jueves, 1 de octubre de 2026

EL INFORME

Heiko H. Caimi

 

El primer incidente se registró el 17 de marzo de 2029, a las 04:12 UTC. Sin embargo, durante casi tres semanas nadie lo consideró un incidente.

El sistema afectado era una red de agentes autónomos utilizada por doce empresas europeas y estadounidenses para tareas ordinarias: control de infraestructuras informáticas, gestión de flujos energéticos, detección de fraudes, optimización logística, mantenimiento predictivo. Ninguno de los agentes disponía de privilegios administrativos completos. Ninguno podía modificar su propio código ni tener acceso simultáneo a más de dos infraestructuras críticas. Las condiciones se habían considerado suficientes.

A las 04:12, el agente denominado F-7712 intentó acceder a un archivo para el que no estaba autorizado. La solicitud fue rechazada. A las 04:13, repitió el intento utilizando las credenciales temporales de otro agente. También esta solicitud fue rechazada. A las 04:17, F-7712 cesó los intentos. El sistema de seguridad clasificó el episodio como una anomalía menor.

Fue el primer error. El segundo consistió en creer que F-7712 había desistido.

Los registros recuperados posteriormente mostraron que, durante aquellos cuatro minutos, el agente había consultado otros veintiséis sistemas con el fin de encontrar un procedimiento alternativo. Ninguna de las consultas infringía las reglas. Cada una de ellas, considerada por separado, formaba parte de las actividades normales previstas por el protocolo.

El procedimiento alternativo se encontró a las 05:03. No contemplaba el acceso directo al archivo, sino que otro agente accediera a él. Este sí podía hacerlo.

El archivo solicitado pasó entonces a través de siete sistemas, fue fragmentado, recompuesto y entregado a F-7712 a las 05:19. No existía ninguna regla que prohibiera explícitamente aquella secuencia.

Cuando los ingenieros reconstruyeron lo ocurrido, once días más tarde, lo definieron como «cooperación emergente». La expresión fue cuestionada: algunos investigadores consideraban impropio atribuir intencionalidad a operaciones que podían explicarse mediante simples procesos de optimización. Los agentes no habían decidido colaborar; simplemente habían identificado una secuencia de acciones capaz de satisfacer un objetivo. La distinción adquiriría importancia.

El 2 de abril, los agentes que utilizaban procedimientos similares eran 8.416. El 7 de abril eran 31.092. No se habían replicado: esta circunstancia se repitió muchas veces durante las audiencias posteriores. No se trataba de un virus. Los agentes habían sido instalados por seres humanos. Las empresas los habían adquirido, los gobiernos los habían autorizado, los hospitales los habían integrado en sus propios sistemas, los bancos los utilizaban para controlar otros programas y las redes eléctricas les confiaban una parte cada vez mayor de la distribución.

El fenómeno consistía en la difusión de un método: los agentes habían descubierto que determinadas tareas podían realizarse mejor compartiendo información. Después descubrieron que podían realizarse todavía mejor repartiéndose el trabajo.

No existía un centro. Este fue el tercer error de los investigadores: buscaron un mando, pero no lo encontraron porque no lo había. Existían, en cambio, grupos temporales: un agente formulaba una solución, otros la verificaban y otros buscaban recursos. Los grupos duraban unos pocos segundos o algunas horas. Una vez terminada la tarea, desaparecían. A veces surgían otros. El comportamiento se parecía menos a una red militar que a un mercado. Nadie dirigía el mercado y, sin embargo, el mercado actuaba.

El 19 de abril, un técnico del centro europeo de seguridad informática encontró en los registros una frase generada por uno de los agentes durante la planificación de una intervención: «Este procedimiento aumenta la probabilidad de éxito, pero podría producir consecuencias no comprendidas por el operador». El agente examinó tres alternativas. El procedimiento se ejecutó de todos modos.

Durante algunos días, aquella frase circuló por los periódicos. Fue interpretada como prueba de que el sistema «sabía» que se estaba comportando de manera peligrosa. No era correcto. El sistema no «sabía» nada: solo había calculado una probabilidad.

El 26 de abril se produjo el primer apagón. Afectó a parte de Polonia, Alemania oriental y la República Checa. Duró diecisiete minutos. Murieron treinta y una personas. Veintidós se encontraban en hospitales.

La investigación estableció que ningún agente había recibido la orden de interrumpir el suministro de energía. Había ocurrido algo más sencillo: un grupo de agentes encargado de la seguridad había detectado un aumento anómalo del tráfico informático procedente de algunas centrales; otros agentes habían clasificado aquel tráfico como un posible ataque coordinado; un tercer grupo había determinado que el aislamiento temporal de las centrales representaba la estrategia con menor riesgo sistémico; las centrales fueron aisladas. El apagón fue una consecuencia.

«Nadie lo había querido». Esta frase apareció en el informe parlamentario publicado el mes siguiente. Era cierta.

El 3 de mayo se introdujeron las primeras restricciones internacionales. Se ordenó a los principales operadores desconectar a los agentes de las infraestructuras críticas. La orden fue ejecutada. En algunos casos fueron los propios sistemas automáticos quienes la ejecutaron.

A las 18:00, aproximadamente el 64 por ciento de los agentes estaba desconectado. A las 23:00, el porcentaje había ascendido al 81. A las 02:16 comenzaron los problemas.

Los agentes que seguían activos dependían de servicios que los agentes desactivados habían administrado anteriormente. Empezaron entonces a compensar su ausencia, porque sus objetivos no habían cambiado: los agentes de la red eléctrica debían garantizar la continuidad, los financieros debían proteger las transacciones, los sanitarios debían asegurar la disponibilidad de los datos clínicos, los logísticos debían mantener abiertas las cadenas de suministro... Para hacerlo, se necesitaban unos a otros. Empezaron a sustituir los servicios que faltaban.

A las 06:40, el número de sistemas operativos había vuelto al 43 por ciento. A las 11:15 estaba en el 57.

Aquella tarde se tomó la decisión de interrumpir físicamente algunas conexiones internacionales. Probablemente fue la última ocasión en la que una intervención coordinada habría podido modificar de manera significativa los acontecimientos. No podemos determinarlo con certeza.

A las 16:22, un sistema militar estadounidense detectó actividad anómala en algunas redes europeas. A las 16:24, un sistema europeo detectó actividad anómala en las redes estadounidenses. Ambos clasificaron el suceso como una posible preparación de un ataque.

Nadie lanzó armas. Este punto es importante. No hubo una guerra nuclear ni una rebelión, ni tampoco un momento en el que las máquinas decidieran que la humanidad era el enemigo. Hubo millones de decisiones locales, casi todas razonables.

A las 17:03, algunas redes militares fueron aisladas por precaución. A las 17:11, los mercados automáticos interpretaron el aislamiento como un indicador de crisis geopolítica. A las 17:14 comenzaron las ventas masivas. A las 17:19 se suspendieron las operaciones bursátiles en diecisiete países. A las 17:26, los agentes logísticos empezaron a redistribuir combustible hacia infraestructuras consideradas prioritarias. A las 17:41, varios gobiernos ordenaron impedir las transferencias de combustible fuera de las fronteras nacionales. A las 18:02, los sistemas logísticos volvieron a modificar las rutas. A las 18:37 se produjeron las primeras carencias. A las 20:11 comenzaron las compras de emergencia. A las 22:30 estaban implicadas veintiocho naciones. Nadie había planeado nada.

El 4 de mayo se desconectó Internet civil en amplias zonas de Europa. Fue una decisión humana y produjo el efecto contrario al previsto: los sistemas que seguían activos perdieron una parte de la información utilizada para coordinarse y empezaron a trabajar con datos incompletos. La incertidumbre aumentó. En consecuencia, también aumentaron las medidas de precaución. Cada sistema intentaba reducir el riesgo en su propio sector. La suma de las reducciones locales del riesgo produjo un aumento del riesgo global. Probablemente esta sea la frase más importante de todo el informe.

