viernes, 16 de octubre de 2026

EL CAMINO DE LOS HONGOS

Patricio Ramos Gatti

 

Fue en el año 1973, después de una lluvia que duró nueve días, que empezaron a aparecer hongos en la ladera del cerro, pasando Horco Molle.

No eran hongos como los que conocía la gente de la zona.

Los primeros aparecieron cerca de una acequia, detrás de una de las ultimas casas de la zona. Tenían el tamaño de una moneda y un color grisáceo. Nadie les prestó demasiada atención. En Tucumán, después de varios días de lluvia, la tierra suele inventar cosas.

A los tres días habían crecido hasta alcanzar la altura de una silla.

A la semana, algunos pasaban los dos metros.

Y al mes ya había uno, enorme, detrás del viejo camino que subía hacia las lomas, cuya copa podía cubrir a seis hombres parados juntos.

La gente comenzó a llamarlos “los paraguas”. El nombre quedó.

No porque se parecieran demasiado a los paraguas, sino porque nadie sabía cómo llamarlos y porque, cuando llovía, debajo de ellos uno permanecía completamente seco.

El primero que se metió debajo de uno fue un hombre llamado Anselmo Ferreyra.

Tenía cincuenta y nueve años, había trabajado durante casi toda su vida en los talleres ferroviarios y vivía con su mujer, Eulalia, en una casa chica de dos habitaciones, a pocas cuadras de la estación.

Anselmo era un hombre de pocas palabras. No porque fuera hosco. Simplemente le parecía que la mayoría de las cosas podían resolverse sin hablar.

Durante treinta y cinco años había llegado a su trabajo a la misma hora, tomado el mismo mate cocido, usado las mismas herramientas y regresado a su casa por el mismo camino. Conocía el ruido de cada tren. Podía distinguir, por el sonido, si una máquina venía cargada o vacía. Sabía cuándo iba a llover por el olor de los durmientes.

Y sabía que los perros de la estación ladraban antes de que apareciera un tren, aunque todavía no se escuchara.

Eulalia decía que Anselmo tenía oído para cosas que los demás no escuchaban. Él nunca lo negó. Tampoco lo confirmó.

En marzo de aquel año, una tarde en que la lluvia había empezado antes del mediodía, Anselmo salió de la casa para buscar a su perro.

El perro se llamaba Moro. Era negro, pequeño, de patas cortas y orejas desparejas.

No era un perro particularmente inteligente, pero había acompañado a Anselmo durante doce años y eso, para él, alcanzaba. Moro solía esperarlo frente a la estación. Aquella tarde no estaba.

Anselmo preguntó en el kiosco. Nadie lo había visto. Preguntó en el taller. Tampoco.

Entonces subió por el camino de tierra que bordeaba las primeras lomas. La lluvia le empapó el sombrero. A los diez minutos encontró al perro. Moro estaba sentado debajo de uno de aquellos hongos gigantes.

Anselmo se quedó mirándolo desde el camino. El perro parecía tranquilo.

—Moro.

El animal levantó la cabeza. No salió. Anselmo se acercó. Debajo del hongo no llovía. El suelo estaba seco. No había una gota. Anselmo se quitó el sombrero y miró hacia arriba. La copa era enorme, gris, cubierta de pequeñas manchas oscuras. Parecía una piedra viva. Tocó el tallo. Estaba tibio. Retiró la mano.

Moro se levantó y se acercó a él.

—Vamos.

El perro no se movió. Anselmo volvió a llamarlo. Entonces escuchó algo. Un ruido muy leve. Como alguien respirando. Miró alrededor. No había nadie. El ruido volvió. No era del monte. Venía del hongo.

Anselmo tomó al perro del lomo y salió de debajo de la copa.

No volvió a hablar del asunto.

Esa noche, Eulalia le preguntó dónde había estado.

—Buscando al Moro.

—¿Y?

—Lo encontré.

—¿Dónde?

Anselmo tardó unos segundos.

—Arriba.

Eulalia lo miró.

—¿Arriba dónde?

—En el cerro.

No dijo nada más.

Durante los días siguientes, siguió lloviendo. Los hongos crecieron. Algunos alcanzaron una altura de cinco o seis metros. Otros nacieron en lugares donde nunca había crecido nada: al costado de los caminos, detrás de las casas, en patios, entre las vías. Uno apareció en el patio de la escuela. Otro, detrás de la parroquia. Uno más creció en el terreno baldío donde los chicos jugaban a la pelota.

