Kenji Albani
El momento de
practicar tiro al blanco había terminado; había llegado el de combatir. Ya no
el campo de tiro, sino el campo de batalla. Y en lugar de las siluetas que
había que acribillar, el enemigo.
Croc empuñaba el fusil modelo CF54,
con munición de 9 grammitros ácidos. CF… Cocodrilo Fusil, pero Croc debía
evitar perderse en pensamientos sobre los detalles de las armas. Hacía poco
había salido del cuartel a bordo del blindado anfibio modelo Lince Escamoso y
vigilaba el exterior.
—He avistado al enemigo —declaró
por el intercomunicador el artillero de la torreta.
Por lo que veía Croc, el compañero
apostado en la torreta se movía como si esbozara un baile. Croc le veía la
parte inferior del cuerpo; la mitad superior sobresalía del Lince Escamoso, y
todos a bordo sabían que, en poco tiempo, comenzaría la danza.
Una danza que allí significaba
disparar, matar, también morir o quedar mutilado.
Croc haría todo lo posible por
dejar bien alto el honor de los Cocodrilos Futurísticos, además de sobrevivir y
salvarles la vida a sus camaradas. Por último, aunque no por ello menos
importante, sino todo lo contrario, un asunto prioritario: el cristal de
telaraña.
La columna de Linces Escamosos
avanzaba por el pantano de aquella región del planeta Baryonix, y de entre los
árboles violetas, cuyo color se debía a que se alimentaban de amoníaco, surgió
un rugido colectivo.
Los Primitivos.
Los Cocodrilos Primitivos salieron
de la selva en penumbra con azagayas, arcos y flechas, hachas de sílex, y se
lanzaron hacia la columna blindada.
Un instante…
Dos…
Tres…
—¡Fuego! ¡Fuegofuegofuego…! —gritó
el combatalión por el intercomunicador; el artillero del Lince Escamoso de Croc
no había sido el único en avistar a los enemigos, y Croc introdujo el
apagallamas del CF54 en la tronera, metió la primera bala en la recámara,
apuntó y empezó a apretar el gatillo: pocos disparos, ráfagas cortas, mientras
movía el fusil como si fuera el artillero de un tanque modelo Reptil Titánico o
de un buque de la marina futurística.
Croc seguía siendo un soldado de
infantería y debía preocuparse por enfrentar a los Primitivos, el pueblo primo
de los Futurísticos que les disputaba el dominio de Baryonix.
A Croc le pareció haber acertado a
algunos de aquellos trogloditas. Se había limitado a disparar al montón; a
veces era fácil matarlos o herirlos, de todos modos mortalmente. A los
Primitivos no les importaba morir, no tenían conciencia. Los Futurísticos los despreciaban
porque, mientras ellos vivían en ciudades ultramodernas con todas las
comodidades, los Primitivos poblaban aldeas perdidas entre ciénagas y bosques,
llevaban una existencia breve, rudimentaria y sin derechos… pero profesaban la
misma religión animista que los Futurísticos. El comandante de la base siempre
decía: Nosotros, los Futurísticos, y ellos, los Primitivos, somos las caras
de una misma moneda. Ahora Croc les hacía sentir a los Primitivos el peso
de la cara futurística.
Dejó de reflexionar y prestó más
atención, porque la oleada de Primitivos no era solo la del agua que agitaban y
empujaban hacia adelante: ellos mismos eran una oleada de escamas y armas; las
primeras flechas ya golpeaban los Linces Escamosos. La única esperanza era que
la columna blindada se mantuviera en movimiento, que continuara el viaje; si se
detenían, estarían en problemas.
Tal como Croc había temido, la
columna de vehículos detuvo la marcha, y ahora los Primitivos estaban cada vez
más cerca.
Arriba, el artillero disparaba y
continuaba la danza; todos disparaban con los CF54, mientras la radio
crepitaba:
—Hay una pila de troncos.
Necesitamos el lanzácido para eliminar el bloqueo.
El ejército futurístico había
desarrollado el lanzácido modelo Dragón 25; se hablaba de un prototipo, el
Dragón 26, que tenía mayor alcance y un depósito triple de mayor capacidad;
todavía no se había concretado nada.
