jueves, 15 de octubre de 2026

BEL’AIR

Franzeska Gőrtz Ewart

 

Mi madre está sentada frente a mí, diminuta en el gran sillón, con la espalda tan encorvada que la nariz casi le toca la mesa que los Ángeles han acercado para su taza de té de la mañana. Sentada en el borde de su cama de alta tecnología, trato de no afligirme al ver cuánto se ha deteriorado.

Porque, Dios mío, vaya si se ha deteriorado. Esa columna en forma de ce, que solía llamar orgullosamente su «joroba de viuda», se ha curvado de manera alarmante, y tiene la caja torácica tan comprimida que es un milagro que todavía pueda respirar. Quizá por eso casi nunca habla. Quizá no sea solo la demencia.

Lo peor, sin embargo, es lo alterada que está hoy. Y asustada, como si mi llegada representara alguna amenaza; me pregunto si teme que la traslade a otro sitio. Nunca me ha perdonado que la arrancara de su casa, así que supongo que, en esa mente suya donde todo está patas arriba, soy capaz de cualquier cosa.

Me duele que no confíe en mí, pero sobre todo estoy muy, muy alarmada, porque esto, este miedo, es terrible. Tiembla de pies a cabeza, las manos no dejan de moverse, los dedos se retuercen con angustia y hay pánico en esos ojos azules con sus diminutas lunas opalescentes.

Lo que de verdad quiero es dar media vuelta y regresar a casa, pero la conciencia no me lo permitiría, así que durante un rato me muevo nerviosamente de aquí para allá, murmurando frases hechas, tratando de aliviar la tensión. Sé, por supuesto, que debería limitarme a darle un pequeño abrazo o una palmadita en el brazo, pero no puedo.

Nunca pude, al menos de adulta, y de niña no recuerdo abrazos ni caricias, así que quizá sea por eso. Sea cual sea la razón, lo único que sé es que nada –y cuando digo nada, es nada– me induciría a tocar a mi madre. La sola idea me aterra.

Porque, si lo hiciera, ella también podría tocarme, quizá incluso sujetarme, y estoy convencida de que, si lo hiciera, me vería arrastrada al abismo de su oscuridad y desaparecería para siempre. Sé que es infantil, irracional y melodramático, pero, tal como lo veo, llevo más de sesenta años evitándolo y ni por todos los demonios voy a dejar de hacerlo ahora.

Por eso decido mostrarle la vieja fotografía. Acabo de encontrarla en el cajón de su mesa de noche, mientras buscaba algo dulce, porque el largo viaje en auto me había dejado mareada y habría matado por una barra de Mars, un Bounty o unas pasas cubiertas de chocolate.

Este mareo no es nuevo. Me ocurre cada vez que abro la puerta de mi madre y aspiro ese espantoso olor a orina rancia y a algo intensamente cítrico, que hoy es tan fuerte que también me provoca náuseas.

—Mira, mamá —digo, deslizando con cuidado la fotografía en el espacio que queda entre sus manos y el mentón—. Es Suiza, ¿verdad? ¿Esa casa grande de Davos donde vivías?

Ahora intento persuadirla, desesperada por obtener alguna reacción.

—¿Y ves lo que dice en la fachada? «Bel’Air». ¿No la llamabas Villa Bel’Air? –Cada vez más entusiasmada con el tema, señalo con excesiva vehemencia la montaña del fondo–. Y esa debe de ser el Schatzalp, donde ibas a esquiar.

Mi madre no responde, así que me aparto un poco y me meto disimuladamente tres Maltesers en la boca, los aprieto contra el paladar y cierro los ojos. El chocolate malteado llena hasta el último rincón con una dulzura que me adormece la mente.

¡Qué delicia! ¡Qué éxtasis!

Cuando vuelvo a abrir los ojos, veo que las lágrimas corren por las mejillas de mi madre en dos regueros incesantes.

La culpa me consume. ¿De verdad creí que ver la querida casa de su infancia, a la que no tiene la menor posibilidad de regresar, alegraría a mi pobre mamá? Retiro la foto, pero, antes de devolverla al cajón, la examino con más atención.

Por las letras y la arquitectura, calculo que debe de ser de principios del siglo XX, y, para el tiempo que tiene, es extraordinariamente nítida. Vuelvo a mirar a mamá para ver cómo está y me alivia comprobar que ha dejado de llorar. Sin embargo, tiene la cabeza muy inclinada y contempla el espacio donde estaba la foto: es la viva imagen de la desdicha.

