lunes, 28 de septiembre de 2026

EL CRUJIDO DE LA ESCARCHA

Sergio Gaut vel Hartman

 

Estábamos tonteando, con Nute, como siempre, yendo y viniendo por la senda que lleva al pozo de agua. No teníamos nada mejor que hacer; ni siquiera teníamos un cigarrillo que justificara detenerse por el tiempo que se tarda en fumarlo. Hacía mucho frío y la escarcha, obstinada, crujía bajo la suela de los zapatos y nubes de vapor abandonaban nuestras bocas cuando nos animábamos a abrirlas.

—No te asomes, estúpido. —Siempre le digo estúpido cuando nos acercamos al pozo. Sé que un día se caerá adentro y no podremos sacarlo ni con una grúa.

—Hay un tipo en el pozo —dijo Nute con su voz aflautada. Cuando grita o llora es peor: parece la sirena de un barco que parte.

—No hay nadie. Pidámosle un cigarrillo al viejo Frank; una vez me dio.

—El tipo del pozo es Hitler. Hitler está adentro del pozo. Vamos. —Lo dijo con determinación. Me asusté. Sólo me tomo en serio a Nute cuando dice cosas como esa.

Cuando llegamos junto al pozo y nos asomamos vimos que, en efecto, Hitler terminaba de trepar trabajosamente. El limo y el musgo que se adherían a las paredes del pozo las hacían resbaladizas. Busqué con la vista algo con qué golpearle y descubrí una rama gruesa que estaba apoyada contra la puerta de la casa de Helga.

—Que no se vaya —dije sin necesidad. Nute se rio entre dientes. Hitler parecía tener muchas dificultades para completar la ascensión. Regresé con la rama y le golpeé la cabeza  cuatro o cinco veces. La quinta fue inútil; el führer ya había caído a las profundidades del pozo.

—No es profundo —dijo Nute, que siempre me adivina los pensamientos.

—Va a volver enseguida, estúpido —farfullé. Nute se volvió a reír.

—Se va a llevar una sorpresa.

—¿Ah, sí? —Cuando a Nute se le mete algo en la cabeza no hay Cristo que se la pueda extirpar.

—Sí, nos vamos a poner uno a cada lado del pozo y lo vamos a apretar hasta hacerlo papilla.

Me encogí de hombros.

—Bueno.

Cuando Hitler completó la escalada y vimos la tonsura del tamaño de una moneda de veinte kopecs que le coronaba la testa, comprimimos las paredes del pozo con todas nuestras fuerzas. Cuando queremos, Nute y yo somos dos bestias. El estúpido tiene más fuerza que yo, pero no me quedo muy atrás. En el pasado me rompió la nariz de un puñetazo, pero yo me hice el muerto y cuando el desgraciado se inclinó para ver qué me ocurría le mordí un testículo. No como para arrancárselo, pero se lo mordí. Aulló como una fiera y juró que me mataría, pero no hizo nada.

—Ya está —dijo Nute cuando hubimos comprimido el pozo hasta dejarlo reducido al tamaño de una lata de duraznos. Seguía pesando sus buenos setenta kilos, claro, pero adentro estaba Hitler, muerto y hecho un mazacote.

—¿Y ahora?

—¿Ahora quién es el estúpido? —Nute me miró con los ojos negros de rabia. Siempre se pone así cuando comete magnicidios. —Hay que esconder esto en alguna parte. En cuanto los nazis se den cuenta van a venir a buscarlo.

Asentí. Colocamos la lata en una cuna de sogas trenzadas y la llevamos a un rincón del bosque adyacente al pueblo. No es que Frampol tenga un gran bosque, un bosque de fama mundial o algo así, pero cien hayas es un bosque aunque a los puristas les haga doler los huevos.

—No lo podemos enterrar, estúpido —dije cuando vi que Nute empezaba a cavar con la pala que le había robado a Henrik.

—¿Vamos a cargar este bulto de setenta kilos hasta la Segunda Venida de Nuestro Señor? —A veces, cuando Nute se agudiza, me dan ganas de morderle el otro testículo.

—No lo vamos a perder de vista. Si los nazis vienen al bosque y desentierran a Hitler sólo quedará por elegir si queremos ser fritos, hervidos o asados.

Nute bajó la cabeza y tiró la pala bien lejos. Pero no pasó ni un minuto antes de que fuera a buscarla de nuevo. La pala de Henrik nos incriminaba tanto como el cuerpo comprimido dentro del pozo. En realidad todo el universo nos estaba señalando con el dedo. Pero los habíamos librado de Hitler, ¿no?

—No —dijo Nute—. Pondrán a otro igual o peor. Sólo será un respiro.

—Habló el estúpido que se mea encima cuando ve a una mujer. —Ese es el punto débil de Nute, pero como sé que lo humilla más que mis continuas menciones a su estupidez sólo lo disparo cuando es imprescindible.

Arrastramos el pozo que contenía a Hitler dejando un surco polvoriento desde el bosque hasta las casas. Ese surco fue como una herida en el pecho del mundo y apenas pusimos a Hitler hecho puré en el bargueño envié a Nute a borrar la huella.

Los primeros días no nos podíamos separar del bargueño. Era como si temiéramos que el desgraciado fuera capaz de resucitar y salir de su prisión. Cada tantos minutos, Nute o yo decíamos para darnos ánimo:

—Está muerto y bien muerto.

No importaba quién fuera el que lo dijera. Uno de los dos lo decía. Cuando Janche vino a visitarme en busca de su ración de los jueves la eché sin permitirle entrar. Se dio cuenta de que me pasaba algo grave, pero no se caracteriza por la sutileza.

—¿Por fin te pusiste de novio con el estúpido de Nute? ¿Te gusta hacerlo con un estúpido como ése? ¿Se la das por el culo o por la boca?

Le pegué una cachetada y se fue llorando e insultándome. Cerdo machista, me dijo. No sé si fue peor el remedio que la enfermedad. Pero el asunto de Hitler no se podía tomar para el pitorreo como es costumbre entre nosotros.

Los nazis vinieron una semana después. No dijeron una palabra de Hitler y se limitaron a mirar por arriba y por abajo con esas miradas duras y filosas que cortan la respiración. Pero no tocaron nada. El jefe del pelotón, un sueco de veinticinco centímetros de estatura llamado Sven Svergensson ladró órdenes en su idioma, que no entendimos en absoluto. Fue necesaria la intervención de un cabo tan parecido a Nute que estuve a punto de decirle “estúpido” tres veces, para que entendiéramos el propósito de la visita. Querían hacer un censo de vagos y nosotros encajábamos perfectamente. Por qué no trabajan. Porque nos produce cansancio. Ah. Anote. Les gustaría trabajar. No. Saben que el Estado quiere que todo el mundo trabaje. Sí. Pero nosotros no queremos. De acuerdo. Anote.

El que anotaba era un chino. No lo van a creer. Todo el tiempo, que chino astuto, miraba hacia el bargueño, como si fuera capaz de traspasar con su mirada las gruesas puertas de roble. No podía saber que allí lo teníamos envasado a Hitler. Sólo aceptarían que Hitler había sido hecho pasta el día que pudieran medirlo y pesarlo.

—Escriban sus nombres en esta planilla —dijo el sueco. En realidad lo dijo el cabo, traduciendo las órdenes del jefe de la partida. El cabo era un poco duro de oído, por lo que se colocó a Sven Svergensson sobre el hombro. Era tan gracioso verlos, con las piernitas del nazi bamboleándose en el aire y las dos manos aferrando la solapa del abrigo del cabo para no caerse, que Nute se tuvo que cubrir la boca con cinta adhesiva para no estallar en carcajadas. ¡Estúpido!

Pero si el sueco tenía miedo de caerse más miedo teníamos nosotros de que descubrieran que no sólo habíamos asesinado a Hitler, sino que además lo habíamos reducido a pulpa. Era tan ostensible que mirábamos a cada rato el bargueño que el chino empezó a sospechar.

—¿Por qué miran el bargueño? —dijo finalmente.

—Porque tenemos miedo de que lo abran y descubran que escondemos un cadáver en su interior.

