Juan Pablo Goñi Capurro
Sin temor de
sonar freudiano, no estaría en este día crucial de no ser por mi niñez, por mi
infancia. Desde muy chico fui un fan de El
Zorro. Mi abuela me transmitió la devoción por la serie en las veraniegas
tardes de Lomas. En Olavarría no podíamos verlo; por ese entonces recibíamos un
solo canal de televisión y ese canal no pasaba la serie que, si no me equivoco,
iba por canal 13. Nos sentábamos en el living de piso de pinotea con mis
hermanos y cantábamos frente a las imágenes –en blanco y negro– “en su corcel,
cuando sale la luna, aparece el bravo Zorro”.
Don Diego de la Vega, su padre, el
capitán Monasterio, el sordomudo Bernardo, eran personajes como de la
familia. Ellos y los de Bonanza. Años
después me enteré que en realidad habían grabado pocos capítulos originales de El Zorro. Me di cuenta que mi abuela ya
los había visto –de hecho mi mamá es fanática también–; aprecié entonces su
sacrificio de volver a repasar cada uno de los episodios, conociendo sus
finales, junto a sus nietos. ¿El placer vendría por la serie en sí o por
observar nuestro entusiasmo cuando nosotros la mirábamos? Ahora que he
disfrutado de las ocurrencias, las salidas inocentes y las mil monadas de los
chicos, pienso que ella disfrutaba más de nosotros que de la pantalla.
Esa pasión por el héroe romántico y oculto, el que desafiaba a la
ocupación española –aunque no queda en claro si quería independencia u otra
cosa– se prolongó en los cowboys, desafiantes ellos también de las leyes y las
autoridades constituidas, autoridades corruptas y explotadoras. La saga de
espadachines continuó con las lecturas del El
Coyote, una especie de Zorro con
otro nombre. Mis héroes no eran los futuristas, que ya existían, ni los dibujos
animados, sino los personajes del pasado, como Sandokán y el Corsario Negro.
¿Desde entonces se presagiaba mi nostalgia eterna, mi descontento con la época
que me tocó vivir, tan prosaica, tan alejada de los valores del honor y la
caballerosidad y el romanticismo? Pasada por varias décadas mi infancia,
todavía veía, cada tanto, algún capítulo de El
Zorro, tal vez no tan emocionante una vez pintadas las viejas cintas. Quizá
no fuera por la pintura, sino por la imposibilidad de recuperar ese clima de
inocencia y de familia.
Lo cierto es que esa conjunción de sentires me llevó a no dudar en
el momento en que exhibieron la película con Antonio Banderas, Anthony Hopkins
y la increíble Catherine Zeta Jones. Me tocó en suerte un cine de shopping. Por
una vez, me tocó en más suerte que una mujer muy bella se sentara a mi lado,
mujer con un profundo parecido con la actriz mencionada. De hecho, giré varias
veces mi cabeza durante la proyección, dudando sobre si no estaba sentado
precisamente al lado de la actriz. La penumbra matizada por el resplandor de la
pantalla me devolvía un rostro bello y plácido como el de la galesa. No era
ella, claro, pero al encenderse las luces noté lágrimas en sus ojos,
precisamente cuando estaba enjugando las mías. Nos vimos y nos reímos. Nos
invitamos a compartir un café.
Supuse que no habría chances de aventurarse demasiado, por lo que
nos ubicamos allí mismo, en el patio del centro comercial, sobre un entarimado
de madera clara. A plena luz el parecido no se disolvía; como la actriz, la
mujer era morena, espigada, de preciosa boca, pequeña nariz y ojos pecaminosos.
