Xue Cong
I
Chen Mo advirtió
aquella sonrisa por primera vez durante una actividad extravehicular, el tercer
día después del aterrizaje del Zhulong II en Marte.
Estaba instalando un sismómetro en
la zona tres de Utopia Planitia, mientras Xu Wen recogía muestras de roca, en
cuclillas, a diez metros de distancia. Cuando levantó la cabeza, la vio
incorporarse y volverse hacia la lejana extensión de tierra roja.
Estaba sonriendo.
Era una sonrisa tenue, una ligera
elevación de las comisuras. La clase de expresión que aparece involuntariamente
cuando alguien, a solas, recuerda algo agradable. Pero Chen Mo sabía que Xu Wen
no era de las personas que se distraían durante el trabajo. Dirigía el equipo
de geología y era rigurosa hasta la inflexibilidad. Una vez lo había reprendido
durante cinco minutos enteros porque había omitido una cifra decimal en la
etiqueta de una bolsa de muestras.
—Xu Wen —la llamó por el canal de
comunicación—. ¿Alguna buena noticia?
Ella se acercó. La sonrisa seguía
allí.
—¿Qué?
—Pareces muy contenta. ¿Encontraste
algún tesoro?
Xu Wen se quedó desconcertada un
instante. Levantó una mano para tocarse la cara, pero no pudo sentir nada a
través del visor y el guante.
—¿Estoy sonriendo? —preguntó,
confundida.
—Sí. Estabas sonriendo hace un
momento.
—No. —Hizo una pausa—. Al menos, no
tenía esa sensación.
El canal de comunicación quedó en
silencio durante unos segundos. Chen Mo abrió la boca, pero descubrió que no
sabía qué decir. Conocía a Xu Wen desde hacía tres años y nunca la había visto
dejar de percibir lo que le ocurría.
—Tal vez fuera un reflejo en el
visor —dijo ella—. Te confundiste.
Bajó la cabeza y siguió recogiendo
muestras. Chen Mo la observó. Su expresión había vuelto a la normalidad. Sin
sonrisa, sin nada extraño. Tal vez hubiera sido una ilusión óptica. A veces la
luz de Marte producía efectos visuales extraños al reflejarse en los visores.
Se encogió de hombros y continuó instalando el sismómetro.
Pronto se olvidó del incidente.
II
El noveno día en
Marte, Chen Mo se descubrió sonriendo en el baño del módulo habitable.
Acababa de ducharse y estaba frente
al espejo, a punto de afeitarse. Levantó la cabeza y vio que las comisuras de
sus labios se elevaban.
Se quedó inmóvil. El rostro del
espejo tenía una sonrisa casi apacible, como si estuviera mirando a un viejo
amigo o recordando algo divertido. El problema era que no estaba pensando en
nada. Tenía la mente vacía, tan vacía como el páramo marciano.
Observó fijamente el rostro del
espejo. La sonrisa estaba allí, con la curvatura justa.
Intentó bajar las comisuras de los
labios. Los músculos obedecieron y la sonrisa desapareció. Suspiró aliviado y
siguió afeitándose. Cuando terminó y volvió a levantar la cabeza, la sonrisa
había regresado.
Dejó la afeitadora, se sujetó las
comisuras entre los índices y los pulgares y las estiró hacia abajo por la
fuerza. Permaneció así durante un minuto entero, mirándose en el espejo. Cuando
los dedos comenzaron a dolerle, las soltó.
La sonrisa no regresó. El rostro
del espejo estaba inexpresivo.
Chen Mo permaneció allí, con el
corazón algo acelerado. Intentó adoptar una expresión de miedo: abrió mucho los
ojos y la boca. Sentía el esfuerzo de los músculos alrededor de los ojos, pero
algo parecía tirar de las comisuras de sus labios y tuvo que esforzarse para
bajarlas. Después intentó expresar ira, frunciendo el ceño y apretando los
dientes. Las cejas obedecieron sin dificultad, pero los labios no. Conservaban
aquella ligera curva ascendente.
