sábado, 24 de octubre de 2026

EL RETORNADO

Franco Ricciardiello

 

El cielo sobre el puerto tenía el color enfermizo del lomo de un pez muerto. Antes de salir de la estación del metro conté con los dedos. Era el noveno día consecutivo de lluvia y la estación apenas había comenzado. Abrí el paraguas, me metí bajo el brazo el viejo maletín, todo descascarado, apretándolo con fuerza y rogando una vez más que la humedad no atravesara las capas de plástico con las que había envuelto el volumen del siglo XVI.

El maletín me hizo pensar en mi exmarido, Iván, quien, además de renunciar a nuestro matrimonio, había dejado la universidad y partido en una misión arqueológica a las Orcadas. En el norte de Escocia, la temperatura media era más o menos la que teníamos aquí, en la Riviera, cuando mis padres eran jóvenes. Seguí por la acera, procurando mantenerme bajo los balcones de los edificios, y se me escapó una carcajada tan fuerte que un transeúnte se detuvo a mirarme. No había podido contenerme. Me había bastado pensar que mi vida con Iván era más gris que el cielo de aquel momento.

Abrí la puerta exterior del edificio; todavía no habían instalado una cerradura de huella digital. Entré jadeando en el vestíbulo y el maletín estuvo a punto de resbalárseme de la mano mientras cerraba el paraguas. Me recompuse y me dirigí hacia la escalera de la izquierda. En el patio, la lluvia repiqueteaba como uñas sobre un plato de metal, al otro lado de la vidriera art nouveau que era el orgullo del edificio, o al menos el primer detalle que los agentes inmobiliarios mostraban a los posibles inquilinos.

A través de un árbol de vidrio teñido de verde y rosa, distinguí una figura en el patio. Llamé al ascensor, que se deslizaba por una jaula de hierro forjado que quizá tuviera cien años. En la cabina había incluso un asiento plegable.

Miré el patio al otro lado de la vidriera. La persona parecía inmóvil. Me acerqué a la ventana de la escalera. Un hombre de cabello blanco estaba de pie junto a la estatua de mármol de Venus, toda rayada y salpicada de musgo, bajo el agua torrencial, con la única protección de un impermeable azul que brillaba por la lluvia. Tenía el rostro alzado y los ojos cerrados. No me pareció uno de los inquilinos, aunque tampoco los conocía a todos de vista. Había unos veinte departamentos en las dos alas del edificio y, al fondo, más allá de la estatua y de la vieja fuente de piedra, estaba la puerta de un segundo edificio cuya fachada daba a otra calle. El patio era compartido.

La cabina del ascensor llegó con un sonoro clac que evocaba hierro y aceite mineral. Seguí mirando al hombre. ¿Se sentiría mal? Debía de estar empapado hasta los huesos. Probablemente me oyó abrir la puerta vidriada, porque se volvió hacia mí, con hilos de agua que le bajaban por los mechones mojados. Fui a su encuentro, abriendo de nuevo el paraguas, con el maletín apretado bajo el brazo.

—¿Quiere contraer una neumonía? —dije—. Venga conmigo.

Me siguió hasta el resguardo de la escalera, donde el agua que le escurría de los hombros formó un charco frente a la puerta del ascensor. Observé, perpleja, el impermeable, que parecía de goma, y apoyé una mano sobre él: estaba seco, como si el hombre hubiera paseado al aire libre en un día despejado.

—¿Dónde vive? ¿En qué piso?

Me tomé la libertad de apartarle de los ojos los mechones empapados. Parpadeó y me sonrió. Tenía un aire vagamente exótico, como una mezcla de orígenes muy distantes entre sí. ¿Un inmigrante?

Por supuesto, no tenía nada en contra. Cada vez más propiedades de nuestras manzanas pasaban a manos de extranjeros que por fin habían logrado una buena posición, después de años y años de residencia. Muchos se sentían en casa en aquellos edificios algo deteriorados, con balcones que desde la ladera de la colina daban directamente al mar, más allá del cual podían imaginar sus países de origen.

