sábado, 17 de octubre de 2026

HASTA LA MÁS AVANZADA JUVENTUD

Mihai Cacior

 

El hombre caminaba despacio por el centro de la pista de baile, con las manos en los bolsillos, como si paseara por un parque.

—De todos modos, ya no existen las relaciones serias —dijo la mujer.

—No estoy de acuerdo —dijo su amiga.

—Solo existe el último encuentro sexual antes de que decidas poner fin a tu vida —continuó ella—. ¡Y yo apenas he empezado!

El hombre se puso a bailar con alguien.

Estaban de moda las prendas luminosas, holgadas, que desafiaban la gravedad. Las mujeres llevaban vestidos largos que flotaban a su alrededor, con motivos luminosos que danzaban al ritmo de la música, y los hombres usaban abrigos hasta los tobillos, de hombros anchos, y sombreros con intrincados diseños geométricos. Solo él se distinguía de los demás. Llevaba una sencilla camisa blanca, pantalones de tela gris y guantes negros. Tenía el cabello corto y no llevaba barba. Ella solo le había visto la cara, pero ya intuía que no tenía ningún tatuaje.

—Sigo creyendo que existen las almas gemelas —continuó su amiga—. Como en los cuentos antiguos. ¡Hasta la más avanzada vejez!

—Querida, la vejez ya no existe.

Terminó su bebida y activó la glándula depuradora. Quería tener la mente despejada. El alcohol desapareció de su sangre. Se sentía como si acabara de despertar de un sueño reparador.

Lo veía en todos los bailes.

No lo perdió de vista mientras se abría paso entre la multitud. Él se movía despacio; su pareja bailaba con energía y llevaba un vestido multicolor hasta el suelo, aunque no lo tocaba: flotaba a su alrededor, al igual que su cabello, lleno de joyas. No hacían buena pareja.

Él la vio acercarse. Le sonrió.

Cuando llegó a su lado, apartó la mano de la cintura de la otra mujer, la estrechó entre las suyas y empezaron un vals lento que no tenía ninguna relación con la música del baile. Los guantes eran tan finos que parecía que no los llevaba. La otra mujer se alejó sin mostrar rencor y, al cabo de unos instantes, encontró otra pareja.

La mujer y el hombre continuaron el vals, sonriéndose. Convirtieron en un juego su resistencia al ritmo de la multitud.

Más tarde, cerca del amanecer, ella pensó que su intuición había sido acertada. Él no tenía ningún tatuaje.

—Ya no existen las relaciones para toda la vida, ¿verdad? —preguntó antes de dormirse, mientras él le acariciaba la espalda.

—¿Mmm? Sí, solo las circunstanciales —añadió él.

Ella despertó primero y se metió en la ducha. Ya pensaba en el próximo baile, en el próximo hombre. Cuando salió, lo encontró vestido. Estaba frente a una cocina con una sartén en la mano.

—¿Quién sigue cocinando para sí mismo? —preguntó.

Él se limitó a sonreírle.

En serio, ¿quién seguía cocinando?, volvió a preguntarse ella, desconcertada. Cuando era tan fácil pedir cualquier exquisitez y recibirla de un dron dondequiera que estuvieras. O ir a un restaurante y cenar mientras contemplabas bailarines que flotaban en el aire, una ópera o una obra de teatro. Cuando todo costaba lo mismo que un vaso de agua, una entrada para un baile o un departamento: nada.

Se sentaron a la mesa de la cocina. Él sirvió una tortilla trenzada y jugo de naranja.

—Está muy bueno —dijo ella.

—No te lo esperabas, ¿verdad? —Él le sonrió—. Es una lástima que ya no hagamos las cosas como antes.

—¿Por ejemplo? Aparte de cocinar.

—Por ejemplo, presentarnos. Me llamo…

—Basta —lo interrumpió ella—. No quiero que nos digamos nuestros nombres. Es que después podrías buscarme.

—¿Y si solo te digo el mío? Así seguiré sin poder encontrarte. ¿O tienes miedo de buscarme tú?

—El miedo es otra de las cosas de las que prescindo. Está pasado de moda, es una antigualla.

Cuando terminó de comer, ella se levantó.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó él.

—Son secretos.

—Nada en particular, entonces. Quédate un rato más. Quiero mostrarte algo.

—Ya me mostraste todo lo que quería. Estuvo bien. No estropeemos el recuerdo.

Se vistió. Antes de salir del departamento, volvió a mirarlo. Lavaba los platos y tarareaba. Él giró la cabeza apenas lo necesario para guiñarle un ojo.

—Hasta la vista —dijo.

—Adiós —lo corrigió ella.

 

El siguiente baile se celebró en otra zona de la ciudad orbital. La gravedad era tan baja que los invitados volaban entre las plataformas con alas de terciopelo o pequeños motores ocultos en el forro de la ropa. Se encontraban entre las ramas de un árbol de cientos de metros de longitud, con hojas de varios metros de ancho, situado en el centro de una cúpula de diamante que dejaba pasar la luz natural de las estrellas.

No tardó en verlo. No se acercó.

Buscó otra pareja. Bailó con un hombre que hablaba demasiado, luego con otro que fumaba demasiado y después con uno que se había puesto demasiado perfume. Se acercaba el amanecer. La multitud empezó a dispersarse. Ella se quedó sola. Volvió a distinguirlo: estaba solo, meciéndose sobre una hoja como en una hamaca, fumando una pipa y mirándola. Lo invitó a bailar.

Había bebido toda la noche y no se había molestado en eliminar el alcohol de la sangre, así que estuvo algo más alocada de lo que habría querido. Bailaron, rieron, se besaron. Mientras ella le acariciaba el cabello, él preguntó:

—¿Con cuántos te has acostado?

—Es una pregunta bastante personal.

—¿Más íntima que decirme tu nombre?

—No, nada es más íntimo. Y, de todos modos, ¿quién lleva la cuenta?

—Tú pareces precisamente de las que llevan la cuenta. De las que valoran cada noche, cada rostro, cada gesto.

Ella asintió con una sonrisa.

—¿Y tú?

—Con pocas.

—Pareces decepcionado.

—Sí, pero por otro motivo.

—¿Ah, sí?

—Uno personal.

—Olvida que pregunté, entonces.

Él la tomó de la mano y ella se dejó llevar. Abandonaron el baile saltando desde la plataforma de la rama gigantesca, salieron del inmenso recinto y dejaron atrás el árbol. Con la mente todavía embotada, no advirtió que no iban a casa de él hasta que se detuvieron ante otra cúpula, de apenas unas decenas de metros de diámetro. Volvían a contemplar el espacio. Veían un gigante gaseoso rodeado de anillos de colores, las estructuras del puerto y puntos luminosos en movimiento: los motores de las naves. El sol se ponía detrás del planeta; la luz crepuscular fue menguando hasta que el astro se ocultó y entonces pudieron ver de verdad el cielo, con todas sus estrellas y nebulosas. Él le tomó la mano y la dirigió hacia un punto del cielo. Hacia una estrella apenas visible.

—De allí venimos. Sol, la estrella de la Tierra. Algún día me gustaría visitarla.

Ella no retiró la mano.

—¿Qué crees que encontrarás allí que no tengamos aquí?

—Algo que todavía no conozco.

A la mañana siguiente, él preparó panqueques y sirvió jugo de granada.

 

Siguió viéndolo en todos los bailes, siempre en contraste con la multitud. La ropa que desafiaba la gravedad había pasado de moda. Durante un tiempo, todos llevaron trajes de formas geométricas, angulosas, hechos de un material espejado, y la multitud se convirtió en un caleidoscopio agotador. Durante otra temporada, la moda fue la desnudez. Después volvieron las prendas coloridas y extravagantes. Ella se adaptaba a cada cambio, aunque nunca conseguía armar un atuendo que impresionara. Solo él permanecía igual.