El chino lanzó una carcajada como un tsunami y el cabo se contagió de inmediato. Tomó al sueco desprevenido y sobrevino la catástrofe. Sven Svergensson cayó de cabeza desde el hombro del cabo y se estrelló contra el piso de cerámica. Cuando pudo contenerse, el chino pateó el cadáver del sueco hacia un rincón y tomó el mando.

—¡Abran el bargueño!

—(Estúpido) —susurré.

—(No fue mi culpa) —respondió Nute.

Abrí el bargueño. El pozo comprimido con la masa informe que había sido Hitler en su interior relucía como si hubiera sido el Santo Grial. O como hubiera brillado el Santo Grial en el caso de haber sido un copón. Pero al chino eso le importó un comino. Sus ojos brillaron codiciosos cuando vio las cuatro botellas de aguardiente de papa que yo guardaba para celebrar el nacimiento de mi futura hija.

—¡Ese era el secreto, cerdos!

Bajé la cabeza y empecé a manosear la gorra, tal como había visto hacer en una película a un personaje abrumado por la vergüenza.

—¡Confiscación! —aulló el cabo. Hizo un gesto y cuatro soldados se aproximaron taconeando al bargueño y se apoderaron de las botellas.

—En nombre del Partido —dijo el chino— confiscamos estas cuatro botellas de aguardiente de papa. ¿Las guardaba para celebrar el nacimiento de su hija? —Otra vez risas generalizadas, ahora acompañadas por el estúpido de Nute, que se había sacado la cinta de la boca. Tal vez quería mostrarle a todo el mundo que le quedaban seis dientes y tenía las encías más negras que el alquitrán.

—Firmen aquí —dijo el cabo extendiendo un papel mugriento sobre la mesa. Como era de suponerse, la confiscación incluía dos vacas, un samovar y una carreta. Los nazis estaban empezando a blanquear las expropiaciones previas. Tuve que admitir que era una política sensata.

Firmamos para que se fueran. Cuando los nazis se alejaban rumbo a Bilgoraj, apareció Janche, que había estado escondida en el gallinero.

—¿Qué les hicieron? —Ya no se acordaba de la cachetada de la semana anterior y venía por más.

—Yo no puedo atenderte, Janche —le dije tratando de lucir consternado

—Ni ganas tengo de que lo hagas —dijo la chica—. A partir de ahora seré la amante de Nute. — Es extraño, no puedo decir que Janche sea estúpida como Nute, pero hacía una pareja mucho más convincente que conmigo, o eso creo.

—Los juguetitos se fueron—dijo Nute.

—¿Los juguetitos? —Janche se metió un dedo en la nariz y lo retiró desencantada: no había pescado ni un moco enano.

—¡Enano! —Nos acordamos al mismo tiempo del cadáver del sueco. Ya no era sólo el amasijo de Hitler que escondíamos en el pozo comprimido del bargueño; si nos descubrían iríamos a parar a los hornos crematorios de Auschwitz o a la cámara de gas de Majdanek.

—Un momento. —Nute metió la mano en el bolsillo interior del abrigo de Sven Svergensson y retiró los documentos del nazi. Parecían de juguete—. Aquí dice “simulacro clase E; Nº de serie 370285. —Janche se tapó la boca.

—No es humano. Me lo temía.

—¿Lo temías? —dijo Nute—. ¿Cuándo dijiste eso?

—No seas estúpido; lo pensé. Creía que eras capaz de leerme los pensamientos. —Me incliné sobre el cuerpo del enano sueco y metí dos dedos en la fisura del pecho. El muñeco se abrió como una trampera, con un chasquido.

—¿Los nazis hicieron estos cachivaches? —Janche es una muchacha campesina; ni siquiera ve la televisión, aunque a veces hace gala de una inteligencia que me descoloca. En este caso mostraba una digna suspicacia.

—Los nazis no son reales, Janche —dijo Nute.

—¿Acaso sabes distinguir realidad de fantasía, Nute? El jefe, ese Hitler. Estuvo en mi casa el otro día —dijo Janche—, el día que me pegaste. Me dijo que ustedes son unos estúpidos.

—¿Los dos? —pregunté extrañado—. ¿O sólo él?

—Los dos. Dijo que haría bombardear este pueblo en represalia por lo que le hicieron en el pozo. ¿Qué le hicieron?

—Nada —dijo Nute—, no le hicimos nada.

Me dejé caer en una silla, abatido. Con razón a los nazis no les interesaba el Hitler hecho masilla que teníamos en el bargueño; debían tener docenas, cientos de Hitlers. Si nos hubiéramos atrevido a revisar como se debe habríamos encontrado una chapa que dice “simulacro clase H; Nº de serie 456705”.

—Entonces no lo matamos —dijo Nute aliviado—. No matamos a un ser humano.

—Hitler no es un ser humano; estaba seguro de que lo sabías —protesté; pero fue una protesta endeble; ni yo creía eso.

—No puedo saber todo —dijo Nute.

—¿Podrías conseguirme un cigarrillo? —le dije a Janche.

—Está bien, pero no vuelvas a decir que son solo juguetes. ¿Serás de nuevo mi amante?

—Y… sí,  después de que me consigas el cigarrillo podemos volver a intimar.

Nute se encogió de hombros. No le gustaba Janche; decía que es sucia, que huele a cebollas podridas. Se rascó la coronilla durante unos segundos y luego se dirigió al bargueño.

—¿Podrías ayudarme?

Le ayudé a sacar a Hitler. Lo descomprimimos con esfuerzo –mucho más del que habíamos hecho para prensarlo– y lo pusimos sobre la mesa. Las ruedas, correas y engranajes rodaban por todas partes y Janche empezó a separar piezas que le parecieron adecuadas para hacerse una pulsera.

—Esto significa que hay un Hitler de carne y hueso en algún lugar —dijo Nute—. No tendrían simulacros si no fuera así.

—No, estúpido. Esa es una de las tantas ideas sin sentido que se te ocurren. Es posible que Hitler jamás haya existido.

—Está totalmente equivocado, idiota. Así los queríamos agarrar, con las manos en la masa. —En el vano de la puerta se recortó la imponente figura del verdadero Sven Svergensson, el jefe supremo de los nazis de Lublin. Medía casi dos metros y nos apuntaba con una Parabellum de 9 mm, modelo 1908, conocida popularmente como “Luger”.

—¿Puedo ser su amante? —dijo Janche. Se acercó sin miedo al nazi y le bailoteó alrededor. Era un gran gesto el de la muchacha, arriesgando el pellejo para salvarnos de los nazis. Pero estábamos seguros de que no daría resultado; Janche, cuando trata de tapar el olor a cebollas podridas, se baña en el perfume de setas que fabrica la vieja Brane; ahí empieza a oler como una curtiembre abandonada. Y aunque no viene al caso, comento que el sueco tenía una nariz grande como una palta.

—¡Por supuesto! —dijo Sven—. Deme una prueba de su amor.

—¿Por ejemplo? —Janche se detuvo extrañada y dejó de bailotear. El nazi le puso la pistola en la mano y le apretó el puño afectuosamente.

—Mate a estos dos y será mi amante.

—¡Cómo no! —Janche apuntó hacia nosotros. Nute se abrió la camisa, en un gesto estúpido e inútil. Yo cerré los ojos, por lo que cuando sonó el disparo esperé sentir un fuerte dolor en el pecho o algo así. Los abrí y la escena me desconcertó. Janche había matado al sueco de un tiro entre los ojos y luego se había suicidado.

—¿Por qué lo hizo? —dijo Nute.

—Por amor a nosotros, estúpido. —Miré los charcos de sangre y los sequé con un trapo. Tomé la Luger y me la metí en el bolsillo.

—¿Pero son juguetes, son reales o son las dos cosas? —dijo Nute, de pronto agudo y profundo como un barreno.

—¿A qué vienen estas preguntas? ¿Te debo algo?