La intendenta mandó gente para arrancarlos. No pudieron. Los cortaban y a la mañana siguiente, aparecían otra vez. Un hombre llegó a quemar uno. Al día siguiente encontró el hongo intacto y las cenizas de su propio galpón alrededor.

La gente empezó a tener miedo. No un miedo grande. Todavía no. Era ese miedo pequeño que se mete en las conversaciones y hace que todos bajen la voz. Algunos decían que venían del cerro. Otros aseguraban que habían aparecido después de una explosión en una cantera. Un viejo del barrio dijo que eran señales. Nadie le preguntó de qué.

Por las noches comenzaron a verse luces entre los hongos. Pequeñas luces amarillas. Como velas. Anselmo las vio una vez desde la ventana. Eulalia dormía. Moro estaba acostado junto a la puerta. Anselmo permaneció mirando el cerro durante mucho tiempo. Las luces aparecían y desaparecían. No parecían moverse. Simplemente estaban allí.

Al día siguiente, cuando volvió del trabajo, encontró a Eulalia llorando.

—¿Qué pasó?

Ella le mostró una fotografía. Era una fotografía vieja. En ella aparecían Eulalia y su hermana menor, Mercedes. Habían sido tomadas frente a una casa de campo. Mercedes tenía diecisiete años. Eulalia, veinte. Anselmo conocía aquella fotografía. Pero había algo que no había visto nunca. Detrás de las dos mujeres, al fondo del patio, había un hongo. Pequeño. Apenas visible.

—¿De cuándo es? —Eulalia no respondió—. ¿De cuándo es, Eulalia?

—De antes de que desapareciera Mercedes.

Anselmo dejó la fotografía sobre la mesa. Mercedes había desaparecido en 1946. Nunca encontraron el cuerpo. Durante años se había pensado que se había ido con un hombre. Después se dijo que había cruzado la frontera. Finalmente nadie volvió a hablar de ella. Pero Eulalia nunca había aceptado ninguna de aquellas explicaciones.

—Mi hermana decía que escuchaba voces en el monte —dijo.

Anselmo la miró.

—Nunca me contaste eso.

—Porque no quería que pensaras que estaba loca.

—¿Qué voces?

Eulalia se secó la cara.

—Decía que la llamaban por su nombre.

Esa noche Anselmo no durmió. A las tres de la mañana se levantó. Moro estaba junto a la puerta. El perro miraba hacia afuera. Anselmo abrió. El aire estaba quieto. No llovía. En el cerro, las luces habían vuelto. Pero ahora estaban más cerca. No eran muchas. Eran unas cuatro. Después cinco. Después seis.

Anselmo tomó el farol. Moro salió primero.

—No.

El perro siguió caminando.

—Moro.

El animal se detuvo. Por un instante, Anselmo creyó escuchar algo detrás de él. Una voz. Muy baja. Dijo su nombre. Anselmo se dio vuelta. No había nadie. Entonces volvió a escucharla.

—Anselmo.

La voz venía del cerro. No era una voz desconocida. Era la voz de Mercedes.

Anselmo nunca había hablado con ella más de tres o cuatro veces. Pero Eulalia había guardado durante años una grabación en la que Mercedes cantaba una canción asturiana durante una fiesta familiar. Anselmo había escuchado esa grabación una sola vez. La voz era la misma.

Entró a la casa. Cerró la puerta. No le contó nada a Eulalia. A la mañana siguiente, el perro había desaparecido. Durante tres días lo buscaron. Nada. El cuarto día, Anselmo encontró sus huellas en el barro. Las huellas subían hacia el cerro. No regresaban.

Eulalia quiso acompañarlo. Anselmo se negó.

—¿Por qué?

—Porque voy a buscar un perro.

—Es mi perro también.

—No sabés qué hay ahí.

Eulalia lo miró.

—Vos tampoco.

Anselmo no respondió. Salió. Llevaba un saco oscuro, un sombrero y un bastón que había pertenecido a su padre. Subió solo. Los hongos eran cada vez más grandes. Algunos tenían copas de diez metros. El paisaje había cambiado. Los árboles parecían pequeños. El camino había desaparecido debajo de una vegetación extraña, húmeda y silenciosa. No se escuchaban pájaros. Tampoco insectos. Solo el ruido de sus propios pasos.