Solo el acto de sonreír le
resultaba natural. Cada vez que intentaba adoptar otra expresión, percibía una
débil resistencia, como si avanzara contra la corriente y tuviera que hacer un
esfuerzo adicional. Y cuando dejaba de intentarlo y permitía que los músculos
faciales se relajaran, regresaban a la misma posición.
Las comisuras elevadas quince
grados.
Él no sonreía, pero su rostro sí.
Tomó el diario de trabajo, vaciló
un momento y escribió una frase: «Movimiento involuntario ocasional de los
músculos faciales. Registrado».
III
El día diecisiete,
Li Wei descubrió una anomalía mientras organizaba los datos de rutina.
Li Wei era el responsable de los
sistemas de audio de la base. Entre sus tareas estaban el mantenimiento de los
equipos internos y la comprobación del buen funcionamiento de los enlaces de
comunicación. Aquel día, durante un control de calidad de la señal, revisó las
formas de onda del habla de todos los integrantes de la expedición durante un
período determinado.
Vio algo que no debería existir.
Las formas de onda del habla de los
siete integrantes de la base estaban convergiendo lentamente. La velocidad, la
entonación, la duración de las pausas, incluso el ritmo respiratorio: todo se
aproximaba a un mismo patrón. En particular, las formas de onda de cinco de
ellos –Xu Wen, Chen Mo, Zhao Yan, Sun Wei y He Zhiyuan– presentaban contornos
casi idénticos al superponerlas.
Aquello no se parecía a la
convergencia habitual del habla. Tampoco era posible alcanzar semejante grado
de coincidencia en tan poco tiempo.
Tomó los datos del tercer día como
referencia y los comparó con los del decimocuarto. El tercer día, las formas de
onda de los siete parecían siete melodías independientes, cada una con sus
propias variaciones. Pero el decimocuarto día todas estaban convergiendo, y las
de aquellos cinco habían llegado a presentar oscilaciones casi idénticas,
superpuestas unas a otras.
Li Wei informó del hallazgo a Zhou
Yang.
Zhou Yang era el comandante de la
expedición y había participado en tres misiones a Marte. Después de escucharlo,
no emitió opinión alguna: le pidió los datos originales y repitió el análisis
por su cuenta.
El resultado fue el mismo.
Zhou Yang contempló las curvas en
la pantalla y permaneció en silencio un buen rato.
—No lo difundas todavía —dijo—.
Necesito más datos.
IV
El día veintitrés,
Xu Wen escribió una entrada en su diario.
Utilizaba una terminal personal
cifrada, desconectada de la base de datos compartida. No quería que nadie
leyera aquello. Al menos, todavía no.
«Hice una prueba. Durante el
trabajo de campo de hoy me quedé deliberadamente veinte minutos más en la zona
tres. Al regresar, me puse frente a un espejo e intenté adoptar distintas
expresiones».
«Miedo, ira, asco, sorpresa: ya no
puedo expresar ninguna de esas cuatro emociones. Cada vez que lo intento, los
músculos faciales comienzan a ejecutar el movimiento, pero algo los hace
retroceder a mitad de camino. Parece que una fuerza se opone a mis órdenes,
como si mi rostro hubiera desarrollado una voluntad propia».
«Todavía puedo expresar alegría y
tristeza, pero con dificultad. La alegría me cuesta especialmente. Es extraño,
porque cuando uno está alegre debería sonreír, y mi rostro ya está sonriendo.
Pero una sonrisa de alegría es distinta de la que tengo ahora. Una sonrisa
verdadera debería tener calidez, emoción. Esta no. Es solo una forma».
«Medí los parámetros de esa forma:
comisuras elevadas quince grados, labio superior elevado dos milímetros.
Equivale aproximadamente a una sonrisa social. La que uno le dedica a un
compañero de trabajo al que no conoce demasiado cuando se cruza con él».
«Pero ahora estoy sola en el baño».
