Iván Bojtor
Pasé el verano
implacablemente caluroso de 1884, junto con algunos compañeros de armas, en el
palacio del rajá de Maritna. Allí dentro, a la sombra de las bóvedas, entre las
piscinas y las fuentes, el calor todavía era soportable, aunque esporádicamente
solíamos aventurarnos más allá de los muros. En los campos, junto a los
caminos, por dondequiera que fuéramos, yacían los cadáveres resecos de pájaros
y ratones. Y entonces, una mañana, aparecieron las ratas. No de una en una,
como suele suceder en nuestra tierra, sino en grupos. ¡Qué digo en grupos! ¡En
hordas! La ladera de la colina que teníamos enfrente estaba cubierta por una
masa parda. Era un espectáculo aterrador.
El administrador del rajá envió de
inmediato un mensajero a las montañas, en busca del exterminador de ratas.
Nosotros nos limitamos a sonreír. «¿Qué podría hacer un solo hombre contra
tantas ratas?».
Después de la puesta del sol
estábamos sentados en una de las terrazas cuando vimos al administrador. Lo
llamamos y comenzamos a preguntarle por aquel «famoso» exterminador de ratas.
Nos contó que vivía en las
montañas, entre los miembros de una de las tribus. Si aquellos seres espantosos
aparecían en alguna aldea, lo llamaban y él acababa con todos en tres días.
Cinco años antes había estado en el palacio y había cumplido tan bien su
cometido que, durante mucho tiempo, no encontraron una sola rata. También le
preguntamos por su método, pero el administrador se limitó a negar con la
cabeza. Aseguró que nadie lo conocía. Él había hablado con el exterminador
cuando llegó. No llevaba nada consigo: ni veneno, ni trampas, ni ninguna otra
cosa. Solo pidió que todos abandonaran el palacio durante tres días y
regresaran al amanecer del cuarto, y que antes de marcharse apilaran una gran
cantidad de leña junto a la puerta principal, pero sin encenderla. Ya en la
segunda noche habían visto el fuego desde lejos. Cuando regresaron, la hoguera
seguía ardiendo. Aquella montaña de cadáveres de ratas entre las brasas
despedía un hedor insoportable.
El teniente Barrow comentó entre
risas que en nuestra tierra, Inglaterra, también vendría bien un exterminador
de ratas como aquel para nuestros puertos. Y añadió que seguramente podríamos
obtener una buena suma por el veneno que utilizaba el tipo. El administrador
siguió negando con la cabeza: «No usa veneno. Yo no vi que llevara nada. Ni
siquiera un bastón. Su única prenda era un taparrabos».
Al amanecer nos despertaron unos
gritos y lamentos desgarradores. El mensajero había regresado con la noticia de
que el exterminador no podía acudir porque lo habían matado.
El rajá, que por otra parte tenía
fama de ser partidario de la justicia civil, se enfureció tanto que ordenó que
llevaran al culpable al palacio, vivo o muerto.
El administrador partió con diez
guardias del palacio. Después de pensarlo un poco, nosotros también fuimos tras
ellos.
Al capitán Ayrton, médico de
nuestro regimiento, le rondaba la idea de que, si averiguábamos qué sustancia
milagrosa usaba el exterminador, podríamos emplearla para prevenir las
epidemias de peste. Al teniente Hobson, que ya sabía que había sido elegido para
comandar un pequeño fuerte cercano, le interesaba más averiguar de dónde
sacaban sus armas modernas aquellas tribus siempre dispuestas a sublevarse, que
apenas prestaban atención a las órdenes del rajá o a las disposiciones de la
administración británica. Barrow y yo nos unimos a ellos simplemente porque
estábamos aburridos de la inactividad de las últimas semanas.
Cuando los alcanzamos, el
administrador nos contó toda clase de historias para que diéramos la vuelta.
Habló de senderos escarpados donde corríamos peligro de muerte, de jefes de
bandoleros enloquecidos, de pozos secos, de serpientes venenosas, de mulas con
las patas rotas y de quién sabe cuántas cosas más. Como solo consiguió que todo
el asunto nos pareciera aún más misterioso, no nos dejamos disuadir. Huelga
decir que el camino no era en absoluto tan peligroso como aseguraba el
administrador, aunque de vez en cuando advertíamos que nos observaban y nos
seguían desde lejos.
