domingo, 18 de octubre de 2026

VILLANCICO PARA LOS DURMIENTES

Andrzej Piętka

 

Miró el pequeño naranjo. Estaba delante de él, en una maceta de cerámica, y extendía una ramita hacia la superficie de acero del escritorio. A Trot le gustaba aquella plantita. Le parecía valiente y siempre dispuesta a jugar. Por supuesto, a juegos que no exigieran moverse. Sus hojas verdes tenían el color de las botellas cuyos cuellos encorchados veía a menudo al pasar por el almacén. La regaba despacio, con un fino hilo de agua cuidadosamente preparada, humedeciendo con delicadeza toda la superficie alrededor del tronco, para que fuera el propio árbol, y no él, quien eligiera las raicillas con las que absorber la humedad.

Todavía le quedaba la limpieza semanal de las hojas y, por último, pasar la aspiradora. No le gustaban los suelos sucios, y las plantas a veces podían ensuciar bastante. Aunque hacía lo de siempre, dosificando de manera óptima el agua, la luz, los fertilizantes y la temperatura, los seres a su cuidado seguían buscando nuevas formas de expresión: doblaban las ramas en direcciones inesperadas, dejaban caer hojas, amarilleaban o se secaban aquí y allá y, lo peor de todo, esparcían fragmentos de corteza descamada y cubrían de polen cuanto los rodeaba. Trot entendía de plantas; sabía tanto sobre ellas que incluso había llegado a conocer sus formas de interacción. Reconocía sin dificultad sus necesidades y preferencias: interpretaba las señales de los tallos que se desplegaban, de los cambios de color o de las hojas que se retorcían. También procuraba no olvidarse nunca de los demás habitantes de la Sala Verde: los hongos y los microorganismos. Aunque aquello resultaba todavía más difícil, cuidaba de esos seres con tanto esmero como de sus compañeros de mayor tamaño.

Trot había trabajado allí desde siempre. Antes lo acompañaba el viejo Tatik, que ahora, debido a su edad y al desgaste, solo trabajaba de vez en cuando, cuando el programa de cuidados exigía redoblar los esfuerzos. También estaba el joven Trit, pero apenas comenzaba a aprender. Había asimilado la teoría sin dificultades; ahora le tocaba aprender a tocar. A primera vista, Trot se distinguía de sus compañeros por su color marrón oscuro, pero lo que lo hacía excepcional era su tacto. En su profesión, lo más importante era actuar con esmero, precisión y delicadeza. Sus compañeros no dejaban de maravillarse de que, pese a desplazarse sobre una plataforma con ruedas, fuera tan atento, cuidadoso y sensible. Solo sus manos estaban autorizadas a tocar las plantas. No lo consideraba una distinción, sino más bien una obligación y un servicio. Pero era un servicio agradable. Amaba a sus amigos verdes; le encantaba verlos florecer o recuperarse de alguna pequeña enfermedad, cuando les brotaban nuevas ramas y hojas.

Consultó los registros del momento. No había ninguna notificación importante; todos los informes eran tranquilizadores. Sus hermanos y hermanas cumplían sus tareas cotidianas en sus puestos de trabajo sin ninguna alteración, y solo el suave zumbido de los ventiladores resonaba entre el follaje de la Zona Verde. Al otro lado de la ventanilla de la pared, a su izquierda, se abría un vacío oscuro. De lejos parecía un agujero en el que uno podía caer, como en un pozo. Se acercó con cuidado para echar un vistazo. Se inclinó y apoyó una mano en el cristal frío. Oscuridad, aunque no era de noche. Últimamente, el vacío parecía estar un poco más lleno. No podían verlo, pero ya lo percibían. Las mediciones que recibían demostraban de manera inequívoca que a su alrededor aparecían cada vez más partículas y radiación. Era una señal de que se acercaban. Recordó cómo aquel verano había observado un cometa con Tatik. El primero cuya trayectoria pasaba lo bastante cerca como para que los compañeros del observatorio pudieran realizar algunas mediciones básicas. Después había mirado las fotografías y buscado palabras capaces de expresar su inesperada belleza. Lo sobrecogía pensar que, mientras su mundo estaba allí, el cometa llevaba muchísimo tiempo recorriendo espacios inmensos, sin que supieran nada el uno del otro. ¿Y si el cometa pensara? ¿Y si, aunque avanzara por el cosmos arrastrado por la inercia de una enorme patada recibida mucho, muchísimo tiempo atrás, hubiera conseguido desarrollar por evolución, por ejemplo en su superficie, una conciencia de sí mismo, un observador de los pársecs de su viaje?

Un cometa. ¿Era un cometa? ¿Y qué era ese… cometa? Mmm, allí le faltaba inspiración. Un cometa era un cometa, y su gran luz, que no era luz, y su cabellera, que no era cabellera, llevaban alegría a quienes lo observaban. Al fin y al cabo, se acercaban las fiestas. ¿Solo alegría? Tal vez también esperanza; tal vez una señal de que el vacío no era un vacío absoluto, sino un fragmento del gran mosaico de fuerzas del que estaba compuesto el espacio. A veces le gustaba detenerse y concederse un momento para dejar que sus reflexiones giraran sobre sí mismas. El arbolito, a través de la hoja que Trot estaba limpiando, sentía que su contacto se había prolongado un poco.

«Han pasado tantos años, y Él sigue viniendo a nosotros y, como cada año, solo nos pide una cosa: que creamos». Las líneas de texto fluían hacia su interior, pero no se resistía. En cierto sentido, las esperaba. Era una transmisión del Canal de Alabanza; a menudo la escuchaba mientras trabajaba. Le encantaba la Navidad. «Lo esperaron durante cuatro mil años. Reyes, sabios y profetas. Escuchen, hermanos y hermanas. En el resplandor de la gloria llegó el soberano, como un recién nacido, sin nada, desnudo, en su versión básica, para conquistar todo el universo y amar a cada ser viviente. Quienes lo esperaron y se fueron también se alegraron de su llegada, porque su espera no había sido en vano». Se quedó pensando. Él sabía de esperas. Esperaba los frutos. Esperaba la germinación. Esperaba la llegada. Toda su vida era una espera. La espera de alcanzar el destino, pero quizá entonces comenzara todo, de modo que su espera era la espera de un comienzo.

Sí, había nacido cuando todos a su alrededor vivían esperando, aunque habría sido más exacto decir que lo habían activado. Lo habían puesto en movimiento y lo habían llenado, y cuando todas sus piezas se enfriaron y solidificaron, los neurotransmisores recibieron la orden de ponerse en marcha. Despertó y comenzó a esperar con los demás, y todo aquel tiempo en el que había vivido era un tiempo de espera, un Adviento. Creyó que su espera formaba parte de la gran espera que, cientos y miles de años atrás, habían compartido millones de personas en la Tierra. Antes de que terminara la transmisión, ya había acabado de limpiar. Dejó la aspiradora en su estación y se dirigió a la biblioteca. Entre cientos de catálogos había miles de grabaciones, datos e incluso auténticos libros de papel cuidadosamente seleccionados.

 

—Aquí también. Una amarilla. —Aba miró a Trot y sus ágiles manos. Él se acercó, tomó de sus manos una gran esfera navideña, brillante y de aspecto nevado, y avanzó con cuidado hasta el árbol. Los brazos telescópicos se extendieron sin ruido. Unos pocos movimientos de los dedos y otro adorno quedó colgado de una rama del frondoso árbol de Navidad situado en el centro de la Cámara del Sueño. El hermoso abeto verde se erguía en una maceta hidropónica especial, justo en el medio, de modo que todos los ojos de la tripulación, si pudieran abrirse, lo vieran de inmediato. Mañana sería Nochebuena. Por eso, aquel día, como todos los años, Trot y Aba, la singularidad acompañante, trabajaban en la sala para preparar el árbol de Navidad destinado a los humanos que dormían en sus sarcófagos. ¿Dormían? En realidad, ninguno dormía: todos llevaban muchos años muertos. Sin embargo, sus compañeros robóticos de viaje preferían pensar que dormían para siempre. Aunque los pasajeros encerrados en las cápsulas no mostraban signos vitales, sus compañeros artificiales no habían desconectado los sistemas que mantenían constantemente los cuerpos de hombres y mujeres en un estado impecable. Quizá algún día consiguieran descifrar el código de la vida y despertarlos de verdad. Mientras tanto, pasaban los años, y aquellas fiestas serían las últimas en el espacio.

