Anatoly Belilovsky
Lunes:
El aire del estrecho pasillo se
volvía más sofocante a medida que pasaban los segundos. El sudor perlaba la
frente de Kevin y le manchaba la espalda de la camisa. Valerie estaba apoyada
contra la pared, apartada de él.
—No funciona —susurró él—. ¿Estás
segura de que es la puerta correcta?
Valerie se agachó.
—Levanta la mano y toca la placa
—susurró—. Palpa las letras. ¿Cuáles son?
Él levantó la mano, tanteó la
puerta y se detuvo.
—Mmm, bien, parece una C, una O,
después algo… y luego otra O…
—Demoliciones Connors, tal como
estaba anunciado —susurró ella—. Ahora vuelve al trabajo. Recuerda lo que te
dije. Con calma y sin forzar. Un perno por vez. ¿Puedes distinguir cuáles ceden
como si tuvieran un resorte?
—Creo que sí —susurró Kevin.
—¿Y los clics cuando quedan en su
sitio?
—Sí. ¡Sí, aquí hay uno!
—Lo estás haciendo bien. Mantén una
tensión constante con la ganzúa, no intentes forzarla —susurró ella.
Unos pasos resonaron por el
edificio.
—Mierda —susurró Kevin—. ¿Es un
guardia?
—Yo me encargo de él —susurró
Valerie—. Tú concéntrate en esa cerradura. Cuando se abra…
—Los detonadores están en la caja
de puros, en el cajón superior derecho del escritorio —susurró Kevin—. Lo
recuerdo.
Ella lo oyó tragar saliva y
despegar los labios resecos.
—¿Qué… qué vas a hacer con él?
—¿Con el guardia? —preguntó ella—.
¿Por qué quieres saberlo?
—Bueno… —Él hizo una pausa y
enderezó la espalda—. Mmm…
—Querías dar un golpe en defensa de
la Madre Gaia, ¿no?
—Mmm… ¿sí? —susurró él, mirando por
encima de la cabeza de Valerie.
—¿Te estás arrepintiendo?
—Mmm… ¿no? —respondió él, con voz
temblorosa.
Ella se incorporó, hizo una pirueta
silenciosa y avanzó de puntillas por el pasillo hacia el escritorio del
guardia. A Larry le tocaba el turno de noche; siempre se podía contar con que
su próstata lo mandara al baño cada media hora, con precisión de reloj. Eso, y
un cigarrillo a los cuartos y a las menos cuarto.
Casi podía saborear el humo del
cigarrillo de Larry mientras se acercaba a él. Nunca había sido un problema
pedirle uno.
Martes:
A Kevin le temblaba la mano
mientras vertía ácido nítrico en el recipiente de vidrio. La mezcla borboteaba
y desprendía una neblina anaranjada.
—¿Estás segura de que esto es
seguro? —preguntó, con la voz amortiguada por la mascarilla.
—Eso espero —respondió Valerie.
Kevin retiró la mano.
—¿Cómo que eso esperas?
Se volvió hacia Valerie, con la
expresión oculta tras las gafas protectoras.
—Espero que hayas lavado bien todo
ese material de vidrio —dijo ella—. El TNT es un gatito si está puro. Si
dejaste algo de suciedad, tendremos bolsas de dinitrotolueno sin reaccionar, y
esa cosa explota con solo mirarla mal.
Kevin respiró hondo y siguió
vertiendo.
—¿Dónde aprendiste todo eso?
—En el curso preparatorio para
medicina —respondió ella, y se volvió para ocultar una sonrisa.
Miércoles:
—¿Cuánto falta? —preguntó Kevin,
jadeando.
—Tres kilómetros —respondió
Valerie—. Y quítate esa cara de estar muerto de miedo. Si alguien nos ve, somos
excursionistas.
—Con suficientes explosivos para
volar un pueblo pequeño —dijo Kevin.
—Te acordaste de guardar los
detonadores en los bolsillos, ¿verdad? —preguntó Valerie.
—Sí.
—¿Seguro? Porque, si te caes y se
activan dentro de una mochila llena de TNT…
—Estoy seguro —siseó Kevin entre
dientes.
Jueves:
—Podríamos haberlo hecho ayer —dijo
Kevin.
Pegó una masa semejante a la
masilla en una viga y se metió la mano en el bolsillo.
—¡ALTO! —bramó Valerie—. ¿Qué te
dije? Primero coloca todas las cargas; después vuelve y conecta todos los
detonadores. Estás cometiendo errores, y eso que dormiste bien anoche. Si yo
también estuviera cansada, podría pasar alguno por alto. Ahora toma otra carga
de TNT y ponla… —Señaló una unión de vigas más arriba—. Allí.
—Mierda —dijo Kevin—. ¿Tengo que
trepar hasta ahí?
—Tienes que trepar hasta ahí
—respondió Valerie.
Él se izó, buscando con los pies un
saliente donde apoyarse.
—¿Lo hacemos estallar esta noche?
—Mañana por la mañana —respondió
ella.
—Estaríamos más calientes si
compartiéramos un saco de dormir —dijo él.
Ella suspiró. Nunca fallaba. Tarde
o temprano, todos acababan proponiéndoselo.
—No voy a dormir —dijo—. Tengo que
revisar una vez más la colocación.
Y esta vez usar explosivo plástico
de verdad, con detonadores de verdad, añadió para sus adentros.
Él suspiró y siguió trepando.
Viernes:
—¿Ahora? —preguntó Kevin.
Valerie asintió. Kevin presionó el
émbolo.
El destello pareció demasiado
pequeño, al igual que la nube que se elevó en silencio desde la base de la
torre de transmisión. Kevin torció el gesto.
—Eso… —empezó a decir.
Entonces los alcanzó el muro de
sonido: una avalancha palpable de estruendo y truenos que expulsó el aire del
pecho de Kevin y le cubrió la cara de terrones. Él se puso de pie de un salto,
se arrancó las gafas protectoras y escupió la tierra que le llenaba la boca. A
lo lejos, la torre se inclinó lentamente; después cobró velocidad y cayó,
levantando otra nube de polvo al golpear el suelo.
—¡Eso es! —gritó Kevin, y se puso a
bailar torpemente—. ¡Tomen eso, cerdos imperialistas, contaminadores de mierda!
¡Un golpe en defensa de una Tierra verde!
Valerie aplaudió con toda la
sinceridad que pudo reunir.
Sábado:
En su bandeja de entrada había un
correo de Connors: «¡Buen trabajo! No sé cómo consigues ofrecer precios tan
bajos, pero desde luego no es por hacer las cosas a medias. Tengo otro trabajo
el mes próximo: Williston Electric acaba de terminar su parque eólico y
necesita que derriben la vieja chimenea. Espero que presentes una oferta».
Domingo:
Sonó el teléfono. Ella atendió.
—Hola —dijo la voz al otro lado—.
Soy Kevin.
—Kevin, escucha —dijo ella—. Te
pedí que no llamaras…
—Solo quería darte las gracias
—dijo él.
—¿Crees que valió lo que pagaste?
—preguntó ella.
—¿Estás bromeando? —respondió él—. No veo la hora de contárselo mañana a mis compañeros de trabajo. ¡Las mejores vacaciones de mi vida!

No hay comentarios:
Publicar un comentario