No volvió a acercarse a él, ni siquiera cuando no encontraba una pareja de su agrado, algo que le sucedía cada vez con mayor frecuencia. Cuando bailaba con alguien nuevo, o simplemente conversaba o le acariciaba el cabello, la sorprendían pensamientos sobre él y volvía a buscarlo con la mirada, hasta encontrarlo bailando con alguna otra mujer o, a veces, con un hombre. Él siempre le devolvía la mirada y le sonreía.

Ella había dejado de usar la glándula depuradora. Daba rienda suelta al alcohol; ya no le importaba sentir cada caricia, cada gesto, saborear cada palabra. Así le resultaba más fácil encontrar pareja. Despertaba con resaca en una cama ajena y regresaba de inmediato a su casa.

Hasta que una noche, en un sótano estrecho y oscuro, con una música que le hacía vibrar todo el cuerpo, lo vio apoyado en un rincón, otra vez vestido de negro. Ni siquiera supo cómo había logrado distinguirlo.

—No parece que te estés divirtiendo —le dijo.

—¿Mmm? ¿Por qué no? —respondió él, mirando el club con hastío—. A veces me gustaría poder ser un ermitaño, ¿sabes?

Ella se apoyó a su lado. Pidió otra bebida y bebió hasta marearse.

—Querías mostrarme algo. ¿Todavía te acuerdas? Después de la primera noche.

—¿Mmm? Ah, sí. Ya no viene al caso —respondió él, y solo entonces la miró a los ojos por primera vez aquella noche—. Pero ven, te mostraré otra cosa.

Le tomó la mano. Como siempre, llevaba guantes.

Recorrieron los pasillos y las plazas de la ciudad, concurridos, llenos de vida y de arte. Subieron a un tren y bajaron en una zona gris y funcional. Allí la gente caminaba con un propósito; nadie llevaba vestidos ni abrigos multicolores. Incluso vieron un grupo de niños. No se oía música. Él la condujo por una serie de pasillos hasta llegar a un restaurante. Era un local amplio, de techo alto, con las mesas separadas y conversaciones tranquilas. Una de las paredes era un ventanal que daba al exterior de la ciudad, al espacio.

Contemplaron un astillero donde se ensamblaban cascos de todos los tamaños, algunos de apenas unas decenas de metros y otros de varios kilómetros. Veían brazos mecánicos y robots que maniobraban las piezas y las soldaban. Entre las estructuras se distinguían pequeñas figuras, como hormigas, con dos brazos y dos piernas.

—¿Esos son seres humanos? —preguntó ella—. ¿Qué pueden hacer que un robot no haga mejor y más rápido?

—Planteas mal la pregunta. ¿Qué puede hacer el trabajo por ellos que no haga por los robots? Darles la satisfacción de una tarea bien hecha.

Siguieron paseando. Él le mostró zonas de la metrópolis orbital en las que ella nunca había pensado: depósitos, fábricas, laboratorios. Por último llegaron a casa de él. Como no había eliminado el alcohol a tiempo, estaba exhausta. Se durmieron abrazados.

A la mañana siguiente, cuando despertó y se vio todavía vestida, aunque cubierta, comprendió que no habían tenido sexo. Nunca le había sucedido algo así. Se asustó. ¿Qué sentido tenía dormir con alguien si no pasaba nada?

Él la esperaba con la mesa puesta, leyendo un libro. Ella comió deprisa, luego lo tomó de la camiseta, lo desvistió y puso las cosas en orden. Como ya era mediodía cuando quedaron satisfechos, se quedó con él. Pasearon hasta el anochecer; él le mostró los invernaderos hidropónicos donde crecían frutas. Por la noche, desnudos bajo el edredón, ella estaba decidida a hacer que aquella noche valiera la pena. Pero seguía cansada de los encuentros de unas horas antes. Decidió que ya no tenía sentido ir a dormir a su propia cama. Se quedó con él.

Por la mañana, mientras se vestían, lo observó plancharse la camisa, acomodársela, calzarse y ponerse los guantes.

—¿Por qué usas guantes?

—Es una costumbre de mis antepasados. Vivían en una teocracia, hace unos milenios. Mostrar las manos era un tabú. Es interesante lo que una sociedad decide considerar importante y cómo se amolda la vida cotidiana a eso. Por ejemplo, como siempre llevaban guantes salvo en familia, el simple acto de cenar se había convertido en algo íntimo, importante, una señal de gran confianza.

—Sigues sin responderme. ¿Por qué los usas tú?

—Estas pequeñas dificultades hacen más interesante la vida, ¿no te parece?

—Mmm. Por cierto, esta noche dormiré en mi casa.

—Muy bien.

—Y voy a ir al baile de los marqueses.

—Que te diviertas. Quizá también pase por allí, pero todavía tengo algunas cosas que hacer.

Aquella noche, en el baile de los marqueses, ella no lo buscó con la mirada. Llevó a casa a un hombre alto de piel suave.

Siguió viéndolo de vez en cuando en los bailes. A veces ella encontraba a otra persona y él también; otras, se acercaba a él. Advirtió que cada vez que lo buscaba, él dejaba a su pareja de baile para estar con ella.

Pasaban cada vez más días juntos. Se perdían cada vez más bailes. Ella había dejado de estar al tanto de las modas.

Él le mostró lo que había querido enseñarle aquella primera mañana. La condujo a una habitación de su departamento que ella no conocía: un taller de carpintería. En otra había una sala acogedora, un piano, cuadros en las paredes y muebles de madera hechos por él. Le explicó que había creado aquella sala para tener un lugar donde reunir a sus amigos más queridos.

—Creo que todavía necesitamos lugares así, que no estén construidos con precisión matemática para agradar al mayor número posible de personas; un lugar donde podamos ser nosotros mismos.

Le habló de un amigo pianista que lo visitaba a menudo.

—Incluso me dijo que le gusta más tocar aquí que en cualquier sala de conciertos.

—¿Y toca bien?

—Mejor que nadie. De hecho, va a tocar en el baile de esta noche. ¿Quieres que vayamos?

—¿Cómo, juntos?

—Sí, ¿por qué no?

—Pero… ¿qué ropa está de moda ahora?

—¿Crees que lo sé? —respondió él, riendo.

Él se puso un saco negro y ella un vestido azul ceñido. Los demás iban envueltos en prendas que recordaban las dunas de un desierto. A ella le gustó la música.

 

Como pasaba más tiempo en casa de él que en la suya, decidió dejar libre su departamento. Cuando sintiera la necesidad de una pareja nueva, algo que ocurría cada vez menos, le resultaría igual de fácil conseguir una habitación por una noche o ir a casa de su pareja de aquella velada. Y cada vez que iba sola a un baile, aunque él siempre decía que de todos modos tenía trabajo, que no saldría y que la esperaba al día siguiente, ella deseaba que él también encontrara a alguien nuevo para esa noche.

Pasaron así varios años juntos, hasta una tarde en que ella leía en la sala y él trabajaba en la habitación contigua. A través de las dos puertas altas de madera y vidrio, hechas por él, lo veía trabajar en una silla. Llevaba guantes ásperos, manchados de pintura y cubiertos de aserrín. A ella le gustaba aquel silencio atravesado por los sonidos del trabajo, de los clavos al entrar, de la madera al cortarse. Le gustaba el olor de la madera. Él dejó la sierra sobre la mesa, se sacudió el aserrín y bebió un vaso de agua. Se quitó los guantes de trabajo y, al ver sus manos desnudas, aunque las había visto y sentido tantas veces durante tantas noches, ella experimentó una excitación más intensa que cuando había visto por primera vez a un hombre desnudo en su cama.

Él se puso los guantes de entrecasa, los finos, y hablaron un rato de la novela que ella estaba leyendo, tomada de su biblioteca. Cocinaron juntos y comieron. Después él le dijo:

—Vámonos.