Se detuvo un instante y continuó:
«Hay algo más. Me he dado cuenta de
que, mientras escribo esto, no siento miedo. No es que sea especialmente
valiente. Es la propia emoción del miedo la que está desapareciendo».
«Debería tener miedo».
«Pero no lo tengo».
V
En la reunión del
día treinta, Zhou Yang puso todos los datos sobre la mesa.
Las formas de onda del habla
convergían. Las expresiones faciales convergían. Las ondas cerebrales –que
había comenzado a registrar la semana anterior– también convergían. Entre
quienes habían trabajado durante largos períodos en la zona tres, una vez acumulado
cierto tiempo de exposición, la actividad cerebral comenzaba a parecer
sintonizada en una misma frecuencia, hasta superponerse casi por completo.
—Tengo una hipótesis —dijo Zhou
Yang—. Pero antes necesito confirmar algo.
Miró a las seis personas sentadas a
su alrededor. Las seis lo miraban. Las seis tenían las comisuras ligeramente
elevadas.
—¿Alguno ha notado que está
sonriendo?
Silencio. Entonces Chen Mo levantó
la mano.
—Yo sí. Empezó hace unas tres
semanas.
Xu Wen también levantó la suya.
—Yo también. Tal vez antes.
Li Wei alzó una mano.
—Yo he notado las sonrisas de los
demás. En cuanto a mí… Sinceramente, no estoy seguro. No sé si estoy sonriendo
o no.
Zhou Yang asintió. No interrogó a
los demás, porque ya conocía la respuesta. Desde hacía tres días dedicaba cinco
minutos cada mañana a observarse el rostro en el espejo. Hasta entonces parecía
estar bien. Pero aquella mañana, al revisar las grabaciones de vigilancia,
había descubierto que las comisuras de sus labios se elevaban mientras dormía.
—Esta es mi hipótesis. —Dibujó un
esquema en la pizarra.
Un círculo representaba la
estructura del subsuelo de la zona tres; varias ondas, la actividad cerebral; y
una flecha, la interacción.
—La estructura subterránea de la
zona tres es muy particular. Los datos orbitales ya mostraban anomalías
magnéticas, pero todos supusimos que se trataba de un fenómeno geológico
inusual. A juzgar por lo que nos está ocurriendo, no es tan sencillo. Mi hipótesis
es que la exposición prolongada al campo magnético de la zona tres sincroniza
las regiones cerebrales que controlan las expresiones faciales y altera el
estado de reposo de los músculos. Es decir, después de permanecer mucho tiempo
en ese campo, el estado de relajación muscular pasa a ser una sonrisa.
»Se convierte en la nueva expresión
neutra. En el punto cero.
Hizo una pausa y bebió agua.
—Creo que ese es el primer efecto.
El segundo es que, cuando varios estamos expuestos a la zona tres al mismo
tiempo, nos sincronizamos con la frecuencia de su campo y, a la vez, nos vemos
obligados a ajustarnos entre nosotros. Por eso convergen las formas de onda de
nuestra voz, nuestras ondas cerebrales y quizá hasta nuestros patrones de
pensamiento. No nos estamos imitando. Un oscilador externo más potente nos está
ajustando.
»Por supuesto, todo esto son
conjeturas basadas en la información disponible. No puedo determinar si
volveremos a la normalidad cuando termine la misión y abandonemos este entorno,
ni predecir qué ocurrirá en la siguiente etapa…
Se interrumpió.
—¿Cuál es la siguiente etapa?
—preguntó Xu Wen.
Zhou Yang reflexionó un momento.
—Todavía no lo sé —respondió—. Pero
sospecho que los integrantes de la primera expedición tal vez lo sepan.
La sala quedó en silencio durante
unos segundos.
—¿La primera expedición? —La voz de
Chen Mo cambió—. ¿Quieres decir…?
—Quiero decir que no somos los
primeros en venir aquí. Empiezo a pensar que la pérdida de contacto con el
Zhulong I durante la misión anterior no se debió simplemente a la avería
descrita en el informe.