—¿Crees que deberíamos añadir más luces? ¿Quizá verdes? —Trot miró a Aba, que permanecía inmóvil, esbelta y hermosa. Contemplaba el árbol, analizaba cada detalle, lo comparaba con los modelos, sintetizaba y evaluaba el conjunto.

—No, eso alteraría la armonía. Fíjate en el espejismo cromático que hemos conseguido. El rojo y el blanco, y esos destellos de rayos azules. Creo que esta de aquí, Marie Jouvet, seguramente reconocería su bandera en el árbol de este año. Y Joseph, y Daan, e incluso Kiril. Si hubiera que añadir algo, quizá podrías colgar un carámbano plateado en ese extremo… —Dejó la frase en suspenso—. Y después vuélvete hacia mí. Te tomaré una fotografía.

—No hace falta. Un árbol tan hermoso y yo tan feo. —Trot estaba realmente avergonzado. Colgó el carámbano y… posó, tal como Aba le había pedido.

—Sí hace falta. Quizá nunca volvamos a tener ocasión de adornar juntos un árbol de Navidad. ¿Sabes? Ya empiezo a sentir nostalgia.

—¿Nostalgia? Sabes, Aba, cada día me maravillas. Nostalgia. ¿Quién te enseñó eso? Es un sentimiento tan abstracto que ni siquiera los humanos sabían explicarlo. ¿Recuerdas que una vez te envié una selección de textos sobre la saudade?

—No lo sé. Simplemente la siento. Esos sentimientos nacen solos dentro de mí, como las llamaradas del Sol. A veces siento como si nuestros creadores, desde el principio, me hubieran dado tanta libertad para fantasear que pudiera simular cualquier sentimiento. Aunque, sabes, lo que siento por ti… no es simulado.

Trot se volvió y se acercó al escritorio que había junto a la pared. Comenzó a guardar los instrumentos y las herramientas que habían utilizado. ¿Había sentido algo? No, no lo admitiría, nunca.

—Es una lástima que no pueda simular sentimientos. Creo que entonces yo también te amaría mucho. Por desgracia, con mis capacidades y posibilidades solo puedo fingir que estoy contento. —Comenzó a balancearse de un lado a otro. Aba soltó una carcajada.

—Me encanta verte contento. Eres realmente maravilloso. ¿Qué te parece si les cantamos algo?

—¿Con qué empezamos? —Trot se acercó y se colocó a la derecha de las cámaras criogénicas dispuestas en forma de estrella.

—Propongo… —Se quedó pensando; la lista de reproducción de su memoria contenía cientos de villancicos de todo el mundo. Esta vez elegiría con el corazón, en consonancia con el corazón de su diseñador—. «Dios nace».

—¿En polaco?

Aba acababa de repasar la información sobre la pieza elegida y estaba satisfecha con su intuición. Era un buen villancico, tanto por la letra como por la melodía.

—Sí. Es muy apropiado.

Comenzaron a cantar, en voz baja, con suavidad. Solo Madre los escuchaba. Y los durmientes. Doce mujeres y doce hombres. Sin duda los oían.

Sin duda.

 

Al día siguiente, 24 de diciembre según el tiempo de a bordo, todos se habían reunido ya en el puente. Estaban Aba y sus compañeras Omi y Saja, hermosamente adornadas con telas vaporosas de tonos pastel y pequeñas luces de colores que oscilaban, dispuestas con gracia sobre sus hombros blancos como la nieve y sus caderas bien proporcionadas. Estaban los trabajadores y los técnicos de mantenimiento de acero. Junto a la pared, Trot distinguió al rojizo SpT07, un tímido especialista en automatización. Permanecía inmóvil, con las pinzas bajas, y parecía apagado, pero los puntos rojos de su cabeza brillaban intensamente. Era una señal de que estaba emocionado y aguzaba sus sensores al máximo para no perderse nada. El jardinero sintió que alguien lo tocaba y se volvió. Claro, era el joven Trit, que quería a toda costa estar más cerca y verlo todo con detalle. Tenía unas manos perfeccionadas, muy suaves, con regulación de la temperatura y la humedad de los dedos. Muy pronto recaería sobre él la coordinación de la gran tarea en el lugar de aterrizaje. Por eso, además de su trabajo diario con Trot, desaparecía durante largas horas para adquirir conocimientos y conocer al resto de la tripulación. Sus maestros estaban encantados con él. Trot recordaba bien que, después de las primeras lecciones, habían ido a contarle las extraordinarias capacidades y los excelentes modales del joven jardinero. Al parecer, trabajar con la naturaleza viva estimulaba y agudizaba los sentidos, aceleraba la mente y aportaba tacto.

—¿Cuándo empieza?

—Dentro de un momento. ¿Terminaste las clases? —Trot miraba a Trit desde arriba, como siempre que quería asumir el papel de padre.

—Hace mucho. También fui a ver nuestro árbol de Navidad. Aba y tú lo adornaron de maravilla; seguro que les habría gustado. Debo reconocer que no has perdido la práctica, Trot: no hiciste caer ni una sola aguja.

—Gracias. Dentro de unos años lo plantaremos en las montañas. Ya verás cuánto potencial tiene nuestro arbolito. Tatik vio muchos como este en la Tierra. Dijo que desprenderían un aroma intenso.

El joven Trit pasó junto a su compañero mayor y avanzó hasta la primera fila. Vio unas figuras conocidas. Eran sus maestros, la sabia Kappa y el distinguido Alfa. Parecían casi iguales a los Durmientes: tenían hermosos rostros, cabellos largos, cuerpos de hombre y de mujer. Su aspecto era magnífico, y su piel, que siempre lo había maravillado, era perfectamente imperfecta: tenía depresiones, arrugas, pecas e incluso vello. Más de cien años atrás, los diseñadores habían creado a los compañeros de los humanos, maestros de las nuevas generaciones, a su fiel semejanza, con el propósito de reducir al mínimo la barrera entre lo artificial y lo real. Ahora que los humanos se habían dormido, la imposibilidad de cumplir su tarea no había sido un obstáculo para los maestros artificiales. Por el contrario, habían ampliado sus conocimientos sobre el Homo sapiens y, conservando la cultura y las costumbres de los Durmientes, enseñaban a los demás miembros de la tripulación acerca de la humanidad, su historia, su cultura y sus hábitos. Lo hacían mediante la transferencia de datos, pero también a través de interacciones, comunicación oral y presentaciones. Permitían que sus alumnos descubrieran al ser humano de manera individual y tangible. En realidad, Alfa y Kappa eran guías: enseñaban a las máquinas a ser al menos un poco humanas, ahora que los propios humanos ya no estaban. Así lo dictaba la lógica. Algún día los humanos llegarían a aquel lugar y verían que el nuevo mundo estaba preparado para recibirlos.

En las grandes pantallas que ocupaban toda una pared de la sala apareció un paisaje de la Tierra. Un auténtico invierno terrestre se desplegó alrededor de los presentes. Estaban en un gran claro nevado, rodeado de bosque. A lo lejos se recortaban, negras y nítidas, las cumbres de las montañas, y sobre ellas brillaba una gran Luna. Se oía el suave rumor del viento, y la temperatura de la sala descendió más de diez grados. Frente a la tripulación reunida estaban los sillones vacíos de la tripulación fallecida: veinticuatro.

Esperaban su discurso. Madre, pues así habían llamado los creadores a la unidad principal de la nave, al parecer en homenaje a otra computadora de a bordo ficticia, siempre procuraba intensificar el ambiente festivo. Por fin habló con su voz cálida y profunda.

