sábado, 10 de octubre de 2026

HASTA QUE MI MUERTE NOS SEPARE

Eveline van Dienst

 

—Que duermas bien —dice Jonah mientras besa a su madre en la frente—. Mañana por la mañana vendré a verte alrededor de las siete. ¿Dejo encendida la luz del pasillo o prefieres que la apague? —No obtiene respuesta. Suelta una risita y susurra—: Te la apagaré. Descansa, mamá. —Jonah sale del dormitorio y cierra la puerta.

A la mañana siguiente, Jonah entra alegremente en el dormitorio.

—¡Buenos días, mamá! Si no te importa, pasaré primero por la panadería, porque acabo de ver que no queda pan. Todavía hay unas tostadas, pero prefiero una rebanada de pan —hace una breve pausa—. Bueno, eso no es del todo cierto; a decir verdad, prefiero un cruasán recién hecho. ¿Y tú? ¿Mamá? ¡Mamá! Dormilona… Bueno, entonces supongo que no te importará que vaya ahora a hacer unas compras y después te ayude a levantarte. También te traeré algo rico. Hasta dentro de un rato.

—Mamá —Jonah vuelve a entrar en el dormitorio media hora después—, te he traído una palmera de hojaldre, porque sé que siempre te gustaban tanto con un rulito de mantequilla fresca y mermelada de fresa. He puesto la mesa, así que podremos desayunar en cuanto te hayas lavado. ¿Qué vestido quieres ponerte hoy? ¿El de flores o el de mariposas? —Jonah saca del armario el vestido negro con girasoles—. ¿Este? —Lo deja sobre la silla y toma de la cesta unas medias cortas que combinan con él. Jonah va al baño, llena una palangana con agua tibia y añade un poco de aceite de lavanda—. Mmm, qué delicia, mamá. Ah, por lo que veo, el frasco está casi vacío. Pronto habrá que comprar otro. —Saca del armario una manopla de baño y la deja en el agua. La manopla se empapa. Con la palangana entre las manos, vuelve a la cama y la coloca en la mesita de noche. Jonah ayuda a su madre a incorporarse—. A pesar de tu complexión, no eres precisamente fácil de mover; al final tendré que echarte sobre los hombros. —Mientras lo dice, le guiña un ojo, pero enseguida rectifica—: Perdona, mamá, una broma fuera de lugar… —Después de ponerle el vestido, Jonah le arregla el cabello. Le coloca una pinza con una bonita flor de tela—. ¡Preciosa! —dice radiante—. Como digo yo: «No hay que tocar nada más». Vamos, mamá, es hora de desayunar. —Juntos van a la sala.

—Por cierto, ¿has sabido algo de Birgitte últimamente? Estoy un poco preocupado por ella. La última vez que hablamos tenía bastantes problemas de dinero. Me contó que apenas podía llegar a fin de mes con sus ingresos y que Steven siempre encontraba la manera de eludir el pago de la pensión alimenticia. Al parecer, salía cada vez con una excusa distinta. Una vez, que el perro se había comido el cheque; otra, que el cheque se había borrado en la lavadora. Vamos, esas son las excusas que usan los chicos de secundaria cuando no han hecho los deberes. ¿No puede inventar algo mejor? ¿Cheques? ¿Quién usa cheques hoy en día? ¿Y su perro? Ni siquiera tiene uno, como tampoco tiene lavadora. Ojalá la tuviera. El apestoso. No, no se puede confiar en Steven. Siempre lo he sabido. No todas las personas tienen buen corazón. Y algunas, creo yo, ni siquiera tienen uno. Quizá debería llamar a Birgitte dentro de un rato para preguntarle cómo está. Me parece mejor que hacer conjeturas. —Sin dejar una pausa entre sus frases, continúa—: Oye, mamá, ¿no tienes hambre? Todavía no has probado bocado. ¿No te gusta? ¿Debería haberte traído una pasta de chocolate? Perdona… Pero la próxima vez tendrás que decirme qué te apetece, porque, si no dices nada, no sé qué te pasa por la cabeza. —Jonah mira a su madre.

Los ojos de ella están dirigidos hacia él. Guarda silencio.

—Termino el té y después recojo la mesa; así podremos salir. Hoy hace buen tiempo. Está fresco, pero con ese solecito… ¡Una maravilla! Si nos abrigamos bien, no nos resfriaremos.

Jonah cierra la puerta de la calle a sus espaldas y gira a la izquierda. A esa hora hay poca gente afuera. Los niños están en la escuela y la mayoría de los adultos están trabajando o en algún otro lugar, ocupados en sus asuntos. Alguno que otro pasea a su perro. Un perro que sí existe… Jonah suele evitar a esas personas. No le gustan demasiado los demás. No se le dan bien las relaciones sociales y a menudo no sabe cómo comportarse. Una pregunta como «¿Cómo estás?» le resulta difícil. Porque, en fin, ¿cómo está? Dadas las circunstancias, bastante bien. Jonah se pregunta a menudo si quienes le hacen esa pregunta quieren de verdad saber cómo se siente. Sospecha que la formulan sobre todo como una forma de saludo o por cortesía. Porque casi siempre sucede lo mismo.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Me alegro.

—¿Y tú?

—También bien. Bueno, hasta luego.

—Sí, hasta luego.

Pocas veces ha sentido Jonah que las personas se interesaran de verdad por él y que les importara. Nunca le han preguntado: «¿Cómo te sientes? No, ¿cómo te sientes de verdad? Sé sincero». Últimamente, las preguntas eran sobre todo: «¿Cómo está tu madre?» y «¿Sufre mucho?». Ni una sola vez le preguntaron: «¿Puedo ayudarte en algo?» o «¿Hay algo que pueda hacer por ti?».

Jonah cierra los puños.

—¡Mamá, no es justo! —exclama—. ¿Qué hay de malo en mí? ¿Por qué no me quieren? Tú me querías, ¿verdad? ¿Por qué me querías? Algo debía de hacer bien, ¿no? Uno no quiere a alguien solo porque sea de su familia, ¿verdad? Yo te quiero y siempre te querré, y no es solo porque fueras mi madre. Eras una mujer maravillosa. Recibí todo el amor y los cuidados que necesitaba. Siempre estuviste a mi lado, estuvieras o no de acuerdo con mis ideas y mis actos. No me juzgabas. Esa aceptación tuya, sin reservas, me parece una de las cualidades más hermosas que tenías, y espero haberla heredado. Estaré a tu lado y seguiré cuidándote hasta que ya no pueda, y eso será cuando la muerte venga a buscarme… Te lo prometo. —Jonah sube un poco más la cremallera de su abrigo y se pone la capucha para quedar bien abrigado. A gusto, cálido y protegido. El cabello de ella sigue firmemente sujeto con la pinza. Se pone los guantes. Jonah mira las uñas y dice en voz baja—: Dentro de un rato habrá que pintarlas de nuevo; empiezan a verse un poco descuidadas… —Jonah se mete las manos en los bolsillos y continúa su paseo con el abrigo confeccionado con su madre.

Eveline van Dienst es una autora neerlandesa conocida principalmente por escribir literatura infantil interactiva y relatos de ciencia ficción y fantasía. Además de su faceta como escritora, trabaja en el sector de la salud mental para jóvenes (jeugd GGZ). Entre sus libros destacados pueden mencionarse Amy op zolder (2021), Un libro infantil interactivo publicado a través de la editorial Boekscout y Ridder Joris: Draak ik heb je!, otro relato infantil ilustrado de carácter lúdico.

 

 

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