lunes, 19 de octubre de 2026

LA CASA AL BORDE DEL BOSQUE

Larisa Marin

 

Capítulo I.

 

La abuela tenía una casa al borde del bosque.

En realidad, era la última casa de la última callejuela de un pueblo que albergaba unas cuatrocientas almas, más o menos.

«Una suerte y una desgracia», solía decir acerca de vivir allí. Al cartero le costaba llegar, la iglesia quedaba lejos y la tienda de comestibles más cercana estaba a una media hora. Pero la tranquilidad… Ah, la tranquilidad del bosque, unas veces verde, otras seco, no podía encontrarse en ningún otro lugar.

Cuando yo tenía unos quince años la visitaba. La abuela había vivido allí desde siempre. O eso creía yo. Ni siquiera podía imaginar que alguna vez hubiera sido joven o que hubiera vivido en otra casa que no fuera aquella, al borde del bosque. Qué se le va a hacer con esta mente nuestra: toma por cierto todo lo que le dicen.

De algún modo, tenía un vínculo estrecho con el bosque. Si, por un absurdo, aquella espesura de abetos, píceas y pinos se hubiera desplomado un día, también habría sepultado la casa.

Cuando era niña, no entendía por qué la abuela decía tan a menudo que vivía cerca de la oscuridad. Para mí, el bosque no traía tinieblas. Era una especie de mundo paralelo que respiraba despacio, al otro lado de la cerca baja y oxidada.

La abuela no hablaba de la casa como de un lugar. Hablaba de ella como de un organismo vivo. A veces decía, sin mirarme:

—No olvides que el bosque escucha.

Yo me reía.

La primera vez que oí aquel ruido estaba sola en el patio. Todavía no era de noche, pero ya tampoco era de día. La abuela estaba dentro de la casa y yo permanecía sentada en los escalones de madera, con la mirada fija en el bosque. Entonces se oyó el primer ruido. Era un sonido conocido, como si alguien pisara hojas secas. Como si un ser, terrestre o no, caminara entre los árboles… quizá en busca de luz. Me dije que solo era el viento y que mi mente estaba inventando una historia alrededor de lo que oía. Aun así, me levanté, curiosa. Se hizo el silencio. Después, los pasos se reanudaron. Corrí al cuarto de la abuela y le dije con un hilo de voz:

—Abuela, creo que hay alguien en el bosque. Quizá se haya perdido…

Ella no se volvió hacia mí de inmediato. Estaba con la espalda apoyada en la estufa de azulejos y la mirada clavada en un punto. Me miró con sus ojos luminosos y me indicó que cerrara la puerta de una vez. Le obedecí, como tantas otras veces.

—Ese alguien mantiene las cosas bajo control en el bosque —dijo, mientras se acomodaba el pañuelo sobre el cabello blanco y espeso.

—¿Es el guardabosques? —le pregunté con timidez—. ¿También se queda de noche en el bosque?

—Es un guardián de la oscuridad, mantiene las cosas en su sitio —concluyó, y me hizo señas de que callara, para que no se me ocurriera seguir preguntando.

—¿Lo conoces? —insistí, como habría hecho cualquier adolescente ante una situación tan confusa.

—Todos lo conocemos, pero no queremos reconocerlo, Zoe.

—¿Vive allí, en medio del bosque?

—Vive en todas partes, querida, y en ninguna. Pero, si así te resulta más fácil, sí, el bosque es su casa. Y no debemos molestarlo, escúchame bien —me dijo con tono severo, como cuando yo rompía algún recipiente de porcelana o dejaba abierto el granero.

—¿Quieres decir que no podemos visitarlo, abuela?

—No, nunca. ¡Presta atención, Zoe! Nunca debes ir al bosque a buscarlo, ¿entendiste?

—Pero, pero… abuela, podríamos llevarle comida y, tal vez, se sienta solo, como el abuelo cuando se va a las colinas con las ovejas.

—Zoe, no necesita nada y tampoco le pesa la soledad. ¡Escúchame bien! Él no es como el abuelo, ni como yo, ni como tú.

—¿Y cómo es?

—Diferente.

—¿En qué sentido?

—Basta. Déjate de tonterías y ocúpate de tus cosas. ¡Prométeme que no irás al bosque y que te olvidarás de todo esto!

—Abueeela… —me lamenté, como una niña pequeña y consentida a la que le hubieran quitado su juguete favorito.

—¡Zoe!

