domingo, 1 de noviembre de 2026

EL EXTERMINADOR DE RATAS

Iván Bojtor

 

Pasé el verano implacablemente caluroso de 1884, junto con algunos compañeros de armas, en el palacio del rajá de Maritna. Allí dentro, a la sombra de las bóvedas, entre las piscinas y las fuentes, el calor todavía era soportable, aunque esporádicamente solíamos aventurarnos más allá de los muros. En los campos, junto a los caminos, por dondequiera que fuéramos, yacían los cadáveres resecos de pájaros y ratones. Y entonces, una mañana, aparecieron las ratas. No de una en una, como suele suceder en nuestra tierra, sino en grupos. ¡Qué digo en grupos! ¡En hordas! La ladera de la colina que teníamos enfrente estaba cubierta por una masa parda. Era un espectáculo aterrador.

El administrador del rajá envió de inmediato un mensajero a las montañas, en busca del exterminador de ratas. Nosotros nos limitamos a sonreír. «¿Qué podría hacer un solo hombre contra tantas ratas?».

Después de la puesta del sol estábamos sentados en una de las terrazas cuando vimos al administrador. Lo llamamos y comenzamos a preguntarle por aquel «famoso» exterminador de ratas.

Nos contó que vivía en las montañas, entre los miembros de una de las tribus. Si aquellos seres espantosos aparecían en alguna aldea, lo llamaban y él acababa con todos en tres días. Cinco años antes había estado en el palacio y había cumplido tan bien su cometido que, durante mucho tiempo, no encontraron una sola rata. También le preguntamos por su método, pero el administrador se limitó a negar con la cabeza. Aseguró que nadie lo conocía. Él había hablado con el exterminador cuando llegó. No llevaba nada consigo: ni veneno, ni trampas, ni ninguna otra cosa. Solo pidió que todos abandonaran el palacio durante tres días y regresaran al amanecer del cuarto, y que antes de marcharse apilaran una gran cantidad de leña junto a la puerta principal, pero sin encenderla. Ya en la segunda noche habían visto el fuego desde lejos. Cuando regresaron, la hoguera seguía ardiendo. Aquella montaña de cadáveres de ratas entre las brasas despedía un hedor insoportable.

El teniente Barrow comentó entre risas que en nuestra tierra, Inglaterra, también vendría bien un exterminador de ratas como aquel para nuestros puertos. Y añadió que seguramente podríamos obtener una buena suma por el veneno que utilizaba el tipo. El administrador siguió negando con la cabeza: «No usa veneno. Yo no vi que llevara nada. Ni siquiera un bastón. Su única prenda era un taparrabos».

Al amanecer nos despertaron unos gritos y lamentos desgarradores. El mensajero había regresado con la noticia de que el exterminador no podía acudir porque lo habían matado.

El rajá, que por otra parte tenía fama de ser partidario de la justicia civil, se enfureció tanto que ordenó que llevaran al culpable al palacio, vivo o muerto.

El administrador partió con diez guardias del palacio. Después de pensarlo un poco, nosotros también fuimos tras ellos.

Al capitán Ayrton, médico de nuestro regimiento, le rondaba la idea de que, si averiguábamos qué sustancia milagrosa usaba el exterminador, podríamos emplearla para prevenir las epidemias de peste. Al teniente Hobson, que ya sabía que había sido elegido para comandar un pequeño fuerte cercano, le interesaba más averiguar de dónde sacaban sus armas modernas aquellas tribus siempre dispuestas a sublevarse, que apenas prestaban atención a las órdenes del rajá o a las disposiciones de la administración británica. Barrow y yo nos unimos a ellos simplemente porque estábamos aburridos de la inactividad de las últimas semanas.

Cuando los alcanzamos, el administrador nos contó toda clase de historias para que diéramos la vuelta. Habló de senderos escarpados donde corríamos peligro de muerte, de jefes de bandoleros enloquecidos, de pozos secos, de serpientes venenosas, de mulas con las patas rotas y de quién sabe cuántas cosas más. Como solo consiguió que todo el asunto nos pareciera aún más misterioso, no nos dejamos disuadir. Huelga decir que el camino no era en absoluto tan peligroso como aseguraba el administrador, aunque de vez en cuando advertíamos que nos observaban y nos seguían desde lejos.