—¿Es usted el inquilino del octavo? —pregunté—. ¿El piso de la buhardilla?

Se me había ocurrido que podía ser él. El cartel de Se alquila, que llevaba meses junto a la entrada, había desaparecido de un día para otro, quizá dos semanas antes.

—Suba, lo acompaño.

Lo empujé hacia el ascensor, entorpecida por el paraguas y el maletín. Habría querido tener tres brazos. Lo hice sentarse en el asiento plegable. Parecía desorientado. Debía de tener más de sesenta años. Medía casi un metro noventa, estaba cuidadosamente afeitado y llevaba el cabello hasta los hombros. Subimos al octavo, pero se quedó inmóvil en el descansillo. Me permití meterle las manos en los bolsillos del impermeable para buscar las llaves y saqué una especie de linterna de un palmo de largo, de aspecto muy tecnológico y costoso. Debía de pesar al menos un par de kilos, como si fuera de metal macizo. La devolví a su sitio porque había visto el sensor de huellas en la puerta del departamento.

—Vamos, deme la mano…

Le presioné el índice, luego el pulgar y después los otros tres dedos contra el disco irisado. Nada. No era su casa. Advertí que, bajo el impermeable, la ropa estaba completamente empapada, desde el cuello de la elegante camisa hasta el bajo de los pantalones. Tenía helada la piel de las manos y su rostro parecía ahora desprovisto de color.

—Jesús mío…

Bajamos al séptimo piso, abrí la puerta de mi casa y lo hice entrar. Lo llevé hasta el baño y le mostré cómo se usaba el grifo monomando.

—Ahora se dará una ducha caliente, mejor dicho, hirviendo, mientras yo preparo un té hirviendo. Disculpe la repetición, pero no encuentro otra palabra.

Lo dejé en el baño, cerré la puerta y me apresuré a sacar el volumen antiguo del maletín y desenvolver el plástico. No parecía húmedo. Lo dejé sobre la mesa del salón que usaba como taller, junto al escáner. ¿Me quedaría alguna prenda de Iván, de las que había dejado cuando presentó su renuncia a mi vida? Claro, había veinte centímetros de diferencia de estatura, pero quizá un suéter pudiera servirme.

Llamé a la puerta de vidrio del baño.

—¿Puedo entrar?

Me quedé con la boca abierta. Ya se había lavado y vestido, con prendas que yo no le había dado y que no me parecía que llevara consigo, porque la camisa y los pantalones estaban tirados en el suelo, formando un montículo húmedo y poco atractivo. Todavía tenía el cabello mojado, pero empezaba a levantársele en una masa rizada, entre blanca y gris. Confundida, guardé el suéter de Iván.

Me siguió a la cocina, mirando a su alrededor con interés. Me pregunté si sería peligroso. A pesar de su edad, parecía robusto y musculoso. Por si acaso, me metí rápidamente el aerosol de pimienta en el bolsillo y le llené de té la taza hasta el borde.

—¿Wūlóng? —dijo, aspirando el aroma. Tenía la voz apenas ronca y un acento indefinible.

—¿Cómo? Ah, sí, es té oolong. ¿Se siente mejor? ¿Podemos llamar a alguien?

Sonrió con condescendencia, como si yo hubiera dicho algo gracioso. Miró a su alrededor.

—¿Dónde está mi ***?

Utilizó una palabra que nunca había oído, pero comprendí que se refería al impermeable. Lo acompañé al salón, que también usaba como taller. Pareció aliviado al ver que lo había dejado sobre el sofá. Tenía el blanco de los ojos inyectado en sangre.

—¿Se siente bien? ¿Tiene el número de algún familiar o amigo al que podamos llamar?

Cerró los ojos e inspiró profundamente.

—¿Le molesta si me recuesto a descansar unos minutos?

