Henry Lion Oldie
Homenaje a Roger Zelazny
Hoy tampoco había
venido nadie.
El barquero suspiró, terminó de
fumar la pipa y se levantó del tronco. Para sentarse al atardecer, siempre
llevaba aquel tronco hasta la orilla, lo colocaba bajo el sauce, se sentaba,
encendía la pipa y contemplaba el agua. Cultivaba él mismo el tabaco en el
huerto, detrás del bancal de eneldo y de dos arbustos de grosellas rojas. Hacía
muchas cosas por su cuenta, porque allí no había ayudantes.
Solo él y aquellos a quienes debía
llevar a la otra orilla.
Desde hacía poco se había quedado
solo.
Desde hacía mucho, se corrigió el
barquero. Desde hacía mucho, amigo. Ya nadie necesita cruzar tu estúpido río.
El mundo ha cambiado. Nadie viene y tú esperas como un idiota. Apostaría a que
mañana también vendrás aquí a esperar. Cien tareas en la casa, mil quehaceres,
y tú, robándole un minuto a cada hora, correrás al río como un chiquillo y
mirarás en todas direcciones, resoplando de aflicción.
Sí, así será, y no de otro modo.
Las ramas delgadas del sauce se
bañaban en el agua negra. Un pez chapoteó en una poza. La luna, blanquecina
como una vejiga natatoria, se mecía en el cielo indistinto. A lo lejos, al otro
lado del río, aullaba un perro. Al rebotar contra la luna, el aullido se
fragmentaba, se desdoblaba, volaba sobre los tapices de amapolas y lirios
silvestres. Parecía que no aullaba un solo perro, sino por lo menos tres.
—Basta, tontuelo —murmuró el
barquero, como si el desdichado animal pudiera oírlo—. Basta. No me atormentes.
Sí, la luna, lo entiendo. Pero ellos ya no están, por mucho que aúlles o tires
de la cadena…
Sabía que tampoco había nadie al
otro lado del río. Varias veces había subido a la barca –¡sin pasajeros, aunque
aquello fuera antinatural!– y había cruzado a la otra orilla. Dejaba la barca
en una lengua de arena y caminaba y caminaba, adentrándose en tierras salvajes
y desiertas. Sus piernas robustas, aunque poco habituadas a las caminatas
largas, medían el espacio. Sus ojos, todavía agudos pese a la edad,
escudriñaban los alrededores, humedecidos de esperanza. Durante el camino lo
inquietaba la posibilidad de que le robaran la barca.
A veces gritaba:
—¡Eeeh! ¡Eeeeh!
Ni siquiera el eco le respondía.
Allí no había eco, aunque se pusiera a golpear un tambor.
El barquero calculaba el tiempo
para regresar antes del anochecer, cruzar de vuelta y pasar la noche en la
cabaña, en lugar de dormir a cielo abierto. A veces, de camino a casa, pensaba
que debería abastecerse bien de provisiones y salir de expedición durante cinco
días o una semana. ¿Y si aún quedaba alguien allí, al otro lado del río?
Alguien refugiado en una cueva, oculto en el bosque; escondido detrás de una
roca, sin atreverse a asomarse… No todos eran tan sociables como cierto
barquero abandonado a su suerte.
Después de todo, ¡que hubieran
dejado de acudir a esta orilla no significaba que tuvieran que desaparecer de
ambos lados del río a la vez! Había que llevar queso, panes planos, tabaco y un
odre de agua del manantial, porque la del río no se podía beber, y marcharse a
algún sitio, a cualquier sitio. Quizá incluso al lugar de donde ellos venían
antes. Encontrarlos, preguntarles por qué llevaba tanto tiempo sin aparecer
nadie…
Por supuesto, se hacía ilusiones,
pero hay situaciones en las que solo te quedan las ilusiones. Sabía que no se
marcharía durante cinco días, y mucho menos una semana. No podía dejar la barca
tanto tiempo sin vigilancia.
