Ruben De Baerdemaeker
La primera vez que
vi unos de esos fue en un restaurante. Hay personas que llevan allí a sus
hijos, algo que nunca he comprendido: inevitablemente acaba siendo frustrante
para todas las partes y es la mejor manera de arruinarles a todos una velada
que podría haber sido agradable y civilizada.
Pero esta vez no sucedió. Una
pareja de padres jóvenes entró con su hijo de cuatro años, una pelota
saltarina, y eligió la mesa contigua a la nuestra. Suspiré profundamente y
consideré la posibilidad de marcharme, aunque acabábamos de pedir y veía que la
camarera se acercaba con las bebidas. Los padres –agotados y estresados, como
suele ocurrir con esa clase de personas– dejaron caer en una silla al niño, que
protestaba, y le pusieron unos auriculares demasiado grandes para su cabeza.
El pequeño dejó de lloriquear de
inmediato. Incluso dejó de moverse. Tenía los ojos abiertos, pero miraba
fijamente al frente sin emitir un sonido. Sus padres intercambiaron una mirada
de alivio y complicidad, se desplomaron también en sus sillas y abrieron la
carta. Cuando llegaron sus platos –y una ración infantil de albóndigas con
salsa de tomate–, le quitaron los auriculares al niño, que se abalanzó de
inmediato sobre las papas fritas. Cinco minutos después volvieron a ponérselos,
el niño quedó inmóvil, le limpiaron la salsa de tomate de las mejillas y
continuaron tranquilamente con su cena.
Al salir, me acerqué un momento a
la pareja y la felicité por su hijo ejemplar, que seguía mirando al frente en
un estado catatónico.
—Ay, señor, es pura energía, pero
estos auriculares con cancelación mental son un regalo del cielo —dijo la
mujer—. En realidad, no son para niños, pero se los recomiendo a cualquiera.
Su equivocación me pareció graciosa
y les deseé que terminaran de pasar una buena noche.
También los había en el tren. Dos
hombres, cada uno por su cuenta, entraron en el vagón con la multitud y sacaron
unos auriculares como por arte de magia. Reconocí el logotipo: una H y una C
entrelazadas. Se sentaron junto a otros pasajeros, se pusieron el aparato y
quedaron inmóviles. Miraban fijamente al frente, no hablaban, no movían un
músculo y volvían a la vida con una pequeña sacudida justo antes de que el tren
entrara en la estación, como si hubiera sonado un despertador interno. Uno de
ellos se puso unas gotas en los ojos antes de bajar.
La explicación llegó cuando
necesité una bolsa para la aspiradora. Uno nunca tiene esas cosas en casa y no
las venden en el supermercado, así que no me quedó más remedio que ir a la
tienda de electrodomésticos. Y allí volví a verlos, con un gran cartel encima:
«¡Novedad! Auriculares HC. ¡Se acabaron los quebraderos de cabeza!».
Procuré no parecer demasiado
interesado cuando le pregunté al vendedor:
—¿Cómo funcionan esos auriculares
nuevos? Parece que se están poniendo de moda…
—¿De moda, señor? Apenas damos
abasto con la demanda. Además, son un producto fantástico, con una excelente
relación entre calidad y precio. Ya están circulando las primeras imitaciones,
pero yo tendría cuidado con ellas.
—Sí, sí, pero ¿qué hacen?
—Bueno, señor, supongo que conoce
el principio de la cancelación de ruido.
Me miró como si supiera
perfectamente que yo no lo conocía.
—Consiste en invertir una onda
sonora. Es decir: los auriculares producen una onda exactamente opuesta al
sonido del entorno. Las dos ondas se anulan entre sí. Resultado: silencio. ¿Lo
entiende?
Asentí.
—Sí, sí, lo conozco. Yo también
tengo unos auriculares de esos. Ya no podría vivir sin ellos.
Me habían regalado aquellos
auriculares por mi cumpleaños, hacía unos años. Los viajes al trabajo se
volvieron mucho más agradables. Además, la gente te molesta menos cuando llevas
uno de esos aparatos en la cabeza. Casi nunca escuchaba música; con un poco de
paz y silencio me bastaba.
