Cristina Chiesa
El señor Benavídez se despertó esa mañana bajo el influjo de
una voz nasal.
—Buenos días, señor
Benavídez, hora de levantarse.
La voz repitió la misma
frase una y otra vez hasta que una mano salida de debajo de la cobija tomó el
despertador y lo tiró al piso.
Se levantó de mal humor –como
casi todos los días– y puso la cafetera a calentar mientras mordisqueaba un
trozo de pan. Cuando la cafetera estuvo a punto, un pitido del infierno hizo
prenderse una luz verde y él supo que podía ya beberlo. Acto seguido, la taza
puesta en la pileta de la cocina fue lavada automáticamente por un chorro de
agua caliente y jabonosa, que –le habían asegurado– no arruinaba las manos.
Salió a una calle tan
iluminada que opacaba el cielo casi nocturno de la madrugada y se encaminó a la
parada del autobús digital. Al subir puso la tarjeta magnética y un cartel
naranja desde dónde salía una voz átona, le anunció que su boleto había sido ya
cobrado. Ya no existían conductores, habían ido desapareciendo a medida que los
buses electrónicos que no despedían humo y no producían sonido alguno habían
sido puestos en circulación. Caminó entre la gente, buscando un lugar, el olor
del interior era rancio y las caras de los trabajadores se le metían debajo de
la piel, como torturándolo; eran caras como de corral, algunas bovinas, otras
como de aves desesperadas. Clavó espantado la mirada en el suelo, se sintió
mal, descompuesto del estómago y terriblemente violento, con unas ganas de
destrozar, de arrebatar esas miradas a la vida, de dejarlos sin boca, sin ojos,
nada que pudiera
hacer esos ruidos húmedos con los párpados, esos sonidos pegajosos con la
garganta. Y antes de que su desesperación lo hiciera bajarse en cualquier lado,
otra voz nasal anunció las calles de su destino y le advirtió
al bajar que tuviera cuidado con los escalones y que le deseaba un buen día.
—Ojalá revientes —masticó
Benavídez, y caminó hasta su trabajo.
Pensó que caminar un poco lo aliviaría de la espantosa
sensación de vacío, de soledad inaudita. En el
Parque, sin tanta luz urbana, pudo ver la luna que aún brillaba entre los árboles
del invierno, y un intenso olor de pasto fresco lo ayudó a recuperarse un poco.
Pero cómo dolía, cómo quemaba eso en su interior. Prendió un cigarrillo
buscando atenuar la angustia, mientras observaba cómo
las maquinas limpiadoras llevaban a cabo su trabajo. Hacía tiempo que habían
reemplazado a la gente sin recursos para esa tarea. El municipio ya no
contrataba desocupados, ahora tenían expertas máquinas amarillas.
Mientras terminaba el
cigarrillo las miró con odio, esto era lo que el progreso había logrado en esta
insignificante parte del mundo, latas amarillas que contrastaban con el verde
de los árboles.
Llegó al trabajo. En la
entrada unos ojos mecánicos vigilaban desde una pantalla.
—Su número de
identificación es correcto, pase Benavídez —dijo la máquina.
¡Carajo!, pensó irritado,
todos los días el mismo cuento.
Subió las escaleras y se
metió en su box sin saludar a nadie.
Entre las cosas que
habían ido creciendo a pasos agigantados, estaba ésta, el ignorarse mutuo, la
despersonalización del otro. La gente eludía constantemente el contacto físico
y hasta verbal. Prefería el correo electrónico, los mensajes de texto o las redes
sociales que daban un barniz de compromiso y amistad ficticia, pero la
tendencia siempre creciente era el no comprometerse, mezclarse o complicarse
demasiado con alguien. La vida comunitaria se había simplificado de una forma
animal, o más bien vegetal. Algas mecidas por una marea de circunstancias,
siempre cambiantes, siempre en fuga.
La nueva sociedad, debido
a sus extrañas necesidades autoimpuestas, había cuidado de todos los detalles,
prohibiéndoles a los hombres, lenta, sutilmente, todo pensamiento
independiente, toda iniciativa, toda desviación de la rutina. Sólo podían
seguir viviendo a condición de ser como máquinas. Y las máquinas, una a una,
los habían ido reemplazando. La gente ya no sabía hacer funcionar sus
facultades, porque al perder la práctica se habían vuelto seres incapaces de
pensar por sí mismos. Vivían como ciegos en una gran habitación, tan sólo
conscientes de lo que entraba en contacto directo con ellos, incapaces de ver
el aspecto general de las cosas y las cosas aparecían y desaparecían ante sus
ojos como si no tuvieran conexión ni propósito.