Con el tronco bajo el brazo, se
encaminó a la cabaña. Se han ido, pensaba mientras caminaba. Se han ido y no
entiendo adónde. Han olvidado el camino al río y no sé por qué. Esto empezó
hace mucho, pero no recuerdo cuándo exactamente. ¿Qué me queda? La barca, el
río y un buen tabaco. No es poco, supongo. Conozco a muchos que cambiarían de
lugar conmigo encantados.
Antes, mientras transportaba
pasajeros por el río, a veces preguntaba en broma si alguno quería cambiar de
lugar con él. Curiosamente, rara vez encontraba voluntarios. Pero algunos
aceptaban. Si contara a todos los que habían accedido, reuniría un grupo bastante
respetable.
Muchos son unos pocos multiplicados
por el tiempo.
El barquero sonrió al recordar cómo
invitaba a aquellos listillos a tomar los remos. Al cabo de un minuto, la barca
empezaba a girar y el agua entraba por la borda. Los listillos manejaban los
remos en vano, entre maldiciones y sollozos, mientras los demás pasajeros
gritaban de miedo… Cuando por fin volvía a ocupar su legítimo puesto, le daban
las gracias. Durante un instante, el pequeño mundo de la barca olvidaba dónde
estaban, quiénes eran y adónde iban. Solo quedaban la broma, la estupidez, el
miedo y la salvación.
Más que suficiente.
Al desembarcar, cada uno le daba
una moneda. Cuando regresaba a casa, para descansar o recoger otro grupo de
personas que querían cruzar, detenía la barca en medio del río y arrojaba las
monedas al agua, una por una. Un pasajero, un hombre triste de ojos húmedos y
saltones, que se había quedado un rato junto al embarcadero porque aquel día
había llegado mucha gente, le dijo:
—Eso se hace para volver. ¿Adónde
quiere volver usted, barquero?
—Quiero volver a mi río —respondió.
El pasajero triste se sorprendió:
—¿De veras? ¿Acaso se ha marchado
alguna vez de aquí?
—No —respondió—. Nunca. ¿Pero para
querer volver es imprescindible haberse marchado primero?
—Es usted un filósofo —rio el
pasajero triste. Su risa concordaba con su aspecto: era apagada y melancólica—.
Entonces hágame un favor: arroje una moneda por mí también. Yo también quiero
volver algún día. La nieve de febrero, blanda y porosa, el sabor del pan recién
hecho… Los gritos de las grajillas sobre el campanario. Sí, tengo muchas ganas
de volver. La arrojaría yo mismo, pero acabo de darle mi moneda.
El barquero extendió las manos en
un gesto de disculpa:
—No servirá de nada. Perdóneme si
lo ofendo, pero no sé mentir. Los que son como usted no regresan. ¿Para qué
desperdiciar una moneda?
«¿Para qué desperdiciar un deseo?»,
quiso añadir, pero guardó silencio. Una moneda no era nada: un chapoteo y
desaparecía; un buen deseo, en cambio, siempre podía servir. Incluso en la otra
orilla, donde estaban las amapolas y los lirios.
—Y los que son como usted no se
marchan —concluyó el hombre triste—. Bueno, me voy. ¡Buena suerte!
En medio del río, el barquero
arrojó de todos modos una moneda por aquel pasajero. Por si acaso. La moneda,
por supuesto, se perdió en vano. Aunque las demás tampoco se habían hundido con
mucho más sentido, así que no había motivo para preocuparse.
Ahora, mientras regresaba a la
cabaña en el crepúsculo, el barquero recordó al pasajero triste. Lástima que no
hubiera vuelto. Se habrían sentado juntos, cada uno en su tronco, a fumar y
charlar de cualquier cosa. El hombre triste habría aprendido a remar, a
calafatear la barca y a cuidar las gallinas…
El barquero se detuvo.