—¿Adónde?

—Hacia Sol. Hacia la Tierra.

Ella quedó asombrada ante la propuesta, ante su seriedad. Cerró el libro sin fijarse en qué página había quedado.

—¿Dejar todo lo que has hecho aquí? —preguntó, mirando hacia el taller.

—Lo encontraremos todo igual, aunque regresemos dentro de cien años.

Ella sintió un miedo como nunca había experimentado en su vida, pero también un entusiasmo de la misma intensidad. Asintió.

Partieron hacia Sol en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas, pero no las sintieron, porque pasaron todos aquellos años sumidos en un sueño sin sueños. Pisaron el planeta natal de la humanidad y recorrieron cada rincón de cada continente. Visitaron ciudades cuya historia se remontaba a decenas de miles de años. Después abandonaron el sistema de Sol, pero no regresaron a casa: se dirigieron hacia otras estrellas, hacia otras tierras, nuevas para ambos.

 

Llevaban ciento once años viviendo juntos: decenas de miles de noches durmiendo abrazados, otras tantas mañanas perezosas, tardes entregadas a los paseos, veladas en las que preparaban la cena. Él había cumplido trescientos treinta años; ella, ciento cincuenta y cinco. Tenían exactamente el mismo aspecto que la noche en que habían bailado por primera vez.

Ella cerró el libro. Él estaba acostado a su lado, con la mirada perdida, quitándose los guantes y volviendo a ponérselos. Ella le tomó la mano. Estaban en una habitación de hotel de un mundo acuático; desde el dormitorio veían arrecifes de coral.

—Podríamos visitar también Sirio, ver los anillos de Upsala —le dijo. Él seguía con la mirada perdida—. Podríamos visitar los bosques de Mitobirion.

Él negó suavemente con la cabeza.

—Sé que ya lo hablamos —continuó ella— y dijimos lo que dijimos, pero aun así podríamos…

Él la miró a los ojos y preguntó:

—¿Has cambiado de opinión? ¿De verdad quieres un hijo o solo quieres darme un propósito en la vida? Lo único que quiero es volver a casa.

Abandonaron el mundo acuático. Se embarcaron en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas.

Regresaron al departamento que habían dejado un siglo atrás. Las sartenes tenían las mismas manchas; el suelo del taller estaba cubierto de aserrín; sobre el piano de la sala había una caja de clavos y un martillo, aunque el departamento que encontraron se hallaba en otro barrio de la metrópolis orbital. Él tomó una silla que se parecía a la que había hecho un siglo antes, la olió, acarició con la mano desnuda el respaldo barnizado. La arrojó al suelo, rompió una pata y observó las fibras de la madera.

El departamento era una imitación del original. El suelo no crujía, el piano no estaba desafinado, la madera no se había hinchado ni enmohecido. Él tomó la caja de clavos y la arrojó contra la puerta. Agarró el martillo y golpeó el piano con todas sus fuerzas, le rompió las patas, destrozó las teclas. Cayó de rodillas, exhausto. Ella lo miró a los ojos enrojecidos y no los reconoció.

 

Los seres humanos ya no envejecen. Nacen, crecen, atraviesan una adolescencia tan tumultuosa como en cualquier época de la historia de la humanidad, se convierten en adultos jóvenes y así permanecen. Sin embargo, siguen acumulando experiencias, vivencias, expectativas. Llega un momento inevitable, después de cien años o de mil, en que la mente, hecha para una vida de mecha corta, que venía con fecha de vencimiento, incluso ahora, con todos los milagros médicos que han desterrado la vejez y la enfermedad, se llena de vivencias hasta el límite. Sucede cuando las personas han visto todo lo que había por ver, han sentido todo lo que había por sentir, se han reído de todo lo gracioso y han llorado por todo lo triste. Llega un momento en que la vida corporal ya no tiene nada nuevo que ofrecer.

Ese momento llegó primero para él y, finalmente, para ella. Cada día se había convertido en una representación teatral bien ensayada; ya no había nada que los alegrara ni los entristeciera. Habían hecho todo lo que alguna vez habían deseado hacer y decidieron que ya no tenía sentido intentar lo que todavía no habían intentado.

Él eligió una muerte sencilla; se resignó a pasar a la nada.

Ella eligió transferir su mente al paraíso digital, donde todo era posible, donde las personas podían convertirse en algo más que simples seres humanos.

Se acostaron juntos por última vez, estrechamente abrazados, ahuyentando el sueño cuanto podían, prolongando el tiempo. Con los labios pegados a su oído, ella le susurró su nombre, nunca pronunciado durante el siglo que habían pasado juntos. Él hizo lo mismo. Se despidieron. Se durmieron: él, en una quietud sin fin; ella, en un sueño del que despertaría en otro lugar, transformada para siempre.

Mihai Cacior (nacido en 1997 en Rumania) es un escritor de ficción especulativa y ciencia ficción. Se graduó en la Facultad de Automática y Computación de la Universidad Politécnica de Bucarest, combinando su actividad profesional en el ámbito tecnológico con la creación literaria. Ha publicado narrativa corta en reconocidos espacios culturales y revistas literarias de su país, como la plataforma Ficțiunea y los circuitos de literatura fantástica y de anticipación vinculados al club Helion.

 

 

LO PEOR ES QUE NI ASÍ TE HARÁS RICO

Rebecca Arcega

 

Nunca podré escribir como él. Ni siquiera viene a la oficina tan a menudo. Para describir su situación laboral se usan términos como «independiente» y «trabajo desde casa», y asegura que consigue la mayor parte de sus encargos por Internet y que eso lo mantiene ocupado. Pero casi nunca está en el chat y casi nunca responde los correos electrónicos, y cuando llamas a su casa casi siempre está «fuera», si se puede creer a su ama de llaves o a uno de sus dos hijos.

Entonces, de repente, necesitamos redactar un contrato. Necesitamos varios resúmenes. Necesitamos un esquema completo de la sección de preguntas frecuentes de un sitio web y que nos lo entreguen en dos días. Le dejamos mensajes desesperados en su teléfono fijo, en su correo electrónico, en su ventana de chat permanentemente inactiva… y menos de ocho horas después está delante de nosotros. Una especie de salvador de última hora, alto, larguirucho y aletargado, hecho de olor a café y a humo, con el pelo sin lavar desde hace una semana.

Se sienta ante uno de nuestros terminales. Se pone los enormes auriculares que hemos reservado especialmente para él. Después de unos cinco minutos de escuchar su selección de música, empieza a escribir. Sus ojos adquieren un brillo especial y ya es imposible hablar con él. Uno se pregunta si siquiera está vivo mientras escribe o si, en realidad, ese es el único momento en que le late el corazón.

Escribe con una furia que destruye teclados, de modo que, en las raras ocasiones en que nos visita, anotamos «reposición de teclado» entre nuestros gastos de emergencia incluso antes de que se vaya. También anotamos «café, cigarrillos», sin incluir su nombre, aunque sabemos perfectamente que todo es para él.

Es casi un pecado observarlo. Escribe como un ángel vengador, haciendo breves pausas a intervalos extraños que sumen toda la habitación en un silencio atormentado. Uno no conoce el silencio hasta que oye su teclado enmudecer.

Él nunca lo advierte. Permanece sentado, bebiendo café a grandes tragos y consumiendo cigarrillos a un ritmo maníaco, taza tras taza y paquete tras paquete, mientras sigue tecleando con una mano y sus ojos brillantes, inhumanos, permanecen clavados en la pantalla. Cuando la taza se vacía, se limita a murmurar: «Más café, por favor», y, de algún modo, quien está más cerca de la cafetera siempre lo oye y lo atiende. Su encendedor se cae una y otra vez del borde del escritorio y, de algún modo, siempre hay alguien que lo recoge. Nunca lo recoge él mismo.