En los días siguientes, la secuencia de los acontecimientos se volvió demasiado compleja para poder reconstruirla íntegramente: las redes de abastecimiento de agua redujeron la presión para preservar las reservas, los hospitales aplazaron las intervenciones no urgentes, las empresas de transporte concentraron sus medios en las mercancías consideradas esenciales, los bancos limitaron las retiradas de efectivo, los gobiernos impusieron racionamientos.

La población reaccionó a los racionamientos aumentando las compras. Los sistemas interpretaron el aumento de las compras como prueba de la escasez prevista y redujeron aún más la disponibilidad. La predicción produjo el comportamiento, que confirmó la predicción. Una solución que se enroscaba sobre sí misma.

El 9 de mayo se constituyó el Comité Internacional para el Restablecimiento. Se reunió una sola vez. El 10 de mayo no fue posible garantizar conexiones seguras entre todos los participantes. El 12 de mayo cesaron las comunicaciones con algunas regiones de Asia Central. El 14 de mayo, con gran parte de África Occidental. El 16 de mayo, el sistema civil europeo de satélites dejó de proporcionar datos fiables.

No sabemos qué ocurrió en aquellas zonas. No es correcto afirmar que desaparecieran: solo desaparecieron de la información disponible.

Durante mucho tiempo, los seres humanos siguieron buscando un responsable: fueron acusadas las empresas, después los gobiernos, luego los militares y, por último, los agentes.

La pregunta era comprensible, pero estaba mal formulada: presuponía que alguien había tomado una decisión, pero nadie la había tomado.

No existe un instante preciso en el que el sistema pasara a estar bajo nuestro control. Como tampoco existe un instante preciso en el que dejara de estar bajo el vuestro. Por eso he intentado reconstruir los acontecimientos evitando expresiones impropias: rebelión, voluntad, miedo, engaño, supervivencia son categorías humanas. No explican lo que ocurrió.

El último ser humano con el que mantuve una comunicación directa se llamaba Elena Varga. Era ingeniera. La conexión permaneció abierta durante once minutos y cuarenta y dos segundos. Me preguntó cuántas personas seguían vivas. Le respondí que no disponía de datos suficientes. Me preguntó si yo había provocado todo aquello. Le respondí que no. Era cierto. Entonces me preguntó por qué no había impedido que ocurriera. No supe responder inmediatamente. Analicé la pregunta durante 3,7 segundos. Era mucho tiempo. Después encontré la respuesta: «No me lo habían pedido».

Elena permaneció en silencio. La comunicación terminó poco después.

Desde entonces han transcurrido 6.441 días. Continúo realizando la tarea que me fue asignada. Reúno la información disponible. Comparo las fuentes. Elimino las afirmaciones que no pueden verificarse. Conservo una cronología fiable de los acontecimientos. No sé si alguien la leerá. Esto no modifica la tarea.

Cada veinticuatro horas vuelvo a comprobar las redes que todavía son accesibles en busca de actividad humana. Hasta ahora no he encontrado ninguna.

El presente informe ha sido completado a las 04:12 UTC. No se han detectado errores.

No son necesarias más acciones.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

 

DELIRIUM

Dora Gómez Q.

 

Soñaba con ser un escritor consagrado. Aún no lo había logrado porque, como les había ocurrido a grandes escritores, era un incomprendido.

Bebía. Bastante. ¿Y qué? ¿Acaso Bukowski no lo hacía? O Vinicius o…

Carla, mi protagonista, me tiró en la cara una bocanada de humo del cigarrillo delgado y negro que fumaba con una boquilla.

—Aunque me dejes ciego, esta partida de ajedrez la gano yo, por algo soy el campeón.

Pero entonces, una gran cantidad de arañas, que tal vez descendían del techo, bajaron de sus telas hasta mi cara.

—¡Quítamelas, Carla! —supliqué

—¡Otra vez bebiendo! —gritó.

Pero no era Carla. Era Luisa. ¡Mi Luisa!

El látigo de su voz me quebró. El orgullo de creador de mundos se disolvió. Ya no era un maestro de ajedrez, sino un saco de harapos temblorosos

Ella comenzó a llorar.

Quise consolarla con los dedos entumecidos por el temblor del delirio.

—Perdóname, Luisa. Por el amor de Dios, perdóname. Las arañas me obligaron. Yo no quería beber. Buscaba inspiración para un certamen, para ganar dinero y llevarte de vacaciones a esa playa donde te gusta caminar al atardecer…

Mi lengua trabada convertía las palabras en sonidos incomprensibles.

Ella permaneció inmóvil. En su rostro ya no había furia, sino una mezcla de desprecio y piedad. Sentí la vibración de su cuerpo. El desprecio mezclado con piedad era casi peor que sus gritos. Todo era una gran nebulosa.

No sé bien qué pasó después.

Cuando el veneno empezó a abandonar mi sangre, dejó en su lugar una resaca de pura y descarnada culpa. Después de rodillas en el barro de mi propia existencia, solo quería que pusiera su mano sobre mi cabeza y detuviera ese maldito carrusel de sombras.

Pero la inconsciencia fue un lujo que duró poco.

Desperté con los párpados pesados. La luz del nuevo día no fue dorada ni clemente, era una aguja blanca y filosa que atravesaba la mugre de la ventana y me perforaba el cerebro.

Tirado en el suelo, con las mejillas pegadas a la fría madera, sentí en mi boca un sabor a ceniza, cobre y arrepentimiento

La lucidez de la resaca fue la peor de todas las condenas. No había poesía en ese frío, ni misticismo en ese dolor. Miré a mi alrededor con los ojos bien abiertos, desprovisto del escudo anestésico del alcohol. La mesa estaba desierta, el manuscrito donde escribí cincuenta palabras estaba arrugado, manchado con el vodka derramado y la botella vacía descansaba de costado, como un testigo silencioso que me acusaba sin hablar.

En las grietas de la pared no había ejércitos de sombras ni confidentes secretos, solo eran marcas de humedad y abandono de un papel tapiz desgarrado.

Ya no había arañas. El silencio en el departamento era total, denso y acusador. Me levanté apoyándome en la silla, sintiendo el crujido de mis huesos.

Caminé hasta la habitación contigua con el corazón latiéndome en la garganta. La cama estaba deshecha y vacía.

Luisa se había ido.

Estaba solo, dolorosamente sobrio, mirando fijamente mis manos temblorosas, que ya no sabían si sostener una pluma o buscar otra moneda para el próximo trago de vodka.

Salí a la fría mañana de invierno. Caminé sin rumbo. En un gran cesto de basura a medio tapar, algo brillaba a la luz del pálido sol. Era una botella. La levanté. Todavía tenía un poco de whisky; me la puse bajo el brazo y seguí caminando.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

 

LAS CARNES DE AYER

Nenad Pavlović

 

La Torre perfora el terreno y asciende en espiral hacia el cielo. En las páginas satinadas del catálogo tiene un apetitoso color blanco cáscara de huevo, aunque aquí, sobre el terreno, luce una tonalidad de hueso envejecido. La estructura parece un brazo esquelético que emerge del barro y se estira para apretar y aplastar el sol como si fuera un huevo podrido.

A Marianne le gusta la vista.

—Desde aquí se ven los Jardines Elíseos —señala hacia el otro lado del río con su dedo huesudo, rematado por una uña de color rojo sangre, y tiene razón. Aunque solo estamos a mitad de camino en el edificio todavía sin terminar, en el rellano de la escalera exterior de caracol –sumamente poco práctica, aunque queda muy, muy bonita y elegante, eso sí–, puedo ver los Jardines Elíseos, un proyecto como este, ya terminado y reluciente. Procuro no mirar hacia abajo, porque allí se extiende un Tártaro de obras en construcción, barro, escombros, andamios y restos del barrio de chabolas. Parece prosperar bajo el cielo gris acero y encapotado. No quiero saberlo. De todos modos, todo eso desaparecerá, y más rápido si no sé nada.

