Franco Ricciardiello
El cielo sobre el
puerto tenía el color enfermizo del lomo de un pez muerto. Antes de salir de la
estación del metro conté con los dedos. Era el noveno día consecutivo de lluvia
y la estación apenas había comenzado. Abrí el paraguas, me metí bajo el brazo
el viejo maletín, todo descascarado, apretándolo con fuerza y rogando una vez
más que la humedad no atravesara las capas de plástico con las que había
envuelto el volumen del siglo XVI.
El maletín me hizo pensar en mi
exmarido, Iván, quien, además de renunciar a nuestro matrimonio, había dejado
la universidad y partido en una misión arqueológica a las Orcadas. En el norte
de Escocia, la temperatura media era más o menos la que teníamos aquí, en la
Riviera, cuando mis padres eran jóvenes. Seguí por la acera, procurando
mantenerme bajo los balcones de los edificios, y se me escapó una carcajada tan
fuerte que un transeúnte se detuvo a mirarme. No había podido contenerme. Me
había bastado pensar que mi vida con Iván era más gris que el cielo de aquel
momento.
Abrí la puerta exterior del
edificio; todavía no habían instalado una cerradura de huella digital. Entré
jadeando en el vestíbulo y el maletín estuvo a punto de resbalárseme de la mano
mientras cerraba el paraguas. Me recompuse y me dirigí hacia la escalera de la
izquierda. En el patio, la lluvia repiqueteaba como uñas sobre un plato de
metal, al otro lado de la vidriera art nouveau que era el orgullo del edificio,
o al menos el primer detalle que los agentes inmobiliarios mostraban a los
posibles inquilinos.
A través de un árbol de vidrio
teñido de verde y rosa, distinguí una figura en el patio. Llamé al ascensor,
que se deslizaba por una jaula de hierro forjado que quizá tuviera cien años.
En la cabina había incluso un asiento plegable.
Miré el patio al otro lado de la
vidriera. La persona parecía inmóvil. Me acerqué a la ventana de la escalera.
Un hombre de cabello blanco estaba de pie junto a la estatua de mármol de
Venus, toda rayada y salpicada de musgo, bajo el agua torrencial, con la única
protección de un impermeable azul que brillaba por la lluvia. Tenía el rostro
alzado y los ojos cerrados. No me pareció uno de los inquilinos, aunque tampoco
los conocía a todos de vista. Había unos veinte departamentos en las dos alas
del edificio y, al fondo, más allá de la estatua y de la vieja fuente de
piedra, estaba la puerta de un segundo edificio cuya fachada daba a otra calle.
El patio era compartido.
La cabina del ascensor llegó con un
sonoro clac que evocaba hierro y aceite mineral. Seguí mirando al
hombre. ¿Se sentiría mal? Debía de estar empapado hasta los huesos.
Probablemente me oyó abrir la puerta vidriada, porque se volvió hacia mí, con
hilos de agua que le bajaban por los mechones mojados. Fui a su encuentro,
abriendo de nuevo el paraguas, con el maletín apretado bajo el brazo.
—¿Quiere contraer una neumonía?
—dije—. Venga conmigo.
Me siguió hasta el resguardo de la
escalera, donde el agua que le escurría de los hombros formó un charco frente a
la puerta del ascensor. Observé, perpleja, el impermeable, que parecía de goma,
y apoyé una mano sobre él: estaba seco, como si el hombre hubiera paseado al
aire libre en un día despejado.
—¿Dónde vive? ¿En qué piso?
Me tomé la libertad de apartarle de
los ojos los mechones empapados. Parpadeó y me sonrió. Tenía un aire vagamente
exótico, como una mezcla de orígenes muy distantes entre sí. ¿Un inmigrante?
Por supuesto, no tenía nada en
contra. Cada vez más propiedades de nuestras manzanas pasaban a manos de
extranjeros que por fin habían logrado una buena posición, después de años y
años de residencia. Muchos se sentían en casa en aquellos edificios algo deteriorados,
con balcones que desde la ladera de la colina daban directamente al mar, más
allá del cual podían imaginar sus países de origen.
