Rebecca Behar
Deslumbrante,
llevaba extravagancias de tul, abullonados de satén, velos desflecados que
atrapaban las ráfagas de aire; sus imágenes quebradas flotaban a su paso,
indolente, felina, adornada con perlas y piedras cuya virtud emanaba de su
piel, tan blanca como una primera gasa de niebla después de las heridas de la
madrugada. Los brazaletes y las cadenas relucían en sus muñecas, en sus
tobillos, y sus cabellos sembrados de estrellas, ámbar y azabache, fluían hasta
la curva de su cintura. Las lenguas susurraban en su espíritu, donde los deseos
se lanzaban al asalto como adolescentes de acuarela que saltaran bajo los
cerezos pintados.
Las abejas y los micrófonos, las
cámaras codiciosas la cercaban cuando bajaba del avión. Eros, ese joven idiota,
se escondía entre la multitud que rugía contra las vallas para alcanzar a la
estrella consumada, símbolo de porvenir y novedad.
Las muchachas, recogidas,
escuchaban ascender su canto funámbulo desde el fondo de las tierras en
barbecho, donde los trigos verdes y los acianos parecían crecer más deprisa, y
las bocas se adherían largamente al eco de sus palabras rítmicas, que la esperanza
modulaba en melodías malvas, sobre una nota grave infinita, mientras las manos
unidas y las cabezas mecían el tiempo cargado de reminiscencias y visiones para
apaciguar el rumor de las mil lenguas, refrenado por una dulzura nueva y
devuelto al silencio asombrado, sin referencias, como el juego de los ciclos
despolarizados en la geografía de los ángulos muertos vuelve a formarse
tímidamente, con la prudencia de los animales que salen, furtivos, después de
la tormenta, tanteando los charcos, los troncos caídos, los arbustos
despeinados.
Así circulaba el fervor, en
susurros clandestinos, con esos gestos que eluden la palabra demasiado cruda,
con palabras de amante contrariada. ¿De verdad regresaría aquella que canta con
el corazón los viejos lais y los poemas melancólicos, o que de pronto
aúlla y murmura en sílabas entrecortadas un llamado a unos aliados mártires?
Apenas saben todavía reconocer el sonido del rombo ritual y ya desaparece la
esfinge sideral, los perfumes de esencias raras enloquecen a los caballos, pero
no, no es más que una sibila exfoliada en el espejo de los estudios del viejo
Hollywood, calibrada en las pantallas a lo largo de kilómetros de película,
multiplicada por las redes y vendida en subastas a precios que el antiguo prez
de los trovadores jamás habría soñado alcanzar, arrugando su divinidad irónica
en el envoltorio de un caramelo que desenvuelve un niño, que contempla y de
pronto reconoce aquella sonrisa, única, y llora porque los mayores lo obligan a
tirar el precioso papel.
El aura misteriosa se burlaba de
quienes solo creen en el testimonio de sus sentidos. Seducidos, tanto más
idólatras cuanto más incrédulos, quieren tocar, oír, comprar a un precio
altísimo y saciarse con la ilusión cada vez más perfecta de la presencia carnal,
lo más cerca posible del lugar inaccesible, distorsionado por la hemorragia de
sus simulacros.
Atrapados en las cadenas de
causalidad, los pueblos, con las miríadas de seres sensibles, tejían la leyenda
de azur recogida por el oráculo hermético, según el cual, por algún capricho
del destino, los fabricantes de mitos caerían un día en su propia trampa.
Por mucho que la bella estuviera
entregada a la subasta, expuesta al público y pisoteada, su carisma se
difractaba, quemando las impurezas, burlándose del orden y de las leyes. Los
jóvenes abandonaban familia y carrera para ponerse en camino, mochila al hombro,
en bicicleta, detrás de la gran caravana donde caracoleaba la gente del circo.
Y las bestias salían de sus guaridas porque los cazadores, con viejos
juramentos en los labios, abandonaban sus lúgubres cacerías para emprender la
peregrinación sin destino.