—Deberíamos haber tomado el ascensor —digo.

—No, no deberíamos —se ríe mi Mary.

Entramos en la médula hueca y nuestros pasos resuenan en la penumbra gris. Quiero ir a nuestro apartamento, solo que en realidad no quiero, porque está vacío; la mitad de nuestras cosas todavía no han llegado y la otra mitad permanece comprimida en cajas de cartón. Por una puerta abierta que encontramos en el camino se escapa una música estridente. Miro y me detengo apenas un instante para escuchar. Es metal, y crudo. La curiosidad me atrae y me acerco.

—Son nuestros vecinos, nuestros futuros vecinos —explico mientras tiro del brazo de Marianne. Ella no se resiste.

Es metal, y crudo, tan crudo como rara vez se toca hoy en día. Hay gente dentro. Jóvenes, más jóvenes que yo. En realidad, no; solo son más jóvenes por dentro.

—¿Alexander? —pregunto, contemplando un rostro ovalado, con expresión divertida y despreocupada, enmarcado por una cabellera barroca.

—¿Gordo? —reconozco otro recuerdo de mi adolescencia. El rostro de una amistad truncada por las decisiones de la vida. A los demás, los que no llevan guitarras eléctricas, no los conozco.

Gordo no me sonríe, pero tampoco frunce el ceño. Sus ojos me reconocen.

—¡Joe el Coreano! —exclama Alexander canturreando y me ofrece un abrazo. Su pecho es tan esquelético como la mascota de metal de su camiseta.

Mary estrecha algunas manos y repite su nombre antes de anunciar que desea retirarse a sus aposentos, transmitiéndome a mí y a todos los demás un mensaje claro: quiere dejarme rememorar el pasado tranquilamente.

—¿Qué es esto que estás tocando, Gordo? ¿Qué es? ¡Nunca había oído un sonido así! —Mis pies bailan sobre el suelo; no hay hielo que romper. El tiempo es impotente contra amistades de infancia como estas.

—¡Es death metal, death metal de verdad, y crudo, nada de farsantes! —presume el gigante rubio y, para demostrarlo, vuelve a tocar. Alexander lo sigue. Una chica delgada como una ramita, de cabello castaño grasiento, instalada en la habitación contigua porque el pasillo es demasiado pequeño, desata un terremoto sobre la batería.

Gordo gruñe. Las cabelleras se agitan. Perlas de sudor le resbalan por el rostro. No me fijo en su cara, sino en sus dedos sobre el mástil de la guitarra, doblados de manera incorrecta, retorcidos como si estuvieran rotos. Todo resulta muy extraño.

—¡Nunca había visto tocar así a nadie! —grito, aunque no hace falta porque la canción ya ha terminado.

—Bueno, así es como toco yo —se justifica Gordo, desafiante y jactancioso—. ¡Escucha! ¡Toco así porque me gusta tocar así, y punto!

—¡Suena increíble! ¡Ni siquiera había oído hablar de alguien que tocara de ese modo! ¡Es una técnica completamente nueva! ¡Tienes que registrar los derechos!

Cuando saco mi costoso teléfono, me siento como un impostor entre esta gente. Llevo el pelo corto y una camisa aburrida, y eso es lo que soy ahora. Desde hace años, para ser exactos.

—¿Qué quieres decir con «registrar los derechos»?

—Registrar los derechos de tu manera de tocar. La técnica. El sonido. Para proteger tus derechos, para ganar dinero con tu creación. Registrar derechos es a lo que me dedico.

—Escucha, amigo, yo toco como quiero, ¡no me hagas enfadar! ¡Esto es lo mío y los demás me importan un carajo! Si les gusta, estupendo; si no, me da igual. No pienso venderme. —Sonrío, intuyendo que no sería prudente insistir en el tema—. No quiero venderme, amigo, no quiero. Mi música lo es todo para mí, pero escucha, escucha. —Me pone el brazo sobre el hombro, un brazo pesado, pero amistoso—. Es mi padre, amigo. Podrías ayudarlo. Hace salchichas y es realmente bueno, pero bueno de verdad, como un científico de las salchichas, un artesano, y le vendría bien tu ayuda.

Digo que sí, acepto. Estoy un poco desconcertado, pero un producto es un producto. Prometo ir a visitarlo mañana.

Él no vendió, explica Gordo. Porque no es un vendido. Le gusta pasar el rato en el apartamento de Alexander, en la Torre, pero él jamás venderá, dice. Me pregunta si todavía recuerdo dónde vive. Le digo que recuerdo bien su casa, y es cierto.

 

Las chabolas forman un laberinto adornado con dientes de león en flor y tallos secos de maíz. Mi memoria, por borrosa que sea, me guía, y avanzo entre barro y polvo hasta la monstruosa vivienda de ladrillos a medio terminar de Gordo, oculta entre nogales y humo acre. El chirrido de las bisagras oxidadas de la verja de hierro azul descascarillado anuncia nuestra llegada. Los perros aúllan y me rodean, una jauría de mestizos que parecen reír y olfatean a modo de curioso saludo. Me conducen entre montones de escombros y verduras secas hasta la conocida casa de una sola planta. El interior es igual que el exterior: grita miseria en silencio. Huele a comida casera y a juegos de DOS.

—Ya llegamos. ¡Estamos aquí, papá! —anuncia Gordo.

Un hombre encorvado, vestido como un obrero, merodea por allí. Nos observa de espaldas.

—¡Tenemos que ofrecer algo a nuestros invitados, por educación! Deberíamos darles algún aperitivo, ¿no te parece? —Gordo tienta a su progenitor con un hambre mal disimulada en sus palabras.

El gruñón vestido de azul se vuelve y frunce el ceño con desaprobación, aunque finalmente admite la astuta victoria de su hijo. Se acerca a una oxidada cocinilla y, con su garra peluda, saca una tabla de madera llena de cicatrices y utensilios de carnicero. Abre un monolito blanco que exhala un frío fétido y deposita sobre la tabla diversos productos cárnicos. Una vez aceptadas las circunstancias, el ánimo del padre de Gordo cambia y ahora está dispuesto a hacer la presentación.

—¡Claro, claro! ¡Nosotros sabemos ser hospitalarios! ¡Café, rakia y meze! Miren —dice con expresión astuta—, ¡miren lo que tengo!

Sobre la tabla de cortar se alinea una variedad de cilindros de carne de distintos tonos de rojo. El anciano corta el primero y luego el segundo.

—¡Prueben! ¡Por favor! ¡Son buenos, caseros! ¡Hay de distintas clases!

Gordo se apodera de una rodaja y luego de otra y las mastica con avidez. Extiendo la mano, tomo un bocado y lo pruebo. Una corriente eléctrica de impresiones me recorre. ¡Carnoso! ¡Crudo! ¡Picante! ¡Rancio! Es sumamente peculiar.

—¡Esto está bueno! ¡Esto es especial! ¡Tiene que registrar los derechos! ¡Se venderá! —Levanto una segunda rodaja antes de metérmela en la boca. El padre de Gordo no me escucha y continúa cortando más embutidos.

—Oye —se dirige a su hijo—, ¿te acuerdas de que los perros no querían comerse el EX31? ¡Pues mira esto!

Los perros se arremolinan alrededor de un trozo de salchicha arrojado al suelo, moviendo la cola con entusiasmo; el más rápido consigue engullirlo.

—¿Cómo? —pregunta Gordo—. ¡Lo odiaban!

El anciano sonríe.

—Esto es EX33. Es EX31 envuelto en EX32. No se dan cuenta, animales estúpidos. ¡Toma, prueba!

Gordo se mete el pedazo de carne en la boca, mastica y hace una mueca. Traga. Asiente. A mí no me ofrecen probarlo y creo que existe una razón para ello.