—¿Es usted el inquilino del octavo?
—pregunté—. ¿El piso de la buhardilla?
Se me había ocurrido que podía ser
él. El cartel de Se alquila, que llevaba meses junto a la entrada, había
desaparecido de un día para otro, quizá dos semanas antes.
—Suba, lo acompaño.
Lo empujé hacia el ascensor,
entorpecida por el paraguas y el maletín. Habría querido tener tres brazos. Lo
hice sentarse en el asiento plegable. Parecía desorientado. Debía de tener más
de sesenta años. Medía casi un metro noventa, estaba cuidadosamente afeitado y
llevaba el cabello hasta los hombros. Subimos al octavo, pero se quedó inmóvil
en el descansillo. Me permití meterle las manos en los bolsillos del
impermeable para buscar las llaves y saqué una especie de linterna de un palmo
de largo, de aspecto muy tecnológico y costoso. Debía de pesar al menos un par
de kilos, como si fuera de metal macizo. La devolví a su sitio porque había
visto el sensor de huellas en la puerta del departamento.
—Vamos, deme la mano…
Le presioné el índice, luego el
pulgar y después los otros tres dedos contra el disco irisado. Nada. No era su
casa. Advertí que, bajo el impermeable, la ropa estaba completamente empapada,
desde el cuello de la elegante camisa hasta el bajo de los pantalones. Tenía
helada la piel de las manos y su rostro parecía ahora desprovisto de color.
—Jesús mío…
Bajamos al séptimo piso, abrí la
puerta de mi casa y lo hice entrar. Lo llevé hasta el baño y le mostré cómo se
usaba el grifo monomando.
—Ahora se dará una ducha caliente,
mejor dicho, hirviendo, mientras yo preparo un té hirviendo. Disculpe la
repetición, pero no encuentro otra palabra.
Lo dejé en el baño, cerré la puerta
y me apresuré a sacar el volumen antiguo del maletín y desenvolver el plástico.
No parecía húmedo. Lo dejé sobre la mesa del salón que usaba como taller, junto
al escáner. ¿Me quedaría alguna prenda de Iván, de las que había dejado cuando
presentó su renuncia a mi vida? Claro, había veinte centímetros de diferencia
de estatura, pero quizá un suéter pudiera servirme.
Llamé a la puerta de vidrio del
baño.
—¿Puedo entrar?
Me quedé con la boca abierta. Ya se
había lavado y vestido, con prendas que yo no le había dado y que no me parecía
que llevara consigo, porque la camisa y los pantalones estaban tirados en el
suelo, formando un montículo húmedo y poco atractivo. Todavía tenía el cabello
mojado, pero empezaba a levantársele en una masa rizada, entre blanca y gris.
Confundida, guardé el suéter de Iván.
Me siguió a la cocina, mirando a su
alrededor con interés. Me pregunté si sería peligroso. A pesar de su edad,
parecía robusto y musculoso. Por si acaso, me metí rápidamente el aerosol de
pimienta en el bolsillo y le llené de té la taza hasta el borde.
—¿Wūlóng? —dijo, aspirando
el aroma. Tenía la voz apenas ronca y un acento indefinible.
—¿Cómo? Ah, sí, es té oolong.
¿Se siente mejor? ¿Podemos llamar a alguien?
Sonrió con condescendencia, como si
yo hubiera dicho algo gracioso. Miró a su alrededor.
—¿Dónde está mi ***?
Utilizó una palabra que nunca había
oído, pero comprendí que se refería al impermeable. Lo acompañé al salón, que
también usaba como taller. Pareció aliviado al ver que lo había dejado sobre el
sofá. Tenía el blanco de los ojos inyectado en sangre.
—¿Se siente bien? ¿Tiene el número
de algún familiar o amigo al que podamos llamar?
Cerró los ojos e inspiró
profundamente.
—¿Le molesta si me recuesto a
descansar unos minutos?