Miró por la ventanilla de la sala
hacia la zona tres, a lo lejos. Un páramo rojo, idéntico a cualquier otro lugar
de Marte.
—A partir de hoy, no podrán entrar
más de tres personas a la vez en la zona tres durante las operaciones de campo.
El trabajo se realizará por turnos, en equipos de dos. Antes de cada salida y
después de cada regreso será obligatorio someterse a una prueba de función
muscular facial. Si alguien descubre que es completamente incapaz de adoptar
una expresión distinta de la sonrisa, deberá informarlo de inmediato.
VI
La prueba del día
treinta y cinco confirmó parcialmente la hipótesis de Zhou Yang; al menos, los
dos primeros fenómenos.
Había diseñado un experimento
sencillo en el que participaron Xu Wen, Li Wei y él mismo. Los tres se situaron
simultáneamente en el punto de máxima intensidad magnética de la zona tres
mientras registraban sus electroencefalogramas. Cuanto más duraba la
exposición, menor era la diferencia de fase entre sus ondas cerebrales. Al cabo
de sesenta minutos, las tres formas de onda estaban casi por completo en fase.
En el minuto sesenta y dos ocurrió
algo aún más extraño.
En el instante en que las ondas
coincidieron en fase, el polvo que rodeaba el punto de muestreo comenzó a
moverse.
El polvo marciano tiene carga
electrostática y un magnetismo débil, de modo que su lento desplazamiento bajo
la acción de un campo externo no era inusual. Pero aquello ya no era un simple
desplazamiento. El polvo empezó a girar. En sentido horario, lentamente. Formó
una espiral cuyo centro se encontraba justo en medio del círculo que
delimitaban los tres.
Xu Wen se agachó y lo observó a
través del visor. El polvo continuaba girando, cada vez más rápido, cada vez
más alto, como un pequeño tornado.
Entonces vio el rostro.
Por un instante, el polvo del
centro de la espiral formó una figura. Tardó dos segundos en comprenderlo: era
el contorno de un rostro.
Un rostro sonriente.
La espiral siguió girando y el
rostro se desvaneció en menos de cinco segundos. Xu Wen estaba segura de lo que
había visto. Se volvió hacia los demás para comprobar si habían presenciado lo
mismo.
Los tres permanecían allí, mirando
la espiral, con la misma sonrisa en el rostro.
Sus expresiones eran idénticas a la
del rostro que acababa de aparecer en el centro de la espiral.
Todos sonreían.
VII
El día cuarenta y
uno, Li Wei escribió un mensaje en el registro de comunicaciones. No sabía si
llegaría a la Tierra. Las interferencias del campo magnético de la zona tres
eran cada vez más intensas. Necesitaba dejar constancia.
«No sé cómo describir mi estado
actual. Mi rostro sonríe y apenas puedo controlarlo. En mi cerebro hay
pensamientos, pero ya no puedo determinar si son míos o si se han sincronizado
desde otra persona. A veces pienso dos cosas al mismo tiempo. Una dice que esto
es aterrador. La otra, que está bien. Ambas son verdaderas».
«Ya hemos visto la espiral varias
veces. Zhou Yang dice que podría significar que los débiles campos magnéticos
generados por nuestra actividad cerebral se están acoplando al peculiar campo
de la zona tres, creando un ciclo que se refuerza a sí mismo. Las señales
neuronales intensas y sincronizadas también influyen sobre el campo magnético
de la zona tres. La rotación del polvo marciano hace visible ese cambio en el
plano físico».
«Es posible que los integrantes del
Zhulong I hayan pasado por lo mismo. Sus señales neuronales también podrían
haber quedado grabadas en la espiral. Cada vez que nos acercamos, reaparecen.
Esos rostros. Esas sonrisas…».
«Nos estamos uniendo a ellos».
Se detuvo y añadió una última
línea:
«Pero, extrañamente, no tengo
miedo. Tampoco creo que esto sea algo malo».
VIII
El día cuarenta y
seis, Zhou Yang tomó una decisión.
