jueves, 15 de octubre de 2026

PAPAS FRITAS

Elsbeth Boom

 

Un dolor que se contrae, flechas en el interior de mi cráneo. Me cuesta respirar. A trompicones, con piedras de molino atadas alrededor de las costillas que me impiden hacerlo. La gravedad presiona con saña sus pulgares contra mi caja torácica y mis axilas. La fiebre planea como un buitre sobre mi cabeza.

Mi mundo sigue siendo tembloroso, pequeño, emotivo, asustadizo, extraño y ajeno, y me vuelve extraña y ajena.

Soy una artista del absurdo que pinta cuadros, inundada por recuerdos sueltos, sonidos e imágenes. La fiebre es inspiración y camisa de fuerza.

Zambullidas en el agua de mi infancia alternadas con un desayuno en el hotel Wilhelmina con un novio. En mi cabeza son como tres segundos, sin que importe su verdadera ubicación en la línea temporal de mi vida, separados por años llenos de vida. Ningún control sobre mi cabeza, ningún wifi.

Las imágenes fuera de mi cabeza son mi televisión.

El batir de las alas de los cuervos que pasan me hace pensar en «él».

Todos esos hombres distintos reunidos en un rompecabezas inconexo. Un rompecabezas de cien mil piezas, con todas las piezas de los bordes idénticas.

La tapa de la caja no aclara nada. Ninguna visión de conjunto, ninguna imagen completa que sirva de modelo. Cada pieza es una historia completa. Y forma parte de.

Mi cuerpo se desintegra por el dolor y la emoción, por la incomprensión y la experiencia de vivir.

Mi pierna izquierda holgazanea, se alarga cada vez más, abarca el universo entero.

Cuando miro, la veo clavada en el colchón, sosteniendo mi cuaderno.

Mi sostén y mi refugio. Diez minutos después, mi pierna sigue sin saber cómo salir de la cama.

 

S se ha ido en bicicleta. Eso parece. Lo llamé a gritos y no obtuve respuesta. El televisor seguía encendido en la sala, pero no daba señales de comprender mi búsqueda. Ningún apoyo en mi solitario viaje de regreso a la cama.

 

Mis manos están agrietadas de tanto caer y levantarme. Fuertes, pero dañadas. Manos tiernas, que saben acariciar, consolar.

Al buscar su cuerpo, los otros cuerpos se me han vuelto extraños.

¿Cómo he llegado a aferrarme tanto a una sola persona?

Los hombros de S, mucho más anchos que los de P, siguen siendo hombros de niño.

Hombros que necesitan apoyo, que lo merecen. Sostenidos en su camino hacia la fuerza y la felicidad.

Cuando me apoyo en los hombros de S, oigo su corazón. El corazón de una persona joven, que crece.

 

Y a lo lejos, el corazón de P también late, suavemente, al ritmo del de S.

S no oye nada, escucha metal por los auriculares.

Yo sí. A través de la fiebre oigo un corazón que se detuvo. Un corazón que, lentamente, pero con una rapidez dolorosa, se deslizó hacia un baño de calma.

Se fue en un instante. Nada lo detuvo. Murió con una entrega absoluta.

No pude seguirle el paso, ya no pude seguirlo. Nuestro viaje dejó de ser compartido.

El fin definitivo de toda esperanza.

Nuestro amor sigue avanzando a trompicones un trecho más, todavía no está listo para el punto final.

 

El papel me succiona la vida.

Filtra el dolor y la tormenta, y cuando levanto la vista, el sol ha salido de su escondite.

Como un animal asustado, esperando amor.

Qué valentía: abrirse a otra persona.

Esa entrega fue el mayor regalo que te hice. Vivir es un arte, morir, una obra maestra.

 

S ha vuelto a casa.

Necesito orinar y tengo ganas de comer papas fritas.

Elsbeth Boom es una profesional neerlandesa conocida principalmente por su trayectoria como directora de arte en producciones audiovisuales y televisión, destacando en proyectos como el programa Waku Waku (1988) y la película Dol (2009). Más allá de su trabajo en el diseño y la dirección artística, se desempeña en el ámbito literario y creativo como escritora y poeta. Publica regularmente textos, reflexiones y piezas poéticas en plataformas digitales y revistas especializadas como OOTW-magazine, además de compartir su obra a través de redes creativas.

 

 

 

HAY QUE CREER

Rosa Lía Cuello

 

“El cuento es muy sencillo
hasta que llega el sueño
y lo descalifica…”
Mario Benedetti

 

El hombre, ni alto ni bajo, estaba sin ganas de cantar. Le dolía un poco la cabeza y el pecho. Sentía que el corazón le temblaba en la garganta, como le decía un amigo. Se miró al espejo y se insultó. De pronto su imagen se desdibujo, una mano desde el otro lado lo tomó fuerte y lo hizo acceder a otro paisaje.

Estaba parado en la vieja estación de tren. A lo lejos, el humo de una locomotora se anunciaba. La gente iba y venía. Una mujer, con un bolso de piel marrón, parecía la estatua de la espera, sentada en aquel banco descascarado. El tren paró. No descendió ningún pasajero. Ella levantó su vista y bajó rápido la cabeza. Le pareció ver brillar una lágrima en su cara.

Se dio cuenta que iba de la mano de una niña.

—¿Quién eres? —dijo

La niña sonrió y contestó:

—La niña de puerta oscura, la rosa del mes de abril.

Él la miro sorprendido. La mujer se puso a caminar junto a ellos.

¿Y …?

—Soy Penélope —aseguró la mujer.

—No, eres un fantasma.

Ella aclaró:

—Los fantasmas no usan zapatos de tacón, ni vestido de domingo.

Empezó a creer que entonces lo que le había sido concedido…

—No —comentó—, algo está pasando, no lo puedo entender.

—Hay que creer —susurró la niña.

—Hay que creer —gimoteo la mujer.

Doblaron a la izquierda. Allí estaba el mar que él tanto amaba. Su mediterráneo. No pudo dejar de canturrear: “Quizás porque mi niñez/ sigue jugando en las playas/ y escondido tras las cañas/ duerme mi primer amor…”

De repente corrían por la costa, el sol brillaba en sus figuras, sus risas eran el eco de la tarde que no se resignaba a morir, su voz un arrullo conocido que inundaba los granos de arena cuándo le decía: “La mujer que yo quiero no necesita bañarse cada noche en agua bendita…”

 Pensó que estaba soñando y todo desapareció. La arena se convirtió en un prado verde. Y ahora eran Penélope y la niña que le cantaban: “Tu nombre me sabe a hierba de la que crece en el valle…” Se estremeció.