—Está bien, lo prometo. ¡Lo prometo! —le aseguré, solo para que se tranquilizara, aunque mi mente ya hacía toda clase de conjeturas y no había manera de detenerla.

Aquella noche no dormí, y los sonidos continuaron hasta cerca del amanecer. No sentía exactamente miedo, pero un escalofrío me recorría la espalda desde que la abuela había contado la historia del hombre del bosque. Si es que era un hombre…

A la mañana siguiente, la abuela sahumó la casa con incienso y me avisó que el sacerdote del pueblo no tardaría en visitarnos. Aquellos rituales me divertían y no comprendía por qué no podía acercarme al individuo del bosque, por qué no podíamos verlo, por qué debía olvidar todo lo que había averiguado. Se lo habría preguntado al abuelo Nae, pero siempre respondía con monosílabos y, por lo general, no quería enemistarse con su esposa. Se lo habría preguntado a mi madre cuando viniera a buscarme al final de las vacaciones de verano, pero, como no creía en supersticiones, se habría echado a reír y me habría felicitado por mi imaginación desbordante. Así que guardé silencio y le abrí el portón al sacerdote, que se quedó unas dos horas en la casa y roció todas las habitaciones con agua bendita, más aún que el día de la Epifanía.

Al anochecer, después de cenar, me acurruqué junto a la estufa. Afuera soplaba un viento feroz y, por valiente que fuera, no habría salido al patio por nada del mundo. Pero ya saben ustedes que algunas cosas están destinadas a suceder, y la abuela había olvidado la ropa recién lavada en el tendedero de atrás de la casa.

—Déjala, la traeré por la mañana —dije.

—No voy a dejar la ropa mojada afuera toda la noche —me respondió, mientras se anudaba el pañuelo bajo la barbilla.

Abrió la puerta y, desde la noche, una ráfaga de aire frío se precipitó sobre mí. La cerró enseguida y entonces oí un ruido extraño. El mismo de antes, pero ahora más cerca. Mucho más cerca. Pegué el oído a la puerta y escuché con el corazón en un puño. Al otro lado de la madera maciza oía arañazos y algo que parecía una lucha, pero el cuerpo se me había paralizado y no podía pronunciar una palabra. Después, una risa semejante a un relincho, imposible que perteneciera a un ser humano. Corrí el cerrojo, me persigné, como había aprendido en tantos años de asistir a los oficios religiosos, y me atreví a gritar.

—¿Abuela? ¿Estás ahí?

Del otro lado solo se oía el viento, y yo me reprochaba haberla dejado salir. En un arrebato de miedo, tomé el icono de la Virgen María de la mesita de la sala y lo apreté contra el pecho. Ni siquiera era demasiado creyente, pero sabía que algo malo nos rondaba. O alguien.

—¡Zoe, abre la puerta! —oí por fin. La petición de la abuela me dejó paralizada. Me quedé helada, aunque el Ángel Blanco de mi hombro derecho me instaba a obedecerla. Permanecí en silencio, con la mano en el picaporte y los pensamientos palpitándome en las sienes.

—¡Zoe, ¿no me oyes?! ¡Abre, niña!

No respondí. Giré sobre los talones y respiré hondo. El fuego de la estufa estaba a punto de apagarse, el abuelo dormía profundamente en el piso de arriba y el arcángel Miguel me miraba con tristeza desde un icono dorado, enmarcado por un paño de rayas. La razón luchaba contra la emoción; el Ángel Blanco, contra el Ángel Negro. Entonces abrí. En el marco de la puerta había unas marcas extrañas, como arañazos profundos, hechos por una criatura que no podía ser humana ni animal.

El viento había cesado, la abuela apenas podía recobrar el aliento y le costaba sostener el montón de ropa. El pañuelo se le había deslizado de la cabeza blanca como la nieve y tenía las mejillas encendidas. Pero estaba ilesa. Fuera lo que fuera lo ocurrido al otro lado de aquella puerta, la abuela había regresado viva y, en apariencia, indemne. Ni siquiera parecía alterada. La observé con atención. Dejó la ropa sobre el diván y se dirigió a la estufa. Había que alimentar aquel fuego. Sus movimientos eran sencillos, pausados, como si acabara de regresar de un paseo en un día despejado de mayo.

—Abuela —me atreví a preguntar—, ¿había alguien contigo afuera?