Nute bajó la cabeza una vez más; el esfuerzo realizado para entender el razonamiento precedente lo había agotado. Pero yo no iba a dejar que las cosas se deslizaran como el barro que baja de la colina un día de tormenta. Me imaginé recorriendo la senda que lleva al pozo de agua. No tenía nada mejor que hacer; ni siquiera tenía un cigarrillo que justificara detener mi marcha por el tiempo que se tarda en fumarlo. Hacía mucho frío; la escarcha, obstinada, crujía debajo de la suela de mis zapatos y nubes de vapor abandonaban mi boca cuando me animaba a abrirla. Imaginé a Nute subiendo por las paredes del pozo, pero no se me ocurrió hacer algo tan bizarro como comprimirlo, tal como habíamos hecho con Hitler. En mi alucinación fui mucho más expeditivo que eso. Saqué la Luger, le apunté entre los ojos y disparé. Me pareció que el cuerpo caía hacia atrás tan lentamente que pude terminar mi discurso antes de que se escuchara el sordo golpe contra el piso. Sacudí la cabeza para alejar las imágenes, me acerqué al pozo de agua y toqué el hombro de Nute, que miraba al vacío, como si hubiera sido desactivado.

—No te quiero ver cerca por un rato, estúpido; por el resto del día, mejor dicho. Hoy viene Janche a visitarme y queremos hacer lo que ya estás pensando, pero en paz.

—¿Janche no se suicidó? —dijo Nute, perplejo.

—¿Cómo se te ocurre? Las mujeres como Janche no se suicidan para salvar a dos idiotas como nosotros. —Saqué un puñado de billetes del bolsillo; había zlotys, rublos y unas pocas libras; no había ni un euro. Le di dinero suficiente como para que se fuera al cine. Justo en ese momento Hitler salió del pozo y me miró con cara de ángel, suplicando la extensión de mi gesto caritativo. Suspiré. Agregué un par de billetes—. No aparezcan hasta la noche, estúpidos —dije.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en 1985. En 2005 su novela El juego del tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su segundo libro de cuentos, Espejos en fuga y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017 ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente publicó la novela Otro camino (que fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de ficción: La quinta fase de la Luna, cuentos, y la ya citada novela El juego del tiempo (publicada en México por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y árabe. Es el creador y conductor del blog internacional MICROFICCIONES Y CUENTOS.

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Sue Burke

 

Cuando se descubrió el cometa Kabandha, Travis Hudson contempló boquiabierto desde su ventana la luz difusa cercana a las estrellas de las Pléyades.

—Es un error —murmuró. Calcular las trayectorias de los cometas era complicado; todo el mundo lo decía—. Revisarán los cálculos y estaremos bien.

Los astrónomos comprobaron y volvieron a comprobar los cálculos. Finalmente, por televisión, los líderes mundiales, unidos y solemnes, pidieron valor para afrontar los tres meses que quedaban antes de que el cometa chocara contra la Tierra.

Travis apagó el televisor. Siempre había creído que el universo tenía un propósito y que, por lo tanto, la humanidad tenía un propósito y, por lo tanto, él tenía un propósito, y tenía que ser algo más noble que una colisión frontal con una gigantesca bola de polvo y hielo. Solo tenía veintinueve años y disfrutaba de su trabajo como encargado de obras. Bajo su supervisión, los edificios se elevaban hasta quedar terminados, y él sentía que también se estaba convirtiendo en algo. Algún día comprendería algo más que cómo organizar eficientemente los horarios de los subcontratistas. Tenía toda la vida por delante. Pero ya no.

Cada día, el cometa Kabandha se acercaba y se volvía más aterrador. Aquí y allá estallaban disturbios y reinaba el caos –y se celebraban fiestas multitudinarias–, pero, por alguna razón que él no comprendía y que nadie sabía explicarle, en muchos sentidos la vida continuaba con demasiada normalidad.

Las obras se detuvieron, cosa que sí comprendía. Tuvo tiempo para meditar sobre su condena y, finalmente, después de ver una nota en las noticias, condujo frenéticamente hasta la celebración anual de los Días del Cráter, en Manson, Iowa, para inspeccionar el decimoquinto cráter de impacto más grande del mundo. Le diría algo; estaba seguro.

En Manson solo encontró carpas, puestos de madera contrachapada, una zona de atracciones rodeada de maizales iluminados por la luna y menos gente de la que esperaba. Mientras entraba, su decepción se convirtió en ira.

—¿Dónde está el cráter? —preguntó a una mujer sentada en el puesto oficial de recuerdos.

Ella le dedicó una sonrisa de bienvenida.

—Justo debajo de nosotros. Tiene treinta y ocho kilómetros de diámetro y setenta y cuatro millones de años. No es tan grande como el que acabó con los dinosaurios, por supuesto, ni como el que viene hacia nosotros. ¿Quiere un estudio geológico? —Le mostró un informe encuadernado con espiral.

Travis pateó la parte delantera de un puesto de hot dogs.

—Todos ustedes van a morir. Hagan algo. Defiéndanse.

Lanzó otra patada contra un telescopio de alquiler.

Una adolescente lo custodiaba y levantó los puños.

—¡Oiga! Quiero ver cómo Kabandha nos alcanza. Será el mejor espectáculo de mi vida.

—Tu vida se acaba.

—Todavía no.

Él le arrojó una botella de plástico de mostaza.

—Esto no es una fiesta. No mueras feliz.

La mujer que vendía recuerdos se levantó y se plantó frente a él.

—Mire, tenemos algunos juegos de feria, venta de artesanías y música en vivo a medianoche. Si no le gusta, váyase.

Travis condujo unos cuantos kilómetros, cada vez más desesperado mientras contemplaba los maizales, con las mazorcas a medio madurar. Nadie comería ese maíz. Vio una iglesia y entró atropelladamente.

—Los ángeles nos salvarán, ¿verdad? Dios nos llevará a todos al cielo, ¿no? No merecemos esto.

El pastor había estado pasando la aspiradora por la alfombra de los pasillos.

—En realidad, no creo que podamos esperar un trato especial por parte del universo. Los ángeles y la vida después de la muerte son mitos primitivos.

Travis cayó de rodillas.

—Pero tiene que haber un alma, un espíritu, algo más que mi cuerpo. Trascenderemos nuestras muertes.

—Por supuesto. La humanidad es la conciencia del universo.

—Nos fue enviado un Salvador. He aceptado a Jesús en mi corazón. He sido bueno. Merezco algo mejor, ¿no?

—Bueno —dijo el pastor—, recemos por quienes sobrevivan a los terremotos, los maremotos, las tormentas de fuego, el polvo, la oscuridad y el frío que se avecinan. Sufrirán y pasarán hambre y repoblarán la Tierra. O alguna humilde criatura alcanzará la conciencia y adorará. O el cometa traerá aminoácidos para una nueva forma de vida. Este no es el final. Dios es eterno, más allá de nuestra comprensión.

—Pero tengo miedo. Nunca he muerto antes.

Rezó durante mucho tiempo. El pastor terminó de pasar la aspiradora.

Cuando Travis salió, llegó un automóvil del que descendieron una novia y un novio que entraron en la iglesia. El cometa y su cola resplandecían en lo alto.

Regresó a casa y escribió: «Yo, Travis Hudson, en pleno uso de mis facultades mentales y físicas, declaro por la presente que, puesto que de todos modos no hay nada que dejarle a nadie, tampoco dejaré mi muerte en manos del azar ni de gigantescas bolas de nieve sucia que nos arroje una persona o personas desconocidas».

Se disparó una bala en el cerebro. Con un centímetro de diferencia en la puntería, lo habría conseguido. Aunque le pareció absurdo, llegó una ambulancia y se lo llevó al hospital.

Mientras estaba en la mesa de operaciones, estuvo tan cerca de la muerte como puede estarlo un hombre vivo, y despertó de la cirugía consciente del sentido de la vida, evidente y asombroso. Las enfermeras lo escucharon educadamente, pero terminó comprendiendo que ellas ya lo conocían; de lo contrario, no se presentarían a cumplir sus turnos.

Cuando le dieron el alta del hospital, tenía una cicatriz muy visible en la frente, una movilidad reducida en el lado izquierdo y una gran paz interior.