Pegó la vuelta y se hallaba en una cancha de fútbol repleta de personas.

—Cuarenta mil almas —escuchó que alguien le decía, y reconoció a Edmundo Rivero que le mostraba la partitura de la milonga lunfarda a Buenos Aires.

Se restregó los ojos y la niña exclamó:

—Hay que creer.

—¡No puedo! —gritó él—. ¡No puedo!

—Hay que creer, no entender —Le dijo con sorna un hombre de bastón blanco que avanzaba acompañado por un minotauro y un tal Funes.

Corrió. Hacia ninguna parte. De pronto se descubrió volando cadencioso sobre el mediterráneo y recordó haber dicho:

“Si alguna vez fui ave de paso /lo olvidé para anidar en tus brazos…”

Entonces despertó abrazado por la estatua de la libertad que le sonreía con ternura y le decía:

—Canta, vive, perdura.

Buscó a la niña y a Penélope, pero ya no estaban. Vio el espejo y del otro lado su camarín y la parca que lo llamaba. Cerró los ojos. Se observó sentado en un bote, en el medio del mar, y modulaba:

“Ay, si un día para mi mal/ viene a buscarme la parca/ empujad al mar mi barca/ con su levante otoñal / dejad que el temporal desguace sus alas blancas…”

Estoy soñando, este día no existe, pensó.

 En ese momento vio a Federico y a Doña Rosita, la soltera, que le decían a coro:

—Esta jornada existe, pero no debe dejar rastros en tu realidad. “Hoy puede ser un gran día”. Vamos, sal y canta.

Un golpe lo sobresaltó.

—Un minuto para salir a escena —le avisaron—. Ya están los músicos en las tablas.

Le seguía doliendo el pecho camino al escenario Al salir, la gente lo ovacionó.

—Cuarenta mil almas te están esperando —volvió a decirle Rivero, pero esta vez la voz venía de arriba.

Sus fans empezaron a cantar mientras el caía agarrándose el brazo. Sintió que se iba por un largo túnel y entre el ulular de las sirenas y los gritos de su representante oía a la gente corear:

“Hoy puede ser un gran día/ donde todo está por descubrir / Si lo empleas como el último/que te toca vivir…”

Le tocaron el hombro. Era su representante. Lo miró extrañado.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—En el camarín, te dormiste. ¿Se te fueron las ganas de no cantar?

—Creo. Sí, creo que nunca más me va a volver a pasar —contestó.

Salió al pasillo. Desde allí podía escuchar a la gente entonar:

“Hoy puede ser un gran día / plantéatelo así…

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

NOVENO PISO E

Susana Arroyo

 

Estoy recostada en el coqueto dormitorio: dos somieres de una plaza, mesa de luz, placar con amplio espejo trabajado en los bordes con diminutas figuras abstractas, televisor enorme en la pared opuesta, amplio ventanal al lado izquierdo de la cama, orientado hacia el bulevar.

Debajo de los espesos árboles, se esconden personas, mascotas llevadas por sus dueños, bancos, canteros con flores… Lo sé porque he recorrido algunas veces este territorio rebosante de verde, vida, risas, sueños, tristezas anónimas…

No he encendido la tele. No siquiera para distraerme. El dolor es insoportable. Como irritante es el ruido que viene del exterior. Es un noveno piso de un flamante edificio de un barrio céntrico de una ciudad superpoblada. No estoy acostumbrada a semejante bullicio. Mi casa, mi verdadero hogar, se encuentra en un pueblo pequeño, lejano, donde la paz y la serenidad son la constante.

Abro la ventana y observo el trajinar de la gente, el tronar de los autos, las insistentes bocinas, el movimiento de los árboles que danzan al viento. Es un aire denso, caliente, de un verano prematuro, que me exaspera aún más.

Mis manos se acercan al control remoto, dudan y se alejan. Acarician el libro de cuentos, que me ayuda un poco a disipar el terrible malestar.

Escucho el pitido del celular, anunciando la llegada de otro mensaje. Ya son muchos, demasiados para mi escasa paciencia y desagrado. Todos preguntan lo mismo: ¿cómo salió todo?, ¿cómo estás?, ¿qué haces? No sé qué responder. No puedo.

Quisiera hacer desaparecer este presente. Me repito que falta poco, que lo voy a superar, que todo pasa, aun lo malo. Lo aprendí hace poco. Y es cierto. Pero es difícil autoconvencerme cuando el sufrimiento no cede.

Me cuesta estar acostada, también sentada. Me incorporo. Intento caminar, descalza. El frío del piso me reconforta. Por primera vez advierto con detalle los ambientes, los muebles, los objetos que me rodean. Decoración moderna, elegante, funcional.

A través del pasillo, llego al living-comedor, donde reina un imponente sofá-cama; allí duerme él para no molestarme. Ahora está vacío. Me siento con cuidado, sin prisa, en el borde. Mis dedos se deslizan por la sedosa tela azul.  Me acuesto con esfuerzo.

Contemplo la mesa amplia, las sillas, la vitrina con vajilla que parece de buena calidad, el segundo televisor con sonido tenue. Reparo en la imponente ventana y su nívea cortina de raso. Tras de esta, un balcón importante que da hacia la ruidosa avenida; una mesa redonda y pequeña, y dos sillas, ideales para la merienda o el desayuno de una pareja en luna de miel. Lástima que no seamos dos recién casados. Todo lo contrario. Más de treinta años viviendo juntos y tal vez sin conocernos del todo.

Me levanto con dificultad. Ingreso en la cocina; huele rico, a limpio. Sonrío: todos los electrodomésticos necesarios, en perfecto orden.

Vuelvo al pasillo, que comunica todos los espacios. Penetro en el baño, amplio, cómodo, de diseño atractivo.

En otras circunstancias, estaría radiante: un verdadero lujo para mis posibilidades. Me siento en el lugar ideal en el momento equivocado.

Este tiempo es crítico. Estimo que las horas se estancaron, que estoy atrapada en un laberinto sin salida.