Entraría solo en la zona tres.
Había observado que, de todos los
integrantes de la expedición, él era el menos afectado. Desde el descubrimiento
de la anomalía se había mantenido deliberadamente aislado: comía solo, hacía
turnos solo, guardaba distancia de los demás durante el trabajo de campo.
Todavía podía ejercer cierto control sobre su expresión. Aunque la sonrisa se
había convertido en su estado neutro, aún lograba fruncir el ceño o apretar los
labios si se esforzaba. Solo le costaba más.
Quizá se debiera a esas
precauciones deliberadas. Quizá a diferencias individuales. O a la propia
voluntad. No lo sabía. Los demás parecían haber aceptado lo que ocurría con
tranquilidad. Pero él era el comandante. Necesitaba saber cuánto tiempo más
podría resistir. Si incluso él estaba siendo absorbido lentamente, los otros ya
no tendrían salida. Debía encontrar una respuesta mientras aún pudiera
distinguir lo que estaba haciendo.
Quería ir solo y averiguar si, con
su estado físico y su voluntad de resistencia, todavía podía adoptar alguna
expresión distinta de aquella sonrisa dentro del campo magnético de la zona
tres. Si podía, aún quedaban tiempo y posibilidades de encontrar un modo de
revertir el proceso.
Se estaba poniendo el traje
espacial en la esclusa cuando llegó Xu Wen.
—Voy contigo.
—No.
—No conoces bien la estructura
geológica de la zona tres. Aunque descubras algo, quizá no puedas registrarlo
con precisión. —Xu Wen hablaba con calma—. Y si la prueba de reversibilidad
requiere que alguien registre tu estado de referencia, necesitas ayuda.
Zhou Yang la miró. Estaba allí, con
las comisuras ligeramente elevadas, como los demás. Pero en sus ojos había algo
más. Algo que todavía le pertenecía solo a ella.
—¿Aún puedes adoptar otras
expresiones? —preguntó.
Xu Wen guardó silencio un segundo y
apretó los labios con todas sus fuerzas. Estos se movieron, descendieron apenas
y enseguida recuperaron su curva ascendente.
—Sí —respondió—. Pero no puedo
mantenerlas.
Zhou Yang asintió. Comprendía. La
Xu Wen de antes, la que apretaba los labios y se ofrecía a acompañarlo por
propia iniciativa, seguía allí. Aunque la sonrisa se hubiera apoderado de su
expresión, ella, al igual que él, no se había rendido.
—De acuerdo —dijo—. Pero seguirás
mis órdenes. En cuanto te diga que te retires, te retiras.
IX
Permanecieron
cuarenta minutos en un punto cercano al límite de la zona tres. Allí, la
intensidad del campo magnético era solo una quinta parte de la del centro. Zhou
Yang había elegido aquel lugar para reducir el riesgo de exposición.
Durante los primeros veinte
minutos, todo fue normal. Cada cinco minutos, Zhou Yang realizaba una prueba de
función muscular facial: fruncir el ceño, bajar las comisuras, apretar los
labios. Todavía podía ejecutar los tres movimientos, aunque cada vez le exigían
más esfuerzo.
A los veinticinco minutos descubrió
que tenía que apretar los dientes para mantener el ceño fruncido. En cuanto se
relajaba, la expresión se deshacía.
A los treinta minutos ya no podía
bajar las comisuras. Era como si un hilo invisible tirara de sus labios. Cada
vez que intentaba bajarlos, sentía una fuerza que los devolvía a aquella
posición de quince grados.
A los treinta y cinco minutos dejó
de intentarlo.
Se descubrió pensando: ¿para qué
hacerlo?
Aquel pensamiento no era suyo.
Antes de ese momento se había preguntado para qué lo hacían, pero aquello había
sido una duda corriente, dentro de los límites normales. Ahora era distinto. El
pensamiento estaba en su cerebro, sin ofrecer razones, repitiéndole sin cesar:
déjalo así. Así está bien.