El hambre de amor sollozaba en los
sueños, se codiciaba hasta la crueldad a la inasible hembra proteiforme cuyo
ser de carne se había retirado de este mundo. Las grandes convocatorias
mezclaban las clases y los pueblos, los jóvenes comulgaban en grandes danzas de
posesión, se contoneaban, frenéticos, al ritmo de cadencias redundantes,
incantatorios, que martilleaban, bombardeaban, azotaban los nervios, alcanzaban
el corazón de latidos precipitados para hacer subir el terror alcohólico,
caldear, sublevar la conciencia, quebrar las frases, proferir las palabras, los
sonidos, el clamor hacia la gran potranca sexual llegada de otro mundo, y antes
de la crisis erótica se revolcaban por el suelo, quemando las costumbres en una
tarantela improvisada, una verdadera algarabía de movimientos nuevos, que
ningún maestro de danza había trazado de antemano, como los saltos de las
brasas en un fuego de leña verde.
Pero en cuanto un héroe, después de
años de búsqueda, la divisaba por fin bajo su falaz forma de carne, ella se
evaporaba en la risa del día, en el alfabeto de los juncos, visión sin
consistencia de una náyade entrevista en los círculos del agua, o que tal vez
saltaba allá con aquellos peces multicolores, o hacía malabares con las
libélulas. O bien sus tristes velos desplegados en el ocaso se reunían en
formas purpúreas para recordar los efluvios de seducción que envolvían a los
seres, los sujetaban y los hacían avanzar, avanzar sin recobrar jamás el
aliento.
Los amantes del Absoluto,
rechazados, quedaban reducidos a los escasos vestigios de la herencia de la
tierra, vanos restos abandonados de saqueos que de nada servían, porque la
nostalgia del despertar permanecía en quienes contemplaban el desierto, esperando
todavía la vida y el agua. Con su lucidez inútil regresaban a los trabajos
sombríos, a las penas que los pillajes y los atropellos habían acumulado,
expuestos a la duplicidad oculta en los despachos de voces amortiguadas, los
salones donde se conspira bajo la asepsia de los oros; arrojados al «montón de
inmundicias» que antiguas tradiciones llamaron mundo, a nuestra condición,
desde entonces aún más miserable por estar ligada a aquello que ya no sabemos
ver: la insoportable desaparición de la roca y del pozo, la pérdida del hilo
tenue de los pensamientos hacia la pequeña luz frágil de la suerte. Y he aquí
que despertaban en ayunas, con los puños apretados bajo las pesadas varas de
medir que vaciaban de sentido su devenir y confiscaban su esperanza y toda la
belleza que bullía en las pasiones multicolores, los riesgos asumidos y la
aceleración de los tiempos.
Entonces, soberana, abandonaba a
sus humildes devotos al pie de las murallas puestas al descubierto,
otorgándoles el tedio y la angustia como óbolo bajo un sol que bebía la sed en
la garganta. Y he aquí que esos drogados, sucumbiendo a la tentación idólatra,
se obstinaban en tocar su simulacro, mendigando la felicidad o al menos la
esperanza de un porvenir por el que pasara clandestinamente, en el desastre de
los años sucesivos de miserias y llagas, una fina película, débil, un ínfimo
rayo de su gran resplandor.
¿Cuándo había reinado aquella que
daba el impulso, antes de los hombres, antes de las tumbas, y de dónde venía?
Surgida del gran géiser de los deseos humanos, aquella belleza perfecta jamás
habría podido ser forjada, aunque, según dicen, el Infierno sea hábil y rápido
para la imitación. ¿O de las esferas celestes? ¿Cómo se habrían reunido y
formado los vapores en otro lugar que no fueran los sueños, y cómo habrían
podido las estrellas avaras enviar semejante mensaje de vida? Era un milagro
nacido de antiguas súplicas, de las pequeñas laminillas estridentes donde
gritan los muertos, de aventuras secretas entre antiguos cómplices. Nadie lo
sabe, nadie razonaba ya; también se decía que la desesperación había roto
milagrosamente el encadenamiento de causas y efectos y que aquel salto de unos
segundos había lavado el espacio hasta dejarlo límpido, o bien no, todo no era
más que conjeturas y sueños.
