Susana Arroyo
Estoy recostada en el coqueto
dormitorio: dos somieres de una plaza, mesa de luz, placar con amplio espejo
trabajado en los bordes con diminutas figuras abstractas, televisor enorme en
la pared opuesta, amplio ventanal al lado izquierdo de la cama, orientado hacia
el bulevar.
Debajo de los
espesos árboles, se esconden personas, mascotas llevadas por sus dueños,
bancos, canteros con flores… Lo sé porque he recorrido algunas veces este
territorio rebosante de verde, vida, risas, sueños, tristezas anónimas…
No he
encendido la tele. No siquiera para distraerme. El dolor es insoportable. Como
irritante es el ruido que viene del exterior. Es un noveno piso de un flamante
edificio de un barrio céntrico de una ciudad superpoblada. No estoy acostumbrada
a semejante bullicio. Mi casa, mi verdadero hogar, se encuentra en un pueblo pequeño,
lejano, donde la paz y la serenidad son la constante.
Abro la
ventana y observo el trajinar de la gente, el tronar de los autos, las
insistentes bocinas, el movimiento de los árboles que danzan al viento. Es un
aire denso, caliente, de un verano prematuro, que me exaspera aún más.
Mis manos se
acercan al control remoto, dudan y se alejan. Acarician el libro de cuentos,
que me ayuda un poco a disipar el terrible malestar.
Escucho el
pitido del celular, anunciando la llegada de otro mensaje. Ya son muchos,
demasiados para mi escasa paciencia y desagrado. Todos preguntan lo mismo:
¿cómo salió todo?, ¿cómo estás?, ¿qué haces? No sé qué responder. No puedo.
Quisiera hacer
desaparecer este presente. Me repito que falta poco, que lo voy a superar, que
todo pasa, aun lo malo. Lo aprendí hace poco. Y es cierto. Pero es difícil
autoconvencerme cuando el sufrimiento no cede.
Me cuesta
estar acostada, también sentada. Me incorporo. Intento caminar, descalza. El
frío del piso me reconforta. Por primera vez advierto con detalle los
ambientes, los muebles, los objetos que me rodean. Decoración moderna,
elegante, funcional.
A través del
pasillo, llego al living-comedor, donde reina un imponente sofá-cama; allí
duerme él para no molestarme. Ahora está vacío. Me siento con cuidado, sin
prisa, en el borde. Mis dedos se deslizan por la sedosa tela azul. Me acuesto con esfuerzo.
Contemplo la mesa
amplia, las sillas, la vitrina con vajilla que parece de buena calidad, el segundo
televisor con sonido tenue. Reparo en la imponente ventana y su nívea cortina
de raso. Tras de esta, un balcón importante que da hacia la ruidosa avenida; una
mesa redonda y pequeña, y dos sillas, ideales para la merienda o el desayuno de
una pareja en luna de miel. Lástima que no seamos dos recién casados. Todo lo
contrario. Más de treinta años viviendo juntos y tal vez sin conocernos del
todo.
Me levanto
con dificultad. Ingreso en la cocina; huele rico, a limpio. Sonrío: todos los
electrodomésticos necesarios, en perfecto orden.
Vuelvo al
pasillo, que comunica todos los espacios. Penetro en el baño, amplio, cómodo,
de diseño atractivo.
En otras
circunstancias, estaría radiante: un verdadero lujo para mis posibilidades. Me
siento en el lugar ideal en el momento equivocado.
Este tiempo
es crítico. Estimo que las horas se estancaron, que estoy atrapada en un
laberinto sin salida.
Pero no me
encuentro sola. Él me acompaña, me cuida, me sostiene; tolera con paciencia los
enojos, el malhumor.
Alquilé este
departamento amueblado para estar lo más tranquila posible, para no molestar a
otros, para gritar sin vergüenza la angustia incontenible.
Me han
sometido a una operación quirúrgica impostergable, compleja, dolorosa. Él,
siempre ahí, dispuesto.
Así, se
arrastran los días interminables. El dolor va cediendo, pausado. La esperanza
se acerca, tímida.
En la espera
tediosa logro detenerme en cada detalle del nuevo hogar; pasajero, pero por
ahora mío. Ya disfruto de breves momentos en la soledad del balcón, testigo
mudo de tantas vidas ajenas que se entrecruzan en las calles y veredas con dolores
quizá mayores a los míos.
Entonces,
trato de imaginar el futuro, pleno de buenas noticias, de risas amigas, de
placeres pequeños. Fabrico una sonrisa en el alma, me asomo de nuevo al balcón
con otra mirada, hablo a los pájaros que revolotean entre las hojas, saludo a las
nubes que corren porque sí, me sumo con el pensamiento al ajetreo de la
muchedumbre y experimento ser una persona más, que lucha por sobrevivir en cada
respiro.
Llega el día
en que se termina el contrato. Físicamente no me encuentro lista para viajar.
Tampoco estoy todavía preparada de ánimo para abandonar este lugar, al cual
ignoré y hasta rechacé al principio, encerrada en el malestar. Sin embargo, en este momento crucial me
cuesta despegarme de las paredes, los olores, los ecos; vestigios de un hito
importante de mi existencia, un antes y un después.
Contemplo por
última vez este sitio. Miro a mi pareja con otros ojos. Porque es otro. Lo sé.
Como yo también soy otra. Pocos días bastaron para que cada uno nos descubriéramos
internamente. Para valorarnos uno al otro. Para apreciar la vida.
Entro al
ascensor; sensaciones contrarias me acosan: deseo irme cuanto antes y borrar
estos días amargos; al mismo tiempo, no quiero dejar este lugar, ámbito de
lucha con la congoja, ni despedirme de esta etapa de cambio profundo y de
aprendizaje.
Me enfrento con la calle después de tantos días de encierro. El bullicio me descoloca. Es solo un instante. Con paso decidido encaro la distancia que me separa del ómnibus que me devolverá a mi origen. De la mano de él.
Elena Susana Arroyo es una escritora
y docente jubilada oriunda de Villa Huidobro, Córdoba, Argentina. Graduada en
la Universidad Nacional de Río Cuarto, cuenta con una destacada labor en la
poesía y la narrativa breve, habiendo sido seleccionada e incluida en diversas
antologías internacionales como la editada por Niña Pez. Entre sus textos se
destacan poemas como "Aromas" y obras breves galardonadas en
certámenes de la región. Además de su producción literaria, mantiene una activa
participación cultural y comunitaria en su localidad. El cuento que presentamos
obtuvo el Primer Premio Internacional en
XII Edición del Concurso Literario Autobiográfico de Personas Mayores 2026
(SENAMA). Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Gobierno de Chile.
Santiago (Chile).

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