Me siento fatal. De verdad pensé que mostrarle la foto era algo bueno. Estoy segura de haber oído que utilizan fotografías antiguas para ayudar a las personas con demencia, así que supuse que los recuerdos del aire puro de los Alpes, los cielos de un azul intenso y el aroma de las gencianas le ofrecerían un respiro agradable de ese miserable retazo de césped que ve por la ventana y del olor a orina y cítricos que respira. No es culpa mía que todo haya salido tan mal.

Oigo un tintineo lejano, lo que significa que el Ángel del Té y las Galletas está en camino, así que guardo la foto a buen recaudo en la mochila y vuelvo a mirar a mamá para asegurarme de que esté más o menos tranquila. Me sobresalta comprobar que no lo está en absoluto. Tiene el rostro de un rosado poco natural y mueve la boca de un lado a otro, como si algo se le hubiera quedado atascado debajo de la dentadura postiza.

Me digo que no debo asustarme, me deslizo de la cama, me inclino y susurro:

—Tranquila, mamá, estás bien.

Se supone que eso debería tranquilizarla, pero está claro que no funciona, porque ahora emite sonidos guturales, como si se estuviera ahogando o tratara de hablar.

Tengo las palmas pegajosas de un sudor con olor a chocolate. Lo último que quiero es que los Ángeles sepan que he alterado a mi madre, pero no puedo negar que lo he hecho.

Los sonidos guturales continúan y poco a poco se convierten en una palabra. Suena como sour, «agrio» en inglés, con una especie de «sh» al final, y la repite una y otra vez. También intenta mirarme, girando el cuello con esfuerzo, desesperada por encontrar mis ojos, como si eso de sour fuera importantísimo.

—¿Qué ocurre, mamá? —pregunto, tan cerca de su oído que puedo oler el agua de colonia que algún alma bondadosa le ha aplicado allí—. ¿Sentiste algún olor agrio en la habitación? ¿Se derramó leche?

No estoy preparada para la ferocidad de su respuesta.

—¡Nein! —dice con absoluta claridad—. ¡Nein! —repite, y esta vez parece más un gruñido. Un gruñido en alemán.

Durante todo este tiempo, el tintineo del carrito del té se ha ido acercando, y ahora advierto que se ha detenido frente a la puerta. Ruego que el Ángel del Té de hoy sea Bisi –diminutivo de Olabisi, que significa «la alegría se multiplica»–, corro a abrir y, sí, es ella. La dulce y bondadosa Bisi, con esa sonrisa que siempre parece reservada especialmente para mí.

Quizá Dios exista…

Salgo, dejo la puerta entornada detrás de mí e invento para Bisi una historia sobre una mala noticia que he tenido que darle a mamá. Mientras recibo la taza y el plato de galletas rellenas de crema de vainilla que me entrega, me oigo decir:

—La verdad es que está más alterada de lo que esperaba. Quizá me quede a pasar la noche. ¿Está libre la habitación de huéspedes?

Bisi me aprieta el brazo y saca el teléfono. Después de dar varios toques certeros con una uña roja inconcebiblemente larga, sonríe de oreja a oreja.

—Está libre —dice—, y ahora es tuya. —Antes de alejarse con el carrito, añade—: Qué buena hija eres, tan atenta con tu madre.

Y vuelve a apretarme el brazo.

Me invade esa calidez de quien se sabe virtuosa y, mientras dejo el té y las galletas sobre la mesa de mamá, me consuelo pensando que, en realidad, Bisi tiene razón. Soy una buena hija, una hija atenta.

Lo soy.

Mamá ya no tiene palabras, pero, mientras compruebo la temperatura del té y le acerco la taza a los labios, repaso su dramático arrebato.

Había dicho sour, una y otra vez, que en alemán suena igual, sauer, y, como en inglés, significa «ácido». Sin embargo, en ambos idiomas también puede significar «enojado», así que quizá quisiera decir que estaba enojada conmigo, lo cual tendría mucho sentido.

Yo también estoy bastante enojada, así que, después de sumergir con cuidado una galleta en el té y llevarla –a la velocidad del rayo– a la boca abierta de mamá, le digo que me quedaré a pasar la noche y que volveré a verla más tarde. Como no hay la menor reacción, me retiro sin entusiasmo.

