sábado, 24 de octubre de 2026

EL MATAMOSCAS

Mike Jansen

 

El olor a mosca electrocutada seguía colándose obstinadamente en mis fosas nasales. Repugnante. Peor aún era el zumbido penetrante y omnipresente. Ya no podía pegar un ojo y la falta de sueño me estaba destrozando. Aparté la cortina cubierta de excrementos de mosca y vi la multitud que se agitaba en la entrada de mi casa.

Faltaba poco, lo presentía. ¿Cómo había empezado todo?

Había comprado uno de esos matamoscas a pilas. Muy práctico. Un toque y caen. Mi casa está… bastante castigada por el uso, digamos. Hay rendijas por las que pueden entrar. Cuando regresaba del trabajo por la tarde, lo primero que hacía era dar una ronda matando moscas, lleno de un placer morboso. Después preparaba la cena y me sentaba frente al televisor.

Cada día preparaba la comida más tarde. Hordas de moscas entraban en mi casa y empezaban a perturbar mis veladas cada vez más temprano. Se reunían sobre la pantalla encendida, como si me desafiaran y se burlaran de mí. Juro que formaban palabras en la pantalla. Fracasado. Asesino. Sádico. Odiaba el olor de sus cuerpos electrocutados.

La situación continuaba día tras día, en la calle, en el trabajo, en el automóvil. Incluso cuando dormía, interrumpían brutalmente mis sueños. Mi matamoscas eléctrico trabajaba sin descanso. Así que compré otro. Me gastaba una fortuna en pilas.

Vi mi primera mosca gigante en el supermercado. La criatura iba sentada en uno de esos carritos para niños, zumbando y armando un gran alboroto, con sus patitas provistas de garras ensuciándolo todo y su larga trompa depositando el contenido del estómago sobre la fruta de la sección de productos frescos.

Las personas que la rodeaban no le prestaban atención. Incluso le sonreían a aquel bicho asqueroso. Inconcebible.

—Repugnante, ¿verdad, señor Jansen? —dijo la señora mayor que estaba a mi lado, frente al estante de los lácteos. Era la vecina del final de la calle—. Dejan que esos niños lo toquen todo.

—¿Niños? —Volví a mirar. Se me heló el corazón. Los ojos compuestos del animal me devolvieron la mirada—. ¿Entonces también hay adultos?

La vecina señaló con la cabeza hacia el otro lado del expositor de frutas. ¿Cómo no los había visto? Gigantescos, por lo menos de mi estatura, con cuerpos relucientes de un verde dorado y mandíbulas peludas que masticaban sin cesar. Su zumbido me despertó una repulsión y un miedo ancestrales. Salí apresuradamente del supermercado y me atrincheré en mi casa tan rápido como pude.

Aparecieron más. Las veía caminar por la calle, zumbándose unas a otras. A algunas las seguían enormes larvas blancas que se retorcían.

Ahora sí que no pegaba un ojo. Dormir poco también tiene ventajas: sobra tiempo para pensar. Pronto supe lo que debía hacer. Gasté mis ahorros en kilómetros de alambre de cobre. Llené el sótano de estanterías metálicas en las que instalé cientos de baterías conectadas en serie. Las lámparas ultravioletas para insectos iluminaban el recinto con un resplandor fantasmal y emitían pequeños chasquidos a intervalos regulares que me sonaban a música.

Trabajaba día y noche en mi matamoscas especial. Gruesas barras de metal con empuñaduras de goma, conectadas cada una a un cable de cobre de cien metros. Cubrí de alambre de cobre el jardín, la entrada, el paso trasero, todo, bien oculto bajo la arena y la tierra, aislado hasta que se alcanzara la tensión suficiente. Tesla se habría sentido orgulloso de mí.

Ignoraba las llamadas del trabajo. La última vez que atendí, oí por el auricular aquel conocido zumbido penetrante. También habían llegado allí.

Sabía perfectamente que las moscas gigantes no existían. ¡No estaba loco! Pero, con todos esos pesticidas extraños de hoy y esas centrales nucleares con fugas, ¿quién sabe qué mutaciones podían producirse? Además, los demás también las veían, ¿no? ¿Y la vecina?

Aquella mañana vi a varias de las grandes al comienzo de la entrada. Señalaban mi casa. Poco después llegaron otras, que también gesticulaban agitadamente con las patas.

Ahora que me habían descubierto, empecé a prepararme. Me puse la armadura de goma y las gruesas botas de goma hasta las ingles. Del pecho me colgaba la caja de interruptores que activaba distintos sectores de mis defensas. El casco oscuro completaba el equipo.

Algunas se acercaron a mi casa. Entreabrí la puerta. Sus zumbidos eran incomprensibles, aunque por un momento creí distinguir palabras, una petición, un llamado a que me rindiera. Solté una risa desdeñosa y cerré de golpe. Moscas de porquería. No eran de fiar.

Se reunieron en una masa bulliciosa en la calle, justo después de la entrada. Había ambulancias y patrullas de policía. No veía personas por ninguna parte, solo moscas. Desde todas las ventanas las veía apostadas en el límite de mi propiedad, como si esperaran una señal.

 

Ya vienen… ¿No las oyen gritar? Pero les tengo una sorpresa, a grandes y pequeñas. Salgo con los electrodos de varios metros de largo en las manos.

Con relámpagos que brotan de mis manos y descargas que recorren el suelo, derribo a esa chusma de moscas.

Arden y se retuercen, y por primera vez me agrada el olor de su muerte.

Como si estuviera asando un filete de cerdo.

Me da hambre.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

 

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