—Les doy la bienvenida a todos. Nos reunimos, como cada año, en estas fechas de celebración, para honrar al Niño Dios recién nacido y confiarle el cuidado de nuestros venerables Durmientes. Hemos venido a inclinarnos ante Jesús, como toda la creación orgánica e inorgánica. También nos inclinamos ante nuestros creadores, los amadísimos humanos que nos dieron la vida.

Todos los robots reunidos en la sala inclinaron la cabeza, y los maestros Kappa y Alfa hincaron una rodilla en el suelo. Se hizo el silencio. Trot vio, en el borde del campo de visión de su cámara, que Trit seguía el ejemplo de sus maestros e intentaba también doblar las extremidades, aunque la amplitud de movimientos del joven jardinero era muy limitada en ese aspecto. Madre, en nombre de todos, rezaba por la paz de los humanos en la Tierra y por la protección de sus enviados, unidos en un solo grupo y a la espera de entrar en la órbita del planeta hacia el que viajaban desde hacía tanto tiempo.

—Me gustaría que ahora tomara la palabra Alfa —dijo la voz sobre sus cabezas.

El distinguido androide hizo una reverencia y avanzó despacio hasta el centro. En la pared, detrás de él, Madre proyectó una imagen del espacio exterior. A lo lejos, en la esquina derecha, se distinguía una pequeña esfera azul. Hacia allí se dirigían. Ya estaban tan cerca. Aquella primavera comenzarían una nueva vida, y la historia de la humanidad y de sus robots abriría un nuevo capítulo. Trot miraba fascinado. Esperaba encontrar allí una naturaleza maravillosa y completamente nueva. Las nanosondas enviadas llevaban mucho tiempo informando de la existencia de vegetación e incluso de una fauna escasa. Según las mediciones, la atmósfera y las condiciones climáticas eran sencillamente perfectas para las semillas, esporas y plantas jóvenes reunidas a bordo. Cuánto trabajo. Por un momento se sintió cansado, pero la alegría fue disipando sus temores y dándole esperanza.

—Spes Nova. Nuestro nuevo hogar. Dentro de apenas tres días entraremos en órbita y comenzaremos los preparativos para los descensos. Iniciamos una etapa completamente nueva en la historia de la humanidad. De acuerdo con nuestro compromiso común, no dejaremos de enviar nuestras transmisiones hacia la Tierra, y creo firmemente que otra nave está en camino. Sí. Sin duda ya viene hacia nosotros. Pero hoy no quería hablar de eso. —Abrió los brazos de par en par—. Estoy orgulloso de ustedes. Hemos realizado un trabajo magnífico al llegar hasta aquí y prepararnos a la perfección para poblar un nuevo mundo. Pero hay algo todavía más importante: hemos evolucionado conservando los rasgos fundamentales de la cultura y la ética humanas. Gracias a nuestros esfuerzos, hemos superado los límites de nuestra simulación para volvernos paraconscientes, y gracias al descubrimiento de nuestra religiosidad… —Se le quebró la voz. Cambió de tema—. Estamos celebrando nuestra última Nochebuena en la ESS VOYAGER. Es un momento excepcional. Quisiera desearles, mis queridos compañeros, la bendición de Dios para esta nueva etapa. Que la paz y la bondad reinen en nuestros corazones. Corazones, porque sé que tenemos corazones. Que el Recién Nacido guíe con seguridad hasta nosotros a las próximas misiones. ¡Feliz Navidad!

Madre volvió a iluminar las paredes a su alrededor, simulando la noche invernal y el claro del bosque, y sobre él un cielo estrellado. Todas las figuras reunidas callaron y permanecieron inmóviles. Por los altavoces sonó una melodía conocida. Comenzaron a cantar.

—Noche de paz, noche santa…

Andrzej Piętka (Silesia, Polonia, 1977) es escritor, ingeniero y gestor, residente en Rybnik. Debutó con el cuento «Dom pokoju», incluido en la antología de ciencia ficción Ocaleni, y participó en Ocaleni 2.0 con «Już.». Lector desde la infancia, es aficionado a las formas literarias breves, la poesía y la música cinematográfica. En su tiempo libre lee, escribe y viaja.

 

 

LA PALOMA NEGRA

Luciano Doti

 

La tarde de un lunes cualquiera, Claudio sale a caminar. Recorre algunas calles conocidas para él y se pierde en un entramado. Luego de dar vueltas, giros y contragiros, llega a una plaza. Esta se encuentra desierta, entonces se sienta en un banco y el frío comienza a helarle la sangre. Así que decide tomar alguna bebida de alta graduación alcohólica. Casi sin pensar, se desplaza por una de las arterias de ese barrio, que no vale la pena identificar, sobre todo teniendo en cuenta lo que va a suceder después. La cuestión es que, al llegar a la puerta de un bar del cual no tiene conocimiento previo, ingresa, se sienta en una mesa junto a la ventana y pide una bebida espirituosa: ginebra, para mayor precisión. Después de un rato, mientras bebe a sorbos ese veneno, su cuerpo entra en calor y él queda en un estado de ensoñación. Unos ruidos le llaman la atención. Es una paloma negra que utiliza el pico como una herramienta para embestir insistentemente contra el vidrio de la ventana. Luego echa a volar y la mente de Claudio vuela con ella. En un instante se encuentra conduciendo una lancha. Ahora no se trata de un entramado de calles, sino de ríos, pero otra vez está perdido. El lugar es algo así como el delta del río Paraná, solo que los cursos que recorre se llaman Flegetonte, Cocito y Aqueronte. En lo alto, en vuelo triunfal, lo guía la paloma negra, y él la sigue hasta el final. La paloma se posa sobre la rama de un ceibo en una isla y con el pico señala hacia abajo. Claudio amarra la embarcación en la orilla y salta a tierra firme. Al caer, sus pies se hunden en el lodo. Luego enciende una fogata porque el sol está en su ocaso y la noche avanza. Después se sienta bajo la atenta mirada de la paloma. Cuando la oscuridad ya le ganó al día y solo el fuego, único punto de referencia, brilla en el sitio, hace su aparición un espectro. Este le indica a Claudio que debe hacer una ofrenda a su líder. La ofrenda consiste en cavar un pozo y arrojar en él, primero, leche y miel; después, vino, y, para terminar, agua y harina. Luego debe sacrificar a la paloma negra y ofrecer su sangre a los espectros para que se materialicen. Uno de ellos se acerca a Claudio. Este duda durante un instante si ofrecerle o no la sangre. Finalmente, extiende el brazo y el espectro bebe. Luego de materializarse, habla:

—En esta isla vagamos los insepultos, condenados a deambular por aquí eternamente hasta que alguien se apiade de nosotros —dice. Claudio cree reconocer esa voz, pero lo deja continuar su relato sin interrumpirlo—. Hace pocos años que abandoné el mundo en el que aún habitas, aunque a mí me parece un largo período. Fui amigo tuyo en la infancia; por eso te pido que busques mis huesos en el lugar que te indicaré y les des sepultura. Solo así podré cruzar a la otra orilla y continuar mi viaje hacia el Hades.

En la otra orilla, repite mentalmente Claudio, como un eco de la voz del espectro. Después deja por un momento a su fantasmagórico amigo y se acerca a la costa. A poca distancia divisa una embarcación conducida por un viejo. Cuando Claudio llega junto a él, el anciano, ataviado con un andrajoso manto, se apea para que su pasajero pueda subir. Luego dice:

—Mi nombre es Caronte. Me envían para que te muestre la isla de los muertos. Esta noche te será revelada la verdad. Siempre te has preguntado por estas cosas y no encontrabas el modo de averiguarlas. Hoy has abierto la puerta.

El viejo comienza a remar. Claudio acepta en silencio el derrotero propuesto por ese desconocido. Cuando por fin llegan a la otra orilla, el viejo le indica con un ademán del brazo derecho que descienda. Claudio obedece y camina hacia el interior de la isla.

