Lana Derkač
Me despertó un
trote que se convirtió en galope. Avanzaba desde el piso de arriba de nuestro
departamento hacia la planta baja. Me resultaba extraño oír aquel sonido como
si él mismo emitiera su propia voz, como si el ser vivo fuera él y no un
caballo. ¿Existía siquiera el animal? ¿Había perdido la capacidad de relinchar
y el golpeteo de los cascos era lo único con lo que podía expresarse?
¿Un caballo en la escalera? ¿En
plena ciudad? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué se retiraba con tanta rapidez?
Por un momento pensé que había
visitado al vecino del quinto piso, tres pisos por encima del mío. Era el único
del edificio cuyo origen se desconocía y tal vez hubiera tenido alguna relación
con los caballos. ¡Qué va! Aquel hombre era demasiado práctico, y yo intuía que
este no era un caballo en venta. Se decía que el vecino, refugiado, había
acabado en un hospital psiquiátrico, pero que muy pronto había salido adelante.
Aprendió el idioma, consiguió empleo como un trabajador más, fue ascendiendo y,
quién sabe mediante qué maniobras, llegó a ser gerente.
Pero intuía que aquel caballo era,
ante todo, algo más que un caballo. Que el animal irreal de la escalera podía
ser un símbolo. Que un caballo común jamás habría subido por allí.
Y todo se me aclaró bastante. ¡Era
Pegaso! Aunque dudo que en aquel pasillo estrecho hubiera tenido espacio
suficiente para las alas. A menos que estuvieran atrofiadas, quizá incluso
cortadas.
Se marchaba del edificio porque mi
inspiración para escribir había desaparecido.
Cada vez que la sequía se instalaba
en mis pensamientos y los agrietaba como una tierra que, pese a todo, aún se
mantenía unida, sentía que se perdía la conexión entre ellos, se secaba la
concentración y mis observaciones empobrecidas apenas lograban formar un
conjunto débil y desvaído. Sabía que podía pasar horas mirando un punto de la
habitación sin captar nada. Y no tenía fuerzas para interrumpir aquella
actividad embrutecedora, si es que se podía hablar de actividad. Perdía el
tiempo, no conseguía ponerme en movimiento, y había tanto por hacer. En esos
momentos, hasta las tareas domésticas quedaban detenidas y, fuera de mi
control, se volvían independientes. Pero, liberadas de mis movimientos y de mi
atención, permanecían inmóviles, como si también ellas hubieran perdido la
capacidad de moverse, sin voluntad de levantarse del suelo o de las superficies
de los muebles y emprender cualquier cosa. Aunque solo fuera para celebrar su
libertad.
Arrastraba una falta crónica de
sueño. Eso contribuía a mi embotamiento, y yo demoraba el momento de poner fin
a aquel estado lastimoso. Varias veces me sumí en un sueño breve, arrellanada
en el sofá, todavía sentada, con la cabeza bamboleándose sin apoyo.
Pasaban los días sin inspiración.
La sequía me había dado sed, y yo intentaba entrar en contacto con cualquier
cosa bella e impactante que despertara en mí una emoción intensa, ya que no
podía escribir poesía ni prosa. Ya que me había quedado sin las vivencias que
un texto podía suscitar en mí.
Hacía esculturas poco convincentes
con papel de periódico y pasta de modelar, volvía a ensartar cuentas de piedra
sueltas para formar collares al menos un poco distintos de los que había tenido
antes, fotografiaba sombras… Extrañaba enormemente la personalidad que
expresaba a través de la escritura. Me había perdido en un espacio conocido;
sabía exactamente dónde y por qué, pero eso no ayudaba, así que intentaba
llenar el vacío incluso decorando pasteles. Sin embargo, la piel del pastel me
ardía como si fuera la mía, cubierta de una erupción por haberla tratado mal.
Cuando intentaba dejar sobre ella letras invisibles, en cuanto la conciencia
las alcanzaba se convertían en pequeñas heridas.
Ya que no podía escribir, miraba un
sinfín de libros ilustrados sobre pintura. Sobre objetos bellos. Contemplaba la
exuberante efervescencia del cielo, que desde las nubes blancas se derramaba en
mis ojos hambrientos, inundados a diario de falsificaciones de la naturaleza.
Flores artificiales, césped y otras copias de plástico.
Cada vez era mayor mi deseo de contemplar
la naturaleza también en los cuadros. Y cada vez menor la abstracción que
dominaba las paredes de mi departamento. Tampoco tenía nada en contra de la
figura humana, desde luego; prefería los cuadros más oscuros, en los que apenas
se distinguían siluetas humanas sumidas en la meditación. Y también me atraían
las figuras situadas en paisajes intactos, como las que pintaban los
impresionistas.
