Elsbeth Boom
Un dolor que se
contrae, flechas en el interior de mi cráneo. Me cuesta respirar. A
trompicones, con piedras de molino atadas alrededor de las costillas que me
impiden hacerlo. La gravedad presiona con saña sus pulgares contra mi caja
torácica y mis axilas. La fiebre planea como un buitre sobre mi cabeza.
Mi mundo sigue siendo tembloroso,
pequeño, emotivo, asustadizo, extraño y ajeno, y me vuelve extraña y ajena.
Soy una artista del absurdo que
pinta cuadros, inundada por recuerdos sueltos, sonidos e imágenes. La fiebre es
inspiración y camisa de fuerza.
Zambullidas en el agua de mi
infancia alternadas con un desayuno en el hotel Wilhelmina con un novio. En mi
cabeza son como tres segundos, sin que importe su verdadera ubicación en la
línea temporal de mi vida, separados por años llenos de vida. Ningún control
sobre mi cabeza, ningún wifi.
Las imágenes fuera de mi cabeza son
mi televisión.
El batir de las alas de los cuervos
que pasan me hace pensar en «él».
Todos esos hombres distintos
reunidos en un rompecabezas inconexo. Un rompecabezas de cien mil piezas, con
todas las piezas de los bordes idénticas.
La tapa de la caja no aclara nada.
Ninguna visión de conjunto, ninguna imagen completa que sirva de modelo. Cada
pieza es una historia completa. Y forma parte de.
Mi cuerpo se desintegra por el
dolor y la emoción, por la incomprensión y la experiencia de vivir.
Mi pierna izquierda holgazanea, se
alarga cada vez más, abarca el universo entero.
Cuando miro, la veo clavada en el
colchón, sosteniendo mi cuaderno.
Mi sostén y mi refugio. Diez
minutos después, mi pierna sigue sin saber cómo salir de la cama.
S se ha ido en
bicicleta. Eso parece. Lo llamé a gritos y no obtuve respuesta. El televisor
seguía encendido en la sala, pero no daba señales de comprender mi búsqueda.
Ningún apoyo en mi solitario viaje de regreso a la cama.
Mis manos están
agrietadas de tanto caer y levantarme. Fuertes, pero dañadas. Manos tiernas,
que saben acariciar, consolar.
Al buscar su cuerpo, los otros
cuerpos se me han vuelto extraños.
¿Cómo he llegado a aferrarme tanto
a una sola persona?
Los hombros de S, mucho más anchos
que los de P, siguen siendo hombros de niño.
Hombros que necesitan apoyo, que lo
merecen. Sostenidos en su camino hacia la fuerza y la felicidad.
Cuando me apoyo en los hombros de
S, oigo su corazón. El corazón de una persona joven, que crece.
Y a lo lejos, el
corazón de P también late, suavemente, al ritmo del de S.
S no oye nada, escucha metal por
los auriculares.
Yo sí. A través de la fiebre oigo
un corazón que se detuvo. Un corazón que, lentamente, pero con una rapidez
dolorosa, se deslizó hacia un baño de calma.
Se fue en un instante. Nada lo
detuvo. Murió con una entrega absoluta.
No pude seguirle el paso, ya no
pude seguirlo. Nuestro viaje dejó de ser compartido.
El fin definitivo de toda
esperanza.
Nuestro amor sigue avanzando a
trompicones un trecho más, todavía no está listo para el punto final.
El papel me
succiona la vida.
Filtra el dolor y la tormenta, y
cuando levanto la vista, el sol ha salido de su escondite.
Como un animal asustado, esperando
amor.
Qué valentía: abrirse a otra
persona.
Esa entrega fue el mayor regalo que
te hice. Vivir es un arte, morir, una obra maestra.
S ha vuelto a casa.
Necesito orinar y tengo ganas de
comer papas fritas.
Elsbeth Boom es una profesional
neerlandesa conocida principalmente por su trayectoria como directora de arte
en producciones audiovisuales y televisión, destacando en proyectos como el
programa Waku Waku (1988) y la película Dol (2009). Más allá de
su trabajo en el diseño y la dirección artística, se desempeña en el ámbito
literario y creativo como escritora y poeta. Publica regularmente textos,
reflexiones y piezas poéticas en plataformas digitales y revistas
especializadas como OOTW-magazine, además de compartir su obra a través de
redes creativas.

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