Entonces me miró por primera vez. Sus ojos eran los mismos –límpidos, claros–, pero estaban vacíos. Como si alguien más mirara a través de ellos.

—No, Zoe, a esta hora ya no hay un alma afuera.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Porque sabía con certeza que aquello no era verdad. Y sabía algo más. Que mi abuela nunca mentía.

 

Capítulo II. El guardián de la oscuridad

 

La abuela permaneció unos instantes más de espaldas a mí y después me reprendió como otras veces, aunque con un tono que parecía diferente. Un tono que no admitía resistencia.

—¡Ve a acostarte, Zoe! ¿No tienes sueño? Es medianoche.

—Sí, tengo.

—Entonces, ¿qué esperas? Vamos, a la cama.

Obedecí y me dirigí a la habitación en la que solía dormir durante los veranos que pasaba allí. Aunque me sentía muy cansada, lo ocurrido aquella noche me había perturbado tanto que estaba segura de que no cerraría los ojos hasta la mañana. Cuando llegué a mi cuarto, decidí quedarme un poco más junto a la puerta entreabierta. El Ángel Negro me susurraba que debía espiar a mi abuela. El Blanco, como de costumbre, consideraba que aquello era un pecado y me indicaba que me fuera a dormir de una vez. Le hice caso al primero.

No sé cuánto tiempo pasó; la casa estaba silenciosa. Demasiado silenciosa, como nunca lo había estado. Entonces oí algo, una voz. Era la abuela, que hablaba en voz baja, como si no quisiera que la oyeran. Agucé el oído, entorné un poco más la puerta por miedo a que me viera y escuché. Oía palabras que no entendía. La abuela hablaba con alguien, pero no había nadie en la casa, y aquella lengua… no era la nuestra. Sentí que me descomponía.

—La niña no lo sabe —dijo la abuela, esta vez con claridad.

Retrocedí un paso, el corazón se me subió a la garganta y fui directamente a la cama. El Ángel Blanco me reprendía con dureza. Me acurruqué bajo la manta suave y no pegué un ojo hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, muy temprano, la abuela volvía a ser la de siempre. O eso parecía. Me sirvió el desayuno e incluso me sonrió con ternura. Pero sus ojos, sus ojos tenían un brillo distinto. Algo flotaba en el aire, una especie de tensión extraña.

—¡Hoy no salgas del patio, Zoe! —soltó de repente, y a mí se me cayó la cuchara dentro de la taza de té de tilo.

—¿Por qué?

—Porque hoy se acercará más —dijo. Sentí que se me encogía el estómago. Dejé de comer y la miré con timidez.

—¿Quién?

Parpadeó dos veces, rápidamente, señal de que no debía interrogarla. Después se aclaró la garganta, como si acabara de darse cuenta de que me había dicho más de lo que yo debía saber.

—El viento —respondió por fin.

Hacia el mediodía, el abuelo regresó de las colinas. Entró en la casa con su lentitud habitual, sacudió las botas y saludó con un movimiento de cabeza.

—Anuța, ¿le pusiste más sal al queso? —preguntó.

—Se te murió la oveja negra —respondió la abuela, eludiendo la pregunta que acababa de hacerle.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó, asombrado, el abuelo Nae. Después se hizo un breve silencio que confirmó que la abuela tenía razón.

—Lo sé —zanjó ella.

Ni el abuelo ni yo dijimos nada más, pero, cuando nuestras miradas se encontraron, supe que ambos pensábamos lo mismo. La cena transcurrió con normalidad, aunque la tensión del ambiente no se había disipado.

Al caer la noche, la abuela volvió a salir. Esta vez no tenía ropa que recoger ni otras tareas pendientes en el patio. Sin embargo, aquella noche era más luminosa que las anteriores: el cielo estaba lleno de miles de estrellas. A lo lejos, el bosque brillaba de un modo distinto. Entonces me armé de valor para seguirla sin que lo supiera. Se imaginarán que aquella decisión provocó otro conflicto entre los dos ángeles.

Caminé detrás de ella como una gata e incluso contuve la respiración por momentos. Parecía saber exactamente a dónde iba y qué tenía que hacer. La seguí hasta la cerca oxidada de atrás de la casa, la que nos separaba del bosque. Me escondí junto a una viga del cobertizo que el abuelo Nae había construido unos años antes y presencié algo que excedía los límites de la realidad. Créanme, el Ángel Blanco intentó convencerme de que estaba soñando. Tampoco aquella vez lo tomé en serio.