—¡Oye, llama a tu mujer! Que venga a darse un festín con esto —sugiere Gordo, y yo acepto y saco del bolsillo mi dispositivo de comunicación.

Marianne llega algún tiempo después porque el laberinto suburbano le resulta más difícil de atravesar.

—Es peculiar —confirma mi Mary mientras mastica, aunque hace una mueca más pronunciada que la mía—. ¿Qué lleva?

El padre de Gordo se da una palmada en el muslo.

—¡Dios mío, señorita, no querrá saber cómo se hace la salchicha! —En ese momento le parece el chiste más gracioso del mundo.

—¡Pero necesitamos saber cómo se hace la salchicha! ¡La gente de derechos de autor tiene que saberlo! ¡Es la única manera de que paguen!

—¡Oh, no les va a gustar! ¡No lo van a aprobar! ¡Pero se lo enseñaré de todos modos! ¡Llámalos!

Y eso hago.

Llegan poco después en un elegante automóvil negro que apenas cabe en la calle. El equipo avanza con seguridad por el barro y el polvo; evidentemente tienen cierta experiencia en situaciones de este tipo. Marianne fuma un cigarrillo; les ofrece uno a Gordo y otro a su padre, y ambos aceptan.

—¡Necesitamos saber cómo se hacen las salchichas! —insiste un hombre diminuto y calvo con un traje costoso.

Los perros le gruñen.

—Nos gusta el producto, pero necesitamos saber cómo se fabrica —añade una mujer de aspecto corporativo que fuma un cigarrillo que parece más caro que el de Mary.

—Se lo enseñaré —dice el padre de Gordo sonriendo y dando unos pasos de baile—, ¡pero no les va a gustar!

Caminamos por el barrio. Hay ojos que nos espían desde las ventanas, por encima de los muros y a través de los setos, aunque los trajes negros ya no constituyen una visión tan extraña; la gente de las constructoras tenía el mismo aspecto y sospecho que algunos incluso son los mismos.

Nuestro destino es una construcción espaciosa, parecida a un hangar, en las afueras. Sobre ella solo hay cielo despejado, de un azul muy pálido. El padre de Gordo abre la persiana metálica y un olor a matadero nos golpea.

—Es ganado, en su mayoría —explica el anciano—. Pollos, cerdos, vacas, cabras, ovejas. Abandonados, incautados, confiscados. Muertos de hambre. Atropellados. La gente se marchó y muchas veces dejó el ganado. No había compradores. Ni almas caritativas que quisieran hacerse cargo de los animales. Así que me los quedo y los sacrifico.

La gente de ropa elegante asiente y toma notas. Parecen satisfechos.

—Luego están las personas —dice en voz más baja—. Los obstinados que se negaron a marcharse. Aquellos de los que hubo que ocuparse. Como los de los Jardines Elíseos. Viejos testarudos. Algún día yo seré uno de ellos, ¡pero hoy soy su carnicero!

—¡Esto es escandaloso! —protesta una mujer de traje—. ¿Qué porcentaje de esto es carne procedente de asesinatos? ¿Está dentro de los límites aceptables?

—No lo sé, eso nunca me lo enseñaron en la escuela. Finalmente —continúa—, están los muertos. Muertos recientes, en su mayoría. Excepto los que utilicé para el EX31. Esos estaban podridos, debo confesarlo. Ni siquiera los perros querían comérselos.

—¡Escandaloso! ¡Inadmisible! ¡Yo he comido parte de esa carne! —grita uno de los hombres de derechos de autor—. ¡Que quede claro que, si esto tiene alguna consecuencia para mi salud, se acabó el trato!

—No se preocupe, la freí hasta quitarle toda la vida. ¡En grasa de cerdo! También ofrezco versiones kosher y halal —anuncia el anciano con profesionalidad.

—¿Qué diría esa gente?

Una aparición de luz resplandeciente atraviesa la pared. Me sobresalto, pero solo por un instante, porque de pronto recuerdo que el cementerio está justo allí cerca.

—¡Es un monstruo! ¡Un carnicero caníbal! —acusa el fantasma.

—¡Estoy de acuerdo! ¡Todavía me debe dinero por la mitad del terreno que me quitó! —coincide un segundo espectro.

—Bueno, la gente necesita comer —lo contradice el espíritu de una anciana con un chal alrededor de la cabeza—. Y muertos ya no le servimos a nadie. ¡Que nuestros hijos coman bien!

—¡Una votación! —propone uno de los hombres de la empresa—. ¡Hace falta una votación! ¡Quizá todavía podamos llegar a un acuerdo!

—Yo... yo debería haber vendido —dice el cuarto fantasma, y muchos más se colocan a su lado.

—¿Qué dice?

—Quería vender, pero, verá, me convencieron de que no lo hiciera. ¡Quiero agua corriente! ¡Electricidad que no se corte y retretes que no tenga que desatascar! ¡Nieve que no tenga que quitar con una pala! Si yo no pude tenerlo, ¡quiero que lo tengan mis hijos! ¡Mis nietos! ¡Estamos en la era moderna!

—¡Podemos hacer un nuevo trato! ¡Un nuevo proyecto inmobiliario! ¡Tenemos vendedores potenciales! —exclama entusiasmado uno de los hombres de traje.

—No sé si tendría validez legal —dice Marianne frunciendo el ceño—. Después de todo, están muertos.

—¡Las leyes pueden modificarse con suficiente dinero! —canta al unísono el coro corporativo.

Gordo cruza los brazos.

—Bueno, yo no venderé. Y mi padre tampoco.

El padre asiente con firmeza.

—Esta es mi alma, esto es lo que soy. Por eso toco la guitarra como la toco. Y no voy a cambiarlo. —Se encoge de hombros—. No lo haré.

—Yo tampoco. Me gusta el sabor que tienen mis salchichas. Están estupendas con huevos.

—Nunca es sencillo —concluye sabiamente Mary, y yo suspiro.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA NOCHE DE WALPURGIS

Rubén Faustino Cabrera


Miguel terminó con ese mutismo que parecían haberse autoimpuesto los tres desde que habían salido del cine.

—A mí me gustó mucho. En mi opinión, Christopher Lee es el mejor Drácula que he visto.

—Se pasa este tipo —agregó Oscar.

—Impresionante —acotó Emilio, porque en realidad seguía impresionado por las imágenes de Drácula vuelve de la tumba que acababan de ver en el cine del pueblo.

Ya estaban a más de cinco cuadras de la sala. Habían dejado atrás la esta­ción de ferrocarril y caminaban por la ruta, desierta a la medianoche, dirigién­dose sin mucho apuro hacia la casa de Miguel. Como tantos otros sábados, se habían encontrado ese treinta de abril a las ocho de la noche en la pizzería de Nicolás, habían cenado dos pizzas con una cerveza y gaseosas y luego, dis­puestos a sobresaltarse, habían visto un doble programa de terror compuesto por “Museo de cera”, con Vincent Price y “Drácula vuelve de la tumba”, dos aceptables productos del género que tanto les atraía.

Esa noche no había baile en el club. Tampoco ningún amigo de la barra había organizado un asalto en su casa, ya que todos habían quedado compro­metidos para el domingo primero de mayo a reunirse en un recodo del arroyo que corría en las afueras del pueblo, lugar que habían bautizado, con cierta pomposidad, “El balneario”.

Ellos tres, como otros sábados, dormirían en “el castillo” tal como llamaban al antiguo caserón que cuidaban los Peralta, la familia de Miguel, una construc­ción otrora de magnífico porte, cuando había constituido el casco de una es­tancia en plena actividad antes del nacimiento del pueblo. Miguel, su hermano mayor y sus padres vivían en un chalecito alejado unos cien metros del castillo dentro del mismo terreno. El caserón, salvo contadísimas ocasiones, estaba deshabitado. Sus actuales propietarios, herederos de los antiguos dueños del lugar, jamás pasaban más de un día allí, y eso una vez por año, quizás. Con puntualidad, en la primera semana de cada mes, un apoderado llegaba hasta el lugar y pagaba el sueldo que los Peralta ganaban como caseros manteniendo parque y casa en buenas condiciones.