Para entonces, una tormenta de meteoros surcaba la noche, con decenas de ellos cayendo cada segundo. Las auroras boreales parpadeaban como arcoíris borrachos. El cometa resplandecía en el oeste, más grande que la luna llena, y su cola azul se extendía hasta el lejano horizonte. En la penumbra, los pájaros cantaban como si estuviera amaneciendo. Travis llegó cojeando hasta un banco del parque. Una ardilla se acercó a pedir comida.

—Es una noche hermosa —dijo. Le arrojó unos cacahuetes para que se quedara y escuchara—. Ahora soy un hombre sabio. ¿Evolucionarás hasta convertirte en la próxima criatura que sufra la conciencia de sí misma, pequeño? Verás la eternidad, pero nunca la alcanzarás. Conocerás la muerte, pero nunca la experimentarás mientras estés vivo. Después de eso, ya no tendrás excusas para lo que hagas. El conocimiento de la muerte será la pérdida de la inocencia. —Parecía estar escuchándolo. Le dio toda la bolsa de cacahuetes. Iba a necesitarlos—. Espero que pienses con cariño en nosotros cuando encuentres nuestros fósiles.

Se alejó por encima de una colina para bailar con los dinosaurios. Un tiranosaurio agitaba sus pequeños brazos para marcar el ritmo. Un Euoplocephalus rechoncho balanceaba su cola en forma de maza y destrozaba el césped y las flores mientras avanzaba pesadamente: un-dos-tres, un-dos-tres.

Travis Hudson comprendía ahora el universo, y el sol no volvería a salir para él.

Sue Burke es autora y traductora. Su novela Semiosis fue nominada al Premio Arthur C. Clarke, al Premio John W. Campbell Memorial y al Premio Locus a la Mejor Primera Novela. Sus secuelas son Interference y Usurpation. También ha escrito las novelas Immunity Index y Dual Memory, relatos cortos, poesía, artículos periodísticos y ensayos, y ganó el Premio Alicia Gordon 2016 a la Excelencia en la Traducción otorgado por la Asociación Estadounidense de Traductores. Nació en Milwaukee, vivió en Texas y España, y actualmente reside en Chicago. Para más información, visite https://sueburke.site/

 

 

EL ABRAZO

Joyce Barker Bucat

 

Esa noche su marido había tenido que viajar por negocios. Ana ocupó el día pintando un cuadro que tenía pendiente hacía meses, pero tuvo que parar porque se le había acabado la pintura negra para la silueta que esbozaba en el lienzo. Comenzó, entonces, a pintar el resto del cuadro con colores, pero un súbito cansancio se apoderó de ella. Mañana sigo, pensó; pero se acordó que iba a estar ocupada con la llegada de su marido. Otro día continuaré, entonces.

Agotada, dejó el taller y subió las escaleras hasta el dormitorio. Se quedó dormida a los pocos minutos, pero una sensación extraña en la piel, un zumbido, la despertó en la madrugada. Sin moverse, abrió los ojos y miró sólo lo que estaba frente a ellos: el umbral de la puerta que siempre mantenía abierta; no le gustaban los ambientes cerrados. En el vano se asomó una sombra. No lograba verla completamente, pero supuso que era su marido que quería sorprenderla en la mañana, al despertar. Otra vez, pensó, la sorpresa de siempre. Esta vez quiso saludarlo, aburrida de ese juego que ya no le hacía gracia; esta vez no pudo: no le salió la voz. Después intentó girar y abrazarlo, pero estaba inmovilizada, sólo podía mirar. Esto no es Juan, pensó, algo está mal. ¡Qué es! ¡Qué eres!, gritó en su cabeza.

La sombra se acostó a su lado y la abrazó por la espalda; Ana sintió que unos brazos gigantes la envolvían. Comenzó a desesperarse. La sombra no se movía, como si estuviera cómoda con Ana. Pero ella, a pesar de sentir que él o eso no quería hacerle daño, no iba a permitir una invasión tan descarada, y con extremo esfuerzo intentó, nuevamente, hablar.

—Fuera… —Pudo apenas pronunciar sin mover la boca, como si hablara bajo el agua. Entonces decidió dejar su desesperación de lado que, según ella, sólo lograba fortalecer a esa criatura. Respiró profundo y se relajó forzosamente en los brazos de la sombra. A pesar de no poder sentir o mover su cuerpo, percibía el de la sombra: era tibio y blando, incluso acogedor, pero luego reflexionó: lo que hacía esa sombra no era algo que ella hubiera querido. Esa falta de respeto hizo que la fuerza de su enojo pudiera salir en forma de grito.

—¡Fuera! —Pudo finalmente pronunciar de manera clara y fuerte.

Y como si hubiera sido una palabra mágica, la presión en su cuerpo se diluyó y al fin pudo moverse. El aire del dormitorio se sintió más liviano y se volteó hacia el lado donde había estado la falsa sombra de su marido, su impostor; allí no había nadie. Estuvo despierta unos minutos: lo que había sucedido era terrorífico, pero sus ganas de no volver a quedarse dormida fueron inútiles.

Al día siguiente, Juan regresó del viaje y llegó a la casa con un gran ramo de flores de varios colores. Eran las tres de la tarde y no quiso avisar que llegaba temprano, quería darle una sorpresa, como siempre. Al ver que Ana no estaba en el primer piso, fue sigilosamente al dormitorio; era posible que estuviera durmiendo una siesta. Abrió la puerta, extrañado porque a Ana no le gustan las puertas cerradas. Adentro estaba oscuro, pero se podía ver a Ana en una esquina del dormitorio. Afuera, el sol primaveral parecía desconocer la oscuridad del interior.

—Ana. —Juan se fue acercando sin prender la luz, sabía que ese juego terminaría en algo mejor. La abrazó por la espalda y le besó el cuello. Corrió las cortinas y giró a Ana para besarla mejor. Pero ella no tenía facciones, era como el esbozo de su cara, hecha con pintura negra. Juan soltó las flores que se habían marchitado súbitamente en sus manos, y quiso escapar, pero dio tres pasos hacia la puerta y un enorme abrazo por la espalda lo frenó. Intentó gritar, pero no pudo; y como si fuera una pupa o una tela en blanco, esperó inmóvil, latiendo hasta el límite, tratando de mantener en vano sus propios colores que, ya desvanecidos, esbozaban otra obra sombría.


Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

domingo, 27 de septiembre de 2026

LOS DICOTÓMICOS OJOS DEL SEÑOR M

Oscar De Los Ríos

 

Era inquietante observar la incongruencia e inarmonía en que convivían los ojos del señor M. Quienes lo conocían no dejaban de admirarse y, aunque mecánicamente optaban por el perfil a adoptar de acuerdo con aquello que la situación requería, el hecho no era por ello menos sorprendente. Si se trataba de un evento alegre y divertido, se colocaban del lado izquierdo del señor M; en cambio, si se trataba de un suceso penoso, era forzosa e invariable la necesidad de estar a la derecha de su elegante figura. A decir verdad, casi todos le rehuían.

El señor M era una persona sumamente religiosa y juiciosa, aunque alegre por naturaleza y demasiado optimista para controlar el enorme caudal de emociones que se manifestaban en su rostro, sin que él pudiera manejar la situación. Pese a haber meditado y planeado en busca de una solución, sus ojos se manifestaban rebelándose a las leyes de la convivencia social: tenían vida propia e independiente. ¡Qué sinnúmero de complicaciones le acarreaba esta sociedad mal avenida a su existencia! De nada servía que los demás integrantes del rostro trataran de adaptarse y colaborar con aquel de los ojos cuyo brillo y mirada (las lágrimas no cuentan: se llora de pena y tristeza, pero también de alegría) se mostrara acorde con la situación imperante. La expresión emanada era inequívoca e inalterable. Aun en medio de la congoja más profunda, el ojo izquierdo reiría y traspasaría la tristeza con la fuerza del goce, irradiando placer. Aun en medio del goce más extremo, su ojo derecho traspasaría la alegría con la fuerza del dolor, irradiando la más intensa congoja y pesar. En el rostro del señor M convivían la tragedia y la comedia griega, con la mitad de la máscara en cada uno de sus ojos.