Silencio. Se siente observado, pero ¿por quién? Allí no hay nadie. Nadie que sea perceptible a sus sentidos; todos ellos, tan terrenales, le resultan inútiles en ese lugar. El aire es tibio; el cielo, negro, está decorado con pequeños brillos de metal. Está solo, pero se trata de una soledad que se siente, que casi se puede tocar. Se da cuenta de que ha alcanzado un estado diferente, algo desconocido para él. Recuerda lo que le ha dicho el viejo que lo llevó hasta allí: “Esta noche te será revelada la verdad”. El miedo inicial deja paso a una curiosidad voraz. Se sorprende a sí mismo cuando se ve avanzando. Un grupo de árboles frondosos le bloquea el panorama, pero él continúa su recorrido. Ya está cerca de conocerlo todo: detrás de ese cordón de árboles se encuentra la verdad. Se introduce entre ellos. Una rama le roza el hombro.

—Señor, se quedó dormido. Tenemos que cerrar —dice el mozo del bar, palmeándole el hombro.

Claudio abona la cuenta y se va. Está tan ebrio que no reconoce el camino que toma. Además, el sueño que tuvo le ha causado todavía más confusión. No puede distinguir lo soñado de lo real. Pero ¿y si no fue un simple sueño? ¿Y si se trató de un mensaje revelador? Uno se pasa la vida soñando, pero algunos de esos sueños se pueden sentir. Es una sensación como la que Claudio experimentó en la isla de los muertos, un sexto sentido que se activa por desdoblamiento.

Cuando Claudio me contó esto, fuimos juntos a ese barrio, que no vale la pena identificar. Habíamos llegado a la conclusión de que en aquel bar se encontraba la puerta hacia otra dimensión. Sin embargo, por más que dimos vueltas, giros y contragiros por ese entramado de calles, no pudimos hallarlo. En un momento, Claudio creyó reconocer el local. Preguntamos, pero nos dijeron que allí jamás había funcionado un bar.

Luciano Doti (Buenos Aires, 1977). Ha publicado cuentos, microficciones y poemas en varias revistas como Qu, NM, 27, Penumbria, Insomnia, Tiempos Oscuros y miNatura, y en antologías de Pelos de Punta, De los Cuatro Vientos, Dunken, Desde la Gente, Mis Escritos y Ediciones Irreverentes. Obtuvo los premios Kapasulino a la Inspiración 2009, otorgado por un taller literario, Sexto Continente de Relato 2011, por una audición de Radio Exterior de España, Microrrelato de Miedo 2013, por un grupo de estudiantes de la Universidad de Navarra y los segundos premios de microrrelato Mis Escritos 2014 y Guka 2015, esta última es una revista auspiciada por la Biblioteca Nacional Argentina.

 

 

LOS PENSAMIENTOS SON LIBRES

Katrien Verheecke

 

La luz del auditorio parpadea. Manuel Ya Dale baja las escaleras con una sonrisa afable y se dirige al atril situado frente a la pantalla que ocupa todo el ancho de la sala. Sus estudiantes desprenden un olor a hormonas juveniles y actos irreflexivos. Le gusta acariciar la idea de que él es solo una versión un poco mayor y más instruida de ellos. Aunque con mejor olor corporal, eso sí. También hoy sabe perfectamente cómo despertar su atención y admiración. Más aún: hoy será el momento culminante del semestre.

—Buenas tardes. Volvamos a la última parte del capítulo sobre arte preatuviano, donde nos quedamos la semana pasada.

Los estudiantes activan sus lentes intracraneales. Al mismo tiempo, Manuel enciende la pantalla que tiene detrás para que todos vean lo mismo. La imagen se interrumpe durante unos segundos. Sin duda es una consecuencia de la tormenta de plasma que lleva una semana causando estragos. A Manuel no le gustan las demoras. Envía de inmediato un aviso al equipo de mantenimiento. Entretanto, todos los estudiantes se han conectado.

—Quiero compartir algo más con ustedes sobre el objeto número quince de la excavación Verhaeghe.

En todas las pantallas aparece el holograma de un disco gris, lleno de incisiones, sobre el que aparentemente no hay nada que decir.

—En primer lugar, ¿qué es este artefacto? ¿Qué ven? Atención: la pregunta es más sencilla que la respuesta. En segundo lugar, ¿qué creen que sus creadores querían expresar con él? ¿Cuál es su mensaje?

Se levantan algunas manos. Siempre los mismos estudiantes aplicados. Manuel hace un vago gesto de asentimiento hacia uno de ellos.

Un muchacho pecoso toma la palabra.

—Es claramente un objeto ritual de su culto solar. En la época preatuviana se veía al sol como un amigo, una fuente inagotable de energía que hacía crecer todo. Eso también se aprecia en este disco: el sol ocupa el centro, estilizado y, sin embargo, muy poderoso. Está claro que su creador sabía lo que hacía.

El estudiante se ruboriza después de su apresurada explicación.

—Mmm, ¿y… el mensaje?

Ahora el muchacho parece algo inseguro, pero, por supuesto, no puede dejar que se note.

—Eh… Si yo fuera el sacerdote artesano que creó esta obra, probablemente habría querido ganarme el favor del dios del sol. La usaría en ceremonias litúrgicas. Quizá incluso junto con un sacrificio. ¿Se encontraron rastros de sangre, profesor?

Manuel asiente amablemente e ignora la pregunta.

—Observen también que la arcilla no está cocida. ¿A qué podría deberse?

De nuevo se levantan algunas manos. Una muchacha menuda y delgada toma la palabra.

—No tuvieron tiempo debido a los Grandes Disturbios. Hay muy pocos hallazgos de esta época que no hayan sido destruidos por saqueadores o catástrofes climáticas. Nuestra suerte, profesor, es que el disco permaneció oculto en un túmulo olvidado hasta que Verhaeghe y su equipo encontraron la entrada.

Está claramente satisfecha de poder mencionar ese último dato.

Manuel sonríe con benevolencia.

—Encontrar la compuerta y abrirla fue toda una proeza de Verhaeghe, eso es cierto. Gracias a él sabemos que la decadencia comenzó antes de lo que creíamos hasta ahora. Ya antes de las grandes catástrofes climáticas había señales de que algo andaba profundamente mal. Además, estamos a punto de lograr un avance decisivo en el desciframiento de su escritura. Por el momento, solo podemos hacer conjeturas sobre el significado de los símbolos del borde, pero no cabe duda de que este hallazgo es de la mayor importancia.

Se levanta otra mano. Una muchacha de mirada vivaz abre la boca.

—Con todo respeto, profesor, ¿no debería haber otras posibilidades? ¿No es demasiado simplista atribuirles siempre a los artefactos un significado religioso o relacionado con la fertilidad? Como si aquellos preatuvianos no hubieran sido personas que también se ocupaban de otras cosas.

Manuel sonríe, ahora con sinceridad. Siempre le alegra que alguien esté despierto.

—¿Es así? —dice—. Bueno, echemos un vistazo…

Introduce el protocolo secreto para activar el regulador de frecuencia. Un suspiro expectante recorre el auditorio. Manuel oye los murmullos emocionados. ¿De verdad va a…? La computadora verifica su último código. Manuel mantiene su aire despreocupado, pero incluso él espera con entusiasmo este momento. Es excepcional que le hayan concedido autorización, dado el elevadísimo consumo de energía. Las luces del auditorio se atenúan mientras la pantalla se ilumina. Con un suave zumbido, el portal dimensional unidireccional se abre para ofrecerles una visión única del pasado.