Ya casi es hora de almorzar y los Maltesers son un recuerdo lejano, así que voy a la cafetería, compro dos sándwiches de queso, un café y tres KitKats y, por fin sola en mi agradable habitación blanca, me lo devoro todo. Llamo a casa para decirle a mi marido que no volveré hasta mañana; después saco la foto de la mochila y la someto a un examen minucioso.

A la sombra del imponente Schatzalp está la Villa Bel’Air, la casa familiar en la que el padre de mamá –a quien yo llamaba Papa– también tenía su farmacia. Hay dos grandes balcones, uno en cada piso, y en el de abajo están inscritas las palabras «Apotheke» y «Chemist», en enormes mayúsculas que, por algún motivo, imagino doradas.

Entre las palabras doradas hay una cruz, flanqueada por dos serpientes con la cabeza metida en sendos crisoles. En mi imaginación, también las serpientes y los crisoles son de oro.

El sol entra con fuerza por la ventana de la habitación y, sin dejar de mirar las serpientes doradas, entrecierro los ojos. Ahora las veo desenfocadas, ondulando suavemente arriba y abajo mientras beben de sus recipientes de oro y, hipnotizada, siento que mis pensamientos se alejan a la deriva.

¿Qué habrá en los crisoles?, me pregunto, somnolienta. ¿Opio? ¿O el oro de los filósofos? ¿El elixir de la juventud?

Mis ojos regresan con pesadez al primer balcón y allí, justo encima de la serpiente de la derecha, está Papa. Lleva un traje negro, y el bigote, que recuerdo blanco y erizado como un cepillo de dientes, también es negro y de una espesura exuberante.

Mientras el sueño me envuelve, veo que tiene una criatura en brazos. Una bebé.

Mi madre.

Cuando despierto, el sol está bajo, las sombras son largas y la fotografía de la Villa Bel’Air está en el suelo. Aunque el estómago me reclama una cena de pescado, no cedo. En cambio, abro el teléfono, selecciono el modo de IA y escribo: «Villa Bel’Air, Davos, década de 1920, Thomas Hannay, farmacéutico».

Más rápido, sin duda, que la velocidad del sonido, recibo tanta información que me abruma; pero, aunque resulta fascinante recordar que Papa era pintor, poeta y un talentoso lingüista, ahora estoy buscando otra cosa.

Recuerdo la angustia de mamá al mirar la fotografía y la palabra –la palabra alemana– que tanto se esforzaba por decir.

Sauer. Seguida de un sonido «sh»…

Desde un pasado remoto me llega una palabra que mi madre me enseñó.

Sauerstoff.

«Oxígeno».

La IA me invita a «Preguntar cualquier cosa», así que escribo «oxígeno» y me informa que, a principios del siglo XX, Davos era el epicentro mundial del tratamiento de enfermedades respiratorias, en particular de la tuberculosis. Farmacéuticos como Hannay se encargaban de suministrar oxígeno en cilindros a presión.

El corazón me late tan rápido que me preocupa, así que guardo el teléfono en el bolsillo, voy a toda prisa al supermercado Waitrose del barrio, compro cuatro latas de gin-tonic y me obligo a regresar despacio.

Con las latas en la mochila y el sol de la tarde sobre los hombros, estoy más tranquila. Mientras camino, pienso en lo fácil que es la vida ahora que mamá está al cuidado de los Ángeles; pero, cuando abro la puerta de la residencia, me asalta un pensamiento incómodo.

Me he acomodado. Poco a poco, con los años, he ido espaciando las visitas y –peor aún–, cuando vengo, no se me ocurre nada que decir para hacer más agradable el rato a las dos. Una vez cumplidas las formalidades iniciales, lo único que hago es sentarme y preguntarme cuándo podré irme sin quedar mal.

Pero lo de hoy ha sido una llamada de atención. Ese rubor anormal, esa respiración entrecortada, me recordaron lo cerca que podría estar el final de mamá. El poco tiempo que me queda para mejorar esa pequeña vida suya, tan pobre.

De vuelta en la habitación, abro una de las latas de un tirón, doy un buen trago de ginebra y, de pronto –¡bingo!–, se me ocurre toda una serie de cosas maravillosas que podría conseguirle a mamá para mejorarle la vida.

Grandes macetas frente a su ventana, con flores perfumadas. Un comedero para pájaros. Una radio. Almohadones de colores vivos. Y –lo más importante– apretarle el brazo de vez en cuando, darle alguna suave palmadita en la cabeza. Seguro que puedo hacerlo.