El caso era que los Dragones 25
estaban más atrás: Croc había visto a los encargados del almacén cargar las
armas en el penúltimo Lince Escamoso. Y ahora estamos en problemas.
Los Primitivos llegaron hasta el
blindaje lateral, y de nada sirvió la coraza reactiva, basada en la tecnología
de los primos Darganianos. Aunque la presión hizo estallar los bloques
explosivos, los Primitivos seguían siendo tantos que, pese a las bajas y a la
sangre que había enrojecido el agua ya cenagosa, ignoraron a los muertos y
reanudaron su asalto en horda.
Croc tuvo que retroceder porque
algunas azagayas intentaban atravesarle la máscara blindada: los Primitivos las
habían introducido por la tronera e insistían, incluso hasta romperlas y
estorbarse entre sí. Entonces Croc se hizo a un lado, invirtió el CF54, lo
empuñó como un garrote y lo descargó de arriba abajo para quebrarlas todas.
Quedaron los trozos.
Pero ni pensar que los Primitivos
hubieran aprendido la lección. Insistieron y después llegaron otras azagayas,
mientras intentaban romper el blindaje con las hachas.
—¡Baja! ¡Baja o te matarán! —le
gritó al artillero el cabo responsable del vehículo.
El artillero danzaba y, cuando
estaba a punto de retirarse, cayó sentado, sin cabeza, o con lo poco que le
quedaba de ella, pues parecía que media docena de hachas de los Primitivos se
habían ocupado de aquella parte del cuerpo.
Un escalofrío recorrió el interior
del Lince Escamoso. Y no hacía falta ser un genio de la guerra como Magnus
Clausewitz para comprender que los enemigos habían trepado al techo del
vehículo.
Tal como habían supuesto, algunos
Primitivos, agitados como si un frenesí o un deseo de muerte y luto los
sacudiera desde el corazón hasta cada fibra del cuerpo, se introdujeron por la
escotilla abierta y cayeron sobre el cadáver del artillero.
El cabo echó mano a la
semiautomática Varano-Vorónezh 5-5, o VV5-5, y le disparó al cráneo del primer
adversario. El segundo, manchado por los fragmentos de cerebro que le habían
salpicado el hocico, gruñó como una fiera hambrienta. Es una fiera
hambrienta, pensó Croc mientras cerraba la escotilla, e intentó partirle el
casco al cabo.
También aquel ejemplar tuvo el
mismo final: un agujero entre los ojos y el cráneo destrozado.
—Bien hecho, Croc —dijo el cabo.
Croc asintió y, basta de elogios,
volvió a enfrentar a los Primitivos que se agolpaban; entonces oyó al cabo
gritar por la radio:
—Tenemos que salir de aquí o todos
acabaremos mal.
Todo por unas arañas, se
dijo Croc mientras enfrentaba a los Primitivos. Hay que retroceder un poco…
Un templo en las
afueras de Ciudad Grande. Propiedad de los Futurísticos. Los Primitivos
llevaban tiempo causando problemas. Los salvajes querían imponer su punto de
vista:
El templo es nuestro, somos
nosotros quienes tenemos derecho a profesar nuestra religión, no ustedes.
Los Futurísticos no estaban de
acuerdo y, cada vez con mayor frecuencia, había que enviar patrullas policiales
para mantener el orden público. Al cabo de un tiempo se decidió dejar una
guarnición. Al principio fueron policías, pero, al comprobar la magnitud del
peligro, el ejército sustituyó a la policía, y ya no hubo solo armas
semiautomáticas, sino armas automáticas pesadas como las Guivernas 19 y los
Kraken 24.
Croc había sido asignado a aquella
tarea. No regresaba a casa: se quedaba a dormir en el cuartel, que había sido
construido expresamente a un estadio de distancia del templo. Antes había unos
simples barracones; después intervino el cuerpo de ingenieros militares, que
levantó una serie de edificios.
La militarización del
territorio.
Aquel día, Croc pensaba relajarse. Es
mi derecho. Después de varios días de servicio, había llegado el permiso de
salida. Se estaba preparando cuando apareció el sargento.
—¿Qué haces? Ármate y equípate,
necesitamos a todos.