Pero no me encuentro sola. Él me acompaña, me cuida, me sostiene; tolera con paciencia los enojos, el malhumor.

Alquilé este departamento amueblado para estar lo más tranquila posible, para no molestar a otros, para gritar sin vergüenza la angustia incontenible.

Me han sometido a una operación quirúrgica impostergable, compleja, dolorosa. Él, siempre ahí, dispuesto.

Así, se arrastran los días interminables. El dolor va cediendo, pausado. La esperanza se acerca, tímida.

En la espera tediosa logro detenerme en cada detalle del nuevo hogar; pasajero, pero por ahora mío. Ya disfruto de breves momentos en la soledad del balcón, testigo mudo de tantas vidas ajenas que se entrecruzan en las calles y veredas con dolores quizá mayores a los míos.

Entonces, trato de imaginar el futuro, pleno de buenas noticias, de risas amigas, de placeres pequeños. Fabrico una sonrisa en el alma, me asomo de nuevo al balcón con otra mirada, hablo a los pájaros que revolotean entre las hojas, saludo a las nubes que corren porque sí, me sumo con el pensamiento al ajetreo de la muchedumbre y experimento ser una persona más, que lucha por sobrevivir en cada respiro.

Llega el día en que se termina el contrato. Físicamente no me encuentro lista para viajar. Tampoco estoy todavía preparada de ánimo para abandonar este lugar, al cual ignoré y hasta rechacé al principio, encerrada en el malestar.  Sin embargo, en este momento crucial me cuesta despegarme de las paredes, los olores, los ecos; vestigios de un hito importante de mi existencia, un antes y un después.

Contemplo por última vez este sitio. Miro a mi pareja con otros ojos. Porque es otro. Lo sé. Como yo también soy otra. Pocos días bastaron para que cada uno nos descubriéramos internamente. Para valorarnos uno al otro. Para apreciar la vida.

Entro al ascensor; sensaciones contrarias me acosan: deseo irme cuanto antes y borrar estos días amargos; al mismo tiempo, no quiero dejar este lugar, ámbito de lucha con la congoja, ni despedirme de esta etapa de cambio profundo y de aprendizaje.

Me enfrento con la calle después de tantos días de encierro. El bullicio me descoloca. Es solo un instante. Con paso decidido encaro la distancia que me separa del ómnibus que me devolverá a mi origen. De la mano de él.

Elena Susana Arroyo es una escritora y docente jubilada oriunda de Villa Huidobro, Córdoba, Argentina. Graduada en la Universidad Nacional de Río Cuarto, cuenta con una destacada labor en la poesía y la narrativa breve, habiendo sido seleccionada e incluida en diversas antologías internacionales como la editada por Niña Pez. Entre sus textos se destacan poemas como "Aromas" y obras breves galardonadas en certámenes de la región. Además de su producción literaria, mantiene una activa participación cultural y comunitaria en su localidad. El cuento que presentamos obtuvo el Primer Premio Internacional en XII Edición del Concurso Literario Autobiográfico de Personas Mayores 2026 (SENAMA). Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Gobierno de Chile. Santiago (Chile).

 

 

EL RELEVO

Marc Bailly

Copia n.º 03 — Residencia Los Tilos.


Aquel día, el tiempo aceptó ceder el turno.

Regreso a Los Tilos tres días después. No porque me paguen por hacerlo. No porque me hayan llamado.

Porque ciertas palabras, una vez que han empezado a escribirse solas, ya no lo dejan a uno volver tranquilamente a ser una persona normal.

En el pueblo, el cielo está despejado, pero frío, como una sonrisa que todavía no nos hemos ganado. La niebla ha retrocedido, aunque no demasiado: aún se la siente en los setos, en las zanjas, en las respiraciones. Los tilos detrás de la residencia siguen sosteniendo sus ramas en el aire, esos viejos paraguas vueltos del revés. Pero hoy tengo la impresión de que esperan algo más que la lluvia.

Sandrine está en la recepción. Me ve y su rostro vacila entre la alegría de volver a verme y el cansancio de tener que sostener demasiadas vidas con una sola mano.

—Usted es perseverante —dice, entre una sonrisa y un suspiro.

—Sobre todo, intento evitar los finales mal acomodados.

Asiente. Aquí, los finales mal acomodados son un deporte de alto rendimiento.

—Élise está despierta. Creo que no por mucho tiempo. Hace un rato tuvo… un buen momento.

Me aferro a la palabra buen como a una barandilla.

—¿Con su hija?

—Sí. Y… la bebé.

Pronuncia «la bebé» con una dulzura cautelosa, como si incluso la esperanza pudiera ser frágil.

Subo. El tercer escalón cruje, fiel a su puesto, y casi me dan ganas de darle las gracias. Las cosas que se repiten son a veces la única prueba de que seguimos en el mismo lugar.

En el pasillo, la puerta de la habitación 12 está entreabierta. Oigo una voz baja. No es la de Élise. Una voz de mujer adulta, un poco quebrada por el esfuerzo que hace para no derrumbarse.

Llamo suavemente a la puerta.

—Adelante —dice la voz.

Claire está allí. Sentada junto a la cama. Tiene los ojos enrojecidos, pero mantiene el rostro firme como quien sostiene una bandeja cargada: no puede permitirse temblar. En un pequeño moisés a su lado, una figura diminuta duerme bajo una manta. No oigo a la bebé, pero veo su respiración, leve, obstinada, como una promesa que se niega a ser interrumpida.

Élise está en la cama, muy erguida pese a las almohadas, como si todavía quisiera demostrarle algo al mundo. Sus manos descansan sobre la sábana. Las manos, siempre ellas, como una verdad que no cede.

Me ve. Su mirada hace ese pequeño esfuerzo por aferrarse a algo; y esta vez lo consigue.

—Aquí está usted —dice.

Es algo sencillo, pero me oprime la garganta. Como si de verdad me esperaran, y no por error.

—Buenos días, Élise.

Mira el moisés y luego me mira a mí.

—¿Ha traído su cámara?

Sonrío con suavidad.

—Sí.

Claire se levanta y leo en su movimiento una frase silenciosa: lo dejo hacer. No la dice, porque aquí la gente suele hablar demasiado poco o demasiado tarde. Pero me hace una seña. Un consentimiento.

—Mamá ha… insistido —dice en voz baja—. Quería «la foto». Esa… para después.