El corazón le dio un vuelco. Le
brotaron gruesas gotas de sudor en la frente. Por la emoción, le pareció que
junto a la cabaña estaba el pasajero triste de ojos húmedos y saltones. Solo
después de dos latidos interminables comprendió que se había equivocado.
Junto a la cabaña había una mujer.
Aceleró el paso, pero enseguida
recobró la compostura. No estaba bien correr al encuentro de una visitante
ocasional como si fuera un chiquillo mocoso. ¿Qué importaba que llevara tanto
tiempo sin aparecer nadie? Quizá a partir de la mañana siguiente empezaran a
llegar multitudes y apenas diera abasto para transportarlas. Tendría que volver
a embrear la barca y revisar los escálamos. Y reforzar el embarcadero: había
días en que la tercera tabla contando desde la derecha no resistía.
Ya ni siquiera recordaba cuándo
había tenido días así.
—Buenas noches —le dijo la mujer,
después de esperar a que él subiera por el sendero—. Comprendo que llego en un
mal momento… ¿Me permitiría pasar la noche en la cabaña? Créame, no causaré
molestias.
Alta y esbelta, tenía sus años,
pero no parecía una anciana. Desde luego, no era mayor que el barquero. El
viento agitaba el borde de su vestido negro y hacía susurrar los encajes
blancos del cuello y de las mangas. Las piernas, descubiertas hasta las rodillas,
parecían elegantes y fuertes. Se notaba que la mujer caminaba mucho y sabía
apreciar un calzado cómodo.
En la mano derecha llevaba una hoz.
—¿No necesita ir a la otra orilla?
—preguntó el barquero, sorprendido.
—¿Yo? No. ¿Por qué? ¿Hay alguien
allí?
—No. Pensé…
Quiso decir que la llevaría y que,
a partir de aquel momento, ella estaría en la otra orilla, y después, quién
sabe, todo volvería a arreglarse, sería como antes… Pero no lo dijo. El perro
había dejado de aullar y la luna había ascendido. En el silencio que sobrevino
se oía el chapoteo del río, más abajo.
—Ya es tarde —el barquero dejó el
tronco en el suelo—. Vamos a cenar. Tengo queso, panes planos, pescado seco y
agua del manantial. También hay huevos en la fresquera, cinco. Mis gallinas son
buenas ponedoras. ¿Cómo le gustan, duros o con la yema blanda?
—Me gustan fritos —respondió la
mujer—. ¿Tiene una sartén?
Había una sartén. Poco después
chisporroteaba en ella la panceta que la visitante había sacado de su morral.
Los huevos se extendieron entre las lonchas doradas, cuajándose y adquiriendo
consistencia. El pescado seco no tardó en quedar reducido a unas espinas
aceitosas, un lomo graso y unas huevas de un rojo apagado que rezumaban
humedad. El queso se fundió sobre los panes calientes y la mujer esparció
encima un puñado de eneldo finamente picado.
—Una cena de reyes —dijo ella—.
Gracias.
—Gracias a usted…
Durante todo ese tiempo, el
barquero estuvo sentado en el tronco, fumando su segunda pipa de la noche y
observándola cocinar. Un espectáculo maravilloso. Al principio había intentado
ayudar, pero la mujer lo apartó con decisión y le ordenó traer agua y descansar.
Estoy segura de que está cansado, le dijo. Yo solo he caminado y mirado a mi
alrededor, pero usted tiene el río, la barca, los quehaceres y todo lo demás…
No discutió. Claro que le habría
gustado replicar: usted ha caminado todo el día, y quizá no solo un día, ni
siquiera una semana, mientras yo holgazaneaba en la orilla… Pero la panceta
olía tan bien, y los panes con queso y hierbas tenían tan buen aspecto, que
cualquier discusión terminaba antes de empezar.
—¿Tiene herramientas? —preguntó
ella después de cenar.
Él se inquietó. Ahora la mujer le
pediría aguja e hilo, y una aguja de hueso y un ovillo de hilo grueso
difícilmente servirían para coser un encaje desprendido.