Así, los tiranos y los impostores
no se privaban de invocar a la Ausente para exprimir a los fieles ingenuos,
víctimas de una jerarquía de sectas, pero tal vez habría bastado con que
gimiera un animal, con que un triángulo de aves migratorias pasara sobre los
tejados, para que los amantes transfigurados recuperaran desde entonces la
mirada interior y el recuerdo de la voz reveladora. Así, por eclipses, los
pueblos volvían a sí mismos, el diamante surcaba los discursos descompuestos
mientras aparecía en la conciencia de los ermitaños exhaustos el trazado de las
roderas de su propia vida.
Los cronistas, en su jaula
retórica, sufrían incurables accesos de mutismo, incapaces ya de calificar el
extraño período. Aquejada de sonambulismo, la humanidad se orientaba a tientas
hacia el recuerdo de la salvación. Se lanzaba una pajarera de periodistas en
persecución de apariciones anunciadas y luego desmentidas, y he aquí que los
rastreadores soltados a un alto costo, creyendo acosar a una reina, eran
burlados en el último momento, pero, picados por el desafío, se disponían a
difundir como de costumbre noticias falsas cuando de pronto les fallaba la
memoria y la angustia los atenazaba por la garganta, extraviaba sus pasos. ¿Y
si aquel ser llegado de quién sabe dónde se vengaba? Tan grande era su sed de
pruebas tranquilizadoras emanadas de un poder trascendente.
Se observaban las fases de la luna,
los puestos de los astrólogos florecían, salmodiaban un saber muerto. Festones
de pensamientos confusos obstruían las mentes turbias. Se decía moda, furor,
psicosis, estupidez, engaño, manipulación, se agotaban los calificativos, se
razonaba dando crédito a los cálculos, los trenes se detenían ante obstáculos
invisibles y el cielo se convertía en escenario de los monstruosos ballets de
aviones y astros donde los códigos se recomponían y lanzaban herméticas
interferencias sobre las redes de aquellas Babeles caóticas donde los astutos
humanos se perdían en los meandros de su deseo de saqueo, de su miserable
avidez.
¿Por qué aquellos fantasmas,
aquellas gárgolas, brotaban de las máscaras de los fabricantes de discursos que
someten a sus semejantes, moldean y falsifican su espíritu? ¿Por qué aquella
estrella, o su imagen, estilizada entre comillas, reproducida en todas partes
para vender, prostituida en tantos miles de millones de ejemplares con su
estela de sangre en primera plana, según ciclos conocidos de antemano con sus
reacciones estereotipadas?
—¿Por qué Ella en particular? ¡La
Diva o su gemela, candidatas no faltan!
—Imagínense, tenía que rodar una
película, el contrato estaba casi firmado y ¡zas!, las imitaciones se
desvanecen, se descomponen, ¿qué se puede hacer? Es por culpa de Ella,
desaparecida otra vez.
—¡Ah! Habría que conseguir que Ella
no existiera.
—Pero Ella no está, ¿qué más piden?
—Diantre, que Ella sea una mentira
habitual, humana, de honrado comerciante. No esas desapariciones ni ese dulce
descarrilar: eso les rompe el espinazo a las empresas más sólidas.
—¡El orden, el Orden, el ORDEN!
—clamaban los acaudalados mientras el pueblo exultaba, susurraba, reía y
bailaba.
Porque nada conseguía saciar la
curiosidad excitada y el rumor seguía creciendo, incontrolado, repercutido por
todas las facetas, filtros y espejos deformantes de las comunicaciones en todo
el mundo. Una broma planetaria, decían los escépticos, o un genial engaño
divino –¿por qué no?– excomulgado por los sacerdotes.