Se durmió casi al instante, con la
cabeza sobre un apoyabrazos y los pies sobre el otro, de tan alto que era, pero
antes dobló cuidadosamente el impermeable y lo dejó junto a él. Lo miré,
perpleja. Seguía lloviendo.
Tenía que trabajar. Abrí con
precaución el libro antiguo y lo acomodé en el soporte del escáner. Lo abrí sin
forzarlo: el programa corregiría la curvatura de las páginas. Iba retrasada con
respecto al cronograma del día, de modo que me puse a trabajar con empeño, de
dos páginas en dos, usando guantes. Hasta me olvidé de la presencia del hombre
en mi sofá, hasta que vi en la pantalla del escáner que era hora de almorzar.
En ese momento, el hombre dejó
escapar un gemido mientras dormía, como si estuviera soñando, y la comprensión
me atravesó como una descarga.
No era un vecino, no era un
inmigrante. ¿Cómo no lo había comprendido de inmediato? Allí, delante de mí, en
el salón-taller de mi casa, había un Retornado.
Casi había
terminado de pasar, una tras otra, las páginas del gran volumen bajo la lente
del escáner cuando oí sonar el timbre de la entrada.
Me puse de pie de un salto. El
Retornado abrió los ojos, pero no dijo nada. Fui a responder al
intercomunicador.
—Séptimo piso.
Cuando oí el clac del
ascensor, abrí la puerta. Ya había pagado por internet con la tarjeta de
crédito, pero le puse en la mano al repartidor una moneda de un euro y regresé
al salón con la bolsa de papel del restaurante.
—Hypnerotomachia Poliphili
—dijo el hombre.
—¿Qué ha dicho? —Miré incrédula el
grueso volumen bajo el objetivo del escáner, la xilografía de página entera que
mostraba a un grupo de mujeres con aquellos vestidos que, durante el
Renacimiento, imaginaban que se usaban en la Roma clásica.
—¿Ha reconocido el libro? ¿Entiende
del tema?
Y entonces sentí un escalofrío en
la nuca. Mientras yo estaba en la puerta, él no se había levantado. ¿Cómo podía
saber que el libro de la mesa era la Hypnerotomachia?
Casi como si me hubiera leído el
pensamiento, el hombre mostró por un instante el objeto que yo había encontrado
en su impermeable y luego volvió a guardárselo en el bolsillo. ¿Se suponía que
eso lo explicaba todo? No. No explicaba cómo había podido reconocer la edición
del siglo XVI de Bembo que yo debía reproducir. Recordé que ya había sucedido
antes con el té, cuando había mencionado el nombre exacto de la variedad.
—¿Cómo se siente? —pregunté con
cautela, dejando la bolsa sobre la mesa de trabajo.
Por supuesto, ya no tenía sentido
preguntarle si quería hacer una llamada. Era un Retornado. Se incorporó hasta
quedar sentado y miró por la ventana. Seguía lloviendo.
—Supongo que debo darle las gracias
—dijo con aquel acento singular. Luego recogió el impermeable del sofá—.
Lamento la molestia. Me voy enseguida.
—¡Espere! He pedido algo de comer
al bistró de la esquina. Imagino que tendrá hambre.
Levanté la bolsa: estaba llena de
cajas rectangulares de cartón para alimentos, cerradas con un pequeño adhesivo
en forma de hoja verde y dorada.
—Es vegetariano, ¿verdad?
Parpadeó rápidamente, como si no
reconociera la palabra.
—Ah, sí, por supuesto —respondió
luego.
—He oído que todos ustedes, los
Retornados, son vegetarianos. —Y apenas lo dije, me mordí la lengua.
—¿Así nos llaman? ¿Retornados?
Me aclaré la garganta. La reina de
las Meteduras de Pata, me llamaba mamá cuando yo era adolescente.
—¿Cómo debería llamarlo?
—Soy Diocleciano.
—Serena.
Le tendí la mano. Me la estrechó con una sonrisa, como quien se
somete a una ceremonia olvidada, a un rito de la infancia.