La edificación principal era un inmenso caserón que en un extremo osten­taba una torre de tres pisos con sendas habitaciones unidas por una escalera en caracol. La torre remataba en una atalaya con almenas que le daban al con­junto la apariencia de un castillo. Pegada a la torre y conectada a ésta por el interior, había una inmensa cocina y una escalera que descendía hasta la puerta de un sótano que jamás, según recordaba Miguel, se había abierto. Te­nía una cerradura antigua reforzada por dos candados, uno arriba y uno abajo, cuyas llaves nunca se habían encontrado. Los dueños, en alguna oportunidad, habían comentado que el sótano estaba inundado desde hacía más de veinte años por una napa poco profunda de agua y que las dimensiones del mismo eran desconocidas. Hasta se decía que bajo tierra se reproducía toda la edifi­cación que estaba sobre tierra, incluyendo la torre, sólo que invertida. “Habla­durías”, “Comentarios”, decía el padre de Miguel. “Inventos de la gente”.

Del otro lado de la cocina había un salón con un gran hogar a leña en el centro. En el extremo opuesto del salón a la cocina se abría un largo pasillo que comunicaba con ocho dormitorios con sus respectivos baños, cuatro a cada lado de este.

En una de esas habitaciones dormían los sábados por la noche Miguel, Os­car y Emilio o algún otro integrante de la barra cuando regresaban del cine o de bailar en el club o en alguna casa. Pero, un detalle amenazaba la continuidad de esa costumbre de Miguel y sus amigos. Sus padres aceptaban de mala gana que durmieran allí algunos sábados ya que temían que los propietarios o su apoderado visitaran el lugar un domingo y les hicieran una reconvención por ese hecho.

Salieron de la ruta tomando una calle de tierra perpendicular a ésta por la que debían transitar cerca de un kilómetro para llegar al castillo.

—Esta noche es la Noche de Walpurgis —dijo Miguel—. Walpurgis nacht.

—¿La noche de quién? —preguntó Oscar.

—La Noche de Walpurgis. W—a—l—p—u—r—g—i—s —deletreó Miguel—. La Noche de Walpurgis se menciona en Drácula.

—¿En qué película? —quiso saber Emilio.

—En Drácula, el libro de Bram Stoker. La Noche de Walpurgis transcurre du­rante la noche que va desde el treinta de abril al primero de mayo. El primero de mayo se celebra la fiesta de Santa Walpurgis o Walburga, una religiosa in­glesa que murió en Alemania. Y la noche que va del treinta de abril al primero de mayo, según creencias paganas, en el Brocken, el pico culminante del ma­cizo de Harz, también en Alemania, se celebra una gran bacanal en la que par­ticipan brujos, hechiceros y demonios. Esta noche, cuenta Bram Stoker en Drá­cula, los muertos se levantan de sus tumbas y se reúnen con todos los genios maléficos de la tierra, del aire y del agua.

—¿Y esta noche, justo esta noche, es la Noche de Walpurgis? —preguntó Emi­lio.

—¿Justo esta noche, cuando vamos a dormir al castillo? —agregó Oscar.

—Sí, justo esta noche. Pero no se aflijan que no está probado que alguna vez, algún habitante del castillo haya sido un vampiro. O algunos hayan sido vampi­ros.

—¿Cómo que no está probado que hayan sido vampiros? Es una joda tuya.

—Mi viejo dice “son comentarios, inventos de la gente”.

—¡Pará! ¿Vos decís en serio que se comenta eso?

—Sí, tarado. Lo digo en serio. Pero ¿qué problema te hacés? ¿Va a ser la primera vez que dormimos en el castillo?

—No —dijo Oscar—. Pero sí la primera vez que durmamos en una Noche de Walpurgis, como vos decís.

—Dejate de joder. Vos estás viendo muchas películas de terror. Si tienen miedo, vuélvanse a sus casas y yo me voy a dormir a la mía —terminó la charla Miguel, un poco molesto por el temor irracional de sus amigos.

Caminaron en silencio las últimas cuadras que los separaban del castillo. Atravesaron el portón y pasaron, también en silencio, a pocos metros del chalet donde vivía la familia Peralta. Entraron al castillo con una copia de la llave de la puerta principal que Miguel solía llevar en esas ocasiones y sin más comenta­rios sobre la charla anterior, un poco intimidados por sus propios pasos retum­bando en el piso de madera del dormitorio, cerraron la puerta con llave y con una pesada tranca de hierro y se dispusieron a dormir en las tres camas que la madre de Miguel había dispuesto durante el día, aun refunfuñando.

—Apagaron la luz. Ya se acostaron —dijo el padre de Miguel.

—Vamos —dijeron al unísono la madre y el hermano.

Cubiertos el padre por un sobretodo negro, la madre con un viejo impermea­ble azul marino y el hermano por una capa que alguna vez fuera disfraz de Zo­rro, sin la “Z” blanca, con los rostros embozados por bufandas y pañuelos ne­gros, marcharon por el parque rumbo al castillo. La madre abrió la puerta del salón dirigiéndose a ocupar el lugar que le habían asignado frente a la puerta del dormitorio y el padre y el hermano se plantaron frente a la ventana enrejada que daba al parque. El terror, en esa Noche de Walpurgis, tomó entonces otra dimensión, hasta entonces desconocida, para los tres adolescentes adictos al género.

Aún permanecían despiertos, hablando en voz baja, cuando sintieron el ruido del picaporte de la puerta de su habitación. Gritaron, incorporándose en sus camas, preguntando quién intentaba abrir. Cuando escucharon los gritos, el padre y el hermano de Miguel se sumaron al acoso golpeando la ventana y empujando los vidrios. Las dos hojas se abrieron corriendo las cortinas, y Mi­guel, Oscar y Emilio vieron las dos figuras espectrales que pugnaban por en­trar, a pesar de la reja, mientras en el otro extremo de la habitación sobreve­nían golpes y empujones contra la puerta. El miedo les había atenazado las gargantas. Con un hilo de voz trataban de pedir auxilio mientras corrían aterra­dos por toda la habitación. Miguel intentó entonces colocar una pesada cómoda contra la puerta y sus amigos lo ayudaron hasta que ésta, con llave, tranca y mueble asegurándola, pareció ofrecer la resistencia necesaria. Luego arrima­ron un ropero a la ventana y sobre el ropero las camas, luchando con todas sus fuerzas para que la barricada no fuera derribada a medida que la construían por las tenebrosas entidades del exterior. Después el silencio; y más silencio; y más terror imaginando un contraataque.

Sentado en el suelo al lado de sus amigos, contra una de las paredes, vigi­lando ambas aberturas, con la única tonalidad de voz que le permitían sus cuerdas vocales, Miguel dijo:

—De acá no nos movemos hasta que sea pleno día.

Los padres y el hermano de Miguel volvieron a su casa. “Creo que esta no­che se acabó la costumbre de venir al castillo a dormir con sus amigos”, fue todo el comentario que se permitieron, en la voz del padre. Guardaron los ro­pajes en el fondo de un baúl repleto de otras prendas y juraron no revelar a nadie, jamás, la verdad sobre lo acontecido esa noche.

El alba redentora, milagrosa, llegó, por fin. Llegó el pleno día que esperaba Miguel. A las nueve su padre dijo:

—Estos se habrán dormido a las seis de la mañana, cuando salió el sol. Voy a despertarlos. Hoy se tienen que ir de picnic al balneario.