—Sargento…
—No discutas. Hay una alarma.
Croc había obedecido sin vacilar:
basta de polémicas.
En dos croninutos estaba listo para
enfrentar incluso una explosión hidronuclear.
En su fuero interno sabía que no se
trataría de una explosión hidronuclear ni piroatómica.
Son los Primitivos que causan
problemas, pensó. Como siempre.
Mientras subía a su Lince Escamoso,
se preguntó el motivo de la alarma. Una simple sección puede ocuparse de
estos patanes, ¿no?
Al llegar a las inmediaciones del
templo, comprendió por qué se había solicitado la intervención de una unidad
más potente.
Los Kraken 24 y las Guivernas 19 ya
descargaban su fuego contra una multitud de Primitivos que, como siempre, se
agolpaban sin importarles morir; cuando conseguían atrapar a un soldado
futurístico, el pobre tenía un final espantoso.
El Lince Escamoso se detuvo
derrapando, una llegada muy dinámica, y Croc se acomodó el casco con la visera
que le protegía el hocico; después bajó del blindado.
Los Primitivos los habían visto y
se lanzaron contra ellos con su sed de sangre; gruñían y emitían sonidos
animales.
Croc se sintió superior a ellos;
cuando los Primitivos intentaron golpearlo con sus hachas de sílex, reconsideró
su opinión:
Salvajes sedientos de mi sangre.
Disparó una ráfaga corta con el CF54.
Hirió a algunos, quizá mató a uno;
a los demás no les importó y continuaron con aquella locura colectiva.
—¡Agrúpense, rápido! —se oyó la voz
del sargento.
Croc intentó cumplir la orden, pero
no pudo porque un par de Primitivos se habían infiltrado en la formación
futurística y habían empezado a golpear a los cocodrilos con sus mazas.
Los defensores de la ciudad y de la
justicia no podían ceder ante aquella chusma de salvajes, y Croc intentó
conservar la razón. En lugar de disparar ráfagas sin control, que habrían
herido a sus compañeros, dio vuelta el CF54 y, empuñándolo como un arma blanca,
lo descargó sobre los Primitivos, que no llevaban protecciones.
Los garrotes de madera y las
hachas, también de madera pero con hojas de sílex, eran poca cosa frente a un
producto de la técnica y el ingenio de los Futurísticos, y muchos de aquellos
brutos acabaron con las escamas y los huesos rotos.
—¡Hagan como Croc, vamos! —se oyó
un grito. Debía ser el sargento.
Los otros soldados obedecieron y,
tomando a Croc como modelo, hicieron lo mismo. También ellos les hicieron mucho
daño a los Primitivos.
Ahora era evidente que el enemigo
estaba cansado de romperse las escamas y los huesos contra unos soldados tan
motivados; no pudieron más y se retiraron, dejando sobre el terreno una
alfombra de muertos y compañeros agonizantes. Según un cálculo a ojo de Croc,
los Futurísticos habían matado o herido a unos cincuenta enemigos a costa de
media docena de muertos; los heridos futurísticos eran evacuados en ambulancias
con orugas.
—Qué locura —murmuró Croc, al
parecer en voz demasiado alta, porque alguien comentó a sus espaldas:
—Lo has entendido todo, Croc,
¿verdad?
Croc se volvió y vio al sargento
frente a él.
—¡Oh! Yo, en realidad…
—No, no has entendido —el cocodrilo
sacudió la cabeza—. No has entendido que van a ascenderte a soldado de primera
clase. Después de un año estancado en segunda…
—Gracias, sargento.
—Pero sigues siendo un soldado
raso, y no se te exige que entiendas demasiado. Puede que yo llegue a oficial;
tú seguirás en la tropa —soltó una risita.
—Felicitaciones —se limitó a decir Croc
con la mirada baja y sin alegría.
El sargento siguió riendo.
—Los Primitivos querían lo que hay
en el templo, no el templo, igual que ocurre en otros lugares. No los templos,
sino lo que guardan.
Croc se habría rascado de buena
gana la parte superior de la cabeza. No podía: llevaba puesto el casco
protector.
—¿Y qué sería?