Se durmió casi al instante, con la cabeza sobre un apoyabrazos y los pies sobre el otro, de tan alto que era, pero antes dobló cuidadosamente el impermeable y lo dejó junto a él. Lo miré, perpleja. Seguía lloviendo.

Tenía que trabajar. Abrí con precaución el libro antiguo y lo acomodé en el soporte del escáner. Lo abrí sin forzarlo: el programa corregiría la curvatura de las páginas. Iba retrasada con respecto al cronograma del día, de modo que me puse a trabajar con empeño, de dos páginas en dos, usando guantes. Hasta me olvidé de la presencia del hombre en mi sofá, hasta que vi en la pantalla del escáner que era hora de almorzar.

En ese momento, el hombre dejó escapar un gemido mientras dormía, como si estuviera soñando, y la comprensión me atravesó como una descarga.

No era un vecino, no era un inmigrante. ¿Cómo no lo había comprendido de inmediato? Allí, delante de mí, en el salón-taller de mi casa, había un Retornado.

 

Casi había terminado de pasar, una tras otra, las páginas del gran volumen bajo la lente del escáner cuando oí sonar el timbre de la entrada.

Me puse de pie de un salto. El Retornado abrió los ojos, pero no dijo nada. Fui a responder al intercomunicador.

—Séptimo piso.

Cuando oí el clac del ascensor, abrí la puerta. Ya había pagado por internet con la tarjeta de crédito, pero le puse en la mano al repartidor una moneda de un euro y regresé al salón con la bolsa de papel del restaurante.

—Hypnerotomachia Poliphili —dijo el hombre.

—¿Qué ha dicho? —Miré incrédula el grueso volumen bajo el objetivo del escáner, la xilografía de página entera que mostraba a un grupo de mujeres con aquellos vestidos que, durante el Renacimiento, imaginaban que se usaban en la Roma clásica.

—¿Ha reconocido el libro? ¿Entiende del tema?

Y entonces sentí un escalofrío en la nuca. Mientras yo estaba en la puerta, él no se había levantado. ¿Cómo podía saber que el libro de la mesa era la Hypnerotomachia?

Casi como si me hubiera leído el pensamiento, el hombre mostró por un instante el objeto que yo había encontrado en su impermeable y luego volvió a guardárselo en el bolsillo. ¿Se suponía que eso lo explicaba todo? No. No explicaba cómo había podido reconocer la edición del siglo XVI de Bembo que yo debía reproducir. Recordé que ya había sucedido antes con el té, cuando había mencionado el nombre exacto de la variedad.

—¿Cómo se siente? —pregunté con cautela, dejando la bolsa sobre la mesa de trabajo.

Por supuesto, ya no tenía sentido preguntarle si quería hacer una llamada. Era un Retornado. Se incorporó hasta quedar sentado y miró por la ventana. Seguía lloviendo.

—Supongo que debo darle las gracias —dijo con aquel acento singular. Luego recogió el impermeable del sofá—. Lamento la molestia. Me voy enseguida.

—¡Espere! He pedido algo de comer al bistró de la esquina. Imagino que tendrá hambre.

Levanté la bolsa: estaba llena de cajas rectangulares de cartón para alimentos, cerradas con un pequeño adhesivo en forma de hoja verde y dorada.

—Es vegetariano, ¿verdad?

Parpadeó rápidamente, como si no reconociera la palabra.

—Ah, sí, por supuesto —respondió luego.

—He oído que todos ustedes, los Retornados, son vegetarianos. —Y apenas lo dije, me mordí la lengua.

—¿Así nos llaman? ¿Retornados?

Me aclaré la garganta. La reina de las Meteduras de Pata, me llamaba mamá cuando yo era adolescente.

—¿Cómo debería llamarlo?

—Soy Diocleciano.

—Serena.

Le tendí la mano. Me la estrechó con una sonrisa, como quien se somete a una ceremonia olvidada, a un rito de la infancia.

