viernes, 30 de octubre de 2026

LA ENCANTADORA VOZ DE LOS ROBOTS

Cristina Chiesa


 

El señor Benavídez se despertó esa mañana bajo el influjo de una voz nasal.

—Buenos días, señor Benavídez, hora de levantarse.

La voz repitió la misma frase una y otra vez hasta que una mano salida de debajo de la cobija tomó el despertador y lo tiró al piso.

Se levantó de mal humor –como casi todos los días– y puso la cafetera a calentar mientras mordisqueaba un trozo de pan. Cuando la cafetera estuvo a punto, un pitido del infierno hizo prenderse una luz verde y él supo que podía ya beberlo. Acto seguido, la taza puesta en la pileta de la cocina fue lavada automáticamente por un chorro de agua caliente y jabonosa, que –le habían asegurado– no arruinaba las manos.

Salió a una calle tan iluminada que opacaba el cielo casi nocturno de la madrugada y se encaminó a la parada del autobús digital. Al subir puso la tarjeta magnética y un cartel naranja desde dónde salía una voz átona, le anunció que su boleto había sido ya cobrado. Ya no existían conductores, habían ido desapareciendo a medida que los buses electrónicos que no despedían humo y no producían sonido alguno habían sido puestos en circulación. Caminó entre la gente, buscando un lugar, el olor del interior era rancio y las caras de los trabajadores se le metían debajo de la piel, como torturándolo; eran caras como de corral, algunas bovinas, otras como de aves desesperadas. Clavó espantado la mirada en el suelo, se sintió mal, descompuesto del estómago y terriblemente violento, con unas ganas de destrozar, de arrebatar esas miradas a la vida, de dejarlos sin boca, sin ojos, nada que pudiera hacer esos ruidos húmedos con los párpados, esos sonidos pegajosos con la garganta. Y antes de que su desesperación lo hiciera bajarse en cualquier lado, otra voz nasal anunció las calles de su destino y le advirtió al bajar que tuviera cuidado con los escalones y que le deseaba un buen día.

—Ojalá revientes —masticó Benavídez, y caminó hasta su trabajo.

Pensó que caminar un poco lo aliviaría de la espantosa sensación de vacío, de soledad inaudita. En el Parque, sin tanta luz urbana, pudo ver la luna que aún brillaba entre los árboles del invierno, y un intenso olor de pasto fresco lo ayudó a recuperarse un poco. Pero cómo dolía, cómo quemaba eso en su interior. Prendió un cigarrillo buscando atenuar la angustia, mientras observaba cómo las maquinas limpiadoras llevaban a cabo su trabajo. Hacía tiempo que habían reemplazado a la gente sin recursos para esa tarea. El municipio ya no contrataba desocupados, ahora tenían expertas máquinas amarillas.

Mientras terminaba el cigarrillo las miró con odio, esto era lo que el progreso había logrado en esta insignificante parte del mundo, latas amarillas que contrastaban con el verde de los árboles.

Llegó al trabajo. En la entrada unos ojos mecánicos vigilaban desde una pantalla.

—Su número de identificación es correcto, pase Benavídez —dijo la máquina.

¡Carajo!, pensó irritado, todos los días el mismo cuento.

Subió las escaleras y se metió en su box sin saludar a nadie.

Entre las cosas que habían ido creciendo a pasos agigantados, estaba ésta, el ignorarse mutuo, la despersonalización del otro. La gente eludía constantemente el contacto físico y hasta verbal. Prefería el correo electrónico, los mensajes de texto o las redes sociales que daban un barniz de compromiso y amistad ficticia, pero la tendencia siempre creciente era el no comprometerse, mezclarse o complicarse demasiado con alguien. La vida comunitaria se había simplificado de una forma animal, o más bien vegetal. Algas mecidas por una marea de circunstancias, siempre cambiantes, siempre en fuga.

La nueva sociedad, debido a sus extrañas necesidades autoimpuestas, había cuidado de todos los detalles, prohibiéndoles a los hombres, lenta, sutilmente, todo pensamiento independiente, toda iniciativa, toda desviación de la rutina. Sólo podían seguir viviendo a condición de ser como máquinas. Y las máquinas, una a una, los habían ido reemplazando. La gente ya no sabía hacer funcionar sus facultades, porque al perder la práctica se habían vuelto seres incapaces de pensar por sí mismos. Vivían como ciegos en una gran habitación, tan sólo conscientes de lo que entraba en contacto directo con ellos, incapaces de ver el aspecto general de las cosas y las cosas aparecían y desaparecían ante sus ojos como si no tuvieran conexión ni propósito.