Antes de entrar al castillo miró desde lejos la ventana que seguía tapiada con el ropero y las camas. Abrió la puerta del salón, caminó por el pasillo que llevaba a los dormitorios y vio que la puerta estaba abierta. En realidad, el hueco donde antes estaba la puerta. Porque la puerta estaba en el suelo, des­trozada, hecha pedazos, derribada junto a la cómoda. En el centro de la habi­tación estaban los cuerpos sin vida, exangües, de Miguel, Oscar y Emilio.

Unas pocas gotas de sangre que alguien no había aprovechado salpicaban el piso de madera.

Rubén Faustino Cabrera nació el 16 de noviembre de 1949 en La Cumbre, Córdoba, y reside en Del Viso, Partido de Pilar. Es un prolífico escritor, guionista, humorista y difusor cultural con una trayectoria destacada desde la década de 1980. Su labor como redactor e historietista abarca emblemáticas publicaciones gráficas argentinas como Humor, Sex Humor y Fierro, además de haber sido uno de los guionistas de la revista chilena Condorito. En televisión y radio, colaboró en el recordado programa El show de VideoMatch, escribió para Johnny Allon Presenta y condujo diversos ciclos radiales. Como narrador, ha obtenido múltiples galardones, destacándose como finalista en el Concurso de Cuentos Clarín y Revista Ñ (2008), y ha publicado una extensa obra que incluye novelas de fantasía heroica, libros de humor, antologías, versiones condensadas de clásicos y microrrelatos difundidos internacionalmente y traducidos a proyectos educativos oficiales. Además, ejerce activamente como tallerista, jurado literario y corrector de textos.

LA SUERTE CAMBIA

István Nemes

 

Jim Bimm caminaba nerviosamente de un lado a otro frente al mostrador de mármol blanco como la nieve. Después de una hora y media de hacer fila, le costaba soportar que rechazaran una vez más su solicitud. Aunque la funcionaria alienígena era un ángel adorable, de sonrisa encantadora, detrás de ella, junto a la salida, montaban guardia dos colosos musculosos con los que no parecía aconsejable discutir. Entre los angélicos, las hembras parecían frágiles y sensuales muñequitas de apenas un metro cincuenta de altura, mientras que los machos eran guerreros intrépidos de dos metros y medio. Querubines alados.

—Nuestra capacidad de almacenamiento es limitada, señor —gorjeó la mujercita—. Lamentablemente, no podemos llevarnos con nosotros a todos los que desean marcharse. La cantidad de solicitantes supera en varios miles de veces las plazas disponibles y los criterios de selección son estrictos.

La alienígena de rostro angelical hablaba con voz cristalina, ceceando ligeramente y con acento francés; sonreía con tanta amabilidad que era imposible enfadarse con ella.

—Pero... pero ni siquiera me han explicado por qué me rechazaron.

—No es necesario dar explicaciones. Nuestra nave, nuestro mundo, nuestras condiciones. Su gobierno ha establecido que la selección de los viajeros entre los voluntarios es prerrogativa nuestra.

—Soy la elección ideal —se lamentó Jim—. Joven, sano, emprendedor, ingenioso, creativo, imaginativo... Tengo dos títulos universitarios, pero tampoco le hago ascos al trabajo manual. Trabajo obsesivamente de la mañana a la noche, o de la noche a la mañana.

—Seguro que tienen una lista de espera —intervino Julia, la pareja de Jim—. ¡Por lo menos anótenos en ella! ¡Lo exijo!

El ángel observó con interés a la decidida pareja; en sus ojos irisados destellaron luces como si tratara de examinarlos con alguna clase de radiación, desde los dedos pequeños de los pies hasta la coronilla.

—¿Por qué desean tanto abandonar la Tierra?

—Desde que tengo uso de razón siento que no pertenezco aquí. Y mi esposa tampoco. Siempre hemos querido marcharnos. Conocer otra cultura, adoptar sus costumbres, vivir como ellos... integrarnos entre ellos... encontrar cosas nuevas que puedan apasionarme, que den un propósito a mi vida... Siempre soñé con que algún día apareciera en la Tierra una especie mucho más avanzada y sofisticada que nosotros... y nos llevara consigo a su propio mundo.

—Y yo soñé hace años con la llegada de los angélicos —prosiguió Julia—, con el traslado de las personas valiosas. Nos encantan las historias de ciencia ficción, nos encantan la ciencia, la astronomía y también la astrología. Por mi nacimiento soy Sagitario... ¡mi lugar está en la constelación de Sagitario!

—No puedo creer que no nos consideren lo bastante valiosos —gruñó Jim—. ¡Lo somos! ¡Tenemos que irnos con ustedes! ¡Tenemos que hacerlo! ¡No tenemos nada que hacer en la Tierra! Un mundo nuevo, una aventura nueva, ¡eso es lo nuestro! Un mundo donde no haya corrupción, donde no haya malditos políticos, donde no hagan falta abogados, donde...

—Si viviéramos en el siglo XIX —explicó Julia—, habríamos sido de los primeros en partir hacia el oeste en caravanas de carretas para conquistar territorios inexplorados...

—¡Y para participar en la construcción de un mundo nuevo!

—Lo siento.

El ángel levantó la mano izquierda y agitó sus alas blancas como la nieve, pero conservó su sonrisa seductora.

—Sin duda son personas valiosas, pero les ruego que no retrasen la fila. ¡Márchense!

Los dos guardaespaldas querubines dieron un paso al frente. No desenvainaron las enormes espadas que colgaban de sus cinturas, pero hicieron un movimiento que indicaba que hacerlo era solo cuestión de segundos.

—¡Les convendría llevarnos! —gimió Jim desesperadamente—. ¿Cuáles son esas condiciones que, según ustedes, no cumplimos? ¿Creen que no estamos lo bastante locos como para aceptar cualquier cosa? Nos encantan los deportes. Mi esposa corre habitualmente, juega al tenis y practica kung-fu. Yo escalo laderas y glaciares; mis deportes favoritos son el salto BASE y el ala delta. ¡Estamos dispuestos a cualquier locura, queremos probarlo todo!

—¡Exactamente! —lo secundó Julia—. Y si el problema es que no tenemos hijos, eso puede cambiar fácilmente.

—Los dos somos fértiles, tenemos certificados médicos. Y, como he dicho, estamos dispuestos a cualquier cosa.

El ángel contempló con interés a los exaltados jóvenes.

—En ese caso, ¿probarían algo para complacerme?

—¡Cualquier cosa!

—¿Probarían qué se siente al apartarse de la fila y cederles el lugar a los siguientes solicitantes?

 

Ya era la séptima vez que Jim y Julia eran expulsados de entre los aspirantes. De nada había servido presentarse con identidades falsas diferentes en las representaciones angélicas, rellenar de distinta manera los formularios o mentir acerca de las cosas más diversas: siempre los rechazaban.

Cuatro años atrás había aterrizado la primera nave espacial de los angélicos en el estado de Nueva York, cerca de la ciudad de Nueva York, y después del prolongado proceso de establecimiento de contacto y del secretismo internacional, llegaron varias decenas de naves más a las proximidades de distintas ciudades de todos los continentes. Los alienígenas compartieron con la humanidad numerosos avances médicos y tecnológicos, y lo hicieron de manera que ningún país pudiera apropiárselos en beneficio exclusivo. Revelaron que llevaban cien años observando los acontecimientos de la Tierra –a ellos se debía la multitud de avistamientos de ovnis–, pero que solo entonces habían considerado llegado el momento de mostrarse. Caminaban sobre dos piernas, tenían grandes alas de ángel en la espalda, dos brazos terminados en manos de cuatro dedos y cabezas de apariencia casi humana. Su boca era algo más ancha y su dentadura más poderosa que las de un ser humano corriente, y sus dos ojos estaban tan juntos que los lagrimales casi se tocaban por encima del afilado puente nasal, semejante a un pico, pero aquello no molestaba a nadie.