Un niño la ha visto. Cerca del
estanque. Al anochecer. Porque se había demorado y se había perdido, porque
tenía miedo del sátiro, ya saben, ese que viola y degüella a los inocentes y
profana las tumbas y del que hablan todos los periódicos, y sus padres,
desesperados, buscaron al pequeño desaparecido. Error, «Ella» estaba allí,
puesto que él está sano y salvo; seguro que lo habría salvado del bosque de
mala fama después de que se extinguiera la última línea de plata y oro en el
crepúsculo.
Sí, cerca del estanque, en el
parque del castillo, había surgido de los nenúfares adormecidos y él había
corrido hacia ella y se había sumergido en el agua helada. ¿Y aquella hada
cruel lo había arrastrado hacia la ciénaga y el lodazal? No, lo había llevado
hacia la isla de juncos y bambúes en el centro de la extensión de agua para que
se durmiera apaciblemente a salvo de los ogros perversos en busca de carne
tierna que devorar. Había cantado con voz sobrenatural las palabras de una
antigua melodía que habían tropezado al saltar las piedras y las columnas del
tiempo y se habían perdido de exilio en traición.
Las plumas corrían y fabulaban. Por
fin había un tema único para todas las crónicas, una aspiración sencilla para
todos, y las comuniones volvían a formarse y los celos encendían de odio a los
jóvenes héroes lanzados a la conquista de aquel fenómeno fuera del tiempo y del
espacio y que, sin embargo, decían los filósofos, todo lógico puede aceptar
porque las proposiciones lógicas no emiten juicio alguno sobre los hechos.
Todo el estilo de la época se
impregnó de nuevos colores, de ritmos carnales, y la novedad entraba con
violencia y socavaba las posiciones adquiridas, los privilegios y el histérico
control de los poderosos. Cuando la ausencia de la Única empujaba el péndulo
hacia la incredulidad y los hombres regresaban a sus costumbres y sus vicios,
de pronto algún pastor en lo alto de una montaña, algún comerciante extraviado
en una estación desierta o unas niñas en su primera salida, en lugar de
encontrar rebaño, cliente o primer enamorado, la divisaban, sueño, artificio o
misterio –se llevaba un dedo a los labios, decían, giraba un anillo en su dedo,
hacía relucir sus joyas, en las que se reflejaba el universo, y tocaba su
música lenta–, entonces se acercaban los ángeles. Se acercaba aquello que
siempre huye, se esconde; ella amansaba lo ínfimo, tocaba el hondísimo reposo
del anciano devuelto a su majestad esencial, y el niño se maravillaba de un
gesto, una nota, un color, en su perfección sin mediación, tal como son por
naturaleza y sin artificio; entonces el pastor, o el tosco comerciante, o
incluso el jugador supersticioso, abría mucho los ojos y la sorpresa expulsaba
los pensamientos parásitos, los cadáveres de palabras y los desperdicios, y,
atraído hacia lo insondable dentro de sí, permanecía inmóvil, estupefacto,
atrapado en el juego de la gran iniciación sibilina en las verdades negadas.
Entonces un ir y venir de
encuentros, de tiempos y contratiempos rodeaba y acosaba a quien había sido
elegido durante unos segundos, y las vidas trastornadas influían por oleadas
sobre quienes las rodeaban, y de nuevo los ecos y los murmullos alcanzaban el
amplificador deformante y surcaban la actualidad y las preocupaciones de la
época, tan cuidadosamente deformadas para que siguieran siendo propiedad de una
élite engañosa y engañada a su vez por aquello que era de buen tono llamar «la
mayor superstición de nuestra época», comparable a las ingeniosas
prestidigitaciones y otros insólitos testimonios de los cuadernos del misterio
policial.