—¿Qué necesita?
La pregunta sonó un poco brusca. Se
ruborizó de vergüenza. Por suerte, la penumbra ocultó su turbación. Al
anochecer, todos los caballos son pálidos, como decía un pasajero sombrío y
poco amable.
—Quiero poner a punto mi hoz. Me
vendrían bien una piedra de afilar y un poco de esmeril…
—¡Por supuesto! Incluso tengo una
sierra para metales…
Volvió a ruborizarse. ¡Presumía
como un chiquillo! Pero la mujer le agradecía con absoluta sinceridad, y la
sierra la entusiasmó. Diez minutos después, mientras terminaba el último pan
por falta de otra cosa que hacer, él observaba complacido cómo ella se ocupaba
de la hoz. En cierto modo, aquello le recordaba sus propios cuidados de los
remos. Una costumbre que, tras muchos años, no había perdido su matiz de
ternura.
La oscuridad no estorbaba a la
mujer. Le bastaba la luz de la luna.
—Podría hacerle un mango nuevo para
la hoz —dijo él—. Aquí cerca hay un hayedo. El viejo, desde luego, todavía
puede servirle. Pero siempre conviene tener uno de repuesto a mano.
Ella sonrió.
—Es usted muy amable.
El barquero comprendió que aquello
era una negativa, pero se arriesgó una vez más.
—Sé trabajar la madera. El metal no
tanto, pero la madera sí. Yo mismo hago mis remos. ¿Quiere verlos?
—Estoy segura de que sus remos son
magníficos —rio ella—. Y de que tiene unas manos de oro. Simplemente, no
quisiera cargarlo con un trabajo inútil. Que yo cuide la hoz por costumbre no
significa que usted deba hacer lo mismo. Pero si ocurre un milagro y necesito
un mango nuevo, será el primero al que acudiré.
—Bien —asintió el barquero con
seriedad—. Que sea yo el primero.
De pronto, la mujer dejó la hoz a
un lado.
—¿Sabe una cosa? Me sorprende no
haber tirado ya este hierro. ¿Quién lo necesita ahora? Solo yo, quizá. Y
únicamente como recuerdo. Algunos conservan cartas de amor; otros, un medallón
con un mechón de pelo; yo, esta hoz.
—Y yo, la barca.
Las palabras se le escaparon solas,
involuntariamente. Un instante después ya lamentaba haberlas pronunciado. Y,
para disimular su desconcierto, hizo la pregunta principal, la dolorosa, la que
lo atormentaba día tras día mientras esperaba en la orilla:
—Dígame, allí de donde viene… ¿De
verdad ya no queda nadie?
—Nadie —respondió la mujer.
—¿Absolutamente nadie?
—Absolutamente nadie.
—¿Y ya no vendrá nadie al
embarcadero?
—Creo que no. Busqué, por si al
menos quedaba alguien… Busqué durante mucho tiempo. Allí de donde vengo hay
muchos rincones apartados: en las selvas, en las montañas, en las islas. No
diré que los recorrí todos, pero…
No terminó la frase y se puso a
jugar distraídamente con la hoz.
Los he transportado a todos, pensó
él. A todos. Hasta el último. Creía que aquella idea debía proporcionarle paz y
satisfacción, pero se equivocaba. La angustia le arañaba el corazón y las manos
descansaban sobre sus rodillas como si fueran ajenas. Ahora él era una barca
abandonada a su suerte.
—¿Y para qué vino aquí?
—¿Ya lo he cansado? —Ella se
acomodó el vestido con coquetería.
—¡No, en absoluto! Es que… quería
preguntar… ¡Usted no necesita ir a la otra orilla!
—Perdóneme, no pretendía
incomodarlo. Comprenda: cuando me convencí de que ya no quedaba nadie en
ninguna parte, me hice una pregunta: ¿y en la otra orilla? Quise cruzar el río,
recorrer las tierras donde nunca había estado, encontrar al menos a alguien que
me dijera que todavía existo, que no soy una sombra incorpórea… Ahora comprendo
lo tonto que fue.