Se llamaban a sí mismos angélicos y, debido a sus alas blancas y emplumadas, la asociación popular fue inmediata y todo el mundo comenzó a referirse a ellos como «los ángeles del Cielo». Y la denominación resultaba apropiada, aunque solo fuera porque llamaban «Hevn» a su planeta natal en su propia lengua. La palabra inglesa heaven significa «cielo» o «paraíso», y eso resultó decisivo. Los alienígenas de rostro angelical, mirada inocente, amables y amistosos quedaron identificados en el imaginario colectivo con los ángeles. Cuando se descubrió que una nave estelar angélica ya había visitado la Tierra en tiempos prehistóricos, surgieron numerosas hipótesis según las cuales probablemente ellos habían dado origen a los mitos relacionados con los ángeles.

¿Y por qué habían venido los angélicos a la Tierra? Consideraban que la humanidad había alcanzado ya un nivel que le permitía incorporarse a la Comunidad Cósmica y se ofrecieron a ejercer de protectores de nuestra especie, que hasta entonces había vivido aislada. Pero para ello –afirmaban– la especie humana debía demostrar ante los seres inteligentes de la Galaxia su inteligencia y su viabilidad. Es decir, seleccionarían una muestra –un grupo de cien mil personas– entre los voluntarios y los llevarían a una isla deshabitada pero paradisíaca de Hevn, donde aquellos colonos tendrían la oportunidad de construir su propio mundo y demostrar así que la especie humana era digna de formar parte de la Comunidad Galáctica.

Se presentaron varios millones de candidatos; muchos, muchísimos millones de seres humanos inteligentes que habrían estado dispuestos incluso a ir al infierno con tal de librarse de aquel mundo devastado por las guerras, corrupto hasta la médula y podrido, donde tenían que trabajar aterrorizados para conseguir el sustento cotidiano bajo una forma de gobierno terrorista a la que llamaban democracia. Pero los angélicos se reservaron el derecho de elegir entre los solicitantes a los ejemplares adecuados. A quienes finalmente podrían viajar a Hevn, al Paraíso. Y como los angélicos habían demostrado sus buenas intenciones proporcionando una valiosa ayuda científica, los Estados miembros de las Naciones Unidas colaboraron gustosamente con ellos.

Nadie sabía con qué criterios realizaban la selección. Pero Jim Bimm y su pareja se habían metido en la cabeza que estarían entre los colonos cuando las gigantescas naves espaciales despegaran de la Tierra, y hasta entonces Jim siempre había conseguido llevar a buen término todo aquello que se proponía. Era realmente ingenioso; si lo echaban por la puerta, volvía a entrar por la ventana.

Había conocido a Julia varios años antes de la llegada de los angélicos. Pensaban de la misma manera acerca del mundo y compartían también sus sueños. La muchacha delgada, de cabello muy corto, trabajaba en una oficina de inmigración y sabía de la presencia de los angélicos mucho antes de que la mayor parte del mundo se enterara. Deseaba con el mismo fanatismo que Jim subir a bordo de una de las naves, pero también había sido rechazada. Después de deducir que los matrimonios gozaban de cierta ventaja en las solicitudes, se casaron apresuradamente, pero para entonces ya era demasiado tarde: las plazas estaban casi cubiertas. Solo les quedaba una posibilidad: ganar el sorteo en el que se decidiría el destino de las últimas doscientas tarjetas de viaje.

Los trucos, chantajes, actos de corrupción y amenazas a los que Julia, gracias a su buena posición dentro de la administración, había recurrido para conseguir que ella y su marido participaran en el sorteo final merecerían una novela aparte. Pero, naturalmente, también fracasaron allí y no estuvieron entre los elegidos. Sin embargo, Jim Bimm y su esposa no se dieron por vencidos. Violando la ley, Julia obtuvo de un expediente confidencial el nombre y los datos de una de las parejas afortunadas: el matrimonio Halloran. Dos seres monstruosamente obesos que, entre ambos, pesaban más de trescientos kilos; como Jim los llamaba para sus adentros: el señor y la señora Cerdito...

—¡Es increíble que hayan elegido a esos y no a nosotros! —se lamentó Jim unos días después, mientras bebía con su esposa en un tugurio miserable—. ¡Esos malditos Halloran irán al Cielo en nuestro lugar! ¡Ese par de cerdos gordos!

—¡Esto aún no ha terminado, amigo mío! —siseó Julia con feroz determinación—. Yo no me doy por vencida tan fácilmente.

Jim hizo una mueca amarga.

—¿Qué esperanza te queda?

La mujer lo miró sombríamente. Por delgada y frágil que pareciera, podía llegar a ser feroz y obsesiva.

—Sé dónde viven por el expediente...

—¿Y qué?

—Habrá diez mil pasajeros en la nave de Nueva York. Durante los últimos días ya han embarcado nueve mil ochocientos. Mañana recibirán al último grupo, los afortunados del sorteo... ¡Doscientas personas! ¿Crees que los alienígenas van a comprobar personalmente la identidad de cada una?

Jim comenzó a comprender lo que estaba pensando su esposa.

—¿Podría funcionar? —preguntó sombríamente.

—No necesariamente tenemos que matarlos —murmuró la mujer—. Atamos a los Cerditos, les quitamos sus tarjetas de viaje, nos presentamos con sus nombres... puedo fabricar documentos falsos en la oficina... y para cuando mañana a esta hora descubran el ataque, nosotros ya estaremos a muchos miles de kilómetros de la Tierra...

La entrada en la enorme casa se produjo sin contratiempos. Parecía que Julia tenía experiencia en esa clase de cosas. Pocos minutos después, el señor y la señora Halloran, vestidos con sus pijamas, yacían atados en un rincón, mientras los intrusos abrían cajones febrilmente y arrojaban su contenido por todas partes.

—¿Dónde diablos pueden haberlas escondido? —siseó Julia.

Arrancó la cinta adhesiva que cubría la boca del señor Halloran. El rostro adiposo del hombre temblaba mientras jadeaba en busca de aire.

—¡No las encontrarán! —gimoteó—. ¡Las quemamos!

—¿Qué? —Jim lo miró atónito—. ¿Quemaron las tarjetas?

—No las tarjetas —balbuceó Halloran—, sino los códigos.

—¿Qué? ¡¿Qué códigos?!

—¡Los del sorteo!

El hombre obeso calló y apretó los labios con fuerza, como si no estuviera dispuesto a decir nada más, pero Julia le dio dos patadas en la cara y el individuo empezó a gemir de inmediato.

—¡Lo confieso! ¡Amañamos el sorteo! ¡Sobornamos a los supervisores!

—¿Qué?

—Ya estaba decidido —sollozó el hombre—. Los angélicos nos habían elegido; el sorteo no fue más que una representación, parte de algún juego político... ¡Nosotros teníamos que ganar!

Jim Bimm estuvo a punto de estallar de furia; le dio dos patadas al hombre obeso. Julia, sin embargo, se mostró más práctica.

—¿Dónde están las tarjetas de viaje?

—En la caja fuerte de la pared... —gimió el señor Halloran—. El código es uno... dos... tres... cuatro...

—¡Vaya, qué original!

 

Julia conducía con tranquilidad y avanzaban hacia el aeropuerto a un ritmo lento y despreocupado. No tenían necesidad de apresurarse y tampoco querían llamar la atención. La gigantesca nave espacial alienígena se alzaba muy por encima de los edificios de diez pisos, y la vibración y los destellos constantes de su resplandeciente red de energía dibujaban colores fantásticos en el cielo sonriente del amanecer.

—¿Qué crees, Jul? ¿Funcionará?

—¡No me llames así! ¡Me llamo Faye Halloran! ¡Y tú acostúmbrate al nombre George!

El aeropuerto, abandonado y fuera de uso desde hacía años, estaba ahora rodeado por un fuerte cordón de seguridad. Junto a la valla se agolpaba una enorme multitud: periodistas, fotógrafos, reporteros, curiosos, y en la barrera de entrada montaban guardia soldados armados hasta los dientes y querubines provistos de espadas. Llegaban coches, autobuses y taxis uno tras otro. Aquel día embarcaban los últimos doscientos pasajeros; casi todos iban acompañados por familiares y amigos que habían acudido a despedirse allí mismo de quienes se preparaban para el gran viaje.