Claro que el diálogo comenzó con El Zorro;
calculé que ella tenía unos cinco años menos que yo, pero su historia coincidía
con la mía. Los dos nos habíamos relacionado con el hombre del antifaz a
instancias de una abuela. Las coincidencias nos acercaron, como si fuéramos dos
antiguos compañeros de correrías reencontrados por azar en una ciudad
diferente. Nos fuimos sintiendo confortables con el otro, las risas nacían
espontáneamente, llevándose buena parte del tiempo del intercambio. Ella
también había visto Bonanza y los Ingalls y Los Locos Adams.
Antes de irnos, intercambiamos teléfonos, ambos dispuestos a
volver a vernos. Entusiasmado, creo que ni siquiera me acordé de cenar aquella
noche. Al día siguiente la llamé, incapaz de contenerme. Para mi sorpresa,
habituado a desplantes y rechazos, ella aceptó con un entusiasmo en la voz
capaz de competir con el mío y tener éxito. A partir de allí comenzó la
historia de amor más insólita que me tocó vivir (o la historia de amor, a
secas). Ella insistía en volcar en la vida diaria las cuestiones de la pantalla.
Así, en la cama éramos El Zorro y la Mujer Maravilla, el Hombre Nuclear y Laura
Ingalls, el gordo de Bonanza, Joe, y una de las Ángeles de Charly. Estas acciones incluían cambio de roles,
tocándome más de una vez dar vida al papel femenino. No niego cierta
incertidumbre, cierta comezón, en estos primeros intercambios en que tocó
ponerme polleras y panties, incluso maquillaje. Pero una vez que me acostumbré
lo disfruté tanto como ella.
Sus propuestas no se contuvieron dentro de los límites fijados por
las paredes de un departamento; sus ideas se explayaron. Ideas que secundaba
gozoso, con la zanahoria de su cuerpo y de la diversión frente a mis ojos,
tirando de la parte de la carga que me tocaba en ciernes. Empezamos a concurrir
a los parques a jugar a los cowboys; pronto ello tampoco bastó. Hicimos viajes
al interior, aprendimos a andar a caballo para darle más autenticidad a los westerns; la fiesta continuaba. Nos
complementábamos como pocas parejas, participé cada vez más en la elección de
argumentos para nuestras películas. Por las noches frías mirábamos nuestras
series; las teníamos grabadas, cada uno su propia colección. Claudia, se
llamaba Claudia mi Catherine nativa, estaba cada día más linda y yo tenía cada
vez mejor estado físico, dadas las condiciones de entrenamiento constante en
que se desenvolvía la relación. Vivíamos separados pese a tanta mágica comunión;
ignoro cuál de los dos ponía las reservas. Jamás nos planteamos la alternativa.
Quizá temíamos el momento en que aparecía “The
End” en la pantalla y había que dejar el cine, la penumbra, la fantasía.
Era probable que nos volviéramos una pareja del montón una vez agotado el
libreto del día; supongo que lo sospechábamos y no nos entusiasmaba esa
perspectiva.
Al cabo de unos dos años, meses más meses menos, noté que mi amada
pretendía nuevas dosis de acción, involucrando una realidad que excedía los
marcos de nuestras personas y ámbitos para explayarse. Primero quiso asustar a
la gente, apareciéndose vestida de superhéroe. Es decir, apareciéndonos. Fue
gracioso, un poco, pero yo no me sentía tan seguro de su decisión. Una noche,
tras ver la película del Zorro por
décima vez, ella dijo que la realidad nuestra no era tan diferente a la que
vivía el Zorro; las empresas
extranjeras eran potencias invasoras y nos reducían a la esclavitud,
necesitábamos de un superhéroe real. Un temblor me asaltó, incrementándose a
medida que continuó exponiendo sus ideas. Entusiasmada con el diseño de su
proyecto no se percató de mi aprensión. Habló de petroleras, de comunicación,
de electricidad. Aseguró, con el énfasis que le conocía cuando se involucraba
con lo que iba diciendo, que sería importante para la gente sumergida tener un
héroe mítico que la vengara. Estábamos en su casa. Puse una excusa por primera
vez; dije que tenía que hacer cosas temprano a la mañana siguiente y escapé,
muy asustado. Por cierto, antes me quité la peluca y el vestido que llevaba
puesto. Salí a la calle con algo de rubor y con las pestañas postizas, apurado
por refugiarme entre mis propias sábanas, temiendo hasta el eco de esas
palabras que auguraban malas noticias.