A pesar de eso, el señor M era un ser humano exquisito, sumamente sensible y propenso a enamoramientos pasajeros. Por eso, cuando le tocó el amor verdadero, este prendió con tal fuerza que su alma sufrió lo indecible, aun antes de saber si sería correspondido. Claro que el ojo izquierdo jamás se hizo eco de ese dolor. Su ojo izquierdo no supo reconocer al amor.

Cierta tarde de verano, sentado a la derecha de su amada, el señor M le declaró su amor. Esta aceptó. De más está decir que el ojo derecho no participó de esta alegría. Su ojo derecho tampoco supo reconocer al amor. La futura señora M notó este discordante detalle y creyó, equívocamente, que los ojos de su futuro marido eran la viva imagen de la frivolidad, pero… los gestos que hacía el señor M lo desmentían, sus palabras decían otra cosa, los otros habitantes del rostro demostraban un enorme júbilo… y el señor M hacía tremendos esfuerzos para que el ojo derecho no los confundiera. Más de una vez la boca, los labios, las cejas y los pómulos se habían dejado convencer por el ojo derecho de que un acontecimiento alegre y jubiloso era penoso; otras por el ojo izquierdo, de que un hecho doloroso y triste importaba euforia y júbilo. En estas ocasiones quedaba en una situación delicada y comprometida.

Al fin el señor M se casó y, luego de tres años de feliz matrimonio, la rutina y la confianza le hicieron bajar la guardia. Fue durante el velorio de su suegra que el ojo izquierdo convenció a la boca de que la reunión de tanta gente rindiendo homenaje y manifestando pesar por alguien a quien tanto aborrecían y despreciaban en vida era algo grotesco y cómico. Su boca comenzó a reír y las carcajadas profanaron el dolor de su esposa ante la muerte de la madre. Su mujer lo abandonó.

El señor M sufrió lo indecible, la tristeza más profunda lo invadió. ¡Enloqueció! Sometió a su ojo izquierdo a un exhaustivo juicio, y el ojo fue encontrado culpable y ejecutado. Desde entonces la alegría lo abandonó.

Ante esta extraña muestra de amor, la señora M regresó.

Con el retorno de su mujer le volvió la alegría, pero no la pudo manifestar. Su ojo derecho, ya sin competencia, dominó a la boca, los pómulos se tensaron y el entrecejo se quebró en un profundo surco. Solo palabras de desaliento escapaban de sus labios, que se negaban a expresar sentimientos verdaderos.

La señora M cayó en la depresión: le era imposible convivir con alguien así. Los amigos ya no lo visitaban o lo hacían muy de tarde en tarde. La tristeza emanada de la figura del señor M era aplastante; realmente solo se acercaban a él quienes aún le tenían lástima.

Pasó el tiempo y la señora M ya no pudo seguir quedándose a su lado; hasta trató de quitarse la vida. Por consejo de su psicólogo se fue de la casa. El señor M volvió a enloquecer y su ojo derecho fue enjuiciado y ejecutado.

Con la ejecución de sus ojos, el hombre más alegre y triste a un mismo tiempo que pisara la tierra jamás, aquel dueño de un caudal incontrolable de emociones, perdió toda expresión y su rostro se volvió una indiferente máscara de cera.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

 

 

KARMA SUTRA / MOMENTO

Remi Lootens

 

Es un trabajo no remunerado. Un oficio, eso sí. No necesito dinero; le presto un servicio a mi país. ¿Conoce la juventud actual el patriotismo? Los ciudadanos como yo, al menos, asumimos nuestra responsabilidad.

Cuando traen a una zorra así, lo primero que hago es evaluar en qué estado se encuentra. Ver si todavía se le nota algo de voluntad. Eso es lo primero que hay que erradicar. Sin voluntad, no hay diversión. Me pongo manos a la obra de todos modos, claro, pero se siente mecánico. No me malinterpreten: soy de la vieja escuela y no necesito herramientas. El verdadero artesano trabaja solo con las manos. Y con los pies. Y con la pija. Mi cuerpo puede funcionar como una máquina. Sin embargo, siempre que puedo, evito el trabajo en cadena. Prefiero entablar una relación personal con quien debe ser corregido. Así se obtienen los mejores resultados, créanme.

Así se llama el servicio, por cierto: Correctional Facility. Está escrito en letras grandes y en relieve sobre el portal de entrada en la Avenida de la Libertad. Cada pocos meses retoco las letras con sangre fresca. Puede gotear, me dijo el director. La pared nunca se limpia. La limpieza se hace por dentro, donde realmente importa.

Tengo que ponerme a trabajar de inmediato; pronto traerán a la siguiente zorra. Guarden silencio: no me gusta que me molesten. La dinámica entre el anfitrión y la huésped es sagrada.

 

Cuando los guardias abren la puerta de una patada con la camilla, me invade esa sensación familiar. Mi soldado ahí abajo presenta armas; el novato ya se cree general. Mis compañeros me saludan con la cabeza y depositan en silencio la camilla sobre el suelo polvoriento. Los espanto con la mano para que se retiren.

Siempre hay que empezar con fuerza. Pateo con todas mis ganas una de las manijas delanteras de la camilla; la punta de hierro de mi bota produce un golpe sordo. La estructura describe un cuarto de círculo y la zorra atada a ella empieza a sollozar. Es tonta o ingenua: se ha puesto a mirarme. No debería hacer eso, solo empeora las cosas. A mí me da igual, pero pienso en su bienestar. Es la norma establecida por el Estado. Nada de violencia excesiva, a menos que los huéspedes den motivos para ello durante su estancia. Se supone que deben sobrevivir a mi trato; el Estado necesita a cada ciudadano.

Pronto entrará otra; el ritmo es frenético. Así que no hay que vacilar. Le doy una patada en el estómago a mi huésped con todas mis fuerzas. Ella grita, pero el sonido ya no me afecta. Cuanto más tiempo llevas en este trabajo, más te insensibilizas. Es una lástima, en cierto modo. Está desnuda, por supuesto. Observo la marca de mi suela en su piel. Mis zapatos empiezan a desgastarse; al fin y al cabo, hago muchas horas extra en la Instalación. Tras cuarenta correcciones me dan un uniforme nuevo. Me quedan doce sesiones. En el Centro todo está claramente establecido; no hay lugar para la duda, nunca.

Se ha hecho un silencio sospechoso. Le escupo a la mujer en la cara.

—Mantente despierta, puta rebelde. —Me agacho y le arrebato el portapapeles de debajo del culo. Tiene una mancha marrón. No importa. Trabajo con mierda, sangre y fluidos corporales; nada me es ajeno. Mis compañeros ya la han preparado para mí. Anal estándar, nada creativo. Para el trabajo a medida hay que acudir a mí.

Nada inusual en el formulario. Caroline DeSway, detenida por expresiones artísticas. La nación se va a pique por culpa de los aspirantes a artistas. El único arte bueno es el que eleva al Estado. «¿La balada de la viuda llorosa?» Ya no se vuelven más originales. Su marido cayó en las trincheras de Burraja. ¿Quién carajo cae en la puta Burraja? No hay nada más en la hoja, ni falta que hace. Un débil, tal vez. Quien lucha con plena convicción, sobrevive. Especialmente allí.

—No sé nada —murmura. Una lágrima le resbala por la mejilla. Más miedo que otra cosa. Con eso sí puedo trabajar. El ritual comienza. Me coloco sobre ella, froto mis genitales contra la única abertura con la que no puede mentir, y desabrocho con exasperante lentitud las tres hebillas que la sujetan. Sus pechos llenos se mecen al ritmo de los movimientos que tan bien conozco.

—Karma sutra —digo—. Recibes lo que te mereces, con saludos del alto mando. —Le propino varias bofetadas a mano abierta en el rostro. Al principio abre los ojos de par en par, pero luego los entrecierra. Aunque se quede ciega (y es muy probable que lo esté pronto), de esta realidad no se puede escapar. Artistas... bah.