Dos, cuatro o seis horas después, ha terminado. Se quita los auriculares, cierra los ojos y permanece sentado unos diez minutos, ignorando a todo el mundo, como si se estuviera recuperando de una enfermedad que hubiera estado a punto de matarlo. Luego abre los ojos y, con suavidad y amabilidad, empieza a conversar con nosotros.

Una vez le pregunté si escribir así le había causado dolor alguna vez. Respondió que se ganaba la vida trabajando a ese ritmo; que la gente lo llamaba porque podía redactar cualquier documento en poquísimo tiempo, por muy minucioso o delicado que fuera, y que, al terminar, apenas necesitaba correcciones, si es que necesitaba alguna. Su trabajo era limitar los daños. Era una ambulancia impulsada por cafeína y nicotina.

Lo único que nunca escribiría por dinero era poesía o ficción. Aunque, según bromeaba, nadie le había hecho todavía la oferta adecuada.

—Es muy parecido a escribir a punta de pistola —dijo, esta vez más en serio—. Te chupa la vida y, al final, lo único que consigues es seguir sin estar muerto.

Rebecca Arcega, también conocida como Bhex y M. R. R. Arcega, es una escritora filipina licenciada en Periodismo por la Universidad de Filipinas. Publica cuentos, poesía y ensayos en inglés y filipino, en medios nacionales e internacionales. En 2001 obtuvo el segundo premio Carlos Palanca por su guion Pagkatapos ng Paalam; su colección de cuentos Post-it Notes from Far Away fue reconocida en 2009 por el Consejo Nacional de Desarrollo del Libro de Filipinas.


 

CRISTAL DE TELARAÑA

Kenji Albani

 

El momento de practicar tiro al blanco había terminado; había llegado el de combatir. Ya no el campo de tiro, sino el campo de batalla. Y en lugar de las siluetas que había que acribillar, el enemigo.

Croc empuñaba el fusil modelo CF54, con munición de 9 grammitros ácidos. CF… Cocodrilo Fusil, pero Croc debía evitar perderse en pensamientos sobre los detalles de las armas. Hacía poco había salido del cuartel a bordo del blindado anfibio modelo Lince Escamoso y vigilaba el exterior.

—He avistado al enemigo —declaró por el intercomunicador el artillero de la torreta.

Por lo que veía Croc, el compañero apostado en la torreta se movía como si esbozara un baile. Croc le veía la parte inferior del cuerpo; la mitad superior sobresalía del Lince Escamoso, y todos a bordo sabían que, en poco tiempo, comenzaría la danza.

Una danza que allí significaba disparar, matar, también morir o quedar mutilado.

Croc haría todo lo posible por dejar bien alto el honor de los Cocodrilos Futurísticos, además de sobrevivir y salvarles la vida a sus camaradas. Por último, aunque no por ello menos importante, sino todo lo contrario, un asunto prioritario: el cristal de telaraña.

La columna de Linces Escamosos avanzaba por el pantano de aquella región del planeta Baryonix, y de entre los árboles violetas, cuyo color se debía a que se alimentaban de amoníaco, surgió un rugido colectivo.

Los Primitivos.

Los Cocodrilos Primitivos salieron de la selva en penumbra con azagayas, arcos y flechas, hachas de sílex, y se lanzaron hacia la columna blindada.

Un instante…

Dos…

Tres…

—¡Fuego! ¡Fuegofuegofuego…! —gritó el combatalión por el intercomunicador; el artillero del Lince Escamoso de Croc no había sido el único en avistar a los enemigos, y Croc introdujo el apagallamas del CF54 en la tronera, metió la primera bala en la recámara, apuntó y empezó a apretar el gatillo: pocos disparos, ráfagas cortas, mientras movía el fusil como si fuera el artillero de un tanque modelo Reptil Titánico o de un buque de la marina futurística.

Croc seguía siendo un soldado de infantería y debía preocuparse por enfrentar a los Primitivos, el pueblo primo de los Futurísticos que les disputaba el dominio de Baryonix.

A Croc le pareció haber acertado a algunos de aquellos trogloditas. Se había limitado a disparar al montón; a veces era fácil matarlos o herirlos, de todos modos mortalmente. A los Primitivos no les importaba morir, no tenían conciencia. Los Futurísticos los despreciaban porque, mientras ellos vivían en ciudades ultramodernas con todas las comodidades, los Primitivos poblaban aldeas perdidas entre ciénagas y bosques, llevaban una existencia breve, rudimentaria y sin derechos… pero profesaban la misma religión animista que los Futurísticos. El comandante de la base siempre decía: Nosotros, los Futurísticos, y ellos, los Primitivos, somos las caras de una misma moneda. Ahora Croc les hacía sentir a los Primitivos el peso de la cara futurística.

Dejó de reflexionar y prestó más atención, porque la oleada de Primitivos no era solo la del agua que agitaban y empujaban hacia adelante: ellos mismos eran una oleada de escamas y armas; las primeras flechas ya golpeaban los Linces Escamosos. La única esperanza era que la columna blindada se mantuviera en movimiento, que continuara el viaje; si se detenían, estarían en problemas.

Tal como Croc había temido, la columna de vehículos detuvo la marcha, y ahora los Primitivos estaban cada vez más cerca.

Arriba, el artillero disparaba y continuaba la danza; todos disparaban con los CF54, mientras la radio crepitaba:

—Hay una pila de troncos. Necesitamos el lanzácido para eliminar el bloqueo.

El ejército futurístico había desarrollado el lanzácido modelo Dragón 25; se hablaba de un prototipo, el Dragón 26, que tenía mayor alcance y un depósito triple de mayor capacidad; todavía no se había concretado nada.

El caso era que los Dragones 25 estaban más atrás: Croc había visto a los encargados del almacén cargar las armas en el penúltimo Lince Escamoso. Y ahora estamos en problemas.

Los Primitivos llegaron hasta el blindaje lateral, y de nada sirvió la coraza reactiva, basada en la tecnología de los primos Darganianos. Aunque la presión hizo estallar los bloques explosivos, los Primitivos seguían siendo tantos que, pese a las bajas y a la sangre que había enrojecido el agua ya cenagosa, ignoraron a los muertos y reanudaron su asalto en horda.

Croc tuvo que retroceder porque algunas azagayas intentaban atravesarle la máscara blindada: los Primitivos las habían introducido por la tronera e insistían, incluso hasta romperlas y estorbarse entre sí. Entonces Croc se hizo a un lado, invirtió el CF54, lo empuñó como un garrote y lo descargó de arriba abajo para quebrarlas todas.

Quedaron los trozos.

Pero ni pensar que los Primitivos hubieran aprendido la lección. Insistieron y después llegaron otras azagayas, mientras intentaban romper el blindaje con las hachas.

—¡Baja! ¡Baja o te matarán! —le gritó al artillero el cabo responsable del vehículo.

El artillero danzaba y, cuando estaba a punto de retirarse, cayó sentado, sin cabeza, o con lo poco que le quedaba de ella, pues parecía que media docena de hachas de los Primitivos se habían ocupado de aquella parte del cuerpo.

Un escalofrío recorrió el interior del Lince Escamoso. Y no hacía falta ser un genio de la guerra como Magnus Clausewitz para comprender que los enemigos habían trepado al techo del vehículo.

Tal como habían supuesto, algunos Primitivos, agitados como si un frenesí o un deseo de muerte y luto los sacudiera desde el corazón hasta cada fibra del cuerpo, se introdujeron por la escotilla abierta y cayeron sobre el cadáver del artillero.

El cabo echó mano a la semiautomática Varano-Vorónezh 5-5, o VV5-5, y le disparó al cráneo del primer adversario. El segundo, manchado por los fragmentos de cerebro que le habían salpicado el hocico, gruñó como una fiera hambrienta. Es una fiera hambrienta, pensó Croc mientras cerraba la escotilla, e intentó partirle el casco al cabo.

