, me hice una pregunta: ¿y en la otra orilla? Quise cruzar el río, recorrer las tierras donde nunca había estado, encontrar al menos a alguien que me dijera que todavía existo, que no soy una sombra incorpórea… Ahora comprendo lo tonto que fue.

El barquero frunció el ceño, sintió que se le formaba un nudo en la garganta y se decidió.

—Usted no es una sombra. Existe. ¿Quiere que se lo diga cien veces seguidas?

—Sí —respondió ella—. Pero ya es muy tarde. Es hora de acostarse.

Por la mañana, la mujer se marchó. El barquero le propuso llevarla al otro lado del río, pasear, recoger un ramo de lirios… No consiguió nada. La mujer dijo que regresaría al lugar de donde había venido y seguiría buscando. Que todavía quedaban sitios apartados donde bien podía haber sobrevivido alguien.

Que un momento de debilidad no significaba nada.

Cuando desapareció detrás del hayedo, el barquero siguió mirando largo rato en aquella dirección. Esbelta, de paso ligero, con su vestido negro y sus encajes blancos, con la hoz en la mano, caminaba casi a la carrera, como si temiera que, de aminorar el paso, algo la arrastrara de vuelta.

Hasta el mediodía trabajó en el huerto. Después reparó la barca. Luego la sacó del agua y la llevó más arriba de la orilla, bajo el cobertizo. Envolvió los remos en una tela basta y los dejó al lado. Volvió a la casa y se preparó para el viaje. Ella no podía haber llegado muy lejos. Si se apresuraba, conseguiría alcanzarla. Y aunque no la alcanzara ahora, sin duda la encontraría después. Con el tiempo. Si algo tenía de sobra era tiempo.

Sabía dónde buscarla. En los sitios apartados. En los rincones ocultos. Era imposible que dos personas no se encontraran allí donde ya no quedaba nadie más que ellas, Adán y Eva de un mundo nuevo.

Y ella todavía no era vieja.

En cualquier caso, era más joven que él.

«Después tendré que volver por el perro —pensaba el barquero mientras se alejaba sin mirar atrás—. Un buen perro siempre viene bien en una casa. Volver, poner a punto la barca, cruzar a la otra orilla y llevarme a Cerbero. El viejo se lo ha ganado. Sí, y no olvidar la sierra para metales: me temo que el perro todavía está encadenado…».

En el fondo del río abandonado brillaban las piedras.

Como miríadas de monedas.

Henry Lion Oldie es el nombre literario de los escritores ucranianos Dmitri Gromov y Oleg Ladyzhenski, galardonados con el título de «Mejor escritor de ciencia ficción de Europa» y receptores de premios literarios internacionales. Sus obras se han publicado en ucraniano, ruso, polaco, lituano, francés, húngaro, español, checo y otros idiomas. Dmitri Yevguénievich Gromov nació el 30 de marzo de 1963 en Simferópol. En 1969 se trasladó a Sebastopol (Crimea) y en 1974 a Járkov, ciudad donde reside actualmente. Tras terminar la educación secundaria en 1980, ingresó en el Instituto Politécnico de Járkov; se graduó con honores en 1986 y comenzó a trabajar como ingeniero químico en la Asociación Científico-Productiva «Carbonat». Inició estudios de posgrado en 1988 y los concluyó en 1991, pero no llegó a defender su tesis, ya que para entonces había centrado su atención casi exclusivamente en la labor literaria. Oleg Semiónovich Ladyzhenski nació el 23 de marzo de 1963 en Járkov. En 1980, tras finalizar la educación secundaria, se matriculó en el Instituto Estatal de Cultura de Járkov para especializarse en dirección teatral; Se graduó con honores en 1984. Entre 1984 y 2000, trabajó como director en el estudio teatral "Pelican", donde puso en escena más de 15 producciones, incluidas adaptaciones de obras de A. y B. Strugatsky, tales como *Qué difícil es ser dios* y *Los judíos de la ciudad de Piter*. 

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