Después de una hora encontró a Moro. El perro estaba sentado frente a un hongo gigantesco. Anselmo lo llamó. Moro se levantó. Pero no regresó. Se quedó mirando hacia adelante. Anselmo siguió la dirección de sus ojos.

Entre dos hongos había una mujer. Era joven. Vestía un vestido claro. Tenía el pelo largo. Anselmo no podía verle bien la cara. La mujer levantó una mano.

—Anselmo.

Él dejó caer el bastón.

—¿Mercedes?

La mujer sonrió. Entonces Anselmo vio que no era Mercedes. Era Eulalia. Pero tenía veinte años. La misma cara de la fotografía. El mismo vestido. La misma forma de mirar.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó Anselmo.

La mujer no respondió. Detrás de ella había cientos de hongos. Y debajo de cada uno había alguien. Al principio Anselmo creyó que eran personas. Después entendió que no. Eran recuerdos. Un hombre joven sentado junto a una bicicleta. Una mujer con un vestido de fiesta. Un chico jugando con una pelota. Un anciano fumando. Una muchacha leyendo una carta. Todos estaban quietos. Todos parecían estar esperando. Y todos tenían algo que Anselmo reconocía. Eran momentos. Pedazos de vidas.

La mujer que parecía Eulalia se acercó.

—Ella está acá.

—¿Mercedes?

La mujer señaló uno de los hongos. Anselmo caminó hasta allí. Debajo había una muchacha. Tenía diecisiete años. Estaba sentada en el suelo. Era Mercedes, la hermana de Eulalia. No había envejecido un solo día.

Anselmo sintió que las piernas le temblaban. Mercedes levantó la cabeza.

—¿Eulalia está bien? —Él no pudo responder—. ¿Está viva? —Anselmo asintió. Mercedes sonrió—. Entonces todavía puedo volver. —Anselmo retrocedió.

—¿Qué es este lugar?

Mercedes miró alrededor.

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo llevás acá?

Ella pensó.

—Una tarde.

Anselmo cerró los ojos.

—Hace veintidós años.

Mercedes frunció el ceño.

—No.

—Sí.

—No puede ser.

—Eulalia tiene cuarenta y dos.

Mercedes comenzó a llorar. Por primera vez, el paisaje pareció moverse. Los hongos respiraron. No fue una metáfora. Anselmo vio cómo las copas se levantaban apenas, como si algo debajo de la tierra estuviera tomando aire. Entonces escuchó muchas voces. Todas juntas. Algunas conocidas. Otras no. Una de ellas dijo:

—Quédense.

Anselmo tomó a Mercedes del brazo.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—Porque Eulalia te está esperando.

Mercedes lo miró.

—¿Y vos?

Anselmo no entendió.

—¿Qué?

—¿Quién te está esperando a vos?

No supo qué responder. En ese momento vio algo debajo de otro hongo. Era él mismo. Más joven. Tenía treinta años. Estaba sentado junto a Eulalia en una plaza. Los dos reían. Anselmo se acercó. Su propia imagen levantó la cabeza. Lo miró. Y sonrió.

Anselmo sintió un frío que no venía del aire.

—No mires —dijo Mercedes.

Pero ya era tarde. Debajo de otros hongos aparecieron escenas. Anselmo con su padre. Anselmo niño. Anselmo entrando por primera vez al taller. Anselmo y Eulalia bailando. Anselmo junto a una mujer que no era Eulalia. Anselmo solo. Anselmo viejo. Anselmo muerto. La última imagen era la de su propia casa. Eulalia estaba sentada junto a una ventana. Esperaba. Siempre esperaba.

Anselmo creyó entender entonces qué eran aquellos hongos. No guardaban muertos. Guardaban lo que las personas habían dejado atrás. Cada miedo. Cada deseo. Cada tarde que nadie recordaba. Cada persona que había desaparecido. Cada vida que pudo haber sido. Y cuanto más tiempo permanecía uno allí, más cosas encontraba. Hasta que ya no recordaba cuál era la verdadera.

—Vámonos —dijo.

Mercedes lo siguió. Caminaron. Los hongos parecían moverse alrededor de ellos. A veces Anselmo escuchaba a su padre llamándolo. A veces a su madre. Una vez escuchó la voz de Eulalia. No se dio vuelta. Siguieron caminando. Después de mucho tiempo apareció la luz del camino. Anselmo salió primero. Mercedes detrás. Moro corrió hacia ellos.

