Michelle Stern
El frío me rodeaba.
El zumbido constante de los rotores resonaba en la sala vacía. Las paredes
blancas y desnudas del observatorio amplificaban aquel sonido, que se había
convertido en mi compañero desde mi llegada a la LUTEZZA.
Me encontraba en el polo sur de la
estación espacial y miraba a través del suelo de cristal. Como una gigantesca
esfera de luz azul, la Tierra estaba a mis pies. La negrura del espacio la
envolvía.
Mientras los temblores de la cuarta
fase de sueño vigilante recorrían mi cuerpo, afloró un recuerdo que creía
olvidado. Volvía a ser una niña de cinco años, pálida y demacrada, de pie ante
una ventana de la ESCAPE, con la punta de la nariz apoyada en el acero
transparente. Como si ese hubiera sido siempre mi destino. Observar. Separada
de lo que sucedía.
Entonces todavía creía que todo
podía salir bien.
Un último escalofrío me recorrió al
terminar la cuarta fase de sueño vigilante. Apoyé una rodilla en el suelo de
cristal y presioné la mano contra la superficie fría. Entre mis dedos
extendidos brillaba la luz azul de la Tierra.
Qué poco habían comprendido los
seres humanos. Ya en el año 2000 deberían haber advertido que algo no iba bien.
Las alergias, las enfermedades respiratorias y las epidemias animales
aumentaban rápidamente. Las defensas humanas se habían debilitado; el proceso
de degeneración ya estaba en marcha. Las llamadas enfermedades de la
civilización tenían un origen común.
Las pruebas atómicas legales e
ilegales, las enormes emisiones de dióxido de carbono y el deterioro de la capa
de ozono habían contribuido al desequilibrio ambiental y al calentamiento
global.
En las profundidades de los océanos
empezaron a derretirse depósitos de hielo de decenas de miles de años de
antigüedad, en los que el gas xenthan había permanecido almacenado sin que
nadie lo descubriera. Emergió como un enemigo invisible; lento, insidioso y mil
veces peor que el metano. Cuando en 2071 pudo identificarse con certeza la
causa del daño, más de la mitad de los seres humanos ya no podían reproducirse
de forma natural. Pero quizá la humanidad hubiera podido sobrevivir a pesar de
aquellas décadas de envenenamiento.
Retiré la mano y dejé al
descubierto la Tierra.
Fue el «Día del Destino» lo que
condenó a la humanidad. El día cuya predicción había convertido a mi padre en
objeto de burlas. Muy pronto, los dirigentes comprendieron que aquello que los
científicos les explicaban era una realidad atroz. Se tomaron precauciones.
Para entonces, todos los supervivientes disponían de una máscara contra el
xenthan. Pero cuando el volcán submarino Gagatos entró en erupción y liberó una
cantidad inmensa de aquel nanogás en pocas horas, las máscaras dejaron de
servir.
Habían transcurrido más de ochenta
años desde el «Día del Destino». Tenía pocas esperanzas de encontrar todavía
vida en la Tierra. Los alimentos contaminados y el agua envenenada habían
causado más muertes que la detonación de una potente bomba atómica. Ojalá los
albanitas me hubieran dejado partir antes.
Se abrió una de las dos puertas
correderas situadas frente a frente. La hoja curva de metal se deslizó con un
leve siseo hacia una cavidad de la gruesa pared. Me levanté y vi entrar al
protector Junika. Era la única criatura viva a bordo, además de mí. A
diferencia de lo que me ocurría a mí, el albanita no necesitaba un traje
protector que le proporcionara calor adicional. Llevaba una capa marrón de
tejido basto que ocultaba su piel verde, semejante a una corteza. Agradecía que
escondiera sus extrañas extremidades. Aunque llevaba ochenta años viviendo
entre los albanitas, sus cuerpos seguían resultándome ajenos.
El albanita se colocó a mi lado.
Aunque yo no era baja, me superaba en tres cabezas. En su rostro estrecho, de
mentón puntiagudo y frente alta, brillaban ocho ojos. No tenía nariz y su boca
era sorprendentemente pequeña, aunque al parecer no siempre había sido así. La
evolución de los albanitas, desde sus antepasados semejantes a insectos hasta
alcanzar la inmortalidad, había sido mucho más prolongada que la breve
existencia de la humanidad.
La capucha cubría la voluminosa
parte posterior de su cabeza, que colgaba de ella como el abdomen de una araña.
—¿Todavía tienes esperanzas,
Lakrima? —preguntó mi protector en lugar de saludarme.
—Es muy solitario ser la última de
una especie.