 

No hay nada más hermoso que un sol radiante en pleno invierno, piensa Angelos. Sus dedos están opacos y teñidos de un marrón amarillento por el polvo de arcilla que ha raspado. Bajo las uñas se acumulan gruesas franjas de suciedad. Sin darse cuenta, se deja manchas en el rostro cada vez que se aparta el cabello rubio. Su aspecto es la menor de sus preocupaciones en este momento. Dicen que se parece a su padre, un hombre que cautiva a todos con su rostro angelical y su apariencia refinada. Será cierto. El raspado de su cuchillito resuena en aquel lugar silencioso detrás de la colina. Allí no lo encontrarán enseguida, aunque solo es cuestión de tiempo. Por ahora disfruta de la tranquilidad y se concentra en la nariz del avión que aparece en su tablilla de arcilla. Vuela sobre un mar infinito –las olas fueron fáciles– y, por supuesto, está el sol. Siempre está el sol. Extraña su papel caro y las acuarelas con las que puede crear paisajes de ensueño, mucho mejor que con esas herramientas toscas y un bloque de arcilla del río. Si es completamente sincero, extraña sus cosas más que a las personas de su casa.

—Eh, boludo, aquí escondiste tu trasero pálido.

Angelos suspira. Hasta ahí llegó la tranquilidad. Deja la tablilla de arcilla sobre las rodillas y mira con indiferencia a su acosador. Eso lo aprendió de su padre. («Mírales las cejas. Es lo que más los irrita»).

—Nos falta un portero y pensé enseguida en ti.

Dimitri sonríe con malicia. Sabe que Angelos odia el fútbol: una diversión para el pueblo, no una afición para un soñador como él.

—Atrápala, boludo.

Dimitri le lanza la pelota directamente a la cabeza. Angelos no puede impedir que se le escape un «ay» indignado. Después, la pelota sigue rebotando cuesta abajo y se mete entre los arbustos.

—¡Vamos! Ve a buscarla. No vamos a quedarnos esperando.

Dimitri está plantado frente a él, con las piernas separadas. Su sombra cae amenazante sobre el otro muchacho. Ya se hace crujir los nudillos, a la espera de alguna señal de protesta. Un suspiro: eso es todo lo que Angelos se permite. Luego deja la tablilla a un lado, se levanta y baja lentamente. ¿Desafiar al otro? Sabe que no le conviene. Angelos siempre ha tenido que valerse más de las palabras y las imágenes. Los arbustos forman una maraña espinosa, un entramado de pasadizos oscuros donde se esconden alimañas peludas de garras afiladas. Se inclina y escudriña la penumbra. Una forma blanca aparece a menos de dos metros. Puede alcanzarla.

—Date prisa, cobarde.

Dimitri arroja una piedra que pasa rozando a Angelos. Este vuelve a suspirar. Diez días más. Después podrá regresar a casa y dejar atrás ese maldito campamento. Siempre que el cabo lo apruebe, claro. Así que nada de altercados y una conducta irreprochable. Sobre todo de su parte, siendo hijo de quien es.

Consigue salir de los arbustos con la pelota y un solo rasguño largo en el brazo. Dimitri ya no lo mira. Algo más ha captado su atención. Se vuelve con una expresión maligna. Parece un diablo en el cuerpo de un muchacho de catorce años, con el uniforme tan gris como la puerta metálica del búnker excavado en la colina que tiene detrás. Los muchachos del campamento tienen prohibido entrar allí, pero todos se han colado alguna noche para fumar a escondidas. Todos, salvo Angelos, por supuesto. Quien carga con los mayores pecados sobre los hombros tiene la mayor responsabilidad de redimirse.

—¿Tú hiciste esto? —pregunta Dimitri—. ¿Esta cosa? —Escupe las palabras—. Eres  muy descarado.

Resopla como un toro, y Angelos es el trapo rojo. Angelos se prepara. Mantén los ojos abiertos. No muestres miedo, se ordena mentalmente. Pero sale bien librado. Dimitri rompe la tablilla de arcilla secada al sol con un único y tremendo golpe contra su propio muslo. Le arroja los pedazos a Angelos. Un fragmento le raspa la mejilla. La gota de sangre sabe a rencor. Solo cuando Dimitri se aleja pisando fuerte y desaparece detrás de la colina se permite relajarse. Enseguida empieza a temblar de pies a cabeza. Se maldice: como si hubiera hecho algo malo. Su padre se sentiría decepcionado; mostrar debilidad es cosa de boludos.

 

Todos esperan en fila durante la formación: Ricardo, Jorge, Alfredo… Veinticinco muchachos en total. El gris de sus uniformes está más desgastado que el cabello del cabo Reynaldo, que debe de tener por lo menos sesenta años. Oculta sus rodillas huesudas, pero no los granos de sus caras. Angelos esconde detrás de la espalda las manos enrojecidas de tanto frotarlas para limpiarlas. Llegó apenas a tiempo porque tenía la cabeza en su nueva tablilla de arcilla. Los otros muchachos todavía no la han descubierto. Quizá logre terminar esta. Esta vez solo ha grabado un gran sol y unas letras: «Los pensamientos son libres». Las personas, en cambio, harían mejor en mantener la boca cerrada. Solo tres días más; podrá soportarlo.

Es temprano, pero la luz ya es intensa. Angelos entrecierra los ojos y orienta ligeramente el rostro hacia el sol. Si escucha con atención, puede oír la respiración de los muchachos que tiene al lado. Incluso la del gordo Pete, tres lugares más allá, un muchacho demasiado asustado para cortar su propia carne en el plato. Pese a su aspecto poco distinguido, hasta él recibe menos ataques que Angelos. Al fin y al cabo, su padre era un simple soldado. Después de la Guerra Sucia no sabían qué hacer con ellos. La mayoría de los niños están allí porque ya no tienen padres. Angelos no. A él lo han enviado simplemente para apartarlo de los suyos. Para Reeducarlo. Hace una mueca. Como si fuera necesario.

Cuando consideran satisfactorios su estado de higiene y su bienestar general, les permiten retirarse para comenzar el programa diario de clases y deportes. Dimitri le da un empujón en la espalda al pasar.

—Que tengas un buen día, boludo —susurra.

Todavía hay certezas en la vida.

 

El último día está gris. No importa. El sol siempre vuelve. Angelos cierra los ojos y está junto al mar. La arena le hace cosquillas entre los dedos de los pies; el viento salado le enreda el cabello. Se pregunta qué colores debería mezclar para reproducir las olas con la mayor fidelidad posible.

Entonces recibe un golpe. Dimitri, sin duda. Su acosador no está solo. Los otros muchachos lo empujan hacia el cobertizo donde se guardan las herramientas.

—Queríamos despedirnos, boludo.

Dimitri mantiene el rostro serio, sin sonrisas esta vez, pero Angelos sabe lo que siente el otro. Ira, dolor, pero sobre todo deseos de venganza. Una venganza abrasadora, ardiente, vestida de odio. Es la última vez que pueden hacerle daño y se toman esa oportunidad en serio.

—De rodillas.

Angelos está harto. Aunque sabe que no debería hacerlo, contradice a Dimitri.

—Mi padre solo hacía su trabajo. Es una buena persona. Leal y recta.

Si Angelos no hubiera llegado por sí mismo a esa conclusión, en casa solo habría tenido que escuchar. Su padre lo proclamaba durante los escasos días en que se tomaba un descanso de sus obligaciones en el ejército. Momentos que también aprovechaba para inculcarle a su hijo aquellas nobles cualidades.

—Tu padre arrojaba personas desde un avión sobre el mar. Después de torturarlas y drogarlas.

Dimitri tiene el rostro encendido. Le da una patada detrás de las rodillas, obligándolo a arrodillarse. Entretanto, otro muchacho ha traído un balde y lo coloca frente a él.

—Tu padre es el Ángel de la Muerte. Lo dicen los periódicos. Pero la historia lo olvidará. Pronto lo matarán y podrá reunirse con los demás en el infierno. Pero antes tendrá que sentir lo que significa perder a un familiar.