Benavídez encendió su PC y en la PC una suave voz en off le dio la bienvenida.

¿Por qué no te morís?, pensó. Y acto seguido le sonrió a la voz.

—Gracias, Señor. Benavídez, por su entrega diaria a la Corporación —dijo la voz que todavía no había sido codificada para leer los pensamientos. Aunque posiblemente eso ya no tardaría.

Todo ese nuevo día de su vida, un día que no volvería jamás, fue el del imperecedero tedio, trabajos de lectura y revisión, modificación de códigos, importación de textos en un sistema universal conectado con la sede central en Londres.

Todo el día con la femenina voz en off que cada 60 minutos le iba marcando el porcentaje de su producción. Porque Benavídez, como cualquier hijo de vecino, tenía que llenar el porcentaje diario de producción o si no rendir cuentas ante una voz un poco menos meliflua que la de su PC. Una máquina que lo interrogaría acerca de por qué se había atrasado, perdido media hora, levantado catorce veces o demorado en su media hora de almuerzo.

Y Bruno Benavídez odiaba con pasión lo que hacía, lo que estaba obligado a hacer porque no había forma ni manera de huir de esa esclavizante colectividad que ya no se detenía en ningún detalle insignificante, mucho menos en la vida de un hombre como él, solitario y manso, hasta cobarde, como le había dicho su propia madre, y que ahora, con los puños apretados derramaba silenciosas lágrimas escondido en su box.

Lloraba por lo que estaba pasando, por lo que ya había pasado en su terruño, eso que pareció insignificante al principio, manejable, que nadie vio venir, como un alud, como una especie de monstruo pegajoso agarrándose de todos los fragmentos de la vida. La gente apelotonada en las ciudades, esclavos como él que hacían trabajar sus reflejos a razón del setenta por ciento de producción promedio para poder comer, autómatas que pensaban con las falangetas, reyes de un mísero cuadrado de existencia, pegados a una pantalla, haciendo de cuenta que vivían a través de un 3D.

Y la cordial bienvenida a las máquinas, primero las más chicas que, dijeron, servirían para acelerar los procesos, hacer la vida más cómoda, los intercambios más rápidos. Luego las más sofisticadas que reemplazaron definitivamente el contacto humano, arrojaron a los hombres al ocio inhumano, que instalaron franjas de población en la periferia de las ciudades, calificando a los hombres como lo habían calificado a él, por cobarde útil, por manso, porque nunca se había animado a rebelarse ni siquiera con su propia muerte, a ese sistema carnicero. Y finalmente estas de ahora, que te saludaban, siempre sonrientes, siempre dispuestas a estar a tu servicio, cuando en realidad era uno mismo el que estaba al servicio de ellas y del amo que las manejaba.

Benavídez estaba asqueado de sí mismo, asqueado de su cotidianeidad y de la amabilidad de las máquinas, de sus buenos días, cuidado no se caiga, le agradecemos sus servicios, esté atento a su colesterol, beba mucha agua, coma frutas y verduras y no fume.

Querían mantener su buena salud, claro. Querían que el preso les sirviera por largo tiempo.

Terminó el día, y junto con una fila de empleados con caras de legumbres resecas, iguales a la de él, salió de la empresa.

Decidió caminar otra vez, quitarse de encima ese insecto que lo taladraba por dentro. Sin rumbo, hacia ningún lugar.

De todos modos, nadie lo esperaba, no tenía ni mujer ni hijos, ni una mascota, ni siquiera esas que ofrecían ahora, eléctricas, casi iguales a las de verdad, pero que causaban menos dolores de cabeza y lógicamente eran más baratas de mantener.

Recordó un relato de su abuelo, el barrio donde había vivido, el último marginal y mal mirado por el municipio porque los vecinos se habían negado sistemáticamente a mudarse de allí, y peleaban por mantener la fachada de un lugar antiguo, vetusto y anacrónico. Uno de eso lugares sucios, sombríos y malfamados, a los que la gente decente evitaba y había radiado casi completamente. Hacia allí se dirigió y a medida que se internaba en la barriada se fue sintiendo más ligero, más cómodo, como si volviera otra vez a su lugar de origen. Las casas eran viejas, deshechas por los años, ventanas altas enrejadas con sus marcos descascarados, verjas carcomidas invadidas por la vegetación cimarrona, la calle empedrada, apenas iluminada por faroles de otro tiempo, un jazmín en flor, inesperado, trepando por un muro. Y por primera vez en meses, sonrió, recordando, porque faltaba un tango en algún patio, de esos que escuchaba el viejo, o un compadrito acodado en una esquina y la vida se hubiera semejado demasiado a aquella que le contaron, a aquella que de chico, cerrando los ojos, se animaba a reavivar.