Decían «no es más que una mujer»,
pero precisamente. Sí. Todos deseaban verla, envidiaban a quienes la habían
visto, todos querían más que su imagen, más que lo que se decía de ella. Hacía
falta un cuerpo, para la felicidad, para la suerte, para tener un destello de
lo sublime en su álbum de pensamientos, un poema, un fragmento de estribillo,
una nada. Había que poseer un pedazo de objeto, una esquina de la tela de su
vestido, la huella de su paso por el suelo reproducida en millones de
ejemplares, algunos anillos robados.
Los traficantes abandonaban la
droga para lanzarse al negocio de los nuevos relicarios, los sacerdotes
revisaban sus breviarios y se leía a los poetas. Los amantes ofrecían a su
amada una hebra de seda de color estelar, los coleccionistas consumían noches
en vela, todos los museos relegaban las piezas antiguas y los viejos lienzos de
fulgores parduscos para dejar sitio a pétalos, ramitas, papel arrugado,
esquirlas de piedra, baratijas que ella había –decían los ladrones– tocado,
encantado, y los niños, acuclillados ante la quincallería, dibujaban las
escenas de los encuentros, los arrobamientos.
Se disputaban los títulos de
propiedad de los lugares solitarios. Los desiertos, las cumbres más altas, los
terrenos del casquete glaciar y de los planetas vecinos se vendían a precio de
oro, se los rodeaba de alambre de púas, cada propietario construía gruesos
muros alrededor de su huerto, ahondaba aún más los canales alrededor del prado
dejado en barbecho. Cada uno, secretamente, preparaba la llegada de la huésped
maravillosa, cada uno buscaba en los rasgos de las recién nacidas una imitación
de la perfección de la Llena de Gracia. Porque hasta la codicia recuperaba el
antiguo acto de construir un altar, una espera de piedra.
¿Cómo podía aquella locura
perpetuarse y vivir en la fría y funcional organización de los poderes, en la
sombría relación de fuerzas que cimentaba los destinos y fijaba las suertes?
Aquella efervescencia, aquel regreso desviaban la atención pública hacia fines
distintos de los asignados por la élite. Esta, sin embargo, veía con buenos
ojos aquella distracción antes del despertar del arquero, creyendo que sus
clérigos lograrían controlar el fenómeno y utilizarlo en beneficio propio. Pero
la astuta ninfa –una mujer muy sencilla, como Helena, que enloqueció a todo un
pueblo– aparecía y desaparecía cuando las cosas, devueltas al orden, se habían
reconstruido y estrechado bien para prohibirle todo lugar donde existir,
incluido su nombre.
Sin embargo, entre las multitudes,
los trazados de las conciencias, si pudieran formar un dibujo, trenzarían una
tela tan tupida que no habría ningún punto de fuga, escondite, abertura,
segundo de misterio, calderón o epifanía posible, un mundo herméticamente
cerrado por nuestra ignorancia y por la sorda tiranía del deseo colectivo, que
jamás dejará volar un encanto, huir un poema, liberarse un ángel. Y así los
incrédulos demostraban la imposibilidad del acontecimiento volcánico del
nacimiento de un ser libre, imperial y genialmente íntegro, como esas diosas
cuyo sueño hace palpitar los mármoles antiguos y cuya sonrisa todavía expresa
la alegría del reposo, esa maravilla que flota unos instantes en la aurora,
cuando la tierra parece aún tan vasta, desconocida y llena de riquezas.
El Poder controla, legisla, vigila,
penetra en todos los hogares, prohíbe la existencia de seres sin sello ni
registro en el pasado, en el presente y para siempre. Con la ayuda y la libre
voluntad del Pueblo. Sí, todos los jefes lo proclamaban: «Lo controlamos todo,
dominamos la situación». El aparato entero de la ciencia, a punto de penetrar
los secretos últimos de la vida, se extraviaba y vaticinaba, enfrentado a
incomprensibles indicios físicos, publicaba una letanía de comunicados
aterrados con conclusiones contradictorias. Qué importa, el Poder controla,
domina, castiga y vigila. Cada nueva aparición, aunque solo fuera susurrada y
murmurada y enseguida censurada, desencadenaba una nueva serie de medidas
represivas ciegas que abrumaban a los desdichados a quienes la Seductora había
rozado con una epifanía convulsiva, semilla de sueño y de viento que la gran
multitud anónima ya no sabía enterrar y proteger.