Benavídez encendió su PC
y en la PC una suave voz en off le dio la bienvenida.
¿Por qué no te morís?,
pensó. Y acto seguido le sonrió a la voz.
—Gracias, Señor.
Benavídez, por su entrega diaria a la Corporación —dijo la voz que todavía no
había sido codificada para leer los pensamientos. Aunque posiblemente eso ya no
tardaría.
Todo ese nuevo día de su
vida, un día que no volvería jamás, fue el del imperecedero tedio, trabajos de
lectura y revisión, modificación de códigos, importación de textos en un
sistema universal conectado con la sede central en Londres.
Todo el día con la
femenina voz en off que cada 60 minutos le iba marcando el porcentaje de su
producción. Porque Benavídez, como cualquier hijo de vecino, tenía que llenar
el porcentaje diario de producción o si no rendir cuentas ante una voz un poco
menos meliflua que la de su PC. Una máquina que lo interrogaría acerca de por
qué se había atrasado, perdido media hora, levantado catorce veces o demorado
en su media hora de almuerzo.
Y Bruno Benavídez odiaba
con pasión lo que hacía, lo que estaba obligado a hacer porque no había forma ni
manera de huir de esa esclavizante colectividad que ya no se detenía en ningún
detalle insignificante, mucho menos en la vida de un hombre como él, solitario
y manso, hasta cobarde, como le había dicho su propia madre, y que ahora, con
los puños apretados derramaba silenciosas lágrimas escondido en su box.
Lloraba por lo que estaba
pasando, por lo que ya había pasado en su terruño, eso que pareció
insignificante al principio, manejable, que nadie vio venir, como un alud, como
una especie de monstruo pegajoso agarrándose de todos los fragmentos de la
vida. La gente apelotonada en las ciudades, esclavos como él que hacían
trabajar sus reflejos a razón del setenta por ciento de producción promedio
para poder comer, autómatas que pensaban con las falangetas, reyes de un mísero
cuadrado de existencia, pegados a una pantalla, haciendo de cuenta que vivían a
través de un 3D.
Y la cordial bienvenida a
las máquinas, primero las más chicas que, dijeron, servirían para acelerar los
procesos, hacer la vida más cómoda, los intercambios más rápidos. Luego las más
sofisticadas que reemplazaron definitivamente el contacto humano, arrojaron a
los hombres al ocio inhumano, que instalaron franjas de población en la
periferia de las ciudades, calificando a los hombres como lo habían calificado
a él, por cobarde útil, por manso, porque nunca se había animado a rebelarse ni
siquiera con su propia muerte, a ese sistema carnicero. Y finalmente estas de
ahora, que te saludaban, siempre sonrientes, siempre dispuestas a estar a tu
servicio, cuando en realidad era uno mismo el que estaba al servicio de ellas y
del amo que las manejaba.
Benavídez estaba asqueado
de sí mismo, asqueado de su cotidianeidad y de la amabilidad de las máquinas,
de sus buenos días, cuidado no se caiga, le agradecemos sus servicios, esté
atento a su colesterol, beba mucha agua, coma frutas y verduras y no fume.
Querían mantener su buena
salud, claro. Querían que el preso les sirviera por largo tiempo.
Terminó el día, y junto
con una fila de empleados con caras de legumbres resecas, iguales a la de él,
salió de la empresa.
Decidió caminar otra vez,
quitarse de encima ese insecto que lo taladraba por dentro. Sin rumbo, hacia
ningún lugar.
De todos modos, nadie lo
esperaba, no tenía ni mujer ni hijos, ni una mascota, ni siquiera esas que
ofrecían ahora, eléctricas, casi iguales a las de verdad, pero que causaban
menos dolores de cabeza y lógicamente eran más baratas de mantener.
Recordó un relato de su
abuelo, el barrio donde había vivido, el último marginal y mal mirado por el
municipio porque los vecinos se habían negado sistemáticamente a mudarse de
allí, y peleaban por mantener la fachada de un lugar antiguo, vetusto y anacrónico.
