Rosa Lía Cuello
El
hombre, ni alto ni bajo, estaba sin ganas de cantar. Le dolía un poco la cabeza
y el pecho. Sentía que el corazón le temblaba en la garganta, como le decía un
amigo. Se miró al espejo y se insultó. De pronto su imagen se desdibujo, una
mano desde el otro lado lo tomó fuerte y lo hizo acceder a otro paisaje.
Estaba parado en la vieja estación de tren. A lo lejos, el humo de una
locomotora se anunciaba. La gente iba y venía. Una mujer, con un bolso de piel
marrón, parecía la estatua de la espera, sentada en aquel banco descascarado.
El tren paró. No descendió ningún pasajero. Ella levantó su vista y bajó rápido
la cabeza. Le pareció ver brillar una lágrima en su cara.
Se dio cuenta que iba de la mano de una niña.
—¿Quién eres? —dijo
La niña sonrió y contestó:
—La niña de puerta oscura, la rosa del mes de abril.
Él la miro sorprendido. La mujer se puso a caminar junto a ellos.
¿Y …?
—Soy Penélope —aseguró la mujer.
—No, eres un fantasma.
Ella aclaró:
—Los fantasmas no usan zapatos de tacón, ni vestido de domingo.
Empezó a creer que entonces lo que le había sido concedido…
—No —comentó—, algo está pasando, no lo puedo entender.
—Hay que creer —susurró la niña.
—Hay que creer —gimoteo la mujer.
Doblaron a la izquierda. Allí estaba el mar que él tanto amaba. Su
mediterráneo. No pudo dejar de canturrear: “Quizás porque mi niñez/ sigue
jugando en las playas/ y escondido tras las cañas/ duerme mi primer amor…”
De repente corrían por la costa, el sol brillaba en sus figuras, sus
risas eran el eco de la tarde que no se resignaba a morir, su voz un arrullo
conocido que inundaba los granos de arena cuándo le decía: “La mujer que yo
quiero no necesita bañarse cada noche en agua bendita…”
Pensó que estaba soñando y todo
desapareció. La arena se convirtió en un prado verde. Y ahora eran Penélope y
la niña que le cantaban: “Tu nombre me sabe a hierba de la que crece en el
valle…” Se estremeció.
Pegó la vuelta y se hallaba en una cancha de fútbol repleta de
personas.
—Cuarenta mil almas —escuchó que alguien le decía, y reconoció a
Edmundo Rivero que le mostraba la partitura de la milonga lunfarda a Buenos Aires.
Se restregó los ojos y la niña exclamó:
—Hay que creer.
—¡No puedo! —gritó él—. ¡No puedo!
—Hay que creer, no entender —Le dijo con sorna un hombre de bastón
blanco que avanzaba acompañado por un minotauro y un tal Funes.
Corrió. Hacia ninguna parte. De pronto se descubrió volando cadencioso
sobre el mediterráneo y recordó haber dicho:
“Si alguna vez fui ave de paso /lo olvidé para anidar en tus brazos…”
Entonces despertó abrazado por la estatua de la libertad que le
sonreía con ternura y le decía:
—Canta, vive, perdura.
Buscó a la niña y a Penélope, pero ya no estaban. Vio el espejo y del
otro lado su camarín y la parca que lo llamaba. Cerró los ojos. Se observó
sentado en un bote, en el medio del mar, y modulaba:
“Ay, si un día para mi mal/ viene a buscarme la parca/ empujad al mar
mi barca/ con su levante otoñal / dejad que el temporal desguace sus alas
blancas…”
Estoy soñando, este día no existe, pensó.
En ese momento vio a Federico y
a Doña Rosita, la soltera, que le decían a coro:
—Esta jornada existe, pero no debe dejar rastros en tu realidad. “Hoy
puede ser un gran día”. Vamos, sal y canta.
Un golpe lo sobresaltó.
—Un minuto para salir a escena —le avisaron—. Ya están los músicos en
las tablas.
Le seguía doliendo el pecho camino al escenario Al salir, la gente lo
ovacionó.
—Cuarenta mil almas te están esperando —volvió a decirle Rivero, pero
esta vez la voz venía de arriba.
Sus fans empezaron a cantar mientras
el caía agarrándose el brazo. Sintió que se iba por un largo túnel y entre el
ulular de las sirenas y los gritos de su representante oía a la gente corear:
“Hoy puede ser un gran día/ donde todo está por descubrir / Si lo
empleas como el último/que te toca vivir…”
Le tocaron el hombro. Era su representante. Lo miró extrañado.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—En el camarín, te dormiste. ¿Se te fueron las ganas de no cantar?
—Creo. Sí, creo que nunca más me va a volver a pasar —contestó.
Salió al pasillo. Desde allí podía escuchar a la gente entonar:
“Hoy puede ser un gran día / plantéatelo así…

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