Abajo, en la casa, Eulalia estaba esperando. Cuando vio a Mercedes, no gritó. No lloró. Simplemente caminó hacia ella. Las dos hermanas se abrazaron. Anselmo se quedó a unos metros. Por primera vez en muchos años sintió que no había nada que decir.

La historia de Mercedes se conoció en el pueblo. Durante un tiempo llegaron periodistas. Después médicos. Después curiosos. Mercedes no quiso hablar. Decía solamente que había estado una tarde en el monte. Los médicos dijeron que estaba desorientada. Algunos vecinos dijeron que era imposible. La gente terminó aceptándolo como acepta casi todo en Tucumán: primero con asombro, después con comentarios y finalmente con silencio.

Los hongos comenzaron a desaparecer. Uno por uno. A mediados del invierno ya no quedaba ninguno. El último fue el más grande. Estaba detrás de la casa de Anselmo. Una mañana desapareció. Sin ruido. Sin dejar raíces. Solo quedó un círculo de tierra negra.

Anselmo nunca volvió a subir al cerro. Mercedes regresó a vivir con Eulalia. Durante algunos años fue una mujer silenciosa. Después empezó a trabajar en una escuela. Aprendió a manejar. Se casó. Tuvo dos hijos. Y envejeció. A veces, sin embargo, se quedaba mirando un punto fijo de la habitación. Eulalia le preguntaba qué veía. Mercedes respondía:

—Nada.

Anselmo murió en 1981.

Poco antes de morir llamó a Eulalia.

—Hay que tener cuidado.

—¿Con qué?

—Con los lugares donde uno recuerda demasiado.

Eulalia sonrió.

—Estás delirando.

—No. —Miró hacia la ventana—. Los hongos vuelven cuando uno los llama.

Eulalia no entendió. Tampoco preguntó. Anselmo murió esa misma noche.

Pasaron los años. El barrio cambió. Desaparecieron algunas casas. La estación dejó de tener la actividad de antes. La gente olvidó la historia.

En 2003, durante una temporada de lluvias particularmente intensa, un niño encontró un pequeño hongo detrás de la vieja estación. Se lo mostró a su madre. Ella le dijo que no lo tocara. Al día siguiente había crecido. A los tres días tenía casi un metro. Una semana después ya cubría una parte del terreno.

El niño volvió con sus amigos. Se metieron debajo. Encontraron el suelo seco. Y encontraron algo más. Un hombre estaba sentado allí. Llevaba un saco oscuro. Un sombrero. Y tenía un bastón apoyado entre las piernas. El hombre los miró. Parecía cansado. Pero sonreía.

—¿Quién sos? —preguntó uno de los chicos.

El hombre no respondió. Miró hacia el camino. Esperó unos segundos. Después dijo:

—Estoy esperando a mi mujer.

Los chicos salieron corriendo. La noticia llegó hasta la casa de Mercedes. Ella tenía entonces setenta y cuatro años.

Cuando escuchó lo que había ocurrido, se quedó inmóvil.

—¿Cómo era? —preguntó.

El chico que había visto al hombre describió el saco, el sombrero, el bastón.

Mercedes cerró los ojos.

—¿Tenía barba?

—Un poco.

—¿Y el perro?

El chico levantó la cabeza.

—Había un perro.

Mercedes no dijo nada más. Esa noche caminó hasta la vieja estación. Llovía. El hongo había crecido en pocas horas hasta alcanzar una altura imposible. Mercedes se detuvo frente a él. No entró. Desde adentro llegó una voz.

—Mercedes. —Ella reconoció la voz. No era la de Anselmo. Era la de Eulalia. Su hermana había muerto hacía once años. Mercedes permaneció bajo la lluvia. No se movió. La voz volvió a llamarla—. Mercedes.

Ahí entendió algo que Anselmo nunca había alcanzado a ver. Los hongos no guardaban el pasado. Guardaban a quienes todavía tenían ganas de volver.

Mercedes se acercó un paso. Después otro. Y antes de entrar, miró hacia la ciudad. Las luces de la ciudad temblaban a lo lejos. Por un instante le pareció que entre las casas empezaban a aparecer otras luces. Pequeñas. Amarillas. Como velas. O como ventanas abiertas. O como ojos esperando que alguien regresara.

Mercedes levantó una mano.

Y entró.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

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