Me abracé a mí misma. No quería que se fuera. ¿Cuándo volvería a encontrar a otro Retornado desorientado en el patio? Señalé la mesa del escáner.

—Ese es mi trabajo. Reproducción del patrimonio literario. En realidad, ya se ha hecho antes, también con la Hypnerotomachia, pero esta editorial apuesta por la calidad, etcétera, etcétera.

Escuchaba cada palabra como si la bebiera, sin apartar los ojos de mis labios, hasta el punto de que habría imaginado que me leía los labios. Estaba de pie y sostenía el impermeable, indeciso sobre si despedirse.

—Pero ¿cómo supo en qué estoy trabajando?

—El poliviteum —respondió.

¿Poliviteum? Sin embargo, era fácil comprender que hablaba de aquel objeto de alta tecnología que llevaba en el bolsillo. ¿Cómo podía aquella cosa permitirle ver, saber?

En la cocina, saqué el contenido de la bolsa y llené dos o tres platos. Había verduras con sésamo, tofu picante y galletas secas endulzadas con caramelo. Diocleciano sonrió y se sentó frente a mí. Para beber solo quiso agua; es más, antes de llevársela a los labios sacó del bolsillo el objeto de siempre, su poliviteum, lo pasó brevemente junto al vaso y luego bebió con deleite, a sorbos, como si degustara un vino.

No es que se supiera mucho de los Retornados. Las primeras apariciones habían sido noticia, sí: hombres y mujeres que parecían surgir de la nada en el escenario de un teatro, en medio del parterre que separaba los carriles de una vía rápida, en la sala de lectura de una biblioteca; evidentemente, también en un patio bajo la lluvia. Había habido un atisbo de debate público, intervenciones de los habituales profetas a quienes nadie escucha, y la cuestión había llegado hasta el Parlamento.

Diocleciano ya había terminado su plato y yo todavía no había tomado el tenedor. Se echó hacia atrás, contra el respaldo, y me miró.

—¿Qué hará ahora? —pregunté—. Usted no es… no era de aquí, ¿verdad?

—¿De aquí? —Por un momento temí que se echara a reír—. No, no, el Retorno es aleatorio e imprevisible.

—¿Tienen alguna organización que los ayude? ¿Ya sabe adónde ir?

Negó con la cabeza.

—Es un viaje de ida. Un salto a ciegas. No se puede volver allá a contar cómo están las cosas. Solo lo descubrimos al llegar.

Me mostró el poliviteum. Claro, debería haberlo imaginado.

—Eso… puede comunicarse directamente con su pensamiento, ¿verdad?

—Desde el primer instante de mi llegada.

Por eso lo sabía todo sin ver, sin preguntar. Me pregunté si los Retornados todavía se comunicarían entre sí en voz alta.

—Si lo hubiera sabido antes, ¿habría venido de todos modos?

—¿Qué alternativa tenemos? Cualquiera que disponga de los medios decide Retornar.

Escuchamos la lluvia durante unos minutos. Aparté mi plato; ya no tenía hambre. Puse la tetera al fuego.

—¿Un té antes de irse?

Aceptó.

—¿Cuándo será? —pregunté.

Pareció no comprender, de modo que tuve que añadir:

—¿Cuándo debo esperarlo? ¿Durante mi vida? ¿Durante la de mis hijos, si es que alguna vez los tengo? ¿Veré crecer a mis nietos?

Hizo un gesto vago y dijo:

—No será un apocalipsis repentino. Más bien como una vela que se apaga. Cuando elegí Retornar, todavía quedaban más de mil millones de seres humanos, aunque muy pocos eran lo bastante ricos como para permitirse escapar.