Ahora Angelos empieza a inquietarse. Mira directamente a los ojos de su acosador y solo ve determinación. No es una broma. No le conceden más tiempo. Dimitri asiente y alguien, detrás de él, le empuja la cabeza hacia abajo, directamente al balde lleno de agua. Mantén la calma y perderán el interés, pero solo consigue sostener ese pensamiento durante unos segundos. Lo inmovilizan, se sientan sobre sus pantorrillas, le atan los brazos alrededor del balde. Ha olvidado tomar aire y sacude la cabeza desesperadamente de un lado a otro. Los dedos que le aprietan la nuca solo aumentan la presión. Presa del pánico, inspira. El agua le causa un dolor intenso en los senos nasales y le provoca arcadas. La presión en los pulmones aumenta. El uniforme se empapa de agua sucia y de su orina. No es justo, quiere gritar. Él solo hacía su trabajo. Y yo ni siquiera estaba allí. Déjenme en paz de una vez. ¿Está llorando? Alguien aparta el balde de una patada y este le golpea con fuerza las sienes. Los pasos se alejan mientras el agua se derrama. En su prisa, cierran la puerta del cobertizo con tanta fuerza que vuelve a abrirse de golpe. Tendido en el suelo embarrado, Angelos vomita el agua. Tose con tanta violencia que parece que se le desgarraran los pulmones. Mira los contornos borrosos de la puerta. Todo sigue sombrío y gris. Si alguna vez sale de allí, jamás volverá a vestirse de gris, se jura.

Aparece una silueta con falda. Una mujer avanza con cuidado entre los charcos para no ensuciarse los zapatos de tacón. Incluso después de su estancia en prisión conserva su porte orgulloso. Sus manos se sienten como seda; la piel es fina y seca.

—Ay, hijo —dice sin emoción—. Aquí estás. —Lo ayuda a levantarse y le seca el agua de la cabeza. Su madre nunca ha sabido expresar lo que siente. En lugar de hacerlo, dice—: Algún día valorarán todo lo que hizo tu padre.

Angelos la sigue hacia afuera. Sus pertenencias ya están listas junto a la entrada. Sin mirar atrás, sube al automóvil que lo llevará a casa. A partir de ahora solo pintará. Pueden quedarse con sus tablillas de arcilla. Cierra los ojos y sueña con exposiciones internacionales y críticos de arte que lo elogian. Y de pronto la visión es muy clara: está en una gran sala llena de admiradores que inventan toda clase de teorías sofisticadas sobre su obra, cuando todo es tan sencillo: calor y luz, eso es todo lo que necesita.

Katrien Verheecke es una autora e historiadora belga de habla neerlandesa. Tras cursar estudios de Historia en la Vrije Universiteit Brussel, comenzó su trayectoria editorial con obras de no ficción e investigación histórica, destacando el libro coescrito Mechelaars in woelige tijden (2013), centrado en testimonios de vida durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, orientó su producción literaria hacia la ficción especulativa, abarcando relatos de ciencia ficción, fantasía, suspensión y terror. Es especialmente reconocida por la Woudlandtrilogie (Trilogía de Woudland), que incluye novelas como In gedachten (2019) y Zeezucht (2021), así como por la publicación de diversas narraciones cortas en revistas y antologías del género fantástico.

 

 


sábado, 17 de octubre de 2026

HASTA LA MÁS AVANZADA JUVENTUD

Mihai Cacior

 

El hombre caminaba despacio por el centro de la pista de baile, con las manos en los bolsillos, como si paseara por un parque.

—De todos modos, ya no existen las relaciones serias —dijo la mujer.

—No estoy de acuerdo —dijo su amiga.

—Solo existe el último encuentro sexual antes de que decidas poner fin a tu vida —continuó ella—. ¡Y yo apenas he empezado!

El hombre se puso a bailar con alguien.

Estaban de moda las prendas luminosas, holgadas, que desafiaban la gravedad. Las mujeres llevaban vestidos largos que flotaban a su alrededor, con motivos luminosos que danzaban al ritmo de la música, y los hombres usaban abrigos hasta los tobillos, de hombros anchos, y sombreros con intrincados diseños geométricos. Solo él se distinguía de los demás. Llevaba una sencilla camisa blanca, pantalones de tela gris y guantes negros. Tenía el cabello corto y no llevaba barba. Ella solo le había visto la cara, pero ya intuía que no tenía ningún tatuaje.

—Sigo creyendo que existen las almas gemelas —continuó su amiga—. Como en los cuentos antiguos. ¡Hasta la más avanzada vejez!

—Querida, la vejez ya no existe.

Terminó su bebida y activó la glándula depuradora. Quería tener la mente despejada. El alcohol desapareció de su sangre. Se sentía como si acabara de despertar de un sueño reparador.

Lo veía en todos los bailes.

No lo perdió de vista mientras se abría paso entre la multitud. Él se movía despacio; su pareja bailaba con energía y llevaba un vestido multicolor hasta el suelo, aunque no lo tocaba: flotaba a su alrededor, al igual que su cabello, lleno de joyas. No hacían buena pareja.

Él la vio acercarse. Le sonrió.

Cuando llegó a su lado, apartó la mano de la cintura de la otra mujer, la estrechó entre las suyas y empezaron un vals lento que no tenía ninguna relación con la música del baile. Los guantes eran tan finos que parecía que no los llevaba. La otra mujer se alejó sin mostrar rencor y, al cabo de unos instantes, encontró otra pareja.

La mujer y el hombre continuaron el vals, sonriéndose. Convirtieron en un juego su resistencia al ritmo de la multitud.

Más tarde, cerca del amanecer, ella pensó que su intuición había sido acertada. Él no tenía ningún tatuaje.

—Ya no existen las relaciones para toda la vida, ¿verdad? —preguntó antes de dormirse, mientras él le acariciaba la espalda.

—¿Mmm? Sí, solo las circunstanciales —añadió él.

Ella despertó primero y se metió en la ducha. Ya pensaba en el próximo baile, en el próximo hombre. Cuando salió, lo encontró vestido. Estaba frente a una cocina con una sartén en la mano.

—¿Quién sigue cocinando para sí mismo? —preguntó.

Él se limitó a sonreírle.

En serio, ¿quién seguía cocinando?, volvió a preguntarse ella, desconcertada. Cuando era tan fácil pedir cualquier exquisitez y recibirla de un dron dondequiera que estuvieras. O ir a un restaurante y cenar mientras contemplabas bailarines que flotaban en el aire, una ópera o una obra de teatro. Cuando todo costaba lo mismo que un vaso de agua, una entrada para un baile o un departamento: nada.

Se sentaron a la mesa de la cocina. Él sirvió una tortilla trenzada y jugo de naranja.

—Está muy bueno —dijo ella.

—No te lo esperabas, ¿verdad? —Él le sonrió—. Es una lástima que ya no hagamos las cosas como antes.

—¿Por ejemplo? Aparte de cocinar.

—Por ejemplo, presentarnos. Me llamo…

—Basta —lo interrumpió ella—. No quiero que nos digamos nuestros nombres. Es que después podrías buscarme.

—¿Y si solo te digo el mío? Así seguiré sin poder encontrarte. ¿O tienes miedo de buscarme tú?

—El miedo es otra de las cosas de las que prescindo. Está pasado de moda, es una antigualla.

Cuando terminó de comer, ella se levantó.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó él.

—Son secretos.

—Nada en particular, entonces. Quédate un rato más. Quiero mostrarte algo.

—Ya me mostraste todo lo que quería. Estuvo bien. No estropeemos el recuerdo.

Se vistió. Antes de salir del departamento, volvió a mirarlo. Lavaba los platos y tarareaba. Él giró la cabeza apenas lo necesario para guiñarle un ojo.

—Hasta la vista —dijo.

—Adiós —lo corrigió ella.

 

El siguiente baile se celebró en otra zona de la ciudad orbital. La gravedad era tan baja que los invitados volaban entre las plataformas con alas de terciopelo o pequeños motores ocultos en el forro de la ropa. Se encontraban entre las ramas de un árbol de cientos de metros de longitud, con hojas de varios metros de ancho, situado en el centro de una cúpula de diamante que dejaba pasar la luz natural de las estrellas.