También aquel ejemplar tuvo el mismo final: un agujero entre los ojos y el cráneo destrozado.

—Bien hecho, Croc —dijo el cabo.

Croc asintió y, basta de elogios, volvió a enfrentar a los Primitivos que se agolpaban; entonces oyó al cabo gritar por la radio:

—Tenemos que salir de aquí o todos acabaremos mal.

Todo por unas arañas, se dijo Croc mientras enfrentaba a los Primitivos. Hay que retroceder un poco…

 

Un templo en las afueras de Ciudad Grande. Propiedad de los Futurísticos. Los Primitivos llevaban tiempo causando problemas. Los salvajes querían imponer su punto de vista:

El templo es nuestro, somos nosotros quienes tenemos derecho a profesar nuestra religión, no ustedes.

Los Futurísticos no estaban de acuerdo y, cada vez con mayor frecuencia, había que enviar patrullas policiales para mantener el orden público. Al cabo de un tiempo se decidió dejar una guarnición. Al principio fueron policías, pero, al comprobar la magnitud del peligro, el ejército sustituyó a la policía, y ya no hubo solo armas semiautomáticas, sino armas automáticas pesadas como las Guivernas 19 y los Kraken 24.

Croc había sido asignado a aquella tarea. No regresaba a casa: se quedaba a dormir en el cuartel, que había sido construido expresamente a un estadio de distancia del templo. Antes había unos simples barracones; después intervino el cuerpo de ingenieros militares, que levantó una serie de edificios.

La militarización del territorio.

Aquel día, Croc pensaba relajarse. Es mi derecho. Después de varios días de servicio, había llegado el permiso de salida. Se estaba preparando cuando apareció el sargento.

—¿Qué haces? Ármate y equípate, necesitamos a todos.

—Sargento…

—No discutas. Hay una alarma.

Croc había obedecido sin vacilar: basta de polémicas.

En dos croninutos estaba listo para enfrentar incluso una explosión hidronuclear.

En su fuero interno sabía que no se trataría de una explosión hidronuclear ni piroatómica.

Son los Primitivos que causan problemas, pensó. Como siempre.

Mientras subía a su Lince Escamoso, se preguntó el motivo de la alarma. Una simple sección puede ocuparse de estos patanes, ¿no?

Al llegar a las inmediaciones del templo, comprendió por qué se había solicitado la intervención de una unidad más potente.

Los Kraken 24 y las Guivernas 19 ya descargaban su fuego contra una multitud de Primitivos que, como siempre, se agolpaban sin importarles morir; cuando conseguían atrapar a un soldado futurístico, el pobre tenía un final espantoso.

El Lince Escamoso se detuvo derrapando, una llegada muy dinámica, y Croc se acomodó el casco con la visera que le protegía el hocico; después bajó del blindado.

Los Primitivos los habían visto y se lanzaron contra ellos con su sed de sangre; gruñían y emitían sonidos animales.

Croc se sintió superior a ellos; cuando los Primitivos intentaron golpearlo con sus hachas de sílex, reconsideró su opinión:

Salvajes sedientos de mi sangre. Disparó una ráfaga corta con el CF54.

Hirió a algunos, quizá mató a uno; a los demás no les importó y continuaron con aquella locura colectiva.

—¡Agrúpense, rápido! —se oyó la voz del sargento.

Croc intentó cumplir la orden, pero no pudo porque un par de Primitivos se habían infiltrado en la formación futurística y habían empezado a golpear a los cocodrilos con sus mazas.

Los defensores de la ciudad y de la justicia no podían ceder ante aquella chusma de salvajes, y Croc intentó conservar la razón. En lugar de disparar ráfagas sin control, que habrían herido a sus compañeros, dio vuelta el CF54 y, empuñándolo como un arma blanca, lo descargó sobre los Primitivos, que no llevaban protecciones.

Los garrotes de madera y las hachas, también de madera pero con hojas de sílex, eran poca cosa frente a un producto de la técnica y el ingenio de los Futurísticos, y muchos de aquellos brutos acabaron con las escamas y los huesos rotos.

—¡Hagan como Croc, vamos! —se oyó un grito. Debía ser el sargento.

Los otros soldados obedecieron y, tomando a Croc como modelo, hicieron lo mismo. También ellos les hicieron mucho daño a los Primitivos.

Ahora era evidente que el enemigo estaba cansado de romperse las escamas y los huesos contra unos soldados tan motivados; no pudieron más y se retiraron, dejando sobre el terreno una alfombra de muertos y compañeros agonizantes. Según un cálculo a ojo de Croc, los Futurísticos habían matado o herido a unos cincuenta enemigos a costa de media docena de muertos; los heridos futurísticos eran evacuados en ambulancias con orugas.

—Qué locura —murmuró Croc, al parecer en voz demasiado alta, porque alguien comentó a sus espaldas:

—Lo has entendido todo, Croc, ¿verdad?

Croc se volvió y vio al sargento frente a él.

—¡Oh! Yo, en realidad…

—No, no has entendido —el cocodrilo sacudió la cabeza—. No has entendido que van a ascenderte a soldado de primera clase. Después de un año estancado en segunda…

—Gracias, sargento.

—Pero sigues siendo un soldado raso, y no se te exige que entiendas demasiado. Puede que yo llegue a oficial; tú seguirás en la tropa —soltó una risita.

—Felicitaciones —se limitó a decir Croc con la mirada baja y sin alegría.

El sargento siguió riendo.

—Los Primitivos querían lo que hay en el templo, no el templo, igual que ocurre en otros lugares. No los templos, sino lo que guardan.

Croc se habría rascado de buena gana la parte superior de la cabeza. No podía: llevaba puesto el casco protector.

—¿Y qué sería?

—No eres demasiado religioso, por lo que recuerdo; consulté tu ficha hace unos días. Bueno, debes saber que dentro de poco pondré remedio a tu ignorancia de soldaducho. Los Primitivos quieren el cristal de telaraña. —Croc gruñó; fue su manera de manifestar curiosidad—. Así es —el sargento infló el pecho—. Y ahora ve a hacer tu trabajo, soldado de primera clase Croc O’River.

 

El final de un combate, ahora como entonces. Croc había vuelto con el pensamiento a la experiencia que le había valido el ascenso. No a cabo: había subido un peldaño en la jerarquía de las clases. Y si en aquella ocasión se había tratado de un enfrentamiento en los límites de la ciudad, ahora estaba en pleno territorio de los Primitivos. Estos habían robado cristal de telaraña, y el objetivo del batallón de Croc era recuperarlo, por las buenas o por las malas. No hacía falta decir que las buenas equivalían al uno por ciento de los esfuerzos y las malas al noventa y nueve por ciento restante.

—Bajemos, vamos —se oyó la voz del cabo.

Si Croc había viajado lejos en el tiempo con el pensamiento, debía volver cuanto antes al momento que estaba viviendo. Obedeció la orden del jefe del vehículo.

Poco después, él y sus compañeros estaban fuera del Lince Escamoso, con el agua turbia hasta las rodillas.

—Mientras algunos de los nuestros despejan el paso obstruido por los troncos, nosotros tenemos que hacer otra cosa —explicó el cabo.

En opinión de Croc, había sido un milagro que lograran sobrevivir a la emboscada de los Primitivos. Solo porque habían perdido el impulso inicial, los Primitivos no habían insistido en exterminarlos. El Lince Escamoso de Croc y su tripulación habían tenido algo de suerte: cuatro blindados anfibios habían acabado volcados, y el enemigo había penetrado en ellos, destrozando la estructura y matando a todos los que había sorprendido dentro.

—Tenemos que irnos. De inmediato, ahora —concluyó el cabo.