—No eres demasiado religioso, por
lo que recuerdo; consulté tu ficha hace unos días. Bueno, debes saber que
dentro de poco pondré remedio a tu ignorancia de soldaducho. Los Primitivos
quieren el cristal de telaraña. —Croc gruñó; fue su manera de manifestar
curiosidad—. Así es —el sargento infló el pecho—. Y ahora ve a hacer tu
trabajo, soldado de primera clase Croc O’River.
El final de un
combate, ahora como entonces. Croc había vuelto con el pensamiento a la
experiencia que le había valido el ascenso. No a cabo: había subido un peldaño
en la jerarquía de las clases. Y si en aquella ocasión se había tratado de un
enfrentamiento en los límites de la ciudad, ahora estaba en pleno territorio de
los Primitivos. Estos habían robado cristal de telaraña, y el objetivo del
batallón de Croc era recuperarlo, por las buenas o por las malas. No hacía
falta decir que las buenas equivalían al uno por ciento de los esfuerzos y las
malas al noventa y nueve por ciento restante.
—Bajemos, vamos —se oyó la voz del
cabo.
Si Croc había viajado lejos en el
tiempo con el pensamiento, debía volver cuanto antes al momento que estaba
viviendo. Obedeció la orden del jefe del vehículo.
Poco después, él y sus compañeros
estaban fuera del Lince Escamoso, con el agua turbia hasta las rodillas.
—Mientras algunos de los nuestros
despejan el paso obstruido por los troncos, nosotros tenemos que hacer otra
cosa —explicó el cabo.
En opinión de Croc, había sido un
milagro que lograran sobrevivir a la emboscada de los Primitivos. Solo porque
habían perdido el impulso inicial, los Primitivos no habían insistido en
exterminarlos. El Lince Escamoso de Croc y su tripulación habían tenido algo de
suerte: cuatro blindados anfibios habían acabado volcados, y el enemigo había
penetrado en ellos, destrozando la estructura y matando a todos los que había
sorprendido dentro.
—Tenemos que irnos. De inmediato, ahora
—concluyó el cabo.
A Croc se le escapó un gruñido. Se
había distraído tanto que no había escuchado lo que el cabo tenía que decir.
Con la esperanza de que nadie advirtiera su distracción, se dispuso a seguir a
los demás. ¡Me importa seguir siendo soldado de primera clase!
La pequeña columna de Cocodrilos
Futurísticos, que habían cedido su Lince Escamoso a los supervivientes de los
blindados inutilizados por el ataque de los Primitivos, se internó en la selva
pantanosa. La marcha fue larga y habría podido describirse con una sola
palabra. Aburrimiento. Sin embargo, Croc tenía suficiente experiencia en
misiones de guerra para comprender que algo no encajaba:
No es posible que nos estemos
adentrando en su territorio y todavía no hayan aparecido. En su opinión,
los Primitivos sabían de su presencia desde hacía tiempo; y cuanto más tiempo
pasara, más terrible sería la trampa que estaban por tenderles. La verdadera
duda no era si les tenderían una emboscada, sino cuándo.
Croc apretó el CF54 contra el
cuerpo y pensó que, en cualquier caso, tenía el fusil para recibirlos. El
último proyectil de 9 grammitros ácidos sería para él. Había leído los informes
sobre lo que el enemigo hacía con los prisioneros.
El aburrimiento continuó a la par
de la marcha y, cuando Croc percibió que la tensión era excesiva y la cuerda
estaba a punto de romperse, oyó el inconfundible ruido de una ramita al
quebrarse.
El sonido reverberó en el aire
cálido y húmedo, y Croc levantó la mirada.
—¿Oyeron eso?
Sus compañeros asintieron.
El cabo, que los observaba, parecía
indeciso sobre la orden que debía dar.
¿Reanudar la marcha o adoptar
una formación defensiva de erizo venusiano?, se le leía en el rostro.
Los Primitivos no iban a esperar
sus palabras, y después de aquel sonido que había resonado se oyeron gruñidos y
resoplidos; Croc vio que la vegetación se sacudía y que de ella salían las
avanzadas de los Primitivos.
—Estamos cerca —se hizo oír el cabo.