Élise sorbe por la nariz.

—No «para después». Para mañana. —Vuelve la cabeza hacia mí—. Nunca se sabe cuántos mañanas quedan. Así que no hay que desperdiciarlos.

No respondo. Saco la cámara y la preparo despacio, sin ruido. Me muevo como si estuviera en una iglesia.

—¿Qué quiere exactamente? —pregunto.

Élise reflexiona y luego dice, con una precisión sorprendente:

—Mis manos.

Señala el moisés.

—Sus manos.

Señala a Claire.

—Y… el anillo.

Claire traga saliva.

—Mamá…

—Chist —hace Élise.

Luego, con más ternura:

—He llevado este anillo durante cincuenta y dos años. También tiene derecho a salir en la foto.

Hay frases que podrían resultar graciosas si no fueran tan ciertas.

Claire se acerca. Se sienta en el borde de la cama. Toma con delicadeza la mano de Élise. Observo el gesto: vacilante al principio, después natural. Como si el cuerpo recordara mejor que la cabeza.

Encuadro. No estoy fotografiando un «momento familiar». Estoy fotografiando un traspaso. El anillo en el centro. Los dedos de Élise, delgados, surcados de venas, obstinados. La mano de Claire, más cálida, más viva. Y, en el moisés, esa diminuta mano de bebé que se abre y se cierra sin comprender lo que ya sostiene.

Disparo una vez. Dos veces. A la tercera, Élise murmura:

—Eso es. Así.

Vuelve la cabeza hacia Claire y su voz se suaviza.

—¿Ves?… Te lo devuelvo.

Claire se queda inmóvil.

—¿Qué me devuelves?

Élise suspira y parece sonreír sin sonreír.

—El miedo.

Deja pasar un segundo.

—Te lo devuelvo para que te pese menos llevarlo.

Claire rompe a llorar, un sonido breve, como si algo quebrara por fin su rigidez. Aprieta con más fuerza la mano de su madre. La bebé se mueve, como si las lágrimas tuvieran olor.

Bajo la cámara. Hay instantes que no se capturan. Se los deja existir.

Élise cierra los ojos. Le tiembla la boca.

—Lo siento —dice. No es una confesión teatral. Es un susurro—. He… he guardado cosas durante demasiado tiempo.

Claire niega con la cabeza.

—No importa, mamá. Estoy aquí.

Élise vuelve a abrir los ojos. Su mirada es muy clara. Demasiado clara.

—No —dice—. Sí importa.

Hace una pequeña mueca.

—Hay que aprender.

Mira el moisés y su voz se convierte casi en un murmullo.

—Ella no necesita nuestros vacíos.

Comprendo. No habla de la memoria. Habla de transmisiones invisibles: las iras, los silencios, los arrepentimientos que legamos sin querer. Los que se deslizan entre las generaciones como partículas de polvo.

Recojo la cámara.

—Voy a imprimirla —digo—. Vuelvo enseguida.

Claire asiente. Se seca las lágrimas, se endereza como una adulta que retoma su papel.
Élise, en cambio, ya no interpreta ningún papel. Está ahí, simplemente ahí.

Bajo a la sala de impresión. El olor del papel caliente me recibe como un perro viejo. Fiel, sin juzgar. Selecciono la imagen: las tres manos, el anillo en el centro y ese diminuto puño de bebé que parece sostener algo invisible.

La impresora empieza a ronronear. El papel sale despacio. Lo tomo, todavía tibio.
Miro la imagen. Es hermosa. Hace daño. Hace bien. A menudo es lo mismo.

Doy vuelta a la copia para escribir: «Élise», «Claire», «Aube», la fecha, «Los Tilos».
Tengo el marcador listo. Levanto la mano.

Y me detengo.

Ahora ya no es una sorpresa. Es peor: es una costumbre que se niega a volverse normal.

Ya hay una palabra en el reverso.

Siempre esa letra fina, casi paciente.

«RELEVO».

Vuelvo a leerla. Siento cómo se me hunde en el pecho. Un relevo. No un regalo. No una prueba. Un traspaso de una mano a otra.

Permanezco inmóvil unos segundos, con el marcador en el aire, como si temiera escribir algo que quebrara la palabra.

Luego vuelvo a subir.

En la habitación, Claire está de pie junto al moisés y lo mece apenas, lo justo para decirle a la bebé: «Puedes quedarte». Élise tiene los ojos entrecerrados, exhausta, pero no ausente.

Dejo el sobre en la cama.

—Aquí está —digo.

Élise lo toma con cuidado. Saca la foto y la mira durante un largo rato. Después le da vuelta, como si ya lo supiera.

Lee la palabra.

RELEVO.

Cierra los ojos. Respira.

—Ah… —dice.

Y esta vez sonríe de verdad. Una sonrisa muy pequeña, pero completa.

Claire se inclina.

—¿Qué pasa?

Élise le tiende la foto con el reverso hacia arriba. Claire lee.

Le tiemblan los labios.

—Relevo…

Élise asiente.

—Sí.

Apoya la punta del dedo sobre la palabra.

—¿Comprendes? No quiero que cargues con todo. Quiero que lo pases.

Vuelve un poco la cabeza hacia el moisés.

—Y que ella reciba solo… lo necesario.

Claire se sienta en el borde de la cama. Vuelve a tomar la mano de Élise.

—¿Quieres que guarde esta foto?

Élise niega con la cabeza.

—No.

Reflexiona y luego añade:

—Quiero que se la des a ella. Más adelante.

Mira a la bebé.

—Cuando pregunte: «¿Quién era?». Se la mostrarás. —Vacila—. Y le dirás: «Lo intentó».

Claire vuelve a llorar, pero con más suavidad. Como si las lágrimas hubieran encontrado por fin su lugar.

Élise cierra los ojos y luego vuelve a abrirlos.

—Y usted —dice, mirándome—, ¿va a continuar?

Podría responder «sí» como quien promete una serie. Pero siento que la pregunta es más profunda: seguir viniendo, seguir escuchando, seguir transmitiendo.

—Sí —digo. Y no miento—. Voy a continuar.

Asiente, satisfecha. Luego, con un esfuerzo visible, vuelve ligeramente la cabeza hacia la ventana.