A Croc se le escapó un gruñido. Se había distraído tanto que no había escuchado lo que el cabo tenía que decir. Con la esperanza de que nadie advirtiera su distracción, se dispuso a seguir a los demás. ¡Me importa seguir siendo soldado de primera clase!

La pequeña columna de Cocodrilos Futurísticos, que habían cedido su Lince Escamoso a los supervivientes de los blindados inutilizados por el ataque de los Primitivos, se internó en la selva pantanosa. La marcha fue larga y habría podido describirse con una sola palabra. Aburrimiento. Sin embargo, Croc tenía suficiente experiencia en misiones de guerra para comprender que algo no encajaba:

No es posible que nos estemos adentrando en su territorio y todavía no hayan aparecido. En su opinión, los Primitivos sabían de su presencia desde hacía tiempo; y cuanto más tiempo pasara, más terrible sería la trampa que estaban por tenderles. La verdadera duda no era si les tenderían una emboscada, sino cuándo.

Croc apretó el CF54 contra el cuerpo y pensó que, en cualquier caso, tenía el fusil para recibirlos. El último proyectil de 9 grammitros ácidos sería para él. Había leído los informes sobre lo que el enemigo hacía con los prisioneros.

El aburrimiento continuó a la par de la marcha y, cuando Croc percibió que la tensión era excesiva y la cuerda estaba a punto de romperse, oyó el inconfundible ruido de una ramita al quebrarse.

El sonido reverberó en el aire cálido y húmedo, y Croc levantó la mirada.

—¿Oyeron eso?

Sus compañeros asintieron.

El cabo, que los observaba, parecía indeciso sobre la orden que debía dar.

¿Reanudar la marcha o adoptar una formación defensiva de erizo venusiano?, se le leía en el rostro.

Los Primitivos no iban a esperar sus palabras, y después de aquel sonido que había resonado se oyeron gruñidos y resoplidos; Croc vio que la vegetación se sacudía y que de ella salían las avanzadas de los Primitivos.

—Estamos cerca —se hizo oír el cabo.

—Espero la orden de abrir fuego — respondió Croc sin saber por qué.

—Cierren filas y después abran fuego.

Era cierto: los Primitivos todavía estaban lejos. Pero no demasiado.

Los fusileros obedecieron y, una vez cerradas las filas en una formación rígida capaz de resistir cualquier asalto, empezaron a apretar el gatillo.

Mientras los Primitivos disparaban flechas y arrojaban azagayas, el fuego ácido de los Futurísticos fue implacable. Frente a las miras del CF54 de Croc, muchos cocodrilos se doblaron en dos, cuando no quedaron partidos al medio, y las aguas se enrojecieron como en un triste recuerdo de brutalidad.

Por un lado, los Futurísticos disparaban con precisión, como si fueran tiradores de élite; por el otro, los Primitivos luchaban con el deseo de sacrificarse por la victoria, pero, aunque su abnegación era enorme, una verdadera hemorragia de vidas, sus esfuerzos sirvieron de algo, porque el soldado de infantería que estaba junto a Croc cayó al agua con un grito que no se oyó debido al estruendo general.

Herido.

O muerto.

Croc lo ignoró y siguió masacrando a los Primitivos, pero un instante después se detuvo y apartó la vista de las miras para observar mejor.

Los Primitivos llevaban al combate, sobre unas andas con dosel, el cristal de telaraña.

Producto de arañas sagradas, tenía un valor religioso por el que se matarían millones de cocodrilos. Y los Primitivos lo llevaban en procesión, quizá con la esperanza de ganar el enfrentamiento.

—¡Qué les dije! —gritó el cabo.

Croc comprendió que aquello era precisamente lo que no había oído. El cabo, sus compañeros, todos sabían lo del cristal de telaraña. Pero yo no. Croc se volvió.

—¿Qué hacemos?

—Cuidado —le advirtió uno de sus camaradas.

Croc sintió un golpe en el cráneo y soltó un gemido, se tambaleó y estuvo a punto de dejar caer el CF54, que se habría estropeado al hundirse en el agua; al comprobar que no estaba muerto. Todavía no, giró y golpeó con el arma a un Primitivo que llevaba un hacha de sílex, hiriéndolo. Croc se ensañó con él y le disparó a corta distancia. Cuando volvió a estar listo y en condiciones de combatir, vio que a cinco o seis codos tenía el altar del cristal de telaraña, al alcance de sus garras. Dio un paso adelante y, detrás de él, según percibió por los movimientos de sus compañeros gracias a la posición de sus ojos, la formación se disolvió y todos se dirigieron hacia la reliquia.

Los Primitivos comprendieron lo que los Futurísticos se proponían hacer e intentaron resistir, pero el fuego de los fusileros los arrolló y entre los adversarios se alzó un grito de consternación.

El cristal de telaraña había caído al agua.

Los Futurísticos lo alcanzaron y entonces los Primitivos gritaron de desesperación, intentaron un tímido contraataque, como era previsible sin éxito, y, tal como había ocurrido otras veces, se desanimaron y desaparecieron entre la vegetación.

—¡El cristal de telaraña es nuestro! —exclamó Croc, mientras los camaradas que lo rodeaban celebraban de la misma manera—. Tengo un dolor de cabeza…

Nadie oyó aquellas últimas palabras.

—Regresemos —dijo el cabo—. Nos espera un viaje largo. Y peligroso.

Kenji Albani: nació en Varese el 13 de noviembre de 1990 (su nombre es japonés, pero es italiano). Finalista del concurso de la editorial Giulio Perrone en 2008, desde entonces ha publicado alrededor de veinte relatos cortos en revistas literarias locales y plataformas en línea. También ha publicado alrededor de quince artículos sobre diversos temas (desde deportes hasta cultura, incluyendo paleontología) en sitios web y revistas especializadas. Actualmente estudia en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Insubria en Varese, y en septiembre se graduó como guionista de cómics en la Escuela de Cómics de Milán. También en septiembre, publicó Il serpente che si morde la coda (La serpiente que se muerde la cola), una serie de Imperium publicada por Delos Digital.

 

 

viernes, 16 de octubre de 2026

EL CAMINO DE LOS HONGOS

Patricio Ramos Gatti

 

Fue en el año 1973, después de una lluvia que duró nueve días, que empezaron a aparecer hongos en la ladera del cerro, pasando Horco Molle.

No eran hongos como los que conocía la gente de la zona.

Los primeros aparecieron cerca de una acequia, detrás de una de las ultimas casas de la zona. Tenían el tamaño de una moneda y un color grisáceo. Nadie les prestó demasiada atención. En Tucumán, después de varios días de lluvia, la tierra suele inventar cosas.

A los tres días habían crecido hasta alcanzar la altura de una silla.

A la semana, algunos pasaban los dos metros.

Y al mes ya había uno, enorme, detrás del viejo camino que subía hacia las lomas, cuya copa podía cubrir a seis hombres parados juntos.

La gente comenzó a llamarlos “los paraguas”. El nombre quedó.

No porque se parecieran demasiado a los paraguas, sino porque nadie sabía cómo llamarlos y porque, cuando llovía, debajo de ellos uno permanecía completamente seco.

El primero que se metió debajo de uno fue un hombre llamado Anselmo Ferreyra.

Tenía cincuenta y nueve años, había trabajado durante casi toda su vida en los talleres ferroviarios y vivía con su mujer, Eulalia, en una casa chica de dos habitaciones, a pocas cuadras de la estación.

Anselmo era un hombre de pocas palabras. No porque fuera hosco. Simplemente le parecía que la mayoría de las cosas podían resolverse sin hablar.

Durante treinta y cinco años había llegado a su trabajo a la misma hora, tomado el mismo mate cocido, usado las mismas herramientas y regresado a su casa por el mismo camino. Conocía el ruido de cada tren. Podía distinguir, por el sonido, si una máquina venía cargada o vacía. Sabía cuándo iba a llover por el olor de los durmientes.