No tardó en verlo. No se acercó.

Buscó otra pareja. Bailó con un hombre que hablaba demasiado, luego con otro que fumaba demasiado y después con uno que se había puesto demasiado perfume. Se acercaba el amanecer. La multitud empezó a dispersarse. Ella se quedó sola. Volvió a distinguirlo: estaba solo, meciéndose sobre una hoja como en una hamaca, fumando una pipa y mirándola. Lo invitó a bailar.

Había bebido toda la noche y no se había molestado en eliminar el alcohol de la sangre, así que estuvo algo más alocada de lo que habría querido. Bailaron, rieron, se besaron. Mientras ella le acariciaba el cabello, él preguntó:

—¿Con cuántos te has acostado?

—Es una pregunta bastante personal.

—¿Más íntima que decirme tu nombre?

—No, nada es más íntimo. Y, de todos modos, ¿quién lleva la cuenta?

—Tú pareces precisamente de las que llevan la cuenta. De las que valoran cada noche, cada rostro, cada gesto.

Ella asintió con una sonrisa.

—¿Y tú?

—Con pocas.

—Pareces decepcionado.

—Sí, pero por otro motivo.

—¿Ah, sí?

—Uno personal.

—Olvida que pregunté, entonces.

Él la tomó de la mano y ella se dejó llevar. Abandonaron el baile saltando desde la plataforma de la rama gigantesca, salieron del inmenso recinto y dejaron atrás el árbol. Con la mente todavía embotada, no advirtió que no iban a casa de él hasta que se detuvieron ante otra cúpula, de apenas unas decenas de metros de diámetro. Volvían a contemplar el espacio. Veían un gigante gaseoso rodeado de anillos de colores, las estructuras del puerto y puntos luminosos en movimiento: los motores de las naves. El sol se ponía detrás del planeta; la luz crepuscular fue menguando hasta que el astro se ocultó y entonces pudieron ver de verdad el cielo, con todas sus estrellas y nebulosas. Él le tomó la mano y la dirigió hacia un punto del cielo. Hacia una estrella apenas visible.

—De allí venimos. Sol, la estrella de la Tierra. Algún día me gustaría visitarla.

Ella no retiró la mano.

—¿Qué crees que encontrarás allí que no tengamos aquí?

—Algo que todavía no conozco.

A la mañana siguiente, él preparó panqueques y sirvió jugo de granada.

 

Siguió viéndolo en todos los bailes, siempre en contraste con la multitud. La ropa que desafiaba la gravedad había pasado de moda. Durante un tiempo, todos llevaron trajes de formas geométricas, angulosas, hechos de un material espejado, y la multitud se convirtió en un caleidoscopio agotador. Durante otra temporada, la moda fue la desnudez. Después volvieron las prendas coloridas y extravagantes. Ella se adaptaba a cada cambio, aunque nunca conseguía armar un atuendo que impresionara. Solo él permanecía igual.

No volvió a acercarse a él, ni siquiera cuando no encontraba una pareja de su agrado, algo que le sucedía cada vez con mayor frecuencia. Cuando bailaba con alguien nuevo, o simplemente conversaba o le acariciaba el cabello, la sorprendían pensamientos sobre él y volvía a buscarlo con la mirada, hasta encontrarlo bailando con alguna otra mujer o, a veces, con un hombre. Él siempre le devolvía la mirada y le sonreía.

Ella había dejado de usar la glándula depuradora. Daba rienda suelta al alcohol; ya no le importaba sentir cada caricia, cada gesto, saborear cada palabra. Así le resultaba más fácil encontrar pareja. Despertaba con resaca en una cama ajena y regresaba de inmediato a su casa.

Hasta que una noche, en un sótano estrecho y oscuro, con una música que le hacía vibrar todo el cuerpo, lo vio apoyado en un rincón, otra vez vestido de negro. Ni siquiera supo cómo había logrado distinguirlo.

—No parece que te estés divirtiendo —le dijo.

—¿Mmm? ¿Por qué no? —respondió él, mirando el club con hastío—. A veces me gustaría poder ser un ermitaño, ¿sabes?

Ella se apoyó a su lado. Pidió otra bebida y bebió hasta marearse.

—Querías mostrarme algo. ¿Todavía te acuerdas? Después de la primera noche.

—¿Mmm? Ah, sí. Ya no viene al caso —respondió él, y solo entonces la miró a los ojos por primera vez aquella noche—. Pero ven, te mostraré otra cosa.

Le tomó la mano. Como siempre, llevaba guantes.

Recorrieron los pasillos y las plazas de la ciudad, concurridos, llenos de vida y de arte. Subieron a un tren y bajaron en una zona gris y funcional. Allí la gente caminaba con un propósito; nadie llevaba vestidos ni abrigos multicolores. Incluso vieron un grupo de niños. No se oía música. Él la condujo por una serie de pasillos hasta llegar a un restaurante. Era un local amplio, de techo alto, con las mesas separadas y conversaciones tranquilas. Una de las paredes era un ventanal que daba al exterior de la ciudad, al espacio.

Contemplaron un astillero donde se ensamblaban cascos de todos los tamaños, algunos de apenas unas decenas de metros y otros de varios kilómetros. Veían brazos mecánicos y robots que maniobraban las piezas y las soldaban. Entre las estructuras se distinguían pequeñas figuras, como hormigas, con dos brazos y dos piernas.

—¿Esos son seres humanos? —preguntó ella—. ¿Qué pueden hacer que un robot no haga mejor y más rápido?

—Planteas mal la pregunta. ¿Qué puede hacer el trabajo por ellos que no haga por los robots? Darles la satisfacción de una tarea bien hecha.

Siguieron paseando. Él le mostró zonas de la metrópolis orbital en las que ella nunca había pensado: depósitos, fábricas, laboratorios. Por último llegaron a casa de él. Como no había eliminado el alcohol a tiempo, estaba exhausta. Se durmieron abrazados.

A la mañana siguiente, cuando despertó y se vio todavía vestida, aunque cubierta, comprendió que no habían tenido sexo. Nunca le había sucedido algo así. Se asustó. ¿Qué sentido tenía dormir con alguien si no pasaba nada?

Él la esperaba con la mesa puesta, leyendo un libro. Ella comió deprisa, luego lo tomó de la camiseta, lo desvistió y puso las cosas en orden. Como ya era mediodía cuando quedaron satisfechos, se quedó con él. Pasearon hasta el anochecer; él le mostró los invernaderos hidropónicos donde crecían frutas. Por la noche, desnudos bajo el edredón, ella estaba decidida a hacer que aquella noche valiera la pena. Pero seguía cansada de los encuentros de unas horas antes. Decidió que ya no tenía sentido ir a dormir a su propia cama. Se quedó con él.

Por la mañana, mientras se vestían, lo observó plancharse la camisa, acomodársela, calzarse y ponerse los guantes.

—¿Por qué usas guantes?

—Es una costumbre de mis antepasados. Vivían en una teocracia, hace unos milenios. Mostrar las manos era un tabú. Es interesante lo que una sociedad decide considerar importante y cómo se amolda la vida cotidiana a eso. Por ejemplo, como siempre llevaban guantes salvo en familia, el simple acto de cenar se había convertido en algo íntimo, importante, una señal de gran confianza.

—Sigues sin responderme. ¿Por qué los usas tú?

—Estas pequeñas dificultades hacen más interesante la vida, ¿no te parece?

—Mmm. Por cierto, esta noche dormiré en mi casa.

—Muy bien.

—Y voy a ir al baile de los marqueses.

—Que te diviertas. Quizá también pase por allí, pero todavía tengo algunas cosas que hacer.

Aquella noche, en el baile de los marqueses, ella no lo buscó con la mirada. Llevó a casa a un hombre alto de piel suave.

Siguió viéndolo de vez en cuando en los bailes. A veces ella encontraba a otra persona y él también; otras, se acercaba a él. Advirtió que cada vez que lo buscaba, él dejaba a su pareja de baile para estar con ella.

