viernes, 30 de octubre de 2026

GALOPE EN MI EDIFICIO

Lana Derkač

 

Me despertó un trote que se convirtió en galope. Avanzaba desde el piso de arriba de nuestro departamento hacia la planta baja. Me resultaba extraño oír aquel sonido como si él mismo emitiera su propia voz, como si el ser vivo fuera él y no un caballo. ¿Existía siquiera el animal? ¿Había perdido la capacidad de relinchar y el golpeteo de los cascos era lo único con lo que podía expresarse?

¿Un caballo en la escalera? ¿En plena ciudad? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué se retiraba con tanta rapidez?

Por un momento pensé que había visitado al vecino del quinto piso, tres pisos por encima del mío. Era el único del edificio cuyo origen se desconocía y tal vez hubiera tenido alguna relación con los caballos. ¡Qué va! Aquel hombre era demasiado práctico, y yo intuía que este no era un caballo en venta. Se decía que el vecino, refugiado, había acabado en un hospital psiquiátrico, pero que muy pronto había salido adelante. Aprendió el idioma, consiguió empleo como un trabajador más, fue ascendiendo y, quién sabe mediante qué maniobras, llegó a ser gerente.

Pero intuía que aquel caballo era, ante todo, algo más que un caballo. Que el animal irreal de la escalera podía ser un símbolo. Que un caballo común jamás habría subido por allí.

Y todo se me aclaró bastante. ¡Era Pegaso! Aunque dudo que en aquel pasillo estrecho hubiera tenido espacio suficiente para las alas. A menos que estuvieran atrofiadas, quizá incluso cortadas.

Se marchaba del edificio porque mi inspiración para escribir había desaparecido.

Cada vez que la sequía se instalaba en mis pensamientos y los agrietaba como una tierra que, pese a todo, aún se mantenía unida, sentía que se perdía la conexión entre ellos, se secaba la concentración y mis observaciones empobrecidas apenas lograban formar un conjunto débil y desvaído. Sabía que podía pasar horas mirando un punto de la habitación sin captar nada. Y no tenía fuerzas para interrumpir aquella actividad embrutecedora, si es que se podía hablar de actividad. Perdía el tiempo, no conseguía ponerme en movimiento, y había tanto por hacer. En esos momentos, hasta las tareas domésticas quedaban detenidas y, fuera de mi control, se volvían independientes. Pero, liberadas de mis movimientos y de mi atención, permanecían inmóviles, como si también ellas hubieran perdido la capacidad de moverse, sin voluntad de levantarse del suelo o de las superficies de los muebles y emprender cualquier cosa. Aunque solo fuera para celebrar su libertad.

Arrastraba una falta crónica de sueño. Eso contribuía a mi embotamiento, y yo demoraba el momento de poner fin a aquel estado lastimoso. Varias veces me sumí en un sueño breve, arrellanada en el sofá, todavía sentada, con la cabeza bamboleándose sin apoyo.

Pasaban los días sin inspiración. La sequía me había dado sed, y yo intentaba entrar en contacto con cualquier cosa bella e impactante que despertara en mí una emoción intensa, ya que no podía escribir poesía ni prosa. Ya que me había quedado sin las vivencias que un texto podía suscitar en mí.

Hacía esculturas poco convincentes con papel de periódico y pasta de modelar, volvía a ensartar cuentas de piedra sueltas para formar collares al menos un poco distintos de los que había tenido antes, fotografiaba sombras… Extrañaba enormemente la personalidad que expresaba a través de la escritura. Me había perdido en un espacio conocido; sabía exactamente dónde y por qué, pero eso no ayudaba, así que intentaba llenar el vacío incluso decorando pasteles. Sin embargo, la piel del pastel me ardía como si fuera la mía, cubierta de una erupción por haberla tratado mal. Cuando intentaba dejar sobre ella letras invisibles, en cuanto la conciencia las alcanzaba se convertían en pequeñas heridas.

Ya que no podía escribir, miraba un sinfín de libros ilustrados sobre pintura. Sobre objetos bellos. Contemplaba la exuberante efervescencia del cielo, que desde las nubes blancas se derramaba en mis ojos hambrientos, inundados a diario de falsificaciones de la naturaleza. Flores artificiales, césped y otras copias de plástico.

Cada vez era mayor mi deseo de contemplar la naturaleza también en los cuadros. Y cada vez menor la abstracción que dominaba las paredes de mi departamento. Tampoco tenía nada en contra de la figura humana, desde luego; prefería los cuadros más oscuros, en los que apenas se distinguían siluetas humanas sumidas en la meditación. Y también me atraían las figuras situadas en paisajes intactos, como las que pintaban los impresionistas.