Se debate patéticamente debajo de mí mientras me desabrocho el cinturón. Bajo la cremallera. Además del anal, sin duda han desfilado por la lista todas las demás prácticas antes de que me la entregaran: vaginal, oral y, últimamente, esa sustancia pegajosa en sus oídos (nuestra nueva incorporación, Gerard, tiene un micropene; el Estado no discrimina). Ya está destrozada, pero aún le queda algo de resistencia. Siempre queda algo de resistencia.

—Canta otra canción, zorra. ¿Quiénes son tus amiguitos bohemios? ¿Dónde se reúnen? —Su boca se abre, sin emitir sonido. Sus dientes están manchados de rojo por la sangre. Sexo oral hace un momento, sí, pero con dos pijas a la vez. Todos somos hermanos en la Correctional Facility. Lo mío es tuyo. Hundo los pulgares bajo su mandíbula, muy fuerte. Estrangularla me parece poca cosa. Además, necesito respuestas de verdad. Intenta mover la cabeza con dificultad de un lado a otro sobre la camilla empapada de sudor. Resistencia inútil.

—Lugar de reunión, perra. —Es importante dirigirse directamente a los huéspedes durante el tratamiento. Le abro los ojos a lametones. El líquido salado me recorre el cuerpo con un escalofrío. —Te voy a exprimir por completo, puta, hasta que le des al Estado lo que le corresponde. Y con esas palabras penetro profundamente en ella. Se siente cálido ahí abajo. Avanzo donde otros se detienen; por mi país me sometí a la famosa operación de alargamiento. Muchos se sienten llamados, pero pocos merecen esta modificación. Sigue siendo mi propio cuerpo; soy y sigo siendo un artesano. Mientras destrozo su cuello uterino a un ritmo implacable, le muerdo la oreja una y otra vez. El esperma de Gerard tiene un sabor muy particular. Creo que come endibias a menudo. Alimento sano. Eso es lo que nos exige el Estado: cuida tu cuerpo y…

Ja, aprieta sus manitas de mujer alrededor de mi cuello. Alabado sea el Alto Mando, todavía tiene voluntad. Bien, muy bien. Le desgarro la oreja con los dientes, echo la cabeza hacia atrás y le doy un cabezazo. Su cuerpo empieza a convulsionar violentamente. Mareado, me pongo de pie y respiro hondo. Sus lastimeros gemidos apenas me llegan. El aire está cargado de expectación: mi expectación. Escupo el trozo de lóbulo contra la pared.

Su sangre de traidora gotea en gruesas gotas desde mi pija de castigo y dibuja un trazo irregular sobre su torso. Me palpo el cuello. Mmm, qué rico dolor.

—¿Sabes lo que es un eyefuck? —No tiene ni idea, no puede tenerla. Solo los iniciados como yo tenemos acceso al Karma Sutra. Sesenta y nueve ilustraciones a color, con instrucciones en letras elegantes sobre la estructura, el ángulo, el ritmo y el tiempo de ruptura. Me gusta recrearme en él antes de dormir, aunque me sé el libro de memoria. Le señalo el ojo y le susurro—. Suficientes cavidades.

Su piel adquiere un determinado color cuando se rompen, un rosa intenso. «Debajo del quiosco en Honour Square, a las tres de la mañana, cada...»

Niego con la cabeza y ella se calla. Dice demasiado de golpe, pasa a menudo. El reloj de la pared me indica que me quedan tres minutos antes de que traigan al siguiente huésped. Voy perfectamente según lo previsto. Aún hay tiempo; un instante es todo lo que necesito.

—Cuéntame los detalles despacio y con precisión. Primero te voy a tratar el ojo derecho. Estocada tras estocada: tus camaradas, la agenda, vuestra sincronización. No tartamudees; la duda es para los apátridas. Si quedo satisfecho, saldrás de aquí medio ciega. Es más de lo que te mereces. Si no... —Mi pija se pone completamente erecta, apuntando en diagonal hacia su otro ojo.

Y tú, ¿lo has grabado todo? Genial; ya tenemos otro episodio listo para la televisión escolar. Educar a la próxima generación de nuestro glorioso Estado: en eso colaboro con gusto.


Remi Lootens vende coches y trabaja muchas horas. Lleva solo un año y medio escribiendo ficción. Publica sus relatos y poemas en Substack. Prefiere escribir poesía. Debutó "en papel" en una antología llamada Alice. Nieuwe avonturen in Wonderland. También ha publicado varias veces en la revista de terror GRIM. Actualmente está considerando participar en concursos de escritura. A Remi le gusta leer manga, novelas históricas y no ficción sobre política. Le encantan los juegos de cartas.

sábado, 26 de septiembre de 2026

LA MAÑANA DE LA MARIPOSA CIEGA

Gabriel Chiriac

 

Me enviaron la carta tres semanas después de la muerte de Radu. No por correo; desde hace unos cincuenta años nadie envía ya nada importante por correo. Me la enviaron directamente a la aplicación, con el membrete del Instituto en azul oscuro y la firma digital de un director al que nunca había conocido y al que tampoco deseaba conocer. La carta dejaba constancia del pesar del Instituto por la pérdida sufrida y de su comprensión ante la dificultad del período que estaba atravesando. Después, sin transición alguna, mencionaba que, de conformidad con el Protocolo 7 de la Convención de Lausana sobre el Patrimonio Mnémico Colectivo, estaba obligada a presentarme en un plazo de treinta días en el Centro de Evaluación más cercano para una sesión de inventario de la pérdida mnémica. La carta añadía que mi presencia no era opcional. Estaba subrayado. Su presencia no es opcional.

Leí la carta tres veces, después cerré la aplicación, fui a la cocina, preparé café, me senté a la mesa, miré la silla de Radu y dejé que el café se enfriara. Conocía el Protocolo, todo el mundo conoce el Protocolo, se estudia en la escuela, hay todo un módulo en el programa de biología social acerca del funcionamiento de la memoria colectiva y de las responsabilidades del individuo respecto del patrimonio mnémico de la especie y de lo que sucede cuando un nodo de almacenamiento desaparece antes de alcanzar la madurez. Sabía todo eso. Nunca había pensado que llegaría a aplicarse a mi caso.

Radu había muerto el 3 de octubre, por la mañana, a las seis y cuarto, por una causa que los médicos habían denominado con un término largo y preciso y que yo había recordado, olvidado y vuelto a recordar tantas veces que ya no estaba segura de si lo sabía o imaginaba que lo sabía, lo cual, para alguien que se había ganado la vida gracias a la precisión, constituye una forma muy particular de humillación. Diez años y once meses. Le faltaban exactamente un mes y tres días para cumplir once años y eso importaba; importaba por razones que no había comprendido del todo antes de recibir la carta del Instituto y que seguía sin comprender del todo después, aunque me las habían explicado con paciencia, con gráficos y con una voz especialmente calibrada para situaciones como la mía.

Importaba porque un niño menor de doce años es un nodo incompleto. Esa es la formulación técnica: nodo incompleto. La primera vez que la oí sentí algo que no era ira ni dolor, sino más bien una náusea fría y particular, esa clase de náusea que se siente cuando comprendes que un sistema ha reducido algo inmenso a una categoría administrativa y que el sistema no lo hace por crueldad, sino simplemente porque no tiene otra manera de funcionar. Un nodo incompleto significa que el proceso de integración mnémica no ha concluido, que los fragmentos de memoria colectiva que Radu llevaba dentro de sí, en esas estructuras específicas de la corteza prefrontal que ahora llaman nodos y que yo, en mi mente, seguía llamando mi hijo, no habían llegado a sincronizarse por completo con la red. Una parte de ellos existe en la red, almacenada de forma redundante también en otras personas. Otra parte no existe en ningún otro lugar. El problema, me explicó la mujer del Instituto con su voz calibrada, es que no sabemos qué parte.