—Deberías aceptarlo. —Mi protector
señaló el planeta azul con sus siete dedos delgadísimos—. La Tierra está
muerta. Tu especie se ha condenado a sí misma. Con esa mentalidad, solo era
cuestión de tiempo.
No sabía qué responderle. Jamás
comprendería mis sentimientos. Cuando la luz divina repartió las emociones,
había pasado de largo ante los albanitas.
La puerta del otro extremo de la
sala se abrió y uno de los drones Sci se acercó zumbando. La máquina triangular
parecía un avión de papel desmesurado. Se detuvo frente a mí, a la distancia
programada.
—Señora, la sonda Sci-Ea-371
informa de un débil indicio de vida humanoide en el sector 371B, parcela 28.
Sentí que el corazón se me
aceleraba y escuché sus latidos en los oídos.
—Eso corresponde al paralelo 22.
Brasil. ¿Es correcto?
El dron tardó un instante en
procesar mi afirmación.
—Correcto —confirmó—. Brasil. Río
de Janeiro. ¿Debemos rescatar la forma de vida encontrada?
—Si pueden hacerlo sin causarle
daño, tráiganla.
El dron procesó mis palabras.
La luz del indicador pasó del rojo
al verde.
—Entendido.
Miré los ocho ojos inexpresivos de
mi protector.
—La esperanza es humana y tiene su
razón de ser.
No pude resistirme a aquella pulla.
Como el albanita no conocía los sentimientos, de todos modos era imposible
ofenderlo. Salí del observatorio con la cabeza erguida.
Tenía la frente
húmeda y me temblaban las piernas, como si estuviera atravesando una fase de
sueño en vigilia. Avancé con pasos vacilantes por el pasillo estrecho. Habría
agradecido una ventana que me permitiera dirigir la atención hacia las
estrellas. Las paredes blancas parecían devolver mis emociones hacia lo más
profundo de mí.
Las máquinas habían guiado la
ADVENTARIUS hasta la Tierra sin contratiempos y rescatado la forma de vida
humanoide. Al otro ser humano. Pensarlo me producía escalofríos. Había seguido
por el monitor la recuperación de aquel cuerpo masculino consumido, pero
todavía me parecía irreal. Un dron médico lo había sedado después de conseguir
entrar en el edificio hermético cubierto por una cúpula de cristal.
Estaba a punto de cruzar la puerta
metálica de la enfermería cuando un chasquido de mandíbulas a mi espalda delató
la presencia de mi protector. Se desplazaba casi sin ruido sobre sus cuatro
pares de patas de distinta longitud. Vi un movimiento bajo su capa. El aleteo
de su par de patas atrofiadas era una señal de inquietud. Se interpuso como si
quisiera impedirme entrar en la enfermería.
—Los machos de tu especie son más
agresivos. No te acerques a ese ser.
—¡Apártate! ¡Quiero verlo!
El albanita vaciló y luego se hizo
a un lado con unos pasos menudos. Tenía la cabeza inclinada y la capucha le
caía sobre la frente sin pelo.
Entré en la enfermería, la única
dependencia de la LUTEZZA que olía a algo: a desinfectante. Aun así, lo
prefería a aquella ausencia constante de olores, que me hacía dudar de si
todavía conservaba el olfato.
Me acerqué con vacilación al lecho
médico, anclado al suelo, detrás del cual se alineaban las máquinas. Sus
sensores registraban mediante ondas el estado del paciente.
No comprendía a mi protector. ¿Cómo
podía representar un peligro para mí aquella criatura lastimosa? Yacía ante mí,
demasiado delgado, con los ojos cerrados. Era una sombra de lo que había sido.
Solo su cabello conservaba vigor: largo y negro. Me acerqué más y contemplé,
maravillada, la nariz prominente, las cejas oscuras y espesas y los pómulos
marcados. El corazón me golpeaba como si quisiera escapar del pecho.
En ese momento el hombre abrió los
ojos. Eran grandes, de un castaño claro, como si la luz de la Tierra se
reflejara en ellos. Me miró fijamente y jadeó. Le temblaron los labios y una
tos dolorosa sacudió su cuerpo. Aun así, extendió ambas manos, me sujetó por
los brazos y me atrajo hacia él. Desconcertada, lo dejé hacer. Mientras me
inclinaba sobre el lecho, sus manos temblorosas me rodearon el rostro. Vi
lágrimas en sus ojos cuando por fin habló.
—Un ser humano —dijo entre jadeos—.
Eres un ser humano. —Volvió a toser; un espasmo le sacudió el cuerpo.