El barquero frunció el ceño, sintió
que se le formaba un nudo en la garganta y se decidió.
—Usted no es una sombra. Existe.
¿Quiere que se lo diga cien veces seguidas?
—Sí —respondió ella—. Pero ya es
muy tarde. Es hora de acostarse.
Por la mañana, la mujer se marchó.
El barquero le propuso llevarla al otro lado del río, pasear, recoger un ramo
de lirios… No consiguió nada. La mujer dijo que regresaría al lugar de donde
había venido y seguiría buscando. Que todavía quedaban sitios apartados donde
bien podía haber sobrevivido alguien.
Que un momento de debilidad no
significaba nada.
Cuando desapareció detrás del
hayedo, el barquero siguió mirando largo rato en aquella dirección. Esbelta, de
paso ligero, con su vestido negro y sus encajes blancos, con la hoz en la mano,
caminaba casi a la carrera, como si temiera que, de aminorar el paso, algo la
arrastrara de vuelta.
Hasta el mediodía trabajó en el
huerto. Después reparó la barca. Luego la sacó del agua y la llevó más arriba
de la orilla, bajo el cobertizo. Envolvió los remos en una tela basta y los
dejó al lado. Volvió a la casa y se preparó para el viaje. Ella no podía haber
llegado muy lejos. Si se apresuraba, conseguiría alcanzarla. Y aunque no la
alcanzara ahora, sin duda la encontraría después. Con el tiempo. Si algo tenía
de sobra era tiempo.
Sabía dónde buscarla. En los sitios
apartados. En los rincones ocultos. Era imposible que dos personas no se
encontraran allí donde ya no quedaba nadie más que ellas, Adán y Eva de un
mundo nuevo.
Y ella todavía no era vieja.
En cualquier caso, era más joven
que él.
«Después tendré que volver por el
perro —pensaba el barquero mientras se alejaba sin mirar atrás—. Un buen perro
siempre viene bien en una casa. Volver, poner a punto la barca, cruzar a la
otra orilla y llevarme a Cerbero. El viejo se lo ha ganado. Sí, y no olvidar la
sierra para metales: me temo que el perro todavía está encadenado…».
En el fondo del río abandonado
brillaban las piedras.
Como miríadas de monedas.
Henry Lion Oldie es el nombre literario de los
escritores ucranianos Dmitri Gromov y Oleg Ladyzhenski, galardonados con el
título de «Mejor escritor de ciencia ficción de Europa» y receptores de premios
literarios internacionales. Sus obras se han publicado en ucraniano, ruso,
polaco, lituano, francés, húngaro, español, checo y otros idiomas. Dmitri
Yevguénievich Gromov nació el 30 de marzo de 1963 en Simferópol. En 1969 se
trasladó a Sebastopol (Crimea) y en 1974 a Járkov, ciudad donde reside
actualmente. Tras terminar la educación secundaria en 1980, ingresó en el
Instituto Politécnico de Járkov; se graduó con honores en 1986 y comenzó a
trabajar como ingeniero químico en la Asociación Científico-Productiva
«Carbonat». Inició estudios de posgrado en 1988 y los concluyó en 1991, pero no
llegó a defender su tesis, ya que para entonces había centrado su atención casi
exclusivamente en la labor literaria. Oleg Semiónovich Ladyzhenski nació el 23
de marzo de 1963 en Járkov. En 1980, tras finalizar la educación secundaria, se
matriculó en el Instituto Estatal de Cultura de Járkov para especializarse en
dirección teatral; Se graduó con honores en 1984. Entre 1984 y 2000, trabajó
como director en el estudio teatral "Pelican", donde puso en escena
más de 15 producciones, incluidas adaptaciones de obras de A. y B. Strugatsky,
tales como *Qué difícil es ser dios* y *Los judíos de la ciudad de Piter*.

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