Tampoco causamos demasiado revuelo
entre los habitantes de la aldea. «¡Si están aquí, pues están aquí!». Incluso
nos mostraron de buena gana el cadáver del exterminador de ratas… ¡pero de eso
hablaré más adelante! Solo se volvieron hostiles cuando el administrador
anunció la orden del rajá. Toda la aldea se reunió; gritaban y agitaban los
puños.
Finalmente, de entre ellos salió un
anciano de barba blanca que primero apaciguó a los más ruidosos y luego le dijo
al administrador que él había matado al exterminador y que estaba dispuesto a
acompañarlo ante el rajá, cualquiera que fuese la suerte que le esperaba. Los
aldeanos lo despidieron como a un héroe: arrojaron flores a su paso y le
colocaron en el cuello una corona trenzada con ramas verdes.
El juicio –si es que se lo puede
llamar así– duró tal vez diez minutos. A nosotros, los ingleses, no nos
permitieron entrar en la sala. Cuando se abrió la puerta, el anciano fue el
primero en salir, seguido por un guardia, que lo acompañó hasta la puerta
oriental del palacio y… Y lo dejó en libertad.
Permanecimos allí un rato,
desconcertados, pero como no salió nadie más, nos fuimos a dormir, pues todos
estábamos cansados después del largo viaje.
Tardamos una semana en sacarle al
administrador todos los detalles de lo que había ocurrido en aquel juicio, al
término del cual el anciano había quedado en libertad.
En pocas palabras, la historia era
la siguiente: el exterminador de ratas había pedido en matrimonio a la nieta
del anciano. La familia fingió aceptar la boda, pero todos sabían muy bien que
aquello significaría la muerte de la joven. El exterminador había tenido ya
tres esposas, y todas habían muerto entre terribles sufrimientos. En un consejo
familiar eligieron al anciano –«De todos modos, no le queda mucho tiempo de
vida»– para que acabara con él. El hombre tomó una pala, se acercó a
hurtadillas por detrás del exterminador en la plaza principal de la aldea y,
desde una distancia de cuatro pasos, lo golpeó en la espalda con ella. No murió
de inmediato. Según contaron, estuvo gimiendo hasta el anochecer. Su cadáver
permaneció tendido en el polvo durante días, porque nadie se atrevía a tocarlo.
Cuando el exterminador de ratas era
pequeño, mientras jugaba entre las rocas, lo mordió una serpiente venenosa. (No
pudimos averiguar de qué especie se trataba, aunque el capitán Ayrton y el
teniente Barrow preguntaron a todo el mundo durante semanas). Estuvo a punto de
morir, pero, mientras se debatía entre la vida y la muerte, tuvo toda clase de
visiones maravillosas. Al parecer, más tarde se hizo morder varias veces, hasta
que el veneno dejó de afectarlo por completo. Un día, mientras cargaba unos sacos
en su carreta, lo mordió una rata. Y entonces se «iluminó»: comprendió cuál era
su misión, pues la rata murió después de retorcerse unos instantes. Algunos
años más tarde –según supimos–, incluso el rajá lo llamaba para exterminar
ratas. Se convirtió en un hombre importante de la aldea y podía elegir a su
gusto entre las muchachas.
¡Y ahora vuelvo a su cadáver!
Nunca había visto un cadáver tan
repugnante, y eso que había presenciado batallas de lo más sangrientas. Su piel
reseca estaba cubierta de una infinidad de heridas. La mayoría ya había
cicatrizado, pero también tenía innumerables llagas infectadas. Ese era el gran
secreto. Cuando veía una rata, se sentaba en el suelo y se hacía un corte; la
rata lamía su sangre y moría a causa del veneno que contenía. Pero aquellas
horribles heridas purulentas no solo acababan con las ratas: también mataban a
sus esposas cuando él las tocaba.
¡Ah, sí! Entretanto, la horda de ratas se había desplazado hacia las tierras del maharajá vecino, porque allí había llovido más y la sequía no era tan intensa como en Maritna.

No hay comentarios:
Publicar un comentario