Mucho tiempo atrás, con mis
primeros sueldos, había comprado algunos cuadros, en su mayoría abstractos, que
cada vez me gustaban menos. No eran obra de pintores desconocidos; sin duda
estaban realizados con cierta destreza, pero me habían dejado de importar. Creo
que no se trataba solo de que, con los años, se hubieran convertido en una
parte imperceptible del mobiliario y se hubieran integrado en la rutina cotidiana.
En realidad, nunca habían despertado en mí una emoción tan intensa como los
cuadros del museo de Skagen, en los que la luz cae de una manera especial sobre
la costa. O los pintados en los cafés parisinos. Como los cuadros profundamente
meditativos de Stančić. Como Lluvia, de Steiner.
Pegaso llevaba días sin aparecer,
lo cual era una mala señal. Había sustituido la falta de inspiración por una
intensa atención a las paredes del departamento. Por la insatisfacción ante
unos cuadros que llevaba años mirando y me dejaban vacía.
Pensé en la reproducción de Mujer
con sombrilla, de Monet, que habíamos traído de Giverny, y sentí deseos de
contemplarla. La bajé de lo alto del armario y por fin sentí alegría.
Estaba pensando qué marco le
quedaría mejor cuando llamó mi madre, y le dije entusiasmada:
—¿Sabes? Voy a quitar el cuadro que
está sobre la mesa del comedor. Me ha aburrido.
—¿Ese que queda tan bien allí?
–preguntó.
—Ese mismo.
—¿Y cuál vas a colgar en su lugar?
—Una reproducción.
—¿Una reproducción? —Mi madre ni
siquiera intentó disimular su asombro—. ¿Y todos esos originales que tienes?
—Quiero contemplar Mujer con
sombrilla —le expliqué.
No tenía motivos para mantener un
cuadro en la pared solo porque fuera un original, y me pregunté si en realidad
llevaba años sometida al conformismo. Mirando un cuadro al que una reproducción
eclipsaba porque sobre la mesa había querido tener una obra más cara y no una
más bella. Y eso en un departamento al que casi nadie viene, porque no recuerdo
cuándo tuve tiempo libre por última vez. ¿Para quién había colgado allí el
cuadro anterior? ¿Para las personas a las que había pensado invitar, pero no
invité, o para mi propio disfrute? ¿Tanto había cambiado mi gusto?
Despreciaba el conformismo y el
esnobismo. Diré con orgullo que sobre la mesa he colgado una reproducción que,
incluso antes de estar en la pared, despierta en mí una alegría invencible.
Tal vez también podría sustituir
por una reproducción cierto dibujo poco memorable, pensé.
Sentí cómo la luz y la hierba de la
escena de Monet crecían dentro de mí hasta convertirse en poesía. Cómo el
movimiento de la falda de la mujer entraba en ella, perdía los rasgos de una
acción ajena y se transformaba en otro ser vivo. Dudaba acerca de qué clase de
palabra predominaba allí. El verbo moverse se había convertido en el
sustantivo movimiento, y lo que aún debía comprender eran las
propiedades de aquel ser inanimado y vivo, capaz de adentrarse en mis
preocupaciones y acabar con la sequía. Sabía que esta solo desaparecería cuando
encontrara los adjetivos que explicaran suficientemente el movimiento.
Y en mi reflexión sobre la falda al
viento irrumpen ahora otros movimientos que producen un trote y se convierten
en galope. Llegan desde la escalera.
Comprendo que Pegaso ha vuelto.
Lana Derkač (Požega, Croacia, 1969) se graduó en la Facultad de Filosofía y Letras en Zagreb. En Croacia ha publicado 12 antologías poéticas, 3 colecciones de cuentos, una novela, un libro de textos de drama y uno de ensayos. También, ha publicado los libros de poesía en México, Bélgica, Túnez, Montenegro, Kosovo y Macedonia del Norte. Sus obras han sido incluidas en antologías, panoramas y anuarios en Croacia y en el extranjero. Sus textos han sido traducidos a 24 lenguas. Obtuvo varios premios literarios: El premio literario croata Zdravko Pucak, el premio para el mejor libro de poemas de un autor de Eslavonia Duhovno hrašće, el premio Risto Ratković por la mejor colección de poemas en la región, o sea, en el territorio de Montenegro, Bosnia y Hercegovina, Serbia y Croacia (Montenegro), el premio croata Vinum et poeta y el premio para el mejor libro de poesía croata Tin Ujević.

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