Mike Jansen
El olor a mosca
electrocutada seguía colándose obstinadamente en mis fosas nasales. Repugnante.
Peor aún era el zumbido penetrante y omnipresente. Ya no podía pegar un ojo y
la falta de sueño me estaba destrozando. Aparté la cortina cubierta de
excrementos de mosca y vi la multitud que se agitaba en la entrada de mi casa.
Faltaba poco, lo presentía. ¿Cómo
había empezado todo?
Había comprado uno de esos
matamoscas a pilas. Muy práctico. Un toque y caen. Mi casa está… bastante
castigada por el uso, digamos. Hay rendijas por las que pueden entrar. Cuando
regresaba del trabajo por la tarde, lo primero que hacía era dar una ronda matando
moscas, lleno de un placer morboso. Después preparaba la cena y me sentaba
frente al televisor.
Cada día preparaba la comida más
tarde. Hordas de moscas entraban en mi casa y empezaban a perturbar mis veladas
cada vez más temprano. Se reunían sobre la pantalla encendida, como si me
desafiaran y se burlaran de mí. Juro que formaban palabras en la pantalla.
Fracasado. Asesino. Sádico. Odiaba el olor de sus cuerpos electrocutados.
La situación continuaba día tras
día, en la calle, en el trabajo, en el automóvil. Incluso cuando dormía,
interrumpían brutalmente mis sueños. Mi matamoscas eléctrico trabajaba sin
descanso. Así que compré otro. Me gastaba una fortuna en pilas.
Vi mi primera mosca gigante en el
supermercado. La criatura iba sentada en uno de esos carritos para niños,
zumbando y armando un gran alboroto, con sus patitas provistas de garras
ensuciándolo todo y su larga trompa depositando el contenido del estómago sobre
la fruta de la sección de productos frescos.
Las personas que la rodeaban no le
prestaban atención. Incluso le sonreían a aquel bicho asqueroso. Inconcebible.
—Repugnante, ¿verdad, señor Jansen?
—dijo la señora mayor que estaba a mi lado, frente al estante de los lácteos.
Era la vecina del final de la calle—. Dejan que esos niños lo toquen todo.
—¿Niños? —Volví a mirar. Se me heló
el corazón. Los ojos compuestos del animal me devolvieron la mirada—. ¿Entonces
también hay adultos?
La vecina señaló con la cabeza
hacia el otro lado del expositor de frutas. ¿Cómo no los había visto?
Gigantescos, por lo menos de mi estatura, con cuerpos relucientes de un verde
dorado y mandíbulas peludas que masticaban sin cesar. Su zumbido me despertó
una repulsión y un miedo ancestrales. Salí apresuradamente del supermercado y
me atrincheré en mi casa tan rápido como pude.
Aparecieron más. Las veía caminar
por la calle, zumbándose unas a otras. A algunas las seguían enormes larvas
blancas que se retorcían.
Ahora sí que no pegaba un ojo.
Dormir poco también tiene ventajas: sobra tiempo para pensar. Pronto supe lo
que debía hacer. Gasté mis ahorros en kilómetros de alambre de cobre. Llené el
sótano de estanterías metálicas en las que instalé cientos de baterías
conectadas en serie. Las lámparas ultravioletas para insectos iluminaban el
recinto con un resplandor fantasmal y emitían pequeños chasquidos a intervalos
regulares que me sonaban a música.
Trabajaba día y noche en mi
matamoscas especial. Gruesas barras de metal con empuñaduras de goma,
conectadas cada una a un cable de cobre de cien metros. Cubrí de alambre de
cobre el jardín, la entrada, el paso trasero, todo, bien oculto bajo la arena y
la tierra, aislado hasta que se alcanzara la tensión suficiente. Tesla se
habría sentido orgulloso de mí.
Ignoraba las llamadas del trabajo.
La última vez que atendí, oí por el auricular aquel conocido zumbido
penetrante. También habían llegado allí.
Sabía perfectamente que las moscas
gigantes no existían. ¡No estaba loco! Pero, con todos esos pesticidas extraños
de hoy y esas centrales nucleares con fugas, ¿quién sabe qué mutaciones podían
producirse? Además, los demás también las veían, ¿no? ¿Y la vecina?
Aquella mañana vi a varias de las
grandes al comienzo de la entrada. Señalaban mi casa. Poco después llegaron
otras, que también gesticulaban agitadamente con las patas.
Ahora que me habían descubierto,
empecé a prepararme. Me puse la armadura de goma y las gruesas botas de goma
hasta las ingles. Del pecho me colgaba la caja de interruptores que activaba
distintos sectores de mis defensas. El casco oscuro completaba el equipo.
Algunas se acercaron a mi casa.
Entreabrí la puerta. Sus zumbidos eran incomprensibles, aunque por un momento
creí distinguir palabras, una petición, un llamado a que me rindiera. Solté una
risa desdeñosa y cerré de golpe. Moscas de porquería. No eran de fiar.
Se reunieron en una masa bulliciosa
en la calle, justo después de la entrada. Había ambulancias y patrullas de
policía. No veía personas por ninguna parte, solo moscas. Desde todas las
ventanas las veía apostadas en el límite de mi propiedad, como si esperaran una
señal.
Ya vienen… ¿No las
oyen gritar? Pero les tengo una sorpresa, a grandes y pequeñas. Salgo con los
electrodos de varios metros de largo en las manos.
Con relámpagos que brotan de mis
manos y descargas que recorren el suelo, derribo a esa chusma de moscas.
Arden y se retuercen, y por primera
vez me agrada el olor de su muerte.
Como si estuviera asando un filete
de cerdo.
Me da hambre.

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