Me abracé a mí misma. No quería que
se fuera. ¿Cuándo volvería a encontrar a otro Retornado desorientado en el
patio? Señalé la mesa del escáner.
—Ese es mi trabajo. Reproducción
del patrimonio literario. En realidad, ya se ha hecho antes, también con la Hypnerotomachia,
pero esta editorial apuesta por la calidad, etcétera, etcétera.
Escuchaba cada palabra como si la
bebiera, sin apartar los ojos de mis labios, hasta el punto de que habría
imaginado que me leía los labios. Estaba de pie y sostenía el impermeable,
indeciso sobre si despedirse.
—Pero ¿cómo supo en qué estoy
trabajando?
—El poliviteum —respondió.
¿Poliviteum? Sin embargo, era fácil
comprender que hablaba de aquel objeto de alta tecnología que llevaba en el
bolsillo. ¿Cómo podía aquella cosa permitirle ver, saber?
En la cocina, saqué el contenido de
la bolsa y llené dos o tres platos. Había verduras con sésamo, tofu picante y
galletas secas endulzadas con caramelo. Diocleciano sonrió y se sentó frente a
mí. Para beber solo quiso agua; es más, antes de llevársela a los labios sacó
del bolsillo el objeto de siempre, su poliviteum, lo pasó brevemente junto al
vaso y luego bebió con deleite, a sorbos, como si degustara un vino.
No es que se supiera mucho de los
Retornados. Las primeras apariciones habían sido noticia, sí: hombres y mujeres
que parecían surgir de la nada en el escenario de un teatro, en medio del
parterre que separaba los carriles de una vía rápida, en la sala de lectura de
una biblioteca; evidentemente, también en un patio bajo la lluvia. Había habido
un atisbo de debate público, intervenciones de los habituales profetas a
quienes nadie escucha, y la cuestión había llegado hasta el Parlamento.
Diocleciano ya había terminado su
plato y yo todavía no había tomado el tenedor. Se echó hacia atrás, contra el
respaldo, y me miró.
—¿Qué hará ahora? —pregunté—. Usted
no es… no era de aquí, ¿verdad?
—¿De aquí? —Por un momento temí que
se echara a reír—. No, no, el Retorno es aleatorio e imprevisible.
—¿Tienen alguna organización que
los ayude? ¿Ya sabe adónde ir?
Negó con la cabeza.
—Es un viaje de ida. Un salto a
ciegas. No se puede volver allá a contar cómo están las cosas. Solo lo
descubrimos al llegar.
Me mostró el poliviteum. Claro,
debería haberlo imaginado.
—Eso… puede comunicarse
directamente con su pensamiento, ¿verdad?
—Desde el primer instante de mi
llegada.
Por eso lo sabía todo sin ver, sin
preguntar. Me pregunté si los Retornados todavía se comunicarían entre sí en
voz alta.
—Si lo hubiera sabido antes,
¿habría venido de todos modos?
—¿Qué alternativa tenemos?
Cualquiera que disponga de los medios decide Retornar.
Escuchamos la lluvia durante unos
minutos. Aparté mi plato; ya no tenía hambre. Puse la tetera al fuego.
—¿Un té antes de irse?
Aceptó.
—¿Cuándo será? —pregunté.
Pareció no comprender, de modo que
tuve que añadir:
—¿Cuándo debo esperarlo? ¿Durante
mi vida? ¿Durante la de mis hijos, si es que alguna vez los tengo? ¿Veré crecer
a mis nietos?
Hizo un gesto vago y dijo:
—No será un apocalipsis repentino.
Más bien como una vela que se apaga. Cuando elegí Retornar, todavía quedaban
más de mil millones de seres humanos, aunque muy pocos eran lo bastante ricos
como para permitirse escapar.