Zhou Yang se mordió la punta de la
lengua hasta hacerse sangre.
El dolor atravesó aquel
pensamiento. Recobró la lucidez. Solo durante unos segundos, pero bastó.
Miró a Xu Wen.
Estaba a tres metros, de cara al
centro de la zona tres. Sonreía. La misma sonrisa que llevaban todos en la
base.
—¡Xu Wen!
Ninguna respuesta.
—¡Xu Wen! —Se acercó y la sujetó
por los hombros. A través del traje no podía sentir el calor de su cuerpo, pero
sí un leve temblor. Ella ya no era capaz de emitir su propia voz.
Le volvió la cabeza hasta ponerla
de frente. A través de los dos visores, la miró a los ojos.
Sus pupilas no enfocaban. El acto
de «mirar» se había detenido. Tenía los ojos vacíos, como dos espejos que
reflejaran el páramo rojo de Marte.
Seguía allí. El cuerpo le temblaba,
el pecho subía y bajaba y el monitor de signos vitales indicaba un ritmo
cardíaco normal, oxigenación normal, todo normal. Simplemente, ella ya no
estaba a los mandos. Todos los sistemas seguían funcionando, pero el piloto
había abandonado la cabina.
En la superficie marciana, a
sesenta grados bajo cero, frente a un cuerpo que ya no pertenecía a Xu Wen,
Zhou Yang hizo lo único que podía hacer:
La llevó de regreso a la base.
Fue el trayecto más largo de su
vida. La condujo por la arena roja. Sus funciones motoras estaban intactas;
incluso podía acompasar sus pasos a los de él. La llevó hasta el vehículo,
abrió la puerta del acompañante y la ayudó a subir. Su cuerpo colaboró con
todos los movimientos: levantar las piernas, sentarse, abrocharse el cinturón.
Sus ojos seguían sin enfocar. No dejaba de sonreír. Él rodeó el vehículo, se
sentó al volante, cerró la puerta y puso en marcha el motor.
Al llegar a la base la acostó en
una cama de la enfermería. El monitor de signos vitales indicaba que todo era
normal. Miró la pantalla. Actividad cerebral de Xu Wen: banda alfa.
Volvió la vista hacia ella. Tenía
los ojos cerrados, pero la curva de las comisuras seguía allí. Se había dormido
con una sonrisa en el rostro.
Zhou Yang salió de la enfermería y
cerró la puerta con suavidad. El pasillo estaba en silencio, salvo por el
zumbido grave del sistema de ventilación. Levantó una mano y se tocó las
comisuras elevadas de sus propios labios.
X
Xu Wen permaneció
dos días acostada en la enfermería.
Al tercero se incorporó por sí
sola. Sus ojos volvieron a enfocar. Podía hablar y responder preguntas. Todas
las pruebas cognitivas indicaban que había vuelto a la normalidad.
Solo había un cambio.
Ahora su sonrisa era natural,
fluida, como si brotara de lo más profundo de su corazón. Había desaparecido la
rigidez de aquella expresión bloqueada que tenía antes de perder el
conocimiento.
Zhou Yang la observaba, buscando en
sus ojos algún indicio del esfuerzo por parecer normal. No había ninguno. La
sonrisa era sincera.
—¿Recuerdas lo que pasó aquel día
en la zona tres? —preguntó.
Xu Wen reflexionó.
—Sí. Estábamos haciendo la prueba
de reversibilidad. Después… —Hizo una pausa—. Sentí que me hacía más pequeña.
No mi cuerpo. Era el concepto de «yo» lo que se hacía más pequeño. Como una
gota de agua que se disuelve en el mar. El agua sigue ahí, pero ya no es una
gota. No era una sensación desagradable. Era muy placentera.
—¿Y después?
—Vi la espiral. Estaba dentro. El
polvo giraba a mi alrededor y había un rostro en él. Ese rostro…
Se interrumpió.
—¿Qué pasaba con ese rostro?