En su deambular encontró un bar abierto, un tugurio lúgubre, con aire a encerrona y torvos parroquianos que bebían en silencio; un televisor chillaba propagandas cerca del techo. Porque a pesar de la resistencia, ya no era posible encontrar un lugar de la ciudad que no tuviera uno esos aparatos frenéticos, ofreciendo cada dos segundos artículo tras artículo que harían de la vida de la gente un verdadero paraíso.

Se acercó a la barra en busca de algo fuerte, sabía que el alcohol, si lo dejaba, le cambiaría un poco la perspectiva de esa noche, al menos por un rato lo ayudaría a soportar la melancolía letárgica que lo atormentaba desde la hora de despertar. No había sin embargo despachante alguno, miró para un lado y para el otro, pero no vio a nadie. Y la gente seguía bebiendo ensimismada en sus pensamientos.

Estaba por darse vuelta y volverse hacia la salida, cuando su mirada se topó con una cosa cuadrada, luminosa y acerada, acercó un poco más su cabeza para verla bien, y la cosa encendió de pronto unos circuitos de colores preguntándole con voz empalagosa y que no ocultaba la desagradable nasalidad de los robots, qué deseaba beber.

Benavídez quedó helado, como herido por un rayo. Ni ese barrio de perdidos taitas se había podido salvar finalmente de la inexorable invasión cibernética. Ni el malevo mejor pintado por el abuelo podría ya volver a pedir una caña y ser complacido por una robusta señora con un escote sugerente. Porque la “pulpera” era ahora una gris, lustrosa y exacta máquina de expender lo que uno necesitara en el momento que lo necesitara, sólo dirigiendo los ojos a la altura del circuito electrónico que la haría funcionar.

Rígido, mirando la caja luminosa, instado cada tres segundos a qué dijera qué desea consumir, se rindió finalmente, introdujo el billete y la ginebra le fue servida.

Hasta gusto a aceite de armatoste, a cables quemados le sintió a la bebida. Se la tomó de un trago. Y pidió dos más. La máquina parecía complacida, hasta una musiquilla de fondo le acompañaba en cada entrega.

Y a medida que el alcohol subía y nublaba sus facultades, una extraña claridad se abría dentro suyo. Había pendido del universo atado por los hilos de una piedad ficticia, de una esperanza inerte. Las historias de su abuelo habían alimentado el proceso de seguir viviendo. No había otro motivo sino una fantasmal telaraña de recuerdos que no eran suyos, de promesas cumplidas a medias, y de su inequívoca y perenne pusilanimidad.

—Los melancólicos sí tuvimos nuestro tiempo en otras épocas… pero ya no —se dijo—. Ahora se prefiere directamente el crimen, el suicidio o la eutanasia. Menos costosos —rio para sus adentros—. Porque hasta la muerte tiene su marketing. Y se lo vamos a dar —masculló—

Y estampando el vaso sobre el mostrador, salió a la calle. Tambaleándose caminó hasta la parada de cualquier colectivo, tuvo una arcada y medio que quiso vomitar.

El bus se acercaba. Las luces le encandilaron la cara demacrada. Y cómo un monigote desarticulado se lanzó al medio de la calle.

Antes de que el monstruo lo llevara por delante, les grito:

—¡¡Les arrojaré mi cadáver!!

Con el impacto la puerta del ómnibus se abrió y lo último que Benavídez escuchó fue una voz nasal que le decía:

—Cuidado con el escalón al bajar, que tenga usted un buen día.

Cristina Enriqueta Chiesa, nació en Rosario el 1° de mayo de 1957, es Licencia en Ciencia Política. Le fueron publicados cuentos en Axxón 195, NM 16, 24 y 28, y en las antología Cien Páginas de Amor editada por Sergio Gaut vel Hartman en Ediciones Desde la Gente. Desde el 2013 colabora en la corrección de la Revista NM (La nueva literatura fantástica latinoamericana).

 

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