—Bueno, la actividad de su cerebro
también consiste en ondas. La cancelación mental funciona, por tanto, igual que
la cancelación de ruido: registra los impulsos eléctricos de su cerebro y
genera una onda negativa que los anula. Al mismo tiempo, los auriculares
producen un agradable ruido blanco para neutralizar los estímulos externos.
Resultado: una tranquilidad absoluta en su cabeza.
—O sea que, en realidad, el cerebro
se detiene.
—Bueno, nunca al cien por ciento,
pero HC ya alcanza un noventa y ocho por ciento de silencio cerebral. Es
impresionante para un producto nuevo.
—¿Y cómo vuelve uno a despertarse?
—Despertarse no es exactamente la
palabra, porque tampoco se queda dormido: simplemente se apaga durante un rato.
O se pone en modo de espera, mejor dicho. Hay un temporizador en la aplicación
y, cuando se cumple el tiempo, deja de inhibirse la actividad cerebral y usted
vuelve a encenderse por sí solo. O cuando alguien le quita los auriculares, por
supuesto; no hay ningún peligro. ¡Si fuera peligroso, no estaría permitida su
venta! ¿Le gustaría probarlos?
Me tendió unos auriculares, que
rechacé con un gesto.
—No, gracias. Solo tengo una cabeza
y prefiero conservarla un poco más.
—No se preocupe, señor. Hasta los
médicos los recetan. La desconexión mental es la última tendencia. ¿Seguro que
no quiere probarlos un momento?
—Por ahora no, gracias. Lo pensaré
un poco más.
—Por supuesto, pero, si se le
quitan las ganas de pensar, ¡no dude en volver!
Salí de la tienda con una provisión
de bolsas para la aspiradora.
La primera «zombi» que vi con mis
propios ojos estaba sentada en una parada de autobús. Por la mañana esperaba
allí –con los auriculares puestos, por supuesto– cuando pasé apresuradamente
hacia el andén del tren, y por la tarde, al regresar, seguía en el mismo lugar.
Varias personas se habían congregado a su alrededor y, al parecer, alguien
acababa de llamar a emergencias.
Le habían quitado los auriculares,
pero no había vuelto a despertarse. O a activarse, o a «encenderse», o como
hubiera que llamarlo. Los paramédicos no parecían impresionados.
—Ya es la cuarta de esta tarde.
Subámosla; veremos qué pasa.
Aparecían «zombis» aquí y allá, se
los llevaban en ambulancia, los titulares ponían el grito en el cielo, los
artículos de opinión anunciaban el fin de los tiempos y los políticos prometían
tomar medidas. Todo perfectamente previsible, por lo tanto, y nadie le prestaba
demasiada atención. La mayoría de los zombis volvía a activarse al cabo de unos
días, según leí en el periódico. Con otros se tardaba un poco más, o todavía no
se conseguía restablecer la actividad de sus ondas cerebrales. Pero ¿quién podía
afirmar que la culpa fuera realmente de los auriculares?
HC, la empresa que los fabricaba,
insistía en que su producto no causaba daños, aunque, por supuesto, era
importante usarlo de manera responsable. Eso también figuraba en la letra
pequeña de sus anuncios. Algunas celebridades admitían en entrevistas que de
vez en cuando disfrutaban de «media horita de desconexión total» o incluso de
unas «vacaciones cerebrales» de uno o dos días.
Cuando fotografiaron al primer
ministro detrás de su imponente escritorio con unos HC en la cabeza y los ojos
muy abiertos, aquello también dio tema para las noticias durante un día. Nada
más. Entretanto, en el tren ya había más pasajeros con HC que sin ellos. Se
viajaba con más tranquilidad que antes, pero yo no terminaba de sentirme
cómodo.
—No puede haber gastado ya todas
esas bolsas para la aspiradora, ¿verdad, señor? Creo que me imagino a qué
viene. ¡Qué suerte: acabamos de rebajarlos!
En el expositor de HC había una
gran pegatina: «¡Tampoco se preocupe por el precio! ¡Desconexión mental para
todos!».
—Lo he pensado un poco más —dije—. Y me ha resultado muy molesto. Deme unos negros comunes, por favor.

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