—Sabe… —murmura—, durante mucho tiempo creí que vivir consistía en guardar. —Deja un silencio—. Pero no. —Su voz es casi alegre, de una alegría triste—. Consiste en transmitir. Y después… dejar ir.

Siento que se me cierra la garganta. No añado nada. Aprendo.

La bebé se mueve, abre un ojo diminuto y vuelve a cerrarlo. Como si confirmara que ha oído, incluso sin comprender.

Claire le acaricia la frente. Élise observa el gesto y tengo la impresión de que lo fotografía con sus propios ojos.

Guardo la cámara con cuidado. Me acerco a la cama.

—Gracias, Élise —digo.

Vuelve la cabeza hacia mí.

—Gracias a usted —responde. Luego, casi pícara—: Es usted lento, pero está aquí.

Me río; una risa discreta, porque aquí se ríe como se camina sobre un piso de madera antiguo: sin causar daños.

Me dispongo a salir cuando, en el pasillo, algo metálico cae y rueda con estrépito.
Un pequeño clin seco, incongruente.

Echo un vistazo.

Un hombre con el abrigo sobre los hombros se inclina para recoger algo. Una llave. De inmediato la aprieta en la mano como un secreto.

Levanta la mirada hacia mí, desconfiado, y luego se lleva instintivamente la mano a la boca, como si ocultara algo debajo de la lengua.

No lo conozco. Todavía no.

Pero de pronto siento que la siguiente historia ya está ahí, en el pasillo, esperando su turno.

Cierro con suavidad la puerta de la habitación 12.

Afuera, el pueblo sigue su curso. Los tilos continúan sosteniendo sus ramas en el aire.
Pero tengo la impresión, por primera vez en mucho tiempo, de que alguien ha transmitido de verdad algo precioso, sin retenerlo.

Creía que fotografiaba rostros.

Fotografío umbrales.

Marc Bailly (Bélgica) es fotógrafo y escritor. Autor de la colección *Le Noël qui répare* (fantasía con un toque ecológico), también produce videoentrevistas con artistas y escritores. Combina un enfoque documental, emoción y un toque de lo siniestro. Es el fundador de *PHENIX*, la revista de lo Imaginario, y presidente de los Premios Bob Morane y Masterton.

 

¿QUIÉN ESTÁ LLAMANDO?

Danilo Arona

 

Me gustaría terminar aquí. Sería bonito poder editar mi propia vida. Poder detenerme en mitad de una frase y guardar todo lo demás en algún cajón, aprovechar mi amnesia y olvidar todas las cosas que han sucedido, que suceden y que están a punto de suceder. Cerrar los ojos e irme a dormir feliz. Sería bonito.

Warm Bodies, Isaac Marion, 2012

 

Post Fata Resurgam

Resucitaré después de la muerte

 

Ocho meses antes, la vida se le había venido encima como la más devastadora de las avalanchas.

Ocho meses después, un día, de pronto, Daniele Fontana, el escritor que ya no escribía, aceptó de buena gana la invitación a cenar de su amigo Pierre Nicolosi.

Pierre y su esposa Nicole trabajaban en el mundo editorial, él como asesor y ella como editora, y desde que había ocurrido la tragedia que puso patas arriba la existencia de Daniele, no habían dejado de animarlo a volver a escribir, intentando convencerlo en vano de que sería la única terapia capaz de hacer que un narrador cincuentón, con éxitos a sus espaldas, recuperara un vestigio de normalidad.

No es que eso le importara. Durante largos meses, Daniele solo había deseado apagarse y había perdido más de quince kilos, poniendo en marcha conscientemente un riguroso mecanismo de muerte celular dirigido por su propio cerebro, pero chocando con la resistencia mucho más que pasiva de un organismo que se negaba a ceder. El escritor había sangrado por dentro y un tumor había comenzado a desarrollarse a la altura del duodeno, pero una voluntad de supervivencia casi sobrenatural, que aún no lograba explicarse, se había impuesto. Daniele había vuelto a comer con relativa normalidad y su palidez amarillenta se había atenuado. El dolor no, pero hasta que llega la bendita muerte, quizá se consiga soportarlo aunque solo sea por costumbre. Así, algunos amigos habían empezado a invitarlo con cautela a almorzar o a cenar, y a aquellos con los que tenía mayor afinidad no les había dicho que no.

Pierre y Nicole seguían encabezando la lista. Por sus cualidades personales y por las delicias de su mesa. En la finca donde vivían abundaban los productos de la huerta y ella, por lo que Daniele recordaba, era una excelente cocinera.

Así que aquella noche de finales del verano, Daniele no tuvo dudas. Fue. Convencido de que pasaría una velada al menos neutral. Sin la idea fija de su esposa, arrebatada antes de tiempo por la más terrible e insidiosa de las enfermedades. Ella, que había luchado durante seis meses como una leona. Él, obligado a presenciar una metamorfosis devastadora, la belleza convertida en horror visible. Antes de que ella se apagara.

Ante una generosa ración de subric, Pierre, próximo a los sesenta, al igual que su esposa –ambos una década mayores que Daniele–, volvió a insistir por enésima vez. Él no recurrió a excusas hipócritas.

—Todavía no puedo —respondió, buscando los ojos de Nicole con la esperanza de encontrar comprensión—. Me siento vacío, apagado. Sin ideas, sin ganas, sin… propósito.

—Han pasado más de ocho meses —insistió Pierre—. Deberías intentarlo.

—Pierre, han pasado solo ocho meses. Y yo ya no tengo una vida. Esto es una parodia, una especie de alucinación. —Luego, tratando de desviar el eje de la conversación, les preguntó a ambos:

—¿Y Vale? ¿Ha salido?

Vale, diminutivo de Valeria, era su hija de treinta años. Padecía una ligera alteración psíquica de difícil interpretación y, por consiguiente, de difícil diagnóstico; Daniele sabía que trabajaba como auxiliar en una residencia de atención sociosanitaria. Nada que afectara su convivencia con los demás, y su dedicación al prójimo sublimaba sus inquietudes. Pero en ella solía haber algo que desentonaba. Cada vez más en los últimos tiempos.

—No, está de turno, pero termina dentro de media hora —respondió Pierre, aún más serio que hasta entonces.

La cena continuó. Excelentes platos con salsa, buen vino casero. A la hora prevista, anunciada por un chirrido de neumáticos en el patio de tierra, llegó Valeria y entró en el comedor con expresión ausente.