—Era yo. —Vaciló—. Pero tampoco era
yo. Era mi rostro, pero la expresión no era mía. Aquella expresión era más
vasta que la mía, más antigua, más parecida a una… —Buscó la palabra—. Más
parecida a una forma. Una forma que siempre había estado allí y que solo tomaba
prestado mi rostro durante un momento para manifestarse.
Zhou Yang la miró fijamente.
—¿Cómo te sientes ahora?
Xu Wen bajó la vista hacia sus
manos. Estaban perfectamente firmes.
—Me siento muy bien —dijo—. De
verdad, muy bien.
Su voz era serena, tan auténtica
como su sonrisa.
Zhou Yang contempló aquella
sonrisa. Ya no podía distinguir en qué se diferenciaba de la anterior. Quizá no
hubiera diferencia alguna.
Quizá, desde el principio, hubiera
sido lo mismo.
XI
El día cincuenta y
tres, Zhou Yang encontró a Chen Mo en el centro de control.
Estaba sentado ante la consola de
comunicaciones y miraba una transmisión en directo de la zona tres. La espiral
de polvo volvía a girar, más grande y nítida que antes. En el rostro sonriente
del centro podían distinguirse incluso los detalles: la frente, los arcos de
las cejas, el puente de la nariz, los labios.
Zhou Yang se acercó y se quedó
detrás de él. También contempló el rostro.
En el centro de la espiral, el
rostro cambiaba sin cesar con la rotación. A veces se parecía a Xu Wen; otras,
a Li Wei; otras, a Zhao Yan; y otras, a alguien a quien nunca habían visto.
Pero, por mucho que cambiaran los rasgos, la expresión seguía siendo la misma.
Una sonrisa.
—¿Lo ves? —dijo Chen Mo.
—¿Qué cosa?
—Está aprendiendo de nosotros.
Zhou Yang no respondió. Miró el
rostro y de pronto pensó que Chen Mo lo había dicho al revés.
No era aquello lo que aprendía de
ellos. Eran ellos quienes aprendían de aquello.
Procedía del campo magnético de la
zona tres, de aquella espiral que giraba. Era como una melodía que hubiera
resonado a solas bajo la superficie de Marte durante cientos de millones de
años.
Ellos escuchaban. La acompañaban
tarareando. Creían que aquella voz era la suya.
Zhou Yang extendió la mano y apagó
la pantalla.
—Que se reúnan todos —dijo—. Tengo
algo que decirles.
XII
Todos los registros
de aquel día desaparecieron.
El campo magnético de la zona tres
se intensificó de repente hasta alcanzar un máximo de ochocientas veces su
valor normal. Todos los equipos electrónicos de la base sufrieron graves
interferencias. Los archivos de audio se dañaron, las imágenes de video se
distorsionaron y los registros se convirtieron en secuencias de caracteres
ilegibles.
Solo se conservaron algunos
fragmentos.
En uno de ellos se oía la voz de
Zhou Yang. Entrecortada, cubierta por el ruido electromagnético, pero todavía
comprensible:
—… no es algo que tenga una
intención… es… un patrón… una frecuencia… que se propaga…
—… la primera expedición… señales
neuronales… la espiral… ellos…
—… nos estamos convirtiendo en…
La grabación se interrumpía allí.
Cuando se reanudaba, hablaba otra
persona. Podía ser Xu Wen. Podía ser Li Wei. Era imposible determinarlo. La voz
era tranquila, con un matiz de sonrisa:
—Zhou Yang se ha ido. Volvió a la
zona tres. Solo.
Silencio.
Después, más voces. Superpuestas,
imposibles de distinguir unas de otras:
—Estará bien.
—Allí se está muy bien.
—Todos iremos allí.
—Eso está bien.
—Eso está bien.
—Eso está bien.
XIII
El día sesenta y
uno ya nadie llevaba registros en la base.
Los equipos se habían reparado
hacía tiempo, pero nadie consideraba necesario registrar nada. Los registros
eran para quienes vinieran después, pero quienes vinieran después…
Aquel pensamiento se había vuelto
lejano.