Fui al Centro de Evaluación el vigésimo séptimo día, tres días antes de que venciera el plazo, no tanto porque hubiera aceptado la idea sino, sobre todo, porque tenía miedo de lo que pudiera suceder si no iba y no tenía fuerzas para averiguarlo. El Centro estaba en un edificio de aspecto corriente, de vidrio y hormigón, en el mismo barrio donde Radu había ido a la escuela. Pasé junto a la escuela para llegar al Centro, vi a los niños en el patio durante el recreo y apresuré el paso. Entré en el edificio, di mi nombre en la recepción y esperé sentada en una silla gris, en un vestíbulo con plantas artificiales, hasta que llegó un hombre joven que me condujo a una habitación austera y blanca donde había un dispositivo parecido a un aparato de resonancia magnética. El hombre me pidió que me acostara, me colocó en la cabeza algo parecido a un casco de ciclista y dijo que tardaría unos cuarenta minutos, que no dolía y que podía cerrar los ojos si quería.

Cerré los ojos y escuché el zumbido discreto, casi melodioso, del aparato mientras pensaba en Radu.

No es una descripción poética, es literalmente lo que sucedió: el aparato leía la actividad de mi red mnémica y yo, sin haberlo planeado, empecé a pensar en Radu, a reconstruirlo en mi mente con una precisión que no había vuelto a tener desde su muerte, como si la proximidad del aparato desbloqueara algo en mí o como si mi mente supiera que aquel era el único momento en que se le exigía ser exacta y no aproximada. Vi sus manos, específicamente sus manos, porque las manos de los niños tienen una textura de piel que no se tiene a ninguna otra edad y que uno no sabe que ha observado hasta que necesita reconstruirla y entonces está allí, perfecta, almacenada en algún lugar por debajo del nivel de las palabras. Vi la forma particular en que inclinaba la cabeza cuando leía, ligeramente hacia la izquierda, con la mano derecha sosteniéndole la barbilla. Vi una tarde de un verano de dos años atrás, una tarde en la que no ocurrió nada especial, cuando Radu dibujaba en la mesa de su habitación y yo había entrado para llevarle un vaso de agua, y él no había levantado la mirada pero había dicho gracias, y yo me había quedado un instante en la puerta mirándolo, y después había salido, y entonces no sabía que conservaría aquel instante con una precisión tan absurda mientras otras cosas, cosas que debería haber recordado, se borrarían por completo.

Cuando el aparato se detuvo y el joven me quitó el casco, pasé unos segundos completamente desorientada, como después de un sueño muy preciso del que despiertas sin saber en qué dirección está el suelo. El hombre me dio un vaso de agua y me dijo que los resultados serían procesados en unos días, que recibiría un informe detallado y que un asesor mnémico se pondría en contacto conmigo para hablar de las implicaciones. Pregunté qué implicaciones. Dijo que no estaba autorizado a dar detalles antes de que estuviera listo el informe. Salí a la calle y regresé a casa a pie, tres kilómetros y medio, y por el camino volví a pasar junto a la escuela de Radu; esta vez el patio estaba vacío y no apresuré el paso.

El informe llegó cinco días después. Diecinueve páginas de gráficos y tablas y un resumen ejecutivo en la primera página, escrito con letras grandes para las personas incapaces de leer diecinueve páginas, y el resumen ejecutivo decía, en esencia, que Radu había sido portador de un segmento mnémico de categoría Theta-4, un tipo poco común de almacenamiento asociado con la percepción espacial compleja y con cierto tipo de reconocimiento de patrones en sistemas caóticos; que aproximadamente el 60 % del segmento estaba presente en la red colectiva; que el 40 % restante estaba almacenado exclusivamente en Radu y en mí; que, de los dos, Radu había muerto y yo seguía viva; por lo tanto, el 40 % de un segmento Theta-4 había desaparecido con él porque yo no almacenaba ese mismo 40 %, sino otro subconjunto que se superponía parcialmente con el que había tenido Radu pero no cubría la laguna, y, en términos prácticos, eso significaba que cierta forma de percibir y procesar la realidad espacial compleja había disminuido en nuestra especie en un porcentaje que, considerado individualmente, parecía insignificante, pero que, acumulado con otras pérdidas similares de las últimas décadas, representaba una tendencia preocupante que el Instituto vigilaba atentamente.

Leí el resumen dos veces y después pasé a la segunda página y leí el informe completo, las diecinueve páginas, algo que no había hecho con ningún documento desde la muerte de Radu, y comprendí aproximadamente la mitad; la otra mitad estaba expresada en términos técnicos que no dominaba, y al terminar las diecinueve páginas sabía menos que antes, en el sentido de que antes había perdido a un hijo y ahora había perdido a un hijo y el 40 % de un segmento Theta-4, y no sabía qué era un segmento Theta-4 más allá de su definición técnica, no sabía cómo se manifestaba en la práctica y no sabía qué era exactamente lo que ya no podíamos ver, o pensar, o comprender desde que Radu había dejado de existir, y eso era peor que cualquier otra cosa: no el conocimiento de la pérdida, sino, sobre todo, la imposibilidad de localizarla.

La asesora mnémica que se puso en contacto conmigo la semana siguiente se llamaba Adriana y hablaba con la misma voz calibrada que la mujer del Instituto, probablemente una característica profesional, probablemente se la enseñaban en algún curso, y me explicó que la pérdida parcial de un segmento Theta-4 no tiene efectos inmediatos ni perceptibles a nivel individual, que yo no sentiría que había dejado de ser capaz de hacer algo que antes podía hacer, que mis funciones cognitivas no se modificaban, que el cambio se producía a nivel de la especie y se manifestaba a lo largo de períodos prolongados, incluso generaciones, y que el propósito del Instituto era cartografiar y documentar, no intervenir, no en la fase actual de la investigación. Pregunté qué significaba que su propósito no fuera intervenir. Dijo que significaba que no había nada que hacer. Le di las gracias y cerré la aplicación.

No hay nada que hacer es una frase que se comprende de manera diferente según el contexto. Si un médico te la dice acerca de una enfermedad, es un diagnóstico. Si alguien te la dice acerca de una relación, es una conclusión. Pero si te la dice una asesora mnémica acerca del hecho de que tu hijo muerto se ha llevado consigo el 40 % de un segmento de percepción espacial compleja que tu especie jamás recuperará, es algo para lo que todavía no he encontrado una palabra.

Empecé a pensar en el segmento Theta-4 de maneras que sabía inútiles y no pude detenerme. Me preguntaba cómo se manifestaba en Radu. No biológicamente, no en los términos del informe, sino más bien desde el punto de vista fenomenológico: cómo veía él el mundo con un 40 % más de aquel segmento que yo. Si cuando estaba sentado ante su mesa de dibujo veía en las líneas que trazaba estructuras que yo, al mirarlas, era incapaz de ver. Si al abrir un rompecabezas veía la solución de un solo vistazo, no mediante la lógica sino a través de una percepción más directa de la relación entre las formas. Si cuando salíamos juntos al parque y yo me orientaba por las calles y los letreros, él se orientaba mediante algo más sutil, algo perteneciente a la geometría del propio espacio que yo percibía vagamente, como un ruido de fondo, y que él oía con claridad, como una melodía.

No tengo forma de saberlo. Esa era la conclusión a la que llegaba cada vez y, cada vez, esa conclusión era una pared, blanda y dura al mismo tiempo, como todas las paredes ante las cuales no puedes hacer nada salvo apoyar la frente contra ellas y escuchar lo que hay al otro lado, o imaginarlo.

Yo imaginaba. Era un hábito nuevo, propio de aquella época; antes no imaginaba cosas que desconocía. Tenía una mente que prefería la precisión y que se sentía cómoda con el vacío dejado por la información ausente, un vacío limpio, delimitado, manejable. Ahora el vacío ya no estaba limpio. El vacío tenía la forma de Radu y la forma del 40 % de algo cuya existencia jamás había conocido, y aquel vacío combinado era mayor que la suma de sus partes y no se dejaba delimitar; se extendía en direcciones que yo no había previsto, invadía cosas que no esperaba, se sentaba a la mesa del desayuno en su silla, recorría su habitación y estaba en el susurro del papel cuando el aire entraba por la ventana que ahora dejaba siempre entreabierta.