Hacía algún tiempo que Daniele no la veía. La encontró más delgada, desmejorada y, sin duda, sin paz consigo misma. Este último juicio procedía, desde luego, de su conocimiento del problema que ella padecía.

Se sentó a la mesa, pero «solo para hacerles compañía, ya he cenado». Nicole estaba estrenando la bandeja de pastelitos que Daniele había comprado a última hora de la tarde como contribución a la velada. Vale murmuró: «Probaré uno». Faltaría más.

Cuando se tragó el cuarto profiterol relleno de crema, los demás comprendieron que tendrían que renunciar a sus porciones por una benéfica causa de fuerza mayor. Pero qué se le iba a hacer. Si unos pastelitos bastaran para aliviar la tristeza y las preocupaciones del mundo, todos tendríamos la glucosa por las nubes. Y quizá seríamos más felices.

Cuando solo quedó un pequeño cucurucho de hojaldre relleno de sabayón en el centro de la bandeja, Daniele comentó:

—Vamos, Vale, te corresponde por derecho.

Pero ella se quedó paralizada.

Las manos se detuvieron en el aire.

Su rostro se contrajo en una expresión alarmante que revelaba un terror ancestral, antiguo. Todos la miraban con asombro, aunque sus padres, como era de esperar, con mayor preocupación.

Después de unos segundos interminables, dejó escapar:

—¿Pero no lo oyen?

Los presentes dejaron de respirar. Por las ventanas, todavía abiertas gracias a la benevolencia de la estación, llegaba un silencio casi perfecto. Ni siquiera los pájaros nocturnos habían comenzado sus interminables y empalagosos gorjeos. No, no oían nada. A los oídos de todos llegaba una agradable ausencia de sonidos.

—¿Qué deberíamos oír? —preguntó Nicole.

Por razones inexplicables, la respuesta sonó escalofriante.

—¿Quién está llamando? —No una vez, sino dos. Y seguía siendo la misma pregunta—. ¿Quién está llamando?

La frase ni siquiera resultaba clara. Era difícil deducir quién llamaba y a quién. Pero la piel de gallina, intensificada por la expresión verdaderamente alarmante de Vale, hacía que la situación resultara, cuando menos, desconcertante.

Esbozando una sonrisa para restarle dramatismo, Daniele aventuró lo que podía pasar por una broma, mientras Pierre y su esposa adoptaban un aire casi resignado.

—Pero… ¿quién está llamando A QUIÉN?

Mientras mordía el último pastelito, Vale respondió sin vacilar.

—Es una mujer y te llama a ti —afirmó mirando a Daniele a los ojos. Así estableció una conexión más que directa entre sus pupilas. Vale seguía siendo hermosa, siempre lo había sido –el retrato de su madre de joven–, y sus ojos, de un verde intensísimo y una profundidad desconcertante, casi imposibles de sostener con la mirada, estaban enmarcados por una melena corta de color rojo Tiziano.

De hecho, Daniele apartó la vista, la dirigió hacia Nicole y formuló otra pregunta lógica.

—¿Pero dónde está? ¿Aquí afuera?

—No, está mucho más lejos. Pero deberían oírla —replicó Vale sin vacilar—. Sobre todo tú.

Daniele no tuvo más remedio que volver a mirarla a los ojos.

—¿Por qué?

—Te está llamando a ti. Está gritando tu nombre.

Luego se tragó lo que quedaba del cucurucho y se levantó de la silla.

—Estoy cansada, chicos. Hoy ha sido uno de esos días espantosos que es mejor olvidar. Me voy a dormir.

Desapareció de la vista. La oyeron subir las escaleras. Todavía no había perdido la costumbre de llamar «chicos» a los presentes de cualquier edad, aunque le doblaran los años. Incluidos sus padres.

—¿Qué piensas? —preguntó Pierre a quemarropa—. ¿Cuánto tiempo hacía que no la veías?

Daniele respondió con sinceridad. Sin retórica.

—No pienso nada. Quizá sea menos sorda que nosotros. Que yo.

—Tiene muchos momentos así —intervino Nicole—, en los que oye y ve cosas. El psiquiatra dice que es la enfermedad.

—No sé —reflexionó Daniele—. No encuentro nada extraño. Me han tratado antes y saben que los sensitivos existen, y vaya si existen. Tienen una antena más que nosotros. No es un síntoma de… —bajó la voz—… enfermedad mental.

Pierre no respondió y Nicole se levantó para preparar el café.

Alrededor de medianoche, Daniele comprendió que había llegado el momento de despedirse. Como suele decirse, a todos empezaban a pesarles los párpados.

Adiós, abrazos y besos, no dejes de dar señales de vida. En pocos segundos, Daniele tomó el camino de tierra que llevaba a la carretera. Era inútil fingir que no había pasado nada: la brevísima intervención de Vale le resonaba en el alma y en el cerebro. El duelo era demasiado reciente para no admitir –más aún, para no defender– la posibilidad de que el fantasma de su esposa quisiera comunicarse con él de algún modo oculto.

Fantasma… Por lo general, nunca había creído en ellos, aunque escribiera sobre el tema y disfrutara de libros y películas que lo abordaban. Por desgracia, presenciar la muerte hace cambiar de opinión. Sobre todo en lo relativo a la ecuación entre fantasma y deseo.

Su esposa jamás habría querido que se recreara en el dolor. Estaba llegando el momento de que Daniele dejara todo atrás. Si no todo, casi todo. La vida era hic et nunc, aquí y ahora. Nada fácil. Pero o se marchaba él también, quedándose dormido para siempre, o tenía que intentarlo al menos. Él no era un Ave Fénix como ella, no poseía su fuerza. Por desgracia, aquel legendario poder de resurgir de sus propias cenizas para la última batalla contra la enfermedad no le había bastado.

La carretera se le presentaba como un trayecto oscuro. Ningún alumbrado público y ningún automóvil que se acercara por la derecha o por la izquierda. Daniele se incorporó al carril y emprendió sin prisa el regreso, pensando todavía en la extraña experiencia con Vale. En la pregunta: ¿Quién está llamando?

Pronunciada por la muchacha con una expresión, cuando menos, infernal.