Y el yugo del Poder se
intensificaba, provocando a los pueblos, confiscando los esfuerzos,
multiplicando las restricciones, obsesionando a los espíritus refugiados detrás
de una fortaleza sitiada. La tierra, vieja presa en disputa, repetían los
charlatanes, sensual y muda, expulsaba a los hombres, esclavos de sus propios
pensamientos, lejos de la libertad de las cosas.
Y cuando el Poder se siente
amenazado, ya saben, ¿verdad…? La misma sempiterna historia, la conocen bien:
golpea mediante el sacrificio de inocentes condenados a participar en ordalías
inconfesables. Así, el mal decoroso, banal y corriente expulsará el escándalo.
Receta probada que cultiva las flores venenosas en los jardines del Ser.
Entonces la Reina de la Compasión
se vistió de oscuro, la noche protegió su gloria, se refugió en lo sombrío, en
el fondo de los lagos, en el silencio de las cuevas, tuvo que esconder en el
exilio su luz, la luz entera del universo, dejando apenas una apariencia de
ser, una cáscara hueca de pálidas imitaciones hecha de hábitos y repeticiones
que los hombres llamaron realidad y que, al menos, podían dominar.
Los seres volvían a sus
ocupaciones, ya nada perturbaba el orden gris donde todo era puntual, sin
sorpresas, sombrío y habitual. Las soledades yuxtapuestas, de intercambios
codificados y discursos previstos, ignoraban su riqueza vital y la fuerza
latente de las savias. Ya nunca más podría ocurrir nada. Se llamaría «riqueza»
a un rincón de arena frente al mar donde el estrépito de las ciudades concedía
una apariencia de tregua, y «cielo» a una parca aguada de gouache donde se
podían contar las estrellas. El placer ya no sería más que el sufrimiento del
otro. Así, la Academia se ocuparía de clasificar incansablemente a los seres en
cuadrículas para restituir a cada uno un magro usufructo llamado conciencia.
Todo era normal. Por fin. Los humanos réprobos gemían: «No hay salvación».
A la orilla del agua, la niña
descubría por primera vez los lirios, los altos tallos de bambú, y miraba vivir
y morir los destellos de luz; se mostraba absorta y grave, su espíritu
concentrado en las chispas se esforzaba por hacer vivir a cada una un poco más,
sostenía el pequeño fulgor y le inventaba aventuras.
La bruma envolvía la forma del
sauce como una dama blanca, y la niña reconocía en ella las historias que su
abuela le contaba sobre la Enviada, la Toda Espléndida. ¿Qué buscas entre los
juncos, soledad y viento? Oh, mi Dama, entre las miríadas de lucecitas, ¿cuál
es la primera? ¿Cuál enseña a las otras a brillar de nuevo? Quiero el secreto
de las cosas, dime, ¿por qué te has ido?
—No, mi Dama —suspiraba la niña—,
cubren el mundo de cifras y enseñan un saber muerto. Dime, entonces, qué hace
que esas flores sean tan blancas y cómo se mecen, ligeras, en la corriente.
¡Ten piedad! Si nos abandonas, caeremos fuera de la tierra, como las migas de
mi delantal.
Pero el jirón de bruma se
dispersaba en el aire translúcido, el sauce indiferente susurraba y se doblaba
mientras la niña, enojada, sacudía una brazada de hojas.