Pasaban cada vez más días juntos. Se perdían cada vez más bailes. Ella había dejado de estar al tanto de las modas.

Él le mostró lo que había querido enseñarle aquella primera mañana. La condujo a una habitación de su departamento que ella no conocía: un taller de carpintería. En otra había una sala acogedora, un piano, cuadros en las paredes y muebles de madera hechos por él. Le explicó que había creado aquella sala para tener un lugar donde reunir a sus amigos más queridos.

—Creo que todavía necesitamos lugares así, que no estén construidos con precisión matemática para agradar al mayor número posible de personas; un lugar donde podamos ser nosotros mismos.

Le habló de un amigo pianista que lo visitaba a menudo.

—Incluso me dijo que le gusta más tocar aquí que en cualquier sala de conciertos.

—¿Y toca bien?

—Mejor que nadie. De hecho, va a tocar en el baile de esta noche. ¿Quieres que vayamos?

—¿Cómo, juntos?

—Sí, ¿por qué no?

—Pero… ¿qué ropa está de moda ahora?

—¿Crees que lo sé? —respondió él, riendo.

Él se puso un saco negro y ella un vestido azul ceñido. Los demás iban envueltos en prendas que recordaban las dunas de un desierto. A ella le gustó la música.

 

Como pasaba más tiempo en casa de él que en la suya, decidió dejar libre su departamento. Cuando sintiera la necesidad de una pareja nueva, algo que ocurría cada vez menos, le resultaría igual de fácil conseguir una habitación por una noche o ir a casa de su pareja de aquella velada. Y cada vez que iba sola a un baile, aunque él siempre decía que de todos modos tenía trabajo, que no saldría y que la esperaba al día siguiente, ella deseaba que él también encontrara a alguien nuevo para esa noche.

Pasaron así varios años juntos, hasta una tarde en que ella leía en la sala y él trabajaba en la habitación contigua. A través de las dos puertas altas de madera y vidrio, hechas por él, lo veía trabajar en una silla. Llevaba guantes ásperos, manchados de pintura y cubiertos de aserrín. A ella le gustaba aquel silencio atravesado por los sonidos del trabajo, de los clavos al entrar, de la madera al cortarse. Le gustaba el olor de la madera. Él dejó la sierra sobre la mesa, se sacudió el aserrín y bebió un vaso de agua. Se quitó los guantes de trabajo y, al ver sus manos desnudas, aunque las había visto y sentido tantas veces durante tantas noches, ella experimentó una excitación más intensa que cuando había visto por primera vez a un hombre desnudo en su cama.

Él se puso los guantes de entrecasa, los finos, y hablaron un rato de la novela que ella estaba leyendo, tomada de su biblioteca. Cocinaron juntos y comieron. Después él le dijo:

—Vámonos.

—¿Adónde?

—Hacia Sol. Hacia la Tierra.

Ella quedó asombrada ante la propuesta, ante su seriedad. Cerró el libro sin fijarse en qué página había quedado.

—¿Dejar todo lo que has hecho aquí? —preguntó, mirando hacia el taller.

—Lo encontraremos todo igual, aunque regresemos dentro de cien años.

Ella sintió un miedo como nunca había experimentado en su vida, pero también un entusiasmo de la misma intensidad. Asintió.

Partieron hacia Sol en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas, pero no las sintieron, porque pasaron todos aquellos años sumidos en un sueño sin sueños. Pisaron el planeta natal de la humanidad y recorrieron cada rincón de cada continente. Visitaron ciudades cuya historia se remontaba a decenas de miles de años. Después abandonaron el sistema de Sol, pero no regresaron a casa: se dirigieron hacia otras estrellas, hacia otras tierras, nuevas para ambos.

 

Llevaban ciento once años viviendo juntos: decenas de miles de noches durmiendo abrazados, otras tantas mañanas perezosas, tardes entregadas a los paseos, veladas en las que preparaban la cena. Él había cumplido trescientos treinta años; ella, ciento cincuenta y cinco. Tenían exactamente el mismo aspecto que la noche en que habían bailado por primera vez.

Ella cerró el libro. Él estaba acostado a su lado, con la mirada perdida, quitándose los guantes y volviendo a ponérselos. Ella le tomó la mano. Estaban en una habitación de hotel de un mundo acuático; desde el dormitorio veían arrecifes de coral.

—Podríamos visitar también Sirio, ver los anillos de Upsala —le dijo. Él seguía con la mirada perdida—. Podríamos visitar los bosques de Mitobirion.

Él negó suavemente con la cabeza.

—Sé que ya lo hablamos —continuó ella— y dijimos lo que dijimos, pero aun así podríamos…

Él la miró a los ojos y preguntó:

—¿Has cambiado de opinión? ¿De verdad quieres un hijo o solo quieres darme un propósito en la vida? Lo único que quiero es volver a casa.

Abandonaron el mundo acuático. Se embarcaron en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas.

Regresaron al departamento que habían dejado un siglo atrás. Las sartenes tenían las mismas manchas; el suelo del taller estaba cubierto de aserrín; sobre el piano de la sala había una caja de clavos y un martillo, aunque el departamento que encontraron se hallaba en otro barrio de la metrópolis orbital. Él tomó una silla que se parecía a la que había hecho un siglo antes, la olió, acarició con la mano desnuda el respaldo barnizado. La arrojó al suelo, rompió una pata y observó las fibras de la madera.

El departamento era una imitación del original. El suelo no crujía, el piano no estaba desafinado, la madera no se había hinchado ni enmohecido. Él tomó la caja de clavos y la arrojó contra la puerta. Agarró el martillo y golpeó el piano con todas sus fuerzas, le rompió las patas, destrozó las teclas. Cayó de rodillas, exhausto. Ella lo miró a los ojos enrojecidos y no los reconoció.

 

Los seres humanos ya no envejecen. Nacen, crecen, atraviesan una adolescencia tan tumultuosa como en cualquier época de la historia de la humanidad, se convierten en adultos jóvenes y así permanecen. Sin embargo, siguen acumulando experiencias, vivencias, expectativas. Llega un momento inevitable, después de cien años o de mil, en que la mente, hecha para una vida de mecha corta, que venía con fecha de vencimiento, incluso ahora, con todos los milagros médicos que han desterrado la vejez y la enfermedad, se llena de vivencias hasta el límite. Sucede cuando las personas han visto todo lo que había por ver, han sentido todo lo que había por sentir, se han reído de todo lo gracioso y han llorado por todo lo triste. Llega un momento en que la vida corporal ya no tiene nada nuevo que ofrecer.

Ese momento llegó primero para él y, finalmente, para ella. Cada día se había convertido en una representación teatral bien ensayada; ya no había nada que los alegrara ni los entristeciera. Habían hecho todo lo que alguna vez habían deseado hacer y decidieron que ya no tenía sentido intentar lo que todavía no habían intentado.

Él eligió una muerte sencilla; se resignó a pasar a la nada.

Ella eligió transferir su mente al paraíso digital, donde todo era posible, donde las personas podían convertirse en algo más que simples seres humanos.

Se acostaron juntos por última vez, estrechamente abrazados, ahuyentando el sueño cuanto podían, prolongando el tiempo. Con los labios pegados a su oído, ella le susurró su nombre, nunca pronunciado durante el siglo que habían pasado juntos. Él hizo lo mismo. Se despidieron. Se durmieron: él, en una quietud sin fin; ella, en un sueño del que despertaría en otro lugar, transformada para siempre.

Mihai Cacior (nacido en 1997 en Rumania) es un escritor de ficción especulativa y ciencia ficción. Se graduó en la Facultad de Automática y Computación de la Universidad Politécnica de Bucarest, combinando su actividad profesional en el ámbito tecnológico con la creación literaria. Ha publicado narrativa corta en reconocidos espacios culturales y revistas literarias de su país, como la plataforma Ficțiunea y los circuitos de literatura fantástica y de anticipación vinculados al club Helion.

 

 

EDÉN