—Yo… soy Lakrima. Espero que no
estés molesto porque te hice rescatar sin tu consentimiento…
Se rio. Reía y tosía.
—Hablas. No eres un delirio de la
fiebre. —Me sujetó el rostro con más fuerza—. Dime que no eres un sueño.
—Soy Lakrima. —Mi cerebro no
conseguía procesar los sentimientos que me transmitía con aquellos ojos
grandes. Me sentía como un dron incapaz de reaccionar ante una sobrecarga de
información.
Se tranquilizó y sus manos
aflojaron la presión.
—¿Adónde me has traído, Lakrima,
ricitos rojos?
¿Cuánto tiempo había pasado desde
la última vez que había sentido otra piel humana? Su mano temblorosa pasó sobre
mi oreja y se hundió en mi cabello. Por primera vez en más de ochenta años me
hice la absurda pregunta de si era atractiva.
—Te he traído a una estación
espacial. Orbita alrededor de la Tierra como un satélite en miniatura. Lamento
no haber ido a buscarte personalmente, pero no estamos seguros de que nuestras
máscaras contra el xenthan funcionen…
—Máscaras contra el xenthan.
Conozco por lo menos un millón de chistes malísimos sobre la eficacia de esas
porquerías. —Me acarició el cabello—. Allí abajo ya no tenía nada que perder.
No te preocupes, ricitos rojos.
—Me llamo Lakrima.
—Lo sé. Es un nombre albanita. Un
nombre que esa especie puede pronunciar sin dificultad y que tiene un
significado para ellos.
Le sujeté los hombros huesudos.
—¿Conoces a los guardianes cósmicos
de los mundos?
—Claro que los conozco. —Tosió y
apartó la mano de mi cabello. Deseé que volviera a apoyarme las manos en las
mejillas, pero, en cambio, me tomó los dedos con delicadeza.
—Me llamo Marc Santos. Estuve
presente cuando mi madre, Susann, negoció durante años con los albanitas.
Entonces todavía éramos unos doscientos. Muchos estaban agonizando; ya no
podíamos quitarnos los trajes negros. Al final, mi madre se arrodilló ante los
guardianes de los mundos. Pero ni siquiera eso los conmovió. Es un milagro que
te salvaran. Lakrima. Lágrima.
Que supiera el significado de mi
nombre confirmaba sus palabras. Mi respiración se aceleró.
—Hubo un albanita en particular que
intercedió por mí. Me sacó de la ESCAPE cuando yo era la última superviviente.
—La ESCAPE. —Marc frunció el ceño—.
Pero eso fue hace más de ochenta años…
—Los albanitas me concedieron la
vida eterna. —Respondí a la presión de sus dedos—. Marc, puedo curarte. He
aprendido mucho de los albanitas. Quizá también te concedan a ti la vida
eterna…
Retiró los dedos y me los apoyó en
los labios.
—Los albanitas deberían haberte
llamado Inazenta. La inocencia.
—No entiendo qué quieres decir. ¿He
dicho algo malo?
Marc me miró con compasión.
—¿Cuántos años tenías cuando te
encontraron los albanitas?
—Siete.
—Eso explica tus ojos. Tu rostro no
tiene edad, pero tus ojos siguen siendo los de una niña. —La comprensión
iluminó su mirada—. Eres Jana. Jana Patschenka. La única niña a bordo de la
ESCAPE. Tenías cinco años cuando partieron.
—¿Cómo lo sabes?
—En la Tierra eras una leyenda. Un
destello de esperanza. —Me miraba con tanta intensidad como si quisiera
conservar mi imagen para siempre en la memoria—. Ha valido la pena esperar la
muerte. —Me soltó y metió una mano bajo la sábana blanca. Desprendió algo que
llevaba colgado del cuello con una cadena. Apareció un memotop. Recordaba
aquellas cajitas. Servían para escribir, comunicarse y determinar la ubicación.
Marc apretó el dispositivo contra su pecho—. Este es mi tesoro. Mi protección
contra la locura. En esta cajita están todos mis recuerdos, mis deseos y mis
sueños. —Me lo tendió—. Quédatelo.
Lo tomé con cuidado.
—Yo… no puedo decirte lo que
significa para mí que existas.
—No hace falta. Tu rostro cuenta
todo lo que no puedes decir. Nunca aprendiste a disimular.
—¿Eso es malo?
—No. Es maravilloso. —Sus manos me
sujetaron la cabeza. La incliné casi sin que él tuviera que atraerme. Sus
labios me rozaron la frente con un beso tímido. Después me soltó y cerró los
ojos, exhausto.
Nunca había sido tan feliz.