Seguro. Que puedo.

Durante un rato floto, dichosa, en mi mar de buenas intenciones. Entonces suena el teléfono: es Bisi, que me pide que vaya de inmediato a la habitación de mamá. Aunque su voz es muy serena, percibo una nota de preocupación. Completamente despabilada, corro por el pasillo, con las alarmas machacándome el cerebro.

La puerta está entreabierta y personas de semblante grave entran y salen a toda prisa, llevando aparatos inquietantes. Pegada a la pared del pasillo, distingo tubos e indicadores que oscilan, oigo el suave zumbido del suministro de oxígeno y, por encima de todo, un pitido insistente que parece anunciar algo importante.

Estoy convencida de que mamá está a punto de morir y las piernas se me vuelven de agua cuando recuerdo aquella disparatada lista de cosas para mejorarle la vida que hice hace menos de una hora. Quiero gritar ante la angustia inútil de todo aquello.

Entonces recuerdo la urgencia con que había dicho aquella palabra, Sauerstoff, y las piernas terminan por ceder. Con la cabeza entre las rodillas, desesperada por no desmayarme, pienso: «Nunca voy a saber por qué la dijo». Y después, mientras siento que pierdo el conocimiento: «Al final, nunca, nunca voy a tocarla…».

Lo siguiente que recuerdo es que estoy en mi cama y un Ángel –no Bisi, pero igual de bondadoso– me refresca la cara con un paño frío y me dice que estoy bien.

No me siento bien en absoluto.

—¿Cómo está mamá? —pregunto.

Para mi alivio, el Ángel sonríe y, aunque con cautela, me dice que ahora está estable y duerme. Después me entrega un vaso de agua, me asegura que puedo contar con ella si la necesito y se aleja flotando.

Digo «flotando» porque, desde que recobré el conocimiento, me siento extrañamente irreal e ingrávida, como si me observara desde arriba. En un intento de volver a afianzarme en la realidad, me bajo con cuidado de la cama, recojo la fotografía de la Villa Bel’Air y examino la serpiente dorada que está justo debajo de los pies de mi madre bebé.

Es entonces cuando, en vez de volverse más reales, las cosas toman un giro decididamente sobrenatural.

Ahora bien, en este punto debo asegurarles que no soy una persona fantasiosa. No me interesan la religión, el espiritismo ni la magia, y, en lo que respecta a la alquimia, no tengo paciencia para la visión de las cosas a lo Harry Potter. A mi juicio, los alquimistas no eran más hechiceros que yo, sino químicos honrados y laboriosos que buscaban la verdad sobre las propiedades de la materia.

Así que, cuando digo que la serpiente que estaba debajo de los pies de mi madre levantó lentamente la cabeza del crisol y, con un movimiento casi coqueto de la cola, se volvió hacia mí, tendrán que sacar sus propias conclusiones.

Quizá aún no estuviera del todo despierta. Quizá la tensión de aquel día me hubiera trastornado. Quizá –probablemente– hubiera bebido demasiada ginebra. Fuera lo que fuese, la extraordinaria visión no termina ahí. Lo mejor, como suele decirse, está por venir.

Porque, ante mis ojos atónitos, la serpiente se muerde la cola y forma un círculo perfecto. Mientras contemplo cómo su final se convierte en su principio y su principio en su final, es como si el Tiempo mismo dejara de existir.

Entonces oigo con absoluta claridad la voz de mi madre: una voz mucho más joven, aunque, por desgracia, no menos agobiada. En el resplandor dorado de la serpiente, convertida ahora en un uróboros, símbolo de la eternidad, escucho la historia que ya estaba enterrada en lo más profundo de mi memoria; todo encaja y comprendo.

Cuando el resplandor se desvanece y la serpiente vuelve a su lugar, encima del letrero de «Apotheke», me siento maravillosamente tranquila, como ocurre cuando por fin se resuelve un enigma. Sin embargo, persiste una corriente soterrada de horror que, por el momento, aparto; y, mientras todo sigue fresco en mi memoria, abro Google.

«A principios del siglo XX –escribo–, el joven aprendiz de Thomas Hannay, farmacéutico de la Villa Bel’Air, en Davos, Suiza, murió al explotar el cilindro del que intentaba suministrar oxígeno. ¿Fecha?».