Y sabía que los perros de la estación ladraban antes de que apareciera un tren, aunque todavía no se escuchara.

Eulalia decía que Anselmo tenía oído para cosas que los demás no escuchaban. Él nunca lo negó. Tampoco lo confirmó.

En marzo de aquel año, una tarde en que la lluvia había empezado antes del mediodía, Anselmo salió de la casa para buscar a su perro.

El perro se llamaba Moro. Era negro, pequeño, de patas cortas y orejas desparejas.

No era un perro particularmente inteligente, pero había acompañado a Anselmo durante doce años y eso, para él, alcanzaba. Moro solía esperarlo frente a la estación. Aquella tarde no estaba.

Anselmo preguntó en el kiosco. Nadie lo había visto. Preguntó en el taller. Tampoco.

Entonces subió por el camino de tierra que bordeaba las primeras lomas. La lluvia le empapó el sombrero. A los diez minutos encontró al perro. Moro estaba sentado debajo de uno de aquellos hongos gigantes.

Anselmo se quedó mirándolo desde el camino. El perro parecía tranquilo.

—Moro.

El animal levantó la cabeza. No salió. Anselmo se acercó. Debajo del hongo no llovía. El suelo estaba seco. No había una gota. Anselmo se quitó el sombrero y miró hacia arriba. La copa era enorme, gris, cubierta de pequeñas manchas oscuras. Parecía una piedra viva. Tocó el tallo. Estaba tibio. Retiró la mano.

Moro se levantó y se acercó a él.

—Vamos.

El perro no se movió. Anselmo volvió a llamarlo. Entonces escuchó algo. Un ruido muy leve. Como alguien respirando. Miró alrededor. No había nadie. El ruido volvió. No era del monte. Venía del hongo.

Anselmo tomó al perro del lomo y salió de debajo de la copa.

No volvió a hablar del asunto.

Esa noche, Eulalia le preguntó dónde había estado.

—Buscando al Moro.

—¿Y?

—Lo encontré.

—¿Dónde?

Anselmo tardó unos segundos.

—Arriba.

Eulalia lo miró.

—¿Arriba dónde?

—En el cerro.

No dijo nada más.

Durante los días siguientes, siguió lloviendo. Los hongos crecieron. Algunos alcanzaron una altura de cinco o seis metros. Otros nacieron en lugares donde nunca había crecido nada: al costado de los caminos, detrás de las casas, en patios, entre las vías. Uno apareció en el patio de la escuela. Otro, detrás de la parroquia. Uno más creció en el terreno baldío donde los chicos jugaban a la pelota.

La intendenta mandó gente para arrancarlos. No pudieron. Los cortaban y a la mañana siguiente, aparecían otra vez. Un hombre llegó a quemar uno. Al día siguiente encontró el hongo intacto y las cenizas de su propio galpón alrededor.

La gente empezó a tener miedo. No un miedo grande. Todavía no. Era ese miedo pequeño que se mete en las conversaciones y hace que todos bajen la voz. Algunos decían que venían del cerro. Otros aseguraban que habían aparecido después de una explosión en una cantera. Un viejo del barrio dijo que eran señales. Nadie le preguntó de qué.

Por las noches comenzaron a verse luces entre los hongos. Pequeñas luces amarillas. Como velas. Anselmo las vio una vez desde la ventana. Eulalia dormía. Moro estaba acostado junto a la puerta. Anselmo permaneció mirando el cerro durante mucho tiempo. Las luces aparecían y desaparecían. No parecían moverse. Simplemente estaban allí.

Al día siguiente, cuando volvió del trabajo, encontró a Eulalia llorando.

—¿Qué pasó?

Ella le mostró una fotografía. Era una fotografía vieja. En ella aparecían Eulalia y su hermana menor, Mercedes. Habían sido tomadas frente a una casa de campo. Mercedes tenía diecisiete años. Eulalia, veinte. Anselmo conocía aquella fotografía. Pero había algo que no había visto nunca. Detrás de las dos mujeres, al fondo del patio, había un hongo. Pequeño. Apenas visible.

—¿De cuándo es? —Eulalia no respondió—. ¿De cuándo es, Eulalia?

—De antes de que desapareciera Mercedes.

Anselmo dejó la fotografía sobre la mesa. Mercedes había desaparecido en 1946. Nunca encontraron el cuerpo. Durante años se había pensado que se había ido con un hombre. Después se dijo que había cruzado la frontera. Finalmente nadie volvió a hablar de ella. Pero Eulalia nunca había aceptado ninguna de aquellas explicaciones.

—Mi hermana decía que escuchaba voces en el monte —dijo.

Anselmo la miró.

—Nunca me contaste eso.

—Porque no quería que pensaras que estaba loca.

—¿Qué voces?

Eulalia se secó la cara.

—Decía que la llamaban por su nombre.

Esa noche Anselmo no durmió. A las tres de la mañana se levantó. Moro estaba junto a la puerta. El perro miraba hacia afuera. Anselmo abrió. El aire estaba quieto. No llovía. En el cerro, las luces habían vuelto. Pero ahora estaban más cerca. No eran muchas. Eran unas cuatro. Después cinco. Después seis.

Anselmo tomó el farol. Moro salió primero.

—No.

El perro siguió caminando.

—Moro.

El animal se detuvo. Por un instante, Anselmo creyó escuchar algo detrás de él. Una voz. Muy baja. Dijo su nombre. Anselmo se dio vuelta. No había nadie. Entonces volvió a escucharla.

—Anselmo.

La voz venía del cerro. No era una voz desconocida. Era la voz de Mercedes.

Anselmo nunca había hablado con ella más de tres o cuatro veces. Pero Eulalia había guardado durante años una grabación en la que Mercedes cantaba una canción asturiana durante una fiesta familiar. Anselmo había escuchado esa grabación una sola vez. La voz era la misma.

Entró a la casa. Cerró la puerta. No le contó nada a Eulalia. A la mañana siguiente, el perro había desaparecido. Durante tres días lo buscaron. Nada. El cuarto día, Anselmo encontró sus huellas en el barro. Las huellas subían hacia el cerro. No regresaban.

Eulalia quiso acompañarlo. Anselmo se negó.

—¿Por qué?

—Porque voy a buscar un perro.

—Es mi perro también.

—No sabés qué hay ahí.

Eulalia lo miró.

—Vos tampoco.

Anselmo no respondió. Salió. Llevaba un saco oscuro, un sombrero y un bastón que había pertenecido a su padre. Subió solo. Los hongos eran cada vez más grandes. Algunos tenían copas de diez metros. El paisaje había cambiado. Los árboles parecían pequeños. El camino había desaparecido debajo de una vegetación extraña, húmeda y silenciosa. No se escuchaban pájaros. Tampoco insectos. Solo el ruido de sus propios pasos.

Después de una hora encontró a Moro. El perro estaba sentado frente a un hongo gigantesco. Anselmo lo llamó. Moro se levantó. Pero no regresó. Se quedó mirando hacia adelante. Anselmo siguió la dirección de sus ojos.

Entre dos hongos había una mujer. Era joven. Vestía un vestido claro. Tenía el pelo largo. Anselmo no podía verle bien la cara. La mujer levantó una mano.

—Anselmo.

Él dejó caer el bastón.

—¿Mercedes?

La mujer sonrió. Entonces Anselmo vio que no era Mercedes. Era Eulalia. Pero tenía veinte años. La misma cara de la fotografía. El mismo vestido. La misma forma de mirar.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó Anselmo.