La abuela estaba junto a la cerca, inmóvil, de cara al bosque espeso. No hacía nada, solo permanecía allí. Parecía sumida en un estado contemplativo, como quien observa un cuadro que lo fascina. Pero ella no miraba un cuadro, miraba aquel bosque que traía luces y sombras. Esperaba algo, era evidente, me dije, y el Ángel Negro aprobó mi intuición.

Unos minutos después volví a oír aquel sonido, el de los días anteriores. No podía olvidarlo, era inconfundible. No eran pasos ni era el viento: era otra cosa. Una especie de vibración, de entidad que surgía de la propia tierra. La abuela inclinó ligeramente la cabeza, como si escuchara. Después dijo, muy despacio:

—Entendido. Así lo haré.

Sentí que me faltaba el aire. Porque lo sabía. Estaba segura de que la abuela no se encontraba sola allí, en el límite entre nuestra casa y el bosque.

No me atreví a moverme; la abuela tampoco se había movido. Seguía hablando con alguien, con aquella fuerza que había trastornado nuestras vidas.

—Todavía no está preparada —dijo por fin, y se me hizo un nudo en la garganta.

Sabía que hablaba de mí, pero no imaginaba para qué debía estar preparada. El pánico que se había apoderado de mi cuerpo me impidió seguir controlándome; pisé una tabla y el ruido llamó la atención de la abuela. Se volvió hacia mí y me miró, en aquella oscuridad, con un terror primigenio en los ojos. Supe que iba a reprenderme, supe que no debería haberla seguido. En una fracción de segundo estuvo a mi lado, como si desafiara las leyes del movimiento que había aprendido en las clases de física de la escuela.

—¡Zoe! ¡No debiste venir! ¡Dios mío, no tienes idea de lo que has hecho!

—Lo siento, abuela —dije, y bajé la cabeza en el silencio de la noche.

Aquella energía extraña se había disipado; la abuela se apresuró hacia la casa y, otra vez, me pareció que avanzaba demasiado rápido para su edad. La seguí, con lágrimas frías que me corrían por las mejillas. Ahora, quizá por primera vez, sentía que algo iba a suceder.

 

Capítulo III. Que Dios se nos vuelva Diablo

 

La abuela murió durante la noche.

En silencio, en su cama, sin agonía, sin sufrimiento. Cuando bajé a desayunar, había un trajín indescriptible en la casa. Yo, sin embargo, estaba muy tranquila. El abuelo Nae lloraba en silencio ante la mesita, con una taza de café delante. Magda, la hermana de la abuela, iba y venía atareada y me miraba de reojo, como si quisiera medir mi sufrimiento. Después se acercó y tomó mis manos entre las suyas, curtidas por el trabajo.

—Zoe, la abuela ya no está. Llevaba unos años enferma, pero no quería que lo supieras.

—Lo sé —dije, y los familiares interrumpieron sus quehaceres durante unos instantes.

¿Cómo sabía que la abuela había muerto? No tengo idea; quizá por un sueño, quizá por una premonición. Lo cierto es que lo sabía antes que nadie. No lloré, pero sentía un dolor sordo en el pecho, como si una piedra pesada se me hubiera instalado junto al corazón. Pasé mucho tiempo mirando al vacío, sin pensar en nada en particular.

Hacia el mediodía decidí ir al cuarto de la abuela para despedirme. Ya no tenía miedo; parecía haber olvidado todo lo sucedido la noche anterior detrás de la casa. La energía ya no dominaba el lugar y el bosque parecía más tranquilo que nunca. La abuela yacía con las manos juntas sobre el pecho, como si durmiera profundamente. Tenía el rostro sereno como un día de verano y a su alrededor olía intensamente a velas e incienso. Me acerqué a la cama y le besé la frente. Sabía que iba a extrañarla, del mismo modo que sabía que su muerte no había sido casual. La abuela no estaba enferma. Solo había concluido su misión. O se la había transmitido a alguien más.

Después del entierro viví en una espera continua, sin saber exactamente qué esperaba. Pasé tiempo junto al abuelo, lo ayudé a ordeñar las ovejas, le puse sal al queso, alimenté a los perros y regué las flores. Nuestros familiares se marcharon, mi madre prometió que vendría a buscarme a finales de agosto y a mí se me encogió el estómago al pensar que tendría que abandonar aquella casa. Allí ya me sentía en mi hogar. Había algo en aquellas paredes, en el olor del patio, en el crepitar de la leña; algo que me retenía. Había algo en el bosque de atrás de la casa, algo que me obligaba a quedarme.

