domingo, 11 de octubre de 2026

ÓRGANOS

Dan Perşa

 

Al fin y al cabo, era escritor, aunque en mi vida hubiera vendido un solo libro. Y como no había vendido ninguno, era bastante pobre. Pero así vivía la mayoría de la gente. Los veía a diario: trabajaban sin descanso durante todo el día, sin conseguir mejorar su situación. Una mañana, alguien me animó a entrar en un blog que visitaban millones de personas. Me dijo que publicara allí fragmentos de mis libros: los leerían y después mis libros se venderían. Pero no me aceptaron. Pronto comprendí por qué.

Por mi manera de ser, tal como soy desde que nací, necesito la verdad. Cada persona necesita algo. En el blog al que había llegado, todos hablaban únicamente del alma, de la parte elevada de nosotros, de la parte limpia, bañada de luz, sin sombras ni penumbras. Como era una comunidad muy numerosa, deduje que eso era lo que necesitaban las personas que publicaban allí y se cultivaban: una imagen idílica de la humanidad, libre de cualquier defecto.

Me sentí como en una utopía.

Porque yo había buscado las verdades de la vida. Y sé que la vida y la muerte siempre están juntas. Que nuestra parte espiritual descansa sobre una estructura biológica precaria, nuestro cuerpo, que puede sufrir fatiga y enfermedades. Conozco la condición humana porque veo a las personas y a la humanidad en su conjunto, no solo en su aspecto idílico. Pero quizá los demás tampoco puedan ver, como yo, únicamente nuestra parte buena, aunque sí puedan conectarse con ella durante unos minutos y encontrar así la felicidad.

Justo cuando me entregaba a esas desoladas reflexiones, un ataque de vértigo me derribó. No podía levantarme. El suelo se me escapaba de debajo de los pies. Vino una ambulancia y me llevó. Pero yo no tenía con qué pagar la hospitalización.

—No hay ningún problema, señor, ningún problema. Lo conectaremos a los aparatos y todo irá bien.

Mira, todavía existe la caridad en el mundo, me dije. Me llevaron a una… No sé muy bien qué decir que era. ¿Una nave que se extendía a lo largo de miles de kilómetros? Todo estaba limpio y era blanco, y concluí que más bien se trataba de un laboratorio, a juzgar por los cientos de tubos de plástico transparente por los que circulaban líquidos. O quizá fuera una sala de hospital, porque veía enfermos suspendidos de unas cuerdas ligeramente elásticas. Parecían balancearse en el aire y me parecieron bastante felices. Uno de ellos, con movimientos muy lentos y evidentemente experimentado, pues llevaba allí mucho tiempo, se cepillaba los dientes mientras se desplazaba suavemente por el aire con gran habilidad. No distinguía bien si llevaba pijama o estaba desnudo. Concluí que estaba vestido, porque me parecía más digno que una persona llevara ropa. La ropa le da algo al ser humano: ya no está tal como lo trajo su madre al mundo. Imagínense salir desnudos a la calle: ¿quién los respetaría? Pero con un traje bien cortado… Ah, la cosa cambia, ¡uno es alguien! Si además lleva una corbata… unos zapatos bonitos… y un maletín… un maletín grande, importante… uno también es importante… y puede pavonearse como un pavo real. Puede caminar de un lado a otro mientras espera un taxi y habla por teléfono, con la espalda recta y una postura marcial.

¿Pero si estuviera desnudo? Andaría encorvado y miraría a su alrededor con pánico, como un animal acosado. Se cubriría las partes pudendas con las manos. Por eso concluí que el hombre que se cepillaba los dientes llevaba pijama. No lo veía muy bien debido a la distancia, pero también a las retortas, los tubos de plástico, los tubos de ensayo y unos espermatozoides enormes, o, en fin, no sé muy bien qué eran, pero se parecían a la pequeña mancha blanca y ligeramente opaca que hay en la clara de los huevos –y eran innumerables, entorpecían mucho la visión–, que daban vueltas por allí flotando como enormes pelusas, aparentemente sin propósito alguno, aunque yo estaba convencido de que desempeñaban una función muy precisa e importante. Quizá fueran el personal de enfermería, porque veía a aquellos espermatozoides atender a los enfermos. Ajustaban los extremos de los tubos en las cánulas o los reconfortaban con alguna palabra.