Regresé al Centro sin que me hubieran citado. El joven no estaba de guardia, había otra persona, una mujer mayor con anteojos, y le expliqué que quería comprender mejor qué era un segmento Theta-4, que quería saber cómo se manifestaba, que quería saber qué veía mi hijo que yo no veía. Dijo que no existía una forma directa de acceder a la percepción de otra persona, que la red mnémica era un sistema distribuido y no un sistema de grabación, que no existía en ninguna parte un archivo de Radu que yo pudiera abrir. Dije que lo sabía, que no estaba pidiendo eso. Le pedí que me explicara cómo funcionaba el segmento en quienes lo poseían de manera más completa. Sacó varios estudios y los leímos juntas, en su despacho, durante casi dos horas, y por los estudios comprendí que las personas con concentraciones más elevadas de Theta-4 obtenían mejores resultados al orientarse en espacios desconocidos, al reconocer estructuras repetitivas en grandes conjuntos de datos visuales y en determinados tipos de matemática aplicada. Que no era una capacidad específica que se tiene o no se tiene, sino un gradiente, una sutileza de la percepción, y que su pérdida era lenta y casi imperceptible a escala individual, como la pérdida de la visión periférica a lo largo de generaciones, y que, al igual que sucede con la visión periférica, no sabes que falta hasta que la necesitas y no está allí.

Salí del Centro aquella tarde, me detuve en la acera, miré la calle que tenía delante e intenté ver lo que veía Radu. Era un ejercicio estúpido y lo sabía. La calle era una calle, los edificios eran edificios, la geometría del espacio era la misma geometría del espacio que veía todos los días, nada había sucedido con mi percepción, no era yo quien había perdido algo; mi especie había perdido algo, allá en el futuro, en personas que todavía no habían nacido y que se orientarían por espacios y leerían datos visuales con un 40 % menos de cierta sutileza de la mirada y no sabrían que eso les estaba sucediendo porque nunca habrían conocido otra cosa.

Pensé en Radu atravesando el patio de la escuela aquel primer septiembre, sin haber estado nunca allí, orientándose con una facilidad que yo había atribuido a su valentía y que tal vez fuera valentía, pero quizá también fuera otra cosa, un sentido de la estructura del espacio más fino que el mío, heredado de quién sabe quién y transmitido desde quién sabe quién y detenido en octubre por una causa médica que recordaba y olvidaba a intervalos regulares. Pensé que, además de todo lo que sabía que había perdido –la voz, la presencia, las manos, aquella particular mañana de domingo en que venía a mi cama a las siete y me despertaba llamándome–, había perdido también algo cuya existencia ignoraba, algo que nunca había visto porque él no sabía que fuera extraordinario y yo no sabía que estaba allí, una capa de su mirada que mis ojos habían contemplado sin reconocerla.

Y ahora ya no estaba en ninguna parte.

Volví a casa caminando, otra vez por el mismo trayecto, junto a su escuela, y esta vez me detuve ante la verja y miré el patio. Estaba desierto, ya habían terminado las clases, y la luz de octubre caía sobre el asfalto con ese ángulo particular de las últimas horas de la tarde y hacía que el patio pareciera más grande de lo que era, o más pequeño, no estaba segura; había algo en la perspectiva que no era como yo esperaba y no sabía si siempre había sido así y nunca me había dado cuenta o si ahora percibía de manera diferente, sabiendo que existía una forma de ver aquello a la que jamás tendría pleno acceso.

No hay nada que hacer.

Me quedé junto a la verja hasta que oscureció, después volví a casa y abrí la ventana de la habitación de Radu; dejé que entrara el aire y moviera los papeles del escritorio, los dibujos de naves y del bichón que nunca le compré, y pensé que quizá en aquellos dibujos hubiera algo de su segmento, una geometría particular, una relación entre formas que él veía de manera natural y que había plasmado sin saber que la estaba plasmando, y quizá estuviera allí y yo no pudiera leerla y quizá no hubiera nada y solo fuera el dibujo de un niño de diez años que quería un perro y no llegó a tenerlo.

Al día siguiente llamé al Instituto y pregunté si existía alguna manera de catalogar la obra visual de un niño fallecido como posible reservorio mnémico, y la mujer que respondió dijo que transmitiría la pregunta al departamento de investigación y que alguien se pondría en contacto conmigo. Nadie lo hizo. Esperé dos semanas y después dejé de esperar y tomé los dibujos de Radu y los guardé en una carpeta y puse la carpeta en el estante de su habitación y pensé que estarían allí si alguna vez aparecía alguien con un método, y que, si no aparecía nadie, estarían allí de todos modos y eso era suficiente. O no era suficiente, pero era lo que tenía.

Por las mañanas escucho el agua en las tuberías. El vecino de arriba tiene un horario fijo que he aprendido, y en su rutina hay una regularidad que resulta reconfortante precisamente porque no tiene ninguna relación conmigo; el agua corre y se detiene independientemente de lo que yo haga, independientemente de cuántas páginas lea o deje de leer, independientemente de que la ventana esté abierta o cerrada. A veces pienso que la memoria colectiva funciona de una manera parecida, que existe un flujo que continúa independientemente de lo que se pierda, que el 40 % de un segmento Theta-4 es una pérdida real y documentada y que el flujo continúa, que la especie sigue adelante con lo que queda y con lo que nace y que, dentro de unas generaciones, quizá ya no se oriente tan bien en espacios desconocidos y quizá lo compense con otra cosa y quizá ni siquiera sepa que lo está compensando.

Pienso que Radu no sabía que llevaba dentro algo que no era suyo, algo distribuido, algo que venía de lejos y que debería haber seguido adelante. Pienso que él solo sabía que quería un perro, que las matemáticas eran interesantes, que su padre a veces estaba allí y a veces no estaba allí de verdad, que esas eran las coordenadas de su mundo y que, dentro de esas coordenadas, él estaba completo; nodo completo o incompleto, como quisiera clasificarlo alguien, él estaba completo.

El grifo de arriba se cierra. Llega el silencio y, en medio del silencio, me levanto y voy a la cocina, preparo café y me siento a la mesa y miro la silla de Radu, y a la luz de la mañana veo sobre la superficie de la silla, en la textura de la madera, un patrón que no había observado antes, o que había observado y olvidado, una serie de líneas paralelas ligeramente curvas que convergen en un punto de la esquina inferior derecha y se extienden hacia los bordes, y permanezco sentada contemplando ese patrón y no sé si lo veo porque está allí o porque ahora sé que deben de existir formas de ver que no domino y mi mente intenta simularlas, llenar el vacío con algo, con cualquier cosa, con líneas en la madera y con la geometría del patio de la escuela bajo la luz de octubre y con la perspectiva de una calle normal que no es como yo esperaba.

No sé si veo más o si imagino que veo más o si ambas cosas son lo mismo. Bebo el café y miro la silla y dejo que la pregunta permanezca allí, sin resolver, en esta mañana y en todas las mañanas que vendrán.

Gabriel Chiriac se graduó en la Facultad de Teología Ortodoxa "Dumitru Stăniloae" de la Universidad "Al. I. Cuza" (Departamento de Arte Sacro) de Iași, con una especialización en libro-documento y una maestría en la misma área. Es restaurador experto de madera en el Centro de Investigación y Conservación-Restauración del Patrimonio Cultural del Complejo del Museo Nacional "Moldova" en Iași. Asimismo, es experto acreditado por el Ministerio de Cultura en la conservación del patrimonio cultural nacional y en la conservación-restauración de la madera de monumentos arquitectónicos populares. Debutó como autor en 2009 en la editorial Junimea de Iași con la novela histórica «Invierno con copos de nieve sangrientos» (reeditada en 2020 por la editorial SedCom Libris de Iași), seguida de otras dos novelas de temática histórica: «El león alado» (Junimea, 2011) y «Niebla roja en Crimea» (Junimea, 2014). En 2024, también en la editorial Junimea, publicó el poemario «Kerouac Blues». Ha publicado poesía y prosa breve en Planeta Babel, Rexpublica, Meridianul Timișoara, Lettres Capitales, O mie de semne, Noise Poetry, Helis, Zugzwang y Ficțiunea.

 

LA ZAREVNA