Mucho tiempo atrás, con mis primeros sueldos, había comprado algunos cuadros, en su mayoría abstractos, que cada vez me gustaban menos. No eran obra de pintores desconocidos; sin duda estaban realizados con cierta destreza, pero me habían dejado de importar. Creo que no se trataba solo de que, con los años, se hubieran convertido en una parte imperceptible del mobiliario y se hubieran integrado en la rutina cotidiana. En realidad, nunca habían despertado en mí una emoción tan intensa como los cuadros del museo de Skagen, en los que la luz cae de una manera especial sobre la costa. O los pintados en los cafés parisinos. Como los cuadros profundamente meditativos de Stančić. Como Lluvia, de Steiner.

Pegaso llevaba días sin aparecer, lo cual era una mala señal. Había sustituido la falta de inspiración por una intensa atención a las paredes del departamento. Por la insatisfacción ante unos cuadros que llevaba años mirando y me dejaban vacía.

Pensé en la reproducción de Mujer con sombrilla, de Monet, que habíamos traído de Giverny, y sentí deseos de contemplarla. La bajé de lo alto del armario y por fin sentí alegría.

Estaba pensando qué marco le quedaría mejor cuando llamó mi madre, y le dije entusiasmada:

—¿Sabes? Voy a quitar el cuadro que está sobre la mesa del comedor. Me ha aburrido.

—¿Ese que queda tan bien allí? –preguntó.

—Ese mismo.

—¿Y cuál vas a colgar en su lugar?

—Una reproducción.

—¿Una reproducción? —Mi madre ni siquiera intentó disimular su asombro—. ¿Y todos esos originales que tienes?

—Quiero contemplar Mujer con sombrilla —le expliqué.

No tenía motivos para mantener un cuadro en la pared solo porque fuera un original, y me pregunté si en realidad llevaba años sometida al conformismo. Mirando un cuadro al que una reproducción eclipsaba porque sobre la mesa había querido tener una obra más cara y no una más bella. Y eso en un departamento al que casi nadie viene, porque no recuerdo cuándo tuve tiempo libre por última vez. ¿Para quién había colgado allí el cuadro anterior? ¿Para las personas a las que había pensado invitar, pero no invité, o para mi propio disfrute? ¿Tanto había cambiado mi gusto?

Despreciaba el conformismo y el esnobismo. Diré con orgullo que sobre la mesa he colgado una reproducción que, incluso antes de estar en la pared, despierta en mí una alegría invencible.

Tal vez también podría sustituir por una reproducción cierto dibujo poco memorable, pensé.

Sentí cómo la luz y la hierba de la escena de Monet crecían dentro de mí hasta convertirse en poesía. Cómo el movimiento de la falda de la mujer entraba en ella, perdía los rasgos de una acción ajena y se transformaba en otro ser vivo. Dudaba acerca de qué clase de palabra predominaba allí. El verbo moverse se había convertido en el sustantivo movimiento, y lo que aún debía comprender eran las propiedades de aquel ser inanimado y vivo, capaz de adentrarse en mis preocupaciones y acabar con la sequía. Sabía que esta solo desaparecería cuando encontrara los adjetivos que explicaran suficientemente el movimiento.

Y en mi reflexión sobre la falda al viento irrumpen ahora otros movimientos que producen un trote y se convierten en galope. Llegan desde la escalera.

Comprendo que Pegaso ha vuelto.

Lana Derkač (Požega, Croacia, 1969) se graduó en la Facultad de Filosofía y Letras en Zagreb. En Croacia ha publicado 12 antologías poéticas, 3 colecciones de cuentos, una novela, un libro de textos de drama y uno de ensayos.  También, ha publicado los libros de poesía en México, Bélgica, Túnez, Montenegro, Kosovo y Macedonia del Norte.  Sus obras han sido incluidas en antologías, panoramas y anuarios en Croacia y en el extranjero. Sus textos han sido traducidos a 24 lenguas. Obtuvo varios premios literarios: El premio literario croata Zdravko Pucak, el premio para el mejor libro de poemas de un autor de Eslavonia Duhovno hrašće, el premio Risto Ratković por la mejor colección de poemas en la región, o sea, en el territorio de Montenegro, Bosnia y Hercegovina, Serbia y Croacia (Montenegro), el premio croata Vinum et  poeta y el premio para el mejor libro de poesía croata Tin Ujević.

 

 

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