Stefano Valente
Se sentaron alrededor
de la mesita. Una maravillosa tarde de agosto, no demasiado cálida. Las letras
latinas sobre la fachada del Panteón no significaban nada para ninguno de ellos,
pensó Luigia. Ninguno de ellos, de los cuatro, recordaba algo en aquel momento,
aunque fuera una breve noción tomada de los tantos años pasados sobre los
libros escolares, sobre las traducciones que robaban el tiempo dedicado a los
amigos, a los afectos. Que les robaba el tiempo.
El misterio de la consecutio
temporum –sobre eso meditaba Ettore en ese preciso instante–; coincidencia
que también los pensamientos incurren en juegos de ese género, sólo que no se
sabe ni cómo ni cuándo suceden estas coincidencias, estas identidades fortuitas
entre mente y mente, porque las cabezas de las personas están cerradas,
herméticas.
Aquello que se dice –con palabras–
es apenas el soplo del viento que infla la vela. Y esto es lo que veía Américo,
desde sus anteojos oscuros, mientras enfocaba la mirada en una carabela
distante, lejos de toda la tierra imaginable, de todas las islas que se
pudieran nombrar en una tarde de verano. El océano, todo aquello que está bajo
el casco de la palabra. Esto es importante, se dijo Américo. Las sílabas son un
fragmento de la viga, desechos del puente después de un naufragio silencioso.
(Probablemente no lo pensó en estos términos, no pronunció exactamente estas
frases en su fuero interno. Américo era una persona racional, poco inclinada a
las visiones y a las imágenes. Era un tipo pedestre, de aquellos que recuerdan
la cara de cada moneda que tienen en el bolsillo. Nada qué ver, a pesar del
nombre, con las carabelas y los océanos.)
Eran cuatro personas, se dijo. Lo
recuerdo muy bien porque yo era la cuarta, el personaje que todavía no ha
hablado, pensado, más bien. Recuerdo perfectamente todo, de cómo percibí la
razón de todo aquello que estaba sucediendo, de por qué fuimos ignorados y de
repente nos volvimos transparentes.
O sea que no fue algo repentino; me
explico mejor: tal vez nos habíamos vuelto invisibles varios minutos antes, ya
desde el mismo momento en que habíamos pisado la plaza de la Rotonda.
Probablemente todo se inició cuando cada uno de nosotros, a su vez o en
conjunto –no puedo saberlo–, leyó la inscripción latina.
M•AGRIPPA•L•F•COS•TERTIUM•FECIT.
Pero no creo, son sólo deducciones.
Es como engañarse con los encantamientos que esperan, emboscados, dentro de las
plazas, los callejones y las calles, lugares en los cuales pasamos cien veces y
después una vez más –sólo esa vez– los encantamientos nos saltan a la espalda,
nos lanzan trampas, porque de ese modo es como funciona, son éstas las reglas
incomprensibles.
No, no pasó así. Lo que creo es que
los mozos del bar, los transeúntes, los mismos pichones, no nos vieron más; que
desaparecimos, sentados en aquella mesa, por otros motivos. Fueron las
coincidencias de los pensamientos, en resumen. Creo haber descubierto en este
momento otra regla, aunque ignoro si puede servir –o a alguien le interese– un
descubrimiento semejante.
Ettore me pregunta qué estaba
pensando. En el instante de la coincidencia, si ya había transcurrido ese
instante en el cual todas nuestras mentes estaban evocando la misma idéntica
cosa, o sea la posibilidad de que las ideas de las personas se entrelazaran
entre sí, más allá de las palabras, en el mismo momento. Dije en voz baja:
—No nos ven. Ahora no nos pueden
ver.
Luigia asintió en silencio. Quizá
esto fue una nueva “coincidencia” –mis ideas y las suyas–; quizás no, no lo
había comprendido.
Ettore me cogió de la mano para
hacerme levantar.
—Vamos —dijo—. Aquí moriremos de
sed.
Cuatro seres invisibles,
transparentes, dejaron una mesa desierta en un bar repleto de turistas. Se
levantaron y, así como llegaron, se marcharon en medio de la indiferencia
general de esos rostros y de los pensamientos detrás de esos rostros.
Sentí que éramos cuatro crisálidas traslúcidas, una amalgama de imágenes y palabras no dichas que se alojaban en los callejones, que se perdían en el reino crepuscular de las sombras y las luces.
Traducido del italiano por Alejandro Ramírez
Giraldo
Stefano Valente vive y
trabaja en Roma, donde nació en 1963. Una licenciatura en Glotología y varias
especializaciones en el ámbito lingüístico no agotan sus intereses: desde el
periodismo hasta el diseño gráfico, desde la ilustración hasta la escritura de
guiones, pasando por la traducción editorial (sobre todo del portugués y del
inglés). Ha ganado premios literarios por obras inéditas y publicadas y siempre
está buscando «otras» estructuras narrativas; persigue la descripción de «ese
rasgo, ese instante, en cualquier caso decisivo, en el que el ser humano actúa
—o se aleja— y se niega a sí mismo descubriendo su contrario». Su última novela
es Lo specchio di Orfeo, un «thriller esotérico» a través del espacio y
el tiempo: desde la Tierra Santa de los Templarios hasta el Portugal de los
misteriosos Caballeros de Cristo; desde la Praga del siglo XVI de los
alquimistas y Rodolfo II hasta nuestros días.

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