La IA tarda más de lo habitual en informarme de que la explosión mortal que casi destruyó la Villa Bel’Air ocurrió el miércoles 23 de noviembre de 1921, y que su estruendo resonó por todo el valle del Landwasser; pero, a estas alturas, ya no me interesan los datos ni las cifras.

Solo puedo pensar que, cuando mamá tenía apenas ocho años, su vida idílica quedó hecha pedazos y nunca pudo recomponerse. Durante un rato, incapaz de moverme, trato de imaginar el espantoso estruendo que retumbó por el Schatzalp, los gritos mientras la Villa Bel’Air se desgarraba, y la consternación, la desolación y –al menos entre los adultos– los reproches mutuos que debieron de venir después.

No es extraño que mi madre se convirtiera en una adulta que se sobresaltaba con el menor ruido y no confiaba en nadie. No es extraño que ni siquiera pudiera tocar a su propia hija.

Arranco la anilla de otra lata y me echo el contenido por la garganta.

A la mañana siguiente, cuando voy a ver cómo está mamá, me sorprende gratamente encontrarla en su sillón, envuelta en una manta. Y no está sola.

Sentada en la cama, con las piernas cruzadas, hay una chica de unos quince años, con una explosión de rizos negros surcados por mechones verdes, varios piercings y unas gafas grandes que la hacen parecer una lechuza muy bonita.

Me saluda con un gracioso movimiento de la mano.

—¡Hola! Soy Raine —dice, con una voz dulce como una canción—. Vengo todos los jueves a leerle a tu mamá para mi acreditación de Participación Comunitaria de la SQA.

Levanta un viejo libro de bolsillo que reconozco como el ejemplar de mamá de La montaña mágica, de Thomas Mann. En la cubierta hay una pintura de Davos, con el Schatzalp al fondo.

—Lo encontramos allá arriba, en el estante —explica Raine—, y pensamos que le gustaría por la montaña, la nieve y todo eso…

Miro a mamá con cautela.

—¿Y le gustó? —pregunto, y veo que intercambian una sonrisita cómplice.

—No mucho —admite Raine—. Es decir, en realidad no pasa nada. Solo hay unos enfermos que se toman la temperatura todo el tiempo. —Se anima—. Traje uno de los míos para probar.

Saca otro libro de su bolso. El título está escrito con letras góticas y la cubierta es predominantemente negra, con algunas manchas carmesíes.

—Es uno de Crónicas vampíricas —me dice Raine, con una amplia sonrisa—, y de verdad, es increíble. Y, si le gusta, tengo muchos más…

Hago una pausa antes de preguntar:

—¿Había una fotografía dentro de La montaña mágica?

Se hace el silencio. Raine se muerde el labio y después asiente.

—Se la mostré porque pensé que le gustaría, por ser suiza y todo eso, pero se puso muy mal —dice—. Lo siento muchísimo.

Por un momento parece tan desolada que creo que va a llorar.

Me acerco, recojo La montaña mágica y lo meto en la mochila.

—Te aseguro que ya lo ha olvidado —le digo a Raine—. Y te agradezco muchísimo que hagas esto. A mamá le van a encantar esos vampiros.

Abro el cajón de las golosinas, saco un montón de barras de chocolate, caramelos de goma y Smarties y se lo dejo todo en el regazo.

—Todos le traen dulces —explico—, y a ella no le gustan demasiado.

Me dirijo a la puerta, pero, antes de irme, me coloco detrás del sillón de mamá. Me inclino, le rodeo el cuello con ambos brazos y le doy el abrazo más cálido de que soy capaz.

—Cuídate, mamá —le digo—. Vendré a verte la semana que viene. ¿De acuerdo?

Cae una lluvia fina mientras camino hacia el auto y ha salido el sol, que hace brillar el asfalto como el oro. Quizá más tarde haya un arcoíris…

Franzeska Ewart nació en Stranraer y reside en Kilbirnie, Escocia. Ha escrito libros para niños durante más de veinte años, principalmente para el grupo de edad de 8 a 10 años, y varias de sus obras fueron seleccionados como «Libro de la semana» por *The Guardian*. En 2022 recibió el premio Scottish Children's Book Award. Su adaptación de *La tempestad* de Shakespeare sigue siendo publicada por Bloomsbury. Durante los últimos diez años se ha dedicado principalmente a la autopublicación de ficción para adultos y también escribe letras de canciones y poesía.

 

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