La mujer no respondió. Detrás de ella había cientos de hongos. Y debajo de cada uno había alguien. Al principio Anselmo creyó que eran personas. Después entendió que no. Eran recuerdos. Un hombre joven sentado junto a una bicicleta. Una mujer con un vestido de fiesta. Un chico jugando con una pelota. Un anciano fumando. Una muchacha leyendo una carta. Todos estaban quietos. Todos parecían estar esperando. Y todos tenían algo que Anselmo reconocía. Eran momentos. Pedazos de vidas.

La mujer que parecía Eulalia se acercó.

—Ella está acá.

—¿Mercedes?

La mujer señaló uno de los hongos. Anselmo caminó hasta allí. Debajo había una muchacha. Tenía diecisiete años. Estaba sentada en el suelo. Era Mercedes, la hermana de Eulalia. No había envejecido un solo día.

Anselmo sintió que las piernas le temblaban. Mercedes levantó la cabeza.

—¿Eulalia está bien? —Él no pudo responder—. ¿Está viva? —Anselmo asintió. Mercedes sonrió—. Entonces todavía puedo volver. —Anselmo retrocedió.

—¿Qué es este lugar?

Mercedes miró alrededor.

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo llevás acá?

Ella pensó.

—Una tarde.

Anselmo cerró los ojos.

—Hace veintidós años.

Mercedes frunció el ceño.

—No.

—Sí.

—No puede ser.

—Eulalia tiene cuarenta y dos.

Mercedes comenzó a llorar. Por primera vez, el paisaje pareció moverse. Los hongos respiraron. No fue una metáfora. Anselmo vio cómo las copas se levantaban apenas, como si algo debajo de la tierra estuviera tomando aire. Entonces escuchó muchas voces. Todas juntas. Algunas conocidas. Otras no. Una de ellas dijo:

—Quédense.

Anselmo tomó a Mercedes del brazo.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—Porque Eulalia te está esperando.

Mercedes lo miró.

—¿Y vos?

Anselmo no entendió.

—¿Qué?

—¿Quién te está esperando a vos?

No supo qué responder. En ese momento vio algo debajo de otro hongo. Era él mismo. Más joven. Tenía treinta años. Estaba sentado junto a Eulalia en una plaza. Los dos reían. Anselmo se acercó. Su propia imagen levantó la cabeza. Lo miró. Y sonrió.

Anselmo sintió un frío que no venía del aire.

—No mires —dijo Mercedes.

Pero ya era tarde. Debajo de otros hongos aparecieron escenas. Anselmo con su padre. Anselmo niño. Anselmo entrando por primera vez al taller. Anselmo y Eulalia bailando. Anselmo junto a una mujer que no era Eulalia. Anselmo solo. Anselmo viejo. Anselmo muerto. La última imagen era la de su propia casa. Eulalia estaba sentada junto a una ventana. Esperaba. Siempre esperaba.

Anselmo creyó entender entonces qué eran aquellos hongos. No guardaban muertos. Guardaban lo que las personas habían dejado atrás. Cada miedo. Cada deseo. Cada tarde que nadie recordaba. Cada persona que había desaparecido. Cada vida que pudo haber sido. Y cuanto más tiempo permanecía uno allí, más cosas encontraba. Hasta que ya no recordaba cuál era la verdadera.

—Vámonos —dijo.

Mercedes lo siguió. Caminaron. Los hongos parecían moverse alrededor de ellos. A veces Anselmo escuchaba a su padre llamándolo. A veces a su madre. Una vez escuchó la voz de Eulalia. No se dio vuelta. Siguieron caminando. Después de mucho tiempo apareció la luz del camino. Anselmo salió primero. Mercedes detrás. Moro corrió hacia ellos.

Abajo, en la casa, Eulalia estaba esperando. Cuando vio a Mercedes, no gritó. No lloró. Simplemente caminó hacia ella. Las dos hermanas se abrazaron. Anselmo se quedó a unos metros. Por primera vez en muchos años sintió que no había nada que decir.

La historia de Mercedes se conoció en el pueblo. Durante un tiempo llegaron periodistas. Después médicos. Después curiosos. Mercedes no quiso hablar. Decía solamente que había estado una tarde en el monte. Los médicos dijeron que estaba desorientada. Algunos vecinos dijeron que era imposible. La gente terminó aceptándolo como acepta casi todo en Tucumán: primero con asombro, después con comentarios y finalmente con silencio.

Los hongos comenzaron a desaparecer. Uno por uno. A mediados del invierno ya no quedaba ninguno. El último fue el más grande. Estaba detrás de la casa de Anselmo. Una mañana desapareció. Sin ruido. Sin dejar raíces. Solo quedó un círculo de tierra negra.

Anselmo nunca volvió a subir al cerro. Mercedes regresó a vivir con Eulalia. Durante algunos años fue una mujer silenciosa. Después empezó a trabajar en una escuela. Aprendió a manejar. Se casó. Tuvo dos hijos. Y envejeció. A veces, sin embargo, se quedaba mirando un punto fijo de la habitación. Eulalia le preguntaba qué veía. Mercedes respondía:

—Nada.

Anselmo murió en 1981.

Poco antes de morir llamó a Eulalia.

—Hay que tener cuidado.

—¿Con qué?

—Con los lugares donde uno recuerda demasiado.

Eulalia sonrió.

—Estás delirando.

—No. —Miró hacia la ventana—. Los hongos vuelven cuando uno los llama.

Eulalia no entendió. Tampoco preguntó. Anselmo murió esa misma noche.

Pasaron los años. El barrio cambió. Desaparecieron algunas casas. La estación dejó de tener la actividad de antes. La gente olvidó la historia.

En 2003, durante una temporada de lluvias particularmente intensa, un niño encontró un pequeño hongo detrás de la vieja estación. Se lo mostró a su madre. Ella le dijo que no lo tocara. Al día siguiente había crecido. A los tres días tenía casi un metro. Una semana después ya cubría una parte del terreno.

El niño volvió con sus amigos. Se metieron debajo. Encontraron el suelo seco. Y encontraron algo más. Un hombre estaba sentado allí. Llevaba un saco oscuro. Un sombrero. Y tenía un bastón apoyado entre las piernas. El hombre los miró. Parecía cansado. Pero sonreía.

—¿Quién sos? —preguntó uno de los chicos.

El hombre no respondió. Miró hacia el camino. Esperó unos segundos. Después dijo:

—Estoy esperando a mi mujer.

Los chicos salieron corriendo. La noticia llegó hasta la casa de Mercedes. Ella tenía entonces setenta y cuatro años.

Cuando escuchó lo que había ocurrido, se quedó inmóvil.

—¿Cómo era? —preguntó.

El chico que había visto al hombre describió el saco, el sombrero, el bastón.

Mercedes cerró los ojos.

—¿Tenía barba?

—Un poco.

—¿Y el perro?

El chico levantó la cabeza.

—Había un perro.

Mercedes no dijo nada más. Esa noche caminó hasta la vieja estación. Llovía. El hongo había crecido en pocas horas hasta alcanzar una altura imposible. Mercedes se detuvo frente a él. No entró. Desde adentro llegó una voz.

—Mercedes. —Ella reconoció la voz. No era la de Anselmo. Era la de Eulalia. Su hermana había muerto hacía once años. Mercedes permaneció bajo la lluvia. No se movió. La voz volvió a llamarla—. Mercedes.

Ahí entendió algo que Anselmo nunca había alcanzado a ver. Los hongos no guardaban el pasado. Guardaban a quienes todavía tenían ganas de volver.

Mercedes se acercó un paso. Después otro. Y antes de entrar, miró hacia la ciudad. Las luces de la ciudad temblaban a lo lejos. Por un instante le pareció que entre las casas empezaban a aparecer otras luces. Pequeñas. Amarillas. Como velas. O como ventanas abiertas. O como ojos esperando que alguien regresara.

Mercedes levantó una mano.

Y entró.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

LA CASA AL BORDE DEL BOSQUE