—Espero la orden de abrir fuego — respondió
Croc sin saber por qué.
—Cierren filas y después abran
fuego.
Era cierto: los Primitivos todavía
estaban lejos. Pero no demasiado.
Los fusileros obedecieron y, una
vez cerradas las filas en una formación rígida capaz de resistir cualquier
asalto, empezaron a apretar el gatillo.
Mientras los Primitivos disparaban
flechas y arrojaban azagayas, el fuego ácido de los Futurísticos fue
implacable. Frente a las miras del CF54 de Croc, muchos cocodrilos se doblaron
en dos, cuando no quedaron partidos al medio, y las aguas se enrojecieron como
en un triste recuerdo de brutalidad.
Por un lado, los Futurísticos
disparaban con precisión, como si fueran tiradores de élite; por el otro, los
Primitivos luchaban con el deseo de sacrificarse por la victoria, pero, aunque
su abnegación era enorme, una verdadera hemorragia de vidas, sus esfuerzos
sirvieron de algo, porque el soldado de infantería que estaba junto a Croc cayó
al agua con un grito que no se oyó debido al estruendo general.
Herido.
O muerto.
Croc lo ignoró y siguió masacrando
a los Primitivos, pero un instante después se detuvo y apartó la vista de las
miras para observar mejor.
Los Primitivos llevaban al combate,
sobre unas andas con dosel, el cristal de telaraña.
Producto de arañas sagradas, tenía
un valor religioso por el que se matarían millones de cocodrilos. Y los
Primitivos lo llevaban en procesión, quizá con la esperanza de ganar el
enfrentamiento.
—¡Qué les dije! —gritó el cabo.
Croc comprendió que aquello era
precisamente lo que no había oído. El cabo, sus compañeros, todos sabían lo del
cristal de telaraña. Pero yo no. Croc se volvió.
—¿Qué hacemos?
—Cuidado —le advirtió uno de sus
camaradas.
Croc sintió un golpe en el cráneo y
soltó un gemido, se tambaleó y estuvo a punto de dejar caer el CF54, que se
habría estropeado al hundirse en el agua; al comprobar que no estaba muerto. Todavía
no, giró y golpeó con el arma a un Primitivo que llevaba un hacha de sílex,
hiriéndolo. Croc se ensañó con él y le disparó a corta distancia. Cuando volvió
a estar listo y en condiciones de combatir, vio que a cinco o seis codos tenía
el altar del cristal de telaraña, al alcance de sus garras. Dio un paso
adelante y, detrás de él, según percibió por los movimientos de sus compañeros
gracias a la posición de sus ojos, la formación se disolvió y todos se
dirigieron hacia la reliquia.
Los Primitivos comprendieron lo que
los Futurísticos se proponían hacer e intentaron resistir, pero el fuego de los
fusileros los arrolló y entre los adversarios se alzó un grito de
consternación.
El cristal de telaraña había
caído al agua.
Los Futurísticos lo alcanzaron y
entonces los Primitivos gritaron de desesperación, intentaron un tímido
contraataque, como era previsible sin éxito, y, tal como había ocurrido otras
veces, se desanimaron y desaparecieron entre la vegetación.
—¡El cristal de telaraña es
nuestro! —exclamó Croc, mientras los camaradas que lo rodeaban celebraban de la
misma manera—. Tengo un dolor de cabeza…
Nadie oyó aquellas últimas palabras.
—Regresemos —dijo el cabo—. Nos espera un viaje largo. Y peligroso.
Kenji Albani: nació en Varese el 13 de noviembre de 1990 (su nombre es japonés, pero es italiano). Finalista del concurso de la editorial Giulio Perrone en 2008, desde entonces ha publicado alrededor de veinte relatos cortos en revistas literarias locales y plataformas en línea. También ha publicado alrededor de quince artículos sobre diversos temas (desde deportes hasta cultura, incluyendo paleontología) en sitios web y revistas especializadas. Actualmente estudia en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Insubria en Varese, y en septiembre se graduó como guionista de cómics en la Escuela de Cómics de Milán. También en septiembre, publicó Il serpente che si morde la coda (La serpiente que se muerde la cola), una serie de Imperium publicada por Delos Digital.

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