Uno de eso lugares sucios, sombríos y malfamados, a los que la gente decente
evitaba y había radiado casi completamente. Hacia allí se dirigió y a medida
que se internaba en la barriada se fue sintiendo más ligero, más cómodo, como
si volviera otra vez a su lugar de origen. Las casas eran viejas, deshechas por
los años, ventanas altas enrejadas con sus marcos descascarados, verjas
carcomidas invadidas por la vegetación cimarrona, la calle empedrada, apenas
iluminada por faroles de otro tiempo, un jazmín en flor, inesperado, trepando
por un muro. Y por primera vez en meses, sonrió, recordando, porque faltaba un
tango en algún patio, de esos que escuchaba el viejo, o un compadrito acodado
en una esquina y la vida se hubiera semejado demasiado a aquella que le
contaron, a aquella que de chico, cerrando los ojos, se animaba a reavivar.
En su deambular encontró
un bar abierto, un tugurio lúgubre, con aire a encerrona y torvos parroquianos
que bebían en silencio; un televisor chillaba propagandas cerca del techo.
Porque a pesar de la resistencia, ya no era posible encontrar un lugar de la
ciudad que no tuviera uno esos aparatos frenéticos, ofreciendo cada dos
segundos artículo tras artículo que harían de la vida de la gente un verdadero
paraíso.
Se acercó a la barra en
busca de algo fuerte, sabía que el alcohol, si lo dejaba, le cambiaría un poco
la perspectiva de esa noche, al menos por un rato lo ayudaría a soportar la
melancolía letárgica que lo atormentaba desde la hora de despertar. No había
sin embargo despachante alguno, miró para un lado y para el otro, pero no vio a
nadie. Y la gente seguía bebiendo ensimismada en sus pensamientos.
Estaba por darse vuelta y
volverse hacia la salida, cuando su mirada se topó con una cosa cuadrada,
luminosa y acerada, acercó un poco más su cabeza para verla bien, y la cosa
encendió de pronto unos circuitos de colores preguntándole con voz empalagosa y
que no ocultaba la desagradable nasalidad de los robots, qué deseaba beber.
Benavídez quedó helado,
como herido por un rayo. Ni ese barrio de perdidos taitas se había podido
salvar finalmente de la inexorable invasión cibernética. Ni el malevo mejor
pintado por el abuelo podría ya volver a pedir una caña y ser complacido por
una robusta señora con un escote sugerente. Porque la “pulpera” era ahora una
gris, lustrosa y exacta máquina de expender lo que uno necesitara en el momento
que lo necesitara, sólo dirigiendo los ojos a la altura del circuito
electrónico que la haría funcionar.
Rígido, mirando la caja
luminosa, instado cada tres segundos a qué dijera qué desea consumir, se rindió
finalmente, introdujo el billete y la ginebra le fue servida.
Hasta gusto a aceite de
armatoste, a cables quemados le sintió a la bebida. Se la tomó de un trago. Y
pidió dos más. La máquina parecía complacida, hasta una musiquilla de fondo le
acompañaba en cada entrega.
Y a medida que el alcohol
subía y nublaba sus facultades, una extraña claridad se abría dentro suyo.
Había pendido del universo atado por los hilos de una piedad ficticia, de una
esperanza inerte. Las historias de su abuelo habían alimentado el proceso de
seguir viviendo. No había otro motivo sino una fantasmal telaraña de recuerdos
que no eran suyos, de promesas cumplidas a medias, y de su inequívoca y perenne
pusilanimidad.
—Los melancólicos sí tuvimos
nuestro tiempo en otras épocas… pero ya no —se dijo—. Ahora se prefiere
directamente el crimen, el suicidio o la eutanasia. Menos costosos —rio para
sus adentros—. Porque hasta la muerte tiene su marketing. Y se lo vamos a dar
—masculló—
Y estampando el vaso
sobre el mostrador, salió a la calle. Tambaleándose caminó hasta la parada de
cualquier colectivo, tuvo una arcada y medio que quiso vomitar.
El bus se acercaba. Las
luces le encandilaron la cara demacrada. Y cómo un monigote desarticulado se
lanzó al medio de la calle.
Antes de que el monstruo
lo llevara por delante, les grito:
—¡¡Les arrojaré mi
cadáver!!
Con el impacto la puerta
del ómnibus se abrió y lo último que Benavídez escuchó fue una voz nasal que le
decía:
—Cuidado con el escalón al bajar, que tenga usted un buen día.

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