Tampoco causamos demasiado revuelo entre los habitantes de la aldea. «¡Si están aquí, pues están aquí!». Incluso nos mostraron de buena gana el cadáver del exterminador de ratas… ¡pero de eso hablaré más adelante! Solo se volvieron hostiles cuando el administrador anunció la orden del rajá. Toda la aldea se reunió; gritaban y agitaban los puños.

Finalmente, de entre ellos salió un anciano de barba blanca que primero apaciguó a los más ruidosos y luego le dijo al administrador que él había matado al exterminador y que estaba dispuesto a acompañarlo ante el rajá, cualquiera que fuese la suerte que le esperaba. Los aldeanos lo despidieron como a un héroe: arrojaron flores a su paso y le colocaron en el cuello una corona trenzada con ramas verdes.

El juicio –si es que se lo puede llamar así– duró tal vez diez minutos. A nosotros, los ingleses, no nos permitieron entrar en la sala. Cuando se abrió la puerta, el anciano fue el primero en salir, seguido por un guardia, que lo acompañó hasta la puerta oriental del palacio y… Y lo dejó en libertad.

Permanecimos allí un rato, desconcertados, pero como no salió nadie más, nos fuimos a dormir, pues todos estábamos cansados después del largo viaje.

Tardamos una semana en sacarle al administrador todos los detalles de lo que había ocurrido en aquel juicio, al término del cual el anciano había quedado en libertad.

En pocas palabras, la historia era la siguiente: el exterminador de ratas había pedido en matrimonio a la nieta del anciano. La familia fingió aceptar la boda, pero todos sabían muy bien que aquello significaría la muerte de la joven. El exterminador había tenido ya tres esposas, y todas habían muerto entre terribles sufrimientos. En un consejo familiar eligieron al anciano –«De todos modos, no le queda mucho tiempo de vida»– para que acabara con él. El hombre tomó una pala, se acercó a hurtadillas por detrás del exterminador en la plaza principal de la aldea y, desde una distancia de cuatro pasos, lo golpeó en la espalda con ella. No murió de inmediato. Según contaron, estuvo gimiendo hasta el anochecer. Su cadáver permaneció tendido en el polvo durante días, porque nadie se atrevía a tocarlo.

Cuando el exterminador de ratas era pequeño, mientras jugaba entre las rocas, lo mordió una serpiente venenosa. (No pudimos averiguar de qué especie se trataba, aunque el capitán Ayrton y el teniente Barrow preguntaron a todo el mundo durante semanas). Estuvo a punto de morir, pero, mientras se debatía entre la vida y la muerte, tuvo toda clase de visiones maravillosas. Al parecer, más tarde se hizo morder varias veces, hasta que el veneno dejó de afectarlo por completo. Un día, mientras cargaba unos sacos en su carreta, lo mordió una rata. Y entonces se «iluminó»: comprendió cuál era su misión, pues la rata murió después de retorcerse unos instantes. Algunos años más tarde –según supimos–, incluso el rajá lo llamaba para exterminar ratas. Se convirtió en un hombre importante de la aldea y podía elegir a su gusto entre las muchachas.

¡Y ahora vuelvo a su cadáver!

Nunca había visto un cadáver tan repugnante, y eso que había presenciado batallas de lo más sangrientas. Su piel reseca estaba cubierta de una infinidad de heridas. La mayoría ya había cicatrizado, pero también tenía innumerables llagas infectadas. Ese era el gran secreto. Cuando veía una rata, se sentaba en el suelo y se hacía un corte; la rata lamía su sangre y moría a causa del veneno que contenía. Pero aquellas horribles heridas purulentas no solo acababan con las ratas: también mataban a sus esposas cuando él las tocaba.

¡Ah, sí! Entretanto, la horda de ratas se había desplazado hacia las tierras del maharajá vecino, porque allí había llovido más y la sequía no era tan intensa como en Maritna.

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300, GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

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