El domingo por la noche salí al patio. No tenía ningún plan, solo quería mirar el cielo. Pero el bosque me llamaba y mis pies no me obedecían. Enseguida llegué junto a la cerca. Al mismo lugar donde había estado la abuela un día antes de morir. Miré hacia el bosque y entonces volví a oír aquel sonido. La extraña vibración había regresado; era como un pequeño terremoto que me alcanzaba sin que pudiera evitarlo. Mi instinto de defensa se activó de inmediato y me ceñí el suéter rojo al cuerpo. Después abrí la pequeña puerta que me separaba del camino hacia el bosque. Uno o dos minutos más tarde ya estaba en el sendero de tierra apisonada. Una fuerza me llamaba para que me acercara, cada vez más. Avanzaba deprisa, respirando de forma entrecortada, dejando atrás la casa de la abuela y, con ella, a la Zoe de antes.

El aire se había vuelto más denso, más opresivo. Como si el bosque respirara a mi mismo ritmo.

Avanzaba deprisa, sin detenerme ya a comprender por qué. Entonces volví a sentir a los dos, al Ángel Blanco y al Ángel Negro. Esta vez ya no conversaban. Discutían.

—Regresa, Zoe —me susurraba el Blanco—. Este no es tu lugar.

—Ya lo es —reía el Negro—. Nada puede hacerla volver.

Me llevé una mano a la sien, como si pudiera detenerlos. Pero las voces no cesaban, y llegué a un claro. Nunca había estado allí, pero aquel lugar me resultaba conocido.

Los árboles dejaban entre sí un círculo perfecto, como si alguien hubiera trazado una línea a su alrededor. En el centro no había nada. Y, sin embargo… tampoco estaba vacío. Di un paso. Después otro.

Entonces todo se detuvo. El sonido. El viento. Incluso los pensamientos.

—Has venido.

La voz no procedía de ningún lugar en particular. Estaba en todas partes. Me quedé inmóvil.

—¿Quién eres? —pregunté, pero mi voz me sonó ajena.

Una pausa. Después, una especie de risa breve, sin alegría.

—No «quién». «Qué».

La tierra vibró suavemente bajo mis pies. Y lo sentí. No miedo, sino reconocimiento. Como si una parte de mí ya supiera la respuesta.

—Tu abuela cumplió su misión —continuó la voz—. Ahora ya no puede seguir.

Se me encogió el estómago.

—¿Qué misión?

El silencio duró más de lo que esperaba.

—La de velar por la tranquilidad del pueblo.

Parpadeé como si me hubiera entrado algo en los ojos. Y por un instante la vi. No con claridad, ni por completo, pero lo suficiente para reconocerla. Era la sombra de la abuela o algo que tenía su forma.

De pie entre el bosque y yo, como una puerta, como un portal.

El Ángel Blanco gritó en mi interior:

—¡No escuches, Zoe! —Pero su voz era débil, ya lejana.

El Ángel Negro, en cambio… ya no estaba a mi lado.

Estaba justo frente a mí, tranquilo, casi satisfecho.

—Estás obligada, predestinada, Zoe —dijo la voz.

Entonces comprendí algo de una sencillez terrible: no era una elección, era una continuación, era mi destino. Respiré hondo, di un paso adelante y sentí que algo se rompía dentro de mí. Para siempre.

El Ángel Blanco calló por completo, como si nunca hubiera estado allí.

Solo quedó el Negro, que ya no susurraba, solo reía en voz baja.

Miré hacia el bosque y sonreí sin querer, sin poder detener lo que ya me estaba destinado.

—Que Dios se nos vuelva Diablo —susurré, y seguí adelante.

Larisa Marin es autora de la novela de suspense ¡No lo olvides!, publicada en 2025. Se desempeña como editora de revistas y redactora publicitaria. Licenciada en Letras por la Universidad de Bucarest, Rumania, le apasionan la historia y las relaciones internacionales. Ha publicado relatos cortos, ensayos y artículos en las revistas Proezia.ro y As Cultural. Su próxima novela, titulada simplemente Gloria, se publicará este año, tras haber obtenido el segundo puesto en un concurso literario organizado en Rumania. Se identifica con el estilo literario de autores como Gabriel García Márquez y Paulo Coelho.

 

 

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