Por fin, también a mí me conectaron a tubos y conductos, y empecé a sentirme mejor. No pasó mucho tiempo antes de que se disiparan el mareo y la sensación de que iba a morir, y pude mirar a mi alrededor con confianza. Quería saber si llevaba puesto un pijama suave, blanco y con rayas azuladas, pero cuál no sería mi sorpresa al descubrir que todos mis órganos estaban fuera de mi cuerpo y flotaban a mi alrededor, conectados a tubos de plástico transparente por los que circulaban diversos fluidos. El hígado me llamó especialmente la atención. Era muy grande y hermoso; un órgano fuerte, al fin y al cabo. Después vi mi corazón. Seguía bombeando, y su ritmo me pareció más bien un tic nervioso, como el de alguien que mueve sin cesar una pierna debajo de la mesa y nunca puede detenerse. El cerebro también estaba allí: lo distinguí encima de mí, parecía algo más libre, sujeto al parecer por un solo tornillo.

Pasaron años mientras permanecía allí. En cualquier caso, era un tiempo difuso, indefinido. Me asombraba la generosidad de aquel hospital, habría querido darle las gracias a alguien, pero no tenía a quién. Por allí no pasaba ninguna persona viva e intacta. Solo los espermatozoides grandes y suaves como pelusas, que se afanaban en sus tareas de enfermería. Pero un día necesité ir al baño y me bajaron de aquella maraña de cables.

—Se merece un poco de movimiento —me dijeron las pelusas—, para desentumecer los huesos. Incluso puede hacer algunos ejercicios gimnásticos, extensiones y flexiones; es muy recomendable. Es usted un paciente que se lo ha ganado.

Me daban ganas de reír de alegría. En otro tiempo no me habría alegrado tanto caminar hacia un retrete por unos pasillos revestidos de azulejos blancos y brillantes. ¡Qué expresivos y sugerentes me parecían los tonos de blanco! Porque allí no había un único blanco uniforme. La cal tenía un matiz ligeramente grisáceo en comparación con los azulejos, lo que creaba un contraste, y en las uniones la sombra parecía dibujar una línea. Algo era, ¿no? De otro modo me habría encontrado como en un baño de vapor, sin nada definido a mi alrededor. Me llegó el sonido de una descarga de agua en un retrete. Se abrió una puerta difícil de distinguir entre tanta blancura y apareció un hombre. Llevaba un pijama blanco con rayas anchas azuladas, unas pantuflas de cuero marrón y calcetines azules afelpados. Un anciano, a juzgar por su cabello blanco, escaso y desordenado.

—Je, je —rio al verme, y señaló con la mano la pared situada a su izquierda—. Aquí debería haber una ventana. —Se puso a cantar un aria de ópera; no tenía mucha voz, pero sonaba bastante bien gracias al eco.

—Buenos días, señor —lo saludé, contento de ver por fin a una persona.

En una mano llevaba un cepillo de dientes y en la otra un tubo de dentífrico. Yo transportaba un soporte parecido a un perchero, con todos mis órganos colgados de él.

—¿A quién puedo expresarle mi gratitud por recibir tan buenos cuidados de manera completamente gratuita? —le pregunté, abordando la cuestión que me preocupaba desde hacía tanto tiempo.

—Oh, señor —rio él—, no se preocupe. ¿Acaso no lo sabe? ¡Nuestros órganos alimentan los cuerpos de los lectores felices, para que puedan vivir afuera, en el mundo, y disfrutar de todos los placeres de la vida!

Dan Perşa nació en Gherla, condado de Cluj, Rumania, en 1960. Reside en Bacău. Se graduó como ingeniero geofísico. A partir de 1993, trabajó como redactor y posteriormente como secretario general de redacción de la revista *Tomis* (Constanţa), secretario general de redacción de la revista *Amphion* (Constanţa) y redactor jefe de la revista *Preda* (Constanţa). En 2006 regresó a Bacău, donde ejerció como secretario general de redacción de *Meridian 27* y, más tarde, como redactor de la revista *Ateneu*. Es miembro correspondiente de la revista *Observator* (Múnich) y de la revista *Euphorin* (Sibiu), así como redactor de la revista *Hyperion* (Botoşani). Hizo su debut editorial en 1997 con la novela *Vestitorul* (Editorial Albatros, Bucarest). Ha publicado las novelas *Vestitorul* (1997), a la que siguieron *Şah orbe…* (1999), *Război ascuns* (2005), *Cu ou şi cu oţet* (2007), *Cărţile vieţii* (2009), *Arca* (2012), *Viaţa continuă* (2013), *Şi eu am scufundat Atlantida* (2016), *Înapoi pe Solaris* (2018), *Dincolo* (2019), *Bestiarro* (2021), *Onirica* (2022), *Călătorie în iad şi în rai şi-n oraş* (2022), *Ícar 89* (2023) y *Recensământul morţilor* (2025).

 

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