—Hay vino en la LUTEZZA. Y también
un poco de pan. Son mejores que la comida espacial de siempre. ¿Quieres que te
traiga?
—No. —Marc no volvió a abrir los
ojos; una sonrisa descansaba en su rostro—. Quédate aquí, ricitos rojos.
Mientras dure. —Su voz se apagó.
Miré los indicadores biológicos y
vi que se había quedado dormido.
Así era, entonces, un ser humano
cuando dormía. Gracias a mi sueño vigilante, no necesitaba dormir de forma
natural. El órgano Harim que me habían implantado los albanitas, para lo cual
habían extirpado la mitad de mi estómago, lo hacía innecesario. Pero de pronto
quise volver a dormir. Me acosté sobre un extremo de la manta, muy cerca de
Marc, y pensé en lo hermoso que sería dejar de estar sola.
Cuando desperté,
sentí que algo no iba bien. Marc yacía relajado bajo la luz intensa de las
lámparas del techo, que imitaban la luz solar. La sonrisa seguía en sus labios,
como si estuviera lleno de alegría. Le toqué el rostro y me sobresalté. Me
levanté de un salto; el memotop se me cayó de la mano mientras miraba los
indicadores biológicos. Mostraban que el corazón de Marc había dejado de latir.
Tenían que estar equivocados. No podía ser.
Lo levanté por los hombros; su
cabeza quedó sobre la almohada y el mentón se alzó hacia mí.
—¡Marc!
La puerta corredera se abrió a mi
espalda. Entró mi protector. Me volví hacia él.
—¡Date prisa! ¡Tienes que salvarlo!
—Los ojos negros e inexpresivos del protector Junika me llenaron de una furia
incontenible. Quería sujetarlo y sacudirlo.
El protector Junika permaneció
inmóvil en el centro de la sala blanca.
—No puedo salvar lo que está
muerto.
—Pero… —No conseguía comprender sus
palabras—. Los drones lo habían estabilizado, habían detenido la destrucción de
sus pulmones. ¡No puede morir!
—Fue una orden del Consejo de los
Guardianes de los Mundos.
Creí sentir el gas xenthan en mis
pulmones, descomponiéndome los órganos desde dentro. Intenté respirar. Me dolía
el pecho como si el proceso de destrucción estuviera en marcha.
—¿Lo has matado? —Me salió un
graznido ronco. Me abalancé sobre el protector Junika y le golpeé el pecho con
los puños—. ¡Monstruo! ¡Nadie puede comprender lo que me has quitado!
El albanita me sujetó las muñecas
con una fuerza sobrehumana.
—Era necesario. El xenthan también
le había corroído el corazón. Una especie tan destructiva como la tuya no debe
tener futuro.
Me soltó las muñecas. Retrocedí
tambaleándome hasta la cama y golpeé con el pie el dispositivo de memoria. Lo
recogí mecánicamente y me lo apreté contra el pecho, como había hecho Marc unas
horas antes. Contemplé sus facciones serenas. La luz de sus ojos castaños se
había extinguido.
—Los dejaron morir; a todos los
seres humanos. Por eso no pude salir antes de Alkalon. Solo cuando creyeron que
todos estaban muertos me permitieron emprender una búsqueda inútil. Los seres
humanos dicen que se cosecha lo que se siembra. ¡Deseo que tu especie reviente
de la misma manera miserable en que ustedes dejaron morir a la nuestra!
—La ira es solo una de las
debilidades humanas. Pero la mayor es que se niegan a reconocer los defectos de
su adaptación evolutiva y a superarlos. Sin esa negativa, la ira sería
innecesaria. Todo esto sería innecesario.
Salí de la sala con lágrimas en los
ojos. Ya no recuerdo cómo conseguí llegar al observatorio. Allí me dejé caer
sobre el suelo transparente, me encogí sobre la luz azul de la Tierra y lloré,
aferrada al dispositivo de Marc.
Michelle Stern es el nombre literario de Stefanie
Jahnke, escritora alemana nacida el 20 de julio de 1978. Estudió lengua y
literatura alemanas, psicología e historia del arte en la Universidad de
Fráncfort y participó en talleres de escritura con Kurt Drawert y Uschi
Zietsch. Desde 2012 se dedica profesionalmente a la escritura. Es autora de
unas setenta novelas y novelas cortas de la serie de ciencia ficción Perry
Rhodan, en la que también se ocupa de la correspondencia y del espacio de
contacto con los lectores. Además, escribe novelas eróticas y ha publicado bajo
otros nombres, como Sarah Schwartz y Stefanie Rafflenbeul.

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