Con esas palabras en la mente, Daniele llegó a casa, la última de una diminuta aldea llamada Acqualenta, a dieciséis kilómetros de la ciudad. Una casa de campo restaurada que durante muchos años felices había albergado una historia de amor envidiable y envidiada. Ahora, como decía una antiquísima canción de los Dik Dik, se había convertido en una casa que había que quemar por completo.

Abrió el portón con el control remoto. Las ventanas resplandecían con la luz eléctrica del interior. Encontrarlas iluminadas le brindaba a Daniele una paz del alma tan ilusoria como brevísima.

Se estaba convirtiendo en un maestro en el arte de engañar a su propia mente.

Una vez dentro, tomó los somníferos habituales, cuya dosis, por fortuna, no aumentaba, aunque ya de por sí era excesiva. Cuatro cápsulas del principio activo anulaban sus pensamientos y le procuraban un sueño profundo y sin sueños que duraba cuatro o cinco horas. No muchas, pero suficientes. Una vez alcanzada la luz del día, lo esperaba, precisamente, una parodia de vida.

 

Sin embargo, se despertó a la hora del lobo. Aquella que uno de sus escritores favoritos, llamado Ray, había definido en otra vida como «la medianoche del alma». La necesidad de orinar, debida también al vino que había bebido durante la cena en casa de Pierre, había vencido al sueño artificial. Se levantó maldiciendo y fue al baño. Como estaba somnoliento, optó por sentarse en el inodoro. Mientras orinaba copiosamente, abrió la ventana para renovar el aire y escuchar los sonidos de la noche. En el primer piso, a la altura de las copas de los árboles circundantes, a menudo captaba los reclamos de las incansables aves nocturnas, lechuzas, búhos y otras que no conocía. Pero aquella noche parecía que no vivía nadie entre las ramas y las hojas.

En cambio, una angustiosa llamada, pronunciada por una voz femenina, se abrió paso en la oscuridad.

Su nombre. Daniele. Por lo que alcanzaba a percibir, no procedía de las inmediaciones de la casa, sino de los campos que rodeaban la finca, en una dirección indeterminada.

Y la voz…

Dios santo, por más alterada y ronca que sonara, parecía realmente la de ella.

¡Su esposa!

Enterrada ocho meses antes en el pequeño cementerio situado a un kilómetro de la casa. El cementerio rural al que le había cantado Lucio Battisti tantos años atrás. Daniele había querido cremarla de inmediato. Los familiares de ella se habían opuesto.

Se levantó bruscamente del inodoro, jadeando de miedo y de asombro. No estaba del todo seguro de no haber caído en una pesadilla. Pero un buen pellizco en plena mejilla lo convenció de que lo sobrenatural, lo verdadero y demasiado personal, estaba irrumpiendo en su mundo real.

Bajó corriendo las escaleras hasta la puerta de entrada. Dio dos vueltas a la llave y se precipitó afuera.

Pocos segundos después, la voz quejumbrosa, tan parecida a la de su amada perdida, volvió a llamarlo. Gimiendo y prolongando la vocal final.

… Danieleeee…

Se estremeció. Tembló sin poder controlarse. Aquello no estaba sucediendo. No podía ser.

Pero entre la hierba alta, unos diez metros más adelante, se entreveía algo. Y también se oía. Pasos arrastrados en la oscuridad –una negrura absoluta, sin luna– y sobre la hierba. Un sórdido ruido de trapos mojados. Que se arrastraban.

No era un fantasma.

Por desgracia.

Se trataba de un cuerpo sólido.

Después de comprenderlo, Daniele percibió algo aún más horrible.

La inconfundible chaqueta de rayas negras con la que la habían vestido antes de depositarla en el ataúd.

Luego, otra manifestación sonora. La voz que balbuceaba su nombre sonó como un espantoso maullido. Daniele se acercó un poco más.

Los ojos de la figura resplandecían en la oscuridad como los huecos de las calabazas vaciadas que albergan en su interior las llamas temblorosas de unos cabos de vela. Ventanas sucias abiertas a la abominación.

Y, Dios, ¡el olor!

El olor…

Aquella cosa, inmóvil pero oscilante entre la hierba, era –había sido– su esposa.

La chaqueta de rayas estaba cubierta de costras de moho verdoso. Lo que en otro tiempo había sido un rostro encantador aparecía ahora como una máscara apergaminada cubierta de barro, hinchada y manchada de negro. Su larga cabellera, antes rubia, estaba ahora recubierta de una masa viscosa. La voz que lo llamaba sonaba como el gorgoteo en las entrañas del demonio.

Cuántas veces había invocado, había anhelado absurdamente su regreso de la tumba. Una imposible tabla de salvación para su cerebro, que ya no razonaba.

Pero ahora, con aquella desconocida muerta viviente a pocos metros, una cosa repugnante y ajena, comprendió que el pensamiento mágico provocado por el más terrible de los duelos podía conducir a la locura a quien lo había sufrido y aún lo sufría.

Daniele gritó. Ninguna vocal, ningún intento de palabra. Solo una ráfaga mefítica de aire procedente de las profundidades del abdomen. Horror puro.

Retrocedió. Su dulcísima esposa, transformada en un cuerpo en descomposición –con fragmentos de materia que se desprendían de su rostro y revoloteaban como hojas en el aire nocturno–, era una visión intolerable. Inadmisible. Ni siquiera en el más delirante de los relatos que había escrito en otro tiempo.

¡Los muertos vivientes no existen!

Le dio la espalda a aquel horror, el último de los horrores supremos, y corrió hacia la casa, con la esperanza de que el infierno no lo persiguiera para arrastrarlo consigo al abismo.

Antes de cerrar la puerta para impedir un hipotético intento de entrada por la fuerza de la cosa –en el cine llamaban zombis a aquellos seres–, lanzó una mirada inútil hacia la aparición. La chaqueta manchada de barro y desgarrada en varios puntos cubría la silueta de un espantapájaros inmóvil y aterrador que seguía borboteando su nombre.

Se dejó caer al suelo, vencido por la repugnancia y el abatimiento. Y por un miedo inimaginable.

Encontrarían su cadáver una semana después, con la mirada petrificada en una indescriptible expresión de terror cósmico.

Entre los dedos, un retazo de tela gastada de rayas negras. Quizá de una chaqueta.

 

—¡Te digo que hay que llamar al responsable de la oficina de defunciones!