Los primeros Retornados habían causado sensación, sí: había habido entrevistas y giras de conferencias, incluso cierto movimiento de opinión. Pero pronto había prevalecido una especie de negación colectiva. Algo demasiado grande para afrontarlo; los mecanismos de decisión, demasiado engorrosos. Como siempre, habían aparecido negacionistas, nihilistas, adictos a las teorías conspirativas. Sobrevino una especie de minimización. Era demasiado tarde, habíamos ido demasiado lejos; la masa inercial lanzada hacia el futuro no podía detenerse, salvo mediante un largo conflicto de resultado incierto.

—Es mejor no saber demasiado, créame. Por eso volvemos aquí. Sin ninguna ambición de traerles una advertencia, un aviso; solo queremos vivir hasta el final de nuestros días.

Se puso de pie, guardó el poliviteum en el bolsillo del impermeable de material hidrófugo, al que dio la vuelta y extendió sobre la mesa. En la parte interior de la espalda había una especie de bolsillo ancho y horizontal. Lo abrió rozando el cierre con un dedo, lo que provocó una tenue luminiscencia azulada.

—Quiero hacerle un regalo antes de irme —dijo—. Ha sido amable conmigo. Si hubiera más gente como usted, nunca habríamos llegado a ese punto.

Tenía ganas de llorar.

—Pero ¿adónde irá? ¿Cómo se mantendrá?

Hundió todo el antebrazo en el bolsillo del impermeable, como si el espacio interior fuera mucho, muchísimo mayor de lo que parecía desde fuera. De ahí había sacado la ropa de recambio. De niña leía historietas: Eega Beeva tenía en los pantalones cortos unos bolsillos de capacidad prácticamente infinita. El Retornado sacó, uno tras otro, cuatro lingotitos de oro del largo de un dedo; llevaban grabado el peso: 500 g.

—Ahí dentro tengo toda una reserva. La acumulé durante veinte años en previsión de esto.

Luego sacó otro objeto que parecía la esfera de un reloj o un podómetro; en la parte superior tenía un pequeño cristal donde apoyar un dedo para registrar la huella.

—He comprendido que me servirá de muy poco, como imagino que tampoco les habrá servido a mis predecesores. Es suyo; le aconsejo que no abuse de él. Ya sabe que no puede hacer nada al respecto. Lo que ha ocurrido tiene que ocurrir.

Y así se fue. Se fue y nunca volví a verlo. En cambio, he visto lo que contiene su regalo. He visto y veo. Basta con apoyar el dedo durante unos segundos para que empiece a transmitir imágenes a mi mente.

Veo ciudades desiertas y corroídas por el sol, rascacielos altísimos con todas las ventanas destrozadas y una vegetación raquítica y venenosa que invade las calles de asfalto agrietado. Veo poblaciones desplazarse de una tierra a otra a medida que se agotan las reservas de agua. Veo ciudades costeras sumergidas por las mareas y el nivel de los océanos que sigue subiendo. Veo a la gente observar el horizonte con la esperanza de que las nubes lleguen hasta ella. Veo ciudades construidas bajo tierra, campos cultivados bajo la vigilancia de una milicia, cementerios de automóviles devorados por el óxido, cementerios de camiones devorados por el óxido, cementerios de huesos roídos por perros macilentos. Veo una nave espacial de la esperanza, con mil hombres y mil mujeres, partir hacia otros sistemas estelares sin volver a dar noticias. Veo barcos que regresan del mar con las redes llenas de peces muertos. Veo niños morir de hambre, muros de alambre de púas, migraciones hacia el norte, pueblos que llaman a dios con nombres distintos y que se exterminan por eso. Veo cohetes disparados para disolver las nubes, intentos de reforestación que acaban en arena, agricultores suicidas colgados de árboles frutales muertos. Guerras, abusos, epidemias.

Y veo, por último, la máquina del tiempo, cuánta energía consume y cuánto cuesta escapar hacia atrás, cuánto cuesta Retornar.

He visto y todavía veo, de vez en cuando. Cuando vuelvo a casa después de un día de lluvia, cuando no quiero escuchar las noticias de la cadena, apoyo el dedo en el regalo del Retornado y miro.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

 

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