Los primeros Retornados habían
causado sensación, sí: había habido entrevistas y giras de conferencias,
incluso cierto movimiento de opinión. Pero pronto había prevalecido una especie
de negación colectiva. Algo demasiado grande para afrontarlo; los mecanismos de
decisión, demasiado engorrosos. Como siempre, habían aparecido negacionistas,
nihilistas, adictos a las teorías conspirativas. Sobrevino una especie de
minimización. Era demasiado tarde, habíamos ido demasiado lejos; la masa
inercial lanzada hacia el futuro no podía detenerse, salvo mediante un largo
conflicto de resultado incierto.
—Es mejor no saber demasiado,
créame. Por eso volvemos aquí. Sin ninguna ambición de traerles una
advertencia, un aviso; solo queremos vivir hasta el final de nuestros días.
Se puso de pie, guardó el
poliviteum en el bolsillo del impermeable de material hidrófugo, al que dio la
vuelta y extendió sobre la mesa. En la parte interior de la espalda había una
especie de bolsillo ancho y horizontal. Lo abrió rozando el cierre con un dedo,
lo que provocó una tenue luminiscencia azulada.
—Quiero hacerle un regalo antes de
irme —dijo—. Ha sido amable conmigo. Si hubiera más gente como usted, nunca
habríamos llegado a ese punto.
Tenía ganas de llorar.
—Pero ¿adónde irá? ¿Cómo se
mantendrá?
Hundió todo el antebrazo en el
bolsillo del impermeable, como si el espacio interior fuera mucho, muchísimo
mayor de lo que parecía desde fuera. De ahí había sacado la ropa de recambio.
De niña leía historietas: Eega Beeva tenía en los pantalones cortos unos
bolsillos de capacidad prácticamente infinita. El Retornado sacó, uno tras
otro, cuatro lingotitos de oro del largo de un dedo; llevaban grabado el peso:
500 g.
—Ahí dentro tengo toda una reserva.
La acumulé durante veinte años en previsión de esto.
Luego sacó otro objeto que parecía
la esfera de un reloj o un podómetro; en la parte superior tenía un pequeño
cristal donde apoyar un dedo para registrar la huella.
—He comprendido que me servirá de
muy poco, como imagino que tampoco les habrá servido a mis predecesores. Es
suyo; le aconsejo que no abuse de él. Ya sabe que no puede hacer nada al
respecto. Lo que ha ocurrido tiene que ocurrir.
Y así se fue. Se fue y nunca volví
a verlo. En cambio, he visto lo que contiene su regalo. He visto y veo. Basta
con apoyar el dedo durante unos segundos para que empiece a transmitir imágenes
a mi mente.
Veo ciudades desiertas y corroídas
por el sol, rascacielos altísimos con todas las ventanas destrozadas y una
vegetación raquítica y venenosa que invade las calles de asfalto agrietado. Veo
poblaciones desplazarse de una tierra a otra a medida que se agotan las
reservas de agua. Veo ciudades costeras sumergidas por las mareas y el nivel de
los océanos que sigue subiendo. Veo a la gente observar el horizonte con la
esperanza de que las nubes lleguen hasta ella. Veo ciudades construidas bajo
tierra, campos cultivados bajo la vigilancia de una milicia, cementerios de
automóviles devorados por el óxido, cementerios de camiones devorados por el
óxido, cementerios de huesos roídos por perros macilentos. Veo una nave
espacial de la esperanza, con mil hombres y mil mujeres, partir hacia otros
sistemas estelares sin volver a dar noticias. Veo barcos que regresan del mar
con las redes llenas de peces muertos. Veo niños morir de hambre, muros de
alambre de púas, migraciones hacia el norte, pueblos que llaman a dios con nombres
distintos y que se exterminan por eso. Veo cohetes disparados para disolver las
nubes, intentos de reforestación que acaban en arena, agricultores suicidas
colgados de árboles frutales muertos. Guerras, abusos, epidemias.
Y veo, por último, la máquina del
tiempo, cuánta energía consume y cuánto cuesta escapar hacia atrás, cuánto
cuesta Retornar.
He visto y todavía veo, de vez en cuando. Cuando vuelvo a casa después de un día de lluvia, cuando no quiero escuchar las noticias de la cadena, apoyo el dedo en el regalo del Retornado y miro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario