jueves, 15 de octubre de 2026

HAY QUE CREER

Rosa Lía Cuello

 

“El cuento es muy sencillo
hasta que llega el sueño
y lo descalifica…”
Mario Benedetti

 

El hombre, ni alto ni bajo, estaba sin ganas de cantar. Le dolía un poco la cabeza y el pecho. Sentía que el corazón le temblaba en la garganta, como le decía un amigo. Se miró al espejo y se insultó. De pronto su imagen se desdibujo, una mano desde el otro lado lo tomó fuerte y lo hizo acceder a otro paisaje.

Estaba parado en la vieja estación de tren. A lo lejos, el humo de una locomotora se anunciaba. La gente iba y venía. Una mujer, con un bolso de piel marrón, parecía la estatua de la espera, sentada en aquel banco descascarado. El tren paró. No descendió ningún pasajero. Ella levantó su vista y bajó rápido la cabeza. Le pareció ver brillar una lágrima en su cara.

Se dio cuenta que iba de la mano de una niña.

—¿Quién eres? —dijo

La niña sonrió y contestó:

—La niña de puerta oscura, la rosa del mes de abril.

Él la miro sorprendido. La mujer se puso a caminar junto a ellos.

¿Y …?

—Soy Penélope —aseguró la mujer.

—No, eres un fantasma.

Ella aclaró:

—Los fantasmas no usan zapatos de tacón, ni vestido de domingo.

Empezó a creer que entonces lo que le había sido concedido…

—No —comentó—, algo está pasando, no lo puedo entender.

—Hay que creer —susurró la niña.

—Hay que creer —gimoteo la mujer.

Doblaron a la izquierda. Allí estaba el mar que él tanto amaba. Su mediterráneo. No pudo dejar de canturrear: “Quizás porque mi niñez/ sigue jugando en las playas/ y escondido tras las cañas/ duerme mi primer amor…”

De repente corrían por la costa, el sol brillaba en sus figuras, sus risas eran el eco de la tarde que no se resignaba a morir, su voz un arrullo conocido que inundaba los granos de arena cuándo le decía: “La mujer que yo quiero no necesita bañarse cada noche en agua bendita…”

 Pensó que estaba soñando y todo desapareció. La arena se convirtió en un prado verde. Y ahora eran Penélope y la niña que le cantaban: “Tu nombre me sabe a hierba de la que crece en el valle…” Se estremeció.

Pegó la vuelta y se hallaba en una cancha de fútbol repleta de personas.

—Cuarenta mil almas —escuchó que alguien le decía, y reconoció a Edmundo Rivero que le mostraba la partitura de la milonga lunfarda a Buenos Aires.

Se restregó los ojos y la niña exclamó:

—Hay que creer.

—¡No puedo! —gritó él—. ¡No puedo!

—Hay que creer, no entender —Le dijo con sorna un hombre de bastón blanco que avanzaba acompañado por un minotauro y un tal Funes.

Corrió. Hacia ninguna parte. De pronto se descubrió volando cadencioso sobre el mediterráneo y recordó haber dicho:

“Si alguna vez fui ave de paso /lo olvidé para anidar en tus brazos…”

Entonces despertó abrazado por la estatua de la libertad que le sonreía con ternura y le decía:

—Canta, vive, perdura.

Buscó a la niña y a Penélope, pero ya no estaban. Vio el espejo y del otro lado su camarín y la parca que lo llamaba. Cerró los ojos. Se observó sentado en un bote, en el medio del mar, y modulaba:

“Ay, si un día para mi mal/ viene a buscarme la parca/ empujad al mar mi barca/ con su levante otoñal / dejad que el temporal desguace sus alas blancas…”

Estoy soñando, este día no existe, pensó.

 En ese momento vio a Federico y a Doña Rosita, la soltera, que le decían a coro:

—Esta jornada existe, pero no debe dejar rastros en tu realidad. “Hoy puede ser un gran día”. Vamos, sal y canta.

Un golpe lo sobresaltó.

—Un minuto para salir a escena —le avisaron—. Ya están los músicos en las tablas.

Le seguía doliendo el pecho camino al escenario Al salir, la gente lo ovacionó.

—Cuarenta mil almas te están esperando —volvió a decirle Rivero, pero esta vez la voz venía de arriba.

Sus fans empezaron a cantar mientras el caía agarrándose el brazo. Sintió que se iba por un largo túnel y entre el ulular de las sirenas y los gritos de su representante oía a la gente corear:

“Hoy puede ser un gran día/ donde todo está por descubrir / Si lo empleas como el último/que te toca vivir…”

Le tocaron el hombro. Era su representante. Lo miró extrañado.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—En el camarín, te dormiste. ¿Se te fueron las ganas de no cantar?

—Creo. Sí, creo que nunca más me va a volver a pasar —contestó.

Salió al pasillo. Desde allí podía escuchar a la gente entonar:

“Hoy puede ser un gran día / plantéatelo así…

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

BEL’AIR