Me di un baño de realidad; no la llamé y no atendí sus llamados.
El juego de la chica se había encarnizado demasiado, escapaba a todo límite. Yo
creía que con nuestras aventuras inocentes teníamos más que suficiente para que
la relación escapara del catálogo de desabridas uniones que uniforma países y
culturas occidentales. Pero su problema no pasaba por buscar una relación
intensa o diferente. Liberado de la viga del enamoramiento que cegaba mi vista,
comprendí que ella entendía la relación como una asociación contra la realidad;
le hubiera gustado que la secundara, que fuera cómplice de su desvarío hasta
las últimas consecuencias. Quizá podría haber puesto un poco de énfasis para
volverla en sí, pero ¿en el sí de quién? ¿Proponerle que viviéramos juntos, en
vez de andar haciendo locuras?; ninguno era rico pero nuestros sueldos sobraban
para satisfacer necesidades de una vida más que confortable. Ese argumento no
hubiera servido; su ambición, su desesperación, no pasaba por cuestionamientos
burgueses, por aspiraciones materialistas. Su mente había sido desbordada y le
exigía realizaciones más allá de la línea divisoria entre realidad y fantasía.
Ella insistió; en su último llamado, con la voz quebrada, le dijo
a mi contestador que el Zorro me
necesitaba, que sería difícil llevar adelante la empresa del enmascarado sin su
fiel Bernardo. Se despidió con un
simple “chau”, llorando sin tapujos. Por cierto que lloré yo también al
escucharla. Pero no cedí a la tentación; advertí el peligro agazapado en su
sinrazón, en su fantasía perturbada. Dejé morir la historia de amor y no supe
de ella por un par de meses, hasta que como todos vi la foto de su cuerpo en el
diario, en la televisión, en las revistas. La chica había asaltado un camión de
la Esso, a caballo y enmascarada,
¡con una espada! El camionero no se detuvo; embistió al caballo y a ella
juntos. Murió de inmediato. La noticia fue muy comentada, había completado el
vestuario al punto de llevar la capa con la Z.
Me deprimí hasta lo indecible. La vida pasó a ser un túnel que no
llevaba a parte alguna. Hasta me arrepentí de no haberla acompañado, de no
haberme suicidado así, morirnos juntos como Thelma
y Louise. ¿Qué me quedaba? Después de Claudia todo sería cuesta abajo,
realidad innegable, indiscutible, pobre. Pensé que moriría de tristeza y sin
embargo sobreviví, sobreviví tras noches enteras viendo las viejas series,
cantando o tarareando las cortinas musicales, emborrachándome de vino y
nostalgia. Mi recuperación fue obra del cansancio. Si, no hubo milagros ni
replanteos ni psicólogos. Me cansé de la depresión, me aburrí de la depresión y
comencé a respirar otra vez, aunque ya el aire me supiera a poco. Asumí que el Zorro había trastocado las reglas no
escritas de las series televisivas, había muerto. Recuperado, me preparé.
Estudié las cosas con calma, siempre fui más práctico que Claudia.
Sé que no es tiempo de espadas y caballos, no vale la pena insistir con eso. Hubo algunos hombres arañas en los últimos años, pero dedicados a robos sin grandeza. Seré Batman, tal vez el primero de los héroes en incorporar la tecnología para suplantar sus carencias de poderes especiales. De otra manera no puedo dejar sin teléfonos a toda la ciudad de Buenos Aires. Aunque si tengo que ser sincero, para mi gran acto hubiera elegido como Claudia, hubiera sido el Zorro. Lástima que el Zorro ha muerto.

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