—Al contador Porta, lo conozco. Tiene un genio de los demonios. Nos echará la culpa.

Los dos cuidadores del cementerio de Acqualenta, ancianos próximos a la jubilación, observaban con repugnancia el destrozo en la pared, a la altura de sus ojos desorbitados e incrédulos. Y comentaban.

—¿La culpa de qué? ¿Me lo explicas?

—Técnicamente, se trata de un robo con fuerza y de la profanación del nicho. Algún desgraciado ha golpeado con un pico la pared, la ha destrozado y ha sacado el ataúd.

—¿Y se ha llevado el cadáver?

—¿Qué quieres que te diga? La muerta era la esposa de un escritor de relatos de este tipo —señaló el lugar que los rodeaba—, ambientados en sitios como este. Cementerios, castillos, casas aisladas. Quizá sea una maldita broma de alguno de sus colegas. O de varios. Pero los primeros sospechosos seremos tú y yo… Como mínimo, podrían acusarnos de negligencia en el servicio.

—Tú y yo no seríamos capaces de semejante destrozo. Llama a Porta y acabemos con esto. Además, si la noticia se filtra, saldremos en los periódicos.

Uno sacó del bolsillo un teléfono móvil viejo y comenzó a recorrer los apellidos de la agenda. El otro caminó, sombrío, entre los escombros del destrozo. Luego, el primero pulsó una tecla.

—Buenos días, contador —lo oyó decir el segundo—. Soy el cuidador del cementerio de Acqualenta. Quería avisarle de que esta noche…

A los oídos del otro solo llegaban las respuestas del primero. Que pasaron de normales a surrealistas en pocos segundos.

—Han demolido el nicho y sacado el ataúd. Lo han abierto y…

Una respuesta indescifrable al otro lado de la línea.

—El cadáver ha desaparecido.

Otra respuesta.

—¿Cómo dice?

El contador Porta estaba diciendo algo increíble.

—¿No había ningún cadáver? ¿Es una broma?

Algo todavía más increíble.

—¿Por qué gastar cuatro mil euros en un ataúd con doble revestimiento de zinc si…?

Casi un desenlace inesperado.

—¿La hermana? ¿Y el escritor no sabe nada?

Un asunto extraño y molesto, por decir lo menos.

—Ah… Él no lo habría permitido.

El otro veía cómo su compañero abría desmesuradamente los ojos y le hacía gestos grotescos para que se acercara. Le hizo caso, pero no del todo. Algo en aquella llamada lo inquietaba. Se detuvo a unos metros.

—No.

—No, se lo repito. ¡Entonces han robado la urna con las cenizas!

—¡Dentro del ataúd no hay nada!

El contador Porta cortó la comunicación y el otro sintió alivio.

—Enviarán a un par de albañiles y también a los de la funeraria.

El otro no hizo ningún comentario. Además del suceso en sí, además de las palabras que acababa de oír, otros detalles, tan absurdos como inquietantes, lo estaban perturbando todavía más.

No aguantaba. Tenía que decírselo a su compañero de trabajo.

—Hay algo que no encaja.

—¿Por qué?

—Joder, mira bien el nicho, mira el ataúd.

—¿Y qué?

—El interior está limpio, no hay ni una mota de polvo. Ni el más pequeño escombro. Si hubieran golpeado con un pico desde afuera, eso no sería posible. En cambio, todos los fragmentos están aquí alrededor, esparcidos en todas direcciones.

—A decir verdad, yo también lo había notado. El ataúd también parece forzado desde dentro, pero…

—¿Pero?

—Una coincidencia. Punto. Dentro del ataúd no había nadie. Solo la urna con las cenizas. Y la han robado.

Como guiado por una voluntad oculta, el otro percibió un destello metálico entre los arbustos, a espaldas de su colega. Se acercó, pasó a su lado y recogió el objeto reluciente: un recipiente de tamaño mediano, sin tapa. Se lo mostró a su compañero.

—¿Esta es la urna?

—Por lo que recuerdo, sí. Evidentemente.

El otro inclinó el recipiente con la abertura hacia el suelo. No cayó nada de su interior. Y, ante el asombro del primero, comentó en nombre de ambos:

—Una de dos. O aquí nunca hubo cenizas o alguien las ha sacado. Sería interesante averiguar cómo.

Ante la entrada del pequeño cementerio se detuvo una furgoneta de la policía mortuoria. Ambos respiraron aliviados. Aquel desagradable problema estaba a punto de pasar a manos ajenas.

 

Había muerto cantando.

Daniele, junto a su cama, devastado por el dolor, no la había oído.

Pero ella cantaba. También de alegría, también porque preveía que poco después regresaría.

Quizá no tan perfecta como antes. Los rayos solares que la habían incendiado por dentro y le habían provocado la enfermedad tendrían consecuencias negativas para la integridad del nuevo cuerpo resurgido de las cenizas.

Estaba segura. Las leyendas mienten por definición. El Ave Fénix muere y luego renace.

Pero ya no vuela como antes.

Ni siquiera camina como antes. Claudica, gruñe, cojea, ve cómo su nueva piel se desmorona. Pero de algún modo está viva. Y es capaz de volver a presentarse ante su amado en la tierra para estrecharlo otra vez entre sus brazos.

Después de llamarlo por su nombre desde un punto oscuro a unos metros, o kilómetros, de su ventana.

Y de obligar a los ocasionales presentes, atónitos y aterrados, a formularse la inútil pregunta:

¿Quién está llamando?

Danilo Arona, nacido en Alessandria en 1950, es uno de los escritores de terror y literatura fantástica más longevos y destacados de Italia. Con cerca de sesenta libros publicados entre narrativa y ensayo, su trayectoria abarca también el periodismo, la investigación y la música rock. Su estilo inconfundible transita la línea entre el reportaje y la ficción, entrelazando actualidad, folklore y alucinación. A lo largo de su carrera ha colaborado con importantes editoriales y ha impulsado obras fundamentales y proyectos mitológicos colectivos como sus célebres Cronache di Bassavilla. Además de su faceta como novelista y prolífico ensayista especializado en el lado oscuro del cine fantástico y los miedos contemporáneos, ha ejercido como un activo organizador de eventos culturales y mentor de nuevas generaciones literarias. Actualmente continúa escribiendo desde la región del Piamonte.

 

EL CAMINO DE LOS HONGOS