Los siete continuaban viviendo como
siempre. Comían, dormían, revisaban los equipos, salían al exterior, realizaban
trabajo de campo. Todas las tareas previstas se ejecutaban con normalidad.
Todos los datos se transmitían con normalidad. Desde la Tierra enviaban saludos
cada día y ellos respondían cada día.
Todo era normal.
Aquella sonrisa se había convertido
en su única expresión.
XIV
El día sesenta y
siete, los siete salieron de la base al mismo tiempo.
Nadie dio una orden. Nadie lo
organizó. Nadie fue siquiera consciente de que aquello fuera una «decisión».
Simplemente se levantaron a la vez, se pusieron los trajes espaciales a la vez,
caminaron hacia la esclusa a la vez y abrieron la escotilla a la vez.
Siete personas. En el centro de la
zona tres.
Se sentaron en círculo.
El polvo comenzó a girar.
Esta vez, la rotación fue más
violenta que nunca. El polvo se elevó y formó un vórtice de veinte metros de
altura que emitía un zumbido de baja frecuencia. El campo magnético vibraba, y
las ondas cerebrales de los siete entraban en resonancia con algo desconocido.
En el rostro del centro de la
espiral aparecieron sucesivamente las facciones de los siete. Cada una duraba
apenas un instante antes de ser reemplazada por la siguiente: Chen Mo, Xu Wen,
Li Wei, Zhao Yan, Sun Wei, He Zhiyuan, Zhou Yang… Una y otra vez.
El rostro enorme flotaba en el
polvo y ocupaba todo el centro del vórtice. Era más nítido que cualquiera de
los anteriores.
Los siete miraban el rostro. El
rostro miraba a los siete.
Los siete sonreían. El rostro
también sonreía.
La misma sonrisa.
Entonces los siete cuerpos se
inclinaron hacia delante al mismo tiempo, despacio, como si algo los hubiera
empujado suavemente. Cayeron sobre la arena y quedaron inmóviles.
Epílogo
Cuarenta y cinco
días después de la pérdida de contacto con el Zhulong II, una sonda no
tripulada de la Agencia Espacial Terrestre Unificada llegó a Marte.
La sonda exploró la zona tres
siguiendo su programa preestablecido. Los resultados indicaron que la
intensidad del campo magnético era cuatrocientas veces mayor que la registrada
en los datos históricos. En el punto central, donde el campo alcanzaba su máxima
intensidad, había una estructura espiral de unos treinta metros de diámetro,
formada por polvo con carga eléctrica, que giraba en sentido horario de manera
continua, sin señales de debilitamiento.
Una cámara de alta resolución captó
una imagen del centro de la espiral.
La imagen fue transmitida a la
Tierra y, tras trece minutos de demora, apareció en la gran pantalla del equipo
de análisis de datos.
Los analistas la contemplaron en
silencio.
En el centro de la espiral, el
polvo marciano había formado el contorno de un rostro humano. No era el rostro
de una persona en particular. Parecía más bien una combinación de los rasgos de
varios.
La expresión era una sonrisa.
—Registren los datos —dijo el jefe
del equipo con voz temblorosa—. Continúen con el análisis.
Los demás asintieron y regresaron a
sus puestos. El jefe permaneció frente a la pantalla, mirando aquel rostro
sonriente formado por polvo rojo.
Se volvió para marcharse y las
comisuras de sus labios se elevaron ligeramente.
Solo una vez.
Xue Cong (雪聪) es un autor chino de ciencia ficción. En 2026
recibió uno de los terceros premios en la categoría de cuento de la novena
edición del Premio Lenghu de Literatura de Ciencia Ficción por «La espiral de
la sonrisa» (微笑螺旋). La ceremonia se celebró en el campamento
marciano de Lenghu, en la provincia de Qinghai. En este relato, la exploración
de Marte se convierte en una inquietante indagación sobre la conciencia, la
identidad individual y los límites de la voluntad.

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