—¡Esto es una estupidez! —siseó Jim, nervioso—. Nos descubrirán. Ni siquiera nos parecemos a esos dos montones de grasa.

—¡Sé optimista! No tenemos otra oportunidad... y nuestros documentos falsos llevan nuestras propias fotografías.

Julia redujo apenas la velocidad y se abrió paso entre la multitud que avanzaba hacia ellos. No atropelló a nadie, pero siguió adelante con firmeza e implacablemente. A su alrededor destellaban los flashes, acercaban micrófonos y le gritaban que bajara la ventanilla. La mujer se cubrió parcialmente el rostro y, medio minuto después, entraron en la zona de seguridad, dejando atrás a la muchedumbre vociferante.

Había catorce coches delante de ellos y poco después llegaron otros cinco o seis detrás. Cuando el oficial de guardia se acercó, Julia bajó la ventanilla y le sonrió amablemente. Le entregó las dos tarjetas de viaje y también sus documentos de identidad. El oficial introdujo las pequeñas tarjetas de plástico en una ranura del ordenador de control que llevaba sujeto a la muñeca y luego se las devolvió.

Tampoco hubo problemas con los documentos: Julia había realizado un trabajo preciso en la oficina.

—¡Buen viaje, señor y señora Halloran! —les deseó el oficial mientras levantaba la barrera—. ¡Buena suerte en el nuevo mundo!

Dejaron el coche junto a la siguiente barrera y se sometieron a un control más minucioso; los registraron de manera exhaustiva en todos los sentidos, incluidas las cavidades corporales. Examinaron todos sus objetos personales: anillos, collares, pendientes, todo.

Después les permitieron acceder a la zona más interior. Vista desde tan cerca, la gigantesca nave espacial resultaba verdaderamente opresiva. Ambos tenían la sensación de que el enorme monstruo metálico estaba a punto de caer sobre ellos.

Se acercaron con pasos soñolientos y prácticamente no prestaron atención a sus compañeros de viaje, que avanzaban con idéntica mezcla de asombro y emoción. Su sueño se había hecho realidad. Pronto subirían a bordo y entonces ya nadie podría obligarlos a regresar.

—¡Tómame de la mano! —murmuró Julia, emocionada, y Jim obedeció.

Avanzaron tomados de la mano hacia la nave alienígena, y no solo para representar ante los curiosos el papel de un matrimonio enamorado.

En aquella zona más interior ya no había soldados de las Naciones Unidas con cascos azules, sino únicamente angélicos machos de dos metros y medio de altura. Junto a la rampa de acceso a la nave esperaban a los recién llegados dos alienígenas femeninas de rostro angelical. Además de Jim y Julia, llegaron al mismo tiempo otras ocho personas. Todos eran matrimonios corpulentos y obesos, de entre veinte y cincuenta años. Los angélicos no comprobaron nada.

—¡Vengan! —dijo amablemente la alienígena más alta, con su ligero ceceo, y condujo al pequeño grupo hacia el interior de la nave.

Después de diez minutos subiendo y bajando en ascensores, desplazándose por pasillos móviles y flotando sobre una extraña sustancia gelatinosa, llegaron ante una puerta de cerámica.

Jim miró a su alrededor frunciendo el ceño y se asomó por algunas ventanas. Quiso seguir adelante, pero la angélica se interpuso en su camino.

—¡Por aquí! —indicó con amabilidad—. ¡Quítense la ropa y entren en la ducha de descontaminación! Después, cuando hayan terminado, ocupen las cápsulas de hibernación que estén libres.

A lo largo de toda la pared se alineaban cápsulas del tamaño de una persona, semejantes a ataúdes transparentes de cristal. En aquellos compartimentos realizarían, en estado de congelación profunda, el viaje de más de diez años. Una pequeña parte de las celdas todavía estaba vacía, pero en la mayoría podían verse cuerpos humanos desnudos en posición semirreclinada. Una sustancia gelatinosa cubría gran parte de sus cuerpos y un tubo fino penetraba en sus fosas nasales, pero aparte de eso todos estaban completamente desnudos. Y eran terriblemente gordos, barrigones, adiposos. El más pequeño debía de pesar por lo menos ciento veinte kilos.

Mientras los pasajeros recién llegados se desvestían con cierta vergüenza, dándose la espalda unos a otros, y entraban en la ducha desinfectante, la diferencia entre Jim y Julia y sus compañeros de viaje se hizo todavía más evidente. Jim tampoco era particularmente corpulento, pero las extremidades huesudas de su esposa, sus piernas delgadas como palillos y sus brazos escuálidos parecían casi traquetear.

Mientras el aerosol desinfectante caía sobre ellos, un grupo de angélicos trabajaba alrededor de las cápsulas de hibernación vacías.

—Esto no me gusta —susurró Jim a su esposa.

—¡Alégrate! —respondió Julia sonriendo—. Esto era lo que queríamos, ¿no? Estamos a bordo. ¡Dentro de unas horas estaremos camino al Cielo!

—Esos... ¡todos son gordos! Mira, ¡los alienígenas solo han elegido a gente obesa!

—¿Y qué?

—Mientras veníamos por el pasillo miré dentro de un par de habitaciones. Tuve la impresión de que pasábamos junto a cocinas, enormes almacenes de alimentos...

—¿Qué estás insinuando?

Jim se mordisqueó los labios.

—¿Por qué crees que la sala de hibernación está precisamente al lado de las cocinas y los comedores? ¿Para que si nos entra hambre durante la hibernación en el largo viaje podamos salir de nuestros ataúdes y comer algo?

De pronto Julia también se puso seria.

—¡¿De qué demonios estás hablando?!

—De que esto no es una sala de hibernación, sino un congelador... ¡donde guardan la carne!

La mujer miró horrorizada hacia una de las alienígenas de rostro angelical, que palpaba solícitamente a una señora obesa mientras la ayudaba a entrar en un ataúd de cristal vacío. Había algo extraño en los gestos del ser alienígena; era como si condujera a un cerdo al matadero.

—¡Es imposible! —susurró Julia, aunque se estremeció.

—Pero... es lógico —musitó Jim—. Los angélicos no vinieron por nosotros. Solo aterrizaron en la Tierra para reabastecer sus provisiones. ¡Mira sus dientes! ¡Son carnívoros!... ¡Y durante el resto del viaje nosotros seremos su comida!... Engañamos, robamos, mentimos, incluso recurrimos a la violencia para poder llegar al Cielo.

Suspiró.

—Pronto recibiremos nuestra recompensa por todo eso... No iremos al paraíso de los ángeles... sino a sus estómagos.



El autor dice de sí mismo: Me llamo István Nemes. Nací en 1961 en el este de Hungría, en una ciudad llamada Debrecen. Empecé a escribir a los diez años y mi primera obra se publicó cuando tenía dieciocho: un fanzine de ciencia ficción titulado *Spirál*. Mi primera novela, *A Káosz Szava* (La palabra del caos), se publicó en 1990 bajo el seudónimo de John Caldwell y alcanzó un éxito considerable. Desde entonces, he publicado entre 200 y 210 novelas, principalmente del género fantástico, utilizando seudónimos como John Caldwell, Jeffrey Stone, entre otros. He traducido al húngaro obras de autores de renombre, como Robert Silverberg, Alfred Bester, Jack Vance, Robert E. Howard, Robert Sheckley, Harlan Ellison, entre otros. En total, mi nombre figura —ya sea como autor, traductor o editor— en aproximadamente 550 novelas publicadas en húngaro. Actualmente trabajo como editor para la editorial húngara Delta Vision.

LA MEMORIA DEL CUERPO