La noche de la hechicera ocultaba a
los ojos humanos lo que es demasiado grande. Desvaneciéndose en sus propios
encantamientos, cercenó lo visible y los colores gloriosos de sus velos, pero
la luz todavía brillaba en su rostro oscuro y su belleza rondaba a los más
sensibles entre los hombres. Entonces retiró su alma y cubrió con una coraza
hermética sus perlas y sus joyas, pero algún enigma las heredaba y
desencadenaba el odio. ¿Dónde se puede esconder la evidencia, la extraordinaria
verdad que todos buscan?
Se volvió aún más exangüe y ayunó,
castigó su propia belleza y se alojó entre los ascetas: detrás de gruesas
murallas enterró los secretos del alba y la memoria de la tierra.
Pero las bandadas de pájaros se
instalaban alrededor de la fortaleza y una algarabía, un estrépito de vida y de
música loca, alegre, ligera, lírica, revelaba todavía a la soberana invisible,
y el viento murmuraba alabanzas, los niños soñaban con explorar las grandes
salas desiertas, los laberintos, las escaleras ocultas, los húmedos tragaluces
de los sótanos para encontrar de nuevo la pista del ser luminoso. Se rebelaban,
rechazaban el mundo, juraban fidelidad a aquel medallón sobre su pecho, y el
rumor clandestino, transgrediendo la prohibición, recomenzaba en lenguaje
silencioso bajo las palabras ostensibles de quienes viven en voz alta, al
revés.
Entonces los vestigios volvían a
adquirir valor y el poder lanzaba sus anatemas y tomaba por blanco a quienes
todavía poseían preciosas reliquias legadas por sus antepasados, y se
celebraban solemnes autos de fe y las blasfemias brotaban, vengadoras, hacia
aquel infinito que había que densificar, reducir a la nada, enterrar, excluir,
o mejor aún, neutralizar, volver banal, insignificante. Desacralización
interminable que impregnaba los cuerpos a contrarritmo, canalizaba los
recorridos, las reminiscencias y cuadriculaba la insólita vida. Y el gran
asunto de todos era sofocar los últimos rastros de rebelión, reducir los
últimos focos de resistencia.
Y he aquí que se convirtió en la
sombra de lo que no tiene sombra, por fin imposible de detectar, pero compañera
ignorada de los viajes de la luz, alegre y silenciosa en la hospitalidad
vegetal. La naturaleza la recobraba y el Poder mismo tenía que beber su
esencia, llamada «materia». Pero en el eco del fondo del pozo todavía vibraba
algo de la nostalgia alquimista.
Pero la sombra todavía ensombrecía
al Poder tan celoso, y sus flechas afiladas apuntaban entonces a las partículas
más pequeñas de lo manifestado, en la exploración puntillosa de las cosas. Cada
nacimiento, en cada hogar, entre las miríadas de habitantes de la tierra, era
recibido con angustia, porque todavía podía deslizarse en él algún don de hada
o alguna sonrisa de astro.
Entonces las miradas se
convirtieron en saeteras, la sospecha se insinuó en el espíritu de los seres
carentes, obsesionados. Cada uno se volvió el vigilante de su prójimo,
escrutando los menores gestos de seres corrientes, sin nada de especial,
interpretando la menor apariencia.
Silencio de terror. Guerras de
payasos que salen de los espejos rotos, sin motivos, escalas de crueldad como
valores. Una historia áfona, fuera del tiempo. Autómatas y cálculos.
Y experimentaron el horror de
vivir. Y, sin embargo, aquel Otro terrible no era más que su amor.
Nunca se sabrá.
Rebecca Behar es una escritora,
poeta y artista de slam francesa. Su obra abarca poesía escrita y oral,
así como ficción y cuentos. Recibió la influencia de la radio underground y del
movimiento feminista. Libros
publicados: Poèmes urbains (poesía); Le Faune (cuentos); Conférences
et articles; 4 gamins dans le cosmos; Bulle d'Ozer y l'Enchanteur.
Sus poemas y artículos se han publicado en diversas revistas como Poetic
Bond, Escaner Cultural, World Poetry Yearbook y Ancrages.

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